martes, 31 de mayo de 2022

1.142. Mi vida bajo las premisas de la filosofía felina

Buenos días otra vez. Después de una semana con tantos acontecimientos, he entrado en un pequeño lapsus, que voy a aprovechar para recuperar un poquito mi ritmo habitual de publicaciones en el blog, en este caso hablando más de mis proyectos inmediatos. Pero he de completar primero algunos temas de mi sinvivir más reciente. Uno de estos días, cuando fui a mi casa a ver los progresos de las obras, recogí de mi buzón una carta del Ministerio del Interior. Ya se imaginan lo que era. Una multa por exceso de velocidad durante mi viaje a La Coruña. Parece que me hizo una foto el radar circulando a 137 Kms/hora por un punto intermedio de la autovía A6. Total: multa de 100€ que me apresuré a pagar reducida a la mitad por pronto pago. Estas cosas yo me las tomo como un impuesto adicional de circulación, no merece la pena ni cabrearse, es como el hecho de que llenar el depósito de gasolina te cueste ahora más de 70€, cuando hace unos meses andaba por los cuarenta y tantos.  

Cosas de la vida, y que todas las desgracias sean esas. Pasando a temas más agradables y positivos, mi amiga la poetisa y narradora de Rosario (Argentina) Valeria Correa, me ha mandado por fin la foto que nos hicimos en la caseta de la Feria del Libro en la que ella firmaba ejemplares de sus dos únicos libros de cuentos publicados, el exitoso La condición animal (2016), que les recomiendo encarecidamente, y el más reciente Hubo un jardín, que tengo pendiente de leer. Esta mujer, madre de dos hijas pequeñas tan guapas como ella y en posesión de una sólida obra poética, es ya una celebridad en los medios literarios en español, y su amistad me hace sentirme muy honrado. Aquí me tienen, presumiendo de amiga famosa.  

Bueno, ya saben que me gusta presumir y tengo un punto mitómano. Por eso escribo un blog en el que cuento todas las cosas que me van pasando, tanto las extraordinarias como las más ordinarias y cotidianas. Por ejemplo, el domingo salí a correr por el parque Santander y llegué bastante cascado a casa, porque hacía mucho calor. Y ya estuve todo el resto del día descansando, leyendo y enredando con el ordenador. Ayer lunes, en cambio, hube de madrugar para estar en mi casa de Atocha a las 9 en punto, para darle las llaves al acuchillador y supervisar que estaba todo a su gusto. La verdad es que el pintor había recogido perfectamente todos mis muebles grandes, como ya les conté, para que este artista del barniz pudiera hacer cómodamente su obra de arte.

Desde allí cogí el coche y me fui a la clínica Virgen de América a pedir hora para mi colonoscopia, que finalmente será el día 30 de junio. Espero que, a la vuelta del verano, ya estén solucionadas mis historias relacionadas con la salud y la casa y pueda yo pensar en viajar un poco más, que es lo que me falta para la felicidad completa, tocaremos madera de nuevo. Por ahora, tengo encima mi nuevo sarao de contarles el Bosque Metropolitano y otros proyectos municipales a doce arquitectos de Burdeos el próximo día 15, para lo que tengo que repasar y adaptar mi rollo, ensayarlo en francés y hacer una presentación en power point con imágenes ad hoc. Pero resulta que ya tengo en el horizonte otro sarao similar y este es de auténtico tronío. El 28 de junio, dos días antes de que me metan por salva sea la parte el ojo de Dios que todo lo ve, estoy anunciado como conferenciante principal, nada menos que en el Ateneo de Madrid, para contar mi historia sobre las chabolas del cinturón metropolitano y cómo se convirtieron en nuevos barrios en los 80. Aquí el cartel para que vean que no miento.  

Están ustedes invitados a asistir si lo desean. Este tipo de saraos, para los que me siguen llamando, suelen tener un descanso durante los meses de julio y agosto, porque es el tiempo en que la gente se toma vacaciones y no hay ni actividades lectivas ni viajes de trabajo para visitar la ciudad. Para septiembre ya tengo al menos dos nuevas actividades comprometidas, que ya les iré contando. Como llevo haciendo los últimos años, creo que me quedaré en Madrid ambos meses de verano, ya sé que hace mucho calor, pero la ciudad se queda bastante vacía y a mí me gusta mucho esta ciudad cuando no está atestada de gente. Sin embargo, a primeros de julio viajaré a Cazorla para el festival de blues y me estoy pensando si voy a Jerez de la Frontera el finde del 23 para ver de nuevo a Sam Fish en directo en el festival La Isla del Blues. Le he dicho a mi amigo Er Dani que me busque un hotelito cercano al parque donde tiene lugar el festival, a ser posible con parking, pero todavía no tengo la entrada. De momento, el Cazorleans ya ha publicado el programa definitivo, que les pongo aquí abajo.

Dice Er Dani que él a lo mejor está solamente el jueves para ver a Sam, y luego se vuelve al Puerto de Santamaría, porque tiene trabajo allí, aunque también le gustaría ver a Eric Gales, cuyo apellido pronuncia como decimos nosotros el título de Príncipe de Gales. Tanto Henry Guitar como yo nos quedaremos hasta el final, como habíamos planeado. Mientras esto va llegando, yo sigo aquí en mi casa de acogida, en donde me tratan a cuerpo de rey, y en donde los gatos Ulises y Mina me hacen continua compañía. Mina me observó nada más llegar con sus ojazos de belleza felina y en unos segundos decidió que ya pertenecía a la casa, por lo que empezó a mostrarse totalmente cómoda y relajada en mi presencia. Ulises se tomó algo más de tiempo, pero también está todo el rato en primer plano, como sólo saben hacer los gatos. Aquí un par de imágenes, para que comprueben mi buena sintonía con el mundo felino. 



Ulises es el precioso rubiales que me observa desde el alfeizar de la ventana junto a la que escribo. En realidad, yo me entiendo tan bien con los gatos porque comparto con ellos una cierta forma de disfrutar el presente sin agobiarme especialmente por lo que vendrá o los problemas enmarcados en contextos más generales. La vida está para disfrutarla y eso es lo que hacen los gatos domésticos, un animal que, no lo olviden, nunca fue domesticado por el hombre, sino que se asoció libremente con nosotros por mútua conveniencia, pero manteniendo siempre su independencia y su libertad de hacer lo que le venga en gana en cada momento. Se aprende mucho de la condición gatuna leyendo un libro delicioso que les recomiendo sin dudarlo. Se llama Filosofía felina, los gatos y el sentido de la vida, y se debe a la pluma de John Gray, ex profesor de Ciencias Políticas de la Universidad de Oxford y considerado uno de los pensadores más importantes de nuestro tiempo. Durante el confinamiento más severo de la pandemia, este señor se dedicó como entretenimiento a escribir este librito, que se ha publicado en España en 2021. En el libro, se presenta a los gatos como seres que se fían únicamente de lo que pueden ver, oler o tocar y eso los hace criaturas completamente libres y felices.

Los gatos son animalitos muy listos, que saben estar siempre en el centro de la familia con la que viven, únicamente atentos a que se les dé adecuadamente de comer a sus horas y se les mantenga limpio el arenero, para poder hacer pis y caca en condiciones adecuadas a sus requerimientos higiénicos que son altos. El resto del tiempo, están dormitando, jugando o haciendo lo que les viene en gana. Si supieran escribir, seguro que hacían un blog, como yo. Una de las historias felinas más curiosas que conozco, fue la que protagonizó un gato de unos amigos muy cercanos. Después de años de convivir con ellos, un día se escapó y no supieron nada de él en mucho tiempo. Luego averiguaron que se había colado en otra casa diferente, en la que lo acogieron muy bien y seguramente lo trataban mejor que en la de mis amigos y le daban más de comer. Un día, paseando por la calle, lo vieron asomado a la puerta de su nuevo hogar. Y el gato hizo como que no les conocía, a pesar de que lo llamaron con sus gestos habituales. El animal se mantuvo impertérrito, disimulando con toda su indiferencia felina. Esto es radicalmente cierto, se lo puedo jurar. 

Un gato que yo tuve, sabía perfectamente que no se podía subir al sofá, lo tenía prohibido y lo llevaba a rajatabla. Pero una noche nos fuimos a dormir, apagamos la luz del cuarto de estar y nos dirigimos al dormitorio. Entonces, yo recordé que había olvidado el libro que solía leer en la cama. Volví, di la luz y descubrí al gato cómodamente instalado en el sofá. Al verme, se sobresaltó visiblemente, bajó corriendo al suelo y disimuló de forma explícita. Sólo le faltó silbar, pero no sabía. Me pareció tan divertido, que le hice el truco algunos días más, con idéntico resultado. Hasta que un día, volví y estaba en el suelo, desde donde me observaba con condescencencia felina. Su expresión venía a decir: te jodes, que te he pillado el jueguecito y ya no me lo vuelves a hacer más. En fin, que esto de la afinidad gatuna es otra característica más que comparto con mi admirada Samantha Fish, que vive en su casa de New Orleans con unos cuantos gatos, a los que apenas ve, porque siempre está de gira. Los animalitos se pusieron muy contentos durante el primer encierro pandémico, porque podían disfrutar de la presencia de su dueña todo el día. Aquí algunas fotos de la diva con su gato negro, que es su favorito.




