miércoles, 30 de noviembre de 2016

582. A Dios para ser bueno le falta una O

El título hace referencia a un tema suscitado la semana pasada. Arranqué dicha semana, con un post que empezaba con un chiste infame, seguía con la presentación del libro de mi amigo Ronaldo Menéndez en la librería Tipos Infames y terminaba con un poema de mi buen amigo Juancho Peñafiel. Tras colgar ese texto el lunes, entré en una dinámica enloquecida en la que, por diversos asuntos de los que no se cuentan en este blog (personales y de trabajo), no pude escribir nada más. El viernes me había comprometido a darles una charla sobre la historia de Madrid a mis compañeros del viaje a Japón y otros amigos. La cita era en Aularte a las 12 (me tomé el día de permiso en el curre) y seguía con un paseo didáctico por Madrid Río, con parada intermedia a comer en el Café del Río. El tema salió muy bien, hablé casi 2 horas y parece que la mayoría del auditorio no tuvo bastante, porque se vinieron conmigo al río, donde acabamos a las 7, ya de noche, aunque el tiempo no acompañaba, puesto que nos llovió todo el rato.

De vuelta a casa, tras descansar un rato, caí en la cuenta de que llevaba tiempo sin alimentar el blog. Tenía la mente fresca y me puse a escribir, pero se me echó la hora encima y me empeñé en terminar antes de las 12, lo que me impidió darle al texto la última vuelta acostumbrada. Al final me salió un post más a la carrera de lo normal, del que no estoy demasiado satisfecho. De hecho, un mínimo repaso me hubiera avisado de que mi referencia a Ronald Reagan iba a levantar merecidas suspicacias y la hubiera matizado o suprimido. En esa tesitura, el bueno de Alfred, seguidor impenitente del blog, me hizo un comentario con el enigmático texto que hoy me sirve de título. Sin saber qué me quería decir, busqué sin éxito referencias a Dios en mi texto. Al final di con la clave: tenía una errata en el título. En vez de God save America, había escrito Good save America. En más de 500 posts, es la primera vez que meto una errata en el título. Lo corregí al instante, pero entonces vislumbré un efecto colateral inesperado: mi amigo me acababa de dar sin saberlo el título del post que andaba cocinando hace tiempo.

El tema no es otro que este: ¿existe Dios o no? Sí, sí, ya sé que nadie cree en un Dios anciano, de barbas y melenas blancas como las de Ricardo Aroca, sentado en un sillón que flota por el cielo adelante, soltando rayos y truenos a capricho. Más bien me estoy refiriendo a una idea, a una especie de fuerza que gobernara el universo con alguna intencionalidad. Porque la ciencia, que cada vez explica más temas de los que antes resultaban incomprensibles, no ofrece una solución incuestionable sobre temas como la cualidad del alma, el origen del mundo o qué coño sucede con nuestras almas después de la muerte, con el esfuerzo que nos tomamos a lo largo de nuestras vidas. Creo que prácticamente toda la gente con la que tengo relación se rige por un ateísmo básico, resultado de una mínima reflexión y de los vientos que corren por nuestro avanzado mundo occidental. Vale. Pero queda una serie de preguntas sin respuesta.

A este respecto, he de hacer una referencia al contexto familiar del que provengo. Mi padre era un ateo convencido. Había llegado a ese concepto como resultado de un razonamiento científico profundo y bien fundamentado. Sin embargo, mi madre era muy creyente, rezaba el rosario a diario, no se perdía una misa y hablaba con Dios cada noche antes de acostarse. Eran un tipo de pareja, en este aspecto, bastante común en su tiempo. Pero ambos respetaban escrupulosamente las creencias del otro, algo que para mí fue una enseñanza de tolerancia y de priorización de lo importante, que siempre les agradeceré. Su respeto mutuo era tal que, en sus últimos años, mi padre acompañaba siempre a misa a mi madre, que se sentaba en la primera fila, porque veía muy mal. Y allí se aguantaba toda la misa, con gesto serio y simulando santiguarse cuando tocaba, de forma tan convincente como la mía en las iglesias ortodoxas.

A la recíproca, cuando mi padre murió (1990) y decidimos velar su cuerpo en casa, para que toda la ciudad viniera a despedirle, mi madre presidió el interminable duelo con una calma y una autoridad que impresionaba a la larga comitiva de visitantes. Sólo perdió los nervios una vez: cuando vio a un cura con sotana pululando por allí. Inmediatamente nos llamó a capítulo a los hijos y preguntó muy enfadada qué hacía allí un cura. –Mama, por Dios –le contestamos–, es que venía en el pack, todas las ofertas de la funeraria incluían la lectura de un responso por un sacerdote (así era en esos años). –Pues que haga su trabajo rápido y se vaya con viento fresco, que a él no le gustaba eso y hay que respetar su memoria. Nunca olvidaré esta escena, tan hermosa como para contarla en una tribuna abierta al público como esta.

Mi madre intentaba que fuéramos creyentes, pero todos los hermanos fuimos cayendo en el ateísmo como parte de las verdades que se descubren a lo largo de la adolescencia, algo que a ella le disgustaba y le servía para proclamar desolada:  –¡Claro! Con el ejemplo que tienen en casa… La verdad es que había que ser muy pánfilo para seguirse tragando eso del infierno en el que te quemabas por los siglos de los siglos. Si usted, querido lector, se ha quemado alguna vez, aunque sea una fracción de segundo, sabrá lo imposible de ese infierno eterno que nos pretendían calzar como amenaza. Por no hablar del milagroso embarazo de la Virgen María. Cuando cualquiera de nuestras amigas se quedaba embarazada y se escudaba en una explicación similar, nadie la creía. Me viene a la mente la frase mítica de uno de los enanos delirantes que aparecen en El milagro de P.Tinto (la película más surrealista del cine español, que hubiera hecho reír a carcajadas a Buñuel), que le dice a su compañero con énfasis: –Vale, lo del tres-en-uno, todavía lo puedo admitir, pero que uno de ellos sea paloma… eso ya no.

Así que yo, desde mi adolescencia estoy convencido de que fue el hombre quien creó a Dios a su imagen y semejanza, y no al revés. Pero vamos a lo que íbamos. Si usted, querido lector, me preguntase a día de hoy si soy creyente o ateo, probablemente le contestaría a bote pronto con la segunda de las alternativas. Pero no lo haría con la seguridad de mi padre. Me explico. Determinadas cosas que suceden cotidianamente parecería que tienen detrás una voluntad oculta, una intención, una especie de diseño o guión escrito por alguien. Piensen por ejemplo en mi accidente en el Metro de hace casi un año (y este era el epílogo que me reservaba, según anuncié cuando les hablé del tema de la trazabilidad). Este incidente es el resultado de un sinfín de casualidades. Para empezar, resulta que yo iba en Metro al trabajo, porque los señores de Ahora Madrid decidieron sortear las plazas de parking disponibles y perdí el sorteo (a partir de mañana, 1 de diciembre, vuelvo a tener plaza hasta el 1 de junio ¡¡Hurra!!).

En segundo lugar, un factor del que no les he hablado. Hace como un año, me tuve que poner gafas de lejos. Estas gafas me permiten ver bien de frente, pero me dejan alrededor un círculo de visión deficiente, una especie de ángulo muerto circundante. En febrero, todavía no me había hecho del todo al uso de estas gafas y creo que fue por ese ángulo muerto por donde me entró el tipo que me hizo tropezar. Por eso no lo vi a tiempo. Luego ya saben el resto de las casualidades: un tipo que viene rezagado y distraído con el móvil, una sincronización perfecta de las trayectorias, una caída hacia delante pero con un empuje lateral que me lleva a sufrir una especie de hachazo con el borde de la puerta, cuando soy una persona acostumbrada a caerme corriendo y no hacerme daño. No sigo. Cualquiera medianamente desconfiado podría pensar que todo esto fuera un guión escrito por alguien decidido a darme por culo, que estaba yo muy crecido en ese tiempo, tras intervenir en mi congreso de Londres.

