viernes, 30 de abril de 2021

1.046. Elogio de la gran urbe

¡¡Que ya me han vacunado!! 😂😂😂💪💪💪 Nada, está visto que el que no llora no mama: fue colgar mi post anterior como a las 12.00 del martes y a las 15.15 me entró el mensaje de la Comunidad de Madrid. Me pilló comiéndome unas lentejas de puta madre, así que me las acabé, clické en el enlace que me mandaban para confirmar la cita e inmediatamente me puse el vídeo que pueden ver abajo, le subí el volumen al máximo y me puse a bailar como un loco por toda la casa. Es un tema que ya traje al blog hace tiempo, pero creo que no hay otro mejor para expresar la alegría por haber llegado sano a puerto, después de esta larga singladura de más de un año. El Covid no está aún derrotado, dice Bill Gates que hasta finales de 2.022 no podremos recuperar la vida como la vivíamos antes, pero no cabe duda que para mí es un paso adelante, que me quita la neura de recibir un gol en el descuento. Así que, ya pueden bailar a mi salud si lo desean, sólo tienen que poner la pantalla grande y ADELANTE.  

Como les dije, yo ya estaba haciendo una vida de jubilado hiperactivo en la que esto de la vacunación no va a incidir demasiado, salvo por el hecho de que mis hijos dejen de regañarme por imprudente. No quiero aburrirles con nuevas reseñas de todas mis actividades semanales, ya saben que salgo a correr por el Retiro un día de cada tres, que hago dos horas semanales de conversación inglesa, más media hora presencial de guitarra de blues, aderezada con la posibilidad de ir al sitio andando a través del barrio de Vallecas, que tengo una sesión mensual de dos horas de Billar de Letras, que sigo con mi colaboración en el Jurado de Reinventing, además del propio mantenimiento del blog, que requiere el mismo cuidado y dedicación que cualquier jardín privado. El resto del tiempo, salvo ver los partidos del Dépor (que es como una promesa) y estar un poco al día de la actualidad, me lo paso samanthing hard. Les conté que mi diva favorita se había quedado sin ir de gira por Australia a causa del Covid. Pero resulta que ya había visitado esa tierra en su gira de 2019, y esta foto lo acredita.  

¡¡¡Aaaayyyy!!! ¡Quién fuera koala! ¿Se han fijado en la cara de felicidad del animalito? Es más expresivo que ciertos humanos. Y seguramente más listo: con esa mirada lánguida no se lo imagina uno votando a Vox, suponiendo que los animales pudieran votar. En fin, que ayer jueves caminé hasta el Metro Lavapiés para coger la Linea 3, atravesando otro de esos barrios peligrosos donde dice Vox que te puede atacar cualquier mena, pero por donde yo me muevo con total seguridad y sin miedo (anteayer acudí a mi segunda clase de blues guitar en Palomeras con la misma tranquilidad). El Metro me llevó hasta Moncloa. Allí me acerqué caminando a la carpa junto al hospital de la Fundación Jiménez Díaz, presenté mi tarjeta sanitaria y me atendieron enseguida. Ni noté el pinchacito de la Pfizer. Pregunté al joven enfermero que me la puso si podía tomarme una caña al salir y me contestó que, no sólo podía, sino que era lo que debía hacer. Pregunté si podía correr seis kilómetros al día siguiente, suponiendo que no me encontrara mal, con idéntica respuesta. 

Y les puedo asegurar que no he notado ningún efecto secundario, ni primario ni de preescolar. Como ya era muy tarde para hacerme una comida, recalé de vuelta en el Matilda y, me creerán o no, pero las cosas que me comí me supieron fenomenal, mucho más ricas que de costumbre, y así se lo dije a Alejandro y Fernando. ¿No dicen que el Covid afecta al olfato y al gusto? Pues a lo mejor es que la vacuna también les afecta pero en sentido contrario. Más bien creo que fue por el subidón psicológico de verme ya vacunado. Por lo demás, esta noche he dormido a pierna suelta y al levantarme me he ido al Retiro a hacer mis 6,5 kms, sin mayores problemas. Sobre el severo priapismo del que nos alertaba Paco Couto, mejor no digo nada, no sea que mis amigas me formen cola en la puerta para comprobarlo. 

Vale, a lo nuestro. A dos posts y medio de las Elecciones, yo quiero aprovechar estos días para hablar de temas que no tengan nada que ver con el asunto, a modo de larga jornada de reflexión, o terapia para distraernos todos un poco del agobio del monotema y olvidarnos del coñazo hasta el momento mismo de votar y tocar madera, a ver si suena la flauta. Por ejemplo, el asunto a que alude el título de este post. Supongo que ya lo habrán notado, pero a mí me gusta mucho más la ciudad que el campo. Para mí la ciudad es la creación suprema del ser humano, especialmente la ciudad muy grande como esta en la que vivo. La gran urbe es el lugar donde el ser humano puede desarrollarse en libertad, sin el incómodo control social que ejerce el colectivo en los pueblos y ciudades más pequeños. Y donde los servicios públicos y la organización social permiten montar operativos eficientes como este de la vacunación masiva de la población con dosis individuales de ARN mensajero.

Yo he sentido ese viento de libertad, anonimato y vida cosmopolita que caracteriza a las grandes aglomeraciones urbanas cuando he visitado Nueva York o Tokyo, por poner dos ejemplos claros. Uno sube al Empire State, mira hacia abajo, ve todo aquello funcionando como un reloj y piensa: qué grandes somos. Y, tras superar esta mierda del Covid, el mundo tirará hacia adelante apoyándose en las ciudades. No tengo ninguna duda de esto. En mi último post les hablaba de las iniciativas de Biden para levantar América. Aquí les voy a obsequiar con la intervención entusiasta y vibrante de Kamala Harris en el City Lab 2021, un congreso de ciudades organizado por la Bloomberg Philantropies. Supongo que son ustedes lo suficientemente mañosos como para ponerse unos subtítulos en español. Las ciudades serán la clave de la recuperación económica y el motor del futuro.

Yo soy urbano hasta la médula, tengo los músculos de asfalto, los ojos de neón, respiro contaminación y mi espíritu florece en medio del guirigay de la gran ciudad. Me encantan las multitudes urbanas, los escaparates, los semáforos, los carteros, las chicas que van a las oficinas, los autobuses, los ciclistas, los mephistos en patinete, las terrazas, los restaurantes de menú del día, los bares de copas con buena música, si es en directo, mejor. En cambio, el campo me parece un lugar aburrido, lleno de bichos, de insectos que te pican, de suelo irregular, de gente sin interés, pueblerinos acomplejados y desconfiados que siempre se están quejando del mal tiempo y las cosechas que se pierden. Cierto que hay paisajes maravillosos, pero a mí me gusta salir a verlos y volverme luego a la ciudad. Yo nací en una ciudad, La Coruña, en el puro centro, y me crié entre futbolines y bares donde uno podía entrar de niño a pedir una gaseosa y tomársela entre gente que jugaba al dominó. Y los cines y los escaparates de la calle Real y las tiendas de San Andrés y las tascas de los Olmos.

Mi ciudad tenía un problema para mí a los 17 años: se me quedaba pequeña. Yo echaba a andar y enseguida se me acababa el trayecto urbano y me encontraba en el campo. Por eso, cuando vine a Madrid, se me abrió un mundo nuevo. Era la ciudad infinita. Me sentí totalmente fascinado y, más de 50 años después, mantengo intacta esa fascinación. Cuando yo era más joven, mi grupo de amigos eran más bien tirando a hippies y les encantaba largarse al campo los fines de semana. ¡Nos vamos al campirri! –proclamaba alborozada cada viernes una de las chicas. A mí me jodían entero el finde, tengo que confesarlo. Desde el momento en que salíamos de la ciudad y nos metíamos en el gran atasco del éxodo de la urbe, yo ya estaba añorando volver. 

¡Qué necesidad había de ir al puto campirri! Con lo agradable que era para mí salir a caminar tranquilamente los sábados por la mañana, comprarme el periódico e irme al Rastro o al Retiro o a ver una exposición. Y luego tomarme el vermú en alguna terraza y comer en un restaurante barato. Y por la tarde al cine. Y por la noche a salir por los bares de copas, salvo la tarde del domingo en que uno se recogía a leer y a descansar para coger fuerzas para la nueva semana que venía. Pues nada, había que irse al campirri, visitar a los mosquitos y las arañas, chuparse unos atascos morrocotudos, sobre todo al volver, y terminar el fin de semana cansado, cabreado y frustrado.

Entenderán que para mí fue una gozada empezar a trabajar para la ciudad, recorrerla hasta conocérmela como la palma de la mano, ayudar a su regulación y su desarrollo, unas tareas a las que he dedicado casi 40 años. Y aquí les traigo un texto que viene al pelo de todo esto. Es un extracto del libro Lecciones de Derecho Urbanístico, de García de Enterría y Luciano Parejo. Este libro, de 1981, fue uno de los tochos que me tuve que empollar para la oposición a arquitecto municipal. Y entresaco de su introducción estos fragmentos, que describen un poco el significado histórico de la ciudad.

Es un hecho que el paso de la prehistoria a la historia está marcado por la aparición de las ciudades. Son ellas las que aportan una forma nueva de sociedad humana y, con ello, las que ponen en marcha el dinamismo apasionante de la historia. La ciudad antigua no puede explicarse sino como un fenómeno político, de dominación de un hinterland agrario más o menos extenso, a la que está ligada la organización de funciones secundarias y terciarias, y la correlativa aparición de técnicas económicas y jurídicas y una pretensión racionalizadora del mundo cultural que deja atrás los viejos mitos telúricos, sin todo lo cual no puede accederse a estadios sociales de complicación que se expresan en unidades políticas complejas.