Esta última la utilizó para felicitar la última Navidad, apareció entonces en el blog y algunos de mis seguidores creyeron ver una cierta tristeza en su gesto. Tal vez fuera cierto pero, para ella, andar de gira y volcarse en sus actuaciones es una forma de conjurar sus penas, cualesquiera que estas sean. Pero también ella tiene un gato rubito como Ulises. Véanlo.


Sam es una mujer tan fotogénica, que aparece a menudo en las portadas de las revistas de blues, pero también se ha utilizado su imagen para promocionar una revista especializada en gatos, como pueden ver abajo. Con las portadas dedicadas a esta espléndida artista se puede hacer un post específico, que ya publicaré algún día.

Samantha Fish abrirá su mini gira europea en el Cazorleans. Al día siguiente vuela a Canarias, donde tiene dos fechas, en Gran Canaria y Tenerife. Seguirá en Odense (Dinamarca), localidad de la que hace tiempo recibí a una delegación de promotores que en realidad venían a ver un partido de la Champions en el Vicente Calderón y que soportaron mis rollos de la historia de la ciudad, hasta que se plantaron en una terraza y se dedicaron a beber una cerveza tras otra para prepararse para el partido, tal vez lo recuerden. Después de Odense, tocará en un festival en Estonia, luego en Brezoi (Rumanía), Piacenza (Italia) y vuelta a nuestro país para actuar en Jerez y Pontevedra, antes de volar de vuelta a su tierra. En octubre regresará a este lado del Atlántico para una larga gira por el Reino Unido y el continente, con final en el Bataclan de París, donde ya saben que dispongo de seis entradas para mis hijos y para mí.

Historias que me hacen feliz, porque yo, como los gatos, no necesito nada más. Así que les seguiré contando mis aventuras, ya que me hacen el honor de seguir esta tribuna, y espero que su lectura les compense de las noticias de la política nacional, que desde hace tiempo parece afectada por una especie de viruela del mono mental y ética, cada vez más grave. A este paso, el porcentaje de abstenciones va a acercarse al que se registra en las votaciones para Decano del COAM. Mejor haríamos en aprender algo más de los gatos y su forma de afrontar la vida. Sean buenos, a pesar de todo.

sábado, 28 de mayo de 2022

1.141. Surfing again

Sí señor, otra vez encima de la ola desbocada toreando los acontecimientos, de momento con fortuna, toquemos madera, que en cualquier punto se puede uno desequilibrar y darse la costalada. Desde que el martes pasado conté mis aventuras en el post anterior, he llegado a mi hogar de acogida todos los días bastante cansado y listo para dormir una eternidad. Tampoco hay nada que resulte especialmente extraordinario, pero en este foro es ya un clásico que detalle mis pasos sucesivos y eso es lo que me dispongo a hacer a continuación. Tal vez sea una especie de conjuro para constatar que no estoy en Ucrania bajo las bombas, acojonado en USA por un pistolero loco o aquí al lado amenazado por la llamada viruela del mono, enfermedad tan asquerosa como el nombre que le han puesto. Vamos, pues. El miércoles, me levanté temprano, me bebí medio litro de agua y un café exprés y salí a correr debidamente equipado para los calores.

Era la primera vez que salía a correr en mi nuevo domicilio y me dirigí hacia el llamado Parque Santander, junto al estadio Vallehermoso. Días antes había estado explorando el recorrido y me pareció práctico: todo el trayecto hasta el parque es en cuesta arriba suave, y sólo hay que cruzar dos calles, Cea Bermudez y Rios Rosas. En el parque tienes un circuito con piso de tartán que puede hacerse las veces que se quiera y luego vuelves cuesta abajo hasta casa. El problema es que en la mitad de ese parque, la señora Esperanza Aguirre tuvo a bien construir un campo de golf de prácticas, hay que ser hortera. Años después, la denuncia de diversas asociaciones de vecinos de Chamberí consiguió que un juez lo declarara ilegal y ordenara su demolición. Desde entonces, las huestes de los sucesivos presidentes regionales, hasta Ayuso, lo están demoliendo piedra a piedra, a una velocidad desesperante. Así que los vecinos siguen disfrutando sólo de medio parque. El otro medio está lleno de excavadoras montando un polvo y un ruido considerables.

Miren, a mí no me gusta el golf, tengo con ese deporte un prejuicio como el que me impide subirme a un macro crucero, pero reconozco que hay gente que lo adora y yo tengo algunos amigos muy enganchados. Pero el golf es un juego que ha de desarrollarse en grandes extensiones de césped con bonitos paisajes. Lo que la señora Aguirre implantó aquí (¡en una zona verde pública!) es lo que se llama un pitch and patch, es decir una especie de gran arenero o cuadrado de césped artificial, en donde los novatos lanzan por turno bolas contra una pared, coronada por una red alta para que las bolas no salgan a la vía pública y maten a algún viandante. Hasta los propios forofos irredentos del golf desaprobaban esta instalación por hortera y propia de nuevos ricos, en la que encima florecían las corruptelas y los comisionistas. Por hache o por be, lo cierto es que el maravilloso circuito de tartán termina ahora abruptamente contra unas vallas como las que se ven en la imagen.

Regresé a casa, me duché, desayuné y dediqué el resto de la mañana a hacer gestiones telemáticas diversas. Después de comer opíparamente con mi familia de acogida, me dispuse a afrontar la tarde en la que tenía tres citas. Dado el horario, opté por utilizar el coche. Así que, cargado con mi guitarra a la espalda, me fui en Metro hasta Atocha, cogí mi Toyota Corolla híbrido y me constituí en la clínica Nuestra Señora de América. Mi primera cita era con la doctora Guerri, a la que visité hace casi un año para que me ordenara una colonoscopia, tras dos años de la anterior. Esta señora, con buen tino médico, estimó más necesario revisarme las carótidas mediante un eco-doppler, que reveló la estenosis de la que ya les he hablado. Una vez controlado ese problema (la semana anterior comprobamos que seguía igual que hace seis meses), y solucionado también el tema de las cataratas, es tiempo de recuperar el hilo de este tercer frente.

La doctora se alegró mucho de mis progresos diversos y me extendió tres volantes: uno para una analítica, otro para la colonoscopia y otro para la consulta previa de pre-anestesia. Pero yo tenía clase con Henry Guitar y ya no me daba tiempo para pedir hora para estas cosas, con la cola que había. En previsión de esto me había traído el coche, con el que salí a toda pastilla para Palomeras. Tras la clase, llevé el coche al garaje, dejé allí la guitarra y me fui andando a la fiesta que daba la candidatura de mi amigo Jesús Sanvicente para decano del COAM. Este hombre es un viejo colega de aventuras urbanas y rockeras, que se ha puesto a la cabeza de una candidatura de gente muy joven, que quiere abrir las ventanas del viejo Colegio de Arquitectos, para que entre aire fresco. El COAM es una institución endogámico-gremial, de funcionamiento esclerotizado que no ayuda nada a evitar que la profesión se esté viniendo abajo. Basta decir que hay 12.000 colegiados y en este tipo de elecciones votan unos 1.500.

La fiesta era en La Mucca una pizzería de la calle Fuencarral, que tiene un sótano acondicionado para este tipo de saraos. Me lo pasé muy bien, encontré un montón de colegas jóvenes de los que he tratado en estos últimos años, sobre todo chicas, con algunos de los tipos más alternativos de mi quinta que se habían sumado al tema con entusiasmo componiendo una iniciativa muy transversal. Les diré que finalmente no ganaron, pero quedaron bastante bien y piensan seguir en la lucha como un germen para conseguir un COAM como Dios manda. Y yo, que pensaba pasar un rato y marcharme pronto, me quedé hasta las tantas y volví luego callejeando hasta mi casa para bajar un poco el alcohol.

El jueves me levanté para asistir a la clase de inglés, desayuné y estuve por casa hasta mediodía. A las 13.30 salí en Metro a mi clase de yoga. Después, me comí un cocido de puta madre en el Ricla y eché a andar, camino de mi casa de Atocha. Tenía allí una cita con los pintores para que me enseñaran el resultado, porque supuestamente ya habían acabado. Tenía que hacer tiempo, así que caminé despacio. Al pasar frente a la Iglesia de San Isidro, me acordé de que este año se expone el cuerpo incorrupto del santo durante nueve días, del 21 al 29 de mayo, algo que no sucede desde 1985. Me asomé y apenas había cola, así que me dispuse a ver el cuerpo momificado. En realidad esto de San Isidro, tiene mucha música, como tal vez sepan.