Un dios, en cualquier caso, perverso y cabrón. Porque eso es algo que tengo muy claro: si existe algún dios, sin duda está lejos del estereotipo del ser bondadoso y magnánimo que nos han vendido. A Dios, para ser bueno, le falta una O. Y muchas otras letras. Cómo explicar si no, que haya niños que enferman de leucemia, como la hija de un compañero mío, que por fortuna se curó. Cómo admitir que detrás de dramas como el de Siria, los refugiados o la aparición del Daesh se esconda la mano de una voluntad divina que así lo haya decidido. Es que un dios de verdad magnánimo, haría que el cáncer afectara a las malas personas y a mí me consta, dolorosamente, que afecta igual a las más buenas. Lo siento si ofendo la sensibilidad de algún lector pero, para mí, si hay un dios, se trata de un ser malvado. Ni siquiera eso; más bien un dios como los griegos: frívolo y travieso, cruel y juguetón, capaz de tomar sus decisiones sólo por fastidiar y por dejar claro quién manda aquí.

En esta línea de inquietud filosófica más que religiosa, hace poco que he encontrado un inesperado asidero, una explicación alternativa. Hablo del mundo de los cátaros. Para quien lo desconozca, los cátaros o albigenses fueron un movimiento religioso surgido en el seno de la Iglesia Católica en el siglo X, que arraigó especialmente en el sur de Francia (Languedoc), donde duró hasta comienzos del XIII, en que fueron literalmente aniquilados en la única de las cruzadas promovidas por el Vaticano que no iba dirigida contra el mundo musulmán, sino contra cristianos disidentes.  Como los cátaros ya se olían lo que les venía, se refugiaron en castillos como los de Carcassonne, Termes, Peyrepertuse, Montsegur y otros que ahora pueden visitarse en una ruta de los cátaros, que cualquiera de las agencias de viajes incluye en sus ofertas. Pero no les sirvió de nada. El papa Inocencio III envió sus tropas y los arrasó.

¿Y cuál era la doctrina de los cátaros? Pues algo que me parece muy razonable y brillante. Los cátaros diferencian el mundo material del mundo espiritual. En el primero están las piedras, los árboles, los animales y los cuerpos de los seres humanos. Forman el segundo las almas, el espíritu, el pensamiento, la inspiración artística o musical, que son lo que nos diferencia de los demás seres vivos. Según los cátaros, Dios creó el mundo del espíritu, pero el mundo de la materia es una creación del Diablo. Dios, que es por definición bueno, creó el mundo del espíritu precisamente para luchar contra la maldad del mundo material, diseñado y construido por el Diablo para hacernos sufrir. En fin, he de indagar en este tipo de explicaciones duales del mundo (el Yin y el Yang), pero ahora mismo las suscribo. Mi accidente sería entonces el resultado de un momento en que Dios se descuidó y dejó al Diablo hacer de las suyas. En cualquier caso, es un concepto que te impulsa a luchar sin descanso por hacer el bien, algo que cuadra con mi carácter. No en vano, los cátaros se llamaban a sí mismos los hombres buenos.

En este rango de reflexiones y juegos mentales, sobrevive una cuestión fundamental sin resolver y es la que expresa una pintada, descubierta en un muro anónimo de una ciudad sin nombre. Les dejo con la foto correspondiente. Sean buenos, coño, miren que siempre se lo digo.



lunes, 28 de noviembre de 2016

581. Fidel

Ya les dije el otro día que este año se está muriendo gente que no se había muerto nunca. Desde hace unos años, Fidel era un frágil anciano, una especie de patético espectro de sí mismo, del que se ha llegado a decir que su hermano y la gente que lo cuidaba se las habían arreglado para ocultarle el acuerdo con los USA de hace casi dos años, para que no se pillara una sofoquina con riesgo para su vida. Algo así como lo que se contaba en la película Good Bye Lenin (si no la han visto, deben verla ya mismo, hoy sin falta). Pero antes de este triste epílogo, Fidel dominó Cuba con mano de hierro durante cerca de 50 años y fue un personaje de talla mundial, que se merece un mínimo tributo en este blog, aunque no fuera santo de mi devoción, como ya ha quedado acreditado en varios posts de este blog en los que se ha hablado de Cuba. Por ejemplo el Post #343 AQUÍ. El testimonio de mi único viaje a Cuba, se completaba en el post siguiente, el divertido “Un ácrata en Rancho Boyeros”. Los seguidores habituales del blog saben cómo encontrarlo a partir de pinchar en el anterior.

En el momento actual de crispación, división de la sociedad en dos mitades irreconciliables y pista libre para la chusma informatizada de ambos bandos que se insulta sin parar en las redes asociales (a partir de ahora las voy a llamar así), la muerte de Fidel ha causado la típica avalancha de comentarios e insultos cruzados. A esa marea de mala educación que nos inunda, se sumaron el otro día los de Podemos ausentándose del minuto de silencio por Rita Barberá. El amigo Pablo-Pablito-Pablete se supera cada día. Yo le sugeriría que, la próxima vez que su grupo se vea en similares tesituras, no se vayan del hemiciclo, sino que se pongan de espaldas, se agachen y se tiren pedos a coro o se bajen los pantalones. Al menos tendría más gracia. A mí me puede gustar Fidel tan poco como Barberá a los de Podemos, pero no voy a caer en ese tipo de comportamientos barriobajeros y generadores de más crispación. Así que empezaré por traer la vieja tonada de Carlos Puebla en homenaje al Comandante en Jefe. Además, al fin y al cabo era gallego, carallo. Pónganselo en grande que tiene unas imágenes muy interesantes.


Supongo que les han gustado las imágenes. Lo cierto es que la irrupción de los barbudos en La Habana fue recibida en todo el mundo con simpatía. Era una auténtica revolución popular, que había triunfado y había echado del poder al corrupto y lamentable gobierno del señor Batista, derrotado a pesar del apoyo militar yanqui. Durante años el régimen de Cuba fue visto como un modelo para toda la izquierda, incluso socialdemócrata, de Europa. Yo tuve un poster del Che en mi cuarto de estudiante, y eso que me había desmarcado mentalmente del mundo soviético a raíz de la represión de la Primavera de Praga, que me pilló en mi último verano en La Coruña, antes de venirme para siempre a Madrid, donde llevo casi 50 años. No había entrado en la universidad, y ya no me gustaba el rollo soviético. Y, sin embargo, no dejaba de tener una especie de leyenda sobre Cuba.

La tuve en realidad hasta que viajé allí en 1988, tal como cuento en el post que les he dicho. Pero lo que vi con mis propios ojos fue definitivo. Cuando un régimen se perpetúa a sí mismo por los siglos de los siglos, se convierte en una autocracia, en una dictadura, y las dictaduras tienen rasgos diferenciales comunes, ya sean de derechas o de izquierdas. Por ejemplo, designar sucesor a dedo a un familiar (Raúl, Kim Jong un, Bachir el Assad). Franco lo intentó con su nieto Francis, al que cambió para eso el orden de sus apellidos. Lo que pasa es que el nietísimo no estaba por la labor. Hay otras muchas similitudes. El compungido speech de Raúl anunciando por TV la muerte de su hermano es idéntico al de Arias Navarro comunicando la del Caudillo, pucheros incluidos.

Y otra muy curiosa. En el Arriba y los diarios franquistas, cada vez que se referían a Franco, lo llamaban de la siguiente manera: Su Excelencia el Jefe del Estado, don Francisco Franco Bahamonde, Caudillo de España por la Gracia de Dios y Generalísimo de los Ejércitos de Tierra, Mar y Aire. Por la misma regla, cada vez que debían nombrar a Fidel en el Granma (único periódico de Cuba), decían: El Comandante en Jefe don Fidel Castro Ruz, Primer Secretario del Partido Comunista de Cuba y Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros. Los conceptos no son los mismos, pero la necesidad de decir todos los cargos de un personaje que acumula todo el poder son bastante idénticos.

La deriva autoritaria de Fidel no se apagó hasta que le dejó el poder a su hermano. Hubo en esa deriva unos cuantos puntos de no retorno, como la represión del escritor Heberto Padilla, obligado a una cruel autocrítica, o la ejecución del general Arnaldo Ochoa, el héroe de Angola, tras una burda acusación de narcotráfico, por cierto, poco después de mi visita a la isla. Si a esto le unimos el desastre económico de las zafras especiales y otras ocurrencias, la cabezonería de resistir a pesar de la ruina que supuso el cese de la ayuda anual soviética, el hambre del período especial, el sistema de vigilancia con un chivato del régimen en cada manzana, la falta absoluta de libertad, componen un  fresco bastante tétrico. Pero el bardo oficial Carlos Puebla animaba desde siempre a una mayor represión, como ven aquí.


