miércoles, 29 de julio de 2020

960. Haciendo como si

En esto es en lo que consiste el mundo en este tiempo maldito del coronavirus. Ya hemos comprobado que lo del confinamiento y el encierro en casa a cal y canto funciona: los contagios descendieron. Pero en esa situación la economía se iría a la mierda y todo nuestro mundo se desmoronaría. Así que hay que ir saliendo poco a poco del agujero y empezar a hacer como si. Y cruzar los dedos. De momento, la cosa va bastante mal. En cuanto se han empezado a romper las barreras del miedo, los contagios han vuelto a remontar. Nos movemos por el filo de una navaja y esto será un proceso sucesivo de prueba y error, hasta que venzamos al virus. Que, no lo olvidemos, sigue por ahí esparcido y ya está demostrando que no era estacional, como algunos optimistas esperábamos. Es gordo, pesadote, le afecta la gravedad, pero parece que el calor no lo altera demasiado.

Nos viene un verano extraño, al que seguirá un otoño extraño. Hacemos como si pudiéramos salir a la calle sin problemas, pero vamos con mascarilla y procuramos no echarnos encima de los demás transeúntes. Hacemos como si pudiéramos ir a un bar a tomarnos un vermú, pero evitamos los interiores, saludamos a los camareros amigos con el antebrazo y nos lavamos enseguida con el gel de hidroalcohol que tienen estratégicamente colocado en una esquina de la barra. Vale, son incomodidades de una nueva época a las que nos tendremos que acostumbrar, porque esto va para largo. Lamentarse y amargarse no sirve de nada, ¡por favor! vivimos como curas, unos curas un poco acojonados, para qué negarlo, pero no nos podemos quejar. En las zonas de África en donde no tienen ni agua para lavarse están bastante peor y, si sus cifras de contagios son bajas, es porque ni siquiera tienen medios para contar los muertos.

Ya saben que no hay mal que por bien no venga, como dijo Franco cuando se enteró de que habían matado a Carrero. A lo mejor esto del coronavirus ayuda a que los americanos no reelijan a Trump. Si no fuera por el virus, tendría la reelección asegurada. En esta situación, todo es posible. Joe Biden no es demasiado atractivo, pero no es tan antipático como Hillary. Yo creo que Obama debería bajar a la arena y apoyarle, que la cosa está reñida y ya está bien de ser tan mandiles, que vale, que es un señor elegante de Chicago sin una sola mota de polvo en el traje gris, pero Biden era su vicepresidente y no vendría de más que bajara a Arkansas y a Alabama a fajarse con los red necks de la zona y arañar votos para su amigo. Tiempo habrá hasta noviembre para que hablemos de Trump y comentemos la peripecia preelectoral.

Siempre les hablo de que hay dos Américas (del Norte, por supuesto), la de los paletos del interior y la más refinada y urbana de las costas. Es una simplificación, obviamente, pero tengo claro que USA es una sociedad fraccionada de muchas maneras, además de esa: ricos/pobres, cultos/incultos, hombres/mujeres. En este blog hemos explorado últimamente las raíces y la actualidad de la música blues, esa cultura que surgió de los campos de algodón y está en el origen del rock y del jazz. Hoy voy a seguir con mi investigación y les voy a mostrar un blues totalmente rural y paleto, el que representó la All Night Long Blues Band, o sea, la banda de blues de toda la noche. Van a entender lo que quiero decirles sólo con ver un vídeo, luego les cuento algo más sobre ellos.


Habrán visto que el tipo de la derecha desmiente el bulo de que los hombres no podemos hacer dos cosas a la vez. Él toca la armónica y baila al mismo tiempo, con un swing imprevisible para un tipo con esa barriga. Y ahora yo les pregunto: ¿les extrañaría que gente de este jaez votaran a Trump? No demasiado, supongo. La banda la formaban Sean Bad Apple y Martin Big Boy Grant. Y nunca sabremos si Big Boy habría votado a Trump, porque resulta que se murió en 2015, dos años después de esta grabación. Tenía 43 años, pero es obvio que no se cuidaba mucho. Bad Apple y Big Boy Grant eran una pareja muy popular en el medio Oeste, herederos directos de Laurel y Hardy, y de Abbot y Costello, entre otros. Bad Apple sigue ganándose la vida como músico, con su nueva banda. Les acompañaba una chica a la batería, probablemente una prima o sobrina de alguno de ellos. Y supongo que se han fijado en el cubo para las tips (propinas) un clásico de los músicos yanquis. Les voy a pedir ahora que vean la versión que hacían del clásico Rollin’ and tumblin’ (que escuchamos  en otro post en las voces de Larkin Poe). Big Boy se supera moviendo el culo. A media canción, Bad Apple le pide a su colega que haga el pollo (rooster). Vean el resultado.


Ya ven, esta banda se colocaba en cualquier sitio, en la puerta de una tienda y Big Boy empezaba a dar vueltas y revueltas. Algo que no podrían hacer ahora. Desconozco cómo están las cosas en Norteamérica en estos momentos, pero parece que mal. Las cifras de contagios y muertos en el mundo baten cada día un nuevo record y USA se está llevando la peor parte, seguida de Brasil. Mi amigo Diego Moreno ha escrito una carta abierta a sus vecinos del norte en la que les ofrece refugio en Tijuana, la del corazón sin orillas, puerta de un país caótico, cuyo nombre se escribe con X y que está lleno de seres humanos y de esperanza. En Estados Unidos supongo que en este momento será imposible hacer como si. Volviendo al tema del título, yo en este momento estoy estupendamente. Cada día que me toca bajar a correr, miro luego mi cronómetro y ando rondando los 39 minutos con este calor, tengo la prueba de que todavía no me ha pillado el virus. Y habrá que aprovechar mientras se pueda.

Hay que ser prudentes, desde luego, pero a lo que yo no estoy dispuesto es a vivir con miedo. Ya he salido varias veces a comer a bares de amigos que hacen como si, abriendo y dando comidas. Mis colegas de carreras Marce y Joanna, cuyas fotos ya he traído al blog con motivo de alguna carrera popular en estos años, han tenido las santas narices de abrir un bar en pleno barrio de Retiro. Aprovecho aquí para una cuña publicitaria: Casa Tomás, en la calle Valderribas 48. Entre semana hay menú del día y los sábados menú de degustación. Yo ya he ido tres veces, la última con mi hijo Kike que ha estado en mi casa una semana y es un gourmet acreditado. Si viven en Madrid y les pilla algún día cerca del lugar, pueden comer con garantías sanitarias y de calidad. Y de paso le echan una mano a unos amigos.

Mi hijo ha estado por aquí, como les digo, y he aprovechado para hacer con él una celebración. Era lo que había prometido hacer yo solo, en pleno estado de alarma, para el día en que mi amigo Guille saliera de la UCI. Ya saben que nunca llegó a remontar. Así que no pude cumplir mi promesa. Y la he organizado ahora, con mi hijo, para celebrar que estamos vivos. Este lunes entré en la página Web de las Pescaderías Coruñesas e hice un pedido para el martes. Medio kilo de percebes, cosechados el día anterior. Costaban 95€, espero que no sea motivo de escándalo para ninguno de mis lectores, llevo cinco meses sin gastarme un duro y ya me voy mereciendo darme una pasada como esta. Los portes eran gratis a partir de 100€, así que añadí al carrito una lata de atún en aceite de primera calidad, para redondear.

Por cierto, los percebes estaban crudos, naturales. No me digan ahora que no saben cómo prepararlos. A mí me enseñó mi madre. Resulta que mi padre iba por toda la provincia atendiendo enfermos de los pueblos, a menudo marineros, que muchas veces no tenían con qué pagarle. Más de una vez apareció por casa con un saco de percebes (entonces no eran tan caros) y ese era nuestro primer plato en esos días venturosos. Para mí los percebes son el summum de la exquisitez, ni el caviar, ni la langosta, ni las ostras. Cocinarlos es fácil con la receta proverbial gallega: agua hervir-percebes echar/ agua hervir-percebes sacar. Está claro: ponen al fuego la olla más grande que tengan, con agua abundante con sal y una hoja de laurel. Cuando hierve echan los percebes a pataplum y cuando vuelve a romper a hervir los sacan, los escurren bien y los dejan enfriar para tomarlos tibios.

El martes, después de teletrabajar un rato, me encaminé al mercado. Mi amigo Luis el Charcutero, el que corta el bacalao en Antón Martín, me tenía reservada en la cámara una botella de albariño Bicos, casi helada, perfecta para la ocasión. De vuelta a mi casa, me crucé con una señora que llevaba un tendedero plegable recién comprado. Corrí de vuelta para abordarla y preguntarle dónde lo había comprado (el que tenía en casa es una verdadera ruina, la señora que viene a limpiar tenía que hacer malabarismos para tender la ropa). Me indicó unos chinos de la misma calle Atocha. Regenta el establecimiento una mujer de unos cuarenta, grande y animosa y tan adaptada a España que pronuncia la erre perfectamente.

Me acompañó a donde estaban los tendederos; había dos modelos, uno como el mío y otro que parecía mejor y era más caro. Le pedí consejo. Su respuesta: este, una mierda, en cuanto cuelgues un vaquero ya se te ha jodido; este otro cojonudo, hazme caso. Así que me compré el caro. Trajeron los percebes, los cocinamos y preparamos como complemento una ensalada con el atún de la remesa, tomate y pimientos del piquillo, aliñada sólo con aceite y sal, ni se les ocurra echarle vinagre. Le hice una foto al banquete, que pueden ver abajo. Encargué a mi hijo un selfie, pero parece que se le ha borrado. Los percebes, recién pescados, tenían desde pegotones de chapapote hasta pequeños mejillones y lapas adheridos. Una bocanada del sabor del mar, del aroma de las peñas del final de la playa de Riazor, más allá de La Rotonda, por donde yo exploraba con mis amigos de pequeño, en busca de cangrejos. El auténtico sabor de la infancia. No me lavé las manos hasta el día siguiente. Aquí la foto.


Supongo que van entendiendo por qué me siento cojonudamente, que diría la china de la tienda de Atocha. Puedo correr, leer, ver series, salir de vez en cuando a tomar una cerveza con alguna amiga. Y encargarme unos percebes recién pescados y comprarle un tendedero a una china que maneja un castellano maravilloso. ¿Por qué tendría que estar triste? En realidad, lo único que echo de menos es poder montarme algún viaje de los que hacía antes, con cualquier pretexto. Por ejemplo, ir a ver a Samantha Fish a Newcastle en marzo. Ese tipo de cosas las veo todavía improbables. En el mundo del fútbol, por ejemplo, se han esforzado en hacer como si (jugaran la liga) y han salido bastante mal, en segunda división la cosa ha acabado como el rosario de la aurora y empiezan a surgir casos de positivos en algunos equipos. Es un equilibrio muy tenue el que tenemos que mantener. Con continua prueba y error.