En fin, ya saben que yo no me caracterizo por un fervor religioso contrastado, pero es que esto de San Isidro huele a chamusquina desde cualquier ángulo que se analice. Isidro fue un labrador mozárabe que nació en el Madrid musulmán, a finales del siglo IX. Ya reconquistada la plaza por los cristianos, se empleó como labrador a las órdenes del terrateniente Iván de Vargas que tenía sus propiedades junto a la actual Casa de Campo, de hecho, años después la Corona se las compró y las incorporó a los terrenos que forman el actual parque y que los reyes usaban de cazadero. O sea, que el tipo no era cura ni nada, sólo un labriego a sueldo, que incluso estaba casado. Y no fue finalmente canonizado hasta el siglo XVII. Dicen las malas lenguas que Madrid, en su afán de ser la capital del Reino y dejar el mote de Villa y Corte, necesitaba un santo patrón como fuera y aquí había una serie de leyendas en torno a este labrador de ocho siglos antes, que venían como anillo al dedo.

Porque los milagros del Santo son bastante de traca. Isidro se levantaba todos los días temprano, igual que sus compañeros, pero en vez de acudir al tajo se subía a un monte a orar. Y, por la noche, cuando regresaba a reunirse con todos, resulta que la parte de trabajo que le correspondía, estaba terminada: la habían hecho los angelitos. Respecto a esto hay dos explicaciones apócrifas bastante irreverentes. Una de ellas dice que quién hacía su parte del trabajo era su esposa, que sería canonizada también con el nombre de Santa María de la Cabeza y que, de ser esto cierto, sería santa por partida doble. La otra dice que, en realidad, era un musulmán, falso converso para salvar la vida, que se iba al monte a orar a Mahoma para que no le viera nadie.

Lo que sí les puedo asegurar es que pude ver el cuerpo del Santo unos minutos y que, más que incorrupto, lo que está es como amojamado y en un estado bastante lamentable; le faltan dedos de los pies (que parece que algún beato le robó para hacerse un relicario milagroso) y el aspecto es más bien dantesco, y no quiero ofender las creencias de nadie, allá cada cual con sus supersticiones. Esto es algo similar a lo de la momia de Lenin, pero en ese caso se procedió a inyectarle toda clase de conservantes, que no existían en los tiempos en que se empezó a venerar a San Isidro. Pero para los beatos como Dickface es esta una visita obligada. Ya ven qué serio estaba el otro día viendo ese pedazo de lo que más bien parece carne machaca de la que conservan en México dejándola secar al sol. Otro dato que no cuadra es que se dice que el tipo era muy corpulento, medía cerca de dos metros. ¿Es posible que se haya reducido tanto?

En fin, que salí de la iglesia por un portillo lateral y me encaminé hacia Atocha. Era pronto todavía, así que me senté un rato a la sombra en la plaza del Museo Reina Sofía, a repasar la prensa en el móvil. Y me dediqué a leer sobre la matanza de niños en Uvalde (Texas). Esto es algo terrible y sólo les daré un par de cifras tremendas, que he sacado de fuente fiable, pueden creérselas, aunque parezcan increíbles. Desde el 1 de enero de este año, apenas cinco meses, han muerto en los USA por arma de fuego 17.000 personas. La cifra incluye los suicidios y accidentes, pero es terrorífica. La otra: desde que empezó a contabilizarse esta estadística en 1968, los muertos por arma de fuego en USA superan el millón y medio, más que los muertos sufridos por el país en todas las guerras en las que ha participado, excluyendo la de la Independencia. Es decir, sumando las dos guerras mundiales, la de Vietnam, etc. En esta situación hay que ser muy animal para decir como Trump que lo que hay que hacer es armar a los profesores. No me extraña que fuera amigo de Putin.

A las seis en punto, subí a mi casa. La pintura estaba efectivamente terminada, únicamente faltaba sacar a la terraza los muebles más grandes para dejar limpio el suelo para el trabajo del parquetista. Le pagué al jefe una parte de lo acordado y me fui en Metro a Escosura. Con el móvil llamé al parquetista para anunciarle que el pintor se había adelantado dos días, pero me dijo que él entraría el lunes como estaba acordado. Ayer viernes me pasé la mañana haciendo gestiones con el ordenador: buscando datos para la Declaración de Hacienda, pidiendo permisos de acceso a Madrid Central para el pintor, que iba esta mañana a recoger sus cosas y para el parquetista, que pretende entrar en coche los cinco días de la semana que viene. También bajé a sacar más dinero del banco para pagarle el resto al pintor, que vino a la hora de comer a cobrar y devolverme las llaves.

Después de comer y descansar un rato salí a la calle, en medio del calor asfixiante. Caminé a través de Chamberí hasta la terraza del café Gijón. Había quedado allí con mi amigo Werner, que me tiene preparado un sarao nuevo: el próximo día 15 he de contar el Bosque Metropolitano y otros proyectos madrileños a un grupo de arquitectos de Burdeos, que vienen en un viaje enmarcado en su proceso de formación continua, que desarrollan en toda su vida (en Francia los colegios de arquitectos son más serios que aquí). La charla será en francés y más o menos acotamos la temática, horario, duración y remuneración. Así que, como ven, mi sinvivir es como el rayo que no cesa.

Me despedí de Werner y me encaminé a la Feria del Libro, que se inauguraba precisamente ayer. Visitar de nuevo la Feria del Libro, un lugar lleno de recuerdos muy gratos para mí, fue una forma de enterrar definitivamente el tiempo tenebroso del Covid. En 2020 no se pudo celebrar, y en 2021 tuvo lugar en septiembre y con unos límites de aforo que hacían su visita muy incómoda. Esta vez el ambiente era el de siempre, a pesar del calor. Y me encontré allí a varios de mis amigos del mundo editorial. Como el gran Juan Casamayor, de Páginas de Espuma, premiado como el mejor editor en la FIL de Guadalajara (México). O Darío Ochoa, de Automática, que acaba de ser padre por segunda vez. Con ambos estuve charlando recuperando viejas sensaciones tras la pesadilla pandémica. Aunque todos coincidimos en que la industria editorial ha subido bastante, porque ahora la gente lee más.

Me compré dos libros firmados por sus autores. El primero, Los vencejos, de Fernando Aramburu, que me preguntó si nos conocíamos de antes, y me hizo una dedicatoria enmarcada en un par de cenefas muy artísticas. El otro, Hubo un jardín, de mi amiga Valeria Correa Fiz, la poetisa y narradora rosarina, con la que me hice una foto, que espero que me mande. Eran las nueve y media cuando empezaron a cerrar las casetas y yo decidí volver andando a Escosura con mi bolsa de libros comprados. La noche de viernes estaba animadísima y yo me hubiera tomado una caña en cualquier bar, pero ayer estaba de cura de alcohol, porque esta mañana planeaba hacerme mi analítica pendiente y suelo hacer 24 horas de abstinencia, para que luego no me den el coñazo los médicos con lo de la cerveza. Mi contador de pasos marcaba más de 16.000 cuando llegué.

Esta mañana me he levantado pronto y, en ayunas, he cogido el Metro a Atocha. Allí me he subido al coche para ir a Nuestra Señora de América. Tras el pinchazo me he obsequiado con un desayuno merecido, con una pulga de jamón y zumo de naranja. Después he ido a poner gasolina y lavar el coche, que estaba lleno de cuerpos incorruptos de mosquitos desde mi viaje a tierras coruñesas. Y me he vuelto a Atocha. Después de aparcar, he sacado la guitarra del coche y me he dirigido a mi casa para ver el resultado final de la pintura y regar las plantas de interior que las tengo en la terraza (las otras tienen riego automático). Y por allí me he encontrado a una pareja amiga del barrio que hace mucho que no veía. Nos hemos tomado un vermú y luego hemos comido en la Matilda. Metro a Escosura, pequeña siesta, escritura de este post y a prepararme para ver el partido del siglo, que esta vez se puede ver en abierto. Así que: ¡¡¡HALA MADRÍ!!! Que ustedes lo disfruten y que pasen un buen domingo. Yo mañana saldré a correr y no tengo ya más planes hasta el lunes. Que no decaiga.

martes, 24 de mayo de 2022

1.140. Exile on Escosura St

Ya estoy por fin instalado en mi casa de acogida en la calle Escosura. Mis amigos África y Boni han tenido la amabilidad de darme alojamiento en estos días en que me he quedado sin casa, por estar la mía desmantelada y llena de pintores, por ahora, y muy pronto de acuchilladores, perdón, parquetistas, un respeto, que no es lo mismo. Estoy aquí estupendamente atendido por mis anfitriones, ayudados por sus dos hijos, que son cariñosos, educados y tranquilos y eso me hace sentirme en una especie de balsa de paz y tranquilidad, que sucede en mi vida a ese período de alto estrés que les anticipé cuando les anuncié mi programa del mes de mayo, compuesto por la preparación e impartición de tres bolos sucesivos en inglés de bastante compromiso y dificultad, un viaje exprés a Coruña con mi hijo Kike y los trabajos de recoger toda la casa para permitir que entraran los pintores que, para colmo, adelantaron su llegada dos días, como ya les conté. 

