domingo, 26 de marzo de 2023

1.215. Primavera

Pasaron por aquí los de la delegación de Brazzaville y me dejaron con una sensación agridulce, como verán, mezcla de interés por una cultura tan diferente y tan potente, y decepción por los lastres que han de arrastrar, precisamente por cargar sobre sus hombros con los ancestros de esa cultura. Se fueron por fin el jueves por la tarde y les deseo tanta suerte como alivio dejan, porque los tres días de su visita me han dejado literalmente exhausto. Física y, sobre todo, mentalmente. Ahora estoy descansando y preparándome para recibir a mi gato, que arribará el martes si todo va como está planeado. En su compañía pienso relajarme y prepararme para esta primavera calurosa que ya ha empezado y en la que, así de primeras, no tengo otros compromisos que los derivados del yoga, el inglés, el blues y, por supuesto el running. En la terraza, la primavera la anunció anticipadamente mi begonia de flor, que se puso como ven en la foto de abajo (ahora ya se han secado las flores, todo es efímero).

Ya que hemos hablado de running, les diré que ayer sábado salí al Retiro después de un mes sin correr por falta de tiempo y no hice mal papel; hoy tengo las correspondientes agujetas. Es que menudo trimestre que me he montado: artículo para el e-book del máster de la ETSAM sobre el realojo de Palomeras, entrevista con la investigadora sueca Jenny Stenberg, viaje a París, doble clase en el máster de Alain Sinou, celebración de mi cumple en Lille, concierto en Madrid de Ghalia Volt, viaje a Baeza para verla de nuevo, semana en Madrid con los alumnos del máster de Alain. Y, como colofón, el desembarco de los de Brazzaville y los días agotadores que me han brindado. Para este tema, creo que merece la pena hacer un relato cronológico.

Como les conté, el viernes anterior les habían dado los nueve visados que habían pedido, pero ya no encontraron vuelos para el sábado. Lo único que pudieron pillar fue una oferta de la Turkish Airlines. Debían salir el domingo, en un avión de Brazzaville a Pointe Noire, la segunda ciudad del país y auténtica capital económica, en la costa, donde se encuentran los yacimientos de petróleo, a hora y media de vuelo. Allí, tras una escala, volarían a Estambul, y luego a Madrid. A todo esto, los nueve que venían se habían reducido a seis. Una de las señoras del programa inicial se encontró con que su marido le prohibía venir a Europa ella sola, sin compañía masculina que la vigilase. Otros dos caballeros se cayeron también del cartel, sin que se nos explicara la razón, imagino que por ahorrar gastos. El caso es que los seis supervivientes salieron hacia Estambul, vía Pointe Noire.

Aterrizados en Estambul, se enteraron de que el vuelo a Madrid del lunes estaba repleto, porque era la vuelta del puente de San José. En cambio, había plazas de sobra a Barcelona. A última hora les dijeron que había una plaza para Madrid. Y decidieron cedérsela a una de las señoras del grupo, por nombre Koumba. Esta señora tomó el vuelo a Madrid, llegó a Barajas sin saber una palabra de español ni de inglés, sin un euro ni forma de cambiar sus francos africanos y sin saber la dirección del hotel. Y con una bolsa enorme, gigantesca, sin ruedas ni forma de moverla. Un primer dato de cómo funciona esta gente. Pero su instinto de supervivencia les hace salir de las situaciones más difíciles y, si no, esperan a que venga Dios y lo arregle; ellos no se estresan especialmente. Koumba encontró un recurso. En París tienen un contacto, miembro de su ONG. Le llamó y consiguió que nos telefoneara para preguntarnos el nombre del hotel. Y luego le hizo una transferencia instantánea a través de Westen Union a la oficina que esta empresa tiene en el propio aeropuerto, para casos como este. Con el dinero fresco, se buscó un taxi, que le cobró por llevarla a un hotel del centro 50€, cuando la tarifa única es de 30. Por cosas como esta odio a los taxistas.

Los otros cinco no tuvieron un viaje más plácido. Llegaron a Barcelona y se movieron hacia la estación del AVE, donde habían reservado billetes para todos. Pero imagino que lo hicieron a su habitual paso de tortuga, cargados con sus bolsas y con su concepto africano de la puntualidad. Porque finalmente perdieron el tren. Werner había venido por la tarde en coche desde Asturias y quedamos una hora antes de la llegada del AVE para tomar una cerveza cerca de la estación y recibirlos. Allí nos llegó la llamada del jefe del grupo, Ugain Kaya Mikala: je-je, que ya no vamos en tren, que hemos cambiado a autobús, estamos ya a punto de embarcar. Imagino que pensaban que eran modos de viajar similares. Pero el AVE tarda un par de horas y el bus toda la noche. Así que Werner y yo nos fuimos a cenar a las Bodegas Rosell y nos retiramos.

Nuestros avezados viajeros llegaron a Méndez Álvaro a las cuatro y media de la madrugada y, en taxi, al hotel a las seis de la mañana. El martes estaban reventados, así que les dimos cuartelillo y nos presentamos en el hotel a las 12. Fueron bajando medio groguis. El plan del día era dar una vuelta por el centro para que conocieran la ciudad. Pero hubo que parar en una oficina de Western Union para que sacaran ellos también dinero, porque las tarjetas Visa que traían no son operativas en Europa, cosa que al parecer desconocían. También les acompañamos a comprar dos móviles de prepago, para que nos pudieran llamar en caso de apuro sin gastarse una millonada. Cumplidos esos trámites, echamos a andar hacia la Puerta del Sol (el hotel estaba cerca). Y continuamos hasta el Palacio de Oriente para ver los monumentos y el mirador sobre el sur de la ciudad. Allí les hice una foto al grupo al completo.

A la izquierda, Koumba y la gran mole humana del jefe Ugain. En el centro, los dos delgados, la misteriosa Elvire y el informático Regis, que además es deportista y Dj. Y por la derecha, el gordo Pi-Austin y madame Sondra. Intimé uno a uno con casi todos y me contaron cosas de sus vidas. Regis es un rockero amante de la música africana. Hace yudo y boxing, además de correr. Se mantiene en buena forma, habla poco, es hermético, pero en general es el más formal y cumplidor, el primero que llegaba a las citas. A Pi le pregunté que qué clase de nombre era ese. Me dijo que viene a significar padre, en el sentido religioso. Es decir, que le habían puesto el nombre de un cura. Este era simpático, canchero, siempre de buen humor. Las tres chicas venían tocadas con las trenzas proverbiales que usan ahora todas las africanas, insertadas en cuentas de nácar o de plástico. Koumba parecía la de más alto nivel, la mano derecha del jefe. Y se ocupaba de las cuentas y las finanzas del grupo.

El jefe era bastante autoritario con los demás y la verdad es que era el único que tenía un discurso un poco más profundo y elaborado. Los demás pululaban a su alrededor sin hablar más que lo justo. Elvira y Sondra, figuraban en los pasaportes que nos hicieron llegar como secretarias y probablemente lo eran. En estos países, los funcionarios son una casta bastante privilegiada, recuerdo que en Sri Lanka podían acceder a mejores viviendas. Y suelen ser bastante jerárquicos. Sondra me contó que además de trabajar con Ugain regenta un buen restaurante de comida africana en Brazzaville. En fin, por volver a la foto, les diré que seguimos por los restos de la muralla árabe y luego subimos por la calle Mayor, visitando también la iglesia de San Nicolás, cuya torre del campanario tiene vestigios de su pasado como minarete.

Burla, burlando, llegamos al Mercado de San Miguel y allí nos hicieron ver que estaban hambrientos. Les dijimos que el mercado es muy caro y buscamos un restaurante cercano donde pudiéramos conseguir una mesa de ocho. Preguntados sobre qué comida querían, dijeron que les gusta todo. La pregunta no era baladí: cuando me tocó pastorear por Madrid a un grupo de funcionarios del Ayuntamiento de Colombo, resultó que los hinduistas no comían vaca, los musulmanes no comían cerdo y los budistas eran más propensos a las verduritas. Estos comían de todo. ¿Seguro? ¿Por ejemplo, pescado? No, mejor no, no hemos venido a Europa a comer pescado. ¿Y verduras? Pues mejor tampoco. Total que, como yo me imaginaba, querían carnaza. No he visto a nadie que devore la carne con tanta fruición como los africanos en general.

Así que pedimos rabo de toro, pollo en diferentes versiones y costillar de cerdo que hubo que repetir. Los cuatro gordos, en cuanto se daban por saciados, se repantigaban llamativamente en sus sillas. Les entró la flojera de la digestión a todos, con lo que decidimos abreviar el programa. Pero sí queríamos subirlos a la terraza del Círculo de Bellas Artes, para que vieran la panorámica de la ciudad. Y esto les encantó. Hasta el punto que se revivieron, especialmente las chicas. Sondra empezó a coquetear abiertamente conmigo, algo bastante sorprendente, porque no soy precisamente Brad Pitt. Me contó que estaba separada, que tenía dos hijos de catorce y ocho, ambos varones y que quería que fuéramos amigos. Estuvimos por allí zascandileando un buen rato y haciendo muchas fotos y selfies. Abajo tienen dos de ellas.  


Desde allí los acompañamos al hotel. Luego, Werner y yo caminamos un rato juntos, en dirección a Atocha y le comenté lo que me había pasado con Sondra. Y resulta que él había percibido algo similar en Elvire, un interés desmesurado, claramente por encima de lo que es un contacto en un viaje de trabajo. Por cerrar este tema, les diré que, al día siguiente, Sondra estuvo totalmente fría conmigo y yo no hice por seguir con el tonteo. Y a Werner le pasó lo mismo con la otra. No sabíamos qué había pasado. ¿Tal vez habíamos metido la pata, ambos dos, en claves de conducta africanas? Llegué a pensar que el autoritario Ugain les había regañado por sus coqueteos. Pero la clave nos la suministró el propio Ugain, cuando le preguntamos qué tal habían cenado la noche anterior. Su respuesta: oh, muy bien, salí a cenar con Koumba y encontramos un sitio agradable y con buena comida.

¿Lo pillan? No es muy difícil de entender. Koumba viaja con el jefe, a saber si hay algo más entre ellos. Las otras dos van de relleno. Y, con la mentalidad de estos países, saben que para poder cenar necesitan de algún pringado que las invite. Si no, comen un bocadillo con una coca cola, de lo que llevan en sus bolsones gigantes (cuando le pregunté a Sondra el último día que qué coño llevaba en esas bolsas mastodónticas, me dijo en voz baja: comida). Y ellas dos habían elegido a sus pringados, sólo que ninguno de los dos captamos el mensaje. Esa noche, le dijimos a Ugain que al día siguiente tenían que ser muy puntuales: iríamos a recogerlos a la puerta del hotel a las 8.30. La cita era en el APOT a las 9.30 y Ugain apuntó que no hacía falta que fuéramos al hotel, que ellos sabían cómo manejarse en el Metro y podíamos quedar directamente en el lugar, pero nos negamos: se hubieran retrasado una hora.