De este modo, el hombre antiguo tiene la conciencia perfectamente clara de que la ciudad (las polis griegas, el soberbio mito de Roma, que anima por sí solo la impresionante hazaña histórica ligada a esta ciudad) es la forma suprema de la sociedad humana, de lo que, por ello, se va a llamar desde entonces la “civilización”, la extensión paulatina de los valores sociales y culturales de la civitas, obra tal vez de algún dios benévolo, que ha querido liberar al hombre de la ruda vida natural precedente.

La ciudad marcó, pues, el paso de la primigenia vida natural a la vida humana superior, a un estadio político y cultural que deja atrás resueltamente una fase previa de la evolución del hombre y esa nota, que hace de la ciudad la expresión de una forma de vida más rica y más compleja, se ha mantenido para la vida urbana a lo largo de toda la historia prácticamente hasta nuestros días, en que por primera vez la ciudad ofrece su rostro negativo, su contenido alienante y mutilador de una vida humana plenaria.

Qué les parece. No sé si lo sabría escribir yo mejor, a pesar del lenguaje un poco grandilocuente de estos jurídicos. Y desde luego, comparto su entusiasmo por lo que supone el hecho urbano frente al medio rural. Muchas veces se han contrapuesto en este blog las bondades de la ciudad con los defectos del campo y sus gentes: los garrulos de Arkansas y Nebraska que auparon a Trump, los paletos del Ampurdán que votan a Puigdemont, el medio rural inglés que desequilibró la votación del Brexit. No voy a insistir, esta es mi opinión personal y no quiero ofender a nadie situado en posiciones diferentes, este es un asunto en el que empiezo por reconocer que no soy imparcial, yo adoro las ciudades, estoy feliz en Madrid y muchas veces he soñado con irme a lugares como París, Londres o Nueva York. Y muy especialmente a Ámsterdam y San Francisco, mis ciudades soñadas. Y todavía resuenan en mis oídos los gritos de Paco Couto, cuando se hartó de mis crónicas de Madagascar: ¡Emilio, eso que nos estás contando es el puto campo!

Y aquí entra por derecho el libro que estamos leyendo para el próximo Billar de Letras. Carlos Castán es este guapo sesentón, delgado y canoso, al que la crítica considera como el mejor escritor vivo de relato corto de España. Sin embargo, sólo ha publicado tres libros de cuentos, más dos novelas y una antología de sus artículos. Este año, mi amigo el editor Juan Casamayor decidió unificar los tres libros de relatos en un solo volumen de Cuentos Completos. El propio autor nos ha hecho una selección de los cuentos que quiere que leamos, para comentarlos en la sesión del club en la que participará (no daba tiempo a leerlos todos).

El libro ya empieza con una introducción que ha escrito ex profeso el propio Castán y que es acojonante. Cuenta que se crió en Huesca, que vino como yo a Madrid a estudiar, que la ciudad le fascinó como a mí. Que vivió la vida de la gran urbe intensamente, desde el Rastro, hasta los bares de la noche, el jazz, los neones, el cine con subtítulos, los tipos con chaqueta de pana curioseando las novedades de Cortázar y Vargas Llosa en los estantes de librerías alternativas, la Filmoteca, los restaurantes baratos, el mundillo universitario y los avatares políticos de la Transición. El totum revolutum de los materiales de los que está hecha la felicidad. Y por supuesto, la búsqueda del amor. Y de pronto hay una chica que le dice que sí y la ciudad se convierte para él en el paraíso.

Pero las cosas se tuercen bruscamente, la chica que le dijo que sí, ahora le dice que no, que ya vale, y casi al mismo tiempo, su hígado dice también que ya vale, su mundo se viene abajo y ha de irse de Madrid y volver a su Huesca natal, con una sensación aplastante de retroceso vital, de fracaso, de derrota. Y es allí, mientras se dedica a pasear por los parques locales y a beber agua con gas, cuando siente la necesidad de empezar a escribir relatos; tiene que coger la pluma para contar todo lo que siente, porque es demasiado para tenerlo guardado. Dice más cosas en esta introducción soberbia, escrita a tumba abierta, pero si quieren conocer lo demás han de comprarse este libro magnífico, altamente recomendable.

Y hay un cuento fabuloso de su primer libro que también les voy a transcribir, porque es corto y sintetiza lo que yo les quería hacer llegar en este post. Aquí no es la dicotomía campo-ciudad. Es la diferencia entre la gran urbe en toda su magnificencia y la pequeña ciudad de provincias. Una tensión que no se puede expresar mejor que como lo hace Castán en este delicioso relato sintético, que sublima todo el agobio de la ciudad pequeña, frente a la nostalgia de la urbe maravillosa.

No quiero ni pensar en la posibilidad de que yo hubiera tenido que volverme a La Coruña; la sensación de fracaso y de derrota me habría aplastado, me hubiera visto recluido en una distopía cruel, en una ficción ucrónica insoportable. A lo mejor me había convertido en un escritor famoso, pero más bien creo que me hubiera venido abajo. Les dejo con este cuento. Supongo que no es un problema que lo reproduzca en mi blog, el copyright es de Carlos Castán 2020, el ISBN es 978-84-8393-286-5 y mi única intención es ayudar a la difusión del libro e incrementar su ratio de ventas. Que disfruten del texto y que pasen ustedes un buen fin de semana preelectoral.

Una historia barata (Carlos Castán, 1997)

Verse viviendo de pronto en una ciudad pequeña sin estar acostumbrado supone a cada momento sentirse insultado como individuo. Nuestro narcisismo se expone a amargas heridas de las que no es fácil sobreponerse. Si tiendes a considerar tu vida en términos de historia, de relato cinematográfico por decirlo así, puede llegar a ser realmente terrible porque no tardas en caer en la cuenta de que tu película ha de ser necesariamente una producción cutre, hecha sin apenas medios, ya que ves continuamente como los extras se repiten a cada paso; los personajes secundarios, puestos ahí para que el protagonista pueda desarrollar una vida normal, ir al dentista, hacer la compra, cruzarse con gente en sus paseos, están interpretados siempre por un reducido aunque voluntarioso contingente de actores.

El otro día fui al hospital para que me hicieran unas pruebas. Me recibió, convenientemente uniformada, una enfermera que también está siempre haciendo bulto cada vez que voy a recoger a mi hija al colegio. Una de las pacientes que hacía ejercicios de rehabilitación en una sala que hube de cruzar era a la vez ordenanza en una oficina que visito a menudo. Salí del hospital confundido y horrorizado pensando en cómo estas circunstancias abaratan la existencia. La vida humana, por lo visto, es lo más importante que hay; si la mía tuviera un mínimo de dignidad, si mi historia fuese realmente de interés, no ya una lujosa superproducción hollywoodiense, sino algo mínimamente cuidado, a la mujer que espera cada tarde a su hijo en el mismo colegio que yo a la mía, le habría bastado con estar allí, con hacer eso. No habría tenido que atenderme también en el hospital como si no hubiera presupuesto para más contratos, como si nadie fuera a darse cuenta de una repetición tan insignificante. En suma, como si dieran igual las cosas mal hechas aunque tales cosas sean en esta ocasión las vidas de las personas, sus historias. Y lo mismo sucede con la otra mujer. Está claro que si yo atravieso por una especie de gimnasio a mitad de mañana ha de haber gente allí aunque sea de un modo borroso, alguien que ocupe las espalderas o levante pequeñas pesas, lo que sea. Pero no ha de ser necesariamente la ordenanza, existen más rostros, más figuras posibles. Esa repetición insultante no se justificaría ni en las peores películas de serie B, solo en basuras de producción propia rodadas en serie por alguna cadena de televisión arruinada para solucionar su parrilla de madrugada, gastar metros y más metros de cinta, llenar horas como sea a base de relatos sin pies ni cabeza, torpes enredos, historias de saldo. Y en eso es en lo que esta ciudad enana, grotesca caricatura de una ciudad de veras, ha terminado por convertir la historia de mi vida: en algo barato y adocenado que se trajina por lotes, como la fruta magullada y podrida que, lejos de ser la sagrada tentación de nadie o de brillar para siempre en bodegones al óleo, acabará siendo mermelada para los cuarteles.

Algunos buenos amigos que han soportado mis quejas en amaneceres desesperados como este han acabado buenamente por recomendarme que me fuera cuanto más lejos mejor y no puedo decir que sea un mal consejo porque la sensación de agobio es todavía mayor desde que caí en la cuenta de que lo que habito no es otra cosa que una ciudad de juguete, un burdo decorado para una farsa sin sentido. El asfixiante villorrio de solterones jugadores de cartas, muchachas que acuden a la fuente a llenar sus cántaros, tenderos caciques y serviles secaneros se disfraza de semáforos y asfalto para vigilarme mejor. La gente parece jugar a los oficios, representan su papel con el convencimiento y la dignidad de un niño tonto, han puesto una línea de autobuses, los guardias municipales visten de azul marino, pero todo es una trampa; no hay nada, solo campo, tras los edificios de la ancha avenida y donde pone “Librería” únicamente despachan lápices y cuadernos y revistas coloreadas para amas de casa subnormales. Tras la puerta con letrero de neón, ninguna chica baila en mitad de la noche porque la noche aquí no es, en realidad, reino de saxofones y tintineo de vasos, sino un oscuro territorio de grillos.