Ese estrés me ha llevado a espaciar mis posts de forma infrecuente, incluso a saltarme algunas jornadas de running, pero se evidencia también en otro efecto que no me esperaba y que les cuento. Escribiendo el post anterior, proclamé que, en cuanto lo terminase y publicase, me afeitaría y ducharía para llegar bien aseado a mi cita en Ciudad Real. Para ello, los pintores tuvieron que despejarme un caminito hasta la ducha, que se había quedado detrás del montón de muebles que atestan mi cuarto de baño. Ya duchado, se me ocurrió comprobar mi peso en canal, o en pelotas, como lo prefieran. Tengo una báscula de baño estupenda, que ya había guardado, pero era posible rescatarla sin hacer mucho estropicio en la montaña de muebles. La extraje de su escondite, la puse en el suelo y me subí encima. Marcaba 72,5 kilos y llegué a la conclusión de que se había estropeado o desconfigurado por guardarla sin mayores cuidados: la anterior vez que me había pesado, marcaba 75, mi peso habitual de los últimos años, desde el principio de la pandemia.

Pero luego, ya instalado en casa de África, vi que tienen también una báscula de baño. La usé y, para mi sorpresa, marcaba más o menos lo mismo: 72,8. Boni me aseguró que su báscula es de alta precisión y no se desvía ni medio gramo. O sea, que en estos avatares del mes de mayo he perdido dos kilos y medio. Quién lo diría. La gente que me conoce piensa que soy tranquilo, que no me inmuto, incluso que me gusta este tipo de sobrepresión. Pero hay que pensar que tengo 71 años y que mis reservas de energía no son como las que podía tener a los 30 o los 40. En fin, por retomar el relato en donde lo dejé el otro día, les diré que salí por última vez de mi casa con mis dos maletas, una de las cuales la dejé en mi coche aparcado, donde ya estaban la guitarra y las dos almohadas que debía cargar para mi aventura de trashumante. Con la maleta más pequeña, me dirigí a la estación de Atocha a coger el AVE a Ciudad Real.

El tren salió con un retraso próximo a los tres cuartos de hora, del que no recuperó nada en el trayecto. Ya llegando, una chica enterada dijo a todo el mundo que podíamos reclamar el coste del billete, a partir de 24 horas de la llegada y durante 90 días. La verdad es que por 22€ que me costó la ida con la tarjeta dorada (17 la vuelta en sábado) no sé si me merece la pena, pero tal vez lo intente. Allí me esperaba mi amigo Rafa, apenas con tiempo para llegar a la hora a la terraza del Bar de los Calamares. La verdad es que lo pasamos bien, parece que este año ya no nos da tiempo a organizar ningún viaje como los anteriores, pero nos prometimos hacer algo para 2023, y se habló bastante de la zona sur de Etiopía, por algo será. El viernes caí en la cama rendido y dormí como un tronco a pesar de los cantos de los gallos de madrugada y el croar de las ranas con el día ya amanecido.

El sábado, Rafa me llevó al tren y esta vez el viaje fue puntual. Salí de la estación de Atocha, llevé mi maleta al coche aparcado y subí un momento a ver cómo iban los pintores. Después caminé media hora hasta la puerta del restaurante La Llorería, donde había quedado con mi hijo Lucas y una amiga suya alemana a la que no conocía, que estaba de camino hacia Valencia. He hablado del restaurante La Llorería en posts anteriores y es ya hora de que les cuente de qué va este lugar. Se trata del restaurante que ha montado José, el hijo pequeño de mi amigo Joe, mi hermano mexicano. José dijo siempre que se quería dedicar a la alta cocina. Estudió en la escuela de la Casa de Campo, que es muy buena, y luego hizo estancias con Arzak y otros portentos. Y, después de trabajar durante diez años como jefe de cocina en una serie de restaurantes de primera línea, ha querido ahora montar un pequeño negocio en el que, en sus propias palabras, “se coma al nivel de este tipo de restaurantes de primera línea, pero a precios asequibles, de forma que puedan ir sus amigos, sus padres y los amigos de sus padres”. Pueden encontrar la reseña de El País pinchando AQUÍ.

El lugar es pequeño pero está teniendo un éxito fulgurante, porque realmente es diferente de cualquier otro. José tiene una socia y entre ambos atienden todo con un ayudante eventual. Bastará decir que yo ya he ido cuatro veces en el mes escaso que lleva abierto. Así que, si viven en Madrid, o se les ocurre venir por aquí, es una recomendación a tener muy en cuenta. Este sábado comí con Lucas y su amiga alemana que se llama Patri y es muy simpática. Lucas le había hablado de mí como de un experto en historia de la ciudad y la chica, que hizo un Erasmus de seis meses en Madrid, estaba muy interesada en conocer detalles de la época árabe fundacional de la ciudad. Así que tuvimos tema suficiente. Les propuse visitar el museo de San Isidro, que ella no conocía, a pesar de haber vivido seis meses prácticamente al lado. Y nos aprestamos a ir caminando hasta allí. Pero antes, la chica quiso hacerse una foto conmigo a la puerta del restaurante. Aquí pueden verla.  


De vuelta del Museo de San Isidro, los chicos propusieron tomar algo en el bar Sala X, pero yo opté por dejarlos a su bola, porque me quedaba una cosa más que hacer en la tarde/noche del sábado. Así que bajé por la calle Atocha hasta mi garaje, cogí el coche y me fui hasta mi nuevo refugio en Escosura street. Los hijos de África me ayudaron a descargar y luego llevé el coche a su plaza de garaje de residentes. De vuelta a la casa, hicimos una parada para que yo comprara un pack de birras Estrella Galicia, una vez que los chicos me informaron de que en su casa no había. Tras cenar cualquier cosa me fui a la cama y dormí otra vez como un bendito. Y el domingo por la mañana me levanté directo a cumplir con mi último cometido de esta locura: coger el coche de nuevo y llevarlo otra vez a mi propia plaza junto al Museo Reina Sofía, para dejar libre la otra y que pudieran aparcar allí su coche mis anfitriones, cuando volvieran del pueblo. Llevé pues el coche a mi garaje, subí un momento a casa a ver cómo iban los trabajos y, satisfecho, bajé de nuevo a la calle.

Era domingo, en torno a las doce del mediodía, hacía una mañana muy agradable, ligeramente más fresca que los días anteriores, y de inmediato sentí una sensación extraña. Es que, de pronto, tras más de un mes de agobios, me encontraba sin nada que hacer. Y les juro que es una sensación impagable, porque las cosas nunca se valoran tanto como cuando se han perdido. Así que, en medio de ese sentimiento como de una cierta irrealidad, eché a andar sin un rumbo predeterminado, a donde mis pies me llevaran. Y mis pies me hicieron cruzar la mitad del Paseo del Prado para incorporarme a la otra mitad, que los domingos por la mañana se corta al tráfico y se llena de paseantes, corredores, patinadores y ciclistas, que se apoderan del espacio normalmente reservado al automóvil privado, mostrando durante unas horas lo que podría ser esta ciudad con una política de movilidad que realmente mereciera tal nombre.

Mis pasos continuaron por la Cuesta de Moyano arriba, por entre los puestos de los libreros, y luego hasta la glorieta del Ángel Caído, en donde ya tomé una diagonal para deambular un rato por el jardín japonés con sus arroyos y sus puentes de madera, llegar al Palacio de Cristal, en donde entré brevemente para ver una exposición que no entendí, y luego hacia el paseo de coches, donde está ya preparada la Feria del Libro que se inaugurará un día de estos. Encontré un banco a la sombra y estuve un rato leyendo cosas en el móvil. Se acercaba la hora de comer y quise poner un colofón adecuado a este espacio/tiempo de libertad, comiendo en un restaurante al otro lado del Retiro, por la zona de Ibiza/Sainz de Baranda. Es el barrio que sus habitante suelen llamar La Salamanquilla, porque es menos lujoso y pijo que el de Salamanca propiamente dicho.

Tengo dos amigas que viven en este trozo de la ciudad y le escribí un Whatsapp a una de ellas para que me dijera nombres de tabernas con un orden de prioridad. Mi querida amiga Cr. me indicó en primer lugar el Taberna y Media, en Lope de Rueda ya cerca de O’Donnell. Me acerqué y tenían un sitio libre hasta las 15.00. Comí como un rey, media de ensaladilla de la casa y unas cocochas de bacalao al pil pil extraordinarias, todo ello regado con un verdejo de Rueda bien fresquito. Me atendió un camarero latinoamericano muy eficiente y amable. Entre uno y otro plato le propuse un juego: a que era capaz de adivinar de dónde era, por su acento. Acerté a la primera: cubano. Le dije que tenía buenos amigos cubanos, como el escritor Ronaldo Menéndez, y me pareció que no se sentía demasiado cómodo, así que no seguí por esa línea. Al final, le propuse a cambio un juego inverso: que él adivinara mi edad, prometiéndole que no me enfadaría aunque me dijera que 90 años. Me estudió con ojo crítico y dijo: 65. Cuando le confesé la de verdad, su sorpresa fue auténtica, así que le dejé una buena propina.

