jueves, 19 de septiembre de 2019

873. Siete años de blog

Comienzo respondiendo a un comentario del Coronel Groucho, que se preguntaba quién era el guitarrista que acompaña a Sheryl Crow en el tema que les puse recientemente en el blog, extraído de su nuevo disco recién recibido en mi casa. Se llama Jason Isbell y se mueve por el mundillo de Nashville donde vive Sheryl, que rápidamente le echó el ojo y le ofreció colaborar en un tema de su disco. Realmente es un guitarrista muy bueno. Hace unos días, Sheryl, como parte de la promoción de su disco, acudió al inigualable show de Jimmy Fallon, y eligió para interpretar una de las canciones de su disco. ¿Saben cuál? Pues la misma que yo seleccioné para el blog: el tema de Dylan Everything is broken, en esa versión acelerada que grabó con Isbell. Sheryl brilla como siempre en el riguroso directo y en el vídeo pueden comprobar cómo se maneja con la armónica. Les pido que la escuchen en honor al séptimo aniversario del blog.


Pues sí. Aquí donde me tienen, resulta que hoy hace siete años que se publicó la primera entrada de este blog, un 19 de septiembre como hoy, pero del año del Señor de 2012. Estaba yo entonces en un momento profesional y personal bajo y tenía claro que debía defenderme de las adversidades del destino con un arma potente, y ese arma fue el blog. Como ya he contado mil veces, a comienzos de ese año me habían cesado de mi puesto en el Ayuntamiento y no fui capaz de encontrar un puesto similar, por lo que pasé a una situación que podemos llamar de cesante presunto, sin muchas cosas de las que ocuparme en el trabajo. Al mismo tiempo, por el fenómeno que hemos llamado en este blog el momento de inercia (de acuerdo con las delirantes explicaciones científicas de un sargento a sus reclutas aspirantes a chusqueros), resulta que seguí acudiendo a misiones y congresos en el extranjero, empezando por uno en Querétaro en marzo, y siguiendo por el de Nueva York en julio.

De esa especie de doble personalidad, de división freudiana esquizoide entre la irrelevancia laboral más absoluta y la continuación por cuenta y riesgo propios de mis tareas de difusión de la marca Madrid por el mundo adelante, surgió esta tribuna. También he revelado que dediqué buena parte del año 2012 a preparar el invento, porque no quería abrirlo hasta estar bien seguro de poder mantenerlo indefinidamente (ya saben que soy fondista). Por fin, en septiembre me vi preparado y arranqué. Y hasta hoy. Honradamente he de confesarles que nunca imaginé que me sucedieran tantas cosas como para poder sostener este foro siete años (y lo que te rondaré, morena). Cómo iba yo a saber que me rompería un brazo entrando en el Metro, que viajaría luego a lugares como Japón, San Petersburgo, Birmania, Chile o Madagascar, a donde me voy en tres días. Que participaría en workshops en Portland y Chicago, que visitaría San Francisco y Los Ángeles. Que daría clases en una universidad de París y participaría en congresos en Marsella y Leipzig y Oslo y Lyon.

Pero también he tenido la virtud de convertir en literatura mis pequeñas miserias, como la del montador del aire acondicionado de mi casa, que me estafó y me chuleó a conciencia, o la del texto que me censuraron los del frente burocrático municipal. Y toda clase de minucias que me sirven para quitarme importancia y darle autenticidad al relato. Si yo acabo de poner una lavadora y colgar la ropa en el tendedero, a lo mejor lo cuento en el blog, lo incorporo al relato y eso le da a mis textos un punto de verosimilitud, además de poner mi sello personal, porque creo que nadie cuenta este tipo de cosas del día a día. Sin ánimo de compararme con alguien tan descomunal, ya saben que Unamuno dijo que la literatura consiste en extraer lo universal de lo cotidiano. Algo así es lo que yo intento hacer, también en la línea del proyecto de Dieguito García, personaje de Luces de Bohemia, que le confiesa a Max Estrella: Hace tiempo acaricio la idea de una hoja volandera, un periódico ligero, festivo, espuma de champán, fuego de virutas. No podría haber mejor definición de mi blog.