Mis amigos saben que ponen el dedo en la llaga cuando dicen que me vaya porque así mataría dos pájaros de un tiro. Por un lado, la ciudad que me agobia y que acabará volviéndome loco, así como ahora pero más, cada vez más paranoico, cada día más sombras que me persiguen, más pactos contra mi persona, mayor temor y temblor entre las sábanas. Y por otro, las cosas en casa que todo el mundo sabe que no andan bien, trabajando de último mono en el negocio familiar de mi esposa, un tenebroso almacén de telas para el hogar, a las órdenes directas de su padre y de ella misma, mujer insensible que a los ojos de todo el mundo me domina, pero que solo a los míos, a mis propios ojos, tal humillación puede valorarse en su justa y terrible medida. Pero mis amigos son en realidad unos hipócritas. Como buenos vecinos de esta villa al cabo de la calle que son, saben a ciencia cierta que lo intenté. Tantas noches había soñado en regresar a bulevares que se pierden en el horizonte entre altas torres y taxis iluminados que van y vienen, habitar un espacio civilizado ganado palmo a palmo a insectos y alimañas y al viento feroz de los inviernos, ganado para el hombre y la mujer y para la música que sale de cada ventana, para marañas de historias diferentes que se entrelazan como líneas del metro en parques y mercados, en los bares y sobre las aceras, con todo el dolor y el júbilo de sentirse vivos. Llegué a tener las fuerzas y los contactos necesarios para emprender una vida más digna, con profusión de decorados y miles de rostros distintos para los personajes secundarios. Todo el mundo lo sabe. Que cogí el dinero que pude en la caja fuerte de casa y en la de la tienda y hasta tuve suerte con la cantidad porque normalmente no hay tanto, que hice sigilosamente un sencillo equipaje y me presenté en la estación minutos antes de salir el tren. Y saben también que mi vida tiene un presupuesto barato que no da para mucho derroche de extras y que no pude adquirir mi pasaje porque, tras la ventanilla, la encargada de despachar los billetes era ese día mi mujer. Y que al poco rato, convenientemente uniformado, mi suegro me arrastró por las orejas hasta su coche patrulla. 

martes, 27 de abril de 2021

1.045. Desde el limbo de los no vacunados

Nada, que no me llaman para vacunarme y sigo en esta especie de situación de interinidad o transitoriedad. Aunque, la verdad, tampoco sé cómo influiría la vacunación en mi devenir vital, porque yo ya hago lo que me da la gana sin cortarme demasiado. Hombre, al menos mis hijos dejarían de estar preocupados por mí y no me tendrían por imprudente y quinceañero (lo segundo me encanta). Seguimos también pendientes de las elecciones, en las que yo no me quito de encima la sensación de que vamos a perder, porque la Brunete facha va con todo, desde carteles con proclamas nazis o racistas, hasta cartas con balas y amenazas, pasando por reventar los debates y cuidar mucho de que después El inMundo y demás medios afines dividan la responsabilidad de esto último con Pablo Iglesias, en una equidistancia de verdad vomitiva porque, que yo sepa, este señor no manda cartas con balas a nadie, sino que es él quien las recibe.

Particularmente, a mí maldita la falta que me hacían los debates: visto uno, vistos todos; no pensaba asistir a ninguno más y menos tras desistir Ayuso de participar en ellos. Yo ya tengo claro a quién voy a votar y no lo voy a cambiar y todo el resto del circo de la campaña me resbala bastante. Es más, casi ni hablaría del tema en el blog. Pero hoy quiero decir una cosa. Estoy echando de menos a una persona en toda esta guerra. ¿Dónde está Manuela Carmena? ¿Por qué no sale a la palestra a apoyar a Mónica García? ¿No dice toda la izquierda que nos estamos jugando la democracia y no sé cuantas cosas más? Pues si hay que poner toda la carne en el asador, ¿qué mejor que una foto de Carmena al lado de Mónica, mostrándole todo su apoyo?

Su ausencia del primer plano sólo tiene dos posibles explicaciones. Una, que se esté reservando para dar un golpe de imagen en fecha más cercana a la cita electoral. La otra no me gusta nada, pero no la descarto. Que, dado que los cuatro concejales carmenistas de su equipo han sido marginados en el Ayuntamiento por Rita Maestre al frente de Más Madrid, la exalcaldesa haya decidido ponerse de perfil y no dar su apoyo explícito a nadie. Digo que no me gusta, porque eso es lo mismo que hizo Pablo Iglesias antes de las últimas elecciones locales: ponerse de perfil. Si hubiera tenido visión estratégica, habría dado un puñetazo en la mesa y habría dado una orden terminante: todo el mundo a votar a Carmena en la ciudad y a Errejón en la comunidad. Un gesto que habría permitido ganar ambas elecciones. Si Carmena regatea su apoyo en este momento, será una decepción para mí. Lo siento pero mi opinión sobre ella cambiará. Y no me vale eso de que es mayor, o está cansada: excusas al fin y al cabo.

Dicho esto, yo sigo, repito, con la clara sensación de que Ayuso ganará holgadamente. MAR lo está haciendo muy bien y estos días se han publicado sendas entrevistas en El País y La Vanguardia, en las que cualquiera puede ver que esta señora no es tan tonta como la queremos ver desde el otro lado, que está aprendiendo a saber estar, dentro de sus limitaciones, y que su discurso llega a mucha gente. ¿Y cómo puede ser esto? Pues Sergio C. Fanjul, periodista, poeta y escritor asturiano de cuyo libro La ciudad infinita les hable hace un tiempo, ha publicado en su perfil de Facebook al que estoy suscrito una reflexión sobre este asunto. Es un acercamiento desde una posición de izquierdas, pero como tratando de entender el fenómeno, y desde luego muy alejado de los insultos y la agresividad a la que Vox (sólo ellos) ha arrastrado la campaña. Me permito transcribirla para ustedes, estoy bastante de acuerdo con lo que dice.

¿Cómo es posible que una persona manifiestamente no capacitada para su puesto sea la probable ganadora de las elecciones?

Le doy muchas vueltas a esto. El otro día leía a un autor de derechas, de clase bien, reconociendo que los suyos nunca habían tenido demasiado interés por la cultura porque estaban a otra cosa y porque, además, la cultura se había dedicado sistemáticamente a criticarles y ridiculizarles. Es cierto que en la cultura, en la ciencia, en la universidad, en el pensamiento, ha predominado la izquierda. Los libros que hablan sobre el mundo o sobre la propia teoría política desde una óptica de izquierdas también son mayoritarios. La teoría política de izquierdas es mucho más variopinta y diversa. Podemos fue fundado por profesores, no por obreros.

No digo yo aquí que la derecha sea tonta, solo digo que ha sido más práctica que teórica, más de acción que de pensamiento, más de placeres mundanos que de referentes refinados. La derecha ha sido más permeable a la superstición y a la religión. En cuanto al conocimiento, la gente de derechas que he conocido ha tendido a valorar más los saberes aplicables, como la medicina, la ingeniería, la carpintería, que aquellos más especulativos (exceptuando la especulación financiera, claro), críticos o artísticos. La derecha prefiere no especular sobre los mundos posibles, sino que acepta el mundo tal y como se nos presenta, con sus tragedias y sus injusticias, sobre todo si uno es de aquellos que en la lotería de la existencia han salido ganando.

A los políticos en otros tiempos se les presuponía inteligencia y cultura, estas eran cualidades que se valoraban en ellos, ahora ya no parecen tan necesarias. Se impone el hombre de acción y, sobre todo, de emoción, del tipo de Jesús Gil o cualquier concejal recalificador del litoral español. El político tipo Trump, Bolsonaro o Ayuso, que quizás no sean demasiado cerebrales, pero que apelan a las bajas pasiones y consiguen soliviantar a las masas y meterles el dedo en el ojo a los listos de la clase.

Ayuso es de esas, Ayuso sería imposible sin sus asesores, de los que es títere, y lo jodido del asunto es que su ineptitud no la desacredita, sino que la hace aún más atractiva para una población condenada a la banalidad. De nada vale reírse de las estupideces de Ayuso, porque es la que, en su brutez, va a ajustar las cuentas a los listillos de siempre, los listos que siempre se han pavoneado de su listeza ante la gente corriente. Iglesias, Gabilondo, Mónica García, los de las buenas notas.

Paralelamente, las carencias de la educación, el influjo perverso de Mediaset, el pan y circo futbolístico, el fango de las redes sociales y, en general, la imposición del Espectáculo antes que de la justicia y la razón, dejan el campo cerebral nacional abonado para estos fenómenos. Igual esa es la cuestión de fondo, el motivo por el que personas claramente ineptas para su cargo, pueden arrasar en unas elecciones, los herederos de aquellos que, con Millán Astray, decían muera la inteligencia y viva la muerte.

Por lo demás, esto de las campañas electorales me aburre bastante y no me gustan los discursos apocalípticos, de uno ni de otro signo. A ver, yo prefiero que ganen los míos, pero, igual que esa eventualidad no nos traería el comunismo bolivariano que pronostican los agoreros de la derecha, tampoco me creo que una victoria de Ayuso nos vaya a traer aquí el nazismo. Por fortuna, España es un país muy diferente del de antes de la guerra, con una masa grande de población que lo que quiere es vivir tranquila, trabajar en lo suyo, ganarse su dinerillo, criar a sus hijos y pasárselo lo mejor posible. Esa especie de masa inerte contribuyó decisivamente a que la transición de 1975 fuera tranquila. Y esa misma masa yo creo que garantizaría un futuro igualmente tranquilo, en el que nos tocará gestionar los 140.000 millones de euros que nos va a dar Europa y que no son a fondo perdido, a ver qué se creían ustedes, sino que son a devolver (este es uno de los temas reales que están detrás de toda la bronca y la agresividad de la campaña).

Si finalmente Ayuso tiene que gobernar con Vox, no va a ser el apocalipsis (y si lo es, dentro de dos años tenemos otra oportunidad de echarlos). Miren yo he convivido con el Ayuntamiento del PP nada menos que 26 de los 38 años de mi carrera y no ha sido la debacle. Cierto que en los cuatro años de la señora Carmena me lo pasé de puta madre, pero estamos en una democracia y hay que saber perder (esto va más dirigido a las derechas, que suelen tener mucho peor perder). Así que, desde la perspectiva de mis 70 años de quinceañero sin vacunar, entiendo que posiblemente la elección esté más reñida de lo que parece y por eso ambas partes están echando el resto. Es la danza de los gorilas antes de la lucha, cada uno con lo que tiene: Vox no tiene más que balas, bronca y mala educación. Quitando eso, estas elecciones son como cualquiera de las que he vivido. La misma murga de siempre. The same old blues.

