lunes, 31 de octubre de 2022

1.180. El sinvivir se vuelve internacional

Escribo desde el Hotel Avenue, a cinco minutos de la Centraal Station de Ámsterdam, en donde acabo de pasar la segunda noche de mi viaje por Francia y tierras aledañas. El fin de fiesta del sinvivir cotidiano en que se ha convertido mi vida en los últimos tiempos, fue digno de las mejores etapas de este blog. El miércoles, después de publicar mi post anterior, caminé hasta la Plaza de España donde había quedado con el grupo de investigadores urbanísticos que comandaba mi amiga Alexandra Delgado. Habíamos quedado allí a las 10.00 para ver la remodelación de la plaza y bajar a recorrer Madrid Río. Y acabamos en el Matadero a las 15.00. Cinco horas seguidas de caminar y hablar en inglés, con una pequeña parada intermedia para un café. Estaba tan cansado que ni me quedé con ellos a tomar una caña, porque necesitaba descansar un rato antes de irme a Palomeras para mi clase de guitarra. Les pongo algunas fotos del sarao para que puedan verme en acción.



En la primera parece que estuviera tocando una guitarra y en la última soy como Moisés con las Tablas. Al final del día, mi contador de pasos marcaba más de 20.000. El jueves apenas tuve tiempo de hacer las últimas gestiones previas del viaje (tarjeta de embarque, reserva de hotel en Ámsterdam, imprimir la entrada del concierto de Samantha Fish), entre mi clase de inglés y el momento en que me fui al yoga. En el Ricla me habían hecho un cocido y me despidieron como a un héroe que se fuera a la guerra. Pero apenas pude descansar un poco porque me había llamado Werner, que andaba por Madrid con uno de los grupos profesionales que pasea por la ciudad y quería quedar conmigo. No tenía otra fecha libre, así que quedamos en las Bodegas Rosell a las 20.00, porque más tarde está petao y ya no es fácil encontrar sitio. Allí nos obsequiamos con unas croquetas y un bacalao al horno, regados con verdejo bien frío.

El viernes por fin tuve la mañana libre y me organicé por fases. Primero, acabar las gestiones pendientes. Segundo, empezar a pensar y a hacer el equipaje. Tercero, podar las plantas de la terraza, que es el momento para hacerlo (llené dos cubos de basura enteros). Cuarto, terminar el equipaje. A la hora de comer, ya había terminado, así que me enhebré una comida de restos y me eché una merecida siesta. Pero a última hora tenía entradas de teatro para ver Tea Rooms, una obra de la temporada anterior que tuvo tanto éxito que la han repetido en esta. La acción transcurre en la trastienda de una cafetería en la que cuatro chicas trabajan como negras para atender los pedidos de la elegante clientela, a las órdenes de una encargada implacable. Como dice una de ellas, existe un muro entre clases y ellas están al otro lado. Por eso han de subir siempre por las escaleras de servicio y estar todo el tiempo en una posición servil, sin posibilidades de escalar hacia posiciones sociales más cómodas y menos esclavas.

Salimos encantados, con mi amigo X y otros, y nos tomamos las raciones y las cervezas de rigor. Yo tenía ya hecha la maleta, pero hube de madrugar para ducharme, desayunar y bajar a coger un taxi para el aeropuerto. Aunque no soy muy amigo del taxi, llevaba mucho peso con mis libros de regalo y decidí darme un pequeño lujo. En el mostrador de Iberia, la chica del otro lado del muro social me dijo que mi tarjeta de embarque estaba en regla, que estaba todo bien y que podía usar la fast track para acceder al avión. Ante mi cara de extrañeza, añadió: Como viaja usted en business… Primera noticia para mí. Hice memoria: yo había pagado por un billete de clase turista. Estaba seguro. Pasé la seguridad, llegué a la puerta de embarque y me puse el primero en la fast track, observado con cierta aversión por los pasajeros que atestaban las colas normales.

Apareció por allí un azafato que venía acompañando a un niño que debía de viajar solo. Le vi con cara de optimista, ya saben que los que somos de una pasta sabemos reconocernos entre nosotros y el tipo me recordaba al doctor cantarín que me examinó las arterias carótidas. Me animé a preguntarle si sabía por qué me habían pasado a business. Me dijo que pasa a veces, que la clase business no se llena y que en la turista hay pequeños overbookings que solucionan de esa manera. Y, bajando la voz y con ojos de pillo, añadió: Pero usted no diga nada… En fin, es la segunda vez en mi vida que viajo en business, la primera fue volviendo de Sri Lanka y por el mismo motivo. Y pude saber qué es lo que pasa detrás de la cortina esa con la que cierran el espacio delantero de los aviones, una cortina que materializa físicamente el muro de desigualdad del que se hablaba en Tea Rooms.

En especial, nos dieron un almuerzo amplio y de buena calidad, con una tortilla de un huevo con guarnición de espinacas cocidas y tomatitos cherry al horno, un plato de daditos de mango y fresa, un mus de yogur de fresa adornado con ajonjolíes y pipas de calabaza, un croissant estupendo, café y zumo de naranja de avión, pero del bueno. Todo esto se lo debía a una persona, o tal vez un algoritmo, que se había sentido caritativo conmigo y me había elegido para dejar hueco en la clase de trapillo. No pude evitar pensar que era un giro inesperado del destino, una señal de buena suerte para el viaje que iniciaba. El vuelo fue como la seda, salimos a la terminal del Zaventem Airport y caminé hasta el andén del tren para usar mi primer billete del pase Interrail, que me llevó a la Centraal Station de Bruselas. Lo de poner dos aes en el nombre de la estación es holandés y flamenco, que en realidad son el mismo idioma, con ligeras diferencias de acento, aunque a mí ambas lenguas me suenan a alemán de pueblo.

Caminé hasta el Hotel La Bourse, en cuyo mostrador una chica musulmana vestida con hiyab aunque con una sonrisa amplia en su cara descubierta, me hizo saber que mi habitación no estaba preparada aún, que podría dejar allí mis maletas y darme una vuelta por la ciudad. Es lo que hice. El día era soleado y las temperaturas casi a mediodía eran veraniegas, la gente iba en mangas de camisa y en camisetas marcando tatuajes. Me acerqué a la sala AB y comprobé que estaba al lado del hotel. No había ningún cartel de Samantha y el sitio estaba tranquilo. Ayudado por el Google Maps, me orienté hacia la Grand Place, que estaba llena de gente, sobre todo joven, deambulando por allí en las ocupaciones típicas de los turistas en sábado. Sabía que Samantha y sus músicos estaban alojados en algún hotel de la ciudad (a ser posible con piscina) y pensé que tal vez me los tropezara por la calle (a Sam le gusta callejear por las ciudades a las que llega, ver a la gente, hacer algunas compras). En medio de la multitud, era un sueño pensar que podía encontrarme con ella.  

Pero los sueños a veces se hacen realidad y yo venía de buena racha después de mi viaje en business. De pronto, una chica me pasó por delante de la nariz y creí reconocerla. Pero no estaba seguro; Sam es una mujer camaleónica que, cuando sale de incógnito, es prácticamente irreconocible sin el maquillaje. La cara lavada, el pelo rubio sujeto con unas gafas de sol sobre la frente, una sudadera beis del Todo a Cien, pantalones de chándal grises bastante gastados y zapatillas de deportes. Caminaba distraída, mirando aquí y allí sin ver demasiado. Como atraído por un imán, salí tras ella sin estar seguro si era o no Samantha. Al seguirla, ya estuve seguro del todo. Recuerden que yo estuve con ella en Jerez, que pude ver en persona lo grande que es. Además, la forma de caminar es inconfundible para mí, llevaba en la mano izquierda unas bolsas con compras y utilizaba la otra para impulsarse moviéndola adelante y atrás con decisión, con el tumbao que tienen las guapas al caminar, sobre todo sin han de mover un culo importante, como es el caso de Sam en los últimos tiempos.

Llegamos a un estrechamiento del tráfico peatonal por unas obras y la abordé desde atrás: ¿Samantha? Estaba parada a mi lado y no reaccionó de ninguna manera. Entonces le toqué el brazo con cuidado. Me miró e inmediatamente se sacó del oído un mínimo auricular que yo no había visto: iba enfrascada oyendo música. Me miró con ojos neutros y le pregunté ꟷ¿Eres Samantha? Dijo que sí con una luz de curiosidad en sus ojos, pero sin reconocerme. Entonces le conté que era uno de sus mayores fans en España, junto con Dani el de la barba, que la había visto en Jerez y nos habíamos saludado. Se acordó, me preguntó mi nombre. Le dije que había volado desde Madrid esa misma mañana. ¿Para mi show? ꟷpreguntó. Se mostró halagada pero hablamos poco más. La situación no era muy cómoda, en medio de una calle llena de gente pasando, y yo no dejaba de ser un desconocido que había abordado a una chica de forma un tanto brusca.

Tampoco quería darle el coñazo, ella estaba callejeando para relajarse para su trabajo vespertino y yo sé lo que es eso. Por ejemplo, mi amigo Henry Guitar, antes de los conciertos en que ha de tocar, ni siquiera se toma una cerveza, porque dice que si lo hace, se embarulla. Así que alargué la mano para un saludo de despedida y le deseé que tuviera un buen show. En Jerez nos habíamos despedido con un abrazo, después de hacernos LA FOTO, pero aquella fue realmente una noche mágica y ahora no procedían más efusiones. Estrechó mi mano con una media sonrisa diciéndome que muchas gracias (por mis buenos deseos y, supongo, por no alargar innecesariamente la escena). Le pregunté si podría verla después del show y concluyó respondiéndome que seguro que sí. Y siguió su camino.

