martes, 29 de diciembre de 2020

1.008. Un año raro de cojones

Sí señor, menudo año este que estamos a punto de cerrar. Hace 366 días nos despedíamos de un 2019 normal, dentro de lo que cabe, y de pronto nos vimos inmersos en un mundo distópico, del que todavía no hemos salido, aunque se empiezan a ver destellos de luces, allá muy al fondo del túnel. Como si la situación no estuviera lo suficientemente a la altura de los entornos de pesadilla que narra Philip K. Dick, encima nos encontramos al Depor en Segunda B, cumpliendo la penitencia por todos sus pecados históricos, entre ellos haber ganado una Liga, dos Copas del Rey y tres Supercopas y haber jugado la Champions cinco años seguidos, llegando incluso a semifinales, sin ser el Madrí ni el Barça. Todo parece de ciencia ficción, pero la vida sigue y los distintos sectores de la población se adaptan a este nuevo mundo desquiciado. Por ejemplo, los humoristas. Recuerden la viñeta de El Roto que decía: se permitirá salir a la calle a los ciudadanos, a condición de que lo hagan encerrados en sí mismos. O este dibujo de O Gogue para El Faro de Vigo.

Un año raro de cojones. Y, como no podía ser de otra manera, estas navidades están siendo igual de raras, en consonancia con el año. Curiosamente, después de ocho años seguidos quejándome por estas fechas del coñazo de la Navidad, esta vez las circunstancias han hecho que el fastidio se suavice. Creo que nadie explica mejor estas ambivalencias que José Ovejero, en el post al que les pongo el link al pie de este párrafo. Con la salvedad de que yo no me metía con la Navidad para parecer moderno o sentirme por encima de la masa. Lo mío es algo visceral. En cuanto se acercan estas fechas empiezo a ponerme malo mental y anímicamente, no lo puedo evitar, y cuando terminan siento un gran alivio. Ya saben que no suelo acercarme a los temas con prejuicios: yo los abordo con la mente totalmente virgen. A partir de esa candidez preliminar, experimento una serie de sensaciones y sentimientos, que luego analizo y trato de explicar. Para leer a Ovejero han de pinchar AQUÍ

En fin, creo que no se puede añadir nada a lo que dice este señor. También han comprobado, a lo largo de estos años de blog, que siempre trato de buscar las derivaciones positivas de los hechos que van sucediendo, incluso los más desastrosos. Sigo la línea de Franco que, cuando tuvo que leer su discurso navideño menos de un mes después de que Carrero volara por los aires, añadió de su puño y letra una morcilla al texto que le habían escrito, que decía textualmente: dice el refrán popular que no hay mal que por bien no venga. Y qué bienes serán esos que puedan venir del mal de la pandemia en la que estamos sumidos. Bueno, lo de las navidades menos coñazo es uno de ellos sin duda, pero hay otros de más calado.

A nivel personal, yo he recuperado viejas habilidades, como la cocina o la guitarra, además de otras nunca practicadas en serio, como la jardinería. He valorado lo agradable que es estar en casa, yo que me pasaba el día fuera y siempre comía por ahí. El confinamiento me ha descubierto la posibilidad de correr dentro de casa, lo que me ha permitido entrenar sin interrupciones desde mediados de marzo. Aunque ya estaba bastante en forma, ahora lo estoy más. Me he adaptado bien al teletrabajo y, tras relajarse el encierro, he entrado en un ritmo laboral que incluye acudir una o dos veces por semana al edificio APOT, lo que me da buenas sensaciones, mejores que las que sentía cuando iba todos los días. A este respecto, esto es como una situación intermedia hacia mi inminente jubilación, que la convierte en un proceso más gradual.

De estas situaciones, si se tiene la suerte de no pasar por lo peor, sale uno más reforzado y con mejor ánimo. En mi caso, he logrado dominar el miedo, de forma que no se convirtiera en terror paralizante. Además de acudir con regularidad a hacer trabajo presencial, hace tiempo que empecé a comer con amigos y amigas, primero en terrazas, como la del Jardín Botánico, la del Instituto Francés, la del Matadero (La Francachela) o las del Paseo de Rosales. En un momento dado rompí la barrera de pasar a locales interiores, barrera que muchos de mis conocidos y amigos no han roto todavía. Entonces empecé a comer en La Dehesa (cada vez que me pilla en el APOT en torno a la una), en Casa Tomás, o en el Matilda de mi barrio, además de tres veces en el Papúa-Colón y contadas en el Frida de Chueca, en La Platería o en La Pitarra. He ido dos veces al teatro y unas cuantas al cine. Y todo eso ha hecho que el encierro y las condiciones distópicas se hayan matizado bastante.




Sin irse muy atrás. Una vez que mis hijos se fueron de mi casa y me quedé sólo, el sábado pasado quedé con una amiga para dar una vuelta por Madrid Río y comer luego en La Francachela, aprovechando el sol poniente. Esa misma tarde/noche caminé hasta el Palacio de la Prensa en Callao para arropar a mi amigo Ramón en la presentación del documental Ramoncín, una vida en el filo. Ya lo había visto en Amazón Prime, pero me gustó repetirlo en pantalla grande y con sonido potente. Luego había una charla con el protagonista, entrevistado por un periodista. Estaba muy lleno, pero se dejaban las butacas libres preceptivas y todo el mundo llevaba su mascarilla reglamentaria. El domingo quedé para ir al cine. Me acerqué a los cines Méndez Álvaro y vi El Padre, una película terrible sobre el proceso gradual del alzheimer, contado desde la perspectiva del propio enfermo, con una interpretación sensacional del octogenario Anthony Hopkins, de quién ya se habla como candidato al Óscar.

Esta semana estoy de vacaciones y ayer por la mañana quedé con una amiga de la Escuela de Arquitectura, para negociar una posible clase mientras paseábamos por el Retiro. Ahora mismo tengo ya, con ésta, tres clases comprometidas para el comienzo del año, todas en versión telemática, que se irán contando en el blog. Como ven, mi vida se va pareciendo poco a poco a la que tenía antes de la pandemia, en espera de que llegue el señor Vacunin, que no Bakunin, y termine de arreglar el entuerto. Lo que más echo de menos es viajar, pero todo llegará. Mi grupo de colegas veteranos de Ciudad Real ya sueña con reanudar los viajes a final del año que empieza, pero yo soy un poco escéptico. De aquí al verano hay que dar el año por perdido y, del verano hasta la próxima Navidad, ya veremos. Hay que seguir con las precauciones al 100% y tocar madera: algunos ya podemos proclamar que no hemos sucumbido al miedo, pero aun podemos sucumbir al virus.

Pero hay otras ventajas del Covid a nivel colectivo. Al menos tres personas muy próximas me han confesado que este año no se han cogido una solo constipado o gripe, cuando otros años sufrían al menos dos a lo largo del otoño/invierno. ¿Saben por qué? ¿Cómo dicen? ¿Por las mascarillas? No, no. Es que no tienen ustedes ni idea; se nota que no leen revistas científicas, como yo, que leo La Voz de Galicia. Así me he enterado de que la ausencia este año del virus de la gripe, se debe a la llamada Regla de Gause, o principio de exclusión competitiva. Según esa ley, dos especies en competencia biológica por los mismos recursos, no pueden coexistir en forma estable si los demás factores ecológicos permanecen constantes. ¿A que no lo sabían?

Igual que las cotorras argentinas expulsan a los gorriones, el Covid ha hecho ¡¡BUH!! y el virus de la gripe ha salido pitando cual eurodiputado húngaro en calzoncillos al relente brumoso de la noche de Bruselas. Bueeeeeeno, vaaaaaale, también es por las mascarillas y las medidas de distancia social. Obvio. Las mascarillas han venido para quedarse y tendremos que acostumbrarnos a ellas, como hicieron hace años los asiáticos. No sé, piensen por ejemplo en lo erótico que puede resultar que una chica te deje quitarle la mascarilla, casi como lo que era antes quitarle una media. Y hay más de uno que está más guapo con mascarilla, y no me voy a referir a ese en el que todos ustedes están pensando. Así lo ve el otro humorista de El Faro de Vigo.

En otro orden de cosas, el Covid ha actuado de catalizador para la derrota de Trump, que iba directo a la reelección. Ese puede ser el punto de inflexión para que empiecen a declinar a nivel mundial cosas tan perversas como el nacionalismo, el populismo, el racismo, el negacionismo conspiranoico y la burricie en general. Con Trump de presidente otros cuatro años, yo creo que esas tendencias se hubieran apoderado del mundo. Los 74 millones de votos que ha cosechado, después de una presidencia tan calamitosa como la suya, son un aviso de los riesgos de un mundo en el que los ignorantes tienen acceso libre a las redes sociales y pueden tragarse cualquier mensaje. Es una pena que el Covid no hubiera brotado unos años antes, porque a lo mejor también se había cargado el Brexit. Las elecciones USA han sido uno de los temas estrella de este año, un asunto aún sin cerrar, porque Trump todavía no ha doblao y, además, aun quedan las decisivas elecciones para cubrir los dos puestos del Senado del estado de Georgia. Vean aquí una escena de cómo se pusieron de contentos los negros de Atlanta, cuando se confirmó la victoria de Biden en ese estado.

El blog se ha beneficiado también de las largas horas de encierro, que me han permitido atenderles como se merecen. Para un narrador como yo, esta coyuntura brinda una ocasión única de contar sucesos insólitos, ya saben que cada crisis comporta una oportunidad, que dicen los economistas al uso. Además, el encierro me ha hecho descubrir a los nuevos artistas blancos del blues, con Samantha Fish a la cabeza, pero también con Larkin Poe, Tab Benoit y los demás. Músicos todos muy buenos en directo, que triunfan a partir de la caída en picado del mercado del CD, como muy bien diagnosticó Paul Krugman en su página del New York Times. No sé si es por la abundancia de música americana en mi blog, o por la cobertura que he dado a sus elecciones, o por las dos cosas a la vez, pero ahora mismo tengo más visitas desde Estados Unidos que desde España. Un motivo más para seguir en la línea.