Es acojonante que haga ya casi ocho años que se murió JJ Cale, uno de los más grandes. Aquel bluesman afable pero huraño, alérgico a la fama. Era okie, o sea de Oklahoma, y sólo quería vivir con su chica de toda la vida en su casa rural con estudio de grabación, en donde tocaba la guitarra sin púa, a mano suelta, como el que se quita pelusas del ombligo. Se cuenta que una vez le montaron una especie de gira, pero tuvieron que suspenderla, porque el primer día el tipo se puso a tocar sentado de espaldas al público y se pasó así todo el concierto. No era eso lo que esperaban los promotores, ni el público. Él se defendía diciendo que tenía que mantener el contacto visual con los músicos de su banda para coordinarse con ellos y que no entendía por qué se había montado ese revuelo, cuando los directores de orquesta hacen lo mismo. Genio y figura, nos dejó un montón de canciones históricas y su muerte fue reseñada debidamente en este blog, que ya daba por entonces sus primeros pasos.

Vaya, que no sabía cómo cambiar de tema, estarán ustedes pensando. Nada de eso, es un simple inciso rockero. Insisto en un matiz que ya esbocé el otro día. Aquí en Madrid nos creemos el culo del mundo y pensamos que nuestras elecciones autonómicas son el gran tema del día, pero fuera de aquí la repercusión es mínima. Con todos los respetos, a mi me parecieron mucho más trascendentales las pasadas elecciones USA, ya saben que soy un proyanqui de mierda. Era clave para el mundo que no ganara Trump, Dios sabe cómo estaríamos ahora. Después de 100 días de Biden, el mundo empieza a ver otra perspectiva, en la que Estados Unidos puede recuperar un cierto papel de liderazgo, al menos en aspectos sociales y ambientales, no tanto en su política internacional, donde nunca ha sido un gran ejemplo ético.

Ante el avance de China y Rusia, dos países con regímenes no muy democráticos (que se lo pregunten a Navalny, o a los de Hong Kong), que Biden se sume a las líneas más sociales y ecológicas por las que debe transitar este mundo post-covid está muy bien. Biden se ha puesto como primer objetivo vacunar a todo el mundo, porque cuando la gente se está muriendo, no hay prioridad económica que valga. Y lo está haciendo bastante bien en ese tema. Pero en paralelo, ha lanzado un plan de ayudas a la población, por valor de 1,9 billones de dólares que la gente con problemas está recibiendo ya. Y ahora ha lanzado un plan de infraestructuras, para mejorar todas las comunicaciones entre los estados y las redes digitales en todo el país, creando empleo y actividad económica. Algo así como el Plan E de Zapatero, pero a lo grande y respaldado por la banca. Cuenta Paul Krugman que las principales críticas que está recibiendo su política económica provienen de algunos congresistas del propio Partido Demócrata, que los republicanos aún están tratando de averiguar a dónde quieren dirigir su rumbo después de la era Trump.

Y les voy a remitir a un artículo reciente de The Guardian, que suscita una idea muy interesante. La de que es mucho mejor dar una imagen amable y tranquila para hacerse con el poder y eso es lo que ha hecho Biden. Una vez en el poder, es posible iniciar reformas y políticas más radicales. Por cosas como esta me inclino yo por votar a Más Madrid, porque creo que las propuestas radicales expuestas con el ceño fruncido asustan a muchos sectores y con actitudes como esa jamás se consigue llegar al poder. Dice The Guardian que las políticas que está poniendo en marcha Biden son tan innovadoras que recuerdan a las promulgadas por Franklin D. Roosevelt o Lyndon B. Johnson. Y que su forma de llegar al poder y luego ejercerlo es un ejemplo del que deberían tomar nota todos los partidos de izquierda o centro izquierda del mundo. Pueden consultar el artículo AQUÍ.

La verdad es que Biden es un hombre que lleva medio siglo ejerciendo de político y sabe más por viejo que por demonio, como se suele decir. Y está callando las bocas de los que le decían viejo, decrépito, caduco y cosas peores. De momento está superando con creces a Obama, que era más de imagen que de resultados prácticos. A mí me parece que la cabeza la tiene muy bien. Las piernas no tanto, o a lo mejor es que se siente un quinceañero como yo, se confía, le da por subir las escaleras corriendo (yo siempre lo hago también) y por eso se tropieza de vez en cuando. Hasta tres veces en el mismo tramo de escalera. ¿Cómo dicen? ¿Que no han visto la escena de la que les hablo? Ningún problema. Aquí la tienen.

¡Uf! Qué daño en la espinilla. Pero ya ven que el tipo ni se queja ni cojea. Se cuadra arriba y saluda. Como corresponde a un presidente. Voy a ir terminando. Ahora le ha dado a la gente por decir que vienen otra vez los felices años 20, que esto es lo mismo que lo que surgió después de la Primera Guerra Mundial y la pandemia de la mal llamada gripe española. Una explosión de diversión y hedonismo tras las calamidades pasadas. Yo creo que ese no debería ser nuestro modelo. Además ya saben cómo acabó: con el crash del 29 y el surgimiento de los fascismos. Nuestro modelo debería ser el de después de la Segunda Guerra Mundial. Para empezar, comparemos cifras. Primera Guerra Mundial (1914-1918): 20 millones de muertos. Gripe española (1918-1920): 50 millones de muertos. Segunda Guerra Mundial (1939-1945): 60 millones de muertos. Covid-19 (por ahora): 3,5 millones de muertos.

Se dice que después de la doble calamidad superada en los 20, la Humanidad entró en un período de desenfreno que descarriló. Pero es que el verdadero progreso de la Humanidad en todos los sentidos vino después de 1945, a caballo del New Deal de Roosevelt, que mezcló medidas de izquierdas y de derechas, consiguiendo un mundo basado en el capitalismo, pero con reglas de juego que garantizaban una competencia justa. Ahí salieron las pequeñas y medianas empresas, se creó una clase media, la gente empezó a tener electrodomésticos que ni soñaban sus padres, se generalizó el transporte interurbano, el comercio y apareció la aviación. Y llegaron las nuevas generaciones, como la mía, de las que brotó el rock y toda la cultura de prosperidad y paz que hemos tenido la suerte de vivir algunos. Eso es lo que tenemos que imitar.

Ahora viene otra revolución tecnológica, que nos llevará a la generalización del teletrabajo (algo que la pandemia ha adelantado en siete años por lo menos), que hará aparecer nuevas carreras y nuevas profesiones, que impulsará la investigación en todos los campos, que cambiará los paradigmas sociales y las conductas, desde la forma de consumir o relacionarse en la calle hasta las relaciones sexuales. Desde la medicina hasta la arquitectura y la forma de gestionar el propio hogar. Y que tiene que poner el énfasis, no me canso de repetirlo, en los aspectos medioambientales y sociales. Hemos de cuidar el planeta, porque los recursos materiales no son infinitos. Y tenemos que reducir la polarización social, el hecho de que cada vez sea mayor la brecha que está surgiendo en el centro de la clase media. Tenemos que ir todos juntos, que no se quede nadie descolgado y eso le interesa también al capital y a las multinacionales, porque los pobres no consumen y no pueden comprar sus productos.

Al lado de esto, qué importancia tiene el discurso de Vox. Cero. Es mierda. Es la caverna, es la edad de la piedra. Sólo puede seducir a gente sin visión global del mundo, sin cultura y con miedo. Aquí en Madrid nos parecen un peligro cósmico. Pero son insignificantes al lado del mundo que viene de camino y que está ahí a la vuelta de la esquina. Una transformación que cambiará la literatura, el arte, la música, el cine y todos los aspectos de la cultura. Esto va a ser una verdadera revolución, como la que cristalizó en el surgimiento del rock. El mundo era antes en blanco y negro y pasó a ser en color. Sólo tienen que ver las imágenes de los años 50 en las ciudades americanas, en Londres o en París. Unos años después (1968) se podían escuchar canciones como esta que les dejo de propina. ¡Viva la Revolución!  

sábado, 24 de abril de 2021

1.044. Una semana magnífica

Sí señor, así está siendo para mí la semana que se termina mañana y toco madera, no se vaya a joder al final. Al comienzo del anterior fin de semana, me llamó mi compañera M. y me hizo saber que mi jefa y ella contaban conmigo como moderador o maestro de ceremonias para las dos sesiones del Jurado que seleccionará finalmente a los ganadores de Reinventing Cities II y que tendrán lugar los días 10 y 17 de mayo. Teníamos que organizarlo todo, redactar la convocatoria y enviársela a todos y cada uno de los miembros del Jurado, así como a los equipos finalistas, que tendrán la oportunidad de presentar sus trabajos y defenderlos. Y había que tomar unas cuantas decisiones previas para lo cual nos teníamos que reunir ya los tres. Así que nos citamos finalmente el lunes a las 8.30 de la mañana en el edificio APOT, porque era el único hueco que les quedaba a ellas en su apretada agenda de inicio de la semana.

El domingo por la noche saqué el despertador del armario donde lo había guardado y me lo puse a las 6.15 para poder desayunar tranquilamente, afeitarme, ducharme y vestirme debidamente. Sensaciones recuperadas de la vieja normalidad. Salí de casa poco después de las 7.30, cogí el coche y llegué a la hora convenida. Tuvimos la reunión, cerramos todos los detalles y flecos pendientes y luego me quedé por allí para organizar todas las cartas con un portátil que me prestaron. A media mañana había terminado el trabajo, así que bajé a tomarme un café con un croissant donde mis amigos del bar La Dehesa del Partenón y me volví para casa. Globalmente me resultó agradable esa inmersión en la dinámica propia del pasado reciente, que ya parece tan lejano. Ahora la gente de mi curre acude a la oficina dos o tres días por semana y el resto del tiempo teletrabaja, lo cual está muy bien. Pero es básico mantener un poco ese contacto social que el Zoom no te proporciona.