Yo estaba como en una nube. Y ya había cumplido mi primer objetivo del viaje. Aunque luego no pudiera verla, había sumado un granito de arena más en mi relación con esta chica que tanto me gusta. Una mala decisión aquí, insistiendo o alargando el tema, podría haber roto la conexión mágica para siempre. Lo que me había pasado era insólito y reafirma mi idea de que las personas afines nos movemos en planos en donde a veces nos encontramos, paralelos a otros por donde se mueve la gente con la que nunca nos tropezamos. Esta vez no había detrás del tema una persona o un algoritmo caritativo: entre las miles de personas que podía haber a mediodía callejeando por el entorno de la Grand Place, nosotros dos nos habíamos cruzado y cualquier otro que no conozca tan bien a Sam, no la hubiera reconocido como yo. Los dioses traviesos habían tirado los dados y habían hecho pleno.

Volví al hotel, hice finalmente el check-in y subí mis maletas al cuarto. El hotel de La Bourse está muy bien situado. Es cómodo y tranquilo, sobre todo si te dan una habitación interior, que dé al amplio patio de manzana. Descansé un rato, bajé luego a hacer alguna compra y tomarme un tentempié, y a las 7 en punto estaba en la puerta del AB, en donde había ya una larga cola de veteranos del blues, con sus cazadoras de cuero, barbas entrecanas, mucha calva y algunas chicas bastante típicas también, con vestidos negros y cazadoras a juego. El AB es un lugar amplio, con buena acústica y diversos recovecos a la entrada, con bares, tiendas y mostradores. Me acerqué al punto de venta del merchandising de Sam: era escueto y decepcionante. Sólo tenían ejemplares del último disco, en CD y vinilo, y dos modelos de camisetas, sólo en tamaño S. El disco y una de las camisetas ya los tengo y la otra no me gusta.

Esto se explica porque es el penúltimo concierto de la gira, al día siguiente Helsinki y de vuelta a los USA: habían agotado ya casi todas las existencias. Pero yo supe en ese momento que Sam no saldría tras el concierto a hacer Meets and Greets y que sería muy difícil que pudiera encontrarme con ella como en Jerez. Pues nada, a relajarse y a gozar. Me acerqué al escenario: estaba casi vacío. Fui a una barra a por la primera cerveza y, al volver, la primera línea estaba ya totalmente ocupada, sobre todo por alemanes, como comprobé al oírlos hablar. Como han aplazado la parte alemana de la gira, algunos han hecho lo que yo: viajar a Bruselas (otros habrán ido a Helsinki, supongo). Así que me quedé por allí mientras la sala se iba llenando. Ya cerca de la hora, decidí salir a por otra birra. Hablé con un tipo a mi lado, le dije que iba a por combustible, que me guardara el sitio de segunda fila y que le podía traer a él también una cerveza. Declinó la invitación.

Cuando volví seguimos hablando, primero en francés, pero enseguida me di cuenta que era flamenco y prefería el inglés. Bélgica es en realidad un país inexistente, formado por dos mitades que se ignoran y se niegan a hablar el idioma de la parte contraria, a pesar de que han de estudiar ambos en la escuela. Solamente les une el Rey y la selección de fútbol. Se habrían dividido ya en dos países, de no ser porque la Unión Europea decidió poner la capital en Bruselas, para que no estuviera en Alemania ni en Francia, los dos grandes socios fundadores. Como pasó en Galicia, donde se puso la capital en Santiago, para que no estuviera ni en La Coruña ni en Vigo. La tontuna del nacionalismo. Yo he estado en congresos con belgas de ambas comunidades que se entienden entre ellos en inglés.

A punto de comenzar el concierto, a mi nuevo amigo se le unió un grupo de otros cuatro o cinco, y una sola chica, todos con chupas de cuero, pendientes y melenas entrecanas. Sam salió a escena y comenzó su concierto con su empuje habitual y un sonido magnífico. Diré ya que su concierto fue muy bueno, casi dos horas a todo trapo, pero no tuvo el punto mágico del de Jerez, uno de los mejores conciertos que he visto en mi vida y encima con el colofón del encuentro con la diva y LA FOTO. Acababa de terminar una gira agotadora y muy exitosa en el UK y estos dos conciertos, en Bruselas y Helsinki, eran como una especie de añadido, con el que hay que cumplir, como buenos profesionales que son, pero sin ese punto especial que tuvo lo de Jerez. Cada vez que Sam se acercaba a mi zona, hacía por hinchar el pecho para mostrarle la camiseta, pero no me pareció que reparase en ella. 

Mis colegas vieron pronto que yo era un experto en Samantha y me empezaron a mirar con mucho respeto. Cada canción que empezaba, yo les advertía: esta es del estilo de Amy Winehouse. Esta otra es un homenaje a Prince. En esta prepararos, porque os va a hacer cantar los coros. Este es un himno de Neil Young. Especialmente interesada se mostró desde el principio la única chica del grupo, que empezó a preguntarme cosas al oído y otras estrategias inconfundibles de las mujeres cuando quieren hacerte ver que no les resultas indiferente. Entré al trapo con cierta cautela, la chica iba bien escoltada por cuatro o cinco tipos de aire intimidante y pensé que a ver si me iba a meter en un lío. En un momento, el primero con el que había hablado se acercó a nosotros, como diciendo: qué pasa. Le dije: ꟷPerdona, estoy aquí hablando tranquilamente con tu mujer, pero no quiero meterme donde no me llaman. Su respuesta: ꟷ¿Mi mujer? ¡Qué más quisiera yo! La chica me miró con un sesgo travieso de sus ojos grises, ya lanzada por la pendiente del coqueteo más explícito.

Al final del concierto, le propuse tomarse una tercera cerveza conmigo. Me dijo que sí, pero en el propio lugar, porque luego tenía que coger el tren de vuelta a su casa. Hicimos un aparte, mientras yo estaba al tanto de ver si me podía colar al backstage. Hice varias intentonas, pero fue imposible. El único que apareció fue el teclista Matt Wade, al que abordé y que me recordaba perfectamente. Hablamos un rato, le dije que tenía entradas para el concierto de París, dos veces aplazado, y que estaba trabajando para traerlos a Madrid. Esto, queridos lectores, como si no lo hubiera escrito, es una posibilidad remota. Le pregunté si podía ver a Sam y me contestó: ꟷAhora mismo no tengo ni idea de dónde está. Me pareció que le crecía la nariz como a Pinocho mientras me decía eso. El caso es que en mi mente se formó instantáneamente un refrán corregido: a falta de Sam, buenas son tortas. Y me volví con la chica de los ojos grises.

Estábamos en un aparte, con el resto del grupo un poco más allá. Y algunos empezaron a decir que se iban. La chica dijo que quería que nos hiciéramos unas fotos con su móvil para tener un buen recuerdo de una noche tan especial. Hicimos los posados de rigor y luego quiso un par de selfies sólo conmigo. Con motivo de esto le di mi número de teléfono para que me mandara las fotos. Se llama Sandra, es flamenca cerrada, no entiende nada de francés, es muy viajera y ya hemos quedado conectados, para el futuro. Sus amigos fueron desfilando y lo que vino después ya se queda a la imaginación del lector. Hay cosas que no suceden y otras que sí suceden pero que un dandy coruñés como yo jamás contaría. Digamos que este relato de mi primer día de viaje tiene un final abierto. Así que lo cerraré con un par de fotos, para que vean que no les he engañado. Continuará.

miércoles, 26 de octubre de 2022

1.179. El caso de la tía Vinagres y sus enseñanzas

A las puertas de salir de viaje, ya les prevengo que el formato de hacer tres series de posts de líneas temáticas diferentes (una más íntima y reflexiva, una segunda más política y sobre el mundo exterior y una tercera específicamente musical) puede saltar en pedazos en cualquier momento. Tampoco les puedo garantizar que mantenga el ritmo de un post cada cuatro días. Lo primero se debía a la situación, relativamente estable, que estaba viviendo (aún con su sinvivir), y que ahora ha de dejar paso a una deriva atípica por el viaje a las Europas. En cuanto al ritmo, no lo voy a incrementar (he recibido varios mensajes de alivio de lectores que estaban sobrepasados por mi sobreabundancia anterior), pero quizá tampoco alcance a cumplirlo. Espero contar con suficientes lapsus de tiempo para ir dando cuenta de mis pasos, pero no me voy a agobiar si no mantengo ese ritmo. Y lo que no voy a hacer es cortar los ratos que tenga con los amigos que voy a ver, y con mis hijos, y decirles que me tengo que retirar a escribir en el blog. De ninguna manera.

Antes de la mierda de la pandemia, el rótulo Viajes, en el mapa de etiquetas aquí a la derecha abajo, era de los más grandes. A medida que nos fuimos viendo encerrados por el virus, el tamaño de dicha etiqueta fue disminuyendo, hasta su dimensión actual. Confío en que vuelva a crecer hasta volver a ser una de las más grandes. Y, como ya les conté, para dejar hueco al viaje, he tenido que concentrar el sinvivir en las semanas anterior y posterior. Lo de esta última semana antes de salir, está siendo de auténtico escándalo. La cosa empezó el propio sábado 22 de octubre. Que inicié corriendo por el Retiro encharcado, continué rematando y publicando mi post anterior y cerré por la noche asistiendo al concierto de Osi y los Osidados. El concierto era en la sala El Intruso, una discoteca pequeña, que está en un bajo al comienzo de Augusto Figueroa. Caminé hasta allí desde mi casa, por Marqués de Cubas y Libertad. Al final de esta última calle, se desató un diluvio sobre mi cabeza y llegué al lugar calado.