Otra de las cosas que he descubierto en estos meses extraños, es mi gusto por las series de TV, especialmente las americanas. Tenía un cierto retraso en esta materia, porque nunca me había enganchado a ver series. Prácticamente sólo había visto algunas contadas, como The Wire, True Detective, The Deuce o Breaking Bad, todas muy buenas. Desde que empezó el encierro, me he visto completas Los Soprano, La maravillosa señora Maisel, Mad Men, The good wife y The good fight. Y ahora estoy terminándome El Ala Oeste de la Casa Blanca, ya voy por la sexta y última temporada. Es esta una serie muy apropiada para ver en este momento, con un guion muy bueno, que imagina como presidente a un demócrata que ha sido premio Nobel de Economía y que gana por los pelos, de manera inesperada. Aquí se puede ver el juego del Senado, el papel del Supremo y la forma en que se deciden cuestiones clave en USA.

La serie cuenta con un magnífico elenco de actores, encabezado por el inconmensurable Martin Sheen, que interpreta al presidente. Este actor, a quien Francis Ford Coppola casi vuelve loco en el opresivo rodaje de Apocalypse Now, aporta muchísimos matices al personaje que interpreta, un político con poca experiencia, que tiene que ir aprendiendo sobre la marcha. Por cierto, no sé si saben que Martin Sheen, en realidad es gallego y se llama Ramón Estévez. Nació en Ohio (ya saben que os galegos nacemos onde nos sai do carallo), hijo de un emigrante de la tierra oriundo de Parderrubias, una parroquia de menos de 1.000 habitantes, a medio camino entre Tuy y Porriño. Tiene dos hijos también actores famosos, que se llaman Charly Sheen y Emilio Estévez, y otros dos menos conocidos, Renée y Ramón Estévez. Como ven, los tres pequeños reivindicaron como propio el apellido de su abuelo.

Todo esto pueden saberlo consultando la Wikipedia o el Fotogramas, no es muy difícil de averiguar. Lo que estoy seguro de que ninguno de ustedes sabe es que Martin Sheen tiene una hermana por parte de padre, que ejerció hasta su jubilación de maestra de primaria en un pueblo de Lugo. Y que, cuando Martin se interesó por averiguar cosas de la familia de su padre, descubrió que había dejado a su mujer y sus tres hijos gallegos para emigrar a América y formar allí otra familia. Desde entonces ha venido de incógnito a visitar a su medio hermana todas las veces que ha podido. En el pueblo lucense donde tenía su escuela, nadie lo reconoce y puede pasar unos días tranquilo. Y ahora se estarán preguntando ustedes: ¿todo esto que nos cuenta Emilio será verdad o será otra bola de las suyas? Bueno ya saben que soy gallego: lo que les cuento, lo mismo es cierto, que lo mismo no lo es.

Mis mejores deseos para el año que empieza. Peor que el 2020 no puede ser. Anteayer en el cine vi los anuncios antes de la película. Todos partían de la situación de pandemia, de los encierros, de las mascarillas, para vendernos todo tipo de productos. Fue justo ahí cuando visualicé que la guerra está ganada. Tardará más o menos, pero el virus no ha podido con nosotros. Seguiremos nuestro camino. Tal vez la Humanidad haya aprendido la lección y se dedique a lo que de verdad importa: proteger el planeta y luchar contra la desigualdad social y territorial. Estamos todos en el mismo barco, un barco llamado La Tierra y hemos de remar juntos sin dejar a nadie en el agua. Los modelos como el americano, con decenas de miles de homeless y desheredados, no son válidos. Por eso USA tiene más contagios que nadie: porque tiene un sistema de sanidad y atención social incapacitado para luchar contra pandemias y similares.

Tenemos que apoyar lo público. Temas como la sanidad, la enseñanza, el transporte colectivo, no pueden privatizarse. Porque su retorno financiero no es económico, sino social. Los estados habrán de ayudar a los pequeños empresarios para salvar la crisis. Y, en España, a ver si de una vez se diversifica la economía, que no podemos ser un parque temático dedicado monográficamente al turismo y la construcción. Y ojalá se empiecen a ir a la mierda los nacionalismos. La Humanidad camina hacia un mundo globalizado y no sólo en lo económico. Seremos ciudadanos del mundo, o no seremos nada. Entre todos los vídeos que han circulado por el mundo confinado, les voy a dejar de despedida uno que me parece perfecto para subrayar este concepto. En París, un par de niños surcoreanos cantan, acompañados a la guitarra por su padre, una versión preciosa del bolero de Omara Portuondo Veinte años. Se han aprendido letra y música, subrayan las erres con tenacidad coreana y consiguen un resultado realmente conmovedor. En la muerte de Armando Manzanero (por Covid) no puede haber mejor despedida del año. Pónganselo en pantalla grande, por favor. Y feliz 2021 para todos.


sábado, 26 de diciembre de 2020

1.007. Manda huevos

Pues sí: manda carallo, que decimos en mi tierra. Hace justo un año, ya se estaba empezando a poner muy malita la gente en Wuhan, sobre todo los que pululaban alrededor del mercado central de pescados y mariscos. ¿Alguno de ustedes se podía imaginar en ese momento que íbamos a vivir un año como el que estamos terminando? ¿Que íbamos a vernos atrapados en una realidad distópica inimaginable muy poco antes? Acabábamos por entonces de superar la fecha de Blade Runner, de perder las elecciones locales de Madrid y otra serie de asuntos que se comentaron en el blog como mi viaje a Madagascar, y afrontábamos el bisiesto que venía, con la despreocupación de todos los anteriores fines de año. El señor Donald Trump se aprestaba a pedalear cuesta abajo rumbo a una reelección cantada, sin saber que la terrible incidencia del Covid-19, junto con los disturbios provocados a partir de la actitud incomprensible de un asesino vestido de policía en Minneappolis, desencadenarían un proceso que le sacaría la cadena a su bici, dando con sus huesos en el suelo. 

En mi caso, empecé el año con ánimos renovados, después de comprobar que el nuevo equipo de gobierno municipal, no sólo no disolvía nuestra Dirección General de Planificación Estratégica como pronosticaban todos los agoreros que nos decían que olíamos fuertemente a Eau de Carmena, sino que por el contrario, nos potenciaban claramente, asignándonos dos subdirecciones generales que se le quitaban a la parte del planeamiento tradicional, en el típico gesto de marcar territorio de un zarpazo, que suelen prodigar los felinos y otros animales territoriales. Hechos que fueron celebrados como nunca, con desayunos, vinos en la ofi y hasta una cena tras la que nos fuimos a bailar hasta altas horas de la noche. Nada nos hacía presagiar lo que venía.

Pero aquí estamos de nuevo dispuestos a celebrar otra vez la Navidad, o la No Navidad en mi caso, con los ánimos intactos simbolizados en este Santa Claus bailón, que me ha mandado mi amiga Giselle desde Curitiba y que he logrado copiar y pegar en este post, para que nos amenice la lectura. A pesar de las circunstancias, en el blog se hizo un seguimiento minucioso del más trascendente de los acontecimientos políticos del año: el proceso de las elecciones USA, de las que ahora se saben ya los resultados definitivos en cifras, que pasamos a comentar. Estados Unidos tiene una población de unos 330 millones de habitantes, según el último censo elaborado en abril de este año, que Trump desautorizó y trató de boicotear de todas las maneras, preparando ya su estrategia por si perdía las elecciones, algo que ya temía por entonces. Sin embargo, el censo de votantes se reduce a 239 millones.

¿Quiénes son esos otros no votantes, que totalizan casi 100 millones de personas? Pues no es fácil de explicar, ni he encontrado ningún artículo al respecto. Aquí se incluyen todos los niños, o menores de 18, edad legal para el voto. Además, todos los que no tienen su situación legalizada, provengan de la inmigración o no. El censo se elabora para saber exactamente la población del país por estados, con fines estadísticos, no electorales. Hay que contar también a los que no tienen sus papeles en regla, por no haber pedido o renovado el ID. Esto sucede por pura desidia a los desheredados del sistema que viven en la calle o en autocaravanas, para los que el ID no tiene ninguna utilidad práctica. Por último, los presos de las cárceles federales y estatales, una población estimada en dos millones y medio de reclusos, más todos los que hayan salido de la cárcel en libertad condicional o hayan cumplido condenas por delitos graves. Ya ven, en España los presos y ex-presos sí que pueden votar.

Sobre estos 239 millones de norteamericanos con derecho a voto, se ha registrado un total de papeletas legales de 158.212.080 votos, lo que supone más de un 66%, el mayor porcentaje de participación de todo el Siglo XX y lo que va de XXI. En las elecciones generales de Estados Unidos es frecuente que esta tasa ronde el 50%, si bien en las estatales se suelen dar porcentajes más altos. Bien, pues ya dentro de esos 158 millones y pico de votos, las cifras son las siguientes:

  • Joe Biden                                        81.283.485                       51,4%
  • Donald Trump                                 74.233.744                       46,9%
  • Una señora libertaria                        1.865.973                         1,2%
  • Los Verdes                                           399.116                         0,3%
  • Otros (17 candidatos más)                  438.862                         0,3%

Estos 17 candidatos estrambóticos incluyen al rapero Kayne West, esposo de Kim Kardashian, la activista socialista Gloria de la Riva que ha recibido condecoraciones del régimen cubano, la pianista clásica y antigua Miss Chicago Jade Simmons o el empresario y banquero californiano Rocky de la Fuente, propietario de una cadena de concesionarios de automóviles. Es de destacar que Biden ha sacado la mayor cifra de votos de la historia de los Estados Unidos y Trump la segunda, dato este último bastante preocupante. Todavía no ha reconocido su derrota, tema del que nos ocuparemos cuando lo haga, pero yo creo que ya es algo irreversible. El 14 de diciembre, los compromisarios de los diferentes estados certificaron sus resultados y los enviaron al Congreso. El 5 de enero, Congreso y Senado en sesión conjunta proclamarán al ganador y luego sólo queda que Biden se vaya a vivir a la Casa Blanca el 20 de enero (ha dicho que lo primero que va a hacer es desinfectarla completamente, que él es persona de riesgo por su edad y allí ha vivido cuatro años un negacionista del Covid sin mascarilla ni ninguna otra medida de protección).