Ya sé que la educación y la sanidad son gratuitas y muy buenas (salvo el adoctrinamiento ideológico), pero es que en las librerías de La Habana, no se encuentra nada salvo García Márquez y tratados de Historia de Rusia, Geografía de Rusia, etc. Y no hay Internet, salvo en algunas bibliotecas y centros culturales. Y hay sólo un canal público de TV y un solo periódico también del régimen, en los que personajes como Leonardo Padura no existen. Lo que sí es cierto es que desde que está Raúl al mando, se está intentando una especie de capitalismo, a la imagen del chino, pero mucho más torpe. Eso ha generado la aparición de gente con mucho dinero y también gente muy pobre, como los llamados palestinos, que instalan sus chabolas al Este de La Habana. Raúl ha dicho que deja el poder en 2018 (si se llega a enterar su hermano le da dos hostias y ojo que no vaya a venir del más allá).

Fidel Castro era un hombre de otros tiempos, ahora ya una caricatura de lo que fue. Una reminiscencia de la Guerra Fría. Un comentarista ácido que no se olvidaba de su pasado, cuando fue un Zeus tronante que regañaba a su pueblo en epístolas de siete horas. Un anacronismo viviente, una antigualla, un testimonio de lo que fue el Siglo XX, el tiempo en el que yo viví la mayor parte de mi vida. Un siglo en el que los políticos eran líderes y no títeres de los grandes intereses económicos. No se imaginan cuánto echo de menos ese liderazgo que llevaban en la sangre personajes como De Gaulle, Adenauer, Kennedy, Kruschev o Willy Brandt. Fidel se negó a retirarse del todo y por eso lo embromaban con trucos como el que le hicieron dos locutores de Miami, fingiendo ser Nicolás Maduro, a los que llamó comemierdas y mariconzones.

Muerto Fidel, habrá de ser el pueblo cubano el que decida su destino y encuentre su libertad. Que ese camino sea pacífico o sangriento dependerá de la cerrazón de Raúl y/o su sucesor. Si quieren leer un análisis al respecto, bastante bueno en mi opinión, pinchen AQUÍ . Pero el otro día les hablé de mi amigo cubano Ronaldo Menéndez. Ronaldo fue un esperanzado hijo de la Revolución, educado en la escuela pública castrista, en donde desarrolló su talento innato para la narración y la creación literaria. Pero, a los 23 años abandonó la isla porque se asfixiaba. Ahora lleva otros 23 años fuera y su reflexión tras la muerte de Fidel es amarga. Les dejo con ella. La ha colgado en su perfil de Facebook así que no creo que le moleste que la reproduzca (algo que, por otro lado, honra y prestigia a este blog). Que pasen una buena semana.   

Acaba de morir la persona que ha determinado mi vida durante 46 años. Mi padre murió hace tres, y no tuve esa sensación de orfandad del alma. Cuando tenía 9 años representé en teatros de toda Cuba el discurso de Fidel Castro en su famoso alegato del juicio del Moncada, cosa que le ocurre al personaje de Anabela en mi novela 'La casa y la isla', y gané todos los premios. Hoy sufro una sensación extraña, cuya primera idea clara es: a mis 46 años debería pertenecer a la generación de la transición, formar parte del grupo histórico que abra puertas y ventanas para esa isla. Pero las puertas y las ventanas seguirán cerradas. Soy de la generación de la falta de ilusión, del dolor, y del silencio.

viernes, 25 de noviembre de 2016

580. God save America

Es decir, que les pillen confesaos. Y a todos nosotros. Porque la elección de Trump es un síntoma, más que otra cosa. Yo creo que es un indicativo de lo que está pasando en el mundo civilizado, el occidental, el nuestro. Llega cualquiera con un talante impresentable (Trump, Farage, Uribe, Pujol) y consigue dividir a la sociedad más o menos en dos mitades, que después son muy difíciles de poner de acuerdo. Y, si luego se monta una consulta o una elección, pues resulta que gana por los pelos. Al menos eso es lo que viene sucediendo en este año maldito de los brexit y similares. Ya sé que no es muy correcto políticamente decir lo que voy a decir pero, para esto, casi sería mejor que no preguntaran a la gente. O al menos, que las decisiones de más calado no dependieran de victorias del 51%. 

Yo no creo que la presidencia de Trump vaya a ser una calamidad. Ahora mismo es una incógnita. Es un tipo tan poco preparado para el cargo que lo mismo sale por peteneras, que se dedica a aprender sobre la marcha y no lo hace tan mal, como le sucedió a Ronald Reagan. Yo confío en que la democracia americana, una de las más antiguas del mundo, disponga de mecanismos para reconducir la situación que se ha creado. Lo mismo pienso de Gran Bretaña, donde ya se calmarán las aguas. El caso de Colombia es diferente. Con perdón de mis amigos colombianos, la democracia de ese país está en otro nivel que la americana o británica. Es sintomático que en una consulta tan decisiva como la de ratificación del pacto con las FARC acudieran a votar un 35% de los colombianos. Pero es que, además, la cosa se terminó de desequilibrar por algo que no sé si se ha comentado en este blog.

Resulta que los negociadores (Gobierno y FARC) incluyeron en el acuerdo un párrafo sobre el respeto y la integración de los colectivos LGTB, gays, lesbianas y similares. Estaban diseñando la Colombia del futuro y quisieron hacerse los modernos; no es que tuvieran un especial interés en proteger a esos colectivos. Pero resulta también que las zonas rurales colombianas están infiltradas por la iglesia evangelista, la misma que ha abducido a muchos de los gitanos españoles. Y los dirigentes de la iglesia evangelista colombiana pidieron a sus fieles que votaran en contra, porque el acuerdo firmado suponía la destrucción de la familia, pilar de la sociedad en el ideario evangelista. Así que, en el nuevo acuerdo, han suprimido toda referencia a los LGTB, confirmando que a ambas partes se la suda, y muy posiblemente lo vuelvan a someter a consulta y ganen, a pesar de la cabezonería cerril del señor Uribe.

Y esto viene a abundar en lo que les quiero decir desde el principio. A mí no me preocupa que haya ganado Trump. A mí me preocupa que le hayan votado 60 millones de americanos. Joder, pero qué sociedad es esta que tenemos. Qué mierda es esa que circula por las mal llamadas redes sociales. ¿Se han puesto a leer los comentarios que aparecen debajo de cada noticia, no ya del Marca, sino de cualquier periódico? Son vomitivos en un 90%. Es lo que en este blog hemos llamado la chusma informatizada. Esa gentuza que parece tener todo el día libre para enviar esos mensajes de odio y de incultura supina amparándose en el anonimato de las redes. Eso explica también por qué fracasan todas las encuestas. Es que, en todas las elecciones de este año, las encuestas han pronosticado lo contrario de lo que luego ha sucedido. Un día antes del brexit, los británicos se iban a quedar en Europa. Y los colombianos iban a votar sí. Y la señora Clinton aventajaba a Trump por tres puntos. Y Podemos le iba a pegar el sorpasso al PSOE (¿lo recuerdan?).

Es mucha casualidad que fallen todas. ¿Qué pasa? Pues que la gente le dice al encuestador lo que entiende por políticamente correcto, aun a sabiendas de que al día siguiente, en la soledad de la cabina (otra forma de anonimato), va a votar lo contrario de lo que ha dicho. Un yanqui que haya votado a Trump porque “ya hemos tenido a un negro ocho años y, como ahora gane una mujer, el siguiente va a ser un gay seguro”(Michael Moore dixit) no va a reconocer ese sentimiento poco elegante ante un encuestador que le pregunta por su intención de voto. Y a estos hay que sumar los que, si tienen una ocasión de votar, lo hacen por lo que más jode, como también advirtió Michael Moore.
  