La sala estaba cerrada aún y había fuera un pequeño grupo de seguidores del blues, resguardados bajo un alero, entre los que encontré a varios conocidos de la SBM, la Sociedad del Blues de Madrid, de la que soy socio. En la puerta, un gran letrero rezaba Sold Out. No quedaban entradas. El lugar es pequeño, hay normas de aforo post covid y el concierto de Osi había suscitado mucha más expectación de la que yo me esperaba. La gente había sacado entradas por Internet hasta agotarlas. Ante tal tesitura, se me ocurrió llamar a mi amigo Henry Guitar, que iba a participar en el show con su trombón de varas y de quien supuse acertadamente que estaría ya dentro probando el sonido y los instrumentos. A mi llamada de socorro respondió saliendo al exterior en camisa, como si fuera a fumar. Le dije si podía colarme de pandereteiro o similar. No hizo falta. El público no podía entrar todavía, por lo que no había nadie pidiendo las entradas. Henry y yo entramos a la vez y nadie nos preguntó nada.

Así que el concierto encima me salió gratis. Dentro, las birras estaban a 5€ así que, con lo que me ahorré de la entrada, me dio para dos. Saludé a Osi, al trompetista y algunos otros conocidos. Del grupo de antes de la pandemia, Osi conserva sólo al bajo, conocido por Sargento. El guitarra y el batería han cambiado y yo creo que a mejor. Y la sala estaba petada. Al comienzo del show, Osi se mostró emocionado, pidió disculpas a los muchos que se habían quedado en la calle bajo la lluvia, tema del que se culpó por haberle dado demasiada difusión al evento. Parece que había venido gente hasta de Cuenca y no habían podido entrar. Por lo demás, el concierto estuvo muy bien, con la salvedad ya comentada de que Osi es un fiera con la armónica, pero debería de buscarse un cantante, algo en lo que todos los colegas estuvimos de acuerdo. Vean un par de clips que grabé con mi móvil. El segundo, con la sección completa de vientos, que estaban como piojos en costura en el escenario enano.


La verdad es que me encantó volver a un local petao a altas horas de la noche y con música en directo a buen volumen. Con esto de la pandemia, era una sensación olvidada y muy grata de recuperar. Una forma casi de rejuvenecer, después de la agonía de los confinamientos. Acabado el concierto, esperé a los músicos de viento y su peña de parejas y amigos vallecanos y nos fuimos a tomar algo. Alguien dijo conocer un lugar asturiano llamado El Tigre, en la calle Hortaleza (hay otros dos por Madrid) donde te puedes pedir dobles de sidra, que te acompañan con cantidades desmesuradas de pinchos, con los que te quitas el hambre y hasta ya cenas. Mi hijo Lucas era muy amigo de este tipo de lugares, cuando estudiaba en la universidad madrileña y tenía poco dinero. Estuvimos allí hasta que cerraron, a las dos de la madrugada. Luego, mis colegas se encaminaron a Cibeles a pillar un búho y yo caminé a mi vez hacia casa, por la ciudad dormida, con los últimos noctámbulos en retirada bajo la niebla. Me tomé mis medicinas nocturnas y me acosté ya cerca de las tres.  

El domingo fue un día de levantarse tarde, descansar la resaca, hacer una salida mínima a por cervezas que se me habían terminado y dejar correr el tiempo que, por lo demás, continuaba lluvioso y desapacible. Las juergas hay que descansarlas, y más a mi edad, y además debía reponer fuerzas para la semana que se me venía y que les voy a resumir en formato guión telegráfico.

Lunes 24.- Cita a media mañana para un café al lado de Cibeles, con mi amiga Cr, que quería comentarme unas cosas. Recogida de mi camiseta para el concierto de Sam del sábado. Sesión de yoga y comida en Ricla.

¿Cómo dicen? ¿Qué cual es la camiseta esa? Bueno, yo quería ceñirme al formato telegráfico, son ustedes los que me han interrumpido. Vale, la semana anterior, preocupado por si consigo llegar hasta Samantha y saludarla y si me recordará, ideé un mensaje para imprimir en una camiseta y fui a encargarlo a una serigrafía que hay en Santa Isabel, cerca de mi casa. El lunes la recogí y abajo tienen la imagen. ¿Ustedes creen que cuando me vea en la primera fila con ese mensaje se acordará de mí? Le he mandado las fotos a mi amigo Dani, que se muere de envidia y se ha mostrado muy orgulloso de que le ceda el primer lugar en el ranking de fans. Vean las fotos y seguimos con el guión.


Martes 25.- Clase de inglés con Ed a primera hora. Desplazamiento a Collado Villalba para que me pusieran la cuarta vacuna Covid y la de la gripe. Comida con mi última jefa en el Ayuntamiento y mi compañera M. Cita al anochecer con mis amigos Gonzalo y Esther, a los que no veo hace mucho, para unas birras.

¡Vaya! ¿Otra vez? Desde luego es que no me dejan ustedes seguir con mi guión. ¿Qué quieren ahora? ¿Que por qué me tengo que ir a Villalba para vacunarme? Joder, un poco de paciencia, que ya se lo cuento más abajo. Esto tiene que ver con la tía Vinagres del título, pero no se me adelanten.

Miércoles 26. Visita a Madrid Río con los asistentes al congreso de urbanismo COST Action, que tiene su reunión anual esta semana en Madrid. Mi amiga Alexandra Delgado, de la universidad Antonio Nebrija, es la coordinadora del viaje y se enteró por redes de que hace poco he hecho dos visitas guiadas al parque, una en español y otra en francés. La de hoy será en inglés y la iniciaré en cuanto publique este post. Y a las 19.15 tengo clase de guitarra en Palomeras con Henry.

Jueves 27. Clase de inglés, resto de la mañana para trámites pre-viaje, última clase de yoga y última comida en Ricla, hasta dentro de tres semanas.

Viernes 28.- Espero tener casi todo el día libre para hacer el equipaje y rematar los últimos flecos preparatorios del viaje. Pero tengo una entrada para ver una obra de teatro con mi grupo de forofos de la farándula, más la caña subsiguiente. Confío en ir al teatro con el equipaje terminado.

Vale, no se agobien, que ya saben que yo puedo con todo esto y más (además de lo que no se cuenta en el blog). Pero ustedes me han hecho una pregunta. Por qué me he tenido que ir a vacunar a Collado Villalba. Pues esto tiene su historia y tenemos que remontarnos al miércoles de la semana anterior, 19 de octubre. Llevaba yo ya varios días con el come-come de que debería ponerme la doble vacuna Covid-4+gripe antes de salir a hacer las Europas. Es una mínima precaución que me parecía pertinente, aunque el año pasado un par de meses después de esa misma vacuna me pillé el Covid en su versión suavecita (tal vez fue tan suavecita precisamente por haberme vacunado). Y, como les conté, la vacuna de la gripe del año pasado era la primera vez que me la ponía en mi vida.

Así que, el miércoles 19 bajé por la mañana al Centro de Salud que me corresponde, aquí en la misma calle Alameda. Esperé una pequeña cola y accedí a un mostrador con una mampara antivirus, tras la que se pertrechaba una señora de mediana edad, delgada, con gafas, gesto adusto y una acusada cara de mal-huele. Le dije que era mayor de 70 y venía a ver si podía vacunarme. Tedría que pedir cita ꟷdijo. Pues adelante. Consultó sus listas y comprobó que mi DNI aparecía allí. Le comenté entonces que aún no me habían llamado, pero quería ver si me la podían adelantar, porque el sábado 29 me iba de viaje fuera de España y me gustaría irme vacunado si era posible. Consultó su cuadro y dijo: Tengo un hueco mañana a las 15.30. Torcí la cara y pregunté si podía ser a otra hora. Imposible. Verá, es que a esa hora tengo una clase de yoga, que ya la tengo pagada y no la querría perder. Pues usted verá.

¿Y no puede ser que me den otra cita a lo largo de la semana que viene? Nueva consulta al cuadro. Tengo otro hueco el viernes 28 a las 15.30. Imagino que puse una cara de incredulidad manifiesta: ꟷ¿Me está usted diciendo que desde mañana hasta el viernes de la semana que viene no hay un solo hueco en su programa, ni por la mañana ni por la tarde? Sí, eso es lo que le he dicho. La cara de mal-huele había virado a un cierto toque malévolo, como si estuviera disfrutando con mis penares. En fin, agaché la cabeza y le dije que, si no podía ofrecerme otra cosa, que me diera la cita para el viernes. Me imprimió el ticket correspondiente y gritó ¡¡SIGUIENTE!!

El caso es que subí a casa, comí y me pasé toda la tarde comiéndome el tarro. ¿Y si me da reacción? ¿Y si me pongo malo a mitad de vuelo? Así de primeras, sólo pensaba en esa posibilidad. Para mí un avión es un lugar muy delicado para que te pase cualquier problema, porque no hay quien te ampare y el vuelo no se va a parar para que te bajes. Un avión es un lugar al que has de acceder en plena forma, limpio, con ropa cómoda, bien comido, sin mocos y sin agobios mentales, por lo que pueda pasar. Ya he contado lo que me pasó en un vuelo, que de pronto un tipo se puso a morir y empezaron todos a gritar ¡¡UN MÉDICO, UN MÉDICO!! La sola maniobra de sacar al tipo de su asiento y tumbarlo en el pasillo en medio de sus convulsiones fue ya algo laboriosísimo. Así que decidí consultar el tema con mi amigo A. que es médico de atención primaria, precisamente en Collado Villalba.