Caminé después hasta Escosura, aprovechando la tarde más fresca después de los días de bochorno. Me eché una pequeña siesta y salí de nuevo a la calle, esta vez para coger el Metro a Atocha. Tenía allí una cita con mi hijo, que acababa de dejar a su amiga en la estación. Nos tomamos una tónica y luego salimos en el coche al aeropuerto, para que cogiera su vuelo de vuelta a París. Dormiría en casa de su hermano y el lunes se iría a Lille en el primer tren, para incorporarse directamente al trabajo. Volví a dejar el coche en el garaje y cogí el Metro de vuelta. Mis anfitriones ya habían llegado y tuve mi primera cena en familia. Ayer lunes fui normalmente a mi clase de yoga y esta mañana he tenido mi clase de inglés on line con Ed. Y aquí me tienen, como un niño de acogida veterano, maravillosamente atendido, por África, Boni y sus hijos, de los que ya he dicho que son cariñosos, educados y tranquilos.

Como África es lectora habitual del blog y frecuente comentarista, algunos de ustedes pensarán que escribo esto para hacerles la pelota, a ella y a su familia. Pero no lo escribo por eso, sino simplemente porque es verdad. Y he dejado para el último lugar a los gatos: Ulises y Mina. Estos dos preciosos animales son también cariñosos, educados y tranquilos. Mina me observó nada más llegar con sus ojos felinos dignos de Michelle Pfeiffer y decidió al instante que yo era uno más de la casa. Desde entonces se mueve en torno a mí con total familiaridad, como los gatos hacen sólo con la gente que conocen desde hace tiempo. Ulises es algo más tímido, pero ya se va acostumbrando a mi presencia. Y ambos me permiten cogerlos en alto y darles besos y achuchones sin mayores apuros.   

Creo que es justo que añada que este mío es un exilio muy raro. Porque mis anfitriones me están haciendo sentir en familia, o sea que mis sentimientos son como si estuviera en un hogar de verdad, no como en mi casa de Atocha en la que vivo solo, aunque estoy contentísimo. Es decir, que se trata de una especie de exilio inverso, o a la viceversa, que yo tengo aquí en Escosura un verdadero hogar aunque sea por unas pocas semanas y que el auténtico exilio es el que estaba viviendo hasta ahora y al que me reincorporaré en cuanto me acondicionen la casa. Tal vez entonces me haga también con un gato, para que me haga compañía y me ayude a sentirme yo también en un hogar. De momento es sólo una idea, pero no lo descarten. A menos que encontrase una compañera que quisiera, cuando menos, hacer las cucharitas por las noches.

Por lo demás, ayer al levantarme me encontré con un correo de Samantha Fish en persona. Me confirmaba su programación de conciertos en la que, como yo me presumía, ha incluido una serie de bolos extra para no limitar su minigira europea a Cazorla y Rumanía. Parece que tocará en el Cazorleans el primer día del festival, luego tiene un par de fechas en Canarias, después salta a Odense (Dinamarca), Estonia, Italia, Rumanía y vuelta a España para tocar en días consecutivos en Jerez de la Frontera y Pontevedra, antes de reanudar su gira por USA. Me extrañó que Er Dani no hubiera dicho nada de esto en Facebook y pensé que es que no se había enterado todavía. Así que le pasé el soplo por Whatsapp. Me contestó que, efectivamente no sabía nada, y que estaba flipando en colores: después de haber tocado una sola vez en España, en Hondarribia 2012, Sam se descolgaba ahora con cinco fechas en nuestro país y una de ellas a 15 kms de su casa.

Le dije que me pensaría si acercarme a Jerez a finales de julio para escucharla otra vez en su compañía, aunque le planteé la cuestión de si no sería una especie de empacho verla tantas veces (luego asistiré a su concierto de París en noviembre). Con su acento más genuino de El Puerto, me respondió: Kiyo, no te equivoque’, que de esta vamo’ a zalir tú y yo mehore’ perzona’. Aunque parece que él pidió la devolución del dinero de las entradas de París, asi que no estará en el Bataclán. Por lo demás, Sam anda estos días por Los Ángeles y eso le ha permitido acercarse a ver el concierto que daba Sheryl Crow el otro día. Ya saben que, como ella ha contado, con 12 años su padre la llevó a ver un concierto de Sheryl en Kansas City. Se quedó tan alucinada que decidió dejar la batería, cambiarse a la guitarra y trabajar para ser una gran estrella como ella.

También saben que Sam es muy mitómana, así que le pidió a su adorada Sheryl un selfie. Abajo pueden verlo. También se dio una vuelta por el Paseo Marítimo de Santa Mónica, incluyendo la playa de Venice (que yo recorrí cuando estuve en LA y luego describí en el post correspondiente). Allí, encontró una nueva heladería presidida por una imagen muy al estilo Marilyn. Así que ni corta ni perezosa, corrió a vestirse y maquillarse a juego con la tienda y esa es la segunda de las dos imágenes que les dejo como despedida. Sean buenos, como de costumbre.



     


viernes, 20 de mayo de 2022

1.139. Un safarrancho a pleno caloret

Uf, esto de preparar una casa para pintar y acuchillar es agotador. Encima, por si no lo saben, estamos en medio de un ECE. ¡Ah! que no saben lo que es un ECE. Desde luego, no están ustedes en la onda. ECE quiere decir Episodio de Calor Extremo. ¡Ay, almas de cántaro! Ustedes por ahí medio asfixiados y sin saber que estamos en un ECE. A mí me ha tocado la tarea de recoger toda la casa de prisa y corriendo, porque el pintor se me ha adelantado dos días, y cada una de estas noches acababa sudando como un pollo y lleno de polvo hasta la coronilla, vamos, hecho un auténtico ECE-homo. Hace unos años la ínclita, presumiblemente corrupta y luego fallecida en la mayor soledad Rita Barberá suscitó la rechifla de todo el personal por decirles a las masas desde un balcón que ya podían empezar a disfrutar del caloret, esa cosa tan característica de las tierras valencianas.

La rechifla venía de que la expresión catalana correcta es la caloreta, ya ven si hilan fino estos catalinos indepes. Así que ellos prorrumpieron en sonoras y groseras carcajadas ante la enorme metedura de pata de la doña y por tierras castellanas nos sumamos al cachondeo sin entender muy bien de qué nos reíamos. A mí siempre me pareció que la metedura de pata no era para tanto, que era sólo la muestra del odio que le tenían a esta señora los secesionistas, no tanto por su calidad de corrupta, como por la de españolista. Y eso que yo sabía perfectamente que se dice la caloreta, no por nada, sino porque en mi casa vivíamos con la tía Lola, todo un personaje, que prácticamente hablaba sólo en valenciano, puesto que era natural de Orihuela, último pueblo de la Comunidad Valenciana por el sur y, lógicamente, a quien más manía les tenía era a los murcianos. Los mursianos son muy fanfarrones, solía decir, con su acento inigualable, que más bien provenía de Andalucía y por eso hablaba con la ese.

La tía Lola, cuando allí por tierras coruñesas alcanzábamos temperaturas de 27 o 28 grados (con la humedad reinante en la costa atlántica, esa es una temperatura bastante insoportable), siempre proclamaba con disgusto: ¡quina caloreta! La tía Lola hablaba con la ese porque su padre, el abuelo Ramón, hombre de luengas barbas y abuelo de mi madre, era natural de Écija, la llamada sartén de Andalucía, pero había terminado en Orihuela huyendo de la persecución de que era objeto en su tierra por sus veleidades anarquistas. Sumando a estos orígenes los de mi padre, cien por cien manchegos, más la influencia de criarme en tierras galaicas, no les extrañará que sea tan radicalmente antinacionalista.

Pero mi tía Lola, que vivió con la familia hasta su muerte en 1973, manejaba un léxico propio, que no tenía parangón con el habla de nadie en el mundo. Por ejemplo, cuando de niños, montábamos una zapatiesta importante y terminábamos con todos los juguetes tirados y esparcidos por el suelo de la habitación, entraba, observaba el desastre, fruncía el ceño y proclamaba: ¿Pero qué es este safarrancho? En fin, pues lo que tengo montado en estos momentos en mi casa es un auténtico safarrancho. Parece mentira la cantidad de cosas que se pueden acumular en una casa a lo largo de quince años. Creo que lo mejor, para que se hagan una idea es que vean un video que acabo de grabar. Aquí lo tienen.  

Pasar de una casa habitada a ese desmadre es algo que no se consigue de hoy para mañana, sino que requiere mucho trabajo. Así que les cuento brevemente lo que ha sido mi semana hasta llegar al pleno safarrancho. El lunes fue festivo en Madrid. Cuando me toca un día de yoga en festivo suele adelantarse a la mañana (ocasión que normalmente aprovecho para zamparme una torrija con un dedalito de Málaga en La Casa de las Torrijas). Pero se da la circunstancia de que este lunes era luna llena y una de las características intrínsecas del Ashtanga Yoga es que los días de luna llena no se ha de hacer ejercicio, es un día para descansar, al arrullo de la luna. Para mí era pues un día de descanso casi absoluto, y digo casi, porque a las 20.00 tenía una interesante sesión de Billar de Letras, en este caso adelantada para disfrutar de la participación de la joven escritora cubana Elaine Vilar Madruga, que ha cosechado un gran éxito con su última novela La Tiranía de las Moscas. Elaine no podía participar en martes, así que la adelantamos y tuvimos una sesión realmente memorable, que ya les comentaré.

