jueves, 20 de diciembre de 2012

63. El día del solsticio

El invierno entra oficialmente mañana, día 21 de diciembre, a las 12.12 del mediodía. Quiere esto decir que el día siguiente, el 22, ya será un pelín más largo, apenas imperceptible. De hecho, estos días son casi idénticos, el sol alcanza su declinación más austral, y se mantiene prácticamente en la misma posición, de ahí el nombre de solsticio, que significa “sol inmóvil”.

El concepto de declinación es algo que no todo el mundo conoce con exactitud y hay que enmarcarlo en el contexto de la astronomía tradicional, la de Ptolomeo y los egipcios, que creían que la tierra estaba inmóvil en el centro del universo y, a partir de ese convencimiento, desarrollaban todas sus observaciones, que les permitían, por ejemplo, predecir los eclipses. Esta teoría estaba tan arraigada en la humanidad, como para que Galileo fuera torturado como hereje por decir que era la Tierra la que giraba alrededor del sol y no al revés. 

Cuando uno es niño y le enseñan en la escuela el dibujo de la elipse que la Tierra dibuja alrededor del sol durante 365 días, puede pensar lo siguiente: si la tierra recorre esa elipse, en algunos momentos estará más cerca del sol y en otros más lejos. Ese sería el origen de la diferencia térmica entre verano e invierno: cuando estamos más cerca del sol hace más calor; cuando estamos más lejos, hace más frío. Error total. La elipse que describe la tierra es muy poco alargada y la incidencia de la distancia al sol en la intensidad de su radiación es irrelevante. Lo fundamental aquí es la inclinación de los rayos del sol: la declinación.

Todo proviene de que el eje de rotación de la tierra tiene una inclinación fija, en relación con el plano de la elipse que describe en su movimiento de traslación. En el momento del solsticio de invierno, la inclinación de los rayos del sol sobre la superficie del hemisferio norte es mínima y por eso hace más frío. Sin embargo, en el hemisferio sur es al contrario: justo mañana empieza el verano austral. En Argentina, por ejemplo, mañana será el día más largo del año, y la noche más corta. No hace falta que lo entiendan “al milímetro”, basta con que lo intuyan.

Otro efecto de la inclinación del eje de rotación de la Tierra es el hecho cierto de que la hora del atardecer empieza a retrasarse mucho antes del día 21, de hecho lo hace en torno al 10 de diciembre. De ahí el refrán: por Santa Lucía, mengua la noche y crece el día. Santa Lucía es el día 13. Lo que pasa es que ese aumento de tiempo de luz por la tarde no compensa lo que se sigue perdiendo por la mañana, porque el amanecer sigue perezosamente retrasándose hasta el 5 de enero en que se suma a la recuperación. Por eso el día más corto en el hemisferio norte es mañana, en el centro de ambos puntos de inflexión. 
 
Los conocimientos de astronomía son tan antiguos como la humanidad. Y, desde luego, la fiesta de Navidad está íntimamente relacionada con el momento del solsticio, con tradiciones previas al nacimiento de Cristo, cuyo origen hay que buscarlo mucho antes. Es sabido que Jesús no nació en Belén, sino en Nazareth (ver entrada nº 43 y artículo de Juan Arias a que hace referencia). Seguramente tampoco nació el 25 de diciembre. Sus seguidores lo establecieron así para aprovechar la fiesta que desde hacía siglos se venía celebrando en esas fechas. Los romanos  bebían, comían y lo demás, de forma torrencial y desordenada, en las llamadas “saturnales”, que tenían lugar en diciembre. También están acreditadas fiestas precolombinas, como las de los mexicas, y celebraciones similares en los pueblos bárbaros del norte de Europa. Pero yo quiero remontarme aun más atrás.

Ahora nos parece muy lejano, pero en términos de Edad de la Tierra, no hace ni dos días que el hombre primitivo vivía en medio de la naturaleza, sin ordenadores, sin luz eléctrica, sin escritura, sin otra preocupación que la de la propia subsistencia. Cuando descubrió el fuego y logró domesticarlo, encontró un medio para calentarse de vez en cuando, pero nada comparable al efecto del sol, cuando tenía a bien aparecer en el cielo. El ponerse al sol para calentarse es uno de los instintos más primitivos del animal humano. Vean si no, lo que les gusta a los gatos y a seres tan elementales como las lagartijas. 

Resulta ahora muy difícil imaginar la mente de ese hombre primitivo, que no había llegado ni a intuir los primeros conceptos filosóficos o éticos, que vivía en cuevas, que apenas alcanzaba los treinta años, porque en cuanto empezaba a declinar lo arrasaba la dureza del medio, que antes de eso se quedaba sin dientes, porque tampoco había dentistas. Yo creo que su mente debía de ser muy cercana a la de un animal. Listo, pero un animal al fin y al cabo. Seguramente no tenía una noción muy elaborada del transcurso del tiempo, vivía en presente, no planificaba nada y olvidaba al instante lo que le sucedía.

Saben que los perros, por ejemplo, no tienen el concepto del futuro y no pueden pensar en lo que les pasará mañana. Por eso, al pobre animal que olvidan sus amos en una gasolinera se le viene el mundo encima, porque cree que ya nunca van a venir a por él. Y, si el amo regresa, se lleva una alegría desmesurada. Pues eso mismo le pasaba al hombre primitivo, cuando veía que el sol iba perdiendo fuerza y cada vez calentaba menos. Lo mismo había sucedido un año antes, y todos los anteriores, pero él no se acordaba y, si se acordaba, no estaba seguro de que esta vez el sol no fuera a alejarse definitivamente dejándolo morir de frío.

Aquí aparecía la figura del hechicero, que proclamaba que, con determinadas prácticas mágicas (a veces incluso con sacrificios humanos), él podía garantizar que el sol daría la vuelta, empezaría a acercarse otra vez y llegarían los gozosos días del verano. Cuando el hechicero (que ya tenía conocimientos empíricos de astronomía) comprobaba que el sol detenía su deriva y daba la vuelta, la tribu organizaba una celebración de la buena nueva, en agradecimiento al sol por su regreso, mediante una festividad que se prolongaba en diez días de desenfreno, antes de retomar la dura tarea cotidiana de buscarse el sustento (precedente de la cuesta de enero).

Y esa fiesta cuyos orígenes se pierden en la noche de los tiempos ha ido pasando por todas las culturas hasta llegar a la tradición cristiana. Así que, olvidémonos por un momento de la Iglesia, de El Corte Inglés y de los villancicos. Pongámonos en la mente de ese hombre primitivo refugiado en su cueva, atemorizado por el frío y amenazado por mil peligros. Y celebremos simplemente el solsticio. Porque hoy, mientras ustedes leen esta entrada, el sol ha dejado ya de alejarse y está detenido descansando de su largo viaje. Y muy pronto emprenderá el camino de retorno. ¡¡Aleluya!! 

2 comentarios:

  1. No hay que olvidar que es navidad (solsticio) cuando lo proclama El Corte Inglés, nunca antes ni después...

    ResponderEliminar