El fraCasado y sus corifeos de El inMundo acusan ahora a Sánchez de inmovilidad, de no afrontar el problema. ¡Habría que cerrar ahora mismo todos los bares! me gritó un amigo facha por teléfono hace unos días. ¿Y qué van a hacer los que tengan un bar? –le pregunté. Pues que se pongan a leer (sic). Manda carallo. Este mismo señor, hace un par de meses andaba por ahí con la cacerola pidiendo que abrieran los bares y las terrazas y diciendo que Sánchez estaba aprovechando el tenernos encerrados para establecer un régimen bolivariano basado en la dictadura del proletariado. Este señor que me chilla por teléfono demuestra, además de otras cosas, que tiene mucho miedo. Y con miedo no se puede vivir.

Yo estoy encantado, como les digo, dispuesto a afrontar el mes de agosto en Madrid (algo que me gusta mucho) y sin miedo. Si hay que encerrarse aun más, nos encerraremos. Yo estoy con los valientes que abren ahora un bar. O con los que montan un negocio etéreo de estos que proliferaban por mi barrio antes de la pandemia. En la esquina de enfrente (donde hubo en su día una sauna de gays histórica), acaban de abrir un local que se llama The Art of Work. Estaban en obras y esta mañana lo he visto ya abierto, cuando he salido a dar una vuelta antes de que arreciara el calor. Le he hecho una foto al letrero que tienen grabado en láser en la puerta de cristal. Ahí explican lo que hacen. Se lo pongo para que lo lean.


Si han entendido algo, enhorabuena. Yo no sé cómo esto puede ser un negocio en los tiempos que corren. Les voy a dejar ya con otra imagen más estimulante. Nosotros estamos confinados en nuestras ciudades, como las hormigas en los hormigueros. Pero fuera, la vida sigue. La Tierra no está en peligro. Es el ser humano el que puede desaparecer, pero la Tierra seguirá y continuará siendo un lugar maravilloso. A muchos kilómetros de cualquier gran ciudad, entre las provincias de Zaragoza y Teruel, está la laguna de Gallocanta, la mayor laguna salobre de España. Y les puedo asegurar que, en cuanto el calor afloje, durante el mes de octubre, las grullas del norte de Europa llegarán como cada año a hacer estación en la laguna, camino de sus cuarteles de invernada en el sur peninsular. ¿No es esto suficiente para ser felices?






sábado, 25 de julio de 2020

959. Urbanismo táctico: una oportunidad perdida

Decía John Benjamin Toshack, galés que entrenó a Real Sociedad, Real Madrid y Dépor, entre otros, después de un partido horrible de su equipo: Cada lunes pienso en cambiar a los once jugadores de mi equipo, los martes a siete u ocho, el jueves a cuatro, el viernes a dos y llega el sábado y sé que al día siguiente tendré que salir a jugar con los once mismos cabrones de la semana anterior. Algo así me pasa a mí. Me hago el firme propósito de escribir sobre temas diferentes, me intento convencer de que el valor de este blog está en la variedad y hasta pongo un título ad hoc pero, al final, les acabo hablando de blues y de rock. Así que, para conjurar el mono, les hablaré un poco de rock antes de abordar el tema del título.

La verdad es que están haciendo ustedes un doctorado de rock y de blues a través de las páginas de este foro. Ya han entendido la importancia de la figura de Samantha Fish, por encima de mis otros favoritos del momento. Pero también conocen a Larkin Poe, Damon Fowler, Keb’ Mo’ o Jon Cleary y su banda de los Caballeros Absolutamente Monstruosos. No les voy a traer de momento nuevos personajes, para no marearles, pero intentaremos conocer un poco más a los ya citados. De Damon Fowler sabemos que es ese gordito que se mueve por la zona de Nueva Orleans y al que Samantha invitó a tocar con ella en el festival de la cigar box guitar de este año. Yo les invito ahora a que escuchen un vídeo suyo, con el que van a entender muy bien por qué Samantha lo aprecia tanto.

La canción que canta Fowler es perfecta para bailar el agarrado. Así que, si tienen con quién, no se corten. Cuando yo era un adolescente que soñaba con salir de La Coruña y marcharme lejos, en la sala de Fiestas El Seijal y otras similares estas canciones constituían una de las pocas oportunidades que uno tenía de acercarse mínimamente a una chica. Cuando Los Tamara o el grupo de turno iniciaban una de estas melodías, bastaba un cruce de miradas para saber que durante un rato te estaría permitido poner tu mano derecha en la cintura de la chica mientras ella a su vez posaba la suya izquierda en tu hombro, meter tu pierna derecha entre las de ella, coger su mano libre con tu izquierda y empezar a girar despacio, traduciendo la melodía en danza, guiando tú el vaivén, como mandan los cánones. En aquellos tiempos, estas canciones eran conocidas entre los colegas como las de arrimar cebolleta.

En cuanto a la letra, la expresión Misery loves company no tiene una traducción directa al castellano. Tendría algo que ver con Mal de muchos, consuelo de tontos, pero no es una correspondencia literal. Viene a expresar que, cuando estás bien jodido, te hace bien la cercanía y la complicidad de un compañero de penurias. Este hombre habla de la tristeza del amor no correspondido, de la soledad y la pena, y lo hace con una hondura especial, desde esa figura de osito de peluche desvalido que no le impide alcanzar una intensidad digna de Percy Sledge (When a man loves a woman). Y, cuando le llega la hora de hacer su punteo de guitarra, esa intensidad se desborda. Damon demuestra ser un virtuoso del trémolo, pero sobre todo una persona que vive la música con pasión, que sufre de verdad con lo que canta. El público rompe en aplausos en varios momentos, incapaz de soportar tanta intensidad. Véanlo ya.


Bueno, después de esta maravilla, casi que podíamos cerrar el post aquí. Pero hablaremos un poco del urbanismo táctico. Es este un término que se maneja bastante últimamente en el cotarro de la planificación territorial, y diremos primero que se contrapone al concepto más estratégico del planeamiento clásico, la vieja disyuntiva entre táctica y estrategia, perfectamente analizada desde los tiempos de Sun Tzu (El arte de la Guerra, siglo V antes de Cristo) y concretada en el tratado De la Guerra del barón y general prusiano Carl von Clausewitz. Con un punto de vista estratégico, tú planificas cómo quieres que sea la ciudad (o cualquier otro asunto), digamos a veinte años. Y, una vez definida la estrategia y sus objetivos, empiezas a dar pasos concretos, insertos en esa estrategia, hasta lograr lo que querías. La forma de actuar táctica es al contrario: tú haces un movimiento concreto y luego valoras los efectos.

Por ejemplo, en el caso de una guerra, tú puedes decidir tomar una aldea, o un cerro, sin que eso esté inscrito en una estrategia previa, sólo para ver qué pasa. Tomas el lugar y luego reevalúas la situación. No hay una frontera clara entre ambos modos de actuar, que nos permita saber: hasta aquí llega lo táctico, y a partir de este punto empieza lo estratégico. Pero la diferencia conceptual entre ambas ideas sí está clara. Pongamos otro ejemplo distinto. Cuando se trataba de eliminar el tabaco de los bares y otros lugares públicos, se podría haber abordado con una estrategia a diez años: empezamos quitando los ceniceros (por decir algo), luego prohibimos fumar por las mañanas… Con medidas así, todavía se seguiría fumando en todas partes. Se hizo, sin embargo, a la manera táctica: a partir de mañana, ya no se fuma en interiores públicos. Y fue efectivo.

En el urbanismo, tradicionalmente se actúa con un concepto estratégico. El urbanismo táctico es, pues, una alternativa, frente a lo lento que es el urbanismo estratégico. Es ganar una posición y luego ver qué pasa. El urbanismo táctico tiene bastante de activismo, es casi una gamberrada a veces, pero es efectivo, si se trata de cambiar rutinas muy arraigadas. Llevamos unos quince años hablando de urbanismo táctico, aunque sus fundamentos estaban ya enunciados en textos como Muerte y Vida de las Grandes Ciudades (Jane Jacobs, 1961) un libro que yo me devoré cuando estudiaba en la Escuela de Arquitectura y que sigue vigente, 60 años después de escribirse. Si quieren un acercamiento al tema más ortodoxo que el mío, pueden encontrarlo AQUÍ.

Pero este no es un blog para expertos en urbanismo; aquí lo que se intenta es explicar las cosas de forma que las entienda la gente de a pie, los legos en la materia. Trataré de explicarlo, pues, en términos sencillos. La primera vez que escuché hablar de urbanismo táctico como concepto valorado, fue en el Congrés du Reseau des operateurs et amenageurs de la ville durable en Méditerranée. Acudí a ese sarao, que se celebraba en Marsella en noviembre de 2016, a contar el proyecto Madrid Río, como ejemplo de actuación urbana contundente, viaje que tuvo su correspondiente reseña en el blog (si lo recuerdan, salí de mi baja de cinco meses por rotura de húmero –una especie de confinamiento– ávido de viajar y, en menos de cuatro meses visité San Petersburgo, Japón, Marsella y Birmania). El congreso duraba tres días y una de las jornadas estaba dedicada al urbanismo táctico. Allí conocí a mi amigo Mauro Gil-Fournier, que presentaba un ejemplo madrileño de urbanismo táctico y con el que luego he coincidido en Reinventing Cities 1 y otras aventuras profesionales.

Tal como yo lo entiendo, el urbanismo táctico consiste en hacer acciones concretas en la ciudad (por sorpresa y con un componente claro de activismo urbano), ejecutadas con elementos provisionales y baratos: pinturas, vallas de obra, cintas que impidan el paso, mobiliario urbano removible. Se plantea el tema y luego se va valorando el impacto en la ciudad. Si el personal se lo toma bien y se acostumbra a ello, se puede estudiar el convertir lo provisional en permanente, ya por medio de una obra. O, dicho llanamente: tú haces un montaje o una performance en un tramo de calle, por ejemplo. En los días subsiguientes vas pulsando cuánto se ha cabreado el personal. Y luego cruzas esa valoración del cabreo con la otra variable: cuánto está dispuesto a aguantar el político que tienes por encima, de jefe, y que al final es el máximo responsable de la medida adoptada. Si de esa doble consideración sacas la conclusión de que puedes pasar a convertir la cosa en permanente, adelante. En caso contrario, repliegas velas y vuelves a la situación de partida.

Es decir, es un modo de actuar, bastante pragmático y efectivo. En principio, no es algo que tenga una vitola de izquierdas o de derechas, es sólo una forma de actuar. Sin embargo, durante los años de Carmena en el Ayuntamiento de Madrid se utilizó bastante, pero no porque fueran de izquierdas sino porque eran modernos. Por ejemplo, durante unas navidades, las aceras de la Gran Vía se ampliaron quitando un carril de circulación para dárselo a los peatones, mediante una hilera de vallas de obra. La gente valoró eso positivamente y al año siguiente se programó y presupuestó una obra para convertirlo en definitivo. Ahora está con esa disposición del espacio público. 