Por la tarde estuve haciendo llamadas a los diferentes miembros del Jurado para comprobar que estaban al tanto, que no tenían problemas con las fechas y detectar posibles casos de incompatibilidad por amistad o trabajo en contacto estrecho con algún miembro de los equipos finalistas, un tema que hay que cuidar. El martes había vuelto a guardar el despertador, pero igual me levanté pronto, porque tenía de 9.30 a 10.30 mi clase de inglés, con el bueno de Ed que es fabuloso. Ahora se ha incorporado un tercer alumno al grupo, una mujer, y la verdad es que las clases son divertidísimas. Ed te hace hablar y luego te corrige las cosas que has dicho mal. Conversamos mucho, escuchamos audios, aprendemos nuevos giros, nos explica reglas de pronunciación y vamos avanzando, aunque los tres tenemos bastante buen nivel.

El resto de la mañana lo dediqué a escribir el post que habría de publicar al día siguiente, sobre el siniestro Mephisto y su irrupción en mi vida, subido en un patinete. Y después de comer me relajé y repasé mis notas para el Billar de Letras que teníamos a las 19.30. Tal como lo definió al día siguiente nuestro director, Ronaldo Menéndez, fue una de las sesiones más memorables de toda la historia del club. El libro que examinábamos era Panza de Burro (Andrea Abreu, 2020). Andrea Abreu es una chica canaria que tiene ahora 26 años y hace unos cuantos se vino a trabajar a Madrid como periodista o de lo que fuera, ha sido camarera de bar y dependienta de una tienda de ropa de moda. Su novela ha sido alabada por todo el mundo, es un verdadero bombazo editorial. Les pongo una imagen que colgó Ronaldo en su Facebook y otras que le hice yo a la chica, que es un encanto.



Panza de burro transcurre en un verano en las faldas del Teide y sus protagonistas son dos niñas, la narradora, en torno a los diez años, y su amiga Isora algo mayor. Ambas se manejan en el argot de la isla, son hijas de las familias que sirven a los turistas guiris (que ellas llaman guiris jediondos) y son como dos pequeños animalitos integrados en el medio. La autora no pone una sola cita explicativa a pie de página, ni utiliza cursivas o entrecomillados. La escritura fluye como una reflexión mental de una niña al borde de la explosión sexual (en las zonas tropicales la mujer madura antes), la narradora envidia las tetas que le han empezado a brotar a su amiga, igual que flores que nacen de la tierra, además de los pelos que le han salido en el pepe, como un helecho en primavera. Las historias que se cuentan se sienten al tacto, se huelen y se saborean. Son dos niñas que pasan todo el día solas, están un poco asalvajadas y son muy escatológicas y a la vez muy sensibles.

Genial el capítulo en el que se dedican a estregarse disimuladamente con los bordes de los pupitres de clase, o utilizando sus bolígrafos, sin otra malicia que el disfrute del placer que eso les proporciona. Después de toda la mañana estregándose ambas, te cuenta que la clase entera huele a pepe y te describe ese olor como algo parecido a lo que se te queda en la mano después de pelar y comerte unas gambas a la plancha. Andrea se vino a Madrid y poco después de instalarse se apuntó al taller de escritura de Fuentetaja. Y su profesora, cuando leyó lo que hacía, la animó a no cortarse, a lanzarse a tumba abierta con el lenguaje y esa mezcla de escatología y belleza. El resultado es un exitazo, la novela se está traduciendo ya a nueve idiomas (me gustaría saber cómo traducen pepe al noruego).

Por lo demás, fue una de las sesiones de Billar de Letras en que Ronaldo habló menos, Andrea se encontró muy a gusto en el club y nos contó todo lo que quiso, cómo algunas vecinas de su viejo barrio ya no le hablan tras leer su libro, cómo ha tenido que recurrir a una terapia para procesar su éxito y la continua matraca que le dan con entrevistas y presentaciones. Me llamaron la atención sus sensaciones al venir a Madrid, el relax que le supuso librarse del agobio de la insularidad y la necesidad de adaptarse al aire seco después de haber vivido toda su vida en una humedad extrema, bajo la panza de burro de las nubes que ocultan siempre la cima del volcán. Le conté que yo había sentido lo mismo al venir de Coruña, aunque se trate de una península, que al principio echaba de menos el mar y que me había pasado un par de años con la garganta y las narices muy resecas. La sesión terminó de una manera muy apropiada, cuando nos dijo que tenía que cortar, porque su perrita Bimba se estaba meando.

El miércoles empecé saliendo temprano a correr al Retiro, aunque esta vez no me encontré a nadie extraño. A la vuelta, después de desayunar y ducharme, repasé mi post y lo publiqué en torno a las 12. Dediqué el resto de la mañana a contestar correos y hacer llamadas de teléfono, luego me hice un pesto di rucola, me lo comí y me di un cabezadita. Porque por la tarde tenía una cita importante. Ya les conté mi intención de dar unas clases de guitarra y que mi amigo Juanmi, el lutier del barrio, me había dado dos teléfonos de posibles profesores. Al final no he llamado a ninguno de estos dos, sino a un tercero cuyo contacto me proporcionó un colega arquitecto al que conozco por su participación en varios de los concursos de Reinventing. Le llamé y le expliqué que yo lo que quiero es aprender a tocar blues, hacerme con sus acordes, texturas y técnicas. Me gustó lo que me conto, me pareció bien el precio, media hora de clase presencial a la semana, y habíamos quedado el miércoles a las 19.00.

El profe se llama Enrique Moleón y forma parte de una cooperativa vallecana de músicos, que tienen una pequeña banda que toca por ahí en las verbenas de los barrios. El local de la cooperativa está justo encima de la asociación de vecinos Nuevas Palomeras, una de las herederas del poderoso movimiento vecinal que consiguió realojar a las 12.000 familias de las chabolas del asentamiento de Palomeras, según la historia que conté en el blog en una serie de cuatro posts y sobre la que he dado recientemente dos clases en la ETSAM. Ya ven que todos los temas de este blog están interrelacionados. Como tenía tiempo, se me ocurrió ir caminando desde casa, 5,6 kms. Un paseo de hora y cuarto, por el antiguo camino de Valderribas. Otro de los motivos para ir andando era que, a mitad de camino, está el bar restaurante Casa Tomás, de mis amigos y colegas de carreras Marce y Joanna. Allí hice una paradinha para un café y continué. El profesor es cojonudo, me hizo unas pruebas, comprobó que ya domino algunos fundamentos y nos metimos de cabeza al blues.

Así que esta es una nueva faceta para mi perfil. Por ejemplo, ¿ustedes saben algo de la escala pentatónica del rhythm and blues? ¿No? Pues yo sí, hala. Para la vuelta a casa, opté por coger el Metro en la parada del Alto del Arenal, Línea 1 directa a Atocha, porque estaba ya cansado tras mi carrera matutina y mi caminata vespertina. Pero les diré que el paseo de la ida me resultó súper grato, recorriendo todo el distrito de Retiro (a Casa Tomás siempre voy andando), atravesando la M-30 por una gran pasarela elevada y cruzando luego todo el Puente de Vallecas hasta Palomeras. Todo eso con mi guitarra a la espalda, en su funda negra en modo mochila. Y les puedo jurar que no pasé ni un segundo de miedo, de ese que denuncia Vox. Mi guitarra es valiosa, sólo la funda ya vale una pasta. Si lo que dice Vox fuera cierto, me la habrían intentado robar. Pero nada de eso. De vuelta en casa, me serví un vermú con unas aceitunas de Campo Real y me lo tomé mientras me cocinaba un revuelto de dos huevos con gulas, con su ajito y su guindilla. Con eso como cena y una cerveza Estrella Galicia, me senté ante la tele, dispuesto a ver el debate. 



Me gusta esta imagen, porque ordena a los candidatos según su posición en el arco ideológico. Ya saben que yo me sitúo más o menos en la zona de Mónica García, una izquierda menos bronca y radical que la de Iglesias (que termina por cebar el voto anti de la gente más conservadora, que le tiene miedo, hábilmente manipulada por los medios de la derecha) y también una izquierda menos seria y aburrida que la de Gabilondo. Y con un componente verde que me parece imprescindible. En cualquier caso, yo no voy a hacer aquí ningún análisis político, que es algo que no le correspone a este blog, sino contar un poco qué me parecieron los personajes como tales. 

Por orden. Me sorprendió negativamente Gabilondo, le vi muy viejo y muy cascado, no estaba cómodo y hasta se trabucaba en algunas frases. Eso no quiere decir que no vaya a ser un buen presidente, si consigue la mayoría, también Biden se atascaba a menudo y, en general, creo que no lo está haciendo mal, ya hablaremos de eso otro día. Los demás, en sus líneas respectivas. Ayuso ha cobrado un cierto empaque, algo ha aprendido en estos años, pero sigue siendo simple, castiza y faltona. Su discurso es pobre y elemental, y habla de algunos temas como el maestro Ciruela, que no sabía leer y puso escuela. Pienso que habría quedado mejor disculpándose por haber llamado mantenidos a los de las colas del hambre (en realidad no les llamó perdedores porque no se le ha ocurrido, y no le demos ideas). Yo creo que se ha llegado a creer su propio discurso, hecho todo de fakes; ella se siente una especie de Juana de Arco defendiendo a España del comunismo. MAR ha hecho un buen trabajo.



Edmundo Bal se mostró como lo que es: un funcionario del Estado que sabe muchas cosas de gestión y procedimiento. Estuvo bien, pero el muro que tiene que escalar para llegar al 5% es prácticamente insalvable. Mónica García, estuvo natural, era su ocasión de darse a conocer al público en general. Se la vio más bregada en los temas sanitarios, pero mantuvo el tipo en los otros. Tuvo algún fallo gordo, como sacar un cuadro de datos y no saber decir la fuente; ahí la pilló Ayuso que ha aprendido muchas mañas (no sé si se fijaron, pero en la segunda parte del debate la presidenta estuvo mucho rato callada, dejando que los demás se pelearan entre ellos). En general, yo creo que Mónica se mostró muy empática, es una mujer que cae bien, tal vez debería aprender a hablar un poco menos deprisa.