El miércoles todo salió como un reloj. A las 8.30 estábamos en el hotel y no se retrasaron demasiado. Fuimos en el cercanías a Nuevos Ministerios y de allí en Metro a Feria de Madrid. El sistema de transportes y los intercambiadores les maravillaron: no imaginaban que debajo de la Puerta del Sol hubiera un espacio tan amplio. Mis compañeras les explicaron el Bosque Metropolitano y le dieron margen a Ugain a que explicara lo que están haciendo en Brazzaville, que la verdad es que es bastante interesante, movilizando a toda la población y difundiendo unos conceptos de cuidado del medio ambiente bastante novedosos en el continente africano. En un autobús recorrimos algunas de las parcelas ya reforestadas y luego el bus nos dejó en el Bernabeu, que nuestros visitantes querían conocer, al menos por fuera. Comimos algo y después tomamos el 27 para ir al Retiro, en donde mis amigos del Área de Medio Ambiente les explicaron sus políticas. Algunas fotos de estos eventos.  



En el Retiro, Ugain seguía a pleno rendimiento, pero todos sus colegas estaban muy cansados, así que nos metimos en dos taxis y les acompañamos al hotel. Un día cansado pero productivo. Pero nos quedaba el jueves, el día más decepcionante. Quedamos en el hotel a las diez de la mañana, para darles un poco de margen para descansar. Y a las once aún no habían bajado la mayoría. Teníamos el plan de enseñarles la Plaza de España y un poco Madrid Río, pero no fue posible, nos pasamos toda la mañana en la planta baja del hotel. Ugain necesitaba que le mandaran más dinero, porque tenía que pagarnos algunas deudas pendientes, como el tren AVE a Valencia o los apartamentos allí. Y ya no les mandaban más dinero. Una vez que habían visitado las dos unidades del Ayuntamiento el día anterior, tampoco querían hacer nada más. Mientras Werner y yo asistíamos a las gestiones de Ugain alrededor de una mesa, los demás estaban por el hall derrumbados en los sofás.

Y en un momento dado, el jefe nos planteó que querían ir luego a París. Porque, si alguien de Brazzaville viaja a Europa y no visita la antigua metrópoli colonial, no puede presumir luego; esto de Madrid no es lo mismo. Sondra quería comprarse una cocotte para su restaurante, Regis un equipo de música para su trabajo de Dj y todas las chicas ropa de marca. Como lo oyen. Primera noticia para nosotros de que pensaban ir a París. Y Ugain nos preguntó que para qué iban a Valencia, que había sido idea nuestra. Werner se lo dejó muy claro: ellos habían planteado venir diez días a Madrid y habíamos buscado lo de Valencia para que no estuvieran tanto tiempo en una ciudad que no daba para tanto. Si nos llegan a decir que querían ir a París, lo hubiéramos planificado como un viaje Madrid-París.

En un cierto punto, Ugain nos planteo incluso suspender lo de Valencia. Tenían tren y apartamentos pagados, pero no les importaba perderlos. Hasta ese punto llega su desidia y su desorganización. Y su falta de respeto, porque en Valencia les esperaban dos guías con un programa muy interesante, visitando la Albufera y otros espacios naturales. Al fin le convencimos de que fueran a Valencia. Y Werner y yo nos inventamos un compromiso para irnos a comer solos; ya no podíamos más. Por la tarde, tenían que estar preparados con sus equipajes para bajar a Sol, coger el Metro hasta Chamartín y llegar a los andenes del AVE. Fue entonces cuando aparecieron las tres mujeres con sus bolsones gigantescos. Más el propio Ugain con una maleta también enorme y con las ruedas rotas. Era imposible llegar con eso a Sol.

Les propusimos coger dos taxis. Pero dijeron que bastaba con uno. Lo buscamos, cargamos todas las maletas y Sondra y Koumba se montaron atrás. En ese asiento ya no cabía un tercer pasajero, así que yo me monté delante con ellas. Llegamos pronto, pero la estación está en obras y el taxi nos dejó como a cien metros de la entrada de la estación. Era ilusorio que entre los tres pudiéramos llegar hasta allí con lo bultos. Las dejé en donde nos desembarcó el taxi y fui a buscar unos carritos como los de los aeropuertos. No hay en Chamartín. Pedí ayuda a algunos mozarrones cuadrados, pero no conseguí liar a nadie. Cuando volví, las chicas habían hecho un corro con los maletones y se habían sentado a charlar tranquilamente en ligala, el idioma local. No parecían preocupadas. Llamé a Werner. Ya estaban en el tren saliendo de Sol. Le mandé nuestra ubicación en el Maps para que, cuando llegaran, vinieran a ayudarnos.

Y empezó a pasar el tiempo. Yo me estaba poniendo histérico. Llamé a Werner. El tren se había parado en Nuevos Ministerios y habían anunciado que, por las obras en Chamartín, tenían que volver a Sol. Después de varias llamadas, Werner me dijo que ya estaban en otro tren que sí llegaba a la estación. Pero yo supe enseguida que, si llegaban, subían al hall y salían a buscarnos a cien metros fuera, más luego volver con los bultos, perderían el tren. Decidí que teníamos que mover los bultos hasta la estación entre los tres, como fuera, a rastras. Se lo dije a las chicas, pero se hicieron las locas. Llamé a Werner. Me puso a Ugain por teléfono para que les diera unas voces imperativas. Entonces movieron el culo. Medio a rastras y sudando como pollos, llegamos al control de equipajes a la vez que nuestros colegas. Y nos pusimos Werner y yo a ayudarles subiendo los bultos a la cinta del escáner, porque ellos seguían medio pasmados.

Werner entró con los de delante y yo me quedé ayudando a Sondra, que se había atascado. Pasado el control, no vi a los demás. Hay que llegar frente a una pantalla luminosa donde indican los andenes de cada tren y ante la que hay una multitud. Le dije a Sondra que no se moviera, me acerqué a la pantalla y vi que el tren de Valencia estaba en el andén 16. Teníamos que volver atrás, rebasando la zona del control, y tomar la escalera mecánica de bajada del andén 16. Bajamos a la carrera. En el andén, hay un segundo control de billetes y pasaportes o DNIs. Allí estaba Werner con los demás. Llegamos con diez minutos de margen. Entonces todos nos miraron y preguntaron: ¿Pero dónde está Koumba; no está contigo? Koumbá había bajado con todos, pero luego creyó haberse dejado el bolso arriba y volvió a por él. Su bolso lo tenía Elvire, la llamaron y se lo dijeron, pero no sabía volver. Estaba arriba perdida.

La sola idea de que perdieran el tren y tener que aguantarlos otro día más, me resultaba insoportable. Así que hice lo que suelo hacer yo en estas circunstancias, como ya les he contado en otros posts: echar a correr. La escalera mecánica de subida estaba atestada de gente con maletas ocupando todo el ancho, pero yo salté sobre las maletas, diciendo: por favor, por favor, que he perdido a una señora y vamos a perder el tren. Llegué arriba. No se la veía por ninguna parte. Fui al control de equipajes. Nada. Me interné entre la multitud que miraba la pantalla luminosa. Y entonces la vi. Estaba tan tranquila; era la única persona que no miraba hacia adelante a la pantalla, sino hacia atrás. Corrí llamándola, la cogí de la mano y echamos a correr, aunque llevaba unas chanclas bastante poco adecuadas para ello.

No dejamos de correr en las escaleras mecánicas y, cuando divisé al grupo, levanté la mano libre, señalé a mi compañera y levanté el pulgar. Todos estaban allí, no podían entrar sin ella porque todos los billetes los tenía Ugain en su móvil. Y fueron los últimos en acceder al tren, tras unos abrazos apresurados. Las chicas del control de acceso nos felicitaron, y eso que no sabían por lo que habíamos pasado. Madre mía, qué angustia. Esa noche nos mandaron un whatsapp: habían llegado felices, comido perdices y descansaban tranquilos en sus apartamentos. El que descansó tranquilo esa noche y los días siguientes fui yo. Y Werner, supongo

Algunas reflexiones rápidas, que ampliaré en alguna entrada posterior. Los africanos tienen otro concepto de la puntualidad y de la formalidad. Y son incapaces de programar nada con antelación. Por eso pierden trenes y aviones. Es una rémora cultural que arrastran consigo. Pero esto va acompañado de un corolario muy desagradable: la idea de que a ellos ya los jodieron con la colonización, el esclavismo y la descolonización posterior y ya no tienen que esforzarse, porque ellos son los inocentes, los buenos de esta película; ahora que se esfuercen los blancos. Sé que es muy duro decir esto, pero ya lo explicaré más en detalle. De momento, me dispongo a retomar mi ritmo vital hecho de yoga, inglés, running y blues, para el que confío en que el bueno de Tarik Marcelino Martínez me haga mucha compañía. Sean buenos.  

lunes, 20 de marzo de 2023

1.214. Que vienen los negros

Dicho esto con todo el cariño y respeto posible a unos señores que están abriendo un nuevo camino mental en la misteriosa y baqueteada África. Como lo oyen: finalmente la delegación de Brazzaville ha conseguido los visados para que sus nueve integrantes viajen a Madrid y esta noche, Dios mediando, llegarán a la estación de Atocha, en el AVE de Barcelona. Basta que diga yo en el blog que un asunto parece imposible, para que se solucione. También la llegada a mi casa de Tarik Marcelino Martínez tiene fecha ya reservada: el 29 de los corrientes. La historia de los de Brazzaville es curiosa y la hemos podido reconstruir llenando los huecos correspondientes a los largos intervalos en que no nos cogían el teléfono, conducta típica de la mentalidad africana, que les impide dar informaciones salvo cuando contienen buenas noticias. Ellos dicen que los occidentales tenemos una obsesión por ir contando todo el rato cómo van las cosas, mientras que ellos piensan que hay que tener paciencia, que las noticias ya llegarán y que es un absurdo estar todo el rato explicando que aún no hay nada consistente.