La acción más impactante de urbanismo táctico durante los años de Carmena consistió en cortar al tráfico un tramo de la calle Galileo. Desviaron la circulación, quitaron los coches y montaron un espacio para peatones, con terrazas, jardineras y otro mobiliario urbano. Únicamente se dejaba un paso para bicicletas. El personal del barrio de Chamberí, que es bastante conservador por norma, montó en cólera. La gente que coge el coche para ir a 500 metros a tomar el vermú (una tipología que suele votar al PP) estaban indignados porque se veían obligados a dar un rodeo, el tráfico era más espeso y se había perdido toda una hilera de aparcamientos en calle. Así que empezó la campaña en el ABC, El inMundo y La sinRazón. Se tachaba la medida de soviética, bolivariana y otros epítetos infamantes. Se decía también que no se había consultado a la ciudadanía, cierto, pero es que ese es precisamente el secreto de las actuaciones tácticas. Vean unas imágenes de cómo quedó el tramo en cuestión.



Tal vez no lo recuerden, pero yo acudí a Portland (Oregón) con una presentación sobre la política de movilidad de Madrid en ese momento y una de las cosas que más gracia les hizo a los participantes de las demás ciudades fue precisamente la actuación de Galileo, que yo les conté diciendo que se había hecho sin avisar, de un día para otro. A la vuelta, sus responsables me regañaron cariñosamente, porque parece que se había anunciado por redes sociales. Pero el tipo que se queja porque no puede atravesar con su Mercedes como llevaba haciendo cuarenta años, no suele consultar las redes sociales, así que el concepto era el mismo. La operación se hizo prácticamente en una mañana, con mucho uso de pintura amarilla, que el color es importante en estos temas. Vean una foto del montaje.


¿Y qué sucedió con eso? Pues que la presión del malestar ciudadano fue superior a lo que estaba dispuesto a aguantar el equipo de Carmena. Y se llegó a una solución intermedia: el carril para bicicletas se habilitó también para coches. Y así se quedó hasta las elecciones. He de decir que, técnicamente, tal vez este caso concreto no fuera demasiado acertado como solución (yo hubiera cortado la calle entera, como hacen en Barcelona con las supermanzanas, salvo residentes con garaje en el tramo concreto). Pero la idea del urbanismo táctico me parece muy correcta: se prueba un cambio con elementos provisionales y, si no funciona, se revierte. Eso no es de izquierdas ni de derechas, es una herramienta técnica.

Pero llegaron las elecciones, ganó la derecha y, desde entonces, el urbanismo táctico está demonizado. Yo creo que el problema es más de ignorancia que de ideología. Cuando los nuevos responsables del urbanismo llegaron a nuestro edificio, yo defendí seguir utilizando el urbanismo táctico, pero me dijeron que no, que eso era bolivariano, castrista y soviético. Me lo hicieron quitar de todos los programas (da igual, las actuaciones que teníamos en marcha continúan, con otro nombre). De hecho, el día en que desmontaron las jardineras y se llevaron los bancos de Galileo, tanto el Alcalde como la señora Villacís quisieron estar presentes y se dedicaron a inmortalizar el momento con sus móviles entre risas. Esa imagen les acompañará para siempre.


Esa fobia absurda y paleta hacia el urbanismo táctico, explica por qué no se han hecho en Madrid actuaciones como las acometidas en París, Milán, Toronto, Bogotá, Budapest, Nueva York y muchas otras ciudades, aprovechando la circunstancia del coronavirus. Era el momento perfecto para hacer urbanismo táctico, con la ciudadanía encerrada en sus casas y en shock. En todas las ciudades que he citado, cuando los ciudadanos han vuelto a la calle, se han encontrado con la distribución del espacio alterada, con más zonas peatonales y con una red de carriles bici (22 nuevos kilómetros en el caso de Milán, por ejemplo). Les pongo un enlace a un artículo que detalla todo esto, que no me apetece escribir algo que ya está escrito. Han de pinchar AQUÍ.

En Madrid se ha desaprovechado esa ocasión. En un webinar sobre el nuevo urbanismo post-covid, al que asistí el 8 de mayo (con toda la gente encerrada), lo planteé en una pregunta formulada a través del chat: ¿No sería ahora el momento perfecto para el urbanismo táctico, con la gente en shock? Me contestó el señor Ezquiaga, asesor de la alcaldía, saliendo por peteneras e incluso afeándome que propusiera esa especie de actuación a traición (todo eso está filmado y guardado en el podcast correspondiente, a disposición de quien lo quiera consultar). No pueden, pues, decir que no lo supieran. Ahora ya se ha llenado la ciudad de coches, y han montado una mesa de movilidad. Harán una estrategia, a medio y largo plazo. Pero en París, Milán, etc. han sido más listos y sus estrategias de movilidad se apoyarán en lo avanzado en estos días excepcionales.

En fin. Que terminaré con otro blues. En realidad les he engañado al principio. Les he dicho que no iba a traer ningún nombre nuevo para no marearles. Pero es que, cuando hablamos de Samantha Fish siempre decimos que no se había escuchado nada igual desde Stevie Ray Vaughn. Stevie, el continuador del legado de Jimmy Hendrix, Eric Clapton, Rory Gallagher y otros, murió en un accidente de helicóptero en agosto de 1990. Si no se hubiera matado, tendría ahora 65 años. Y, miren ustedes por dónde, he encontrado una figura intermedia entre Stevie y Samantha. Se llama Tab Benoit, tiene 52 años y es natural de Baton Rouge, la capital administrativa del estado de Louisiana y la segunda ciudad más grande del estado después de Nueva Orleans. Si Samantha, Damon Fowler, Larkin Poe y otros son el presente y el futuro del blues, Tab Benoit es su antecedente más inmediato. Todo lo que hemos oído y visto en aquellos, está ya en Tab, los punteos intensos, la pasión, el sufrimiento, hasta los saltitos que da Samantha para enfatizar sus punteos, están ya en este señor. Les dejo con una de sus interpretaciones. Por cierto, ésta también es de las de arrimar cebolleta, así que aprovechen. Pura pasión: Nada puede ocupar tu lugar. Buen finde.


martes, 21 de julio de 2020

958. Quedará al menos el rock

En fin, ayer se consumó el descenso del Dépor a Segunda B, antes llamada Tercera División, una ruina anunciada, sobre la que se supone que tengo que decir algo, aunque en la situación en la que nos encontramos he de confesar que me empiezan a resbalar casi todos los temas, salvo el rock, naturalmente. He subrayado con una cursiva el verbo consumar, que únicamente se utiliza ya para este tipo de desastres, dado que ni siquiera se aplica como antes a los matrimonios, que suelen celebrarse ya consumados, y a menudo son también el inicio de un camino al desastre. El descenso de categoría es el resultado de una política deportiva llena de errores, empezando por la formación de una plantilla confeccionada con fichajes del feirón, recolectados por un director deportivo de funesto recuerdo, premonitoriamente llamado Carmelo del Pozo. Del pozo en el que nos ha metido este señor, nos va a costar mucho salir.

Me duele que el Dépor baje un escalón más hacia la ruina y la miseria, pero tengo que reconocer que el descenso es justo, cocinado a partir de unos jugadores que no saben jugar y tres entrenadores sucesivos a cual peor, si bien el último, Fernandiño Vázquez, vivió el espejismo de ganar siete partidos seguidos, salir provisionalmente del agujero y volver a caer al final, exactamente lo mismo que le pasó en su primera experiencia como entrenador del Dépor, demostración viviente del viejo lema la historia se repite, que sobrevolaba todo el rato sobre la trama de la película Chinatown, de Polansky, una de las historias más terribles de entre todas las que ha contado el cine de Hollywood. La historia de mi equipo se ha repetido también, puesto que el Dépor ya estuvo en 2ªB hace unos cuarenta años (una sola temporada y antes una sola también en Tercera).

Una minucia, al final, esto del Dépor, aunque duela (o, si lo prefieren, una futesa), en medio de la gigantesca calamidad que nos aflige con esto de la CoViD-19, y vuelvo a usar la cursiva porque creo que no hay palabra que mejor defina lo que está pasando: calamidad. Con mi afán de ser positivo, yo fantaseaba con la idea de llegar a abuelo y darles la brasa a unos nietos sentados sobre mis rodillas con cosas como esta: Yo… he visto cosas… que vosotros no creeríais: calles llenas de gente con mascarilla… encontrar a los amigos y tener que saludarlos con el antebrazo… no tener un triste bar en el que entrar a tomar un vermú… Y mis nietos escucharían extasiados este parlamento tipo Brasa Runner. Pero mucho me temo que el equilibrio de la situación actual se rompa hacia el otro lado y la escena sea muy diferente.

Esa escena soñada podría ser con unos nietos con mascarilla y sentados en escabeles a dos metros de mi sillón. Y mi discurso del Abuelo Cebolleta sería el inverso: Yo… he visto cosas… que vosotros no creerías: cincuenta mil personas viendo a Bruce Springsteen en un estadio… una manifestación de un millón de ciudadanos en repudio del atentado de Atocha… carreras de Marathón con veinte mil personas corriendo codo con codo… gente que se abrazaba cuando tenían un hijo, o triunfaban en el trabajo, o su equipo ganaba la liga… calles llenas de bares en los que se podía entrar libremente a tomarse una caña con unos pepinillos o unas gildas… ¿Quedará algo de nuestra cultura? Bueno, pues yo tengo una cosa clara: quedará al menos el rock. Cosas como esta que les pongo aquí abajo, permanecerán vivas en la memoria de la gente. Bowie y Jagger cantándose a la cara sin miedo a las gotas de saliva llenas de virus. Nariz con nariz. Un llamamiento a bailar por las calles de todo el mundo.


En fin, creo que ya he logrado que ustedes dejen de decir eso de que yo, como no sé nada de rock… y empiecen a decir yo no sabía nada de rock hasta que empecé a seguir el blog de Emilio. Realmente, ustedes deben sentirse ya como unos auténticos expertos, después de saborear aquí a Samantha Fish, a Damon Fowler, a Keb' Mo', a Jon Cleary y su banda de los Caballeros Absolutamente Monstruosos. Ninguno de estos artistas es conocido en España. Y también han sabido de la existencia de las cigar box guitar y la importancia capital que tiene el blues en toda esta historia. El blues está en el origen de todo, a partir de la conversión en melodía, con una estructura musical precisa, de los sentimientos de los negros, ese pueblo sometido a una tropelía sin parangón en la historia de la Humanidad. Los blancos americanos aportaron también su música, que podemos llamar genéricamente country, pero el blues es el origen del rock y del jazz, la raíz de todo ese universo cultural.