Esto es lo que me preocupa a mí. La constatación de la existencia de esa chusma informatizada, esa canalla provista de I-phones y tablets, esa gallofa que hace miles de fotos por todas partes, esa morralla que cada día me acompaña en el Metro con los ojos fijos en una pantallita enana que gobiernan con pulgares vertiginosos. Hasta hace poco, esto me preocupaba por mis hijos, por el mundo que les íbamos a dejar. Pero es que este año tengo la sensación de que todo se está acelerando y que ese nuevo mundo me va a pillar incluso a mí, porque hay una especie de vértigo que te atrapa quieras o no. A lo mejor todo es cosa del año bisiesto este que a ver si se acaba de una vez. Y eso que aun nos queda sufrir la Navidad (qué cruz). En América ya han empezado los festejos con el thanks giving, el día de acción de gracias. ¿No han visto el atasco que se formó en LA? Pues aquí lo tienen.


Por algo decía Leonard Cohen que tenía más mérito llegar a su casa desde el otro lado de la ciudad, que venir en un avión de fuera. En fin, como una muestra más de la estupidez que nos abruma, resulta que en América se ha montado una cierta polémica por la interpretación del himno nacional que hizo Aretha Franklin antes de un partido de futbol americano. Las redes se han petado de comentarios soeces y burlas a cuenta de lo lento de su versión y las caras de los presentes, que parecen impacientes por que acabe. ¡Por favor! Aretha Franklin tiene 74 años, ha pasado muchas enfermedades, tiene cuatro hijos y le falta un diente. Y aun así salió a cantar y lo hizo como siempre: de maravilla. Se merece un respeto. Pero la chusma informatizada no desaprovecha la menor ocasión de hacer daño desde el anonimato. El vídeo no está disponible en Youtube; la información ha salido en El País y para verlo han de pinchar AQUÍ y luego poner el vídeo. Ya me dirán si la interpretación no es cojonuda.

En 1969, Jimmy Hendrix cerró el festival de Woodstock con una interpretación memorable del himno. Resulta que su actuación era la última y los organizadores le dijeron que tenía que tocar el himno. Lo hizo a su manera y no al final, sino en el medio. A mí me encanta cómo conecta al final con Purple Haze, pero he buscado en Youtube una filmación que incluya los dos temas y no la he encontrado. Lo más parecido que tengo es esta grabación sólo del himno. Al final se ve una entrevista en la que le preguntan por qué lo tocó de esa manera tan poco ortodoxa. Y Jimmy contesta con sencillez: lo toqué porque soy americano y fue algo hermoso.


No había en aquellos años dorados chusma informatizada. Lo que sí circulaban eran bulos, como ese de que Jimmy Hendrix era un zurdo que tocaba con una guitarra de diestros y por eso sonaba tan diferente. Si se han fijado en la grabación, queda patente que su guitarra es de zurdos, con las cuerdas más agudas en la parte de abajo. Sin embargo, hay casos en la historia del rock de zurdos que han tocado con guitarra de diestros. Uno de los más conocidos es el de Albert King, ya fallecido. Les voy a dejar con uno de sus legendarios dúos con Stevie Ray Vaughan y lo comprobarán. En fin, hoy hemos empezado en un registro un tanto negativo pero, una cosa lleva a la otra, hemos acabado en rollo guitarrero. Que pasen un fastuoso fin de semana pasado por agua. 


lunes, 21 de noviembre de 2016

579. Colón, James Bond y el Juancho, de colofón

Es un chiste muy malo, pero se lo voy a contar. ¿Cómo? No, no. No me refiero a la victoria de Trump. Hablo de un chiste que me contó el otro día un seguidor del blog, cuya identidad no voy a desvelar, para que el baldón del infame chascarrillo caiga sobre mis hombros y no sobre los suyos. Pues érase que se era, Colón que llega a América y desembarca. Y patrullando por allí, encuentra un grupo de indios introduciéndose por su agujero mejor protegido (también conocido como el ojete) unos extraños frutos, llamados bananas, por entonces desconocidos en España, actividad que parece proporcionarles un gran disfrute. Más allá encuentra a otros indios y se los sube al barco para estudiar su cultura, rasgos y costumbres. Y estando estos segundos a bordo paseando por la cubierta, resulta que por una ventana sorprenden a Colón practicando el entretenimiento de los primeros, con una banana robada al paso en su excursión por tierra, seguramente por un afán meramente investigatorio y antropológico. 

En cuanto estos indios son autorizados a bajar del barco, lo primero que hacen es ir a chivarse a los otros, dando grandes voces: ¡¡COLÓN OS COPIA, COLÓN OS COPIA!! Y ese es el origen de la palabreja que designa la manipulación a la que fui sometido el pasado viernes, según les cuento más abajo, mi particular versión anticipada del Black Friday. Bastante Black, desde luego. Ya les advertí que el chiste era infame. Encima, leo en la Wikipedia que es rigurosamente inexacto desde el punto de vista histórico, al ser el plátano una fruta de origen asiático, que fue llevada a América por Colón y su gente, y no al contrario. Respecto a las colonoscopias, he de confesar que es la quinta que me hago, ya ven, un auténtico vicioso. Qué le vamos a hacer, tengo antecedentes familiares por los cuatro costados y esta es una prueba preventiva similar a un disparo al aire. A lo mejor tienes suerte y cae un pájaro. 

Como ya sabrán, la prueba consiste en que te duermen entero y te introducen por salva sea la parte un tubo coronado por el ojo de Dios que todo lo ve. Parece que, aprovechando que estaba dormido, me hicieron también una gastroscopia. Doblemente escudriñadas mis entretelas digestivas, el ojo de Dios localizó un urdangarín de unos dos milímetros, cómodamente instalado en algún pliegue recóndito. Las fuerzas del orden procedieron a reducirlo y decretaron su prisión preventiva, en espera del juicio en que se dictaminará si se trata de un intruso malévolo o maligno (en cuyo caso, ya está extraído), o no es más que un ingenuo de los llamados benévolos o benignos (en cuyo caso, mejor todavía). El resultado del juicio, en quince días. Y el resto, bien, gracias por el interés. Después de la prueba, me fui a casa, me comí un arroz con pollo extraordinario (como cualquier cosa que te tomes después de 24 horas de ayuno), me eché una pequeña siesta y continué con mi programa de festejos.

A las 8 de la tarde, estaba en la librería-bar Tipos Infames, barrio de Malasaña, para asistir a la presentación de la última novela de mi amigo cubano Ronaldo Menéndez, el boss del club de lecturas Billar de Letras. La novela se llama La casa y la isla y tiene una pinta muy buena. Ronaldo, que escribe como los ángeles, ha publicado ya cerca de una decena de novelas y libros de relatos, caracterizados por una temática alucinada y extrema en la que la acción se termina disparatando en direcciones increíbles, una forma de crítica a la realidad mediocre e insatisfactoria en que vivimos. Sin embargo, este libro supone, en sus propias palabras, una reconciliación con el realismo. Es una reconciliación dolorosa, que le supone revisar su propio pasado y las circunstancias que le hicieron marcharse de Cuba y ser para siempre un exiliado.

En la trama, aparecen personajes reales con sus nombres y apellidos y se recrean también escenarios reales. Uno de ellos, la Escuela Lenin de La Habana. Inaugurada en 1974 por Fidel Castro y Leónidas Brezhnev, era el lugar en donde se instruía a los jóvenes cachorros del régimen, en busca del Hombre Nuevo que prolongase en el tiempo los ideales de la revolución. Era una institución en la que convivían en régimen de internado cerca de 5.000 alumnos de ambos sexos y entre 12 y 17 años. Podían irse a sus casas el fin de semana, si vivían cerca, y sólo dos veces al año si eran de provincias. Ronaldo fue alumno de esta escuela de élite, que sólo duró unos diez años. Las normas eran muy estrictas, especialmente en todo lo relativo a relaciones sexuales, el típico puritanismo de la revolución. Pero, en los ambientes calurosos del trópico, la cosa derivó en un despelote de relaciones mixtas, unisex, orgías e historias que involucraban a los propios profesores. El comité que vigilaba las buenas costumbres se vio desbordado por la continua avalancha de casos descubiertos y hubo que cerrar la escuela.