Vayamos por partes. Como les he explicado, Brazzaville es la capital del Congo ex-francés, estado situado en la orilla norte del río Congo, justo enfrente de Kinshasa, la capital del otro Congo, el ex-belga. En el Congo del sur, un país enorme, hay una guerra civil casi desde el primer momento de la independencia, cuando el presidente elegido en las primeras elecciones tras la independencia, Patricio Lumumba, fue secuestrado, torturado y asesinado por fuerzas contrarias a la democratización del país. En cambio, en el Congo-Brazzaville la situación es de calma chicha. ¿Tiene esta disparidad de situaciones relación con el hecho de que, al norte del río, no hay ni la cuarta parte de diamantes, oro, cobalto, litio, etc. que en el sur? Pues pueden ustedes pensar lo que quieran. Yo no lo digo, sólo lo planteo como hipótesis. La cosa es que el Congo-Kinshasa es un lugar peligrosísimo y nada recomendable, donde te puedes llevar un tiro, ser secuestrado, o que te pase cualquier desgracia irreversible.

Brazzaville, en cambio, es una ciudad plácida y relativamente segura, en la que no es casualidad que haya surgido una ONG que se llama Eveil d’Afrique, pionera en una forma de entender el mundo hasta ahora inexistente en el continente. El presidente de esta ONG es el señor Hamed Ugain Kaya Mikala, que es también quien encabeza la delegación a Madrid. Este señor, con algunos de sus ayudantes, viajó el año pasado a Egipto para intervenir en la Cumbre del Clima de El Cairo, en donde les filmaron un vídeo que ya se publicó en el blog. Para ese viaje, el Ministerio de Asuntos Exteriores les tramitó un visado con la embajada egipcia. Eso les hizo pensar que el procedimiento para venir a España sería el mismo. Pero ya les conté que en Brazzaville no hay embajada española, por lo que estos trámites debían sustanciarlos en la ciudad de enfrente, Kinshasa, donde sí hay embajada española.

Viendo que la cosa se alargaba, cruzaron el río, por el único medio disponible entre las capitales de dos estados que se miran con desconfianza mutua: unas lanchas precarias. Allí entregaron sus papeles y les citaron para un par de semanas después. Pero entonces llegó el Papa a Kinshasa y todo el país se cerró, para que la gente saliera con sus banderitas a agasajar al Pontífice. Un país con una imagen exterior tan mala como el Congo-Kinshasa, no se podía permitir el mínimo fallo en una visita que puede precisamente resultar clave para mejorar dicha imagen. El procedimiento de sus visados se paralizó y les impidió cumplir con las primeras fechas previstas. Lo sucedido después da una idea de cómo son estas sociedades y sus peculiaridades organizativas y administrativas. Porque, unas semanas más tarde, la embajada española les respondió por correo: la competencia para los visados que necesitaban no era de esa embajada, sino de la francesa.

¿Por qué? Pues porque está establecido así. Las embajadas europeas dan directamente los visados para temporadas largas en sus países, por ejemplo por un contrato de trabajo o un curso largo en una universidad. Para viajes más cortos, como de una semana, la Comunidad Europea ha centralizado todas las tramitaciones en la embajada francesa. ¿Cómo dicen? ¿Que eso no tiene lógica? Yo no he dicho que sea lógico. He dicho que está establecido así. ¿Y en el caso de Egipto? Pues Egipto no forma parte de la Comunidad Europea. El caso es que en Brazzaville sí que hay embajada francesa. Pidieron hora allí y les dieron cita para finales de este mes. Adujeron que no podían esperar tanto y les adelantaron la cita al pasado día 3. Ese día, como suelen funcionar estas historias, les tomaron las huellas dactilares, entregaron los nueve pasaportes, firmaron documentos y les dieron cita para el viernes pasado.

Después de un tiempo sin que nos cogieran el teléfono, nos llamaron un día con un par de buenas noticias. UNO: al señor Kaya Mikala lo habían nombrado para un cargo oficial, algo así como Delegado Nacional para la Sostenibilidad Ambiental. DOS: el alcalde de Brazzaville les había mandado una carta muy cariñosa apoyando su misión en Madrid, confiando en que ese viaje inicie una relación fructífera entre ambas ciudades y mostrando su disposición a viajar a Madrid en el siguiente viaje que organicen. Y ya. Les preguntamos por los visados y dijeron que no los tenían todavía, que lo que nos habían contado eran unas noticias sensacionales y que los occidentales es que nunca tenemos bastante, coño, siempre queremos más. Y entramos en una nueva fase de incomunicación, momento en que yo escribí mi post anterior. Mi socio en estos menesteres, Werner Dürrer empezaba ya a hartarse de tanta informalidad.

Pero este viernes nos llamaron alborozados: habían acudido a la cita en la embajada francesa y acababan de salir tras recoger los nueve pasaportes con sus flamantes visados para viajar a España. Me los imagino por la calle tirando los pasaportes al aire muertos de risa. Y otra vez volvimos a perder la comunicación con ellos. ¿Qué les pasa ahora? se preguntaba Werner desesperado. Yo se lo expliqué: tenían unos billetes de avión medio reservados para el sábado, pero seguramente los habían perdido por haber tardado tanto con los visados. Algo así les ha debido de pasar, porque lo siguiente que hemos sabido es que llegan desde Barcelona, vía AVE, dos días después de lo previsto. Menos mal que no nos afecta para la cita con mis ex-compañeros de Urbanismo, que tenemos fijada para el miércoles. 

Así que ya lo saben. Los siguientes tres días estaré muy ocupado atendiendo a estos señores de cultura muy distinta de la nuestra, lo que acrecienta mi interés y mi respeto por ellos. El programa es todavía provisional, pero más o menos creo que el martes les daremos una vuelta por el centro para enseñarles la ciudad, el miércoles tenemos el acto programado en el edificio APOT (saludo de mi jefa, conferencia sobre el Bosque Metropolitano a medias entre mi compañera R. y yo y visita en autobús propio por las distintas zonas a reforestar o ya replantadas) y el jueves contacto con el Área de Medio Ambiente y tal vez con algunos activistas climáticos. El jueves por la noche o el viernes, los mandamos para Valencia en donde hay un colega de Werner listo para enseñarles su ciudad. Por cierto, integran la delegación cinco hombres y cuatro mujeres, las mujeres son clave en el despertar y el cambio de mentalidad en África.

Con esta actividad, cierro por el momento este grumo de presión profesional con el que he comenzado el año y que me tiene súper entretenido. Tanto como para no estar pendiente de cosas como la moción de censura que se empieza a dirimir mañana. Yo pongo siempre por delante a las personas, para explicar los diferentes hechos que se van sucediendo en la actualidad y, en este caso, entiendo que el señor Abascal (su culo huele mal, como le cantaban en un concierto de rap no hace mucho) es la representación de un ala muy radical y ultra del PP, que se ha salido del partido y ve que se le está pasando el arroz, porque los catalanes están bastante pacificados (y entonces, ¿para qué Vox?) y que Feijoo está poco a poco, a la gallega, dando entrada en la dirigencia del partido a personajes como Borja Samper, que auguran un sesgo más centrado a medio plazo.

Como no espabile, Vox se puede convertir en un grupo tan marginal como Falange Española. Hasta ahora, lo que han demostrado es que su único objetivo programático es dar mucho por culo, es lo único que saben hacer, son un grupo de activistas que actúa como si no fuera a ganar el poder nunca. Y, para hacer mucho ruido, ¿qué mejor que un circo como el que se avecina? ¿Y qué hay de las razones de Tamames? Pues Tamames es un personaje bastante aislado, al que siempre le ha gustado estar en el centro de todas las salsas, como el vinagre. Tiene 89 años, se siente bien, está activo y la oportunidad le permite volver al centro del cotarro. Y está encantado, no tienen más que ver su gesto en esta mirada al fotógrafo mientras su colega presenta la iniciativa.

Dicho esto, mi única preocupación es que a ver si la va a dar un perreque, que 89 años son muchos. De momento ya se ha decidido que le pongan una silla para su intervención, en vez de intervenir de pié como todo el mundo, imagino que para que no se le salga de sitio la prótesis de cadera que nadie ha dicho que lleve, pero que su andar titubeante y con bastón delata. Para Abascal es un riesgo importante, que le puede salir muy bien o muy mal, nunca regular, porque, en su partido o lo que sea, muchos están disgustados de que se fie todo a que un comunista de toda la vida tenga un buen día y se levante sembrao, algo que para nada está garantizado, porque Tamames ha demostrado por activa y por pasiva que es un verso suelto, que va por libre, que al final va a hacer lo que le dé la gana en función de su humor ese día, que es imprevisible y a menudo le ciega su carácter malhumorado y refunfuñón.

Ustedes lo verán, imagino, por la tele. Yo estaré muy ocupado con los africanos, aunque al tanto de lo que suceda, como también estoy pendiente de las revueltas en Francia, donde Macron ha adoptado una estrategia tan arriesgada como la de Abascal y tiene a todo el país levantado en su contra. Ayer hablé con mis hijos, con motivo del Día del Padre y están tranquilos. Dicen que allí siempre están así, que les encantan el motín y la revuelta, que todos tienen el chaleco amarillo en el perchero al lado de la puerta, listo para ponérselo si hay que salir puño en alto a montar alguna pendencia o reivindicar algún derecho pisoteado. En los próximos días tendré una información precisa y directa sobre la misteriosa y baqueteada África, un mundo a años luz de la protestona Francia. Les iré contando.

Mientras tanto, Samantha Fish está ya en plena gira europea con Jess Dayton y me ha llegado un vídeo de su interpretación, el sábado pasado (anteayer) en Goteborg (Suecia), del clásico de Screaming Jay Hawkins I put a spell on you. Es un archivo de Facebook que espero puedan ver bien. En medio de sus nuevas canciones con su amigo, correspondientes al disco que se publicará en mayo, se detiene un momento para cantar esta maravilla. El micrófono de voz no está demasiado alto, pero es suficiente para contemplar a esta Sam algo más mayor, madura y baqueteada (aunque no misteriosa) dejándoselo todo como de costumbre, apoyada en su fiel bajo Ron Johnson. Como siempre, intercala dos punteos, el primero suavecito y como para calentar y el segundo sensacional. El tipo que ha colgado este vídeo en Facebook escribe al lado que nadie interpreta esta canción como ella y estoy de acuerdo. Véanla pinchando AQUÍ.