Me llega este séptimo aniversario prácticamente en capilla de mi aventura africana. Nuestro vuelo sale el domingo a las 6 de la mañana, con una escala en París, pero nos han conminado a estar en el aeropuerto a las 4, porque todas las formalidades aduaneras inherentes al hecho de salir de la Unión Europea hemos de hacerlas aquí. En París supongo que pasaremos por un pasillo entre una terminal y otra, sin tener que atravesar más controles. Y el equipaje facturado ya va desde Madrid a destino. Mis compañeros han de venir de Ciudad Real, para lo que han quedado a la una de la madrugada para venir en dos coches, que dejarán en un hotel del pueblo de Barajas, que ofrece transporte al aeropuerto con un minibús.

Pero mi propia vorágine laboral me va a impedir ponerme a hacer la maleta hasta el sábado. A partir del mediodía de hoy tenemos la parte española del concurso Europan. Mi jefa, mi compañera M. y yo comeremos juntos y luego nos iremos al COAM, en donde tenemos sesión de toda la tarde, rematada con cena de trabajo. Mañana por la mañana viene a Madrid la directora mundial de Reinventing Cities, mi amiga Hélène Chartier, que dirige el invento desde Nueva York. Le hemos gestionado una reunión con nuestro Concejal y con Kordineitor, más que nada para que comprueben que esta historia fantástica que les hemos contado es real y tiene detrás personas reales. Vendrá también a la reunión Julia López Ventura, coordinadora de C40 para la Región Europea y también buena amiga mía. Seguramente nos iremos a comer con ellas. Y por la tarde volveremos al COAM para rematar la faena del EUROPAN. También estaba previsto seguir el sábado, en caso de que no hayamos terminado el trabajo de selección, pero yo ya he avisado que el sábado lo necesito para preparar mi viaje de Madagascar.

En cuanto al contexto, pues ustedes y yo sabíamos que nos íbamos de cabeza a otras elecciones. Sánchez tuvo el sueño de hacer un gobierno a la portuguesa, con apoyos de Podemos y de los nacionalistas, pero ha comprobado que con Podemos no se puede hacer nada y que el único objetivo de los nacionalistas era dar por culo, como se ha reiterado en este blog. Ante eso, ha estado mareando la perdiz y preparando el terreno electoral de manera bastante impresentable, lo que tal vez le pase factura. Tanto él como Casado están cultivando ahora el espacio del centro, huérfano de Ciudadanos que, con el tono áspero de Rivera hablando de la banda, el sanchismo y otras majaderías, se ha quedado en fuera de juego. Igual que Iglesias con su tacticismo copiado de la épica de Juego de Tronos. La cosa está ahora en saber si volvemos al bipartidismo (quién lo pillara), y hasta qué grado. Y a quién de los dos grandes le hará más daño la previsible abstención. Porque la gente de a pié estamos hasta los huevos. Este hartazgo lo expresa muy bien Marta Flich en el monólogo que pueden ver aquí.


En resumen, que everything is broken, como dice Dylan, que podemos traducir como todo está roto o más bien todo está jodido. Todo está jodido en lo colectivo y nos va a pillar con un gobierno en funciones, sin capacidad de maniobra para los retos que vienen: el Brexit (con el conductor suicida Johnson pilotando a contramarcha un vehículo sin frenos), la sentencia del prusés y la crisis económica que ya llega de nuevo según todos los indicadores a pesar de las mentiras que les conté yo a los asistentes al congreso de París. Por cierto, tal vez ustedes, con su proverbial ingenuidad, se pregunten: –¿Y esto del prusés, con lo lenta que es normalmente la Justicia, no se podría alargar convenientemente hasta que haya un gobierno serio que gestione el terremoto? Pues no, señor. La sentencia tiene que ser en octubre. ¿Saben por qué? Pues porque a los Jordis, que fueron los primeros en detener, los metieron al trullo el 15 de octubre de 2017. Y hay una norma en el Código Civil que dice que un españolito no puede estar en prisión preventiva más de dos años. Hagan ustedes la cuenta y entenderán el por qué de las prisas con la sentencia.