Este es un tema recurrente en la prosa de Ronaldo, la forma en que el poder, especialmente en regímenes dictatoriales, intenta regular las facetas más íntimas de la persona y los absurdos a que lleva esa obsesión. En ese orden de cosas, se cita otro asunto que sucedió en la realidad cubana de esos años. Hablo del colectivo El Establo. Bajo ese nombre se agrupaba una serie de jóvenes creadores literarios y artísticos, surgidos del entorno de la Escuela Lenin. Ronaldo fue uno de los fundadores del grupo (un Club de los Poetas Muertos, en sus propias palabras). Eran gente muy creativa y con muchas ganas de vivir, cuya obra interactuaba con su vida en una experiencia única, llena de performances y saraos, en sintonía con el ideal de sexo, drogas y rock’n roll. Ellos pensaban que eso era lo que necesitaba la revolución, una vanguardia creativa sin límites ni cortapisas. Pero se encontraron desautorizados por la férrea censura del régimen, que prácticamente los machacó. Los que pudieron, se marcharon al extranjero, para poder respirar, para poder vivir en un marco de libertades que no coartara su creatividad.

Y de esto se habla también en La casa y la isla, primera novela que Ronaldo publica en una editorial de campanillas: AdN (Alianza de Novelas), nueva filial de la poderosa Alianza Editorial. Me compré, por supuesto, el libro y, entre vino y vino, Ronaldo me lo dedicó con estas palabras: Para Emilio, el James Bond de la palabra y la lectura. Es una vieja broma entre nosotros; Ronaldo asocia al agente 007 con mi chaqueta escocesa, idéntica a la que lleva Sean Connery cuando hace de padre de Indiana Jones, y que me puse el viernes pasado para acudir a la presentación. Porque yo fui al acto bien maqueado, con mi chaqueta de James Bond, mi sombrero italiano y mi mejor pañuelo, como pueden ver en la imagen de abajo.


Y, para completar mi literario y variado fin de semana, el domingo asistí a una lectura de poemas de mi viejo amigo Juancho Peñafiel. A Juancho, todo el mundo lo conoce por El Pelu y no hay mote mejor asignado, porque lo del pelo del Pelu es algo legendario. Yo nunca he tocado una mata de pelo tan apretada y espesa como la suya. Es como una alfombra de Cachemira. Yo creo que, si llueve, las gotas desisten de mojarle y rebotan desanimadas hasta el suelo. Durante años fue rubio, ahora ha virado al blanco, lo que le confiere solera y le acerca definitivamente a la imagen del borreguito de Norit. Juancho es cariñoso, tierno, entrañable. Y de pronto, ahora que todos los amigos estamos viejos y cada vez más a verlas venir, el bueno del Pelu se ha lanzado a tumba abierta a la poesía y produce poemas a razón de varios a la semana.

Enterados de esa hemorragia creativa, algunos amigos le organizaron una velada ayer domingo, en casa de Patricia Villacañas, cantante habitual de los garitos mestizos de la ciudad, en donde, acompañada por un buen trío de músicos de jazz, suele desgranar sus personales versiones de temas tradicionales de la música brasileña y latina. El cuarteto se puso manos a la obra y fueron alternando un poema y una canción en una secuencia que mantuvo a todos los amigos fijos a la silla y en silencio, para no perturbar la belleza del momento. Tras los aplausos, un caldo gallego y a casa, que hoy había que madrugar. Los poemas de Juancho hablan de rock, de la crisis, de los grises que nos sacudían cuando nos conocimos, de amor y de amistades eternas. Son poemas a la carrera, como las reflexiones de mi blog: le salen así y no se molesta en corregirlos. Yo conocía algunos de sus primeros esbozos poéticos y, tras escucharle anoche, puedo dar fe de que va mejorando a pasos agigantados. Les dejaré de despedida uno de sus poemas. Tal vez no sea una poesía muy ortodoxa. Pero es auténtica.

                                           ELLOS NO SABEN QUE SUEÑO
                                           (Para Peru)

                                           Controlados, vigilados, reprimidos,
                                           así vivimos bajo el capitalismo
                                           Ellos no saben que hay mucha rebelión apaciguada.
                                           Ellos hacen y deshacen; controlan bancos y estados.
                                           Más ellos no saben que soñamos
                                           con un lugar próspero a nivel planetario.
                                           Ellos parecen no enterarse e ignorarnos
                                           Y ellos no saben que sueño
                                           que esto se haga realidad un día:
                                           Un planeta habitable
                                           donde triunfen el amor, el respeto y la alegría.
                                           Y ellos no saben que sueño
                                           que en el mundo solo exista una raza: La raza humana,
                                           que allá donde vamos el horizonte no sea una llaga.
                                           Y ellos no saben que sueño
                                           que el poder sea de la gente
                                           y no de la dictadura del dinero.
                                           Ellos no saben que sueño…

Un crack, el Pelu. Les dejo con una imagen del bardo. Algunos de los presentes dijeron que se daba un aire a Leonard Cohen…



viernes, 18 de noviembre de 2016

578. La bomba de Hiroshima

El 6 de agosto de 1945, los Estados Unidos lanzaron la primera bomba atómica sobre la ciudad de Hiroshima, al sur de Japón y recientemente visitada por mí. Tres días más tarde lanzaron una segunda en Nagasaki, una pequeña ciudad aun más al sur. Los japoneses se apresuraron a rendirse y fue el final de la Segunda Guerra Mundial, hace poco más de 70 años. Los vencedores de la guerra escribieron como siempre su relato oficial, que ha quedado para la posteridad. Según ese relato, las bombas atómicas evitaron la continuación de la guerra y salvaron la vida a un millón de personas (ya, puestos a decir esa memez, para qué iban a poner una cantidad más pequeña). En Hiroshima murieron en unos segundos 70.000 personas, todas civiles. Antes de diciembre de 1945, habían muerto otras tantas; total 140.000 bajas. En Nagasaki, murieron unas 80.000 personas en total. Comparados con el millón de vidas que se ahorraron según la versión oficial, el saldo es claramente beneficioso. Al señor Truman, que dio la orden, deberían haberle dado el Premio Nobel de la Paz.

¡Cuánta hipocresía! ¿Fueron así las cosas? ¿Qué fue lo que sucedió realmente? Conviene que lo sepamos con exactitud, porque la Humanidad (o sea, todos nosotros) hemos de cargar para siempre con la culpa de esa barbaridad. Estamos hablando del mayor acto de terrorismo de la historia, de una actuación que entra sin duda alguna en lo que se ha dado en tipificar como “Crímenes contra la Humanidad”, por los que ni Truman ni los Estados Unidos han sido nunca juzgados. El presidente Obama visitó en mayo el Memorial de la Bomba, en donde depositó una ofrenda floral, pero no pidió perdón al pueblo japonés. Su discurso fue, sin embargo, sentido y conmovedor. Habían invitado al acto a varios supervivientes de la bomba, todos octogenarios, a los que saludó Obama a la manera occidental, con un apretón de manos y no con la reverencia típica japonesa. Uno de ellos, con traje claro, no pudo reprimir la emoción, le dio la llorera y se abrazó al presidente, en una escena no preparada y más emotiva si cabe si pensamos que los japoneses no se abrazan nunca a un extraño. Vean aquí una información al respecto. 


Vayamos por partes. He de decirles que la visita al Memorial de la Bomba es interesante, y uno sale de allí bastante impresionado, pero no es nada comparable a la vista a Auschwitz. No sé cómo expresarlo. Yo de Auschwitz salí hecho polvo, con el corazón en un puño. Es que eso era la exterminación minuciosa y sistemática durante años de seis millones de personas, sólo por su origen. Y, en el museo, uno percibe y siente lo que eso supuso y cómo se llevó a cabo. Lo de Hiroshima es una catástrofe instantánea, como un terremoto. El Memorial es un parque junto al Motoyasu uno de los siete ramales en que se divide el río Ota, formando el delta hacia el océano Pacífico sobre el que está construida la ciudad. Es un parque abierto y sobrio, con pocos árboles y grandes extensiones de césped rodeando los cuatro elementos simbólicos: el monumento diseñado por Kenzo Tange, que han visto en el vídeo, el Domo, edificio en ruinas testimonio de la devastación de la bomba, el lugar que señala el hipocentro y el homenaje a la niña Sadako Sasaki, que sobrevivió a la bomba y llegó a ser una celebridad en Japón, antes de morir de leucemia diez años después. Aquí una imagen de cada uno.