Samantha sigue siendo un personaje único, una mujer que se ha colado en un feudo hasta ahora reservado a los hombres, el de la voz y la guitarra en el blues/rock más ortodoxo. Y, como bicho raro, le siguen haciendo entrevistas por donde quiera que aparezca, en las que se muestra transparente. Pero le hacen siempre las mismas preguntas y ya empieza a hartarse de ello. Al llegar a Holanda, recién aterrizada de Australia, volvieron a preguntarle lo mismo otra vez, incluyendo la cuestión habitual: ¿Qué le recomendaría usted a una chica joven que quisiera empezar ahora una carrera como la suya? Su respuesta: ya lo he dicho muchas veces, que se entere bien de cómo funciona el negocio de las discográficas para que no la engañen ni la obliguen a hacer otra música distinta de la que ella quiera hacer. Y, por supuesto, que pague sus impuestos, coma verduritas y beba mucha agua. Fue la última pregunta de la entrevista. Por cosas como esta me sigue fascinando esta mujer. Sean buenos.

martes, 14 de marzo de 2023

1.213. Patitos y percebes

Zona de calma chicha después de la presión de la semana franchute: no me traen al gato por ahora y los de Brazzaville no dan señales de vida ni nos cogen el teléfono. El gato ya iré yo a por él, si no queda otra alternativa, pero lo de los africanos tiene una pinta bastante negra, y perdón por el chiste malo. El asunto franchute salió redondo, el viernes, tras el vino que nos tomamos por la tarde en la Plaza de Santa Ana, varios de los chicos insistieron en hacerse selfies conmigo y en los días siguientes me llegaron sus peticiones de conexión en Linkedin, que acepté todas. Esa noche, como les conté, cené con Alain y Pauline en las Bodegas Rosell. El sábado quedamos los profesores en el mercadillo que se conoce como Mercado de Motores, en la antigua estación de FFCC de Delicias. Llegué a la cita como a la una, tras mi sesión de recuperación de yoga y mi torrija reglamentaria con vinito dulce en La Casa de las Torrijas.

La antigua estación de Delicias está muy próxima a la de Atocha (como están la Gare du Nord y la Gare de l’Est en París), y funcionaron ambas a la par, dedicada la de Atocha principalmente a viajeros y la de Delicias a mercancías. Pero la estación de Delicias se cerró a finales de los años setenta y, en 1984, reabrió como Museo del Ferrocarril. Es este un museo muy interesante donde se pueden ver las viejas unidades de tren de carbón y similares, pero no tiene una gran afluencia de público. Hace unos diez años, a alguien se le ocurrió organizar una vez al mes el llamado Mercado de Motores. Se celebra en el segundo fin de semana de cada mes y reúne a un buen porcentaje de los artesanos de la comarca, junto con numerosos puestos de comidas regionales también más o menos artesanas y un grupo que toca rock en un escenario al aire libre. Está animadísimo. Vean unas imágenes del sitio.



Los chicos no se sumaron a la cita; le habían dicho a Alain que se irían de compras y ya se acercarían por sus propios medios al aeropuerto, donde tenían un vuelo a diferente hora que el de los profesores. Ellos se lo perdieron porque el lugar estaba animadísimo y hacía una mañana casi veraniega. Nosotros estuvimos un buen rato por el mercadillo, yo le compré a mi hijo Kike un plato con fondo rugoso, que sirve para rayar tomate, ajo o lo que se tercie y que ya le llevaré en el próximo viaje. Caminamos hacia Atocha para una última comida y nos despedimos. Antes de dejar el mercadillo nos hicimos un par de selfies para la posteridad, que les muestro abajo.

La verdad es que afronté lo que quedaba de fin de semana bastante cansado, dispuesto a tirarme en mi sofá y dedicarme al samanthing con esmero. El domingo no tuve un buen día. Empecé llevando a Barajas a una amiga que se iba fuera y que al ratito me llamó para informarme de que había perdido el avión. Por suerte, consiguió otro vuelo para más tarde y decidió quedarse por el aeropuerto hasta entonces. Según he visto en la prensa, parece que hay escasez de agentes de policía, por lo que el trámite de atravesar los controles de seguridad se convierte en algo larguísimo y en la última semana cientos de pasajeros han perdido sus vuelos sin que las compañías tengan que indemnizarles, al ser culpa del Ministerio del Interior.

Dediqué la tarde a seguir a mis equipos de futbol más queridos, el Dépor, el Dépor femenino y el Real Madrid femenino, porque en él juega mi admirada Athenea del Castillo. Todos jugaban por la tarde y ninguno de los tres consiguió ganar. En realidad, seguí el partido del Dépor por la tele, de los otros dos me informaba de vez en cuando de cómo iban. El partido del Dépor fue un calco de cualquier otro de los suyos: salen en tromba, le pasan por encima al equipo contrario y, en cuanto los otros tienen una ocasión peligrosa, les entra la cagalera. En el minuto 30 de partido el resultado podría ser ya 3-0, pero era 1-0. Y, después de la larga cagalera, acabó en empate a uno. Por este tipo de partidos hay una peña que se llama Cuanto sufrimos, Martín. De momento, el equipo va de segundo a dos puntos del líder que será el que suba directamente. Veremos si mejoramos de alguna forma.

Para acabar de redondear un domingo nefasto, por la noche le dieron el Oscar a la película, o lo que sea, más nefasta de la historia del cine. No se crean que es una manía mía: es que al menos dos críticos han escrito que hubieron de parar de verla porque no la soportaban y luego la han terminado de ver en tres trozos, por estricto deber de periodistas. Uno de ellos, Carlos Boyero, ni siquiera la considera una película y se refiere a ello como cosa. En general estoy bastante de acuerdo con el crítico de La Voz de Galicia, cuya opinión pueden leer AQUÍ. La cinta es una astracanada-patochada estridente, demencial y sin gracia ninguna, a un ritmo trepidante difícil de soportar. Mal vamos si el cine del futuro es esa mierda.

Ayer lunes ya reanudé mi rutina con el yoga y la comida en Ricla. Hoy martes no hay mucho que reseñar, he tenido mi clase de inglés y luego han venido los floristas a reordenarme las plantas de la terraza, cita que parecía que nunca iba a llegar. A mediodía he comido con cuatro compañeras de trabajo a las que por diferentes motivos no veía desde antes del verano. La cita ha sido en un restaurante del Mercado de Antón Martín, un poco del estilo de La Llorería, aunque yo prefiero el de mi amigo José por motivos obvios. Hemos hecho bastantes risas, incluso una de ellas que ya es abuela nos ha contado que su nieto, que tiene bastante oído musical, canta todo el rato la canción de Shakira con la letra ligeramente modificada: Uh-uhú-uhú-patitos como tú-uhú-uhú. Me parece genial. Es una variación similar a la del coro navideño infantil que montaban los vecinos en una casa en la que yo viví, y que con toda convicción entonaba el Adeste-Cibeles.

Y aquí sigo con mi rutina. Mañana comienza la gira europea de Samantha Fish con el concierto en el Melkweg de Ámsterdam. Ya les he dicho que esta versión de Sam con su colega Jess Dayton no es muy de mi agrado y además ya la veré en París a finales de mayo. Si viniera con su grupo titular no me importaría viajar para verla alguna vez más y aprovechar para recorrer mundo, pero no es el caso. Por cierto, en junio el gran Buddy Gay, el último gran bluesman que queda vivo, el de la camisa de topitos, tocará un concierto fastuoso en un escenario al aire libre en el Central Park de Nueva York. Y ha invitado al evento a nuestra Sam y al gordo Christone Kingfish Ingram. A este concierto sí que me encantaría asistir. Vean el cartel.

Buddy Guy es, a sus ochenta y seis años, una leyenda viviente. Desde su estudio en Chicago, llevó el blues hasta sus límites actuales y fue el que abrió el camino compositivo y armónico a Jimmy Hendrix, Eric Clapton o Stevie Ray Vaughan. Este hombre ha hecho dúos con todo el mundo y, buscando por los archivos de Youtube, he encontrado este de una actuación en la Casa Blanca, ante Barack Obama, en compañía de Mick Jagger, Jeff Beck y Gary Clark jr. De este último vimos no hace mucho un dúo con Samantha realmente fabuloso. En esta ocasión, Buddy, que se ha vestido de gala, se los come a todos, qué manera de improvisar con la guitarra y hasta con la voz. Bueno, a todos, menos a Jeff Beck. A este no se lo comía nadie, con su forma de tocar con el pulgar mientras sujetaba la palanca del vibrato con los demás dedos. Disfruten de esta breve maravilla.

Jeff Beck nos dejó hace pocos días, a pesar de que estaba fenomenal de salud y debía darle duro al gimnasio para mantener esos músculos que mostraba siempre. Jeff fue siempre un tipo genial, a cuya carrera no le favoreció el hecho de que no quisiera cantar. A él le daba igual, tenía el suficiente dinero para vivir y lo único que le interesaba era investigar con la guitarra. En los años 60, Jeff formó parte del mítico grupo Yardbirds, donde también comenzaron Eric Clapton y Jimmy Page, que más tarde fundaría Led Zeppelin. A un miembro de este grupo, que coincidió con los tres, le pidieron años más tarde que hiciera una valoración de ellos. Y dijo lo siguiente. Clapton era la ortodoxia, el hombre de blues que aseguraba la estructura musical clásica para improvisar sobre ella. Page era la energía, necesitaba la guitarra para canalizar ese sobrante de energía que tenía. Y Jeff, qué se puede decir de él: era imprevisible, nunca sabías por dónde te iba a salir, era un puto genio.

Eric Clapton, de quien he leído que está viejo y medio sordo (en aquello tiempos los músicos de rock no usaban tapones para los oídos), ha organizado un concierto de homenaje a su amigo que se celebrará en Londres este mes de mayo. Numerosos artistas han confirmado su participación y ya se van a poner a la venta las entradas. Abajo pueden ver el cartel. La verdad es que hay un montón de motivos para salir de viaje por el mundo adelante. Pero yo he empezado el año con diversas ocupaciones lectivas y lúdicas en cadena que me han llevado hasta el punto en el que estoy. Y no puedo pensar más allá de los de Brazzaville y mi futuro gato Tarik Marcelino Martínez. En cuanto tenga estos asuntos controlados, veré qué se me ocurre para entretener mi tiempo de jubilado activo.

Mientras tanto, el mundo evoluciona a toda velocidad, a veces en el sentido equivocado, como en el caso de la memez que se ha llevado todos los Óscar este año. Otras en la dirección correcta. Pero hay cosas que permanecen. Anoche vi de nuevo la película La playa de los ahogados, después de descubrir que estaba en Netflix. Y me vino a la memoria Domingo Villar, el escritor de Vigo que también nos dejó hace poco, a los 51 años, por un ACVA, accidente cerebro vascular agudo. Tuve el privilegio de conocerlo en la Feria del Libro de 2009, un día en que ambos estábamos firmando nuestros libros respectivos. Me acerqué a comprar el que él promocionaba, precisamente La playa de los ahogados, y me hizo una dedicatoria muy cariñosa. Y, desde luego, nos identificamos como seguidores cerrados del Celta y del Dépor.