También tiene cojones que estos señores lleven ya dos años en la cárcel. Pero ya les voy a dejar. Les advierto que en la isla de Madagascar, las condiciones de Internet, etc. son muy diferentes de las nuestras, igual que mi disponibilidad de tiempo libre para escribir. Así que ya pueden irse olvidando de este ritmo de un post cada tres días que he mantenido desde el 30 de julio con puntualidad coreana. No sé lo que haré, pero tal vez repita el modelo del viaje a Chile: ir tomando notas en un cuaderno y luego agruparlas en diferentes posts temáticos. Gracias por desearme buen viaje y pórtense bien en estas semanas venideras: se quedan al cargo del chiringuito. Abrazos y besos.

P.D. Después de haber publicado esto, he caído en la cuenta de que mañana es la huelga mundial por el cambio climático, convocada por Greta Thunberg y sus jóvenes compañeros, y me van a permitir que les añada este vídeo. Mis disculpas a los tres rapidillos que (según el contador de la página) ya han leído este post.


lunes, 16 de septiembre de 2019

872. De París a mi barrio

El viernes, como les dije estuve comiendo con mi amigo Alain, en el Café de l’Industrie, un lugar que ya conocía, por la zona de Bastille. Hablamos de un montón de cosas y me enteré de algo que no sabía, o al menos, no con esos detalles. Parece que el pueblo de París ha sido siempre muy follonero, es famosa la Revolución de 1789, pero ha habido otras varias igual de sangrientas, como la que sofocó la famosa Comuna de París. Por eso, cuando se aprobó la organización del Estado francés, en 1871, se determinó que todas las ciudades y pueblos tendrían un alcalde elegido por el pueblo. ¿Todas? No. Todas menos París. Como los parisienses estaban todo el tiempo dando la bronca, se decidió que no tuvieran alcalde, sino un prefecto nombrado directamente por el gobierno del Estado. En realidad no era uno, sino dos, los prefectos, uno encargado de vigilar específicamente el orden público y otro para el resto de las funciones urbanas.

Y esa situación se mantuvo, nada menos que hasta 1976. Ese año los parisienses consiguieron una aspiración por la que llevaban décadas clamando: elegir a su alcalde y ser por fin autónomos. En 1976 pudieron celebrar elecciones locales y ¿saben a quién eligieron? Pues a Jacques Chirac, un político de derechas puro. Contradicciones urbanas: después de tanto luchar por tener elecciones parecería que elegirían a un alcalde de izquierdas. Pues no. Y resulta que París sólo ha tenido cuatro alcaldes: Chirac, Tiberi, Delanoe y la señora Hidalgo. Los períodos legislativos en las ciudades francesas son de seis años (y los de París se quejan, como nosotros, de que es poco, que en seis años no se puede hacer nada).

Jacques Chirac estuvo tres mandatos, era muy popular y hubiera ganado todas las veces que quisiera, pero en el 95 decidió optar al puesto de presidente de la República y dejó la alcaldía a su segundo Tiberi. Este ganó una vez y luego perdió con Delanoe, socialista, ecologista, ciclista y declarado homosexual, a pesar de tener esposa que ejercía de primera dama. Cada uno puede ser lo que quiera, pero este señor no se declaraba bisexual, sino homosexual. El papelón de la doña era, pues, peculiar. Pero también fue un alcalde muy querido, que fue reelegido, por lo que estuvo 12 años en el cargo. Se retiró porque quiso y le dejó el bastón de mando a su teniente de alcalde la señora Hidalgo. Las próximas elecciones locales son en marzo de 2020 y la alcaldesa se presenta a la reelección, pero la cosa está reñida porque tiene un enemigo importante del partido de Macron.