No sé si lo recuerdan, pero mi amigo A. me sacó del apuro cuando una doctora china guapísima de ese mismo centro (suplente de la doctora de familia que me corresponde, que está de baja indefinida y diría que infinita) se negó a recetarme el medicamento anticolesterol que llevaba tomando como diez años, prescrito por lo privado y que, por tanto, tenía que pagar de mi bolsillo. Cuando pasé de ser activo a pensionista, decidí que ya estaba bien de pagar mis medicinas y acudí al centro que me correspondía para que me las pusieran en la tarjeta. Por cierto, estando yo todavía en la consulta, la china dejó entrar a un enfermero cachas con el que se puso a coquetear abiertamente y se desentendió completamente de mí, de modo que, como nadie me hacía ni puto caso, opté por marcharme y ni siquiera me dijeron adiós. Menos mal que mi amigo A. entró al quite y, desde Villalba, me incluyó en la tarjeta todos los medicamentos que necesito. Estoy un poco gafado con este centro. 

Era de noche y me pareció muy tarde para llamarle, pero lo hice al día siguiente. Le conté mi historia y le hice una pregunta: ¿A ti te parece prudente que yo me ponga la doble vacuna un día a las 15.30 y salga en un vuelo al día siguiente temprano por la mañana, menos de 24 horas después? Su respuesta fue categórica: para nada. Me dijo que esta tanda de vacunas estaba dando reacciones, precisamente en las primeras 24 horas y eran reacciones puñeteras, con fiebre alta invalidante. Y me habló de otras dos posibilidades que yo no había imaginado: que me presentara en el aeropuerto con fiebre y no me dejaran embarcar, o que me subiera al avión, me diera la fiebre en pleno vuelo y en Bruselas no me dejaran entrar y me mandasen de vuelta. El año pasado me puse esa doble vacuna por la mañana y a mediodía me fui al yoga y al Ricla sin problemas. Pero eso no quiere decir que no me pueda pasar lo contrario

Me dijo entonces que en su centro estaban vacunando y que le preguntaría a la enfermera jefe al cargo del programa. Que esperase a ver qué le decían. Entonces le solté lo que tenía en la cabeza. Que mi orden de prioridades era: si se podía, vacunarme antes del viernes y, en caso de que no se pudiera, dejarlo para después del viaje. En ambos casos, tenía que anular la cita del viernes y le propuse bajar enseguida a hacerlo para ir ganando tiempo. ¡Espérate me dijo, no seas ansioso! Tú ahora no hagas nada, te quedas ahí sentadito. Y esperas a que te llame. Me senté como me decía y no tardó mucho en sonar el móvil. La enfermera de Villalba no se lo podía creer, es sencillo colar a una persona en el turno, porque hay margen de sobra. Ella misma había anulado mi cita del viernes y me había abierto hueco para el martes a las 11.30. Y el comentario de mi amigo A.: esa tía te ha querido fastidiar adrede; por lo que sea le has caído mal y te ha puteado por el puro gusto de joderte. Has tenido la mala suerte de que te ha tocado una amargada, una tía Vinagres.

Tenía razón y la señora se ha quedado ya con el mote. Parece claro que me podría haber ayudado si hubiera querido, pero pasó de mí. En el mundo hay gente de ayudar y gente que no, y esta última disfruta aplicándote la legislación vigente. Conocen, supongo, el llamado primer mandamiento del funcionario: al amigo, el culo; al enemigo, por culo; y al indiferente, la legislación vigente (seguro que lo tienes en tus notas, querido Ateo Piadoso). En mis casi cuarenta años de funcionario, yo he ayudado a los administrados todo lo que he podido, incluso haciendo trampas para facilitarles trámites o abreviar procedimientos. Pero cuando te toca una tía Vinagres, que no está por la labor de ayudarte, no puedes hacer nada. Menos mal que tengo un amigo que me saca de estos apuros y, gracias a él, ayer martes me puse la doble vacuna, que, por cierto, no me ha dado reacción de ningún tipo. Eso sí: he tenido que dormir boca arriba, por tener un pinchazo doloroso en cada brazo.

Pero esta historia tiene tres moralejas, de las que se derivan enseñanzas. La primera: No hay que hablar de más. Creo que a mi edad, ya no voy a cambiar mi forma de ser, yo lo cuento todo y es algo que, por ejemplo, a mi hijo Kike le pone negro. Una anécdota. Bajo a hacer unas fotocopias y Kike, que vivía conmigo en ese momento, me acompaña. Mientras van haciéndose las copias, yo le cuento al fotocopiero que necesito el documento en papel, porque he de firmar en dos o tres sitios y me exigen en el Ministerio que lleve el documento en papel y con las firmas originales, para que me den la ayuda a la que tengo derecho y blablablá. Kike, a mi lado, está en silencio pero yo, que lo conozco, lo siento cargar gas como las ollas a presión. Al salir le pregunto qué le pasa y estalla: ¡¡PAPÁ, NO HAY QUE CONTARLE TODO A TODOS!! Una vez que ha estallado, baja el tono y añade: ꟷEs que no sé por qué tienes que contarle esa mierda con todo lujo de detalles a un tío al que no conoces de nada.

Tiene toda la razón. Pero, como les digo, veo difícil que cambie en esto, es mi forma de ser, yo me abro, lo canto todo y empatizo así con los demás. Por eso voy haciendo amigos por todos lados. Pero hay una segunda moraleja, que es conjunta con la forma en que entré en el concierto de Osi y los Osidados: En España (no sé si es igual en todas partes) el que no tiene amigos, no se come una rosca. Mi amigo Henry salió a la calle, me tomó del brazo y me coló en El Intruso, algo que sin su ayuda me hubiera resultado imposible. Y mi amigo A. también me tomó del brazo, metafóricamente hablando, y me coló en el sistema de vacunación para que pudiera tener el tema listo antes del viernes. No hay nada como tener amigos, pero las moralejas 1 y 2 son contradictorias: yo tengo amigos porque los voy haciendo, a base de abrirle mi corazón y contarle mis penas con todo tipo de detalles a cualquiera que me escuche. Pero las recomendaciones de Kike son a tener en cuenta, en línea con la máxima de Quevedo: No tienes que decir todo lo que piensas, pero conviene que pienses todo lo que dices.

Son dos moralejas incompatibles, que te llevan a una paradoja irresoluble, como la del gato de Schrödinger: si no te abres no haces amigos y si no haces amigos no te comes una rosca. Lo que nos lleva a la moraleja 3: No hay que presumir demasiado de lo bien que uno está. El mundo está lleno de envidiosos y hay muchísima gente que lo está pasando muy mal (por eso acaban votando a Vox o a la señora Meloni). A esta gente le resulta escandaloso que tu vayas por ahí haciendo ostentación de tu felicidad. Esto es algo que yo sé y aplico; por eso me callo muchas cosas en este blog, en el que parece que lo canto todo, pero no es así. Si lo contase todo, aún resultaría más obscena mi alegría. Hay gente por ahí muy amargada que no soporta que presumas de estar muy bien. Yo no pretendo dar envidia, sino animar al personal, hacerles ver que peleando se puede salir de los malos tragos y que esa pelea es una de las cosas buenas que tiene esta vida. Pero siempre hay gente predispuesta a entender las cosas al revés.

Para que entendieran completamente lo que les quiero decir, se me había ocurrido contar la historia de la tía Vinagres cambiando el punto de vista, de modo que fuera ella misma la que relatase la historia desde su perspectiva, pero este post ya ha alcanzado la dimensión crítica. Yo creo que a esta señora le molestó desde mi forma de vestir, hasta el hecho de que presumiera de que iba a salir de España en unos días y también que rechazara la primera oferta que me hizo por cumplir con una clase de yoga. Esta señora es una amargada, que seguramente no puede viajar fuera, ni hacer yoga ni nada de nada, porque está trabajando por un sueldo de mierda atendiendo a los abuelos de un barrio envejecido, que son un coñazo, y encima en un ambulatorio que está en un sótano. Tal vez algún día me anime a escribir ese relato. Hoy, créanme, no tengo ni el tiempo ni la concentración mental que se necesita para ello. Y, a partir del próximo post, tendré que centrarme en el relato de mi viaje. Pero les prometo que un día escribiré ese relato pendiente. Hala, a ser buenos.

sábado, 22 de octubre de 2022

1.178. Preparándome para hacer las Europas

Pues ha sido esta una semana algo más tranquila, en la que he podido cumplir con mis rutinas (running, yoga, inglés, guitarra) sin muchos compromisos que sobrecargaran mis programas cotidianos. Pero he estado igualmente ocupadísimo con la preparación de mi próximo viaje, que me va a llevar, según frase precisa de mi compañera M., a hacer las Europas, de la misma forma en que otros hacen las Américas. Es una preparación compleja, porque mi intención es visitar a mis hijos y a algunos amigos franceses, y se da la circunstancia de que el 1 de noviembre es en Francia un pedazo de fiesta nacional, que genera uno de los puentes más codiciados por los currantes locales, que tienen preparados viajes con mucho tiempo de antelación, más o menos como el nuestro de diciembre. He hablado con todos ellos y me encuentro con que mis hijos se van de puente para encontrarse con sus respectivas parejas, de acuerdo con su nuevo estatus en modo better be lonely. Que mi amiga Barbara Chabbal, me dice que no va a volver a su casa de Tours hasta el 4 de noviembre. Y que Alain Sinou no regresa a París hasta el 9, lo que, si tenemos en cuenta que mi vuelo de vuelta de Bruselas es el 12, me deja muy pocas alternativas.  