En realidad Domingo Villar es un hombre que alcanzó la fama con sólo dos libros: el primero Ojos de agua, que yo había leído. Le conté que me encantaba el contraste entre los dos policías, uno gallego y el otro maño; que yo tenía una rama familiar maña y me parecía que los caracteres de los dos policías estaban perfectamente dibujados, como estereotipos regionales. Le hizo mucha gracia y me reveló que él también tenía una familia política maña en cuya matriarca se inspiraba para los diálogos de su personaje aragonés. La playa de los ahogados fue un éxito rotundo y poco después se convirtió en película, para la que el propio Domingo escribió el guión. Pero no volvió a publicar más novelas en diez años, hasta 2019. Ese año salió a la venta El último barco, un tocho de más de 700 páginas que no he leído, aunque me dicen que es también muy bueno. No tuvo tiempo de escribir más.

Viendo la película, recuperé un poco el espíritu de las cosas auténticas, las que permanecen por muy enloquecido que esté el mundo. Como en sus libros, en el film se huele el mar y se siente su presencia benefactora. En estos días de calma me invade un poco la nostalgia de las tierras y las gentes gallegas. Leo por ahí que la asociación de percebeiros de La Coruña está preparando la propuesta de que el percebe gallego sea considerado como Patrimonio de la Humanidad. Yo creo que es una idea muy justificada. Por aquí nos preparamos a asistir a otra astracanada-patochada, la de Ramón Tamames haciendo el ridículo delante de todo el país, con su mal genio y su voz debilitada de octogenario. Ya les he dicho que lo único que me preocupa de ese circo lamentable es la posibilidad de que le dé un perreque. Mientras esto se cocina, un niño le canta a los patitos como tú y a alguien se le ocurre proponer que el percebe sea patrimonio de la UNESCO. Lo auténtico frente a lo impostado. Lo eterno frente a lo intrascendente. Sean buenos como de costumbre.

viernes, 10 de marzo de 2023

1.212. Resaca de franchutes

Bueno, les anuncié tres semanas temáticas sucesivas: la semana franchute, la semana gato y la semana Brazzaville. La primera se ha cumplido con buenos resultados, como les voy a contar. Pero las otras dos están en el aire. Mi amiga Tato ha anulado el viaje que tenía previsto el día 14 para traerme desde Portugal a mi nuevo compañero Tarik Marcelino Martínez y ya veremos cuando podemos organizar la cosa para que me haga con él. Y en cuanto a los de Brazzaville, todavía no tienen el visado, así que cualquier cosa puede suceder. Incluso que mi jefa y su equipo se harten del tema y digan que ya no les van a recibir. Vivimos en un mundo lleno de incertidumbres, tanto individuales como colectivas. Hay que echarle paciencia.

El ciclo franchute se inició el mismo domingo 5, con la llegada de Alain Sinou y su ayudante Pauline Villain. Esa mañana había visitado la exposición de fotos sobre el realojo de Palomeras en el Centro Cultural Paco Rabal, en Vallecas y no en Entrevías, como acertadamente me puntualizó un lector, en compañía de mi amiga Sonia, de la ETSAM. Me pareció muy buena, eran imágenes tomadas por el fotógrafo Santi Vaquero de los momentos duros del barrio, con protagonismo de la asociación juvenil Hijos del Agobio, los primeros festivales de rock de Vallecas, las manifestaciones políticas, los puestos de venta de libros auspiciados por el Partido Comunista, con Ramón Tamames en todas las portadas, como autor o como prologuista, la demolición de las chabolas y los gitanos llevándose lo que podían de los restos. Hice fotos a algunas de las imágenes más impactantes de la expo y no tengo inconveniente en reproducirlas aquí.







De ese mundo y de esos años venimos todos. Ahora, Vallecas tiene centros culturales tan grandes e interesantes como el Paco Rabal. Desde allí caminamos hasta la estación de cercanías Asamblea de Madrid, para cruzar a Entrevías, ver por fuera la casa de la calle Peironcely número 10, inmortalizada por la famosísima fotografía de Robert Cappa que les pongo más abajo. A cuenta de esta foto, el Ayuntamiento ha desalojado la casa, que estaba ocupada por un montón de familias a las que se ha realojado en viviendas sociales, para dedicar este inmueble a un museo de la memoria del barrio. Un proyecto iniciado por la señora Carmena, que el actual alcalde no ha anulado, si bien tampoco parece mostrar mucho entusiasmo por la creación de dicho museo. De allí caminamos al Centro Social de Entrevías, que me enseñó mi amigo Henry Guitar con motivo de un concierto de su big band y que a Sonia le encantó. Después de unas cervezas nos volvimos a casa. Aquí la foto de marras.  

Al atardecer, bajé a la Plaza de Santa Ana a encontrarme con Alain y Pauline y cenar algo con ellos. Pauline es una mujer menuda, con gafas, muy francesa, que vive a 40 kilómetros de París y cada día baja a la ciudad para sus actividades académicas. Me contó que su marido es un personaje muy rural, que necesita vivir en el campo. Ella le quiere y lo acepta. Un esquema clásico que jamás criticaré. También me contó que hace yoga todos los días del año: treinta minutos al levantarse. Comimos ensaladilla, pulpo a la gallega y rabo de toro en uno de los bares de la plaza y terminamos de organizar la semana lectiva que comenzaba al día siguiente. El lunes llegaban los alumnos, 19 en total, se acomodaban en el hotel y Alain se los llevaba a hacer un recorrido de plazas por el centro de la ciudad. Ese día no se contaba conmigo, por lo que pude ir al yoga y a comer al Ricla. Con motivo de la avalancha franchute, esta semana me he perdido las dos clases de inglés, la de yoga del jueves y mis sesiones de running, que se suman a las que perdí la semana pasada por diferentes motivos.

El martes empezaba lo bueno. Quedamos todos en el Metro de Moncloa para bajar andando a la ETSAM, donde nos esperaba Sonia. Nos habían asignado el aula 1N5 en el edificio nuevo. Todo salió más o menos según lo previsto. Digo más o menos, porque en primer lugar los alumnos se retrasaron y llegamos a la ETSAM a las 10. Luego, Alain me pidió que sus chicos explicaran primero su análisis del proyecto en torno al Canal de Saint Denis, en París, para compararlo con Madrid Río, porque habían trabajado mucho en ello y estaban deseando contarlo. Realmente era interesante, pero se estiraron hasta las 10.30. Así que a mí sólo me quedó media hora para contarles el Madrid Río. Por fortuna, no había una clase después de las 11.00, límite hasta el que habíamos reservado, y yo pude contar todo mi rollo hasta después de las 12.

Salimos a buscar la parada del bus 46, que nos llevó a Príncipe Pío, para iniciar allí el recorrido de Madrid Río. A medio camino paramos para comer, los profesores en una terraza del parque, mientras los chicos se dispersaban a buscar algunos sándwiches o algo más barato. Por la tarde continuamos hasta el Matadero, pero estábamos todos reventados, con excepción de Alain que es incansable. Yo también soy duro, pero durante la comida me dio mucho el sol en el cocoroto y me debí de pillar una especie de insolación. En el bar del Matadero, los profes entramos un momento a los aseos y, a la salida, los chicos habían desaparecido. Estaban tan cansados que, en cuanto pudieron, salieron pitando al Metro de Legazpi. Alain quería tomar una última cerveza, pero le dije que me encontraba un poco mal y que tenía que irme también.

Realmente no me encontraba bien. En casa me ardía la cabeza. Me embadurne bien de aftersun, pero la cosa no mejoraba. Entonces me puse el termómetro: tenía 38,3 grados. Así que cené algo muy ligero, me tomé un ibuprofeno y me metí a la cama a sudar, completamente agotado. Al día siguiente me desperté empapado pero ya fresquito. El día anterior, mi contador de pasos había rebasado los 20.000, pero lo peor fue el tema de la insolación. Me duché largamente y tomé el Metro en dirección a mi antiguo trabajo. Mis sensaciones en los cambios de línea y los diferentes recorridos me resultaron muy familiares y gratos, igual que el mero hecho de madrugar para ir a trabajar. Nostalgia de tiempos recientes. Teníamos una primera cita a las 9.00 con Alain y Pauline, para visitar brevemente a un colega, mi amigo F. cuyo nombre no les pongo porque es lector de este blog y no tengo su permiso. Se trataba de que nos contase el sistema por el que se gestionan las obras y proyectos en la Ciudad Universitaria, para que los franchutes lo comparasen con lo que ellos hacen en la Paris Huit. 

Finalizada la reunión, bajamos en el ascensor al hall de planta baja, donde habíamos quedado en reunirnos con los alumnos. Pero allí no había nadie. El día anterior le había pedido a Alain por favor que los chicos fueran puntuales y que esta vez hablarían en segundo lugar, si quedaba tiempo. Conmigo no hay problema, soy de confianza, pero el miércoles íbamos a ver a una señora Directora General, que había movilizado a todo su equipo y no podíamos disponer de su tiempo libremente. Empezábamos ya a renegar de la impuntualidad de los chicos, cuando me entró una llamada. Era la secretaria de la Directora, que me preguntó dónde estábamos. Le contesté que los profesores estábamos en el hall de planta baja, pero allí no había ningún alumno. Empezaba ya a disculparme cuando me cortó: no había nadie en planta baja porque estaban todos en la sala de reuniones de la planta quinta, sentaditos y esperando; sólo faltábamos nosotros.

La jornada del miércoles fue fabulosa, Isabel Calzas, la Directora General de Vivienda y Rehabilitación, les hizo una exposición magnífica y quedó hueco para que ellos contaran la política de renovación de los barrios de vivienda social que rodean Saint Denis. Luego caminamos hasta la parada del bus 112 para ir todos al Barrio del Aeropuerto, la joya de la corona de la rehabilitación de barrios que desarrolla la Estrategia de Regeneración Urbana que diseñamos en los tiempos de Carmena, bajo el modelo de planificación estratégica. Yo no había vuelto al barrio desde que hicimos la sesión de participación ciudadana en la sede de la asociación de vecinos, una especie de caseta de obra adosada al bar Los Amigos. Prácticamente, el local y el bar son los únicos edificios originales no renovados. Los bloques de viviendas han modernizado sus instalaciones, el aislamiento térmico y la estética de las fachadas, además de dotarse de ascensores externos. Y se han reurbanizado varias calles.