De todas estas cosas hablé con el bueno de Alain, que cuenta conmigo para dar una nueva clase a finales de enero en su máster de la Universidad Paris 8. Comimos bien, un escueto menú del día, acompañado con cerveza y vino tinto en buena cantidad. Al final le dije que si se quería dar un paseo, pero me contestó que tenía una cita de trabajo a primera hora de la tarde. De lo cual deduje que tal vez se fuera a echar una siesta: él me había propuesto el lugar, no muy lejos de su casa y con lo que habíamos bebido no sé si estaba para muchas citas. Yo estaba en cambio bastante lejos de la casa de Kike, así que me fui a la plaza de los Vosgos y me senté un rato al sol, a que se me pasara la modorra alcohólica. Por cierto, no me vi envuelto en ningún episodio de tear gas and riot police. El Metro estaba cerrado a cal y canto (salvo dos líneas que funcionan sin conductor). Ni servicios mínimos ni nada. Pero yo no vi ninguna revuelta. Caos circulatorio sí: atascos de kilómetros, todos los cruces bloqueados y orquesta de bocinas todo el día. Sin transporte público, la ciudad volvió a un modelo de movilidad entre Álvarez del Manzano y Almeida.

Esa noche me reuní con mi hijo, que salía de trabajar y salimos a buscar una cebichería peruana, en donde cenamos suave para dormir bien. El sábado estábamos libres los dos, así que nos dimos una vuelta por el barrio de Belle Ville, que mola todo, y luego me llevó a un italiano en donde nos comimos una pizza estupenda. Por la tarde, aprovechando la reapertura del Metro, nos acercamos a la zona de las Galerías Lafayette, para que Kike se comprara unos zapatos que necesitaba. Luego estuvimos deambulando por el Marais, el entorno del Pompidou y subimos hasta Pigalle, donde nos sentamos a tomarnos un Perrier en una terraza. Por la noche caímos a un japonés a comernos un ramen de puta madre. Y esto fue lo que dieron de sí mis vacaciones parisinas.

El domingo me levanté y bajé a comprar unos croissants para desayunar. En la cola de la panadería me preparé para decirlo perfecto: s’il vous plais, deux croissants pour emporter. Llegado el momento, lo dije y la chica me respondió: ¿Deux croissants et quoi plus? Un golpe bajo a mi autoestima francófona. Kike me explicó luego que esa es una expresión muy formal y académica, que la gente dice sólo deux croissants: si estás en la cola y no pides café, ya se sobreentiende que son para llevar. Desayunamos, hice mi maleta, me despedí de KIke y caminé hasta la Gare du Nord a coger el RER al aeropuerto. El vuelo se retrasó más de una hora a causa de las tormentas que había en Madrid: los controladores de aquí no autorizaban el despegue. Llegué sin novedad para encontrarme una ciudad en pleno dimanche noir, a causa de la ultima etapa de la Vuelta Ciclista a España, que hace que se corte toda la Castellana (además, el tren también está cortado por obras). Me costó un montón llegar hasta mi casa.

Por la noche, me puse en la tele el partido del Dépor, pero en el descanso me fui a dormir. El resultado era incierto, pero el equipo juega tan mal que pensé que no tenía por qué tragarme semejante peñazo. Y hoy he vuelto al trabajo. Reuniones, puesta al día de temas, etc. Después de comer me he vuelto a casa a descansar un rato. Y por la tarde he tenido que hacer una serie de gestiones. Primero, tomarme la segunda dosis de la vacuna contra el cólera. A continuación, mandar la transferencia del pago final de mis toldos. Después he ido a la tintorería. Mi otro hijo Lucas había estado por aquí para una boda y me había dejado el traje para que se lo llevara a limpiar. He aprovechado para llevar uno de los míos, que ya casi no uso. Y me he encontrado que en la tintorería del barrio había una chica nueva. Le he preguntado por los anteriores tintoreros, una pareja de gallegos que llevaban toda la vida en el negocio, y me he enterado de que se jubilaron el 1 de enero y le traspasaron el negocio. Ya ven cuánto uso yo la tintorería.