Un acervo que pasa de padres a hijos. Les voy a hablar hoy de una figura clave en el blues, el gran Magic Slim. Magic murió en 2013, a punto de cumplir los 80 años. O sea que le tocó nacer en un contexto de racismo absoluto, en las tierras profundas del Mississippi. Allí demostró desde pequeño ser un genio del piano, pero al tiempo seguía trabajando en la recolección del algodón, que se manufacturaba con máquinas industriales. Siendo poco más que un adolescente, una desmontadora de algodón le atrapó la mano derecha. Perdió el dedo meñique. Vean qué tipo de peripecia sufría la gente hace apenas cien años, para que nos quejemos ahora del confinamiento y las incomodidades subsiguientes. A Magic Slim el accidente le incapacitó como pianista, pero, con su resiliencia de negro, le llevó a pasarse a la guitarra. Para tocar la guitarra eléctrica, el meñique de la mano derecha no es imprescindible.

Y este señor se fue a Chicago y empezó a rotar por los garitos del blues de esta ciudad de inviernos polares. Se hizo un nombre, formó su propia banda de blues y se convirtió en una celebridad. Y siguió en activo hasta su muerte. El vídeo que les voy a pedir que vean corresponde al Festival de Blues de Pennsylvania de 2011. Es decir, que el hombre tenía 78 años. El batería lo presenta: ¿quieren escuchar al rey del blues? Díganme ¿cómo se llama? ¿CÓMO SE LLAMA? Y entonces sale a escena con su paso titubeante. Le acompaña un asistente que se ocupa de ayudarle a colocarse la guitarra, el micro, etc. Antes de sentarse mueve el culo un poco, al estilo de Maradona en el vídeo que les puse hace unos posts. Y luego… bueno, véanlo. Esto es el blues.


Como ven, cultura que pasa de una generación a otra. El otro día Ringo Starr celebró su 80 cumpleaños y con motivo de eso, muchos artistas le enviaron vídeos desde sus confinamientos respectivos, grabados con móviles o con micros caseros. Entre estos no podía faltar mi admirada Sheryl Crow, que hizo una interpretación del clásico de los Beatles All you need is love, tocando ella todos los instrumentos. Esta mujer es un portento en ese aspecto y pueden ver que domina el ukelele, el piano, el acordeón, el bajo, la guitarra solista, la percusión y hasta el chelo. En realidad, lo único que no toca ella es la trompeta, instrumento para el que recurre nada menos que a su padre, veterano trompetista jubilado que parece estar en buena forma. Además, Sheryl se ha arreglado el pelo y se la ve más contenta que en el último vídeo suyo que traje al blog.


Precisamente hace un par de posts les hice escuchar una versión de la maravillosa canción The weight, que había organizado la plataforma Playing for change, en la que participaba Ringo Starr con Robbie Robertson y una serie de artistas de diferentes pueblos. Les dije que conocía a Larkin Poe, y no iba de farol. Llevo un tiempo siguiendo a este dúo que forman las hermanas Lovell, oriundas de Atlanta, pero más o menos radicadas en Los Ángeles. Megan Lovell es la hermana mayor, 31 años y es la tímida del dúo, a pesar de que toca la bottleneck guitar horizontal de forma primorosa y hace los coros a su hermana. Rebecca Lovell, la pequeña, 29 años, es la de la personalidad arrolladora, sustentada en un vozarrón de contralto de esos que se tiene o no se tiene, es algo de nacimiento. Rebecca también toca la guitarra principal, la que desarrolla los riffs básicos y es una admiradora rendida de Malcolm Young, que hacía esa función en AC/DC, algo que se nota en su forma de tocar. Las dos, con un bajo y un batería, hacen un rhytm and blues de altura. Les voy a poner primero una grabación de estudio, para que vean de qué hablamos.


Larkin Poe son ya un valor en el nuevo rhytm’ blues americano y el Covid les ha machacado la gira que preparaban este verano, como a todos los artistas del rock. En su página Web anuncian ya la continuación de sus actuaciones en directo, a partir de mediados de agosto. Una forma más de hacer como si. La mierda de la nueva normalidad. ¿Es creíble que se reanuden los conciertos en directo en USA a mediados del mes que viene? Yo no pondría la mano en el fuego. Pero, resulta que, en la gira que pretenden iniciar Larkin Poe hay un tramo europeo y una fecha señalada: Madrid 18 de febrero de 2021. Un día antes de mi 70 cumpleaños. Me encantaría ir a verlas, siempre que haya condiciones de seguridad sanitaria. Quién puede garantizar eso. De aquí a febrero, siete meses, es bastante probable que no sea todavía muy recomendable ir a un concierto de rock en una sala pequeña.

Las hermanas Lovell son bastante buenas en directo y lo van a comprobar. Este otro vídeo corresponde a su participación en el Festival de Blues de Syracuse, estado de Nueva York, en el verano de 2018. Larkin Poe han terminado ya su actuación, pero la gente les pide otra-otra. Salen y le regalan a la audiencia una versión vertiginosa del clásico Rollin’ and Tumblin’ de Canned Heat. Les pido que se fijen en una cosa. Empieza Megan con su guitarra horizontal. A continuación entra, atronadora, Rebecca con el riff principal. Se agacha para acompasar su voz a la guitarra de su hermana. Y, antes de empezar el grueso de la canción, se marca unos segundos de toque a mano abierta, ciertamente espectaculares, antes de sacarse una púa del bolsillo trasero del pantalón para tocar el resto del tema. Espectaculares Larkin Poe.


Supongo que entienden cuánto me gustaría ver a estas dos chicas en la víspera de mi cumpleaños. Pero hablando de temas interpretados de forma vertiginosa, les voy a despejar todas las dudas: en este blog, la reina indiscutible es Samantha Fish. Y voy a cerrar este post con ella. He consultado su página Web y también tiene programadas actuaciones en USA a partir del 15 de agosto. Y también continuará la gira por Europa. Únicamente tres conciertos en Gran Bretaña, en marzo. Si no fuera por esta nueva normalidad de mierda, en marzo yo ya estaría jubilado y podría coger un avión y aprovechar la disculpa para visitar a mi amiga Clare Haley, a mis primos british Ian and Louise y a mi sobrina Elena que vive en London.

Ese es un tipo de viaje bloguero que ahora no puedo hacer, hasta que se aclare el panorama. Recuerden que, con motivo de la presentación de un libro de mi amigo Diego Moreno en Tijuana, yo me enhebré un viaje para visitar a Shannon Ryan en Los Ángeles y tener un par de entrevistas en el Ayuntamiento de San Francisco, además de visitar San Diego. Y antes de eso, acudí a dar unas charlas en las universidades de Leipzig, Erfurt y Dresde y de paso visité a mi hijo Lucas en Leipzig y aproveché para conocer Weimar y pasar unos días en Berlín. Ese es el tipo de viaje que más me gusta y no puedo hacer ahora. Pero veamos ya a Samantha. Es un concierto en Pennsylvania. Samantha se ha descalzado, como veremos, y, cuando Samantha se descalza, el huracán está garantizado.

La vemos bebiendo un poco de agua cuando ya ha decretado un ritmo de cabalgada, de raíz entre country y surf music. Bromea con el público mientras afina la guitarra, supongo que saben que las guitarras eléctricas se afinan electrónicamente y en el suelo hay un marcador luminoso que te confirma la afinación. Con la guitarra a su gusto se acerca al teclista y lo pone en suerte con unos elegantes armónicos. Luego vuelve y marca el un-dos-tres para empezar el grueso del tema. Lleva a todos sus músicos con la lengua fuera y va modulando su canción con sucesivos climax a los que llega desde zonas valle perfectamente distribuidas. Le gusta venir desde atrás, como en un orgasmo. En un momento dado, se para bruscamente y comienza un coqueteo con la sección de viento, que le lleva ya al final explosivo, con salto de la cabra incluido, digno de El Cordobés. Esta mujer es un portento. Se la dejo de propina, con mis mejores deseos. En cuanto al Dépor, no se desanimen: volveremos.


viernes, 17 de julio de 2020

957. El blues de la normalidad impostada

Pa’ las cuestas arriba
Préstenme un burro
Que las cuestas abajo
Yo me las subo

Sabio refrán popular, como tantos, no me digan ahora que lo conocían. Y además con ese punto surrealista de subir las cuestas abajo, frase de las que hacen las delicias del Coronel Groucho y mis seguidores más conspicuos, amantes de los palíndromos, los oximorones y las contradicciones en sus términos. El caso es que yo subí la cuesta abajo del confinamiento sin mayores contratiempos y hasta me lo pasé medio bien encerrado en mi casa, en el convencimiento íntimo de que estaba haciendo lo correcto, sentimiento que siempre ayuda. Ahora, en cambio, me empieza a cansar esta ambigüedad de no saber qué hacer en muchas situaciones, de estar todo el día en un perpetuo dilema entre el miedo, los afectos y la necesidad de una mínima vida social.

Algunas de estas vicisitudes he decidido afrontarlas tirando por la calle de en medio y salga el sol por Antequera. Por ejemplo ya he salido a comer a varios restaurantes, que encuentro aparentemente seguros, aunque sean en interiores. Una noche invité a cenar en mi terraza a dos amigas colombianas, como ya quedó consignado en el blog. También he ido tres días a mi oficina, como ahora les contaré. Y, bien protegido por la mascarilla, doy abrazos a todas las personas que me voy encontrando y que veo que no les da mal rollo, especialmente a las mujeres, que ya saben que soy un tipo bastante cariñoso y expansivo con el otro sexo.

Reflexiono sobre todo esto hoy, en mi primera tarde un poco laxa de trabajo, después de un rush laboral digno de las mejores carreras del hipódromo, que ha afectado a mi rendimiento bloguero, como han podido apreciar claramente. Empezaré, pues, por contarles mis asuntos de trabajo. El viernes 3 de julio arrancaba el Jurado de la primera fase de Reinventing Cities, que se completaba en otras dos sesiones los días 6 y 7, tras el fin de semana. El tema está ya resuelto y decidido y, como es natural, no puedo hacer aquí ningún comentario sobre el desarrollo, la dinámica y las decisiones que comportó ese trámite, sería un estúpido si lo hiciera y, además, los resultados no son todavía públicos. Pero sí puedo contar en el blog algunas de las circunstancias externas y de contexto, que pueden ser apropiadas para un foro como este.