En el barrio nos esperaba la gente de la EMV que se encarga de la gestión de estas obras, el presidente de la asociación de vecinos, que se llama Cañabate y con el que me di un abrazo, y también los técnicos de la contrata que hace las obras. De modo que Alain y sus chicos pudieron tener respuesta fundamentada a todas las cuestiones que plantearon. Realmente fue una sesión muy interesante, y con el complemento de ver los edificios rehabilitados o en obras. Desde allí, les indicamos a los chavales en dónde podían coger un bus para el centro y los tres profes decidimos comer por allí en un barete obrero suburbial con menú del día, que sé por experiencia que a Alain le encantan. Después de la comida nos retiramos y es la primera vez que he visto a Alain un poco cansado. Bajamos al centro en bus y Metro, directos a una merecida siesta.   

Los franchutes en pleno habían quedado a las siete para visitar el museo Reina Sofía, que ese día era gratis, plan del que yo me descolgué para acudir a mi clase de guitarra con el gran Henry. Ciertamente ese día resultó redondo, funcionó todo como un reloj y yo estaba muy contento. Y llegamos a la sesión del jueves. Tal vez por mi estado de euforia, los dioses traviesos que juegan a los dados con nuestro destino decidieron darme un toque para que no me viniera tan arriba. Porque ese día me vi boicoteado sucesivamente por los elementos, aunque finalmente conseguí mostrarles mi presentación. Sonia no podía esperarnos ese día, porque tenía clase, pero nos dijo que el bedel tendría abierta el aula 1N5. Llegamos y estaba cerrada. Estaba en cambio abierta la 1N3. Decidimos colarnos y empezar a trabajar. Si luego el aula no era para nosotros, ya nos iríamos a donde se pudiera continuar.

Yo traía mi presentación en un pen-drive, el mismo que había usado el martes sin ningún problema. Pero resultó que el equipo no lo reconocía. Lo intenté un montón de veces pero lo único que conseguí fue que el archivo de mi charla se averiara. A la salida, nos encontramos con Sonia, que quería despedirse del grupo y, desolada, me confesó que el equipo del aula 1N3 es peligroso, que a ella ya le había estropeado varias presentaciones y le había metido virus en sus pen-drives. Y que no sabía por qué el bedel se había confundido de aula. Yo ya había empezado a pensar en los dioses juguetones, pero no dije nada. El caso es que les dije a los chicos que lo que les pensaba contar podía hacerlo in situ en los edificios que íbamos a visitar luego. Que lo único que faltaría serían las imágenes históricas de cómo eran esos edificios antes.

Porque de eso iba la jornada, de contenedores abandonados reciclados para nuevos centros culturales. Los alumnos sí que pudieron exponer el tema y mostraron tres casos de París. El primero, el Museo Picasso, instalado en un antiguo hotel de lujo cerrado. El segundo, el Centro Social 104, en la antigua empresa pública funeraria. El tercero el nuevo museo de la colección Pinaud, en el edificio de la antigua Bolsa de Valores. Tras esta exposición, nos despedimos de Sonia y regresamos a pie a Moncloa, para tomar el Metro a Legazpi. Allí les mostré el Matadero y la Colonia Pico del Pañuelo, construida enfrente, precisamente para alojar a los trabajadores del propio matadero central. De allí, en autobús, fuimos subiendo por el eje de Delicias para visitar sucesivamente los restantes edificios de mi presentación.

Primero, la antigua estación de Delicias, recuperada como Museo del Ferrocarril. La estación de Atocha, desplazada unos metros hacia afuera para dedicar la vieja nave a un jardín botánico. El antiguo Hospital de San Carlos, reciclado como Museo Reina Sofía. La Serrería Belga de los Pinares del Paular, reconvertida en el Medialab, ahora cerrado por la ignorante de la concejala de Cultura del Topillo que quiere hacer un museo en un edificio que no vale para eso. Es ésta una historia que también contiene una enseñanza para los estudiantes, que Alain resumió en un concepto: la fragilidad de los logros ciudadanos, por los que hay que seguir luchando siempre. Estábamos enfrente de mi casa y les propuse que me esperasen un segundo, que iba a por mi ordenador para enseñarles por fin mi presentación, antes de ver el último edificio de la serie: el Museo Caixaforum, antigua Central Eléctrica del Mediodía.

Subí a por el aparato y me rodearon en la propia Plaza de las Letras, donde me subí al banco y abrí el ordenador. La presentación se veía perfectamente. Pero entonces se puso a llover, el único momento del día en que cayeron unas gotas. Estaba claro el boicot de los elementos, o de los dioses traviesos. Yo no me rindo fácil, así que caminamos hasta el espacio que hay bajo el propio Caixaforum, a resguardo de la lluvia. Este es un lugar con mucho eco, que los niños del barrio adoran para cruzarlo corriendo con cualquier disculpa, gritando como posesos y montando un estruendo insoportable. Última versión del boicot: durante mi parlamento sucedió dos veces y tuve que parar de hablar hasta que se fueron los niños. A mis oyentes ya les daba la risa. Pero les pude mostrar las imágenes antiguas y se quedaron de piedra cuando vieron las tres de la plaza de Atocha: años 20, años 70 y actual.



Visitamos el Caixaforum y allí me despedí de ellos. El primer plan era que los chicos volasen hoy a París, y los profesores mañana sábado. Pero el vuelo de hoy se ha suspendido por los disturbios en París que han obligado otra vez a cerrar el aeropuerto de Orly. Así que se van mañana en dos vuelos vespertinos. Eso da pie a nuevos planes. Hoy a las cuatro nos veremos todos en la plaza de Santa Ana, para tomar un vino juntos. Había prevista una sesión de cierre y conclusiones, pero Alain ha decidido que mejor nos tomamos un vino, que los estudiantes han de madurar y procesar la avalancha de información recibida y que ya irán trabajando sobre ella a lo largo del curso. Por la noche, hemos quedado Alain, Pauline y yo a cenar en la Bodegas Rosell.

Una última historieta en relación con esto. Yo, de todo este sarao, no me llevo un duro. Alain lo sabe, conoce también a cuánto asciende mi pensión y está obsesionado por pagar en todos los bares y restaurantes en los que nos tomamos algo. Y yo, como buen español, me resisto. Nuestra primera cita fue en la Cervecería Santa Ana. Alain usó un truco que ya le conozco. En cuanto terminamos nuestras cervezas y raciones, se puso súbitamente en pie, como si tuviera un muelle en el culo y se abalanzó al camarero ya con la tarjeta visa en la mano. Yo le comenté a Pauline que ese era su truco habitual y luego les dije que la siguiente era mía.

En la terraza de Madrid Río, Alain fue un momento al servicio, que estaba detrás de nosotros y yo le dije a Pauline que iba a imitar el truco de mi amigo, me puse de pié, pero en ese momento Alain salía del aseo, me vió y echó a correr para adelantarme. Reaccioné rápido, le gané la posición y lo aparté a manotazos cariñosos para pagarle al atónito camarero. En el restaurante suburbial del Barrio del Aeropuerto, le comenté a Alain que esta vez era su turno, pero que mañana sería el mío. Dijo entre dientes, muy bien, hoy pago yo y mañana ya veremos. Pero en el restaurante del jueves enfrente del Matadero ya se dio por vencido y me dejó pagar con una pena un poco cómica.

Hoy de nuevo le tocará pagar a él en las dos citas, la primera porque involucra a todo el grupo y la de la noche por el turno pactado. Como colofón queda decir que el viaje de Alain ha sido todo un éxito, que ya sabe que cuenta conmigo para lo que quiera y que creo que es consciente de que tiene un chollo conmigo, lo mismo que les ocurre a Sonia y a Werner, si bien este último hace por pagarme algo. La verdad es que hago esto porque me gusta, porque aprendo yo también y porque siento que hago algo útil, las tres motivaciones que tenía yo en el trabajo cuando era un ciudadano activo. Relacionadas con la filosofía ikigai, ya saben: haz lo que quieras hacer, haz aquellas cosas en que te consideras bueno y puedes buscar la excelencia, haz trabajos que te permitan ganar discretamente dinero sin pensar en hacerte millonario, y haz cosas que realmente sirvan a la colectividad o a una parte de ella. Esta semana yo he cumplido con esas directrices.

*     *    *

He puesto tres asteriscos porque he parado un rato para hacerme una comida de pasta y salir a la plaza de Santa Ana. Allí nos hemos reunido todos para tomar unas cervezas o unos refrescos, excepto Alain y yo que nos hemos obsequiado con sendos gin-tonics que ha pagado él. Hemos estado un buen rato al sol en una terraza, donde Alain les ha preguntado a los chicos qué era lo que más les había impactado en este viaje. Las respuestas han sido variopintas: el tamaño del parque Madrid Río, los ascensores externos de los bloques del Barrio del Aeropuerto, el centro cultural Matadero, el ambiente y la vida de las calles, lo bien pintadas que están las fachadas y la variedad de colores. Se volverán a París encantados. Pero Alain ha averiguado que mañana hay Mercado de Motores, ese mercadillo de antigüedades que se organiza una vez al mes en la antigua Estación de Delicias que visitamos por fuera ayer.

Así que el ataque franchute continúa. Dentro de un rato bajaré a coger sitio en las Bodegas Rosell, donde he quedado a las 8.00 con Alain y Pauline porque, en viernes, más tarde es imposible encontrar mesa. Mañana iré en ayunas a mi sesión de recuperación de yoga, luego recalaré en La Casa de las Torrijas para desayunar en condiciones y, desde allí, caminaré a Delicias para encontrarme con todos los franceses. Comeremos algo por los puestos del mercado y, como ya vamos a estar cerca de Atocha, les he propuesto a Alain y Pauline llevarlos en coche al aeropuerto; soy un taxista cojonudo. Los chicos viajan a otra hora y cogerán el bus amarillo. Por cierto, esta noche pasada han debido coger otro hotel diferente, porque en el anterior no había plaza. Y, si han viajado con Ryan Air, Hay-birria o cualquier otra línea aérea de baja estofa, no les habrán pagado ni un duro de indemnización por la suspensión del vuelo. Lo dicho: sean buenos.

lunes, 6 de marzo de 2023

1.211. Baeza y la libertad

Realmente mi viaje a Baeza de hace unos días estuvo lleno de pequeñas historias que merecen ser reseñadas en este blog. Empiezo contándoles que el miércoles asistí a mi clase de guitarra con Henry y me disponía a irme porque estaba cansado y me esperaba un jueves muy intenso, cuando vino por allí un chaval que está aprendiendo guitarra eléctrica y batería (Henry Guitar toca ambos instrumentos, además del trombón de varas). El chaval traía su propia guitarra y en la sala hay una batería completa. Henry me dijo que me quedara un rato más y nos juntamos a tocar los tres, yo con la guitarra de acompañamiento, en torno a una melodía que habíamos estado ensayando durante la clase, Henry haciendo punteos con la eléctrica y el chaval a la batería.