Pablo Iglesias estuvo correcto, de largo es el mejor comunicador de todos los allí presentes y supo dar una imagen algo más moderada en las formas, sin perder su discurso de fondo. Estuvo muy bien cuando le dijo a Ayuso que no se riera, que estaban hablando de muertos, y tuvo que repetírselo varias veces, porque Ayuso tiene puesta esa sonrisa sardónica, como la que tenía Esperanza, y cuando te acostumbras a estar siempre con una mueca impostada, te cuesta mucho quitarla. Iglesias sí atacó con datos contrastados y con sus fuentes bien aprendidas. Al final del debate, Gabilondo remontó con algo que evidentemente traía preparado: ofrecer a Más Madrid entrar en el gobierno y pedir la ayuda externa de Podemos. Es algo muy calculado, para ganar votos y no dar miedo. Apostaría a que el autor de ese estrambote final fue el propio Sánchez, que se mueve muy bien en el regate en corto.

Y he dejado para el final a Rocío Monasterio. De verdad, creo que es un escándalo que a una señora como esta se la deje participar en debates. Es que me dio hasta miedo, cuando miraba a la cámara directamente con esa mirada fanática inquebrantable. Esta señora insulta cada vez que abre la boca. Y tiene la chulería de los pijos que se creen que han de estar siempre arriba por nacimiento. Ese mismo sentimiento de impunidad que la llevó a estar muchos años firmando proyectos de arquitectura sin ser arquitecta. Mira que trato yo de contemplar estas cosas desde una cierta distancia crítica, pero he de confesar que, cada vez que intervenía esta bruja, conseguía ponerme nervioso. Es Cruella de Ville, es la madrastra de Blanca Nieves, es la Maléfica de la Bella Durmiente, todo a la vez, es la señora de Mephisto el del patinete. Terminé el debate con una idea nítida: a mí esta señora me da más miedo que Abascal.

Pero sigamos con el relato de mi semana fastuosa. El jueves tuve otra nueva clase de inglés a primera hora, luego estuve trabajando un rato y a la una me acerqué al Ateneo de Madrid, donde tenía una cita. El Ateneo lleva dos años de obras, porque se estaba literalmente cayendo a pedazos. Y el arquitecto que dirige esa obra es mi amigo Julio de la Fuente, profesional joven y brillante, surgido del universo Europán. Así que le llamé para ver si me invitaba a ver las obras y luego sumé al plan a mi jefa y a mi compañera M. que también lo conocen y lo aprecian. Las obras están casi acabadas, el Ateneo pertenece al Ministerio de Fomento y para poder hacer esta rehabilitación, se han acogido al artículo 161, que les expliqué (en realidad, ni siquiera sé si es ese el número correcto). Eso no les libró de pasar por la tortura de la Comisión Local, que todavía no ha dado el visto bueno a las barandillas ni al tono del parqué, que piensan que se debería de oscurecer un poco con un barniz (tal como lo leen).

Ven que no exageraba en mis posts sobre este asunto. Aquí hay una Comisión que tiene que dar un OK a una obra que es una maravilla y retrasa ese OK torciendo el gesto y diciendo con aire dubitativo que tal vez el tono del suelo debería ser un poco más oscuro. Como si se tratara de una corrección de las que sufríamos los alumnos de la ETSAM en mis tiempos. La Comisión Local es la que depende de la Comunidad y, entre los presentes del equipo que nos enseñó las obras, existía la sospecha de que tal vez el tema tuviera que ver con la rivalidad Sánchez-Ayuso. Yo les dije que no. No hace falta rivalidad política alguna, es el estilo de los Conservadores de Cascarones. 

Por lo demás, yo recordaba el Ateneo (donde he estado muchas veces y hasta he hablado en dos ocasiones al menos), como un lugar muy oscuro, todo revestido de maderas viejas, con butacones antiquísimos, muy al estilo de los Casinos de las ciudades de provincias. Pero Julio descubrió que en los planos originales había dos grandes lucernarios para iluminar los espacios principales. Y resulta que estaban tapados con tejas. Al recuperar los lucernarios, el lugar se ha convertido en luminoso y el resultado es fascinante.

Aproveché para saludar al director Juan Armindo, que también es amigo mío y está pendiente de elecciones a mediados de mayo. Si resulta reelegido, no descarto hacerme socio, ya mi padre lo fue en los tiempos de Alfonso XIII. Y, tras la visita, me llevé a Julio y a mis amigas a comer al Can Punyetas, un restaurante catalán que hay allí cerca, donde suelen comer algunos de los diputados del Congreso que no viven en Madrid. Es un lugar donde se pueden degustar escalibadas, esqueixadas, butifarra de primera clase, arros amb cunill i pollastre, o mungetas de diversos estilos, además del proverbial pa amb tumaca. Nos lo pasamos muy bien e hicimos una larga sobremesa con la que completamos otra reunión también memorable. He de decirles que este tipo de actividades son las que motivan que mis hijos me regañen, se preocupan por mí y me digan que soy como un quinceañero, porque el Can Punyetas es un lugar interior, bastante cerrado, que no tiene terraza fuera, aunque ciertamente estaba medio vacío.

En fin, tocaremos madera por segunda vez, llevo haciendo este tipo de cosas desde que salimos del primer encierro y sería una pena que me pillara el covid en el descuento, pero no lo puedo evitar: como el escorpión del cuento, es mi naturaleza. Para mí es clave mantener el contacto con mis dos amigas, a las que debo cinco años de los mejores en mi carrera en el Ayuntamiento y me hace ilusión sacarlas de esa rutina asfixiante que hace que no puedan quedar conmigo más que a las 8.30 de la mañana. Me fui luego a casa, descansé un rato y entonces empecé a leer el siguiente libro de Billar de Letras, para el mes que viene. Se trata del volumen de cuentos completos de Carlos Castán, que acaba de editar Páginas de Espuma. Carlos Castán probablemente sea el mejor escritor vivo de relatos en español. Es un hombre de unos 60 años, que ha publicado únicamente tres libros de cuentos. Y mi también amigo el editor Juan Casamayor los ha reunido en un solo volumen. Este es un tema que se merece por sí solo un post específico y lo tendrá en breve.

El viernes no paré tampoco, pero no hice nada que merezca contarse en el blog. Tan sólo bajé al Centro de Salud que me toca, donde me informaron que la última instrucción es que a los de 70 a 75 los vacunará la Comunidad de Madrid a partir del próximo martes con la vacuna de Pfizer en los grandes hospitales de la región. De aquí al martes, espero no contagiarme, o haberme contagiado ya, toco madera por tercera vez. Tengo ya una serie de tareas obligadas que llenan mi tiempo, como practicar el blues un rato todos los días, leer los cuentos de Castán, disfrutar de la ciudad, quedar con gente y mantener vivo el blog. Además de seguir haciendo bastante samanthing. Samantha Fish es ya parte de este blog por derecho y seguiré contándoles sus andanzas. Esta noche y mañana toca en Aurora (Illinois) y vean el cartel anunciador, donde pueden comprobar el nombre con el que se presenta ahora.

Es facilísimo hacer carteles de una persona tan fotogénica. Samantha está otra vez en la carretera, como les conté, y se pasa la vida entre conciertos y viajes. Y, cada vez que se sube al escenario, lo da todo. Termina agotada y tiene que descansar, que al día siguiente normalmente hay uno o dos conciertos más. Y, como es transparente y lo canta todo, ha publicado esta foto que les dejo de despedida, en la que se la ve reventada tras un concierto pero feliz, relajándose en un sofá con una copa de vino tinto. Ella, como yo, vivimos cada día como si fuera el último y soñamos como si fuéramos a ser eternos, la máxima de James Dean. El cansancio no es un input a considerar en nuestros programas cotidianos. 

Más o menos esto es lo que terminé de escribir ayer viernes, un día en el que estuve entretenido con mil cosas y no me conecté con el debate de la SER, por lo que no me enteré del pollo que se montó. Esta mañana he salido de nuevo al Retiro a hacer mis 6,5 kilómetros de rigor, antes de desayunar y ponerme a repasar este post. Como ven, ahora que tengo tiempo de sobra, mi mecánica con el blog es esta: escribo el post el día anterior y, cuando me toca, le doy un pequeño repaso y lo publico. Es un sistema que tiene el riesgo de que la actualidad vaya más rápida, como ha sucedido en este caso. El follón de ayer requiere un análisis más reposado, que les prometo, y que haría interminable este ya de por sí largo texto. Pero algo sí les quiero decir. Me parece que Pablo Iglesias acertó marchándose del plató.  

No le tengo a Iglesias como a un político proclive a dar pasos por un calentón o por una ofensa instantánea. Le llevan dando leña mucho tiempo y tiene la piel dura. Pero es muy listo y yo creo que intuyó que era el momento de desnudar para el público la estrategia de Vox, un grupo fascista que no cree en la democracia, ni en los votos y mucho menos en los debates, donde se dedica a provocar y cagarse en todos los demás. Continuar con eso era seguir haciéndoles el juego y yo creo que Iglesias lo intuyó en ese momento y por eso decidió acertadamente irse. Gabilondo y Mónica no lo entendieron así y siguieron hasta el descanso. A la vuelta de ese descanso tomaron la decisión de irse también, lo que sugiere una instrucción directa de sus jefes, Sánchez y Errejón: saliros de ahí pitando, que Pablo lo ha hecho muy bien y hay que subirse a su carro; es nuestra oportunidad. 