De allí he subido al mercado a encargarle a mi amigo Luis el charcutero que me preparase diez paquetes de jamón y salchichón envasados al vacío, para Madagascar. Después he subido al Corte Inglés de Preciados a comprarme alguna ropa para África. Se recomiendan pantalones largos y camisetas de manga larga, frescos y de colores claros, pero no blancos. Con los oscuros te asas y los blancos atraen a todos los mosquitos. Camisetas tengo muchas de las carreras, pero me he comprado una camisa y un pantalón de North Face, además de varios pares de calcetines frescos de trekking, todo ello lavable a mano y de secado rápido. De vuelta, he pasado por la librería de montaña Desnivel, en donde me he agenciado una guía de Madagascar. He recogido mis paquetes del charcutero, he comprado un pack de cervezas Estrella Galicia y he rematado mi recorrido por el barrio en la floristería de mis amigos y vecinos, en donde les he trasladado mis opiniones sobre la primera propuesta que me han hecho. Y me he subido a escribir.

Como no tengo ninguna imagen para ilustrar este texto (no me he hecho ninguna foto en París, tal vez como reacción a la tontuna de la gente que todo el rato está haciéndose fotos sonrientes con la uve de la victoria, para subirlas enseguida al Facebook), pues les voy a dejar un breve regalito musical. La Creedence Clearwater Revival fue un grupo clave que sólo duró cuatro años a comienzos de los 70. Enseguida acabaron a bofetadas y su líder John Fogerty no retomó su carrera en solitario hasta que resolvió los juicios en los que se metió por los derechos del grupo. En 2009, vino por primera vez a tocar a España. Fue en la Casa de Campo, un concierto memorable al que asistimos mi hijo Kike y yo. Los del grupo que le acompañaba tocaron solos un tema instrumental, a modo de introducción. Entonces salió Fogerty y, casi sin saludar, atacó directamente los sones de esta canción que les voy a dejar de propina. Una píldora de buen rock. Que la disfruten.



viernes, 13 de septiembre de 2019

871. Le vendredi noir

Sí, señor, les escribo desde París, más en concreto desde la habitación que gentilmente me ha cedido en su casa mi hijo Kike, y estoy a las puertas de iniciar la jornada que toda la prensa local ha calificado como Le vendredi noir, el día de la huelga salvaje de todo el transporte público parisino, contra el gobierno del señor Macron y especialmente contra su ministra de trabajo, la señora Muriel Pénicaud, que ha cometido el crimen horrendo de proponer una ley que establece la jubilación de todos los franceses a los 65 años, siendo así que en estos momentos los trabajadores del Metro y el RER la tienen establecida por convenio a los 62. En Francia, estas cosas se hacen en serio, es decir, a hostias, pues. Desde la Revolución Francesa, la Comuna y los demás hechos históricos, los franchutes lo han hecho siempre igual.

Quiere eso decir que, en solidaridad con los del Metro, pararán también el RER, los ferrocarriles de media y larga distancia y, por supuesto, los autobuses. Será día de grandes atascos, bocinazos y gente yendo a su trabajo a pie, en bici o como puedan, porque las empresas han dicho que los que no vayan al trabajo perderán el sueldo del día al ser considerados huelguistas. La empresa del Metro ha fijado unos servicios mínimos que los huelguistas han proclamado que desobedecerán, habrá piquetes y se volverá a los días gloriosos de las grandes huelgas de los 60 y 70. Porque lo de los chalecos amarillos era violento pero localizado en una zona de la ciudad, y esto es general. Tal vez hoy veamos lo que se decía en un verso de la canción de Rancid Telegraph Avenue, que les subí al blog el otro día: Tear gas and riot pólice, fíjense ustedes qué pocas sílabas necesita el idioma inglés para decir Gases lacrimógenos y policía antidisturbios. Vean un par de imágenes de lo que se ve desde mi ventana en estos momentos de espera del gran follón.   