Para mí, el dato definitivo es que Putin ha felicitado ya a Biden. Si Putin ha reconocido el resultado, ya no hay más que hablar. Pero, en paralelo a todo eso, el día 5 de enero se repite la votación del Senado en el estado de Georgia. Es previsible que ganen los dos republicanos, es un estado muy conservador en el que mucha gente no ha querido votar a Trump, pero sí a su partido (Biden ganó, pero en el Senado hubo empate técnico). Si es así, el Senado quedará en manos de Mitch McConnell, el tipo que hace cuatro años no quiso nombrar a una juez para el Supremo propuesta por Obama, por esperar a que se celebraran las elecciones, para las que faltaban ocho meses, y ahora se apresuró a nombrar a una señora propuesta por Trump a quince días de los nuevos comicios. Si este señor sigue controlando el Senado, Biden lo va a tener crudo. 

La única oportunidad que tienen los demócratas es una participación muy amplia, de récord. Para estimular la participación, esta tarde/noche se celebra un festival de rock para ser visto en streaming, con participación de numerosos artistas, entre ellos Samantha Fish, que se apunta a todos los bombardeos que haya. Pueden ver su nombre en chiquitito abajo a la derecha del cartel que tienen aquí a continuación. Los organizadores del concierto han dejado claro que no apoyan a uno u otro partido, el concierto es exclusivamente para estimular la participación, pero cualquiera puede entender el mensaje.

Asuntos inminentes, en el año político que empieza. Además, tenemos el tema del Brexit, algo que entiendo que va a ser malo para Gran Bretaña y también para los demás estados europeos. Gran Bretaña va a tener serios problemas económicos y corre el riesgo de que los escoceses y los norirlandeses se larguen, lo que la convertiría en la Pequeña Bretaña. Y nosotros perdemos un socio de los más potentes, además del posible efecto dominó. Por cierto, algo de lo que no se ha dicho nada. Estaban en plena negociación sobre las condiciones del post-Brexit y todo parecía encaminado a una ruptura; el acuerdo estaba lejos. Entonces apareció la nueva cepa mutante del Covid y todo el mundo cerró fronteras con Gran Bretaña. Una gilipollez, porque la cepa mutante ya estaba al otro lado, como se vio enseguida.

Esta historia me trajo a la cabeza una escena de la extraordinaria película italiana I soliti ignoti (Mario Monicelli, 1958), que en España se tituló absurdamente Rufufú. La inefable banda de cacos, que incluye a Gassman, Mastroianni, Totó y otros, se pasa media película haciendo un butrón para atravesar una pared anchísima que les separa de su camino al banco que quieren atracar. Cuando ya están al otro lado de la pared, agotados de su trabajo, uno de ellos llega al mismo sitio simplemente abriendo una puerta que a nadie se le había ocurrido franquear antes. Pues eso ha pasado con la cepa mutante: la han aislado totalmente, cuando ya estaba al otro lado. Sobre el tema de lo que supone esta cepa mutante en estos momentos, lo mejor que he leído es un artículo de La Voz de Galicia, firmado por el Jefe de Microbiología del CHUAC. ¿Cómo dicen? ¿Que no saben lo que es el CHUAC? Pues van ustedes y lo averiguan, a ver si se lo voy a tener que dar todo mascado… Para leerlo han de pinchar AQUÍ.

Pero yo iba por otro camino. Anularon los vuelos a la Gran Bretaña, cerraron herméticamente el paso de Calais y el Eurotunel. Brotaron disturbios entre los camioneros y transportistas que se quedaron varados, violentamente reprimidos por la policía. Y entonces, al constatar que el virus mutante estaba ya a los dos lados, se reabrió el tráfico. A los dos días había acuerdo para el post-Brexit. ¿Es posible que Europa supiera ya que el virus estaba entre nosotros, pero sobreactuara para que los ingleses pudieran asistir a una representación vívida de lo que les esperaba en caso de Brexit sin acuerdo? ¿Una especie de maqueta escala 1:1? Yo no lo descartaría. No sé, juntando esto con lo del húngaro del otro día, a lo mejor es que me estoy volviendo un poco conspiranoico. Pero es que parece mucha casualidad que la negociación se desbloquee justo después de las escenas de los policías moliendo a porrazos a los camioneros. Lo mismo que el veto de Hungría/Polonia se retiró después de que a un prohombre de dicho veto lo pillaran en calzoncillos huyendo como alma que lleva el diablo por una calle de Bruselas sumida en una niebla espesa.

Así estamos en este final de curso, a la espera del siguiente de los acontecimientos previstos, las elecciones catalanas, de las que ya se hablará en su día. De momento, yo he recuperado mi dulce soledad después de más de diez días de tener la casa llena de hijos, con los que obviamente me lo he pasado muy bien. Mi hijo Kike llegó el primero y durante unos días cumplimos a rajatabla las medidas anti-covid. Es decir, que estábamos todo el rato con mascarilla dentro de casa, como mandan los cánones. La cosa se acabó bruscamente, cuando mi hijo descubrió que yo llevaba puesta una de sus mascarillas usadas: claro, él la dejó por ahí tirada y yo las veo todas iguales, aunque él me hizo ver que eran distintas. A partir de ahí la cosa se relajó y cuando llegó Lucas, que encima ha pasado el Covid y tiene unos anticuerpos como conejos, pues aquello fue el previsible desmadre.

Ayer se marchó Lucas por la tarde, después de compartir conmigo una merluza a la gallega que preparé para ambos, con su ajada correspondiente, según la receta que publiqué en el blog y que pueden encontrar, con algunas otras, en la etiqueta Cocina, aquí a la derecha. Me pasé el resto de la tarde leyendo hasta que llegó la hora de mi cena de No-Nochebuena. He de decirles que en los días anteriores hube de resistir las presiones cruzadas que me llegaban desde diferentes frentes de familiares y amigos (que te vengas con nosotros, ¿de verdad lo vas a pasar solo?), pero también escuché, cuando les conté mis planes a algunos, un comentario repetido: ¡Qué envidia me das! Lo de la cena de Nochebuena es algo que mucha gente aborrece, pero no puede evitar, y yo este año lo he conseguido por primera vez en mi vida.

Como les anuncié en los dos posts anteriores, mi cena de Nochebuena consistió en huevos fritos con patatas. Esta era la cena preferida de mi padre que, desde que yo recuerde, cenaba cada día dos huevos y nunca tuvo alto el colesterol. Acompañados por una cerveza 1906, que es la tostada de Estrella Galicia, son un manjar de dioses. Afronté la noche con la sensación de que estaba haciendo algo histórico y lo quise reflejar en el blog. Así que tomé una serie de fotos con el móvil, de las distintas fases de la elaboración, supongo que todos ustedes saben como hacerse unos huevos fritos con patatas, así que no necesito escribirles la receta. Cuando los tuve listos, me puse a Samantha Fish a todo volumen y me los comí tan tranquilo. Pueden creerme si les digo que dormí luego como un bendito. Aquí tienen la serie de las fotos.










Pero no todo el mundo es tan solitario como yo. Ya que hablamos de Samantha Fish, pues les contaré que mi adorada diva celebró la Nochebuena en su casa de Nueva Orleans y tuvo tiempo de grabar un mensaje con su móvil dirigido a todos sus admiradores y colgarlo en su página de Facebook. Es una versión del Run Run Rudolph, el tema con el que Chuck Berry felicitó las pascuas en 1958, que yo les traje al blog hace exactamente un año. Tal vez lo recuerden, contaba la historia de Rudolph, el reno más listo de la manada, que ha de darse prisa para llevar a Santa Claus a la ciudad, donde un chico ha cambiado su carta a última hora y dice que todo lo que quiere por Navidad es una guitarra eléctrica de rock and roll. Sam simplemente conecta su móvil e improvisa una interpretación un tanto melancólica y desgarrada del tema, muy adecuada para esta realidad distópica en la que estamos. Para escucharlo han de pinchar en el link que les pongo abajo, aumentar de tamaño la ventana dos veces y ponerlo desde el principio. Y, al final, cuidar de que no se les cuele algún otro vídeo, que estos de Facebook son unos listos. Que sigan ustedes bien. Cuídense mucho. ¡Ah! el link para escuchar la felicitación de Samantha Claus es ESTE.

miércoles, 23 de diciembre de 2020

1.006. De burócratas tóxicos, vagos y mala gente

Me viene el tema a la cabeza al constatar que Madrid está otra vez llena de obras, como cuando nos visitó el actor Danny de Vito, el enano, y pronunció su famoso diagnóstico: Madrid es una ciudad magnífica, pero yo les deseo que de una vez encuentren el tesoro ese que andan buscando, y dejen de tener todas las calles levantadas. Esto de las obras urbanas es cíclico en Madrid, mucha gente vive del invento y está claro que en el período Carmena únicamente se hicieron cuatro obras mal contadas en el centro. Una primera reflexión: ¿es más eficaz la derecha que la izquierda a la hora de gestionar un presupuesto de inversiones en obra pública? Es un tema que dejaré para otro día.