Tenía un primer borrador de programa cerrado, pero lo he tenido que adaptar para poder ver a todos. O casi todos, porque mi nueva amiga Inés R., a quien me gustaría visitar para conocer Le Havre, no va a estar en esa ciudad y ya se me va a quedar para el siguiente viaje. Y mi querida amiga indonesia Tantri va a estar en casa de sus suegros en Alemania prácticamente todo este tiempo, así que no voy a poder encontrarme con ella tampoco. Mi nuevo programa es un poco en zigzag, pero me permitirá visitar a los demás. Me he guiado también por una directriz clave: no voy a estar más de tres días con cada uno. Poniéndome en la piel de todas y cada una de las personas que voy a visitar, creo que una estancia de cuatro o más días, se convierte ya en algo muy pesado para ellos (incluidos mis hijos). Si vas tres días, luego te dirán que qué pena que te vayas tan pronto, etc., pero en el fondo respirarán aliviados.

Y, aparte de todo eso: es que encima voy a ver un concierto de Samantha Fish, el tercero de este año. Hip-hip-hip HURRAH, Hip-hip-hip HURRAH, Hip-hip-hip HURRAH. Les he hablado más arriba de mi nueva amiga Inés R. Ya les conté que, tras la visita a Madrid Río, ella y yo nos fuimos a comer a un restaurante de la calle Virgen del Puerto. Compartimos allí unas raciones generosas de ensaladilla y rabo de toro, acompañadas por unas birras bien tiradas. Y hablamos, entre otras cosas, de mi inminente viaje y de la posibilidad de vernos en Le Havre. Le conté que mi viaje empezaba por un concierto de rock en Bruselas. Con un gesto entre curioso y travieso, me preguntó: ¿Y a quién vas a ver? No creo que la conozcas ꟷle dijeꟷ, a Samantha Fish. Su respuesta alborozada: ꟷ¡Claro que la conozco, es fabulosa, jo, qué envidia! No la invité a venir conmigo, porque a esas alturas ya me había contado que tiene pareja y que lleva una vida bastante aperreada con sus clases en Grenoble y en Le Havre.

Pero, a lo que voy: Samantha Fish es muy poco conocida todavía. Que Inés R. sepa simplemente quién es, y encima le encante, es un indicativo más de que los humanos nos movemos en planos paralelos, independientes y aislados unos de otros, en cuyo interior compartimos muchas cosas, vivencias, opiniones y referencias comunes. Yo pertenezco a un estrato digamos heterodoxo, alternativo y un poco dandy y, con los años, he aprendido a reconocer a mis compañeros de estrato. Desde la primera conversación telefónica con Inés, ya supe con toda seguridad que era de los míos, así que el hecho de que conozca a Sam no fue para mí una sorpresa absoluta. Algunos nuevos seguidores del blog me han dicho que ahora dedican algunas tardes al samanthing, y que muchas gracias por descubrirles a esta singular artista. Otros en cambio se siguen preguntando por qué me gusta tanto y hablo de ella todo el rato.

Para ambos grupos, voy a repetir un vídeo que me parece clave para entender a esta mujer. Es 14 de noviembre de 2021, en Nueva Orleans, y la Sociedad del Blues y del Jazz ha organizado un concierto de homenaje al bluesman local Earl King, fallecido en 2003 cuando estaba a punto de cumplir 70 años. El concierto tiene lugar en el mítico Tipitina’s y el formato acordado es que hay una big band fija, para acompañar a los solistas que hayan pedido intervenir y que han de tocar una o dos canciones escritas por el homenajeado. Y allí se presenta Samantha. Como saben, el blues era y en parte sigue siendo un coto cerrado de UNO hombres, DOS mayores, TRES negros y CUATRO cabreados o malencarados. Pero allí aparece Sam, con dos ovarios, dispuesta a interpretar dos canciones que ella misma ha elegido. Es la niña sabidilla que se cuela en la fiesta de los mayores, pero resulta que al final se erige en la triunfadora de la noche, sus dos canciones fueron lo mejor de la velada.

Fíjense en el hecho de que Sam toca con una banda veterana que no es la suya y con la que seguramente no ha podido ni ensayar (porque no habrán podido hacerlo con todos y cada uno de los que intervienen). Además, se trata de dos canciones que no forman parte de su repertorio habitual. Pero a ella le da igual; ella se planta en el viejo escenario del Tipitina's, bajo la imagen del Professor Longhair, y entra mandando. Que le sigan si pueden. Aquí está todo Samantha: su determinación, su perfeccionismo, su obsesión por los botoncitos del pedal board, que pisotea hasta que consigue el sonido que busca en cada momento. Su soltura, su talento con la guitarra y cómo maneja la voz. Y lo contenta que se pone al final cuando ve lo bien que le ha salido. En el centro de las canciones, Sam deja un turno para que se luzcan respectivamente el organista y el saxo barítono. El primero lo hace con evidente desgana. El segundo trata de seguirla pero acaba con la lengua fuera. Los asistentes no dan crédito a lo que están viendo y gritan alucinados. Es un vídeo maravilloso que han de ver en pantalla grande.

Pero quiero aprovecharlo también para explicarles con un doble ejemplo en qué consisten las anacrusas. Se trata de unas notas preliminares que el solista da antes de que el resto del grupo entre en el momento previsto para ello. Aquí se puede ver en ambas canciones. En la primera, tras un adornillo suelto del piano para dar ambiente, Sam entra a cantar It was a weary silent NIGHT. La palabra unisílaba NIGHT es la señal que esperan los demás músicos para iniciar su acompañamiento (pueden ver que el batería está quieto esperando esa señal). En la segunda canción, las anacrusas son las notas que Sam toca con su guitarra antes de que el grupo marque su UN-DOS-UNDOSTRES, para iniciar el típico ritmo de Nueva Orleans. Las letras son también significativas del mundo del blues. La primera habla de una noche cansada y silenciosa, mi chica se ha ido y yo trato de dormir, pero no puedo, apoyo la cabeza en la almohada, pero no me puedo quitar de la mente mi desesperanza y no paro de llorar. La segunda, con la marcha de la zona, cuenta que todo el mundo acaba arrastrado a donde no quiere. Disfrútenlo.

Pues a esta artista de tanto talento voy a ver yo al inicio de mi viaje por las Europas, en la sala AB de Bruselas, siempre que todo lo programado me salga bien. Además de asistir a su concierto, me gustaría también saludarla, como hice en Jerez, pero esto lo veo más difícil. El concierto empieza a las 20.00, acabará en torno a las 21.30 y el grupo toca al día siguiente en Helsinki a las 17.30, así que es posible que se vayan rápido a descansar y no firmen discos ni camisetas. Encima, los conciertos de Bruselas y Helsinki seguirán a la larga gira que Sam está desarrollando por el UK. Su programa inicial incluía otra extensa gira por las mayores ciudades de Alemania, donde tiene muchos seguidores, y terminaba precisamente en Bruselas, Helsinki, Zurich y París. La gira alemana se traslada a marzo y los demás conciertos los ha dividido.

Según su página Web, el mes de noviembre lo tiene limpio de bolos y creo saber el motivo de esta reestructuración de su programa. En diciembre va a dar una serie de conciertos por USA con Jesse Dayton, el chico malo del country, con la idea de grabar en ellos un disco en directo que será presentado a comienzos de año y sus canciones incorporadas a los conciertos sucesivos. Sam es incansable, está en plena forma y no acostumbra a parar un mes, así que yo creo que noviembre lo va a dedicar a ensayar con su nuevo compañero y el grupo. Ella es muy profesional y quiere que todo encaje a la perfección. En cuanto a Jesse Dayton es un auténtico pieza, que ha formado parte de grupos de country, de punk y de rockabilly. Lo mejor es que vean cómo se las gasta, en esta versión de un tema de AC/DC con su formación clásica de rockabilly, que arranca usando una botella de cerveza a guisa de bottleneck. Viendo esto, yo creo que Sam y este elemento van a formar un dúo totalmente explosivo. 

Vaya, que van a saltar chispas en la reunión de dos guitarristas tan buenos, porque Sam es muy mandona y este sujeto parece bastante rebelde y no muy bien mandado. Veremos. Pero voy a cambiar ahora de tercio, porque he empezado contándoles que esta semana había sido tranquila. Desde luego, comparada con la que viene, esto ha sido una especie de calma chicha. Pero he hecho algunas cosas. El lunes me cogí el coche al APOT donde recogí seis libros más del Bosque Metropolitano, con sus correspondientes kits (bolsa ecológica, folleto, bolígrafo, mascarilla anticovid y dos insignias de solapa). Necesitaba esta nueva remesa, porque quiero viajar con cuatro de ellos, aunque voy a ir muy cargado.

Lo cierto es que voy a visitar a cuatro amigos que me han ofrecido dormir en sus casas: Barbara Chabbal en Tours, Tangi Saout y Joris Fromet en Nantes y Alain Sinou en París, donde ya he dormido algunas noches. Finalmente, aprovecharé sólo la amabilidad de Barbara y Tangi, porque en Nantes necesito un solo alojamiento y en París iré a casa de mi hijo Kike. Pero la intención es lo que vale y creo que los cuatro se merecen que les lleve un regalo. A mis hijos no les llevo nada, porque no lo iban a leer y sólo servirían para ocuparles estantería. En mi antigua oficina me dan todos los que quiera, porque les viene bien que el libro se distribuya lo más posible y, además, figuro en los créditos como coautor. Así que me volví a casa con los seis. La semana anterior le di los dos últimos que me quedaban a Inés R. y a Sonia, mi colega de la ETSAM. Por eso necesitaba reponer existencias.