Al fondo del parque está el museo, pero este se lo pueden ahorrar si un día visitan la ciudad. Nuestro guía nos advirtió al respecto, pero no le hicimos caso y entramos. Es un lugar donde no te aportan nada que no sepas o puedas encontrar en Internet y te dan una audioguía en español que te va contando historias individuales de víctimas, reiterativas y lacrimógenas. Hay un momento en que dejas de usar la audioguía, echas un vistazo por encima y te vas. Lo que pasa es que yo ya tenía el gusanillo de informarme bien del tema y, desde que he llegado a Madrid, no he parado de buscar en la red. Y he averiguado muchas cosas. La bomba se fabricó deprisa y corriendo, los científicos del llamado Proyecto Manhattan llegaron a disponer de la bomba a primeros de julio, hicieron una prueba en el desierto de Alamogordo, Nuevo México el mismo día 15 y, al ver que se provocaba un cráter enorme, la dieron por chequeada y dispuesta para ser usada. Y Truman firmó la orden.

Pero lo más acojonante es que el mando estratégico de la guerra estaba en contra de usar esa nueva arma. Tanto el general McArthur como el general y futuro presidente Eisenhower sostuvieron durante toda su vida que las bombas eran innecesarias desde el punto de vista estrictamente militar, que Japón estaba negociando su rendición desde mucho antes. Que esa rendición sólo tenía un obstáculo que salvar: que los vencedores aceptaran mantener la institución del Emperador, incluyendo su carácter divino. En lo demás había acuerdo casi total. Como sé que es increíble, les pongo un enlace a un artículo muy largo sobre el tema, por si quieren leerlo, aunque sea por encima. Yo les voy a resumir abajo las conclusiones, pero AQUÍ lo tienen.

Según la dinámica de la guerra, Japón estaba a punto de rendirse. La mitad de Tokio estaba destruida. En julio se lanzaron sobre las instalaciones militares que quedaban en pie más de 42.000 toneladas de napalm. No hacía falta lanzarles dos bombas atómicas. Fue una canallada como la de Dresde, destruida cuando Alemania estaba a punto de capitular. ¿Por qué se hizo entonces? Pues el artículo anterior da un par de interpretaciones. Una: los científicos tenían su juguete y querían usarlo, necesitaban probar sus efectos sobre una zona poblada antes de que se acabara la guerra. Es cierto que Hiroshima (como Kioto y Nagasaki) no habían sido atacadas, las estaban preservando para un eventual uso de la nueva arma. Sin embargo esta es una explicación un tanto endeble. Creo que la verdadera explicación es esta la que ahora les cuento.

Rusia estaba a punto de desencadenar un ataque por tierra y mar a Japón. Una vez terminada la guerra en el frente europeo, los soviéticos se sentían fuertes. Estaban farrucos. Y los americanos ya habían visto lo que pasaba en Europa, donde los rusos no pensaban soltar ninguna de sus presas. Estados Unidos no quería un Japón conquistado por los rusos, con un régimen comunista impuesto. Las bombas fueron una decisión geoestratégica. Una forma de decir: aquí estoy yo, cuidado que tengo el arma más poderosa, que nadie me tosa que se la lanzo. El mensaje no iba dirigido a Japón, sino a Rusia y al mundo. Las bombas fueron el episodio final de la Segunda Guerra Mundial y también el primer disparo de la Guerra Fría. Al general McArthur ni siquiera le avisaron. Cuando le habían consultado, se había mostrado escéptico. El era un gran militar y quería ganar la guerra por medios convencionales, no le hacía ninguna gracia atacar a la población civil.

Para mí, las razones están muy claras. Pero al final, siempre hace falta alguien que firme la orden. Y, no sé cómo, pero el poder siempre se las arregla para encontrar a un personaje lo suficientemente gris, mediocre y desalmado como para que coja la pluma y firme. Pasa lo mismo con las penas de muerte y (salvando las distancias) con las licencias urbanísticas de las mayores barrabasadas urbanas. Harry S. Truman era el vicepresidente de Roosevelt y ya sabemos el nivel intelectual medio de los vicepresidentes americanos. Johnson, el vicepresidente de Kennedy ascendido tras su asesinato, fue el que desató la guerra de Vietnam. Y qué decir de Gerald Ford. Truman dio la orden y al día siguiente se congratuló públicamente de su éxito. Este señor debería ser reivindicado como el autor material del mayor acto de terrorismo de la historia y castigado in memoriam como autor de dos crímenes contra la Humanidad. Si hubiera un infierno, este señor se estaría achicharrando por los siglos de los siglos. Les dejo de despedida una foto de cómo quedó la ciudad.   




martes, 15 de noviembre de 2016

577. Callejeando por Marsella

El otro día, 9 de noviembre, sucedió lo que les cuento. En el descanso del partido de la NBA entre los Golden State Warriors y los Spurs de San Antonio, pusieron la música a tope y las cámaras del estadio enfocaron al público en busca de algún bailón destacado. Y de pronto dieron con una cincuentona concentrada en el baile y la cámara ya no pudo despegarse de ella. Es uno de los vídeos más vistos en Internet esta semana y con todo merecimiento. Además, cuando se da cuenta de que todo el estadio la está viendo en pantalla grande, la doña no se achanta, sino que se viene arriba. Compruébenlo pinchando AQUÍ.

El 9 de noviembre, además del hecho mostrado arriba y, dando por hecho que otra dama, como siempre sin tarjeta, recibiera una vez más su habitual ramito de violetas, se cumplieron 2 meses desde mi alta médica. En ese tiempo he superado mi síndrome de abstinencia viajera con tres salidas, a San Petersburgo, Japón y Marsella. De las dos primeras he dado buena cuenta en el blog, aunque aún me queda hablar más en detalle de Hiroshima y la terrible experiencia de la bomba atómica. Respecto a Marsella, he escrito dos textos, uno sobre las personas que conocí en el evento, tras convivir tres días con ellos, y otro más específicamente dedicado a los temas que se debatieron en el congreso, que fue bastante interesante. Pero el cuarto día me caí del cartel, porque el cierre del congreso no era nada atractivo.

En efecto, la última actividad programada consistía en una visita técnica al Mercamadrid (digamos) de Montpellier, lo que me suponía darme el madrugón, hacer la maleta a toda prisa, subir a un autobús que tardaba dos horas y media hasta Montpellier (una ciudad, por otra parte, bastante fea), hacer la visita, comer algo por allí y calzarme otras dos horas y media en el bus que me llevaría directamente al aeropuerto con el tiempo justo para pillar el avión de vuelta a Madrid. La tarde antes, el gerente del mercado que íbamos a visitar, nos explicó las 40 clases de tomates que se comercializan allí, entre otros datos absurdos que conformaron la intervención más soporífera del congreso (de hecho se durmieron varios, como ya conté). Así que esa noche ya le anuncié a mi amiga Charlotte que no iría a la visita y me despedí de todos.

El 4 de noviembre me desperté tarde (no había puesto la alarma) y bajé a desayunar sin prisa. Mis compañeros ya se habían ido. Ante mí tenía un día entero para dejarlo correr en una ciudad desconocida, algo que me encanta, como saben. Subí a mi cuarto, encendí el ordenador y escribí un post que llamé El tercer congreso del año. Había pensado visitar la Cité Rádieuse de Le Corbusier, pero en Internet averigüé que los viernes las visitas guiadas empiezan a las 16.30 y yo tenía que estar en el aeropuerto a las 18.00. Así que hice la maleta, la bajé a recepción para que me la guardaran, hice el check-out y salí a la calle. Hacía un día fresco de otoño, el cielo estaba precioso y el aire marino llegaba limpio a mis narices golosas.