Y se produjo el milagro. De pronto todo aquello se empastó, empezó a sonar de puta madre, el cansancio desapareció de mi mente y fue una especie de catarsis, una elevación, una epifanía musical en la que no terminábamos nunca y volvíamos una y otra vez a las diferentes secuencias armónicas. Nunca en mi vida había tocado en grupo y les puedo jurar que es una experiencia fantástica. Seguimos y seguimos hasta que el propio Henry decidió parar. Yo tenía los dedos de ambas manos como morcillas, porque hay que tocar muy fuerte para que no te tapen entre la eléctrica y la batería, pero hubiera seguido indefinidamente. Una maravilla. Un subidón decisivo en mi vocación guitarrera.

El jueves, después del yoga, me pasé por el Ricla a comer, pero sólo me tomé un doble de cerveza y sustituí el habitual segundo por un café solo para coger la carretera en condiciones. El viaje al sur transcurrió sin mayores incidencias, había muchísimo tráfico, sobre todo camiones enormes que todo el rato atestaban el carril derecho de la autovía. A veces alguno se ponía a adelantar y montaba un quilombo considerable. Hablando de esto de las carreteras, les planteo una cosa. La autovía de Andalucía toda la vida se había llamado la A4. Hasta que, de pronto, pasó a ser denominada la E5/A4. Y digo yo: ¿creen ustedes que este cambio de denominación aporta algún valor añadido al sistema nacional de carreteras o a su funcionalidad? 

Yo pienso que ninguno. Si ustedes conocen alguno, les ruego que me lo expliquen a través del sistema de comentarios del blog. Lo que tengo muy claro es que ese cambio sí aportó un valor añadido a las cuentas de la empresa de cartelería que hubo de encargarse de cambiar todas y cada una de las señales de la carretera, para que dejara de ser la A4 y pasara a aparecer como la E5/A4. Alguien decide que se acometa un cambio de nomenclatura que no sirve para nada y hay una empresa que factura, como las mujeres a que alude Shakira. Capitalismo puro y duro. Y, a menudo, se descubre después que en la citada empresa trabaja algún familiar del político que adoptó la decisión. Es el necesario engrase que hace funcionar el sistema y yo creo que es estructural, el mundo no funcionaría si no existiera.

Conseguí llegar a Baeza con un resto de luz menguante en el anochecer andaluz. Encontré el hotel y a partir de localizarlo me puse a buscar un lugar donde dejar el coche sin tener que pagar parking. En el pueblo hay muchas plazas azules, de pago, muchos sitios prohibidos o de carga y descarga y también lugares gratis. Me detuve detrás de un lugareño que se afanaba en arreglar algo de su coche con el capó levantado y le pregunté si podía dejarlo detrás del suyo. Me dijo que no era una buena idea, porque estorbaba la entrada de su casa, que mejor me fuera al final de la calle, que terminaba frente a la plaza de toros. Seguí su consejo, encontré muchos lugares donde elegir, dejé el coche y caminé hasta el hotel con mi maletita en la mano.

El Hotel Baeza Monumental es excelente, tres estrellas, 40€ la noche y muy bien situado para mi concierto del viernes. Lo regenta prácticamente en solitario una chica colombiana muy graciosa, que me explicó cómo entrar desde la calle por la noche y los demás trucos, porque ella se iba en cuanto yo me instalase. Hablamos mucho rato, me dijo que era de Pereira y se sorprendió de que yo conociera su ciudad, que visité hace una eternidad con motivo de un congreso de urbanismo. ¿Así que entonces es usted arquitecto? me preguntó. Bueno, lo era, ahora estoy jubilado repuse, a lo que inmediatamente me regañó: ¡Señor! Un arquitecto lo es para toda la vida. Le pregunté dónde podía encontrar un bar para ver el partido Madrí-Barça con unas cervezas y algo de picar. Me dijo que ella no era muy futbolera, pero su marido sí, y me aconsejó bajar hasta la plaza porticada, para tomar allí la calle peatonal de San Pablo. Al final de esa calle hay tres bares y a su marido el que más le gusta es el Pedrito.

Seguí su consejo, bajé bien abrigado hasta la plaza porticada (pasando por delante del Café Teatro Central) e ingresé en el Pedrito. Encontré un rincón en la barra desde el que se veía muy bien la tele de pantalla gigante y empecé a pedir cervezas, que aquí se sirven con tapas generosas. Además de estas tapas me pedí media de chopitos y otra media de berenjenas con miel, como ya conté en el post anterior. Estaba todo muy bueno. El público era íntegramente madridista, aullaban cada vez que el Real estaba a punto de meter gol y se desesperaban porque el gol no llegaba.

Al rato ya estaba integrado en una peña de tres tipos con aire de agricultores, cuellos de toro, barrigas prominentes, voces muy roncas de cantaor flamenco y acento súper cerrado. Uno de ellos proclamaba desolado: Er Carvajá ece, ci no zabe centrá, ¿pa qué centra, hombre? Si llega a marcar el Madrí, estoy convencido que me hubiera fundido en un abrazo con el tipo (como ya me ha pasado más veces, viendo fútbol con desconocidos en los bares) pero no sucedió, así que fue sólo una posibilidad, una de tantas cosas que pueden suceder y no suceden, sino que se quedan en el puro albur. Pagué, volví andando y dormí como un tronco en la magnífica cama dura del hotel.

El viernes me levanté relativamente pronto, me vestí y salí a buscar un bar donde desayunar. En el comienzo de la plaza porticada (que ahora se llama de la Constitución, no hace falta ser muy agudo para adivinar cómo se llamaba antes) encontré la única terraza en la que daba el sol a esa hora y que naturalmente estaba llena. El bar se llamaba K'novas, seguramente propiedad de algún Cánovas que se las quiso dar de moderno con el nombre. Me tomé un café con leche, media tostada y un segundo café. Y me volví al hotel a terminar el post que tenía a medio escribir y hacer tiempo hasta que el ambiente templara un poco. Luego me orienté hacia la ciudad antigua, donde estuve callejeando por entre los vetustos edificios que la caracterizan. Baeza fue, entre las ciudades grandes de Jaén, la primera en ser reconquistada, por lo que fue la capital de la provincia hasta que ésta se trasladó a Jaén. Pero siempre conservó una especie de prosapia antigua, que se respira por su entramado de calles entre edificios de piedra, portones señoriales y patios con palmeras y naranjos.

Yo había visitado hacía mucho Úbeda y Baeza y recuerdo que, en general, me había gustado más Baeza. Entré en el patio de la Universidad Internacional de Andalucía (UIA), visité la iglesia de la Santa Cruz y me asomé a la catedral, pero desistí de entrar al ver que costaba 5€ (6 para los no jubilados). En realidad, lo que yo quería era callejear por ahí, puesto que por la tarde tenía una visita guiada. Alcancé el llamado Paseo de la Muralla, desde el que se divisa un paisaje privilegiado. Baeza está edificada en un cerro escarpado y el paseo bordea el caserío frente al valle del Guadalquivir. Al frente se ven varias sierras, la de Mágina en el centro, la de Cazorla y otras a la izquierda. Al fondo, la sierra Nevada, que sólo se ve en los días súper claros. Andando por allí me llegó un Whatsapp. Mi amigo Luis el Charcutero me enviaba el vídeo que le han grabado para el programa de RTVE Ahora o Nunca. Es cojonudo.

Me entró hambre viendo este vídeo y busqué en la página TripAdvisor cuál era el restaurante más valorado de la ciudad. Y resultó que estaba en el mismo Paseo de la Muralla que yo estaba recorriendo. Se trata de la Taberna Casa Andrés. Me acerqué, estudié la carta, me pareció que no estaba mal de precio y reservé para las dos. Seguí callejeando por el centro para hacer tiempo y volví puntual para sentarme frente a la sierra Mágina en una terraza magnífica. Me comí un salmorejo y media de bacalao de la casa, con un par de copas de verdejo de Rueda helado. Luego caminé hasta el hotel para echarme una merecida siesta. A las 17.30, estaba en la puerta del Ayuntamiento para la visita guiada por la ciudad. La guía se llamaba Ángela, era muy joven, tenía unos ojos grises preciosos y era muy profesional. Éramos un grupo de once personas a los que Ángela guió con mano experta, con explicaciones muy interesantes, trufadas de pequeñas anécdotas, como hago yo en Madrid Río.

Entre las mil historias que nos contó, yo me quedé sobre todo con las relativas a Antonio Machado, que vivió en Baeza entre 1912 y 1919, como profesor de francés del instituto, cuya aula se conserva intacta, tal como él la utilizaba. Machado vino aquí desde Soria, bastante bajo de moral tras la muerte de su mujer. Él hubiera querido irse a Madrid, donde estaba el meollo del mundillo cultural en el que anhelaba integrarse, pero le salió la plaza de Baeza y la aceptó. Venía confiado en que, teniendo estación de ferrocarril, podría viajar a Madrid con frecuencia. Pero luego supo que la estación Linares-Baeza está a 17 kms de Baeza, al lado de Linares, por lo que no le podía prestar esa utilidad.

También tenía un amigo en la ciudad, no me quedé con el nombre, al que fue a visitar en cuanto llegó. En su casa, su familia le informó que su amigo estaba en la agonía. Y él pensó que menuda faena, que primero había perdido a su mujer y ahora estaba a punto de perder a su amigo. Al ver su cara de desolación, le aclararon que La Agonía era una taberna a la que llamaban así porque allí se reunían los agricultores, que estaban todo el rato quejándose de sus problemas y sus desgracias. Machado estuvo siete años en Baeza, pero no le gustaba nada la ciudad. Lo que sí le encantaba era pasear por los campos de alrededor, en donde encontró una gran inspiración literaria. Por eso llevaba siempre los zapatos muy sucios. Además era descuidado y solía llevar diversas manchas de comida en la pechera. Así que los alumnos le pusieron por mote Antonio Manchado. El viejo instituto es ahora el IES Santísima Trinidad y el aula donde daba clase conserva un aura especial con su pizarra y sus pupitres de madera, pero a mí me impresionó especialmente el patio de recreo, perfectamente ajustado al canon estético y compositivo de Brunelleschi. Vean unas fotos que hice.  