Por lo demás, el martes, después de terminar mi último post, caminé hasta el barrio de Malasaña para participar en la inauguración de curso de este año en Billar de Letras, una sesión memorable, en torno a la novela La Azotea. Es esta una obra que la escritora uruguaya Fernanda Trías escribió con 22 años y del tirón, sin correcciones posteriores. Narra el proceso de deterioro mental, económico y de condiciones generales de vida al que se ve sometida una mujer con su padre enfermo y una niña que nace en el transcurso del libro. La mujer deja su trabajo, no vuelve a salir a la calle y tampoco deja que los demás lo hagan. Le van cortando la luz, el agua, etc. El trío esconde un terrible secreto que no les voy a desvelar, pero que está detrás de la decisión de aislarse del mundo. Un caso extremo de una serie de fenómenos que se dan a menudo en nuestros días: la soledad urbana, el envejecimiento, el deterioro mental, la pobreza energética. Es una novela de la que cuesta salir indemne.

Contamos en el club con la presencia de la editora, una mujer muy singular que se llama Sol Samana y se ha dedicado antes a diversas ocupaciones entre ellas, con bastante éxito, la de fotógrafa. A partir de una pequeña herencia familiar que recibió, decidió crear una editorial, que se llama Tránsito. La colección se abrió hace justo un año con La azotea, y lleva por ahora cinco libros, todos de mujeres escritoras, formato medio (short story) y temática en general tremenda, terrible, impactante. Sol quiere expresar el desgarro de la condición femenina y la forma en que determinadas mujeres se defienden de ello escribiendo. Sus autoras son normalmente jóvenes, de países latinoamericanos y ha decidido mantener su lenguaje original, sin adaptarlo al español de España, ni incluir un glosario final. El que no entienda un término, que busque su significado en Google. La Azotea va ya por la cuarta reimpresión (que no edición), lo que es un éxito muy superior al que ella esperaba. Abajo tiene la foto final de la sesión, en la que pueden comprobar que, aparte de Ronaldo y yo, el resto de asistentes eran mujeres, como en cualquier otra actividad de interés que no esté relacionada con el fútbol.


Regresé a casa caminando y dejé para el día siguiente hacer mi pequeña maleta para París. El miércoles, debidamente trajeado, afeitado y repeinado, me subí en un Airbús de Air France, en donde compartí asiento con dos negros de Carolina del Norte, testigos de Jehová, que me contaron toda su vida, como suelen hacer los seguidores de esta religión. Aterrizamos a las 14.30 y tuve que hacer gala de mi conocimiento del sistema del transporte público para llegar a tiempo a mi cita de las 16.00. Si no me llego a saber el sistema de sacar billetes para el RER, en las máquinas del aeropuerto, en donde lo más rápido es pagar con la tarjeta VISA, no hubiera llegado. Tuve que tomar el RER B, hasta Chatelet-Les Halles, el intercambiador de transportes con más pasajeros diarios del mundo y allí cambiarme al RER A, un par de estaciones, para luego buscar el hotel y localizar la zona del congreso, inscribirme y, ya con mi acreditación en la solapa, encontrar la sala donde tendría lugar la mesa redonda. Entré con la sesión a punto de empezar y pasé agachado hasta la última silla que quedaba libre en la mesa.

La sesión era en inglés y versó sobre las posibilidades de inversión en las ciudades españolas. Hubo intervenciones bastante interesantes, que no les voy a describir aquí. Pero yo sabía que el moderador se había reunido con todos los intervinientes a las cuatro menos cinco, reunión a la que yo no había llegado y en la que más o menos se habían repartido los temas y las intervenciones. Según el programa, la mesa se acababa a las 17.00 y, cinco minutos antes, yo seguía sin intervenir, así que levanté la mano y le hice una seña al moderador. Me dio la palabra y, con tono serio y humorístico, como el del famoso Eugenio, hablé para decir: –tal vez ustedes tengan algún interés en escuchar las opiniones desde el lado de la administración pública. Recibí una carcajada general y todos se apresuraron a decir que por supuesto, que estaban interesadísimos. Ya los tenía en el bote.