Por la noche llegó mi hijo Kike de Canarias y apareció por casa después de medianoche. El martes desayunamos juntos y después me apliqué a una clase de inglés con Ed, muy intensa como todas desde que hemos subido al nivel B2. A las 12 tenía cita con un especialista que me va a ayudar este año a hacer la declaración de Hacienda. Acudí andando al despacho, que está en uno de los primeros números de la calle Serrano y es un edificio realmente suntuoso y monumental, con un ascensor de los de verja de hierro forjado, cabina amplia de madera acristalada y un banquito corrido forrado de raso, para que las señoronas suban sentadas. Tras la sesión con mi nuevo asesor, me apresuré a llegar puntual a la clase de yoga, que finalmente se había trasladado al martes.

Y, después de comerme un pincho apresurado, cogí el coche para acercarme al bar La Dehesa del Partenón, en el que mi amigo Mon me había prometido que tendría cajas de cartón para mis inminentes trabajos. Al final, resultó que se le había olvidado traerlas, así que me tuve que volver de vacío, después de tomarme un café con él. Por la noche, tenía cena con Kike, mi sobrina Eva y su madre, en el restaurante La Llorería, del que tengo pendiente hacerles la reseña correspondiente. Lo pasamos muy bien y, a la entrada, Kike me hizo una foto que colgó en sus redes con el título que pueden ver abajo.

Bien, el miércoles desayuné con mi hijo y luego salí a llevarlo con el coche a la T2 de Barajas, para su vuelo de vuelta a París. Al volver, me pasé por el bar de Mon a recoger las cajas que tenía para mí y con ellas ya pude empezar mi trabajo. El pintor había venido a las 7 de la mañana a traer todo el material y luego volvió por la tarde. Él sólo trabaja por las tardes, excepto sábados y domingos, porque tiene un trabajo matutino del que vive; en realidad, lo de pintar le ayuda a redondear su sueldo, pero es que además es lo que más le gusta del mundo. Eso explica lo minucioso que es y el interés que se toma. Es que estoy seguro de que Miguel Ángel no era ni la mitad de perfeccionista que este señor, cuando se aplicó a decorar el techo de la Capilla Sixtina. Por la tarde cogí el Metro a Palomeras para mi clase de blues con Henry Guitar y a la vuelta todavía seguían currando en casa el pintor y su ayudante que es otro encanto.

Ayer jueves tuve una nueva jornada agotadora, con inglés y yoga. Además, entre ambos tenía una consulta con el cirujano cardiovascular que me examinó la estenosis de la arteria carótida y me salvó del otro matasanos que me quería rajar el cuello impunemente. Parece mentira, pero ya han pasado seis meses, así que era momento de verificar la evolución del tema. Recordarán que se trata de aquél doctor optimista y rubicundo que tarareaba todo el rato canciones ligeras (tarará-tarará-tarará-pam-pam) y que me dijo entonces que lo que correspondía era hacer un seguimiento del tema, básicamente consistente en seguir haciendo mi vida: deporte a saco, buena alimentación y mantener la medicación del colesterol, más el Adiro diario. Aunque era un día de huelga de médicos, me recibió el mismo doctor cantarín y risueño y, para mi sorpresa, se acordaba perfectamente de mí y se alegró de verme con tan buen  aspecto.

Este era el segundo de mis tres frentes médicos, junto con el oftalmológico y el tercero que ya les contaré. Y el resultado del examen fue el que yo intuía: estoy exactamente igual que hace seis meses, la carótida izquierda perfecta y la derecha con la estenosis 50/70. Tratamiento: seguir con mi vida como hasta ahora (con alivio constaté que no me dijo nada de beber menos cerveza) y volver dentro de otros seis meses. Si en ese momento la situación sigue sin cambios, empezaremos a espaciar más las revisiones. O sea, que salí del hospital con las dos orejas y el rabo, con perdón del símil taurino, directo a mi sesión de yoga. Tras comerme mi habitual colación en el Ricla, volví a casa y continué con mi trabajo de embalar los libros y las cosas.

Este curro ha incluido varios viajes al punto limpio, en la puerta del cual hay un abuelo que te pregunta qué llevas y te pide quedarse con todos los aparatos electrónicos que vayas a tirar. Le advertí de que todos estaban medio estropeados o jodidos, pero me dijo que le daba igual, que su nieto es un genio y puede arreglar cualquier cosa para que luego pueda venderse. Así por las facciones me pareció que era payo, pero no es fácil asegurar esto, porque hay gitanos bastante rubios y pálidos. Mientras estaba dándole sus aparatejos, entró una señora con su coche, el abuelo le hizo la misma pregunta y, muy digna, le soltó que llevaba un montón de aparatos pero no se los iba a dar a él. Ella sabrá por qué.

Por la noche ya no tenía forma de cenar en casa, porque los armarios en los que tengo la comida se habían quedado bloqueados por los muebles apilados, así que me bajé a un japonés que hay en la calle Atocha. Estaba realmente reventado. Me obsequié con un entrante de edamame y luego un combo sushi/sashimi que me supo a gloria. Todo ello con los palillos reglamentarios y acompañado por dos cervezas Ámbar de presión. He dormido como un bendito. Esta mañana, he bajado a desayunar al Matilda, dos cafés con una tostada con aceite, tomate y jamón. Luego he ido a la farmacia a por más cajas que me faltaban. Y por fin he terminado la tarea. Lo siguiente era hacer la maleta para mi traslado a casa de África. He distribuido todo en dos maletas, porque, en cuanto acabe de escribir este post, me acercaré a la estación de Atocha a coger el AVE a Ciudad Real.

Ayer, en un rato de descanso, me acerqué a sacar el billete. Esta noche tengo reunión con mi grupo de viajeros veteranos, con los que he viajado a Birmania, Chile y Madagascar, antes de que llegara la maldita pandemia y nos cortara esta vena tan interesante y divertida. Imagino que se trata sólo de vernos y tomarnos unas birras con algo de manduca. Esta noche dormiré en casa de uno de ellos y mañana por la mañana regreso en otro AVE. Pero ya no puedo volver a casa. Iré directamente al garaje a llevar mi maleta pequeña al coche. El resto del equipaje ya lo he llevado al principio de esta tarde. Ese resto se compone de una maleta grande con ropa, mi guitarra española y dos almohadas, porque África me ha insistido mucho en que lleve mi propia almohada, que lo demás me lo facilita ella.

Por cierto, a comienzos de semana, mi hijo Lucas me anunció que venía este jueves, a pasar el fin de semana. Como este hombre no avisa con más tiempo, le tuve que decir que mi casa no iba a estar habitable (puede dormir en casa de su madre) y que mi compromiso con los de Ciudad Real no lo podía aplazar. Así que mañana, llegaré a Atocha a media mañana, dejaré mi maleta pequeña en el coche y me iré a comer con Lucas. ¿Saben dónde? Sí, han acertado: en La Llorería. Por la tarde he de ir a por el coche para trasladar mis cosas. El coche dormirá en la plaza de garaje de África, que he de dejar libre el domingo por la mañana, para que ella pueda dejar su propio coche por la tarde, de vuelta de su finde en el pueblo. Como ven, una actividad agotadora, que debe de coordinarse muy bien para no cagarla. Así que, voy a publicar este texto, luego me afeito, me ducho, me visto de bonito y arreando para la estación. Que ustedes lo pasen bien.

domingo, 15 de mayo de 2022

1.138. Preparando el exilio africano

Que sí, que sí, que ya sé que les tengo un poco abandonados, es que con el calendario que les anuncié, ya se imaginan que no tengo mucho tiempo como para sentarme y ponerme a escribir para el blog. En realidad, ahora mismo me he puesto por un doble motivo, por un lado porque se me han acabado las cajas que tenía para empaquetar mis libros y mis cosas, para que entre el pintor, y no tengo posibilidad de conseguir otras hasta el martes porque mañana es fiesta en Madrid y mi amigo Mon del bar La Dehesa del Partenón, que me tiene muchas guardadas, no abre hasta el martes. Por otro lado, a la vista de lo que he avanzado con el trabajo, se me ha quitado un poco la neura de que no me daba tiempo. Así que me pondré a escribirles un ratito para descansar, que esto del trabajo físico es agotador.

El balance global de mis tres bolos del fin de semana pasado fue muy positivo. Me salieron bien y me encontré en forma. Además confirmé lo que ya descubrí en octubre en París: que puedo entrar al trapo con un tema nuevo que nunca haya contado antes, lo que supone un reto que me obliga a buscar material, elaborar un discurso y hacerme una presentación nueva con imágenes, sin la ayuda de los delineantes que me echaban una mano cuando trabajaba en el Ayuntamiento. Con todo esto voy ampliando mi oferta de temas y evito que este entretenimiento de las conferencias empiece a disminuir, aunque soy consciente de que antes o después irá decayendo.