Las huellas de Machado son diversas en la ciudad, desde una estatua sentado en un banco en la calle peatonal de San Pablo, que había visto camino del bar Pedrito, hasta un busto de Pablo Serrano, que lo muestra mirando a un árbol. Ángela nos retó a que adivináramos qué árbol era el que mira el maestro. Yo lo supe enseguida, pero callé, para no ir de pitagorín. Pero, como nadie lo decía, lo canté: era una encina. La chica nos contó muchas más cosas, desde la importancia del arquitecto local Andrés Vandelvira, autor de la mayor parte de los edificios renacentistas de Úbeda y Baeza, hasta cuáles son las fuentes económicas de las que vive actualmente la ciudad. Son tres principales: el aceite de oliva, el turismo y la Escuela de la Guardia Civil. Y una cuarta menos potente: la UIA, dedicada sólo a másters y cursos de verano.

Al final nos dijo que no dejáramos de probar las dos especialidades culinarias de la bollería local: los ochíos y los virolos. Los ochíos son unos pequeños panes redonditos de color rojo, porque les echan bastante pimentón. Se llaman así porque de cada masa se elaboran ocho. Yo los había probado en las tapas del Pedrito y también en Casa Andrés. Los virolos son unos hojaldres muy ligeros, una exquisitez un tanto similar a los más conocidos nicanores de Boñar. Y aquí se propició una historia bastante bloguera, que les cuento a continuación. Por la mañana, desayunando en la terraza del bar K’novas, al ir a pagar a la barra vi las cajas de virolos apiladas para su venta. Pregunté su precio, me dijeron que 10€ y pensé que tal vez por la tarde o al otro día me comprase una de estas cajas. Me había olvidado del tema pero, al comentarlo Ángela, decidí volver al bar para hacerme con una caja. Antes, como despedida de la visita, la chica nos hizo una foto a todo el grupo.

Dije adiós a todos y me fui al K’novas, donde entré directo a la barra. Levanté un dedito para llamar la atención del camarero, distinto del de por la mañana y, sin decirme ni buenas tardes, el tipo me soltó: ꟷTiene que sentarse en una mesa. Vale, son las medidas Covid y lo que quieran, pero ¿ustedes creen que esa es manera de saludar a un cliente? Le dije que vale, pero que sólo venía a comprar una caja de virolos, que los había visto desayunando y volvía ahora a por ellos. Pregunté el precio y me dijo que a 12. Yo le informé de que su compañero de la mañana me había dicho que a 10. Entonces afirmó que era un precio fijo, que estaba marcado así en el ordenador. Yo ya estaba bastante rayado y le solté que de ninguna manera le iba a pagar 12 por algo que me habían ofrecido a 10. En ese momento (tal vez no me crean) mi intención era que el tipo me dijera que bueno, que me los dejaba a 10, para contestarle que ya no los quería ni a 10, que se los podía meter uno a uno por el culo. Pero el tipo no cedió, me ofreció enseñarme el ordenador y añadió que no había otros virolos en el bar, que los compraban en la Pastelería de la Abuela, allí al lado y que ese era su precio.

Me marché. Y unos segundos después me vi ante el escaparate de la pastelería. Por curiosidad entré a preguntar. Había una chica muy amable y una clienta bastante anciana, sentada con un perrito faldero a los pies. Pregunté el precio de la caja de virolos: 7,50€ pero, con una sonrisa deliciosa, la chica añadió que hoy había una oferta de no sé qué, por lo que me los dejaba a 6,50. No pude evitar contarle lo que me había pasado. Tanto ella como la clienta, se quedaron de piedra. Qué sinvergüenzas ꟷcomentó la chicaꟷ, nosotros los vendemos a 7,50, pero a ellos se los servimos a 5, es increíble que los pretendan vender a 10, y menos a 12. Le dije que seguramente me habían visto cara de turista. Y que, si el turismo es una de las fuentes de riqueza del pueblo, no parece esta una conducta muy inteligente. Estuvo de acuerdo y me prometió que se lo contaría a su jefe para que adoptara las medidas que estimara oportunas. Con mi caja de virolos a 6,50 me fui al hotel. Allí me saltó una alarma: estaba a punto de publicarse el vídeo de una canción más del nuevo disco de Samantha Fish con Jess Dayton, que saldrá en mayo, y yo podía conectarme para ver el estreno en directo. Así lo hice en el hotel y aquí tienen el vídeo.   

Me vestí, me puse mi pañuelo de bluesman y caminé los cinco minutos que me separaban del Café Teatro Central. En la puerta me encontré al hermano de Ghalia Volt, Orlando, con el perro en su regazo. El perro es un bulldog francés, al que no conocía, pero que se deshizo en lametones a mis manos. Orlando me dijo que entrase, que estaban en la prueba de sonido. Allí estuve un rato conversando con Ghalia y con su madre, el padre no apareció esta vez, no sé si lo han mandado a Bruselas o es él quién se ha hartado del plan. La prueba de sonido se había terminado y los tres se fueron al hotel, a dejar al perro y a que Ghalia se pusiera su minifalda y sus puntillas y encajes negros. Yo me quedé dentro, mostré mi entrada en el móvil y me pedí una primera birra Alhambra de botella verde.

Al rato abrieron puertas y empezó a ingresar al local el típico público del blues, gente ya madurita, chicas muy bailonas vestidas de negro y en general, todo el mundillo enrollado de la ciudad. Les diré que el lugar es precioso, una especie de café cantante de época muy bien conservado. Y la actuación de Ghalia fue fabulosa, mucho mejor que la de Madrid. Orlando me dijo al final que nunca había visto actuar así a su hermana. Además de sus composiciones, Ghalia se lanzó a interpretar un carrusel de clásicos del rock’n roll, como Blues Suede Shoes o Tutti Frutti, que levantaron el ánimo al personal hasta lo más alto. Yo estaba en la primera fila y allí se hacen muchas amistades, sobre todo en cuanto ven que sabes del tema. Yo les había avisado desde el principio que se preparasen para ver algo portentoso.

Entre la gente con la que confraternicé, estaba José Luis, un tipo de barba entrecana, que dijo ser el director del festival de blues de Torreperogil, a pocos kilómetros de Baeza, donde el puente de agosto tocará Ghalia Volt con su grupo al completo: bajo, batería y teclista. Realmente el circuito del blues en Andalucía es muy nutrido: Cazorla, Jerez, Torreperogil y algunos otros. Tampoco podía faltar la chica más bailona de todo el local con la que me acabé marcando más de un rock and roll en la parte final del show con mi tercera cerveza. Se llama Gemma, de vez en cuando sube a Madrid y quedó en llamarme a la próxima. Nos hicimos el selfie de rigor, aunque soy bastante manta con esto de los selfies y la chica me salió con los ojos cerrados. Menos mal que había un fotógrafo por allí que nos sacó una foto mejor y otra a mí con Orlando.
















Acabada la actuación, empezaron a pinchar una música muy buena, abrieron la puerta para que entrase el público en general y el lugar se llenó de gente más joven. No tengo duda de que este es el antro duro del pueblo, donde se encuentran cada noche los que están en la onda. Ghalia, Orlando y su madre desfilaron con su aparataje y yo decidí marcharme también. Me despedí de mis conocimientos sobrevenidos y caminé hasta el hotel, donde dormí otra vez como un cura. El sábado amanecí como una rosa, me vestí y bajé a desayunar otra vez al K’novas, que no soy rencoroso. El camarero amable ya sabía lo que yo quería y, como es natural, no le dije nada del incidente con su compañero borde. 

Eran las diez y ya tenía claro que no llegaría a Madrid a tiempo de encontrarme con los floristas. Así que me apliqué a cumplir un último plan. Ángela nos había dicho que la visita a la Catedral incluía subir a la torre mayor a ver la vista del pueblo desde arriba, pero que eran 116 escalones. Con esta subida ya no me parecieron tan mal los 5€ que cobran. Así que caminé hasta allí, esperé a que abrieran y entré el primero a una catedral vacía y con un ambiente gélido. El ascenso a la torre era pan comido, poco más que llegar a los seis pisos de casa de mi hijo Kike en París; he subido yo a edificios mucho más altos. Abajo tienen algunas fotos del momento. 

Esta es la Catedral. Se sube al campanario y al nivel superior con los huecos redondos. Abajo una foto en cada uno de los dos niveles superiores.

Y el panorama que se ve desde arriba.



Poco más que contar. Bajé, caminé guiado por el Maps hasta la Plaza de Toros y desde allí localicé mi coche. Me impuse encontrar el camino de vuelta a Madrid sin ayudas electrónicas y me equivoqué dos veces, pero eso no es importante: lo crucial es practicar para no perder ciertas habilidades, aunque te equivoques y pierdas algo de tiempo. Encontré por fin el camino a Madrid y tuve un regreso plácido, con muy poco tráfico (los sábados son el mejor día para viajar por carretera, no hay atasco ninguno). Me veía capaz de hacer el viaje de un tirón pero, en cuanto cumplí dos horas de trayecto, mi coche, como buen smart car, me sustituyó toda la información en la pantalla frontal por el icono de una taza de café humeante y el aviso: ¿No tiene usted ganas de hacer un pequeño descanso? Así que paré a cargar gasolina, no porque lo necesitara, sino sobre todo para que se quitara el aviso de marras. Llegué a Madrid a la hora de comer y, en el primer semáforo, llamé a mi amigo Fernando, del restaurante Matilda, para preguntarle si tenía un hueco para mí. Lo tenía y comí estupendamente.

Luego, antes de caer rendido en la correspondiente siesta, me vino a la cabeza una idea muy clara: esto es la libertad. Y la libertad te la proporciona la soledad. Ya sé que la soledad tiene muchos inconvenientes y les he contado que es muy triste despertarse a media noche, estirar una mano y no encontrar ningún culo hospitalario a tu vera pero, si yo no estuviera solo, no podría seguramente liarme la manta a la cabeza y hacerme 320 kilómetros en coche para ver un concierto de Ghalia Volt. Seguro que la parte contraria recibiría la noticia de mi plan con un primer gesto inequívoco de desagrado, que normalmente ya es suficiente, pero que en caso contrario se complementa con las frases de rigor: ¿pero tú estás loco o qué? ¿Te vas a pegar esa panzada para ver a una chica a la que acabas de ver hace dos días? ¿Con el frío que hace y como están las carreteras? La libertad tiene su precio, pero es algo cojonudo. No lo olviden. Y disfruten de la semana. Yo estoy aquí en plena inmersión franchute y por ahora la cosa va bien.