Porque, sea esto o no cierto, hay otro factor clave y es de este del que les quiero hablar hoy. Las administraciones públicas disponen de una estructura burocrática muy potente y no es fácil hacerla rodar si no se tiene la necesaria mano izquierda. Yo me he pasado casi cuarenta años peleándome con esa Brunete burocrática, intentando sortearla todo el rato, engañándola a veces para que fuera más ágil. A todo eso se le suele llamar gestionar. Y puedo dar fe de que el equipo de Carmena a esa estructura no le hizo ni cosquillas. Es algo que les dijimos a los diferentes concejales y jefes intermedios con los que tratamos en esos cuatro años. No sé si lo he contado ya en el blog, pero yo tengo identificados cuatro tipos de burócrata tóxico:

1.- El perfeccionista. El que no sabe que lo mejor es enemigo de lo bueno. El que duplica el tiempo de una gestión para lograr que quede bien al 100%, cuando en la mitad de tiempo podría tenerla a un 95% y valdría perfectamente. Suelen ser tipos que trabajan para un estándar de perfección que se han fijado ellos mismos y les importa un rábano retrasar los procesos. Trabajan para sí mismos, para mirar el resultado de su trabajo y proclamar: joder, qué bien me ha quedado, oyes.

2.- El miedoso. El tipo acojonado, que cada noche sueña con que le pillan en un renuncio y acaba en los periódicos como los de la Operación Guateque. Eso le agarrota y lo vuelve lento, porque cada pasito que da lo tiene que comprobar cuarenta veces, no arriesga nada y opta siempre por la opción más conservadora y menos ágil. Para este sujeto, cada día que termina sin haber metido la pata es un alivio.

3.- El directamente torpe. También los hay de estos en las administraciones: auténticos inútiles, especialistas en hacer difícil lo fácil. A menudo, esta característica se conjuga con la cualidad del cabezota que no se deja aconsejar por nadie y tiene que hacerlo todo a su forma abstrusa, pedestre y poco práctica.

4.- El que hace labor de zapa, porque es contrario a la ideología política del equipo de gobierno de turno. Es decir, el topo que ralentiza las cosas adrede. Estos suelen transmutarse milagrosamente en útiles cuando el gobierno cambia de signo. Me ha tocado ver a tipos así en los dos lados del espectro ideológico.

En fin, todo esto es resultado de lo que he observado en casi 40 años de desempeño municipal. Pero no se crean que esta tipología de personajes es exclusiva de las administraciones públicas. En la empresa privada hay también burócratas tóxicos, vagos e incluso mala gente. Y paso a contarles dos historias similares (no idénticas) que me han sucedido en estos últimos meses y que ilustran respectivamente las otras dos categorías del título: vagos y malas personas. La primera historia. 8 de noviembre, domingo. Estoy yo tan tranquilo en mi casa, acabo de comer y me quedo un rato enredando en el ordenador, para ver si me da la modorra y me echo una pequeña siesta. Entonces, me quedo sin Internet. Intento todas las maniobras que conozco y nada. Así que llamo al Servicio de Atención Orange.

Me atiende un chico muy amable, que intenta también otras maniobras en vano. Entonces me pregunta si tengo Internet por cable. Le contesto que no, que lo tengo vía ADSL. Continúa: claro, es que el ADSL lo van a quitar el 1 de enero. ¿No se ha enterado usted? ¿Pero en qué mundo vive? Llevan avisándolo años. Dentro de dos meses todo el mundo tendrá la red de fibra óptica. Seguro que en su barrio han empezado a sustituirlo ya. ¿Y lo hacen así, sin avisar? Señor, los de Telefónica son muy suyos, ellos hacen y deshacen sin límite. Le cuento que a mí ya me intentaron poner fibra hace dos años, pero no pudieron porque había un problema con la entrada del cable al edificio. 

Muy bien –concluye–, yo ahora le voy a regalar un bono de 10 gigas para que tenga usted datos suficientes en su móvil y lo use como receptor de WiFi, que ahora le explico cómo se hace. No necesito que me lo explique, estoy harto de hacerlo cada vez que voy al campo o a lugares sin cobertura, lo que pasa es que eso gasta mucho. Sí señor, por eso le doy ese bono gratis. Así se va arreglando hasta que vaya el técnico que le vamos a mandar y que le llamará para quedar con usted e instalarle la fibra óptica. Esa tarde bajé al Alcampo a comprar algo que me faltaba. Todas las alcantarillas de la calle Atocha estaban abiertas, con una valla alrededor y unos tipos trabajando dentro. Le pregunté a uno si todo aquello era por el tema de Internet y la fibra óptica y me dijo que sí.

Martes 10 de noviembre. Me llega un sms indicándome que ya he consumido mis 10 gigas de regalo. Me asusto un poco, no puedo quedarme sin Internet, lo necesito para teletrabajar y para todo. Decido acercarme a la tienda de Orange del Paseo de las Delicias, donde contraté el ADSL. Me atiende un chico muy amable. Le doy los datos, busca mi contrato y comprueba que tengo 50 gigas mensuales. No hay problema. Pero por si acaso, me activa otro bono gratis de 10 gigas. Le digo que para qué. Es que, me contesta, es mejor que vaya usted tirando de estos bonos y así siempre tiene el remanente de los 50 que tiene contratados, por lo que pueda pasar. Vuelvo a casa. Han pasado dos días y a mí no me ha llamado ningún técnico. Marco de nuevo el número del Servicio de Atención Orange. Otro chico súper amable. Ahora mismo pone en marcha un procedimiento nuevo para ver por qué no ha ido el técnico a verme, ni me ha llamado. Y me habilita otro bono gratuito de 10 gigas. Le digo que yo en general estoy a gusto con Orange y que quiero seguir con ellos, porque son muy amables.

14 de noviembre sábado. Podría copiar y pegar el párrafo anterior. Sigue sin venir nadie, llamo otra vez a Orange, me atiende otro chico amable, me vuelve a decir que me va a llamar un técnico y, por supuesto, me regala otros 10 gigas. Y, también por supuesto, ningún técnico viene ni me llama. Llegamos así a mi cuarta llamada, el 20 de noviembre. Mi discurso presenta una clara variación de entrada: me pongo ligeramente borde. Digo que estoy encantado con la amabilidad de los sucesivos compañeros que me atienden. Que agradezco que me regalen 10 gigas cada vez que llamo. Pero que llevo casi un mes sin Internet y yo lo que quiero es que venga un técnico a arreglar mi problema, no que me digan que va a venir y luego no venga. Y añado que estoy a gusto con Orange, pero ya empiezo a estar menos a gusto y si esto sigue así, me voy a ver obligado a volver a Movistar (la mayoría de los vecinos de mi finca son de Movistar y tienen Internet por fibra óptica desde hace más de un año).

Este cambio es efectivo. El tipo me dice lo mismo que los otros, me regala también 10 gigas, pero añade una cosa nueva: me informa de que en ese preciso momento me va a abrir una incidencia y que en unos minutos me enviará un sms con un número de incidencia en el que yo puedo pinchar y saber cómo va progresando la cosa. Termina diciendo que ellos no suelen tardar más de 72 horas. Entonces es cuando empiezo a cabrearme de verdad: ¿cómo es que sus tres compañeros anteriores no me abrieron ninguna incidencia? ¿Es que realmente, en cuanto colgaron se desentendieron de mí? El tipo me dice que él no puede obviamente comentar lo que hacen sus compañeros, que él ha hecho lo que ha estimado correcto, que me asegura que me van a llamar y van a intentar arreglar el tema en unas 72 horas, que es su media de respuesta, y que puedo seguir el proceso por el enlace que me va a facilitar.

No les cansaré con más detalles: vinieron unos tipos de Telefónica, revisaron la instalación de ADSL, luego bajaron a una alcantarilla de mi calle, a continuación uno subió otra vez y el otro se quedó en la alcantarilla. Se comunicaban por el móvil: tira del cable verde, engancha el rojo, ahora reinicia el router. En un par de horas estaba arreglado el ADSL. Les pregunté si lo iban a eliminar el 1 de enero y me dijeron que para nada, que me habían contado una milonga. ¿Y por qué estaban todas las alcantarillas de Atocha abiertas? Porque ese domingo hubo una avería grave en el sistema, que todavía no hemos reparado del todo, lo vamos haciendo a demanda de los clientes que nos llaman, uno por uno, no se puede hacer de otra manera.

Esa misma tarde llamé por última vez al Servicio de Atención Orange para hacer una reclamación. Me atendió una señorita también muy amable y paciente. Le conté toda la historia. Le dije que de cuatro técnicos que me habían atendido por teléfono, sólo el cuarto había sido efectivo. Los tres primeros eran unos auténticos vagos, me los imaginaba tumbados jugando al Fifa 2020, mientras hablaban conmigo y colgando luego sin hacer nada. Encima, el primero me había contado una mentira que me había tenido preocupado un tiempo. Yo lo que quería es que supieran que su servicio de atención no estaba a la altura de la marca. Todas mis llamadas habían empezado con un aviso de que la conversación sería grabada. Le di las fechas y le dije que podían comprobar en las grabaciones que lo que les decía era cierto. Le conté que había trabajado en el Ayuntamiento en atención al público y que le decía todo eso porque pensaba que era mi obligación como cliente, para la mejora del servicio, a modo de control de calidad. Le di las gracias por su tiempo, colgué e inmediatamente la visualicé lijándose las uñas mientras sostenía el teléfono con el hombro y se disponía a escuchar al siguiente coñazo. O tal vez no. Quién sabe.

El otro caso. Saben que Hacienda me ha pedido más datos en la declaración de este año. Entre ellos la justificación del pago de los gastos de comunidad de una casa de mi propiedad. Es un pago que gestiona un administrador de fincas, que nunca me da recibo: los pagos están domiciliados y yo ya no me ocupo de nada. Lunes 23 de noviembre. Llamo a la oficina del administrador y me atiende Fulanita, telefonista. Le digo que necesito un recibo de mis pagos de todo el año 2019 y me dice que haga la petición por mail, a una dirección que me indica. Así lo hago. El día 24 no sucede nada. La fecha de mi cita previa con Hacienda se acerca y no me sobra el tiempo. El miércoles 25 por la mañana llamo de nuevo. Le explico a Fulanita que no es mi intención presionarles, sólo constatar que han recibido el mail y que alguien se está ocupando del tema. Me dice que me va a pasar con una Menganita, de la agencia.