Como siempre, me gustó el trato con la gente de otras edades, con otras mentalidades, otras culturas y otra conformación hormonal. Uno puede organizarles a los chavales un programa cojonudo, tenerlos encantados y finalizar el día con una maravillosa puesta de sol sobre la ciudad de Madrid desde un mirador privilegiado, pero los chicos tienen 19 años, están en una ciudad nueva famosa por su marcha y fue encantadora la estrategia que montaron para quitarse de encima a los profesores y seguir a su bola. En ese punto nos enseñaron ellos a nosotros. En fin, después de los tres días de actividad lectiva en inglés, el sábado estaba bastante agotado, así que descansé con el post anterior. Y el domingo, como les anuncié, salimos mi hijo Kike y yo en el coche para las tierras del noroeste.

He de decirles que no llegué a pisar la ciudad de La Coruña. Íbamos a la casa que tiene mi hermano Pepe en O Carballo, a unos 12 kilómetros de la ciudad, y el plan era estar allí con él. Mi hermano y su mujer son mayores y no es cosa de cambiarles sus rutinas, sino de incorporarnos a ellas. Eso incluye una serie de tareas agrícolas, porque Pepe es el más apegado al medio rural entre todos los hermanos y tiene un huerto pequeño en el que estuvimos trabajando todos los días, salvo las pausas para la comida/siesta y la cena/parchís. Le ayudamos a plantar tomates, calabacines y unas cuantas cosas más, y aprovechamos para instalarle un sistema de riego automático cuyas piezas tenía ya compradas, pero que entre tres se pone más fácilmente. Vean un primer plano de mi hijo y su tío, y unas fotos que les saqué en plena faena.



¿Cómo dicen? ¿Que a mí no se me ve trabajar? Pero hay que ver qué mala leche tienen algunos de ustedes. A mí no se me ve porque paré un momento para sacar las fotos con el móvil. Si no se lo creen es su problema, los tres días que pasamos en O Carballo trabajamos bastante y el miércoles por la tarde yo estaba bastante cansado, porque no tengo la edad ni la energía de mi hijo y aún nos quedaba hacernos 600 kilómetros de vuelta a Madrid. El jueves ya me incorporé a mi rutina capitalina, lo que quiere decir que tuve mi clase de inglés por la mañana y mi yoga a mediodía (por cierto, en O Carballo había tenido mi clase on line de inglés e hice mi rutina completa de yoga en el porche de la casa, para estupefacción de mi hermano). El viernes ya vino por casa el pintor a traerme unos muestrarios y concretar los últimos detalles. Mi hijo volaba a mediodía a Canarias donde está pasando el puente de San Isidro con un grupo grande de amigos de Madrid, pero no pude llevarlo porque tenía una comida con una amiga en un restaurante nuevo que se llama La Llorería (porque lloras de lo bueno que está todo), del que ya les hablaré específicamente en alguna entrada posterior.

Y la verdad es que el viernes por la tarde no tenía demasiadas ganas de empezar con el trabajo de empaquetar mis cosas, aunque sí estuve pensando y preparando mi estrategia. Ayer y hoy no he parado hasta que me he puesto a escribir, incluyendo varios viajes a los diferentes contenedores de basura y una excursión en coche al punto limpio, porque estoy aprovechando la ocasión para tirar muchas cosas. Si tuviera alguien que me ayudara en esta tarea todo sería mucho más fácil, pero he de hacerlo solo, al menos hasta que venga el pintor y me ayude a mover los muebles grandes. En los próximos días he de superponer estas tareas con otros frentes que tengo abiertos, como la declaración de Hacienda, que este año me es muy complicada por el cambio de activo a pasivo y ya me he buscado a un profesional que me ayude. Además de los dos frentes médicos que me quedan, una vez solucionado el tema de la vista. De todo esto se irá dando cuenta en sucesivos posts.

Porque en unos días me he de trasladar a casa de mi querida amiga África que me va a realojar durante mi inminente exilio. Este es uno de esos detalles que definen a los amigos de verdad y yo estoy ya en parte deseando mudarme para aprovechar los días de convivencia con ella, con su familia y con sus gatos. Durante ese lapsus trataré de mantener mis rutinas, digamos, lectivas, tendré que pasarme por mi casa a menudo para controlar el tema y tengo algunos saraos extra que ya les iré contando, pero en principio creo que tendré mayor margen para cumplir con ustedes. A finales de junio tengo una cita bastante importante, que no les voy a desvelar hasta que esté confirmada y eso ya me pone a las puertas de mi viaje a Cazorla, para ver en directo a mi admirada Samantha Fish. Allí nos reuniremos Henry Guitar y yo con Er Dani, el administrador de la página de Facebook Samantha Fish España, todo un personaje, que viene al festival desde El Puerto de Santa María, donde vive.

Hace dos años ya que descubrí a Samantha y mi fascinación por ella no decae. Estaba yo un poco mosca porque su participación en el Cazorleans no aparecía en su página Web, si bien es cierto que durante la primera quincena de julio había un hueco amplio en su apretada programación de conciertos por todo USA. Pero ya se ha rellenado ese hueco. Sam viajará a Europa para tocar en Cazorla y participar luego en el festival de blues de Brezoi (Rumanía), y seguro que se busca algún bolo más para aprovechar el viaje relámpago. Sam tiene seguidores en Rumanía, donde lleva tocando desde que era una cría. Para comprobarlo, les voy a pedir que vean un vídeo que he rescatado de cuando tocó en el festival de Sighisoara, la ciudad de las casas con ojos vigilantes.

Estamos en 2012 y Sam acaba de fichar para su grupo al batería GoGo Ray, pero mantiene al bajo de sus primeros tiempos. Como gusta de hacer, dice unas palabras en rumano que tiene anotadas en un papelito. Luego se lanza y canta su último éxito para cerrar el concierto. En algún momento se descalza (es fácil advertirlo) y muy pronto se le ocurre una travesura extra: saltar al foso y seguir tocando en medio del público. Está a mucha altura y hay un ayudante que se ocupa de que no se le enreden los cables, que pasa un mal rato. La cara de sus dos colegas de grupo es un poema, pero los espectadores están alucinados. Y, para volver al escenario, ha de pedir ayuda a un rumano extasiado, que elige entre los de la primera fila. Esta es la joven Sam de la que estoy enamorado. Ahora es una señora que sigue cantando y tocando muy bien, pero ya no es tan traviesa.

Toda la vida de Sam es un libro abierto; en sus vídeos de Youtube se la puede ver actuando desde que era casi una adolescente y en las entrevistas que concede lo cuenta todo. Con ese material yo elaboré una serie de cuatro posts en la que hacía una fabulación sobre su historia, que no tenía mucha garantía de que fuera cierta. Pero parece que todo se va confirmando. Su hermana mayor multi-instrumentista de conservatorio, cuya carrera como blues-woman no acaba de arrancar nunca. Y que empieza a engordar, porque es muy duro tener una hermana pequeña tan brillante como Sam que encima no estudia sino que va aprendiendo a medida que empieza a tocar por los bares. Y cómo, en un momento dado, Sam decide irse de casa, dejar Kansas City y trasladarse a New Orleans a vivir su vida lejos de su familia.

Pero Sam es una persona muy emocional, que quiere mucho a todos los miembros de su familia, así que se montaron una fiesta de despedida en el Knuckleheads Saloon (dónde si no). He encontrado unas fotos de esa fiesta, que alguno de los implicados colgó en su Facebook. En una vemos a Sam y a su hermana con sus padres. Un comentario obvio: Sam ha salido a padre, mientras que Amanda tiene los rasgos más delicados de su madre. De niña debía de ser mucho más guapa que su larguirucha y tímida hermana pequeña. En la segunda foto se puede ver el abrazo que se dan las dos hermanas. Sam está ligeramente desenfocada, pero no lo suficiente como para que no observemos lo conmovida que está. Esta mujer es puro corazón.



Estos días, Samantha está participando en el Festival de Jazz de New Orleans, que se celebra finalmente después de suspenderse los dos últimos años. En el anterior, estaban programados los Stones, lo que me hizo a mí soñar con que subieran al escenario a Sam a tocar con ellos. Hubiera sido un puntazo para su carrera. Pero el covid convirtió esa historia en el cuento de la lechera. Este año, los Stones no están, pero Sam subió a tocar con otro grupo mítico de la escena local de New Orleans. Se llama Dumpstaphunk y es el grupo que montó el teclista Ivan Neville, uno de los dos que quedan con vida de los Neville Brothers, con su hijo Ian Neville a la guitarra y otra serie de músicos de primera. Todos negros, pero ya sabemos lo bien que se integra Sam con los negros. A ella la pones en el centro de un escenario y manda, aunque esté rodeada de unos músicos de leyenda. Entre todos hacen una interpretación fantástica de otro tema histórico: el Down by the river de Neil Young. Todo un himno. Disfrútenlo. Y ténganme en sus oraciones, que esto de las obras en casa es muy duro. Que tengan una buena semana.

sábado, 7 de mayo de 2022

1.137. El veranillo de los tres bolos

Finalmente esta tarde he encontrado un rato para descansar y poder escribir algo en el blog. Hacía tiempo que no me veía tan apremiado como estos días pasados en los que he tenido que preparar deprisa y corriendo tres charlas en días consecutivos; en realidad, creo que desde mi jubilación no había sufrido nada ni parecido. Además, he procurado no dejar de cumplir con mis rutinas habituales, que exigen una continuidad que no se puede traicionar. Quiero decir que el lunes pasado fui a mi clase de yoga, en esta ocasión por la mañana por ser festivo en Madrid, luego repetí la torrija con un chupito de Málaga en la Casa de las Torrijas y ahí me encerré de nuevo a terminar mi presentación gráfica para el jueves y ensayar mi parlamento. Esa tarde tuve una larga entrevista con mi amigo Werner Dürrer que me había metido en semejante embolado y entre los dos logramos centrar un poco las líneas de mi charla.