Eché a andar a mi izquierda por el Quaie du Lazaret y entré un momento en el centro comercial Les Terrasses du Port, para asomarme a la balconada sobre el puerto. Frente a mí estaba el gran dique que cierra frontalmente el muelle de los cruceros mayores. Tras él, la isla del Conde de Montecristo. Continué por el paseo del puerto, dejé atrás el muelle de los ferrys a Argelia y Túnez y la sede de mi congreso y entré en el museo de Marsella, que se llama el MUCEM. Mi intención no era ver las colecciones y exposiciones temporales, sino el edificio, proyecto del prestigioso arquitecto argelino Rudy Ricciotti, un cubo envuelto en una negra piel calada que deja y no deja ver el interior, por donde sube una rampa que va dando acceso a las salas y oficinas. La rampa termina en una azotea, con una vista magnífica del puerto. Una esbelta pasarela de hormigón pintado de negro comunica con el castillo de Saint Jean.



Otra pasarela cruza sobre la carretera para llegar al barrio de Le Panier. Desde allí una escalera permite bajar al Vieux Port, por donde caminan arriba y abajo los marselleses ociosos. Ya había visitado la zona el primer día, pero esta vez seguí hasta el fondo de la dársena y tomé La Canebière, vía central del ensanche decimonónico de la ciudad. Marsella, como ya he dicho, es una ciudad medio árabe, en la que se pulsa la tensión racial mezclada con el punto portuario, un poco canalla, pero tranquilo. Entre patrullas del ejército, policías y gendarmes, todos vigilando, los marselleses se muestran ruidosos, fumadores, dicharacheros, bromistas, se saludan de lejos, cruzan por donde les daba la gana y componen una abigarrada masa multiétnica. En el cruce de la Rue de Rome, desplegué mi mapa y dudé.

A la derecha tenía la Cité Radieuse a más de 4 kilómetros. Podía verla por fuera y hacer unas fotos. Es una pena ir a Marsella y no visitar la obra emblemática del Corbu. Podía tomar un tranvía, pero 4 kilómetros no es una distancia excesiva para un senderista como yo. Además, después de visitar Japón he interiorizado la enseñanza budista: lo importante es el camino, no la meta a la que se llega. No me lo pensé más y eché a andar por la Rue de Rome a buen paso. Este primer tramo tiene unas aceras amplias y una doble plataforma para el tranvía en el centro, sin espacio para el coche privado. Los bajos están llenos de comercio tradicional y hay mucho bullicio, porque el viernes por la mañana es momento de hacer compra. Caminé por la acera del sol hasta llegar a la plaza de la Castellana. Aún me quedaban dos tercios de caminata, por la Avenue du Prado.

En este segundo tramo, el tejido urbano empieza a ser más abierto y basado en el automóvil. Los edificios están más espaciados y la Avenida tiene un amplio bulevar a un lado, repleto de terracitas de bares, floristerías y mercadillos provisionales. Es un paseo muy agradable, pero de pronto se me vino encima el cansancio acumulado después de tantos días de viaje y decidí descansar un rato en un banco del bulevar, ocupado en un extremo por un clochard de edad mediana, malencarado, pelirrojo, sucio y sin afeitar. Le dije bonjour y ni contestó. Desplegué mi plano y lo consulté. Como no estábamos en Japón, nadie vino enseguida a echarme una mano. El tipo seguía sin inmutarse. Así que decidí tocarle un poco las pelotas (amablemente).

–¿On va bien par là-bas pour la Cité Radieuse?
–(cara de fastidio) C’est très loin pour aller à pied, la Cité Radieuse.
–Mois je suis randonneur (senderista).
Randonneur ou non, c’est trop loin pour arriver à pied.
–Mais c’est le chemin qu’importe, pas le but auquel on arrive.
–(cabreo sordo) ¡Voila an autre bouddha connard!

En fin. A lo mejor era de París. Los marselleses no son tan bordes, dicen. Seguí mi camino. Era cerca de la una y estaban empezando a desmontar los mercadillos, con el consiguiente revuelo de árabes destensando cuerdas, guardando enormes cajas en furgonetas subidas en las aceras y dirigiendo los restos a las alcantarillas con mangueras. Tras  un interminable recorrido por la Avenue du Prado, llegué a la vista de una gran glorieta. Al otro lado se vislumbraba la silueta del Vélodrome, el estadio del Olimpique de Marsella. Si no me daba prisa, me cerrarían todos los restaurantes, así que entré en una terraza acristalada y me senté. La concurrencia se componía mayoritariamente de grupos de señoras mayores que cotorreaban fumando o poniéndose ciegas de mejillones. Me sacaron la carta, pero les dije que quería el menú del día. Señor, el menú es steak-tartar, bebida y postre, 21 euros. Un poco caro, pero pregunté si la bebida podía ser una pinta de bière-pression, contestaron que sí y les dije que adelante.

La verdad es que pedí el steak-tartar con la mente puesta en una especie de carpaccio. Pero era un steak-tartar. Es decir, algo con aspecto de hamburguesa gigante completamente cruda, apenas pasada dos segundos por la sartén vuelta y vuelta, para que no esté tan roja. Recordé entonces que esta delicia magrebí se hace amasando un cuarto de carne picada con diversas hierbas aromáticas y me vino a la cabeza la imagen de un árabe maltratando la carne con sus manazas de uñas negras. En fin, el aspecto era repugnante, pero lo probé y tengo que reconocer que estaba delicioso. Entonces asistí a una escena que no había visto nunca en ninguna parte. Una pareja también mayor se sentó en una mesa al centro, el señor colocó su chaqueta en el respaldo de la silla y al instante se le cayó al suelo. Uno de los camareros lo vio todo perfectamente pero no se acercó a recogérsela. Luego, cada vez que pasaba por allí, saltaba sobre la chaqueta caída, lo mismo que hacía su compañero.

Yo creo que esto no pasaría nunca en España. Ni en Japón. Me tomé un crème caramel, que es como llaman allí a los flanes, pedí la cuenta y me trajeron una nota de 27€. Reclamé y me contestaron: no importa, usted nos paga 21 y ya está. No la cambiaron, la nota. Ya me estaban cayendo gordos por lo de la chaqueta de mi vecino. Me levanté, recogí la chaqueta del suelo, le sacudí el polvo y se la di al señor:

                        Monsieur, c’est vôtre chaquette qui était tombé en terre.
Ah, merci beaucoup.
–Un autre chose: les garçons l’ont vu tous les deux, mais ils s’en foutent.
–Alors doublement merci.
–Une information pour vous, a l’heure du pourboire.
–Au revoir, monsieur.

Un poco más allá del Vélodrome, estaba la magnífica Cité Radieuse. Qué quieren que les diga. Ya saben que tengo una especie de relación freudiana con la arquitectura, una ciencia de la que suelo renegar, y cuyos profesionales despiertan a veces mi instinto primario de matar al padre. Pero Le Corbusier es Le Corbusier. Le Corbusier es la hostia. Y encontrarte, después de caminar 4 kilómetros, con la Cité Radieuse o, como la llamábamos en la Escuela, la Unidad de Habitación, es otro viaje iniciático como el de Miyayima, pero con el añadido de que se trata de una vuelta a los orígenes. Porque allí está el principio de todo.

Tal vez ustedes lo desconozcan, si no son arquitectos, pero el Movimiento Racionalista, sustentado en la Bauhaus y la Carta de Atenas, puso patas arriba la arquitectura ecléctica de comienzos del Siglo XX y sentó los fundamentos de todo lo que se ha hecho desde entonces. Y Le Corbusier fue el producto más depurado de ese movimiento. Estuve un buen rato enredando por allí, haciendo fotos, de las que les he seleccionado unas cuantas (aunque no es lo mismo que verlo en la realidad), y perdí la noción del tiempo, de modo que, para volver, tuve que coger un autobús y luego un tranvía hasta el hotel. Allí me esperaba el conductor  del primer día, para llevarme al aeropuerto.















domingo, 13 de noviembre de 2016

576. Nara-Hiroshima-Miyayima

Como la actualidad no da tregua, mi pretensión es terminar con este post el ciclo de textos sobre mi viaje a Japón, con una breve reseña de los tres últimos lugares que visitamos, en excursiones de ida y vuelta desde Kioto. Supongo que podría ya dejar el tema y pasar a comentar cosas de la situación del mundo, pero me consta que algunos de mis seguidores guardan los textos sobre viajes para utilizar la información a la hora de diseñar sus propios desplazamientos, como una guía turística. El blog tiene así una utilidad suplementaria. Así que vamos a ello. 