En principio, las sesiones estaban convocadas en formato telemático, cada uno en su casa. Pero, unos días antes, mi jefa decidió pasar a un formato mixto: los del equipo nos reuniríamos en una sala de videoconferencias que tenemos en el edificio del curre (que durante un tiempo bauticé como la Isla de Alcatraz), para controlar mejor el cotarro y que no se nos fuera de las manos, que estos temas son peliagudos. Las sesiones estaban convocadas a las 9.00. Así que quedamos los tres días a las 8.00 en la propia sala para las últimas discusiones y detalles y que no nos pillara en ningún caso el toro de los problemas técnicos, inevitables en este tipo de formatos. El viernes 3 tenía, pues, que estar a las 8.00 en la ofi, adonde me desplazaría en coche, porque todavía no me he subido al transporte público (otro de esos dilemas que me molestan).

Así que, después de casi cuatro meses de despertarme al recibir la luz solar en los ojos, como las gallinas, me vi en la tesitura de tener que poner el despertador. Mis recuerdos de los tiempos de la añorada normalidad (no esta mierda de ahora), me indicaban que yo venía llegando al trabajo cerca de las 9, para lo que tenía que salir de casa no más tarde de las 8. Para ello me ponía el despertador a las 6.45, lo que me permitía desayunar tranquilamente, afeitarme si era el caso, ducharme, vestirme y echarle mientras un ojo a las noticias en el ordenador. Si ahora tenía que estar como un clavo en la ofi una hora antes de lo normal, ¿me tendría que poner el despertador a las 5.45? ¡Qué horror! Había oído que el nivel de atascos en las carreteras era ya bastante similar al de antes del covid. Y, encima, en estos tiempos de confinamiento he desarrollado una rutina de desayuno propia de un maharajá de Beluchistán: zumo de dos naranjas, dos tostadas con aceite virgen y sal, un café con leche amplio y unas seis galletas Chiquilín, a veces con mermelada y acompañadas por leche fresca. Al final, me puse el móvil a las 6.00 y, se lo creerán o no, pero no dormí una hostia.

A las 6.00 salí disparado de la cama, desayuné a gusto y salí de casa a las 7.15. Me encontraba rarísimo. Pero comprobé de primera mano que el tráfico no es lo que era. A las 7.45 estaba en la oficina, donde no tuve el menor problema para aparcar en la misma puerta del edificio. Esto, desde luego, se parece poco a una mínima normalidad. Para la sesión, nos reunimos cinco personas, situadas a distancias reglamentarias en torno a una mesa de juntas y enseguida nos quitamos las mascarillas, para que se nos entendiera. En las sesiones de viernes y lunes me toco el papel de moderador y en la del martes me intercambié con mi jefa para hacer de ponente. Los tres días salimos luego a tomar un café a una terraza, sentados a cierta distancia y con la mascarilla, aunque, cuando te sacan el café hay que quitársela. Yo luego subía a mi despacho a resolver determinados asuntos que tengo pendientes desde antes del covid.

El viernes, me quedé por allí hasta la una y luego bajé a comer a mi lugar de siempre, La Dehesa del Partenón, un sitio estupendo, siempre abarrotado de gente (por eso yo solía bajar a la una), pero que encontré prácticamente vacío. Allí seguía, tan guapa como de costumbre, mi amiga S. que atiende las mesas y es colega mía de carreras. Y nos dimos el abrazo que se pueden imaginar, que prolongamos girando en una especie de danza, como se hace en las películas. Su compañero M. que tiene siempre un humor perverso, me comentó por lo bajo: ya has hecho con ella más que su novio en tres meses. Rememoramos historias comunes del pasado y me alegré de verlos, pero no dejaba de ser algo raro. Esto no es una auténtica normalidad, es una normalidad impostada y, desde luego, no es ni la mitad de divertido, aunque hagamos de tripas corazón. El sábado salí a correr y el lunes y el martes repetí todas las rutinas del viernes anterior.

El jueves 9 estaba citado en la calle Albarracín 33, en Ciudad Lineal, para que me entregaran un portátil corporativo. Han decidido proporcionarle uno a cada funcionario, para facilitar el teletrabajo. Allí me encontré con varios compañeros y compañeras, igualmente citados para lo mismo, con predominio de las segundas, que ya saben que en mi trabajo hay mayoría de mujeres. Y cayeron nuevos abrazos de rigor. Volví a casa con mi flamante ordenador HP y, ¡Aleluya! funcionaba y me permitía entrar en los archivos de trabajo que tenemos en el Común de la Dirección General. Ya les adelanto que la cosa duró dos días: el viernes 10 por la tarde la conexión remota se estropeó y ya no tengo acceso al Común. He llamado al servicio técnico y tengo una incidencia abierta, pero aun no me lo han arreglado, deben de estar desbordados. Pero el ordenador me viene bien y ahora utilizo los dos a la vez, como el de Mecano.


¡Hay que ver cómo teletrabajo, fijaté! Ese jueves circulé por Madrid de ida y vuelta con el coche en horas valle y comprobé que el tráfico y el ajetreo de cualquier día normal es una caricatura de lo que teníamos. Como ya estaba vestido, calzado y había pasado media mañana fuera de casa, decidí comer abajo en el Matilda. Es un lugar muy grato para mí, Fernando el tipo que lo regenta es buen amigo y creo que tenemos que apoyarnos todos. Me sacó un salmorejo tan rico que daban hasta ganas de llorar, hasta el punto que me interesé por saber si puedo encargarle un tarro para casa, para la siguiente gente que invite a cenar. A los amigos hay que ayudarles y por eso me acerqué también a la firma de ejemplares de la última novela de Ronaldo Menéndez, como les comenté, ocasión a la que corresponde la foto de abajo.


Toda esta semana hemos estado liados haciendo las actas de los tres jurados y las cartas que tenemos que mandar a los participantes en el concurso, sobre las que estamos negociando con la red C40, para incluir determinadas recomendaciones medioambientales para la segunda fase. Tal vez no podamos enviar estas cartas hasta la semana que viene. Y a todo esto, se me cruzó la oportunidad de participar en el webinar anual de otra organización internacional, no tan potente como C40, pero bastante sólida también: la red Metrópolis. Esta es la red que organizó el Congreso de las Grandes Metrópolis Europeas en Lyon, en el que participé en nombre de la ciudad de Madrid, aprovechando el vacío de poder entre la marcha del equipo de Carmena y la llegada de los nuevos responsables del urbanismo de Madrid.

Tal vez recuerden que en Lyon me encontré yo solo, en medio de una amplia delegación del Área Metropolitana de Barcelona, todos bastante independentistas, con los que conviví tres días sin problema alguno a pesar de mis opiniones. Entre estos estaba Lia Brum, la jefa de la delegación de Metrópolis en Barcelona, cuya foto tienen a la izquierda. Lia nos escribió hace poco invitándonos a contar el proyecto El Bosque Metropolitano en su webinar anual, en el que participan ciudades de todo el mundo y me tocó a mí atender esta invitación. El webinar era ayer jueves y, unos días antes, Lia me envió por mail las especificaciones técnicas de la reunión. Sería a las 14.30, una hora rara para nosotros, pero que hacía posible que se sumara la gente de las ciudades de Asia, antes de irse a dormir, y las de América (Norte y Sur) dándose el madrugón. Y una orden tajante: no se permitía usar el audio del ordenador, tendría que hablar mediante un micro.

Le escribí a Lia: yo no tenía micro, pero estaba harto de hacer conferencias por Zoom, tanto de trabajo como con amigos, sin que nadie se hubiera quejado de que se me oyera mal. Me contestó que era una exigencia de los traductores simultáneos, para evitar que se les acople el sonido, lo que les impide hacer bien su trabajo. Entonces se me abrió un mundo nuevo: yo estaba preparando mi intervención en inglés, no sabía que habría traducción. Me confirmó que podía hablar en español, pero me pidió que intentara hacerme con un micrófono. Así que ayer, a primera hora, caminé por el centro, Plaza de Santa Ana, Puerta del Sol, hasta la FNAC de Callao, en cuya puerta estaba a las 10.00, cuando abrieron. Me compré unos auriculares Sony, que llevan un micrófono minúsculo en uno de los cables que van a las orejas. Y me volví.

El doble paseo por el centro a las horas frescas de la mañana me pareció maravilloso. Tal vez un anticipo de mis próximas sensaciones de jubilado. Cuando no salga a correr, tal vez puedo darme una vuelta por los lugares más queridos. Es una alternativa a considerar. Pero igualmente pude observar que había menos gente de la normal por la calle y la poca que había caminaba con cautela, embozada en las mascarillas obligatorias. Ya volveré sobre el tema de la jubilación. De momento quedémonos con esto de la falsa normalidad. Lo cierto es que seguimos acojonados y con motivo. El bicho sigue por ahí suelto, la progresión en Norteamérica es terrorífica y todo eso nos induce a fingir una falsa normalidad. Hacemos como si. Pero no es en absoluto agradable. Yo estoy encantado encerrado en mi casa y también con el teletrabajo. Pero me gustaría salir a la calle y encontrar todo otra vez como antes.

Por cierto, de la puerta de Doña Manolita salía una cola que daba la vuelta a la manzana, estirada por la obligación de dejar dos metros entre los esperanzados aspirantes a hacerse con un billete para la Lotería de Navidad, que ya se han puesto a la venta (otra forma de hacer como si). En cuanto al webinar, transcurrió sin grandes problemas. Al final de mi parlamento se me fue el sonido, todavía no sé si fue por culpa mía, pero ya me estaba despidiendo. No fue el problema más gordo que sufrieron los participantes. El hombre de Montreal estuvo más de cinco minutos intentando ponernos un vídeo de su ciudad y finalmente no pudo. Y, cuando le tocó al de El Cairo, la cámara mostraba sólo su silla vacía y hubo que saltarlo. No supimos si lo habían llamado por una urgencia, o le había dado el apretón, o simplemente se había ido a prepararse un té con menta, costumbre matutina muy arraigada al sur del Mediterráneo.

Esta mañana tenía a primera hora una call conjunta con mis compañeras y jefa, con Hélène, la directora de Reinventing Cities, para tratar de definir las condiciones normativas de la fase que empezará en cuanto demos la salida. Me alegró ver otra vez a mi amiga Constanza, que parece recuperada de sus achaques post-covid, tras pasar unas reparadoras semanas en casa de sus padres en Italia. Como ahora he mejorado mi repertorio de devices, decidí utilizar mis flamantes auriculares Sony para seguir la call. Y descubrí que tienen un inconveniente: con ellos puestos no oyes nada de lo que suena en tu entorno. Ya puede caer una bomba, que no te enteras.

A media conferencia, subió a mi casa el portero, acompañando al hombre que venía a hacer la lectura de mi contador de gas. Llamaron dos veces sin obtener respuesta, de lo cual dedujeron que no había nadie en casa. Abrieron los dos cerrojos FAC y la cerradura principal y entraron. Estaba yo enfrascado en mi call, cuando vi asomar por la puerta de la sala a dos tipos enormes, embozados en sus mascarillas, que me hablaban a voces. Me llevé un susto morrocotudo y me encontré a mi vez gritándoles, como hace cualquiera que lleve auriculares. Una escena cómica más, de las que, por fortuna, nos provee esta situación endemoniada. Digna de una película de Almodovar.