Mi amiga Melina, la que me ha metido en este lío, intervino para decir que teníamos 15 minutos extra, que no me preocupara (me habían dado paso por delante de otros asistentes mano en alto). Así que hablé con calma. Mi discurso fue en el sentido de decir que estamos en un momento dulce para la inversión inmobiliaria en Madrid. Que la anterior crisis había sido muy grave, precisamente por la dedicación prácticamente en exclusiva de los inversores al sector residencial (más el hotelero en el centro). Que en los años de la señora Carmena, se habían paralizado para reestudiarlos los mayores desarrollos planificados, como Chamartín o el Sureste. Que a cambio, se habían iniciado otras líneas muy interesantes, como la regeneración de la periferia, el Reinventing Cities, la recuperación de las áreas industriales abandonadas, o la mejora de calidad en los barrios de la ciudad existente. Que el nuevo equipo pensaba seguir con esas líneas, pero al mismo tiempo había desbloqueado las operaciones pendientes. Que como resultado de esto, las posibilidades de invertir en la ciudad estaban muy diversificadas, lo que nos daba una mayor resistencia ante eventuales crisis.

No me olvidé de decir que, en caso de Brexit duro, Madrid se ofrecía para localización de las empresas que optaran por irse. Un tipo con cara de vinagre, preguntó si la ciudad tenía capacidad para dar residencia más o menos asequible para decenas de miles de personas que trabajasen en esas empresas. Y ahí saqué los datos. 22.000 viviendas en Los Berrocales y 16.000 en Los Ahijones, operaciones recién desbloqueadas. Pero a qué precios –preguntó el amargado. Pues una vivienda para una familia media se puede conseguir por unos 160.000€ –le dije. Ya ven que me lo tenía preparado. Acabamos entre abrazos y besos o, si lo prefieren, que salí por la puerta grande. De allí nos pasamos al fastuoso coctel, en donde enseguida me hice con una cerveza y empecé a repartir tarjetas entre los que me habían escuchado. Hice un montón de contactos y me puse bien de canapés, que no había comido más que un sándwich en el avión.

Varios me hicieron prometer que me quedaría a la cena de gala. Le pregunté a Melina y me dijo que tenía que ir a inscribirme a la recepción, en donde había una waiting list. Así lo hice y me pasaron un formulario en el que debía rellenar mis datos. Entre los datos estaban los números de mi tarjeta VISA. Pregunté para qué y me dijeron que la cena era de pago: 190€. Pregunté si no era gratis para mí, puesto que había intervenido en una mesa. Me indicaron lo que ponía la letra pequeña del formulario: la cena era para miembros del club, inscritos en el congreso y co-chairs. Aduje que yo era co-chair, pero no coló: no estaba en su lista. Entonces les dije que au revoire. Regresé al cóctel, doblé de cerveza y de canapés y tomé las de Villadiego. Si hay algo de lo que puedo presumir es que, con 68 años y medio, nadie me ha engañado dos veces. Una vez sola, mucha gente, porque soy confiado y despistado. Pero, a la primera ya los calo y no me la repiten. A mí ya me habían hecho la 13/14 con el congreso (como me dice un comentarista). Muy pánfilo tenía que ser para pagar 190€ por una cena.

Con mis bultos regresé al Metro y me dirigí a la casa de mi hijo. Cenamos tranquilamente, su novia, un colega y yo y, a pesar de invitarles, me salió más barato que la cena del GRI Club. Ayer jueves, por la mañana, me acerqué a La Coupole, el restaurante de Montparnasse, donde reservé para la cena del día 12 de octubre, para los diez esforzados viajeros de Madagascar. Desde allí tomé el Metro y luego el bus 128 para visitar a mi amigo Philippe, internado como saben en una residencia después de sufrir un ACVA hace año y medio. Lo encontré prácticamente igual, tal vez más resignado. Hube de dejarle a las 17.30, para que no me pillara el comienzo de la huelga del Metro. Estuve callejeando luego un buen rato por las zonas del Odeon y el Marais, mis barrios favoritos de París. Y luego regresé para cenar con mi hijo y su peña. Hoy he quedado a comer con mi amigo Alain, el profesor de la Université Paris 8 que me invitó en enero a dar una charla en su máster. Como tengo que salir andando, he de dejar el post rematado antes de las 12.30. Que lo pasen bien.