El martes tuve la segunda sesión de Billar de Letras, de la que les hablo abajo más en extenso. Ayer viernes repetí el programa de hace una semana: comida en el bar de mis amigos al lado del APOT y tarde con mi amiga y asesora financiera M., a la que tenía que ver de nuevo para firmar los movimientos que habíamos negociado el viernes anterior. Desde hace dos o tres días está lloviendo bastante, pero a mí, como buen coruñés, me encanta. Y les anuncio también que esta noche iré a ver la actuación de Osi y los Osidados, que finalmente podrán presentar en directo el disco que grabaron antes de la pandemia y en el cual participa mi maestro Henry Guitar tocando el trombón como parte de la sección de vientos. Este Osi es un histórico del blues de Entrevías y ya me tocó verle en formato dúo, con un guitarrista muy joven, bajo el nombre Osi Martínez and Guille the Kid, según se contó en el blog.

Pero vamos con la sesión de Billar de Letras del martes, que tiene un aspecto que les quiero comentar. El libro sobre el que íbamos a debatir se llama El año en que murió John Wayne, y es una colección de relatos que lleva la firma de Juan Gracia Armendáriz, escritor y periodista navarro de unos cincuenta y tantos. En la sesión participaban el autor y el editor Manuel Borrás, jefe y fundador de la editorial Pre-Textos. El caso es que, a lo largo del último mes, yo me fui leyendo el libro y encontré en el texto una serie de errores, que me saltaron a los ojos. Veamos. Una cosa son las erratas y otra los errores. Errata es cuando el dedo se te resbala y te comes una letra, por ejemplo. Un problema tipográfico, por así decirlo. Los errores son otra cosa y verán de lo que hablo cuando se los detalle.

He de precisar con carácter previo, que yo he trabajado mucho como corrector de textos, he ayudado a diversos amigos escritores depurando sus originales y durante mi larga carrera en el Ayuntamiento solía encargarme de revisar todos los textos para eliminar los errores y erratas. Soy un puñetero del tema y tengo deformación profesional. En mis primeros años de funcionario, tuve un jefe que rápidamente me cazó esta habilidad y me puso el mote de Azorín. Cuando había que presentar algún documento para que fuera aprobado, el tipo decía: Esto que lo revise Azorín. Con lo cual consiguió que todos mis compañeros me odiaran.

En fechas más recientes, mi amigo Mauro Gil-Fournier, arquitecto heterodoxo, porque es medio filósofo, acababa de escribir un libro que se llama Las casas que me habitan, en su línea de pensamiento que él llama arquitecturas afectivas. Y yo le ofrecí hacerle una corrección. Me pasó un ejemplar en folios y en unos días estaba revisado. Me preguntó por teléfono cuántos errores había encontrado y le dije que en torno a doscientos. No se lo podía creer. Quedamos una tarde en el Café Central (era justo antes de la pandemia) y repasamos mis anotaciones una a una. Y al final me reconoció que tenía la razón en todas. Con mis correcciones, el texto quedó niquelao y así lo envió a la editorial. En estos momentos, se vende en las librerías especializadas en arquitectura y yo tengo un ejemplar con una dedicatoria muy cariñosa del autor. En realidad sólo conozco a una persona que haga este trabajo mejor que yo: mi querida amiga África.

Pero volvamos a John Wayne. No hace falta que diga que los cuentos del libro son muy buenos, el autor tiene oficio y sabe crear unos ambientes angustiosos que te agarran por la garganta. Pero yo empiezo a leer y me encuentro que un tipo que sale huyendo de un atentado que acaba de ocurrir, lleva un canguilón de sangre pegado a la cara. La palabra canguilón no existe en el castellano. El autor quiere decir un cangilón. Y para mí esto no es una errata, sino un error que delata la falta de un corrector como yo. Unas páginas más adelante, el protagonista de otro relato, un cachas que va presumiendo de musculatura, se jacta de hacer doscientas nominadas. Todo el mundo sabe que las flexiones que se hacen con una barra sujeta entre dos paredes son flexiones dominadas. No nominadas. Esto tampoco es una errata. Es un error.

Mi problema con estas cosas es que, si yo pillo un fallo de este tipo, puedo pensar: vale, qué putada, esto se le ha escapado a todo el mundo, le puede pasar al mejor libro. Pero cuando me sigo encontrando estos errores, el asunto me empieza a sugerir un patrón. Un patrón de descuido editorial. Y condiciona mi forma de leer, porque ya estoy pendiente de pillar más fallos y eso me distrae de la propia obra que estoy leyendo. Poco más adelante, hay un relato que se titula Edmond. Pero el protagonista del cuento se llama Edgar. Esto tiene una explicación muy clara y yo, que he escrito muchos cuentos, sé dónde está el origen. Tú terminas tu relato y se te mete entre ceja y ceja que no te acaba de gustar el nombre que le has puesto al protagonista. Y de pronto, se te aparece en la mente la solución: se va a llamar Edgar. Entonces, coges el texto y el programa Word te permite seleccionar todas las veces en que aparece el nombre Edmond en el texto. Y los vas corrigiendo pacientemente uno a uno. El texto queda perfecto. Pero se te pasa cambiar también el título. Y nadie se da cuenta.

El problema con un texto con errores como esos es que hay cosas que ya no sabes si son errores o no. Y eso, a mí me pone muy nervioso. Encontré muchos casos a lo largo del libro y no se los voy a contar todos, pero sí uno a título de ejemplo. Hay un cuento en que un chaval, al que un viejo pederasta le acaba de intentar tocar el culo en unos aseos, está esperando con toda su panda detrás de unos arbustos, por donde todos creen que el viejo pedófilo suele volver caminando, con objeto de darle una paliza, para lo que van provistos de barras de hierro. Y ya lo ven venir por el fondo de la calle. Lo que pasa es que el único que lo ha visto antes es el chaval protagonista y todos esperan que confirme que se trata del viejo cabrón para atizarle. Pero el chaval se ha fumado unos canutos y se ha tomado un speed, por lo que ve bastante poco claro.

La escena es muy angustiosa. El chaval ve dos rostros que se confunden en uno: el que él ha visto antes a pocos centímetros de su cara y el rostro del señor que viene por el camino. Los colegas le presionan, se creen que se está rajando y él también piensa que debe decir que lo ha reconocido, aunque sea mentira, para no parecer menos macho. Y el relato describe lo que ve el chico: un rostro que se desdoblaba, dos personajes en uno “que se cercaban”. Y aquí me surge la duda. ¿Realmente los dos personajes en uno se cercaban? ¿Uno cercaba al otro y el otro cercaba al uno? ¿Tal vez es una metáfora cuyo significado no alcanzo a entender en mi inutilidad manifiesta para la poesía? ¿O bien es otro de esos errores groseros y lo que quiere decir el autor es que se acercaban?

Hice una lista con todos los errores encontrados (y alguna errata también). Y me entró la duda. ¿Lo digo o no lo digo en la sesión del club? Estando presentes el autor y el editor, me daba un poco de apuro. Además, cuando tengo una cosa muy clara, a veces me pongo un poco borrico (ya lo han advertido ustedes con el tema de Ucrania) y corría el riesgo de que toda la discusión se centrara en este tema, en el fondo, colateral. No quería boicotearle la sesión a mi buen amigo Ronaldo Menéndez (que por cierto, tiene ya en librerías su última novela, de la que ya les hablaré). Así que decidí escribirle pidiéndole consejo. Le mandé la lista y le dije: si tú me pides que no diga nada, no lo menciono. Si me indicas lo contrario, por favor elige tú cuando me das entrada, para que no te fastidie la sesión.

Me contestó dándome las gracias por mi preocupación y enfatizando que, por favor, hiciera lo que me pareciera más oportuno, que él no fomenta la censura en su club y mucho menos la autocensura. Luego añadió que Manuel Borrás es un histórico, aproximadamente de mi edad, que había empezado en la edición casi siendo un crío. Que era un pionero de la edición de calidad en todo el mundo de habla hispana y que tenía la medalla de oro de Bellas Artes. Ante esto, le volví a escribir a Ronaldo anunciándole que había decidido no mencionar ese tema y centrar mi intervención en cuestiones más de fondo. Y entonces me respondió dándome otra vez las gracias y diciéndome que, no obstante, él mismo sacaría el tema en la sesión cuando resultara oportuno, porque si una cosa está mal hay que decirlo.

Llegó el día de autos, el editor era de mi edad pero estaba bastante más cascado que yo y me alegré de mi decisión. Cuando pedí la palabra, me centré en otros temas. Pero al final de mi intervención, Ronaldo intervino para decir: ꟷTengo que añadir que Emilio ha detectado una serie de errores en el texto, que me ha remitido y lo que pasa es que ya veis que ha tenido la delicadeza de no mencionarlo, porque le da el lógico apuro. Ambos aludidos se deshicieron en elogios, le pidieron la lista de errores a Ronaldo y prometieron corregirlos en una hipotética segunda edición. Finalmente creo que salí de la situación suscitada de la mejor manera posible. Colorín colorado.