El día número 10 de nuestro viaje, cuando ya estábamos razonablemente saturados de ver templos que empezaban a parecernos todos iguales, tomamos un autobús reservado por la organización del viaje, para hacer los 40 kilómetros que separan Kioto de Nara. Esta pequeña y señorial ciudad tiene la particularidad de haber sido capital de Japón antes que Kioto. Recuerden: Nara era la antigua capital hasta que, en 1603 el gran Tokugawa Ieyasu unificó el Japón y trasladó la capitalidad a Kioto, en donde se construyó su palacio, el del suelo de ruiseñores. Allí estuvo hasta la revolución Meiji, en 1867, momento en que se trasladó a Tokio (por cierto, ya ven que he pasado a escribir Kioto y no Kyoto; según el corrector del Word esa es la forma correcta de escribirlo).

Todos los monumentos de Nara son, pues, anteriores a 1600, aunque han sido reconstruidos (los japoneses tienen la costumbre de desmontar sus edificios de madera cada cierto tiempo y construir réplicas exactas). Y, finalmente, Nara es un lugar con capacidad de sorprenderte, aunque lleves diez días viendo santuarios y templos. Para empezar, visitamos el Kofuku-ji, un templo budista de la época dorada de la ciudad. Les traigo algunas fotos del templete de acceso, el edificio principal y de su gran pagoda de cinco pisos. No les había hablado hasta ahora de las pagodas, torres que tienen un único fin: el de servir de referencia, señalar el lugar y actuar como elemento compositivo, a la manera de los faros o los campanarios exentos de occidente. O sea que en el interior no hay nada que justifique su visita. Las más lujosas llegan a tener hasta siete plantas.




Otra cosa interesante de visitar son las oficinas de la compañía Okumura, que se ocupa de la investigación y puesta en práctica de medidas antisísmicas. Ya saben que en Japón tienen muy asumido que están en una de las zonas sísmicas más activas del planeta y se protegen contra ello. Los edificios más recientes de las grandes ciudades están construidos con el sistema patentado por Okumura, que les hace como flotar, mientras el suelo se mueve bajo ellos a impulsos violentos. Al día siguiente de marcharnos nosotros hubo un terremoto de grado 5 en la zona de Kioto. En cualquier otro país eso serían miles de muertos. Aquí no. Ni una víctima. Ni siquiera salió en los noticiarios españoles.

Y de allí nos fuimos a ver una maravilla: el templo Todai-ji, el edificio de madera más grande del mundo, y eso que lo han ido haciendo más pequeño en las sucesivas reconstrucciones. El templo alberga en su interior un Buda gigante de 16 metros. No dejen de fijarse en la mano levantada y el dedo corazón adelantado. Parece que eso indica que el tipo ha alcanzado ya un grado supremo de santidad y sabiduría.





En la parte antigua de la ciudad y por los propios templos, está todo lleno de ciervitos tipo bambi, que conviven pacíficamente con los habitantes y con los turistas. Te puedes comprar unas tortitas especiales para ellos para dárselas. Y hay carteles advirtiendo de que no se les dé otra cosa, que los japoneses cumplen estrictamente. En cuanto a la parte nueva de la ciudad, pues tiene unas calles peatonales, con cubierta de cristal muy agradables. Allí comimos una especie de tortillas o tartaletas que se cocinaron directamente en unas planchas en el centro de las mesas. Estaban muy buenas. Y por la tarde todavía nos fuimos a ver un santuario sintoísta, del que ya no les pongo fotos, para no abrumarles.



Esto nos lleva a la segunda de las visitas que quiero contar en este post: Hiroshima, el lugar donde se hizo explotar la primera bomba atómica, un tema que se merece sin duda un post específico. Más de 70 años después, Hiroshima es una ciudad próspera, de más de un millón de habitantes, en la que es preceptivo visitar el Memorial de la Bomba, un jardín en el que sobresalen varios elementos: el Domo, antiguo edificio administrativo que se mantuvo en pie después de la bomba y se ha dejado tal cual, el monumento que señala el punto preciso del hipocentro, que marca la vertical del lugar donde explotó la bomba y un tercer elemento escultórico diseñado por Kenzo Tange. Es un lugar muy visitado, en el que cada 6 de agosto se celebra un acto conmemorativo. Ese día, el alcalde de Hiroshima, sea del partido que sea, envía una carta a los principales jefes de Estado del mundo, pidiendo la destrucción de todas las armas nucleares. El conjunto se completa con un museo, que no tiene mucho interés.

Prometo profundizar en este tema cuando tenga tiempo. Porque, en nuestro viaje, Hiroshima tenía un valor instrumental: servir de puente para la visita a la isla de Miyayima. Esta visita requiere tomar un tren desde la estación central de Hiroshima hasta el puerto, para subirse allí al ferry de la isla. Y esta fue nuestra última visita (al día siguiente teníamos día libre en Kioto), de la que puede decirse que nos dejaron para el final lo mejor. Desde el barco se ven las numerosas bateas en las que se cultivan las ostras, principal atractivo gastronómico de la isla, de buen tamaño, aunque no tan sabrosas como las gallegas. Además se puede ver el famoso torii marino que surge en medio del agua, para marcar la entrada del santuario de Itsukushima. Cuando baja la marea, se puede llegar al torii caminando por la arena.



El santuario es bonito, pero no tiene nada que no se haya visto antes, excepto el hecho de estar al lado del mar y los ciervos que también pasean tranquilamente entre la gente por toda la isla. Sin embargo, tiene una característica única. Durante todo el viaje observamos que en todos los santuarios sintoístas había una tienda de venta de souvenirs, en la que te ofrecían protectores, unos pequeños estuchitos de tela bordada que se cuelgan en las mochilas para que te libren de todo mal. Nos fijamos también en que todos los guías llevaban el mismo y les preguntamos dónde se podía conseguir. Respuesta unánime: en el santuario de Itsukushima. Así que al llegar, yo me compré tres, para mis hijos y para mí. El mío lo llevo enganchado en mi mochila para siempre. Como pueden ver en la foto, el dios que ahora me protege lleva una espada, una cuerda y el fuego. Si alguien me amenaza, le sacude con la espada, lo ata con la cuerda y lo echa al fuego. Vamos, que si llego a haber descubierto este protector, no me habría caído en el Metro como me caí. Ya le hubiera dado leña el dios al tipo que me tropezó.


Tras la visita del santuario, comimos en el pueblo a base de ostras y otras delicatesen, y todavía nos quedaba lo mejor: la subida al Daisho-in, un templo budista de influencia tibetana con una serie de edificios imponentes separados por largas escaleras. Aquí tienen en primer lugar una imagen del plano turístico del templo.


La subida por el camino que aparece señalado con los diferentes numeritos rojos, que indican los diferentes templos y lugares de interés, tiene un punto iniciático. Llegar aquí desde España, pasar por Tokio, por Kioto, por Hiroshima, cruzar el ferry a la isla y subir la empinada cuesta, son etapas o estaciones de una especie de peregrinación que te lleva a la sabiduría zen, al nirvana del último templo en la cumbre de la montaña sagrada. Pero lo más alucinante es que toda la cuesta está flanqueada por miles de estatuas diminutas de buda, cada uno de ellos con la cabeza cubierta con un gorrito de lana trenzada con técnicas de punto de cruz, que los devotos van sustituyendo para que su exvoto tenga la cabeza adecuadamente abrigada y pueda ejercer mejor sus funciones de protección. No puedo dejar de ponerles un montón de fotos, seleccionadas entre todas las que hice, porque esto es algo alucinante.






 


Creo que este es un digno colofón a mi periplo por tierras japonesas. Sólo por llegar a la isla Miyayima, comprar un amuleto y subir la cuesta rodeado de buditas sonrientes con gorrito de lana, merece la pena hacer un viaje tan largo. Vimos caer el sol sobre el mar, bajamos a ver el torii con la marea baja y nos dirigimos al muelle de los ferrys, felices y dispuestos a hacer el viaje de vuelta a Kioto. Que sean ustedes felices, como yo lo he sido en este viaje.