A veces pienso que, a pesar de haber subido la cuesta abajo del confinamiento, ahora voy a necesitar algún tipo de burro para esta nueva fase de falsa normalidad, que se me está haciendo un poco cuesta arriba. Tenemos que resistir, esto es una carrera de fondo. Tenemos que aprender de los negros, que saben mucho de resistir durante siglos toda clase de calamidades. A los negros los han marginado, encarcelado, golpeado y asesinado sin poder defenderse de esa tropelía histórica insoportable. Pero por las noches se reunían, tomaban sus guitarras y entonaban sus blues a la luz de la luna y las hogueras, para conjurar su melancolía. El blues es la forma de sobrellevar la hostilidad de un entorno contra la que no se puede hacer mucho: sólo esperar y no venirse abajo. Hoy quiero hablarles de un músico de blues legendario, nacido en Harlem y que siempre se ha hecho llamar Taj Mahal. 

El 18 de septiembre de 1970, yo estaba en Madrid preparando mis exámenes de septiembre. Me había quedado todo el verano, para preparar mejor las asignaturas que me habían quedado en junio, sin la incómoda presión de mi padre, que estaba muy enfadado conmigo y mis suspensos. Estaba alojado en el estudio que tenía por entonces mi hermano Viti con unos compañeros, en un ático de la calle Orense. Allí podía estudiar todo el día. De costumbre, salía a cenar con los del estudio a un restaurante barato que estaba cerca. Luego ellos se iban a sus casas y yo volvía a subir y me echaba a dormir en una litera de un cuarto trastero.

Ese día, como de costumbre, salimos a cenar a nuestro restaurante habitual. Tenían la tele puesta (aún en blanco y negro). Y comenzó el programa musical y de variedades que conducía José María Íñigo, todavía con pelo y con bigote negro. En su parlamento inicial, anunció una noticia de última hora: esa tarde habían encontrado el cuerpo sin vida de Jimmy Hendrix. Me quedé lívido, entre las miradas de estupefacción de mis contertulios, que no entendían por qué me afectaba tanto esa noticia. Íñigo hizo una breve semblanza del fallecido y pasó a presentar a un joven músico que iba a cantar una canción en su memoria. Era Taj Mahal y nunca olvidaré la hondura de su blues.

Taj Mahal tenía entonces 28 años y andaba vagabundeando por España, tocando en garitos y colegios mayores, solo con su guitarra. 50 años después, Taj Mahal vive, tiene 78 años, es una leyenda del blues y está en activo. Ahora es un señor gordo, menos flexible que entonces, pero con el mismo sentimiento. Les voy a pedir que vean un vídeo que tiene unos tres años. Taj hace un dúo con un nuevo bluesman que se mueve por la zona de LA y que responde al nombre de Keb’ Mo’. Tocan una composición de Taj con una letra sensacional: si el río fuera de whisky, yo sería un pato zambulléndome (tres veces), me sumergiría hasta lo más hondo y, nena, ya no saldría nunca más. Y Keb’ le responde: si el sol llegara un día a mi puerta de atrás (tres veces), el viento se levantaría y barrería mi blues (o sea: mi tristeza). No hay mejor forma de expresar la melancolía de toda una comunidad apaleada. Keb' es un guitarra solista muy bueno, pero les pido que se fijen en la manera de acompañar de Taj, casi sin mover las manos. Es un tipo de toque que se basa en economizar esfuerzo, pero hay que ser un auténtico maestro para tocar así. Con 75 años de música a su espalda.

Tiempos de normalidad impostada, momentos para el blues. No sé si estoy en el bajón después del achuchón laboral y todas las tensiones pasadas. Les prometo que será pasajero, no se preocupen. No tengo de qué quejarme: estoy encantado con mi encierro, puedo escribir, correr y beber cerveza, las tres cosas que más me gustan (hay una cuarta, pero para ella necesito partenaire y eso ya resulta más complicado). Cada final de mes me ingresan mi sueldo y no estoy pasando estrecheces. Sólo echo de menos salir a la calle, encontrar a la gente sin mascarillas y poderles dar besos sin miedo. ¿Llegará eso algún día? No parece que esté cerca. Mientras tanto, I got the blues. Escuchen a Taj y Keb'. Es un vídeo realmente emocionante. If the river were whisky, I was a diving duck. Cultura de blues en estado puro. Hala, sean buenos. Y no duden en pedir un burro, si la situación se les pone cuesta arriba, no sean orgullosos. Y que pasen un buen fin de semana.




domingo, 12 de julio de 2020

956. Pobre USA y pobre Europa

¿Es cierto que allá en Vermont,
cuando sueñas,
el silencio es un viento de jazz
sobre la hierba?
Cesar Calvo, Nocturno en Vermont (1963)

Hermosos versos de este maestro peruano de la poesía. Sí señor, ya saben que soy un pro-yankee de mierda, pero no lo puedo evitar, de allí viene la música que me gusta, y el cine que me gusta y las series que me gustan y una parte importante de la literatura que me gusta. Es el arte y la cultura de esa mitad del pueblo norteamericano que jamás votará a personajes como Trump, pero que ahora las está pasando tan canutas como la otra mitad, porque este virus es completamente democrático, no hace distinciones por ideología, sexo, nivel académico, mayor o menor grado de cabezonería, insolidaridad, cerrazón o burrez. Lo mismo ataca a Bolsonaro que a Luis Sepúlveda. Están las cosas jodidas con el virus, cada día que pasa se bate un nuevo record de infectados y fallecimientos diarios a nivel mundial. El bicho se extiende a toda velocidad por el mundo, y cabalga desbocado especialmente en América del Norte y del Sur, Oriente Medio y algunos países de Asia.

En esta Europa de nuestros pesares tampoco podemos tirar cohetes, ahora mismo florecen los rebrotes como setas. Dice José Ovejero que estas situaciones de crisis extrema sacan a flote lo mejor de las personas y lo peor de las sociedades. Es una definición muy precisa. A esta vieja Europa se le han visto las costuras en el tema de la elección fallida de Nadia Calviño, y no lo digo porque sea española, ni porque sea socialdemócrata, ni siquiera porque sea mujer; lo digo porque era de largo la persona más preparada y contaba con el apoyo de Alemania, Francia, Italia y España. Además, suponemos, de Portugal y Grecia, por la cuenta que les trae. A pesar de ese apoyo, que debía haber sido suficiente, resulta que se la han cargado entre Holanda, Austria, los nórdicos y toda esa pléyade de Eslovenias, Eslovaquias, Eslovejias, Eslocabrias, Esloburrias, y demás países enanos que han votado por puro clientelismo, a saber a cambio de qué compensaciones. Que Malta tenga un voto, igual que Alemania, es sonrojante.

Así que, en vez de esta brillante economista patria, que habría garantizado un reparto de dinero más justo para luchar contra los efectos económicos del virus, ahora tenemos al frente de las finanzas europeas al señor Paschal Donohue, irlandés, católico apostólico, a gusto del establishment, el Banco Mundial, el FMI y las diversas trilaterales y poligonales que nos dominan, cuya foto tienen a la izquierda. Y, se preguntarán ustedes quién es este caballero. ¿Cómo es él? ¿A qué dedica el tiempo libre? Pues estamos ante un señor de 45 años, casado, dos hijos, miembro eminente del Fine Gael, el equivalente al PP en Irlanda, economista con currículum en la empresa privada, que se pasó a la política y se ha llevado el mérito de equilibrar las cuentas de su país aunque, cuando él llegó al Ministerio de Finanzas en 2017, ya llevaban casi diez años de políticas de recortes y austeridad.

No hay que olvidar que Irlanda es el país en donde tienen radicadas sus sedes europeas los gigantes del mundo informático (Google, Amazon, Facebook, Apple) beneficiándose de una fiscalidad laxa, como la que tienen en Holanda y demás tiburones europeos. El nuevo jefe de las finanzas europeas es un ferviente adversario de la llamada Tasa Google, que pretendía imponer Europa a estas empresas y que Calviño hubiera garantizado. Todo es la misma mierda, en Holanda no nos quieren dar ni un duro para ayudarnos en la crisis, lo que quieren es prestarnos a crédito a cambio de más recortes y más austeridad. Esa política que, por ejemplo, Portugal desechó aplicar (y ha salido de la crisis con menos desigualdad que nosotros), tiene como consecuencia una polarización de la sociedad, un ataque a las clases medias y un incremento de las fortunas mayores que, si hace falta, se llevan su capital fuera. ¿A dónde? Pues a Holanda y a Austria. Paraísos fiscales menos descarados que Suiza o las Islas Caimán. Todo cuadra al final.

Si quieren leer algo más ajustado y menos vehemente que lo mío, pueden pinchar AQUÍ. El señor Donohoe ha tenido el apoyo de todos los partidos conservadores de Europa, que están encantados con el statu quo. El inMundo aplaude con las orejas y en las altas finanzas están eufóricos: podrán seguir forrándose en tiempos de coronavirus. Y no digamos el fraCasado, que paladea cualquier derrota de Sánchez como un elixir delicioso, aunque no descarten que el nuevo jefe de las finanzas europeas tenga que explicarle por fin que eso de bajar impuesto no mola, ni siquiera para él. Por lo demás, el señor Donohoe es un forofo de La Guerra de las Galaxias y lo primero que hizo cuando le nombraron Ministro de Finanzas de Irlanda, fue llenar su nuevo despacho de muñequitos de la saga.

Los holandeses pueden estar satisfechos. Ahora pueden seguir sintiéndose superiores a nosotros los del Sur, que somos una panda de vagos que no hacemos más que venga de pedir y venga de pedir, hombre. Su fobia a los españoles viene de los tiempos del Duque de Alba, está alimentada por su formación calvinista (de Calvino, no de Calviño) y se vio espoleada para siempre cuando les ganamos el Mundial de Futbol, hace ahora diez años. Si tienen esa final en la memoria, como yo, tal vez recuerden el mal perder de esta gente, su presión al árbitro a pesar de su permisividad con las coces que nos daban (famosa la que le sacudieron a Xabi Alonso, no castigada con expulsión). En fin, que vamos de culo, Europa va a seguir siendo un personaje secundario en la película que protagonizan USA, China y Rusia.

De USA les quería yo hablar hoy, pero es que se me va el hilo hacia la penosa situación local (qué decir de la desvalida y estupefacta Gran Bretaña post-Brexit, que ve cómo los chinos la chulean en Hong Kong, sin poder defenderse de ninguna forma). Los Estados Unidos están pasando lo peor de esta crisis: uno de cada cuatro infectados es norteamericano y también uno de cada cuatro muertos. Y se enfrentan a esta plaga bíblica sin el menor sistema de apoyo social público. Allí no hay ERTEs ni una adecuada cobertura sanitaria. Se estima que el paro puede llegar al 20%, muy por encima del 10,8 que se alcanzó con la crisis de 2008 y cerca del 25% de la Gran Depresión del 29.   