La Menganita empieza por pedirme datos: nombre, DNI. Dirección del inmueble. Le digo la calle, el número, el portal cuatro. Y titubeo: ahora mismo no recuerdo si es Ático A o Ático B. Repuesta: JA!! Pues si ni siquiera se sabe la dirección, empezamos bien. Espere que lo miro ahora mismo: B, es el Ático B; sólo quiero saber si están preparando lo que les he pedido. Pues no, porque nosotros no tenemos obligación de facilitarle ese recibo; nosotros tratamos con el banco y el banco es quien tiene que darle esos recibos. Ya, los recibos del banco los tengo, pero me dice mi gestor que eso no basta para Hacienda, que necesito el justificante de ustedes. Pues mire, caballero, nosotros llevamos la administración de un montón de fincas, imagínese lo que sería si tuviéramos que hacerle un certificado a todos los que nos lo pidieran.

Se me enciende una bombillita en el cerebro: si esta es la respuesta, los datos que me ha pedido al principio han sido sólo por joder, por pura maldad; ella no pensaba hacer nada, ni siquiera los ha anotado. Inmediatamente la imagino repantingada en una especie de chaise-longue lijándose las uñas con esmero, unas uñas largas pintadas en tono bermellón. Señorita, lo que les estoy pidiendo es sencillo, sólo tienen que agrupar los datos míos que tienen, de una determinada manera, guardarlos como pdf, y mandármelos por mail. Sí, pero eso que usted nos está pidiendo es un favor. Por supuesto que es un favor que les pido, un favor que usted no me quiere hacer. No, es que nosotros no somos su gestor. Muy bien, señorita, muy amable y ya que estamos, permítame una pregunta: ¿entonces, ustedes no pensaban contestar a mi mail? Por supuesto que no, como si no tuviéramos aquí bastante trabajo como para ponernos a contestar todo lo que se les ocurra preguntarnos a los vecinos de las fincas que llevamos. ¿Pues sabe que le digo? (levantando la voz) QUE TENGA USTED UN BUEN DIA, MEJOR DICHO, QUE TENGA EL DÍA QUE SE MERECE.

Cuelgo, respiro hondo tres veces, me calmo y decido que no tengo por qué consentir eso. Vuelvo a llamar a Fulanita y me pongo muy serio: mire, soy el mismo de antes, me ha pasado usted con una señorita que no me ha tratado de la forma que merezco como cliente de su agencia y quiero hablar con su jefe, Don Zutano, para poner la queja correspondiente. Don Zutano no se puede poner ahora. Me lo imaginaba, pero haga el favor de darle mi nombre y mi número, lo tiene en pantalla, y dígale que espero que me llame cuanto antes. Cuelgo sin escuchar su respuesta. Son las diez de la mañana.

A la una me llama la Fulanita y me pasa con Don Zutano. Le cuento lo sucedido con todo detalle. Parece un hombre de edad y, como no podía ser de otra manera, intenta contemporizar. Me dice que él hace declaraciones de Hacienda y asesora a sus clientes cuando les hacen una paralela. Que no me preocupe, que él me asegura que con los recibos del banco basta. Que lo que me ha dicho la Menganita es cierto, que ellos no están obligados a editar y mandar esos recibos, pero que si el tema tuviera mayor trascendencia podrían hacerlo. Le digo que le creo, le agradezco la información, pero añado que lo que me ha molestado de la Menganita no es lo que me ha dicho, sino su tono. Y la prueba es que él me está diciendo lo mismo que ella y sin embargo, con él no me estoy enfadando. Le cuento también lo de que he estado muchos años atendiendo al público, el control de calidad y todo eso. ¿Y qué es lo que quiere usted que haga? Nada, sólo escucharme. Entiendo que con esta llamada estoy cumpliendo con mi deber como cliente. Y lo único que le pido es que se quede con la información. Si no recibe más quejas de esta señora, tendremos que creer que hoy tenía un mal día y cualquiera puede tener un mal día. Pero si usted recibe más quejas, no tengo ninguna duda de que sabrá lo que tiene que hacer. Pues así lo haremos, gracias por su ayuda. Gracias a usted por su tiempo.

Pero la historia no se ha terminado. Esa misma tarde, recibo una llamada de un caballero no especialmente amable, pero profesional, seco, escueto, concreto. Me pregunta si soy Emilio. Lo soy. Bien, yo me llamo Perengano, trabajo para Don Zutano y ya tengo lista la información que nos ha pedido, lo que pasa es que en nuestra base de datos usted figura con otro teléfono y otra dirección de mail. Claro, seguramente son los datos de mi trabajo. Hace años daba siempre esa referencia. Ahora que me acerco a la jubilación, empiezo a dar los míos personales. ¿Le importa decirme su número de DNI? Se lo digo. Muy bien, entonces haga el favor de anotar mi correo electrónico, usted me confirma por escrito que sus datos son esos y yo le mando de vuelta el resumen anual que le he preparado; luego corregiré sus datos en nuestra base; comprenda que tenemos que ser precavidos con estas cosas.

Le entiendo y le doy encarecidamente las gracias. Pero dígame una cosa (y le cuento lo que me ha sucedido por la mañana). Me dice que no le sorprende especialmente, que es una agencia muy grande en la que hay gente de todo tipo, pero me asegura que Don Zutano le reenvió mi mail el mismo lunes para que se encargara de él. Que Don Zutano se ocupa personalmente de distribuir el trabajo y que ellos son una agencia seria, que tienen por costumbre contestar todos los correos que les llegan. Es verdad que no es una obligación nuestra –me dice–, y si todos los vecinos de todas las fincas lo pidieran al mismo tiempo, sería imposible responderles. Pero a mí no me ha llevado mucho tiempo. Pensé que no era algo urgente y por eso he tardado dos días, hasta que he tenido un rato libre para hacerlo. Además, yo soy el que se encarga de esa finca, así que para cualquier problema que tenga, lo mejor es que me escriba a mí directamente. Le di las gracias y cerramos el tema con un rápido intercambio de mails.

Y ahora díganme, queridos lectores: ¿La Menganita, además de una burócrata tóxica y una vaga, es una mala persona, que disfruta haciendo sufrir a la gente por gusto, que se divierte con eso? Yo creo que sí. Me la imagino aburrida en una oficina que comparte con otros inútiles pidiendo que le pasaran a ella la llamada: A mí, a mí, que nos vamos a divertir un rato. En fin, así son las cosas y no se las ha contado Buruaga. Es tiempo de festejos, ya saben que me dispongo a celebrar la No Navidad y resulta que al final ha tenido que venir un virus cabrón para que yo pueda cumplir una de mis ilusiones más antiguas: pasar las cenas de Navidad sin tener que escornarme para buscar regalos del amigo invisible, ni atiborrarme de comidas pantagruélicas por la noche, ni tomar champán, ni atascarme con las doce uvas, ni estirar las veladas ad infinitum fingiendo que me estoy divirtiendo de cojones, ni por supuesto aguantar cuñaos de esos que se vienen arriba con el alcohol y te calzan una chapa interminable. En cualquier caso, admito que es un final adecuado para un año de mierda. Pero insisto: sean felices: la vida, desprovista de todo lo superfluo es súper interesante. Que se lo preguntaran a Buda. Y para no ser menos: ¡Feliz Navidad!

domingo, 20 de diciembre de 2020

1.005. El "final rush" hacia la No Navidad

Vaya, pues aquí me tienen otra vez, ya a pique de dar las últimas puntadas, prácticamente de trámite, al año laboral que termina, mi última anualidad completa como funcionario del Ayuntamiento de Madrid, aún pendiente de definir por dónde sigue mi trayectoria vital y cómo me organizo para gestionar la transición hacia esa nueva realidad. Un año de mierda marcado por la situación excepcional de la pandemia, una verdadera calamidad que nos supone muchísimas pegas para poder desarrollar una vida medianamente normal, aunque también tiene sus ventajas. Por ejemplo, este año podremos celebrar la No Navidad y ahorrarnos los villancicos, el turrón y el aquelarre de buenismo y consumismo de los años normales. Todos los años por estas fechas les digo lo mismo: no me gustan nada las Navidades, unas fiestas que, para los que vamos por libre y no nos ajustamos a los parámetros medios de la típica vida familiar, constituyen una especie de tormento, que alcanza el grado más alto de coñazo en los festejos pantagruélicos de los que uno no puede nunca librarse y que suponen aguantar al cuñao de turno criticando al gobierno social-comunista o incluso defendiendo los postulados extremos de Vox.

Nada de eso tendré que sufrir yo este año, gracias al Covid, y a cambio podré disfrutar tranquilamente de las cosas buenas de la Navidad, que para mí se circunscriben a volver a reunirme con mis hijos, en el caso de Lucas tras casi un año sin verlo excepto por la pantallita del móvil. Yo me apuntaría ya a este formato para los años sucesivos, aunque se solucione el tema del Covid-19. Me parece una forma muy digna de acabar el año. ¿A alguien le importa si me paso la Nochebuena yo solo y me ceno un par de huevos fritos con una cerveza Estrella Galicia? Ese es mi objetivo de este año, si bien he de confesarles que ahora mismo tengo la casa llena de hijos. También hay que reconocer que, si no fuera por el Covid-19, Donald Trump habría ganado la reelección de calle y tendríamos que haberle aguantado otros cuatro años, en los que podría haber hecho un estropicio de difícil arreglo. Su derrota es un alivio que tendremos que agradecerle siempre al virus.

Los americanos se han portado, la participación en las elecciones, en torno al 66%, ha sido la mayor en todo el Siglo XX y lo que va del XXI. Mis artistas favoritos del rock USA están todos felices y lo exteriorizan en sus manifestaciones. Por ejemplo, Bruce Springsteen actuó en un programa de televisión para interpretar Ghost, una de las canciones de su nuevo disco ya a la venta, que han podido escuchar en el blog en su versión de estudio. El Boss mantiene prácticamente la misma banda desde 1974. El guitarrista del pañuelo Steve van Zandt, el bajo, el batería y el pianista son los mismos. De la formación de ese año sólo faltan el teclista Danny Federici y el saxo Clarence Clemmons, ambos fallecidos. El teclista no ha sido reemplazado, mientras que al saxo está ahora Jake, el sobrino de Clarence, que toca igual de bien que su tío.