En este nuevo escenario, yo me hago una reflexión más. En los últimos tiempos se ha visto en cada nueva cita electoral un comportamiento uniforme, que para mí es tendencia. La derecha vota en bloque, son más disciplinados y menos exquisitos, les da igual que su candidato sea feo, tenga halitosis, sea un corrupto o un cabrito evidente: ellos votan siempre, votan todos, no se abstiene nadie. En cambio la izquierda es mucho más tiquismiquis y, con cualquier disculpa, se abstiene: que si esta es vieja, que si el otro se equivocó en nosequé, que si tenía una tarjeta black o maltrataba a su criada marroquí. En esta ocasión, la oferta de candidaturas de izquierda es amplia. Queda poco lugar para esas exquisiteces; raro será que a usted, querido indeciso, no le guste al menos uno de los tres. Tal vez, por eso, pueda darse un vuelco a los pronósticos. Recuerden que Carmena le ganó a Esperanza porque todos los espectadores pudieron ver cómo se enfrentaba impertérrita a una auténtica maleducada. Pues Ayuso y Monasterio han superado sus marcas de mala educación por varios cuerpos. Veremos. 

Una última cosa. Esto de ayer aparece destacado en grandes titulares en toda la prensa de Madrid. En cambio, en provincias aparece en una esquinita de la portada. Échenle un ojo a La Voz de Galicia, El Norte de Castilla, el Heraldo de Aragón, el Correo o hasta la Vanguardia. En Madrid nos creemos un poco el ombligo del mundo y a la gente de provincias muchas veces se la pelan nuestros conflictos. Vox puede ser un problema nacional grave, pero en muchas zonas se ve como un asunto sólo de Madrid. Algo a ser tenido muy en cuenta. En fin, lo dicho: una semana magnífica. Ojalá sean así todas. Por mí no va a quedar. Ánimo y que pasen ustedes un muy feliz fin de semana. 

miércoles, 21 de abril de 2021

1.043. Mephisto en patinete y otros dislates

Vaya, voy a empezar por hacerles un poco la pelota, queridos seguidores de mi blog. Sin que sirva de precedente. Realmente estoy abrumado por la avalancha de elogios, alabanzas, loas, parabienes, congratuleisions, aplausos y ditirambos varios que ha suscitado mi reciente pareja de posts acerca de la tenebrosa secta de los Conservadores de Cascarones, un nombre de resonancias malévolas, casi como los Reductores de Cabezas jíbaros. Hombre, el primer texto era cortito y divertido, con las historias de García Lomas y los otros alcaldes nombrados digitalmente por el señor Franco, a quien mi padre solía referirse como Su Excremencia o, en ocasiones, como el Jefe del Estado, a lo que añadía por lo bajo: del estado este de calamidad en que nos ha sumido (por entonces, este tipo de chistes había que administrarlos con prudencia, que se jugaba uno el bigote). Vale, el primero de los dos posts tenía un pase. Pero el segundo lo subí al blog con un sentimiento entre el cargo de conciencia y una especie de misericordia compasiva hacia mis lectores: pobres, menudo ladrillo que les acabo de largar, desde luego qué paciencia tienen conmigo.

Y, para mi sorpresa, resulta que ha gustado un montón, lo cual dice mucho de la capacidad lectora de este pequeño grupo de fieles que continúan leyendo mis paridas después de más de ocho años de darle nafta a la bomba, sin quitar el pie del acelerador. Mi grupo de seguidores es pequeño (somos un blog zombie, recuerden), pero distinguido, selecto y amante de lo profundo. Así que, de verdad: el mayor de mis agradecimientos para ustedes, queridos amigos. La verdad es que yo trato de producir una especie de literatura instantánea (como el Nescafé y otros solubles), de usar y tirar, directa desde el autor al lector y sólo de vez en cuando con un poco de trasfondo. Aparte de divertir y entretener al lector excitando su curiosidad, pocas más pretensiones tengo. De vez en cuando me sale algo más denso y agradezco que mis followers lo valoren. Eso dice mucho de ustedes y de su nivel intelectual.

¡Hala, vale ya de peloteo, cagüen too! Hoy toca volver al nivel temático más habitual. Lo que pasa es que la actualidad va a toda pastilla y cada día se desayuna uno con una novedad insólita relacionada con la campaña electoral, el progreso de la vacunación, la rise and fall de la Superliga de Florentino, el veredicto del caso George Floyd o el anuncio de Biden de que los yanquis se van de Afganistán (dejando por cierto que los talibanes vuelvan a imponer su régimen social basado en la sharia, que jode sobre todo a las mujeres afganas). Pero ustedes no entran aquí para enterarse de la actualidad. Para eso tienen El Páis y los demás diarios. Así que les diré que, a los efectos de este blog, la gran noticia de estos últimos tiempos no es ninguna de esas. Aquí, el notición es la inesperada reconciliación de Marta Botía y Marilia Casares, las componentes del dúo Ella Baila Sola. La ruptura de este grupo hace 20 años, fue casi tan sonada como la de los Beatles. Marta y Marilia tienen ahora 46 años y están igual de guapas que a los 21, cuando debutaron con un éxito estratosférico y merecido.

Más de uno de mis lectores estará pensando que estoy de coña, pero ya les digo que para nada. Aunque soy un amante del blues, el rock y el jazz, tengo mucho respeto por la gente que compone, es decir, que se enfrentan a un folio en blanco y un pentagrama virgen y sacan de ahí una letra y una melodía que constituyen un todo para ser interpretado. Por eso respeto mucho a José Luis Perales, como saben. Marta y Marilia compusieron todas y cada una de las canciones que incluyeron en los tres discos que publicaron entre 1996 y 2000 y que se vendieron por millones, antes de que la relación entre ambas saltara por los aires. Les voy a pedir que escuchen una canción de estas chicas que apareció en su primer disco. Estamos hablando de 1996, es decir, más de 20 años antes de que surgiera el movimiento Me Too. Y Ella Baila Sola cierra su álbum de debut con este tema, que se llama Mujer florero. Impresionante el humor, la coña que se traen acerca del asunto. La coña en la letra y también en la música: es un todo.

A mí me gustaban mucho estas chicas, tenía sus discos y se los ponía a mis hijos que eran pequeños entonces. Marilia, la morena, que es de Cuenca, era para mí algo así como la mujer perfecta. Ya les iré poniendo otros temas en posts sucesivos, entre canción y canción de Samantha Fish. Ahora han publicitado su reunión, después de estar 20 años prácticamente sin hablarse. La prensa no cuenta nada de Marilia y cuál es su circunstancia. De Marta se dice que vive en Nueva York, con dos hijos, que acaba de romper con su pareja y está deseando volverse a vivir a España, pero no quiere afectar a la vida de sus hijos americanos, que tienen allí sus colegios y su vida. No es difícil imaginar que ha sido ella la que ha tomado la iniciativa de la reconciliación. Y yo aguardo con ansia sus nuevos trabajos, estas chicas son una bomba, el eslabón perdido entre Vainica Doble y Larkin Poe.

Déjenme que meta en este tema una cuña publicitaria (porque yo sigo con mis leit motivs). ¿Cómo piensan que ha sido el proceso de reconciliación? Es fácil de imaginar. Marta, en plena crisis vital, ha buscado a la otra, le ha dicho que es una tontería que sigan distanciadas, tal vez se han citado, seguramente aquí, donde Marta habrá viajado con cualquier excusa, se han dado un abrazo, se han tomado algo juntas, han puesto al día la información sobre sus vidas respectivas. Tal vez hasta hayan hecho luego algún papel formal para sellar su acuerdo, eso no lo sé. Y han consensuado la forma de salir juntas a anunciar públicamente su vuelta, sonrientes, bien pintadas y arregladas. Muy bien, eso parece bastante creíble y lógico. Pero ATENCIÓN, PREGUNTA. ¿Cómo habría hecho eso Marta si fuera como Pablo Iglesias?

Tampoco es difícil de imaginar. Hubiera grabado un vídeo, allí en Nueva York. Se mostraría en ese vídeo despeinada, agotada, desolada, con el ceño fruncido diciendo que estaba en crisis total, que se había equivocado con su vida, que nunca tendría que haber roto Ella Baila Sola, que consecuentemente, había llegado a la conclusión de que tenía que reconstruir el grupo, para lo cual tendía la mano sinceramente a Marilia, porque no podía ser eso de que estuvieran separadas y sin hacer música juntas. Me van siguiendo ¿no? Dramatismo, tremendismo, histrionismo, afán de protagonismo y muchos más ismos. Y qué habría sucedido. Pues que Marilia, al día siguiente, habría salido a la palestra en Madrid mandando a la otra a freír churros, evidenciando que no le había contado nada previamente de sus intenciones, que se había enterado de que Marta quería volver a reunir el grupo literalmente por la radio.

Joder, a ver si se enteran los que me siguen dando el coñazo con Unidas Podemos, que me piden que les vote a ellos y no a Mónica García, como pretendo. Les repito que este no es un blog político. Les reto a que busquen en mis mil y pico posts una sola crítica a las políticas que propone Podemos. Que quede claro que lo que me molesta de este señor es exactamente lo que he dicho de él: que así no se hacen las cosas en el siglo XXI, que ese es un modus operandi medieval, de Juego de Tronos: yo planteo un órdago, lo anuncio a los cuatro vientos y a ver cómo responde la otra parte. No me gusta el modus operandi, no me gusta lo que ese modus operandi desvela del personaje y no me gusta la falta de autocrítica que se deduce del hecho de que lo siga haciendo así, a pesar de que todas las veces le sale como el culo. Nada, que se me cuela otra vez el tema electoral, del que yo no quería hablar, por lo menos hasta que pasen las elecciones. Unas elecciones de las que no se me quita la sensación de que nos va a caer la del pulpo y siento decirlo. Ayuso lo tiene claro, como ven.