Esta mañana he salido a correr por un Retiro bastante encharcado y, por primera vez en este otoño, he sacado la equipación de entretiempo, con mallas y sudadera. Va a ser mi última carrera por una temporada: el miércoles tengo un sarao matutino que ya les contaré, el sábado estaré volando a Bruselas y las dos semanas siguientes andaré por las Europas y no me voy a llevar el equipo de corredor, que ya voy bastante cargado con mis libros de regalo. Pero, como hemos hablado más arriba de Osi y los Osidados, les voy a dejar de propina uno de los vídeos que grabaron de los temas del disco que se presenta esta noche. Es blues en español y, como suele suceder, la voz solista no es muy afortunada. Osi es un figura con la armónica, el acompañamiento está bien, pero la voz es la que es y eso no tiene vuelta de hoja. Les pido que sean indulgentes. En realidad, si se lo traigo al blog, es para que vean a mi amigo Henry Guitar dándole duro al trombón y chupando cámara con su presencia arrolladora. El arreglo de la canción es también suyo. Sean buenos.

martes, 18 de octubre de 2022

1.177. El mono soy yo

Pues el caso es que la semana pasada regresé a mi sinvivir cotidiano, después de siete días un poco más tranquilos en los que hasta me pude dedicar al bricolaje, como les conté. El lunes 10 madrugué para publicar a una hora inusualmente temprana el post sobre Cipriano y la vaselina que había escrito en la tarde anterior y enseguida cogí el coche para acercarme a la ETSAM. Allí estaba citado para dar a las 10.30 mi clase sobre el proceso de realojo de las chabolas de Palomeras, en el curso que dirige mi amiga Sonia de Gregorio que me viene llamando para ello estos últimos años. Con las preguntas de rigor, la clase duró dos horas y mantuve la atención de los chicos como buen flautista de Hamelín que soy. Una chica me dijo que le había emocionado mucho mi relato, porque era exactamente la historia de sus abuelos, que vinieron de Córdoba a montar una panadería y tuvieron que alojarse en unas chabolas hasta que los realojaron. Ella había contrastado lo que sabía de su familia con lo que yo había contado y dijo haber aprendido mucho.

Tuve el tiempo justo de volver a casa, cambiarme y caminar hasta mi clase de yoga. Después, unas albóndigas de rechupete en el Ricla y a casa a descansar, que el día siguiente era fino. El martes 11, estaba a las 9.30 al pie del viejo depósito de agua del Matadero, donde me encontré con Inés R. y sus 40 alumnos del máster de urbanismo de Le Havre. Tuvimos que esperar quince minutos en un bar, porque estaba lloviznando y los chicos no se querían mojar. El día anterior ya habían tenido actividades de tarde y luego habían estado de juerga hasta las tantas, porque son jóvenes y era la primera vez que salían de Francia. Inés es una mujer delgada, muy simpática y lista, una auténtica ardilla, que ya saben que contactó conmigo gracias a un colega francés que me conocía. Ella vive en Grenoble y da clases allí, pero ha logrado sacarse una plaza de profesor asociado en Le Havre y ahora va de una a otra universidad, atravesando toda Francia en tren cada pocos días.

A pesar de haber trasnochado, los chicos aguantaron bien mis cuatro horas de charleta en francés, mientras recorríamos el parque. Después, se dispersaron para comer y yo me busqué un restaurante en la avenida de la Virgen del Puerto para tomar unas raciones con mi nueva amiga. Desde allí cogimos un bus hasta la Plaza de la Cebada, donde nos dieron una charla de hora y media los arquitectos del grupo Zuloark, que fueron los que diseñaron y gestionaron el espacio libre okupado por los vecinos durante años, desde que se demolió el antiguo polideportivo hasta que empezaron las obras del nuevo, que está todavía sin inaugurar, pero este asunto tiene una intrahistoria que se merece un post específico, así que ya se lo cuento otro día. Después, les dimos suelta de nuevo a los alumnos y nos sentamos a tomar una cerveza con uno de los arquitectos de Zuloark, el otro se tenía que ir. Caminé luego hasta casa bastante cansado, pero satisfecho con la jornada.

El miércoles, que era festivo, me volví a encontrar con Inés y sus chicos para una visita guiada al Matadero, a la que quería asistir, aunque luego no me aportó mucho. Al final, la chica tenía previstas una serie de actividades de cierre del viaje lectivo en las que yo no pintaba nada, así que me despedí y eché a andar hacia Atocha, mirando los restaurantes que me salían al camino. Hacía ya muy buen día y las aceras estaban repletas de terrazas abarrotadas de gente comiendo platos de todas las latitudes. Elegí un lugar con el logo de Estrella Galicia, entré a la barra y me pedí una tosta de salmón. Por el precio imaginé que sería grande y acerté. El lugar estaba regentado por una amplia familia de dominicanos y tenía cerveza de presión de las tres modalidades de Estrella: la normal, la milnueve y la sin. Vean la foto que les hice a los grifos.  

Mi marca preferida de cerveza está teniendo una expansión y una penetración en el mercado extraordinaria, basada en la calidad y en el diseño exquisito de todos sus elementos. Este núcleo de grifos es un objeto bonito per se y la cerveza que sirve también es una exquisitez. Pero sigo con mi relato. Descansé un rato y me puse a escribir mi siguiente post, que publiqué el jueves 13, entre la clase de inglés y mi nueva sesión de yoga. El viernes 14 empecé subiendo al mercado de Antón Martín a comprar provisiones diversas, luego cogí el coche y me fui a las inmediaciones del APOT a comer en el bar de mis amigos Mon y Sonia y, después de una larga sobremesa, crucé la M-40 para ir a la oficina de mi amiga M. con la que tengo diversos negocios que he de atender de vez en cuando. Volví a casa ya anocheciendo, dejé el coche en el garaje pero no subí a casa, sino que me fui de juerga moderada con un par de amigos que habían venido de Extremadura.

El sábado me tocaba salir a correr, pero me levanté tarde, estaba resacoso, y tenía una cita temprana (14.00), con otra pareja amiga para comer en el restaurante japonés Yokaloka, que está dentro del mercado de Antón Martín. Así que dejé la carrera para el día siguiente (tampoco había corrido el miércoles, a cambio de mis caminatas con Inés R.). El mercado tiene una actividad impresionante los sábados a mediodía, es la primera vez que voy a esa hora. Y el Yokaloka es realmente un buen restaurante, al que suelo ir con mis hijos cuando vienen a Madrid, pero siempre a cenar. Desde allí caminamos a la plaza de Santa Ana buscando una terraza donde tomar unos cafés, pero estaba todo lleno. Acabamos en el Café Central, donde sirven todavía un café excelente. Descansé por la tarde y el domingo pude recuperar mi carrera pendiente. No está mal para una semana de octubre.

Pero les cuento una cosa. Salí como les digo a correr al Retiro. Y me encontré la calle Alfonso XII cortada al tráfico. Desde el final de la Cuesta de Moyano suelo correr un tramo de esa calle por la acera exterior al parque, para evitar la sobreabundancia de corredores que suelen atestar el lado interior de la verja. Y estaba empezando a recorrer ese tramo, cuando desde el paso subterráneo emergió de pronto un tanque del ejército en dirección norte. No sé si me creerán, pero me dio un vuelco el corazón, que casi me trastabillo y me caigo otra vez (todavía tengo molestias en el costado de mi última caída). El tanque se fue alejando. No iba muy deprisa pero es que yo a mis años voy ya bastante despacio. Y se perdió por el fondo en dirección a la puerta de Alcalá.

Había bastante policía regulando que nadie entrara a la calzada. Y entonces me adelantó por el centro de la calle un corredor a toda pastilla, provisto de dorsal. Alguna gente en la puerta de Felipe IV, por donde suelo yo entrar al parque y parar un rato a hacer estiramientos, aplaudieron vivamente al corredor. Mientras estiraba, por el rabillo del ojo vi que pasaban ya otros corredores por la calzada de Alfonso XII. Reanudé mi carrera por el circuito interior del parque y, al final del Paseo de Coches, me tuve que desviar un poco para soslayar la meta de la carrera popular. Al lado de la meta estaba el tanque, junto con un par de tanquetas más. Era una prueba popular patrocinada por el ejército. Pero el susto que yo me había llevado fue auténtico, y eso que ya estoy curado de espanto tras una semana viendo pasar cazas sobre mi casa por el desfile del 12 de octubre y sus diversos ensayos anteriores.

Es significativo que yo vea un tanque por las calles de Madrid y se me revuelvan las tripas y las neuronas. Que lo último que piense es que va abriendo camino a una carrera popular. La maldita guerra de Putin ha logrado ya meternos el miedo en el cuerpo, ahora que empezábamos a quitarnos el terror de la pandemia. He hablado varias veces en mis últimos posts de esta guerra, un tema en el que me he posicionado de una manera clara, porque creo que no hay derecho a que un enano autócrata se monte semejante quilombo y nos ponga en riesgo de generar una debacle mundial de consecuencias insospechadas. Creo que eso no se puede consentir y no me interesan especialmente las razones que han llevado a este punto crítico, porque para mí lo fundamental de esto es que hay un país que ha agredido a un vecino y que está bombardeando barrios civiles con decenas de miles de víctimas.