Parece claro que, si quisiéramos erradicar adecuadamente el virus, tendríamos que estar confinados un año, o así, algo que la economía no se puede permitir. Por eso vamos aflojando la mano, abriendo poco a poco negocios y sectores de la economía, pero los rebrotes nos recuerdan que esto no se ha acabado. En USA se están implantando medidas de desescalada con resultados bastante desanimantes. Es un equilibrio muy delicado el que hay que mantener entre la sanidad y la economía y parece claro que Trump no es la persona más adecuada para llevar ese timón. Sin embargo, hay serias posibilidades de que se le reelija. Tal como veo yo la cosa, él mismo es su mayor enemigo. Puede ser que la cague, por su acreditada falta de templanza pero, de no ser así, puede ganar fácilmente.

Dos libros se han publicado recientemente sobre su perfil personal. Uno, el de su sobrina Mary Trump, significativamente titulado Demasiado y nunca suficiente: cómo mi familia creó al hombre más peligroso del mundo. El otro, del asesor presidencial cesado hace un año John Bolton, se titula La habitación en la que sucedió. Ambos textos confirman lo que ya sabíamos de Trump: que es un sociópata en permanente estado de ira contenida, que es un ignorante (porque no quiere aprender), que le importan un rábano los datos y las informaciones, que es incapaz de leer, no ya un libro, sino siquiera un artículo de los que le recomienda su gabinete de información. Estos dos libros pueden hacerle algún daño, pero ya se sabe que la gente corriente no lee mucho más que él, y menos en la América profunda.

Lo que le puede hacer daño es la incapacidad de combatir el virus y el derrumbe de la economía. No soy yo partidario del cuanto peor, mejor, porque se lleva por delante la estabilidad y hasta la vida de muchas personas, pero sería buenísimo para el mundo que Trump no ganara las elecciones a celebrar el primer martes después del primer lunes de noviembre. Sería cojonudo para el mundo en general. Porque, de momento, todas las tendencias vienen de allí, de los Estados Unidos. La lucha entre las dos mitades USA es también nuestra lucha. Así que, dentro del margen que nos dejen el virus, las vacaciones y nuestros restantes desvelos, hemos de concentrarnos en desear la derrota de Trump. Mediante rogativas a los sambenitiños correspondientes o como sea. Nos va el futuro en ello.

A mí me queda una semana de trabajo intenso todavía, antes de entrar en una cierta pausa. Ya sé que estoy escribiendo con poca frecuencia, pero es que tampoco observo una gran expectación en los datos de visitas. Si este foro se va a quedar en cuatro amigos, casi prefiero llamarles por teléfono de vez en cuando para contarles mis reflexiones. Vienen tiempos de verano y ya sé que muchos de ustedes se van a descansar y el número de lectores desciende, especialmente en agosto. Déjenme que descanse yo también. De vez en cuando hay que levantar el pie del acelerador. Pero volveré, no se preocupen. Como no quiero terminar este post de manera tan desabrida, les voy a dejar un poco de música.

Sirva también para desmentir ese infundio de que últimamente sólo les traigo rock hecho por mujeres, preferiblemente jóvenes y atractivas. Es falso. Sin ir más lejos, hace poco les he descubierto a Jon Cleary, ese fabuloso pianista que se mueve en la noche de Nueva Orleans. Un tipo viejo, feo, con desaliño típicamente british, pero con un groove imbatible. Hace casi nueve años, cuando todavía no había formado su banda de caballeros absolutamente monstruosos, se desempeñaba como van a ver aquí abajo, con el simple acompañamiento de un contrabajo y una batería elemental. Disfruten de ello y de lo que resta de fin de semana. Chao.



domingo, 5 de julio de 2020

955. Sobre New Orleans y la música del Delta del Mississippi

Se interesan algunos de mis seguidores más malévolos por saber si ya me he olvidado de Samantha Fish, como he hecho antes con algunas figuras que se han puesto por las nubes en mi blog para luego no volverlas ni a mentar. Mi respuesta: para nada. No me he olvidado de Samantha, es que, como el niño del chiste, estaba descansando. Cómo olvidar a esta mujer a la que, sin exagerar demasiado, podemos considerar la mejor guitarra del blues-rock del momento. Hemos visto que Samantha Fish ha cambiado en los últimos años desde su blues genuino original a una música más evolucionada, con elementos de country y con una puesta en valor de su capacidad compositiva y vocal, en el centro de su música, dejando su habilidad asombrosa con la guitarra como elemento colateral y no principal.

Pero no por eso ha abandonado sus raíces, el entorno del que procede y la música que la ha llevado a la posición que ahora mismo ostenta, la de una gran diva del rock. Recuerdan que Samantha está considerada como la mejor intérprete mundial de cigar box guitar, esas guitarras de cuatro cuerdas construidas con viejas cajas de puros. Este instrumento tiene su propio festival anual, que se celebra cada mes de enero en la ciudad de Nueva Orleans y Samantha no deja de acudir todos los años. Hasta el año pasado, el festival se llamó The New Orleans Cigar Box Guitar Festival. Y, como no podía ser de otra manera, a Samantha le tocó abrir la edición de 2019. No les voy a comentar mucho sobre este vídeo, que ni siquiera les pido que vean entero. Solamente que se fijen en el arranque arrollador y en cómo quiere la gente a Samantha, que ya no es una niña a la que le suben un Mars al escenario, sino una mujer espléndida que domina completamente la escena, acompañada por el batería de su banda, un bajo eventual y un virguero veterano de la cigar box, al que saluda al principio y deja lucirse luego, arropándolo con su potente sección rítmica.



Arrolladora Samantha. Y ahora vamos a dar un salto de un año. Estamos ya a mediados de enero de este año, algunos chinos se empiezan a morir de una extraña enfermedad en la ciudad de Wuhan, pero nadie se imagina lo que está por venir y en Nueva Orleans organizan como cada año el gran festival de la guitarra de caja de puros. Vemos de entrada algunos cambios. El nombre del evento ha cambiado. Ahora se llama The Samantha Fish Cigar Box Guitar Fest, como pueden comprobar en los títulos al principio y al final del vídeo que les pongo abajo. El peso de la jefa en este evento es de tal magnitud que ahora el festival es suyo. Ella manda y se dedica a invitar a subir al escenario a otros artistas del blues-rock a los que admira o con los que tiene amistad porque son de su misma cuerda para que toquen alguna canción con ella. Y a ver quién es el guapo que le lleva la contraria.

Aquí la vamos a ver con Damon Fowler, un cantante y guitarrista de calidad contrastada, de la zona de Nueva Orleans, que aparece en el escenario feliz de que lo hayan invitado y mostrando un respeto mayúsculo por su anfitriona, que le va a permitir lucirse en un papel estelar. Aquí sí que les voy a pedir que se fijen en algunos detalles. Acompañan a ambas estrellas tres miembros habituales de la banda de Samantha: el bajo Chris Alexander, el batería y el teclista. Damon arranca su canción marcando el típico ritmo de New Orleans, del que luego hablaremos más en profundidad. Samantha y la banda lo arropan enseguida y el tipo desarrolla unos compases de introducción.

El blues es una disciplina que asigna un número idéntico de compases a cada parte de la canción. Damon hace un primer bloque y luego levanta un dedito para indicar al resto de la banda (que no es la suya), que quiere doblar esa introducción. Entonces se va al micrófono a cantar, pero aun lanza una última miradita de comprobación a la jefa, como si no estuviera seguro o no se acabara de creer que le dejen el papel principal. Samantha no sólo está de acuerdo, sino que da unos pasitos rítmicos hacia delante, para exteriorizar lo contenta que está y lo cómoda que se siente con su colega. Damon empieza a cantar y lo hace muy bien, dentro de sus posibilidades vocales. Es un tipo gordo, bastante feo, seguramente buena persona, disfrutón y amante de la cerveza y está encantado de actuar a dúo con semejante estrella. Si se fijan, verán que lleva en la muñeca la pulserita plástica (como las que te ponen cuando te ingresan en un hospital) que le han anudado al entrar en el festival en su condición de invitado directo de la jefa.

Damon conduce perfectamente la melodía, su música es puro rock de New Orleans y huele a gumbo y a jambalaya (los dos platos típicos de la cocina criolla). Canta la estrofa inicial y entonces le deja el primer punteo a Samantha para que se luzca. Y Samantha toca una vez más como los ángeles, para apoyar el tema de su compañero. Pueden observar que Damon levanta otra vez un dedito para indicarle que puede duplicar su punteo. Y vemos aquí a una Samantha madura, que ya no está preocupada de que se le vea una porción excesiva de su anatomía, que ni una sola vez se tira del escote hacia arriba, porque es la reina del festival, le gusta salir a escena guapa y sexy y se le da una higa que se le vea la pechuga más de lo políticamente correcto.

Damon desgrana la segunda estrofa y asume el segundo punteo. Demuestra que también es muy buen guitarrista. En el éxtasis de ese punteo, Samantha jalea al público con un gesto inequívoco que no deja lugar a la indiferencia. Pero es entonces cuando viene lo mejor. Porque Damon reta a la reina de la guitarra y ambos entablan un duelo de guitarras verdaderamente delicioso. Samantha entra al trapo y a partir de un cierto punto empieza a liderar ella la competición, mientras su rival la sigue como puede, casi con la lengua fuera. Toca afrontar la última estrofa, entre los alaridos del público que tiene la sensación de haber presenciado algo ciertamente especial. Damon canta esa última estrofa y con una mirada pide permiso a Samantha para hacer un final a la altura del temazo. Samantha lo aprueba y el tipo se viene arriba entre el entusiasmo del público. Se viene arriba lo justo, sin ponerse pesado. Y sólo entonces, encaran ambos al batería para concluir con el clásico cierre del blues. Hale, véanlo.


Maravillosa como siempre Samantha, colega y fiel a sus orígenes. Y feliz como una perdiz el bueno de Damon Fowler. Yo sería el hombre más feliz sobre la tierra si pudiera hacer un dúo con Samantha Fish. ¡Incluso de guitarra! Pero lo más destacable del anterior vídeo es el ritmo y el espíritu de Nueva Orleans que desprende toda la canción. Nueva Orleans, ciudad que no conozco y que daría un brazo por visitar algún día, es un lugar con una cultura propia. Una cultura hecha de música, de gastronomía, de fiesta continua, de cachondeo, de alcohol, de vitalidad, de alegría, de baile, de humor sureño. Todo ello enraizado en el mestizaje de muchas tendencias culturales primigenias, africana, española y francesa, entre otras. Es la ciudad más colonial de USA y se dice que la primera urbe del Caribe, cuando uno cruza los Estados Unidos hacia el sur.