El problema de Madrid es que hay mucho facha por metro cuadrado, quizá más que en ninguna otra región. Y a ello hay que añadirle que la gran mayoría de los autónomos son de derechas, no sólo los de los bares, sino los carpinteros, fontaneros, parquetistas y propietarios de pequeños negocios, por no hablar de los taxistas. Gente muy inculta, pero con ciertos posibles, que les permiten tener un adosado en el extrarradio, un todoterreno diesel y poder irse de veraneo a lugares como Marina D’Or. Por supuesto, todos ellos facturan lo que pueden en negro y hacen lo posible por defraudar a Hacienda. Así que no es difícil que se traguen el discurso ese del comunismo, que el PSOE quiere subirles los impuestos y que la Libertad-Libertad-Libertad está en riesgo. Hace muchos años que nuestro añorado Forges diseccionaba este asunto con precisión casi quirúrgica. Véanlo.

Qué crack el Forges. Bueno, yo quería recuperar el hilo de Ella Baila Sola. Porque algunos de mis seguidores me dicen que, como no saben inglés, no consiguen seguir lo que canta Samantha Fish y otros artistas de los que suelo traer vídeos al blog y eso hace que los disfruten menos. Espero que con EBS no tengan ese problema. Pero, en realidad, para disfrutar del buen rock no hace falta entender la letra al detalle, sólo tener una idea general de por dónde va el sentido de la canción. Cuando yo era un quinceañero (ahora vuelvo a serlo, según sentencia mi hijo Kike, que es un genio), una de las canciones que más me gustaban era Con su blanca palidez, así se tradujo por aquí A whiter shade of pale del grupo Procol Harum. Era una canción preciosa, ideal para bailar el agarrado. Y no sabíamos qué decía la letra, salvo que empezaba con Esquife-lai-fandango. Un colega mío de aquellos tiempos lo decía así: a mí la canción que más me gusta es la de esquife-lai-fandango. Permítanme que les rememore esta maravilla. Súbanle el volumen al máximo y, si tienen con quien, aprovechen, que esta es la canción perfecta para arrimar cebolleta.

Pura historia del rock. Esta canción se publicó en 1967. Dieciséis añitos tenía aquí el menda lerenda. Por cierto, para quien no lo haya notado, la melodía está inspirada en las armonías de una pieza de Johann Sebastian Bach. ¡Cuántos recuerdos asociados! La de veces que habré bailado yo esto. En 1968 me vine a Madrid. Y empecé a moverme por las discotecas. Yo me trabajaba sobre todo el JJ, que estaba en los sótanos del Palacio de la Prensa, en Callao, y el Stone's, cercano a la Puerta de Alcalá, donde iban todos los americanos de la base de Torrejón y había negros por un tubo. Te pillabas el cubata (por entonces no molaba tanto el gin-tonic) y empezabas a mover el esqueleto como un poseso, al ritmo de toda la lista de rocks del momento. Sólo de vez en cuando se bajaba el ritmo, empezaba a sonar el órgano de Procol Harum y se escuchaba lo de Esquife-lai-fandango. Uno se ponía romántico, miraba a la chica más próxima, que ya iniciaba el movimiento de irse a su butaca a descansar, y la agarraba por la cintura. Venía entonces la conversación proverbial: –Estoy toda sudada. –No me importa. Y la inmersión en el paraiso durante el tiempo que duraba la pieza.

En fin, que este post se me está yendo de las manos, como me pasa tantas veces. Antes de que eso suceda, quiero insistir en otra de las líneas que vengo esbozando últimamente. Como les dije no hace mucho, yo creé un personaje Emilio-bloguero, una especie de alter ego que no era para nada el Emilio real. Que más bien me mostraba como a mí me gustaría ser. Es el mecanismo opuesto al de los heterónimos de autores como Pessoa, que crean personajes con otro nombre que son ellos mismos. Mi creación se llama Emilio, pero es otro. Pero ese personaje bloguero Emilio se está comiendo poco a poco al Emilio real y cada vez me pasan más cosas que pueden considerarse inscritas en el mundo onírico-literario del blog, más que en la vida real de un septuagenario jubilado. Les pongo un ejemplo, en forma de relato

Domingo día 11. Es un día en que el tiempo ha refrescado bruscamente. Yo no me lo esperaba y por eso he salido temprano a correr únicamente abrigado con mi camiseta negra de Samantha Fish; de haber sabido que había cambiado el tiempo, me habría puesto algo más calentito. Tengo que cruzar el Paseo del Prado por delante del Caixaforum. Cruzo la primera mitad y espero en el bulevar central a que se ponga en verde el semáforo del segundo tramo. Tengo frío y eso me hace esperar dando pequeños brincos, algo que no suelo hacer, porque me parece que muchos de los corredores de nueva hornada lo hacen por puro postureo. No veo gran cosa, entre las gafas, el empañamiento (aunque salgo sin mascarilla), la atención que he de prestar al suelo para no tropezarme, los coches que he de vigilar por si no se paran en el paso. Todo eso hace que no vea bien a la gente con la que me voy cruzando.

Pero intuyo que al otro lado del paso, por donde la verja del Botánico, hay dos personas. Una de ellas es un tipo joven, alto, delgado, todo vestido de negro, pelo largo rizado, embozado en una mascarilla negra como de atracador y con un patinete. Está tieso como un poste esperando a cruzar y tiene un aspecto un poco siniestro y amenazante, acentuado por su completa inmovilidad, como una figura de mal augurio, como un cruce entre el motorista del infierno y el ninja de la muerte. Me recorre el cuerpo un escalofrío. Se pone el semáforo verde, echo a correr mirando al suelo al ritmo de Slow Down y, justo cuando me estoy cruzando con el tipo del patinete (que es eléctrico), escucho con toda nitidez que me dice: ¡Vamos Emilio, ahí con dos cojones!

No lo he reconocido, pero imagino que quizá se trata de Alejandro, camarero del Matilda, que suele venir al trabajo en bicicleta desde su casa al otro lado del Retiro y con quien me he cruzado ya otras veces. Así que no me paro, levanto la mano en señal de agradecimiento y saludo y sigo corriendo a toda pastilla para ir entrando en calor. Fin de la anécdota. Ahora viene lo raro. El miércoles 14 bajo a comer al Matilda (últimamente vengo comiendo fuera de casa de dos a tres veces por semana) y le digo a Alejandro: –Vaya, ya he visto que te has modernizado, de la bici al patinete eléctrico, mucho más cómodo. Me mira perplejo, sin entender nada. Le cuento la historia y me asegura que no era él. Que odia los patinetes eléctricos y que no se ha cruzado conmigo desde hace semanas. Entonces, ¿quién coño era el que me saludó?

Segunda posibilidad. Mi amigo Manu, hijo de una íntima amiga, que vive por aquí y podría venir de dar una vuelta matutina por el parque, donde también me lo he cruzado alguna vez. Le mando un Whatsapp. Me confirma que tampoco era él, entre otras cosas porque lleva un par de semanas en México. Y en este punto estoy. No tengo ni puta idea de quién era ese admirador eventual de aire tenebroso. Ahora mismo no creo conocer a nadie que se vista todo de negro y se desplace por la ciudad subido en un patinete eléctrico, en parte comparto la fobia que les tiene el bueno de Alejandro. ¿Tal vez algún seguidor del blog? Si es así, le ruego que se identifique. Por favor. 

Cuando me crucé con él y creí erróneamente que era Alejandro, me tranquilicé y me quité de la cabeza esas otras ideas más siniestras. Pero ahora que sé que no era nadie que conozca, vuelvo a pensar que pudiera ser algún elemento malévolo, un vampiro, no sé, tal vez el mismísimo diablo, que se había bajado de la estatua del Ángel Caído para enfilar la cuesta de Moyano y acercarse al distrito centro a tentar a sus incautos habitantes (como si no tuvieran bastante con tener su barrio regulado por los Conservadores de Cascarones). Mephisto en patinete. ¿Habrá sido todo un sueño?

Si averiguo algo sobre la identidad de ese sujeto, ya lo contaré en el blog. En esta ciudad hay gente muy rara y, si no me creen, échenle un vistazo a este reciente reportaje sobre los adoradores de Satán, que pueden consultar AQUÍ. Pero, a lo que íbamos. Yo empecé inventándome cosas imaginarias para contarlas en esta tribuna. Y ahora esas historias han saltado a la realidad, me salen al camino como esos perretes que vienen a ladrarte, y me suceden cada vez con más frecuencia. El personaje del blog se está comiendo al Emilio real. Lo noté con toda nitidez ¿saben cuándo? Pues cuando me organizaron la fastuosa despedida en el trabajo, con el vídeo que les mostré en el blog, más la dedicatoria de mis amigas en el libro que me regalaron y que no traigo al blog porque forma parte de mi intimidad. Tengo claro que el Emilio real jamás hubiera merecido una despedida como esa. Vale. Les voy a dejar un vídeo más, a modo de despedida.

Mi admirada Sheryl Crow no lo está pasando bien con esto del encierro. Es una mujer muy resiliente, que las ha pasado canutas y ha salido adelante, pero es mayor que Samantha y la edad es decisiva a la hora de afrontar una calamidad universal, como esta que nos ha caído (yo, como soy un quinceañero, lo llevo bastante bien). Sheryl está rescatando algunas de las mejores canciones de su larga carrera, para cantarlas en su casa, en donde convoca a sus músicos habituales, la mayoría de los cuales no se quitan ni la mascarilla. 

Esta canción que acaba de colgar en Youtube habla de ciudades ahogándose bajo fuentes hirvientes, de perforadores locos de petróleo, de gentes que adoran al becerro de oro, de calor asfixiante, de terror insalvable, de niños perdidos huyendo a la montaña, mientras un sol asesino brilla sobre Babilonia. Una canción apocalíptica muy impactante, que en su día describía un mundo distópico. Un escenario que cada vez se va pareciendo más al real. Sheryl la canta con una rabia explícita, como un alarido contra la situación que estamos viviendo. Les pido que observen un detalle. Sheryl cumplió en febrero 59 años. Fíjense cómo tiene los brazos. Más de una de cuarenta y tantos mataría por tener unos brazos como esos. Hala, cuídense, que el partido no se ha terminado, no vaya a ser que el puto virus nos meta un gol en el descuento.