Además, van Zandt abandonó en los 80 la formación durante cerca de diez años, para dedicarse a su carrera como líder de su propio grupo y actor en la serie Los Soprano. Bruce lo sustituyó por Nils Logfreen, un artista que llevaba hasta entonces su propia trayectoria como solista, pero que se sumó encantado. Cuando Steve pidió regresar, el Boss decidió que se quedaran los dos. Logfreen es el pequeñito de la gorra. También está ahora la propia esposa de Springsteen, que se sumó primero como corista y ya se quedó en la banda y en la vida de su jefe. Vean el vídeo. A mí me parece que Bruce es el que menos viejo está de todos, es como si hubiera pactado con el diablo. Los demás están bien, pero se les ve mayores. El Boss está como una rosa. Y su grito es nuestro grito mientras sigamos sorteando al jodido virus: I'M ALIIIIIIIIVE!!!!!

Pues eso: que estamos vivos y cada día que podamos decirlo es un regalo del cielo y deberíamos estar tan contentos como el Boss. Pero yo he tenido un final rush bastante acelerado e intenso, que me dispongo a resumirles, que sé que les encanta que cuente cosas sobre mí. Desde el famoso Puente de la Constitución, esto ha sido un gozoso sinvivir, a la altura de los viejos y añorados tiempos normales. El día 9, nada más volver del puente, ya tuve una jornada bien cargadita, que empecé haciendo mis 50 minutos de carrera matinal indoor. Desayuné, me duché y me fui en coche a la oficina para una reunión del tema Reinventing Universidades a media mañana. A la una bajé puntual a comer en el bar La Dehesa, donde mis amigos me atendieron como de costumbre. Debía comer pronto, porque a las 14.30 tenía que estar de vuelta en la sala de videoconferencias, para la cuarta sesión del Jurado del Bosque Metropolitano, un asunto del que saben que no puedo dar detalles en una página pública como esta.

Rematamos a las 17.30 y bajé corriendo a coger el coche de vuelta a casa, porque a las 18.30 quería conectarme a un interesante webinar del grupo C40, en el que los técnicos del Ayuntamiento de Portland (Oregón), algunos de ellos conocidos míos, explicaban su nueva regulación urbanística que permite en determinadas condiciones intensificar la edificabilidad de algunas zonas de vivienda unifamiliar, para acabar con la dispersión del caserío típica de la urbanización americana, que tan poco eficiente resulta a nivel de energía y medio ambiente. Portland es la primera ciudad yanqui que aprueba una norma como esta y todo el mundo está muy interesado en ver sus resultados a medio y largo plazo.

El día 10 no fui a la oficina, pero tuve una reunión virtual de una hora con unos compañeros, para contarles el contexto del Mercado de Orcasur, de cara a un informe que han de hacer. Por la tarde me dediqué a escribir un post para ustedes, que titulé Full de negros-chinos. El viernes 11 tuve que madrugar para estar a las 8.30 en la sala de videoconferencias de la oficina, para la quinta y última sesión del Jurado del Bosque, que se prolongó durante toda la mañana. Dejamos todo rematado a falta del acto de apertura de plicas, que estaba convocado para el lunes. Las chicas del equipo y yo estábamos ya tan agotados mentalmente que nos bajamos a tomar unas cañas en uno de los bares del entorno.

Acabamos ya como a las tres de la tarde. Me despedí de ellas para el fin de semana y me pasé por La Dehesa, pero estaba tan lleno como en los buenos tiempos, de lo que me alegré, si bien decidí no entrar por precaución. Cogí el coche y me vine al barrio. Me acerqué al Matilda y me comí unas lentejas y unos bulbos de hinojo al horno con bechamel, para chuparse los dedos. Necesitaba un descanso, que empezó por una merecida siesta y se prolongó a lo largo de todo el sábado día 12, víspera de Santa Lucía, cuando en Galicia empieza a menguar a noite e crecer o día, un día en el que lo único que tuve que hacer fue subir temprano al mercado para evitar aglomeraciones y colas, a comprar los ingredientes para mis próximos guisos. El domingo 13 tuve tres ocupaciones que llenaron mi día. La primera, hacer mi carrera correspondiente, por el circuito interior de mi casa. La segunda, escribir un nuevo post, esta vez dedicado al Yemen y a ACNUR. Y la última, cocinar un buen potaje de garbanzos, espinacas y bacalao.

Esta tercera ocupación tenía un fin concreto. Por la noche llegaba mi hijo Kike y quería dejarle comida preparada para los dos días siguientes, en los que no le iba a poder atender, de acuerdo con lo que les seguiré contando después. A las 10.30 cogí el coche y me acerqué al aeropuerto. Constaté que empiezo a ver peor para la conducción nocturna, primer signo de que mis cataratas están madurando, a ver cuándo me decido a ir al oculista. Conduje despacio y llegué sin problemas a la T4, primera vez que iba a Barajas desde la pandemia. Había muy poca gente y no te dejan pasar al edificio de llegadas, has de esperar a los viajeros en la entrada del parking. Mi hijo venía directamente desde Roma y estaba muy cansado, pero me pareció más prudente que cogiera él el volante para la vuelta.

El lunes 14 no tuve que madrugar, pero salí para la oficina a las 11. A las 12 era el acto de apertura de plicas del Bosque, a cargo del Concejal de Desarrollo Urbano, antes Urbanismo. Los ganadores de los cinco sectores resultaron ser equipos muy potentes, lo cual está muy bien para el proyecto. Esta sesión era pública y llegaron a apuntarse cerca de 200 asistentes. Casi sin tiempo, mi compañera M. y yo nos fuimos a una Sala de Juntas, para nuestro siguiente sarao on line. Mi amiga Eva Gil, profesora de la Escuela de Arquitectura, dirige por primera vez este año un máster en la Universidad de Lausanne (Suiza) y hace tiempo que me invitó a la presentación de los trabajos de fin de máster, sobre la base de que iba a poner como tema de estudio una de las parcelas de Reinventing Cities II. Le dije que sí, pero que prefería hacerlo en compañía de M. para sentirme más arropado en una sesión en inglés y sobre una materia de la que ella sabe bastante más que yo.

El caso es que la primera de las dos sesiones era ese día de 13.00 a 17.00. Es decir, que no comimos. Hubo un breve descanso en el que aprovechamos para zamparnos un par de mandarinas cada uno, de una bolsa que había traído nuestra jefa para las sesiones del Bosque. Al final, mi compañera me dijo que la excusara para la sesión del día siguiente, que yo no necesitaba ayuda ni con el inglés ni con los proyectos. M. tiene que atender a su propia familia y no puedo tirar de ella más de lo que ya tiro. Al acabar, cogí el coche y llegué a casa a tiempo de conectarme a un encuentro virtual que había convocado ACNUR para conmemorar el 70 aniversario de la organización. Lo escuché con un oído, mientras me calentaba un plato del potaje, que estaba riquísimo, según certificó mi hijo que es un gourmet.

Me enteré de algunas cosas más sobre ACNUR, que les cuento. La organización se crea a partir de la Convención sobre el Estatuto de los Refugiados, celebrada en Ginebra en julio de 1951. Esta Convención, organizada por la ONU, definió el concepto de refugiado y sentó el llamado principio de no devolución: los países firmantes se comprometen a no devolver a su tierra a los refugiados cuya vuelta ponga en peligro su vida o sus derechos fundamentales. Se pensó en principio para la Europa post Guerra Mundial, pero su Reglamento, de 1967, ya extiende su validez a todo el mundo. En este momento, finales de 2020, hay en el mundo más de 8 millones de refugiados y desplazados. La Convención ha sido firmada por 147 países. Y un dato acojonante: España es el primer país del mundo en número de asociados, con más de medio millón. Para que luego digan.

El martes 15, tenía la segunda sesión de lectura de los trabajos del grupo de Lausanne. Pero, al ser yo solo, podía hacerlo desde casa. La sesión era esta vez de una a seis, porque había un grupo más que el día anterior. Una paliza, pero en casa es más cómodo. Mi hijo asistió entre estupefacto y divertido a mi soltura con el inglés, un idioma que nunca he estudiado en serio, pero en el que me voy arreglando a partir de mi amor por el rock and roll. Otra ventaja: en los 25 minutos de intermedio me calcé el último plato de potaje, con una cerveza Estrella Galicia. Después de eso, mi inglés fluyó como agua de manantial. La doble sesión me resultó muy interesante, es curioso ver lo que piensa la gente joven de la arquitectura antes de salir al mundo profesional. Acabamos y me tumbé un rato en la cama, porque tenía que reponer fuerzas para lo siguiente: a las 19.30 tenía la sesión de cierre de año de Billar de Letras, dos horas hasta las 21.30 analizando el libro de relatos Desguace Americano, con presencia del editor. Ya les hablé de este libro y de su autora Bonnie Jo Campbell, y posiblemente les cuente algo más al respecto.

El miércoles 16 hice una nueva carrera indoor (mi hijo ya está curado de espanto conmigo) y luego tuve un par de reuniones virtuales con equipos de Reinventing, pero ya empezaba a bajar un poco el ritmo. Kike me cocinó una pasta al pesto di ruccola espectacular y después de la siesta me puse tranquilamente a escribir sobre el húngaro sedicente. No me dio tiempo a acabar el post y me fui a dormir. El jueves rematé el post y luego salimos Kike y yo en el coche en dirección esta vez a la T1 de Barajas, en donde aterrizaba a las 11.00 el vuelo de Air France que traía a Lucas desde París. Desde entonces, estoy centrado en la vida familiar, que entra dentro de las cosas de las que no se dan demasiados detalles en el blog. Ayer sábado, mi nueva circunstancia me llevó a volver a salir a correr al Retiro después de bastantes días. Correr dentro de una casa pequeña ya es algo dificultoso; con un conviviente pululando por allí aún más y con dos es ya imposible.