En pleno delta del Mississippi y a orillas del lago Pontchartrain, fue capital de la colonia española de Luisiana, de hecho su distrito más famoso, el llamado Barrio Francés, tiene todos los rótulos de sus calles en azulejos originales escritos en español. Fue también puerto de llegada de los esclavos africanos, que pronto eran enviados a trabajar los campos de algodón del interior, si bien la ciudad se convirtió al mismo tiempo en el centro de los liberados o libertos, que se establecían en la urbe, se dedicaban a oficios diversos y en muchos casos hacían fortuna. La población actual es negra en dos tercios. Afroamericanos se tiende a llamarlos ahora, pero yo prefiero llamarlos negros, sobre todo después de escuchar a una manifestante con el lema I can’t breath en su camiseta, que renegaba airadamente de esa denominación eufemística: ¿Afroamericana? Oiga yo desciendo ya de tres o cuatro generaciones de nacidos en este país, tengo tanta relación con África como con Noruega. ¡Por favor! Vean una imagen de una de las esquinas más famosas del barrio francés, la del cruce de Royal st. Con Dumaine st.


Son conocidos los entierros con su cortejo musical. Las orquestas locales acompañan el ataud al cementerio tocando melodías fúnebres. Pero, una vez enterrado el finado, regresan a la ciudad tocando dixieland jazz, charlestón o lo que se tercie, mientras todo el mundo baila en honor al difunto. Y, entre las fiestas más relevantes de la ciudad, destaca por encima de todas el Mardi Grass, que se celebra en febrero, en fecha variable según el ciclo lunar, igual que la Semana Santa. Ese día se celebra el gran desfile con todos los músicos bailando y tocando sucesivamente sus melodías. Porque Nueva Orleans es la cuna del blues, esa música que parte de los cantos de los negros en los campos de algodón y que está en el origen del rock y también del jazz. Entre los músicos más destacados de Nueva Orleans (aparte del gran Louis Armstorng en el jazz) están muchos de los mejores bluesman de la segunda mitad del siglo XX, herederos del pionero Jelly Roll Morton, como el Doctor John, Guitar Slim, Alain Toussaint o los Neville Brothers.

El blues de Nueva Orleans tiene ese ritmillo característico que han escuchado en el vídeo anterior, pero he de decirles que el instrumento por antonomasia de este tipo de blues es el piano y en esta disciplina hubo un maestro indudable, que también tenía su mote, como todos: Professor Longhair, el profesor del pelo largo. Le pusieron el mote en el bar donde trabajaba como camarero y pianista eventual. Nunca hizo mucho dinero, pero todo el mundo lo reconoce ahora como el maestro. Escuchen un tema que sintetiza su calidad musical y su sentido del humor: el histórico Rocking pneumonia and the boogie woogie flu, es decir, el rock de la pulmonía y bugi-bugi del constipado. El vídeo muestra fotos del músico y de la ciudad 


En cuanto a la cultura local, hay que hablar de dos herencias, la criolla y la cajun. Los criollos son el resultado del mestizaje, de remezclar todas las herencias europeas y africanas para conseguir un melting pot que es característico de esta urbe única en el mundo. Los cajun, en cambio, descienden de un grupo franco-canadiense que se implantó en la zona cuando los ingleses los echaron del Canadá. Luego, durante la Guerra de Secesión fueron dispersados, pero fueron regresando poco a poco, porque son gente eminentemente rural, dedicados a la agricultura y la ganadería, y les habían encantado las tierras de Louisiana. Los cajun son básicamente blancos, paletos, de pueblo, un poco como los red-necks del resto de los USA, pero con una cultura y una gastronomía propia. En Nueva Orleans hay restaurantes cajun donde se come fenomenal.

Pero la cocina más extraordinaria de la ciudad es la criolla, con dos platos estrella: el gumbo y el jambalaya. Ambos son guisos hechos con carne, o pollo o cangrejos del lago (parecidos a los camarones), o todo junto a la vez. Se le añaden muchas hierbas aromáticas, harina, picante, cebolla, ajo y apio bien picados y se cocina bastante tiempo. La diferencia es que el gumbo es más caldoso, es casi una sopa con tropezones abundantes y variados, que se sirve con arroz blanco cocinado aparte y situado a un lado del plato. En cambio el jambalaya es más pastoso y se sirve solo. En las variantes cajun, se solían añadir tortugas y otros animales que tal vez ya estén protegidos. En Madrid hay un restaurante de cocina criolla de Nueva Orleans que se llama el Gumbo y está en la calle del Pez. No es una exquisitez, pero es simpático y sirve unos estupendos tomates verdes fritos. Un buen sitio para llevar a una amiga e impresionarla con una avalancha de erudición, algo que, a veces, ayuda a ligar.

Pero no se puede hablar de Nueva Orleans sin mencionar al Katrina. En agosto de 2005 el huracán de ese nombre destrozó todos los diques de contención que protegían una ciudad cuyo territorio está en su mayor parte por debajo del nivel del mar. El agua del lago anegó la ciudad y la destrucción fue devastadora. Las grandes infraestructuras de agua, electricidad, teléfono, se redujeron a la nada. La ciudad perdió la mitad de su población, huida porque sus casas estaban por debajo del nivel del agua. Luego fueron regresando y estaban volviendo a ser una ciudad próspera, modelo de resiliencia, cuando los alcanzó el virus. Hay muchas películas emblemáticas de Nueva Orleans, como El extraño caso de Benjamin Button o The Big Easy, traducida estúpidamente en España como Querido Detective.

Pero yo quiero recomendarles hoy una serie de TV muy buena. Se llama Tremé, es de los mismos creadores de The Wire y cuenta la historia de la reconstrucción de la ciudad después del Katrina. Es corta (cuatro temporadas) y con la música en el centro de la trama. Arranca la serie en el momento en que se ha de celebrar el primer Mardi Gras, apenas seis meses después de la catástrofe. No hay una convocatoria oficial, pero la gente va saliendo a la calle con sus instrumentos. Tengo un vídeo de esta primera escena, seguida de los créditos de la serie, sobre imágenes de las paredes de las casas después de la inundación. Véanlo, es muy interesante.


La música está en el centro de la cultura de New Orleans. Y sobre todo la música en directo, hasta altas horas de la noche y con alcohol a grifo libre. En este aspecto hay algunos lugares míticos. Por ejemplo, The Stopped Cat, el gato manchado, en pleno centro. Pero sobre todo, dos lugares extraordinarios en las afueras: el Tipitina y el Maple Leaf Club, el club de la hoja de arce, ya saben cómo adoran los yanquis el sirope de arce y otros productos de este árbol único. Los tres clubs reabrieron pronto después del huracán y estaban a tope hasta febrero. Entre los mejores músicos actuales de la ciudad, hay un inglés, personaje habitual de la noche de Nueva Orleans. Se llama Jon Cleary, es un pianista nacido en el condado de Kent, que hace más de veinte años viajó a New Orleans para estudiar la música de blues local, le gustó el rollo general de la ciudad y decidió quedarse para siempre.

Les voy a poner un vídeo de una actuación suya en directo. Es en el Maple Leaf Club, pero la canción que interpreta con su banda es Tipitina, olvidé decirles que el club rival del Maple toma su nombre de este viejo éxito del Professor Longhair. Jon (que no tiene nada que ver con el País Vasco, a pesar de escribir así su nombre) empieza con una explicación de cuáles son los compases básicos del blues, luego cita brevemente a su maestro el Professor y entonces da entrada a su banda que se llama nada menos que The Absolute Monster Gentlemen, es decir, los caballeros absolutamente monstruosos. Todos negros, por supuesto, con un guitarrista obeso al que probablemente han tenido que ayudar a subir al estrado. El tema empieza suave, con el guitarrista luciéndose moderadamente.

Pero a Jon Cleary le gusta dejar mucho espacio de lucimiento a sus músicos monstruosos. Así que da entrada al batería. Les diré que esto no es un solo de batería (que suele ser un coñazo) puesto que aquí, al músico que toma protagonismo, los demás de la banda lo van acompañando con sordina. Después del batería sale a escena Nigel Hall, un teclista que no es de la banda, pero es amigo de Jon. Es el tipo de la camisa azul claro y gorra de béisbol que hasta ese momento ha estado escondido detrás de la inmensa humanidad del guitarrista. Hace su intervención estelar y se pone tan contento que corre a darle unos abrazos de la hostia al batería, mientras pasa a primer plano el bajo. Jon pica a la concurrencia haciéndose cargo de la percusión y entonces alguien del público se anima y sube a tocar la pandereta con maestría absolutamente monstruosa. Y afrontan todos el climax de la canción, en el que Cleary introduce unos toques de calipso para subrayar el punto caribeño. Un comentarista me habló en el último post de que cierto vídeo era el centro de gravedad del texto y yo lo había situado estratégicamente en el centro. Pues esta vez el tema que ocupa merecidamente el baricentro es este de abajo. Súbanle el volumen, que es maravilloso. 


Extraordinarios Jon Cleary and the Absolute Monster Gentlemen. En fin, ya sé que es un post largo, pero es que Nueva Orleans podría dar pie a diez o doce textos como este. Como ya hemos alcanzado el punto culminante del post, les voy a despedir con algo más tranquilo. Jon Cleary ha tenido que abandonar la noche y recluirse en su casa, para protegerse del virus. Al comienzo de las medidas de desescalada, lo primero que hizo fue ir a visitar a su buen amigo Nigel Hall, que tiene un estudio de grabación en su casa. Y decidieron grabar una quarantine song, para publicarla en redes, como están haciendo muchos otros músicos. Lo primero que hicieron fue prepararse un cóctel, tal vez un gimlet o un dry Martini. Se escucha su elaboración y se ve la coctelera al lado del piano.

Entonces acometen una versión deliciosa del Jealous Guy, de John Lennon, la canción que John le escribió a Yoko pidiéndole disculpas: I didn’t mean to hurt you, I’m sorry than I maked you cry, Oh my, I didn’t want to hurt you, I’m just a jealous guy. Nunca quise herirte, perdona si te he hecho llorar, oh no, no quise herirte, sólo soy un chico celoso. Nigel está delante de su teclado, pero decide no tocarlo y dedicarse sólo a cantar, un poco a la manera de Stevie Wonder, incluso moviendo la cabeza de lado a lado como suele hacerlo el gran Stevie. Una improvisación maravillosa. Hoy hemos hablado de música y de una ciudad emblemática. Una forma más de soñar desde nuestro encierro, o de viajar sin salir de la habitación. Espero que les ayude a sobrellevar el domingo. Que lo pasen bien.