He escrito varios posts al respecto explicando mi postura y sé que hay muchos de mis lectores que no están de acuerdo, como África, Alfred, Paco Couto y otros que me lo han dicho por detrás. También hay otros más que me han manifestado su total acuerdo, estos todos por detrás. Como ya he dicho varias veces, no quiero de ninguna forma que esta tribuna se convierta en un foro exclusivamente político; no me siento en absoluto preparado para eso, ni me apetece lo más mínimo. Yo no soy un especialista en temas geoestratégicos, ni un sabio, ni un estudioso de dichos temas. Yo sólo soy un observador urbano que luego cuenta lo que ve y elabora en torno a ello una serie de reflexiones no especialmente profundas, pero sí particulares y sobre todo divertidas, al menos a mí me divierte formularlas. Si titulé mi último post al respecto Leña al mono hasta que hable inglés, ahora tengo claro que el mono soy yo.

Ya sé que las cosas no son tan sencillas como yo las cuento, pero finalmente soy tan bolo como el de la foto de arriba y tiendo a simplificar lo complejo. En mis recientes posts sobre el conflicto en Ucrania, reconozco también una intención clara de provocación. Es porque me da mucha rabia que, en el círculo en el que me muevo, mucha gente dé por hechas determinadas teorías, jaleadas desde ciertas tribunas, sin ponerlas en cuestión, sólo porque van contra la versión más extendida, la que comparten la mayoría de los gobiernos de todo el mundo. Para el Kremlin esas teorías son un regalo y es sabido que llevan décadas infiltrándose en las redes informáticas de occidente, sin un propósito inmediato claro, de forma preventiva, para poder utilizar esa penetración en un caso de conflicto como el actual. También creo que, enfrascados en tales teorías, nos convertimos en un grupo bastante endogámico, que luego no entendemos por qué siempre gana las elecciones la derecha.

Pero reconozco una intención provocadora por mi parte y en ese sentido, tengo que agradecer la paciencia, la educación, el tacto y el cariño que me muestran en sus comentarios algunos de mis lectores más fieles, especialmente los tres que he citado más arriba. Este blog no sería lo mismo sin seguidores tan cojonudos como ellos. Muchas gracias, de verdad. Pero, por encima de cualquier otra consideración, me dan mucha pena los ucranianos, unos señores que vivían pacíficamente sin meterse con nadie, como nosotros, y a los que están machacando sin freno, destruyendo su país para muchas décadas. Por supuesto, también me dan pena los rusos de a pie. Ya les conté que los soldados de las primeras hornadas que invadieron Ucrania en febrero llevaban en el petate su uniforme de gala porque les habían dicho que serían recibidos con aplausos (iban a liberar a la población local de un régimen nazi, recuerden) y que en unos días tendrían que desfilar por las avenidas entre confetis y flores.

Iban al frente engañados, porque su jefe es, encima, un mal estratega, que lleva años rodeado por aduladores que no le dicen la verdad sobre la verdadera preparación del ejército ruso. La guerra la están perdiendo en el frente por esa mala preparación y porque no es lo mismo la motivación para el combate de un tipo que está defendiendo su tierra, que la de un soldadito que se cree que está entrando en el país vecino para desfilar entre ovaciones del pueblo liberado y lo reciben a tiros. Ahora las cosas han cambiado y la primera reacción a la movilización decretada por el Hijo de Putin ha sido pies pa’ qué os quiero. Los que han podido, se han largado del país. Los hijos de los magnates y ricachones habrán pagado para evitar la leva, como pasa siempre. Y los que han tenido que ir al frente, van con la cara que ven en la impresionante foto de abajo. Qué otra cara van a poner unos semiadolescentes que saben que van a ser usados como carne de cañón sin la más mínima preparación para el combate.

Cómo no sentir pena de estos críos, recien rapados y estrenando su uniforme. Por cierto, el propio Kremlin admite que ha mandado al frente ya a 16.000 de estos reclutas y que entre ellos se han producido las primeras bajas. ¿Cuánto aguantará el pueblo ruso? Es una variable a considerar. Pero yo quiero darle a este texto un golpe de timón. Porque una de las virtudes de este blog (en mi opinión) es la elección de las imágenes y vídeos con los que suelo ilustrar mis entradas. Las tres que llevo en este post son perfectos ejemplos del refrán una imagen vale más de mil palabras. Y les voy a poner una muestra más. Ya saben que el campeón del mundo de ajedrez se ha negado a jugar con el nuevo fenómeno emergente, el americano Niemann, porque dice que es un tramposo (investigaciones posteriores parecen haber demostrado que sí lo es). Vean su imagen.

No me digan que el tipo no tiene una cara de tramposo absoluta. La cara es el espejo del alma. Es curioso (volviendo por un momento a Ucrania) que muchas de las opiniones de mis críticos incidan en la persona de Zelensky a quien acusan de encabezar un régimen corrupto y de no ser más que un actor. Especialmente mis amigas más críticas, me dicen que el tipo les da muy mal feeling. Hombre, yo admito que es bastante feo. Pero, como actor acostumbrado a declamar sus textos, habla muy bien. Y no olvidemos que es un señor al que eligió su pueblo por mayoría amplia, en tiempos de paz y en unas elecciones certificadas por la ONU. Su régimen era corrupto, pero no más que el 90% de los regímenes africanos, y nadie los invade por ello. Y, en tiempos de guerra, uno no puede andarse con demasiadas sutilezas democráticas, porque en caso contrario te puede suceder lo que a la República española.

Hay por ahí otros líderes que, además de feos, encima no saben hablar. Y estoy pensando en Feijoo. ¡Madre mía, qué decepción! Hombre, mejor que el fraCasado es, era imposible superarlo. Pero qué discurso más plano. No sé lo que piensan ustedes, queridos lectores, pero a mí este señor me resulta muy paleto. Sin ánimo de insultar a nadie, a mí Feijoo me huele a grelos a dos metros de distancia. Le crecen percebes entre los dedos de los pies. Le anidan mejillones en los sobacos. ¿Este es el gran hombre, el político de raza que nos va a librar del inicuo Sánchez? Como dijo Aznar: ¿con qué programa? ¿Para hacer qué? Hasta ahora lo único que ha hecho ha sido seguir bloqueando la renovación del poder judicial y repetir ad nauseam el mantra de bajar los impuestos. Me temo que estamos ante un político de garrafón.

Pero las encuestas lo ponen de ganador claro. Excepto el despectivamente llamado CIS de Tezanos, que lo sitúa por detrás de Sánchez. Es curioso que esas mismas encuestas, decían exactamente lo mismo del fraCasado quince días antes de que su propio partido le diera una patada en el culo. Por un lado, es cierto que el PP probablemente gane todas las elecciones a partir de ahora, aunque ponga de candidato a un mono de hojalata de esos que tocan los platillos cuando se les da cuerda. Pero es que la Brunete mediática consigue muchos de sus objetivos simplemente machacando mensajes un día y otro aunque sean falsos. Con esa táctica, consiguieron que se odiara a muerte a Iglesias y también a Sánchez. En ese sentido, viene a cuento la viñeta de hace unos días del Roto, tan certera como de costumbre.  

Y ya que hemos hablado del mantra de la derechona de bajar impuestos, no puedo dejar de referirme a lo que está pasando en Gran Bretaña. Recuerden: la señora Liz Truss se hizo con el poder en el Partido Conservador, tras la defenestración de Boris Bote-johnson, tan merecida como la del fraCasado. Consiguió vencer con el citado mantra ultraliberal. Nada más tomar posesión, se puso manos a la obra, cumpliendo su promesa. Y, en unos días, ha tenido que dar marcha atrás porque los mercados internacionales se hundían. Ha tenido que cambiar al ministro de Economía, por otro que lo que va a hacer es subir impuestos. En este sentido, las cosas son para mí bastante sencillas. UNO: la frase bajar los impuestos es de izquierdas es una de las mayores memeces que se han escuchado en este país, y la pronunció el presidente Zapatero, poniendo cara de haber descubierto el hilo negro.

DOS: para la derecha ultraliberal, bajar los impuestos consiste en bajárselos mucho a los más ricos y un poquito a los más pobres. Piensan que eso es bueno para la economía, porque facilita las cosas a las grandes empresas, crea empleo, etc. Está clara esta teoría: le bajas la tributación al Corte Inglés, contrata más empleados y baja el paro. TRES: una política verdaderamente social debería basarse en el principio contrario, es decir bajar los impuestos a los de abajo y subírselos a los de arriba, de forma gradual y escalonada para no asustarlos y retraer la inversión. En general, lo mejor son los términos medios, la combinación imaginativa de medidas mixtas, como lo que hizo Roosevelt en su New Deal. CUATRO: en épocas de crisis, hay que aumentar los impuestos siempre, todos debemos ayudar y contribuir a mejorar los servicios públicos, que son críticos en estos períodos.

La señora Truss es ya lo que en América llaman un pato cojo, a lame duck. Podría decir como en su día Rajoy: no voy a hacer lo que prometí, sino lo que hay que hacer. Pero estas cosas pueden colar en España, no en el UK. Y por cierto, ya que hemos hablado de relacionar la imagen con el carácter, a mí esta señora siempre me ha parecido que tenía aires de spinster. ¿Cómo dicen? ¿Que no saben lo que significa spinster? Joder, pues vayan a mirarlo al diccionario inglés-español, que no se lo voy a dar todo mascado. ¿Ya saben lo que es? Pues a mí me sorprendió saber en su día que esta señora era madre de familia con hijos. Su imagen me la sugería más bien rodeada de gatos en un apartamento del viejo Londres con chimenea de leña. Pero ya saben que no es oro todo lo que reluce. Por cierto, respecto a esto de ricos y pobres, les recomiendo que lean un artículo reciente, muy cortito, publicado en La Voz de Galicia. Para ello han de pinchar AQUÍ. Sean buenos.