Les cuento también que uno de estos días me llegó el paquete que esperaba hace bastante tiempo. Había usado la Web de Samantha Fish para comprar algo de su merchandising y por fin lo recibí. Entre las cosas que venían, una camiseta que me sienta fenomenal y con la que ya salí ayer al Retiro. Y una carátula de su último disco (que ya tenía) pero firmada de su puño y letra por la mismísima. Abajo ven las imágenes. Por cierto, la firma de Sam no sería muy difícil de interpretar para un grafólogo, expresa con claridad la exuberancia de su personalidad.  

En fin, ya saben que estoy enamorado de Samantha Fish, uno tiene sus gustos y sus debilidades. Pero también les he confesado varias veces que soy un partidario decidido del poliamor. Así que también me tienen enganchado las chicas de Larkin Poe y otras de las que se ha hablado en el blog. Por ejemplo, Athenea del Castillo, la estrella del Dépor femenino, que ya ha jugado unos minutos en la selección nacional y que tiene un potencial enorme. Vean primero un par de fotos de la chica. Hace unos días vimos con qué estilo chuta a gol. Ahora la vemos conduciendo el balón y mirando para encontrar una línea de pase y en la otra foto celebrando un gol marcado con su socia Peke, una delantera nata, vasca de pura cepa, que luce el 18 a la espalda.




El domingo pasado, el Depor ganó 2 a 1 al EDF Logroño, remontando el gol inicial de las riojanas y les pido que vean el vídeo resumen del partido, que es muy cortito. Athenea, que juega con el número 7 a la espalda, tiene un protagonismo absoluto en las imágenes. Se la distingue desde la salida del equipo al campo. Luego la vemos trabajando en defensa y despejando en largo. A continuación una de sus internadas, pero acaba tirando muy flojo. Hay un gol del Logroño que es anulado y luego otro que vale, en el barullo de un corner mal defendido. Quedaban 20 minutos, pero Athenea y Peke no se rinden nunca. No se ve con mucha claridad, pero Athenea anota el gol del empate de tacón, un recurso de lujo, a pase de Peke. La vemos recogiendo el balón de la red y corriendo al centro mientras las compañeras la felicitan. Ella quiere que se saque rápido, el empate no le vale. Y enseguida la vemos internándose en el área con su estilo característico y poniendo un centro perfecto para Peke, que sólo tiene que empujarla para lograr el segundo gol. Al final, el abrazo de las dos.

Creo que no es muy difícil entender qué es lo que tienen en común Samantha Fish, las chicas de Larkin Poe, Athenea e incluso la pianista clásica Katia Buniatishvili, con la que les voy a dejar. Todas ellas se han infiltrado en terrenos antes reservados a los hombres, en donde destacan a base de calidad, esfuerzo, arrojo, entrega, profesionalidad y entusiasmo. Las mujeres con personalidad pueden llegar a donde quieran. Así que, si hemos empezado con Bruce Springsteen gritando a todo pulmón que está vivo, creo que no viene mal terminar con un fragmento de la música igualmente apasionada de Tchaikovsky, en la interpretación perfecta de Katia, la pianista georgiana del apellido impronunciable, que es otra de mis musas. Disfruten de estos días que vienen. Con esto del teletrabajo no he comprado lotería de Navidad en el trabajo. Así que, si este año toca, habrá quedado establecido quién era el gafe. Que pasen un buen domingo. 


jueves, 17 de diciembre de 2020

1.004. El dogmático húngaro era un sátiro

Les supongo enterados de la peripecia del eurodiputado húngaro József Szájer, al que pillaron en Bruselas a las tantas de la noche literalmente con las manos en la masa, aunque uno, que es desconfiado, más bien diría con las manos en masa ajena o, digámoslo cabalmente, en partes pudendas de prójimo eventual aleatorio in púribus (o séase, en pelota picada), realizando alguna forma de coyunda libidinosa o entregados ambos contendientes a vaya usted a saber qué clase de desenfreno lascivo, concitado por la luz tenue del lugar, la música chill-out y el uso de sustancias psicotrópicas coadyuvantes. Participaban en la cuchipanda o bunga-bunga un número determinado de personas adultas, en su mayoría varones, en todo caso incumpliendo las normas del distanciamiento social que prohíben específicamente el contacto entre personas no convivientes y mucho menos ceder a las bajas pasiones, el libertinaje y la depravación inmoderada con allegados y desconocidos. Veamos una foto del sujeto antes de seguir.

Contemplando ese rostro adusto, esa barba asilvestrada e hirsuta, ese abascaliano y severo gesto de desaprobación, seguramente dirigido contra alguna de esas leyes liberaloides o pseudo-izquierdistas que la Cámara Europea acostumbra a promulgar, legalizando conductas reprobables contrarias al sentido común tradicional, nadie diría que este conspicuo caballero, con aires entre teórico del anarquismo, teósofo fundacional y experto mundial en esperanto, fuera en realidad un sátiro mayúsculo, peripatético y sin límites. Se agotan las esdrújulas para hablar de este caso singular. Pero vayamos a la narración estricta de los hechos. Es viernes 27 de noviembre en Bruselas, esa ciudad con fama de gris, aburrida y funcionarial, pero en la que, como en cualquier otra urbe de buen tamaño, la velada del Friday Night nos puede reservar muchas sorpresas, a pesar de la situación de confinamiento por la pandemia, que acentúa aún más el sesgo aburrido de una ciudad en la que no pasa nada.

La noche del viernes se presenta sin grandes incidencias para los agentes de la Comisaría de Policía del distrito centro de Bruselas, en el nº 30 de la Rue du Marché au Charbón a pocos metros de la Grand Place. La pandemia ha reducido drásticamente la actividad nocturna de la urbe, en donde la mayoría del personal se recoge pronto por miedo al contagio. Únicamente algunos jóvenes se reúnen a beber en sus lugares de referencia, pero también han de retirarse rápido, en virtud del toque de queda, que lleva en vigor más de un mes. Los policías están tranquilamente viendo el partido de fútbol de la Jupiler Pro Ligue, entre el Eupen y el Charleroi, adelantado de la jornada 14, cuando reciben una llamada anónima. El comunicante alerta de que unos vecinos tienen montada una fiesta ruidosa en la que seguramente se están cometiendo unos cuantos delitos. El asunto tiene lugar en la cercana Rue des Pierres, una calle peatonal llena de bares, normalmente abarrotada de gente, pero en horas bajas por la pandemia. El partido de fútbol es aburrido y el lugar denunciado está a dos pasos, así que los policías deciden ir a echar un vistazo.

Una avanzadilla se acerca sigilosamente con las luces apagadas y se detiene en medio de la niebla. La fiesta parece estar transcurriendo en un primer piso, encima de un bar cerrado y las señales visuales y acústicas del sarao delatan una reunión numerosa. Los policías hablan por la radio del coche patrulla y piden apoyo. En cuanto llegan los refuerzos, proceden. En el acceso desde la calle hay una cortina con un aviso impreso: Entra si te atreves. Los policías, en número de 15, ingresan estrepitosamente en el lugar, en donde hay 25 personas, casi todos hombres, desnudos y dedicados con esmero a las diversas tareas que ustedes pueden imaginar fácilmente. Quedan todos detenidos y serán llevados a la cercana comisaría, a identificarse y declarar, tras lo que quedarán libres. Dos de ellos se identifican como diplomáticos y solicitan inmunidad.

Pero, en un descuido de los agentes, uno de los implicados se ha escabullido por la ventana. Es un tipo entrado en años, con una barba asilvestrada e hirsuta, que conserva la suficiente agilidad como para salir al tejadillo y dejarse deslizar por una bajante de pluviales hasta el nivel de calle. Cae a una perpendicular de la Rue des Pierres y echa a correr, pero un vecino que estaba cotilleando intrigado por tanta actividad nocturna, lo ve y alerta a la policía, que rápidamente lo atrapa. El barbas va en calzoncillos, tiene las manos llenas de sangre de su descenso por la bajante de pluviales y lleva una mochila pequeña, de las llamadas en su día mariconeras. Los policías le detienen y, al constatar que está indocumentado, lo acompañan hasta su domicilio, en donde verifican que se trata de József Szájer. Al rebuscar en su mariconera han encontrado una pastilla de éxtasis. Queda en libertad tras declarar. En el informe policial lo nombran como J.S.

El asunto es de alcance. El detenido es un eminente miembro del partido húngaro de extrema derecha Fidesz, el mismo del presidente Viktor Orban, que ha promulgado una serie de leyes homófobas, contra los transexuales y promoviendo la prohibición de adoptar para parejas gays. No sólo eso, sino que promueve una reforma constitucional en la que se determina que el único matrimonio que existe es el de un hombre con una mujer. Esa enmienda a la Constitución está pendiente de lograr la preceptiva mayoría de dos tercios en el parlamento, y ha sido redactada precisamente por el europarlamentario de día, loca de noche. Y la mera reforma propuesta da pié a Orban a adoptar toda clase de medidas homófobas. En ese ambiente, Hungría incluso ha declinado acudir al Festival de Eurovisión (luego cancelado por la pandemia), alegando que es un nido de maricones desde que lo ganó Conchita Wurst.

Szájer, 59 años, es un hombre casado, con una hija de 33. Su mujer es una eminente juez del Tribunal Constitucional de Hungría. Es difícil ocultar algo así y la historia empieza a circular por los mentideros bruselenses el mismo sábado. Desconozco cómo se filtra la noticia de su detención, pero el sábado por la tarde es la comidilla de toda Bruselas. El domingo 29 de noviembre, József Szajer presenta su dimisión irrevocable, sin dar ninguna explicación. El martes 1 de diciembre la prensa belga cuenta el asunto y la policía publica un comunicado, en el que narra lo sucedido, calificando la fiesta de Gang Bang, hay que ver lo que saben los maderos de estas cosas. El miércoles 2 la noticia sale en toda la prensa mundial. Jozsef hace una declaración en la que pide perdón a su familia, sus colegas de partido y sus votantes. Les solicita a todos que enmarquen ese paso en falso, estrictamente personal, en el conjunto de 30 años de servicio leal a la sociedad. E insiste en que él es el único responsable y pide que la condena del hecho no se extienda a su país ni a su comunidad política.

¿A qué comunidad política se refiere? Pues al EPP, el Partido Popular Europeo, del que Szájer ha sido durante años vicepresidente. Hace tiempo que los partidos de derechas de los países escandinavos están presionando para que se expulse al Fidesz del grupo, por sus políticas homófobas y racistas. Pero la iniciativa no prospera por el voto en contra de algunos partidos, entre ellos el PP español que dirige el fraCasado. El ruego de Szájer es rápidamente denegado. La eurodiputada socialista holandesa Lara Wolters proclama: Por supuesto que extiendo mi condena y mi escándalo a su comunidad política, una comunidad dedicada a promover el odio contra el colectivo LGTB. Absolutamente. Otros colegas del Parlamento se expresan en términos parecidos. Y lo más cojonudo es que el organizador de la fiesta, o Gang Bang, se convierte en una celebridad.

Arriba lo tienen en la foto, con mascarilla y todo. Este sujeto, de 29 años y que al parecer vive de lo que saca en tales saraos, ha aparecido en todas las revistas y televisiones locales y ha contado con pelos y señales la mecánica y el funcionamiento de esas reuniones, que en Bélgica son legales, salvo por las medidas antipandemia. Las reuniones se organizan en los domicilios de los adeptos a estas prácticas y se convocan a través de una aplicación para eventos de sexo en grupo. La gente ha de registrarse, aportar una PCR o acreditar que ya han pasado el Covid y también una prueba de sida, ya que los condones están vetados. El lema de la cortina exterior es para que los asistentes localicen el lugar, pero luego hay un registro de entrada severo. A continuación, disponen de una zona de taquillas, para dejar la ropa. Y, desde allí la gente ya entra desnuda, salvo una pequeña mochila con lo más imprescindible, incluyendo un calzoncillo.

¿Y qué es lo que se hace allí?–le pregunta un periodista haciéndose el despistado. Es todo muy inocente: la gente charla, escucha la música, bebe un poco y luego tiene relaciones sexuales con quien quiere. Los policías que entraron eran unos brutos, no traían ninguna orden o papel que autorizara su entrada, pidieron la documentación a los presentes y profirieron comentarios insultantes. Fíjense: cómo va a tener la documentación alguien que está desnudo. El joven añade su convencimiento de que todo ha partido de un chivatazo y señala a otros organizadores de fiestas similares que quieren hundirle y quitarle la clientela. Sostiene que él trataba de ajustarse a las normas de la pandemia y por eso eran sólo 25; que en circunstancias normales él organiza encuentros de más de 100 personas (yo creo que esto es un farol, por una cuestión de aforo: ¿dónde metes a esa multitud?). En cuanto al barbas, era la primera vez que venía, pero le cayó muy bien: era educado y atento.

Parece que Szájer llevaba viviendo 16 años en Bruselas, alejado de su mujer y su familia en Hungría. Sus más próximos seguramente sabían que había cambiado de acera, pero callaban, porque él no salía oficialmente del armario, aunque es obvio que en Bruselas desarrollaba plenamente su nueva vida y estaba encantado. ¿Se conocía todo eso en Hungría? ¿Lo sabía su mujer? No tengo ni idea. Lo que sé es que la historia rezuma una cierta justicia poética, o una especie de karma: yo siento una especie de ternura por la gente que la caga de forma estrepitosa por no saber medir sus impulsos, pero no debemos perder de vista que estamos hablando de un indeseable, que se rige por la ley del embudo: pretende prohibir al resto de los mortales los placeres de los que él abusa y termina atrapado en la situación más cutre, haciéndose polvo las manos por bajar por el canalón y huyendo de la policía en calzoncillos por las calles solitarias y brumosas de la ciudad. Es como una fábula con moraleja.

Pero el asunto puede tener otras claves. Hungría, junto con Polonia, tenía en ese momento vetados los fondos europeos de ayuda a los estados miembros, un paquete de 1,8 billones de euros, porque la Comunidad Europea quería ligarlos a que los estados receptores se ajusten en todo momento a las reglas de la Democracia y el Estado de Derecho. Esta salvedad estaba precisamente dirigida a estos dos países por sus políticas ultras, racistas y filofascistas. Y, como es natural, ni Hungría ni Polonia estaban de acuerdo. Pero, sorprendentemente, el 10 de diciembre ambos países retiraron el veto y los fondos se aprobaron, incluyendo la famosa cláusula, que permite bloquear los fondos al estado receptor que incumpla alguna de las normas básicas del Estado de Derecho. ¿A qué se debe ese cambio de actitud? ¿Tiene algo que ver en esto la caída en desgracia de Jozsef Szájer? No podemos saberlo, pero es plausible. Al fin y al cabo, este señor había sido la mano derecha de Viktor Orban.

No soy yo muy conspiranoico, pero hay algunas cosas en la historia que huelen regular. Empezando por la llamada anónima a la policía. Luego lo de la pastilla de éxtasis en la mochila, que él afirma que no sabe quién la puso ahí. En todo el informe de la Fiscalía no se habla de ninguna otra droga, de hecho Szájer es el único acusado de posesión de drogas. Además, el éxtasis es algo que normalmente se tomaría antes de la fiesta y no se tendría para después. También es raro que todo se sepa enseguida, que la policía no lo pueda mantener en secreto. ¿Quién filtró la noticia? Y hasta la cancha mediática que se le ha dado al organizador, conocido ahora en toda Bélgica, es un poco sospechosa. 

Huele a que al amigo Szájer le han tendido una trampa. Nadie ha profundizado en este matiz, pero aquí viene a cuento el magnífico artículo que Enric Juliana publicó en La Vanguardia el mismo 9 de diciembre, un día antes de que se desbloquearan los fondos, cuando nadie se esperaba ese giro. Este señor, que sabe mucho de todo, también de Hungría, hace una exhibición de conocimiento de la historia húngara y termina con una conclusión: Orban y su colega polaco estaban en ese momento deseando retirar el veto, porque en la nueva situación geoestratégica, sin Trump en la presidencia USA, piensan que ya no van a poder ser tan radicales. Pero no sabían cómo hacerlo sin que pareciera que reculaban. Les pido que lo lean, para lo que han de pinchar AQUÍ.

¿Quién le puso la trampa a Szájer? ¿Los países más avanzados socialmente en la Unión Europea? No parece el estilo de Merkel, Macron, etc. ¿Miembros del Europarlamento representantes de países que se juegan la vida en esos fondos, hartos del bloqueo de los dos estados renuentes? 1,8 billones no pueden dejarse al albur de un par de países retrógrados, hay que intentar evitarlo con cualquier medio. Pero hay otra teoría posible. ¿Y si el señor Orban encontró por fin la excusa que buscaba para retirar los vetos, y de paso se quitaba de en medio a un colaborador que había sido muy valioso en el pasado pero que se había vuelto loco y había entrado en una deriva personal frenética que era un riesgo para todos? Es una interpretación bastante retorcida, pero yo no la descartaría. Las andanzas de Szájer debían de ser conocidas por mucha gente, era un elemento cada vez más imprudente, estaba lanzado y su caso era una bomba de relojería. Y no olvidemos que Orban es un homófobo convencido. Se cuenta que la última vez que intervino en el parlamento europeo, se le vio muy frío con Szajer, a quien apenas saludó. Orban tenía el móvil, tenía acceso a Szájer y conocía sus rutinas, debía de estar hasta los huevos de él y sí parece que este tipo de actuación sea de su estilo.

Como dice Enric Juliana, Hungría tiene una identidad nacional fuerte, es una sociedad patriarcal muy tradicional, con señas de identidad marcadas, un machismo consustancial muy arraigado, lazos sociales potentes y un sentido del humor característico. Son cazurros y gregarios como los vascos y por eso una ideología como la de Orban concita tantos seguidores. Tengo un amigo que estuvo años de diplomático en Budapest y que le tiene mucho aprecio al pueblo húngaro. Como sabe que a mí me gustan los idiomas, suele mandarme chistes y memes en húngaro, de los que circulan por las redes sociales del país. Les muestro dos recientes, con sus traducciones a la derecha, porque creo que reflejan muy bien una idiosincrasia y pueden aportar una clave más a esta curiosa historia.   

Traducción: Esta noche a las 10: ¡SEXO!
Si hay alguien, bien, si no ¡yo empiezo!
Traducción: Mi película favorita: Batman.

















Como suele decirse, para muestra basta un botón, dos en este caso. Pero sería injusto demonizar a todo un país y tacharles a todos de carcas y salidos. Como en todas partes, hay gente muy maja en Hungría, que son progresistas pero no pierden el sentido del humor patrio. Y se revela en el estrambote que tiene la historia de József Szájer, que cierra el relato de forma cojonuda. El día 8 de diciembre, alguien instaló una placa conmemorativa del hecho en la tubería por la que bajó Szájer. La placa, de la que les voy a dejar la foto como regalo de despedida, está escrita en húngaro y en inglés. La traducción es la siguiente:                  

La carrera política de József Szájer, eurodiputado del Fidesz y del EPP, terminó aquí, cuando trató de huir de las autoridades por esta tubería, tras asistir a una orgía ilegal con suministro de éxtasis, en medio de la pandemia del Covid-19, el viernes 27 de noviembre de 2020.

Según la prensa húngara, los promotores de la idea son cuatro ciudadanos húngaros residentes en Bruselas, alineados con la oposición a Orban, que han querido inmortalizar así el asunto y dejar constancia humorística de él para la posteridad. Resumiendo: Szájer era un tipo al que muchos sectores querían quitarse de en medio hace mucho. Cualquiera de ellos puede haber sido el que le tendió la trampa. Sean buenos y apártense de la doble moral.