El martes no falté a mi clase on line de inglés antes de seguir con mi preparación, y por la tarde perdí más de dos horas en una reunión de la comunidad de propietarios de mi casa en donde se debía votar un asunto importante. El miércoles salí a hacer mis 6,5 kilómetros por el Retiro, me duché y dediqué el resto de la mañana a terminar mi presentación y ensayar un poco mis inminentes parlamentos. Pero no por ello falté a mi clase vespertina de blues con Henry Guitar, allá por la Palomeras profunda. El jueves cumplí con mi clase de inglés de nuevo, que aproveché para aclarar algunas dudas de vocabulario que me habían surgido en mi preparación. A las dos de la tarde estaba puntual para mi clase de yoga, si bien esta vez no continué la jornada en el bar Ricla, como de costumbre, sino que caminé de vuelta hasta mi casa, haciendo un pequeño alto en el bar El Campesino, de la calle Atocha, para tomarme unos tacos mexicanos con un doble de cerveza, a modo de tentempié. Eso me dio margen para dar una cabezadita arriba.

A las 17.30 salí de casa y eché a andar hacia el Matadero, unos 30 minutos de trayecto. Llegué a la Casa del Lector, en donde habíamos reservado sala, con tiempo suficiente para conectar mi ordenador al proyector de Werner y probar la presentación. El grupo llegó con cierto retraso, después de recorrer el parque Madrid Río en bicicleta durante dos horas con Werner. Eran 16 personas bastante jóvenes y con alta presencia femenina, que trabajan para una pequeña empresa de ingeniería a la que el Metro de Copenhague ha encomendado el mantenimiento de las líneas y los proyectos de ampliación que están preparando. La empresa les pagaba el viaje, que llevaban intentando hacer desde antes de la pandemia, pero sin muchos excesos. Habían llegado el miércoles a mediodía y habían dedicado toda la tarde y la mañana del jueves a reuniones maratonianas con la gente del Metro de Madrid. Después de comer se habían dado la panzada de Madrid Río y venían ya bastante cansados.

Mi presentación quedó bien, hacía mucho que no hablaba de movilidad urbana, pero contrasté opiniones con unos cuantos compañeros que me contaron las últimas novedades en este terreno y me facilitaron imágenes para mi presentación. El resultado fue satisfactorio, mantuve la atención durante más de una hora, Werner me ayudó con algunas apostillas oportunas y al final respondí a algunas preguntas, pocas, porque estaban cansados y tenían prisa porque habían reservado hora para cenar a horario europeo. Intercambié tarjetas con la chica que comandaba el grupo y se fueron. Acompañé a Werner a coger un taxi, ya que debía llevarse sus aparatos y continué de vuelta caminando hasta mi casa. Otro día, si viene a cuento, les haré un resumen de las informaciones y reflexiones que compartí con estos colegas del norte de Europa, ampliando mi oferta de conferenciante con una temática nueva.

Ayer viernes tuve una nueva clase de inglés por la mañana y luego estuve ensayando mi clase de la tarde sobre la remodelación de Palomeras. En este caso tenía la presentación preparada y se trata de un tema que he contado varias veces y sobre el que publiqué en su día una serie de cuatros posts en el blog. Pero era la primera vez que lo debía contar en inglés, para lo que tuve que refrescar el vocabulario con mi profesar Ed. Esta vez fui en Metro y estaba allí a las tres para comer en el bar de la Escuela de Arquitectura. Me reuní allí con mi amiga Sonia y los profesores italianos Simonetta Armondi y dos ayudantes que se llaman Beatrice y Stefano. Allí me enteré de que los alumnos italianos eran 30, de primer curso de carrera, y los españoles 10 del doctorado de Sonia. Con semejantes números, la clase fue en el salón de actos de la escuela y abajo pueden ver un par de fotos que me sacaron, la primera con la imagen de portada y la otra señalando en una foto de El Pozo del Tío Raimundo a medio remodelar.


En esta ocasión sí hubo bastantes preguntas, especialmente de los alumnos de doctorado. Terminado el tema, nos fuimos todos caminando hasta el Metro Ciudad Universitaria, para llegarnos hasta Palomeras y que vieran cómo está ahora ese barrio cuyo origen les había explicado. Los españoles del doctorado ya no vinieron, porque están acabando sus trabajos del curso y dijeron que podían ir a visitar el barrio más adelante. En Palomeras nos esperaba Henry Guitar que nos acompañó en el paseo por el barrio y me ayudó con las explicaciones. Yo tenía pensado continuar el paseo hacia el oeste, para terminar en el parque del Cerro del Tío Pío, también llamado de las Siete Tetas. Es un parque construido sobre los escombros de las chabolas y desde allí se ve una vista magnífica de Madrid a la hora del crepúsculo. Pero los chicos dijeron que ya no querían ir. Pensé que estaban cansados, como los daneses.

Entonces enfilamos otra vez al Metro. Pero al llegar al Metro, los chicos dijeron que no entraban, que se iban al parque. Curioso. No es que estuvieran cansados, es que querían irse de marcha y los que les sobrábamos éramos los profesores. Tenían todos móviles con Google Maps, estaban conectados por una red de Whatsapp y esa zona del distrito de Vallecas es segura. Su plan era ir a ver ponerse el sol al parque y luego tomar el Metro al centro para irse a la disco. Es comprensible, tienen 19 años y estaban en una ciudad grande con fama de marchosa. La noche era para ellos. Así que nos despedimos de Henry y regresamos al centro. Propuse una cerveza, pero los profesores sí que estaban agotados después de sus actividades lectivas iniciadas a las 9 de la mañana. Y ellos no tienen 19 años.

Esta mañana he desayunado, me he duchado y he vuelto a bajar caminando hasta la estación de Metro de Legazpi, para iniciar la visita a Madrid Río. Los profesores estaban puntuales pero en el grupo de los chicos faltaba un tercio y los que estaban tenían bastantes ojeras después de su noche loca. Hemos llegado hasta el puente de Toledo y allí me he despedido de ellos. Stefano continuaba la visita hacia el norte con un par de esforzados seguidores, pero los demás ya dábamos por terminado el asunto. Me he despedido de las profesoras y he cogido el tren hasta Atocha. Tras hacer una pequeña compra, me he ido a comer a La Pitarra y luego he subido a echarme una ligera siesta, antes de ponerme a escribir. Tengo otras dos fotos de estos eventos, la primera en Palomeras y la segunda en Madrid Río.


Ya sé lo que están pensando algunos de ustedes, queridos seguidores. Que, a mi edad, por qué me meto en estos saraos, cuando podría estar tumbado a la bartola, leyendo y haciendo sudokus. Bueno, en primer lugar, tengo algunos beneficios que no conviene menospreciar. Los daneses me pagaron 300€. Y, con la pensión que tengo, 300€ pa la saca no vienen mal. Lo de los italianos es gratis, salvo que me invitaron a comer, pero de aquí saco buenos contactos y con Sonia, Simonetta y mi amigo Alain de París estamos intentando montar una red de viajes profesionales por Europa que contribuirán a realimentar el asunto, si finalmente lo conseguimos. Pero no es sólo eso. Estas actividades me ayudan a mantenerme mejor, he de prepararme los temas, es un desafío y además el contacto con colectivos de otras edades o de otras latitudes es muy enriquecedor. La vejez es un estado mental y continuar con una actividad como la mía ayuda a mantenerse joven.

Estos días se ha suscitado el debate de si grupos como los Rolling Stones o AC/DC deben de seguir dando conciertos. Algunos tristes han dicho que no, pero yo creo que la actividad es algo básico para seguir sintiéndote bien. Jagger y Richards tienen casi 80 años, pero han de cuidarse para poder dar conciertos de una hora en los que no paran de saltar. Y mantienen su imagen a pesar de las arrugas. En este caso diríamos que la función hace al monje y le obliga a mantener también el hábito, es decir su propia imagen de rockeros. Me van a entender viendo un par de fotos. Bill Wyman, que durante años fue el bajo de los Stones, se cansó un día de la banda y decidió salirse. Hay que decir que siempre había sido un tipo tirando a taciturno y tristón. Abajo tienen su foto en los últimos tiempos con los Stones (se salió en 1993) y otra actual. 

Vale, hay 30 años entre ambas fotos. Pero la imagen que tienen ahora Jagger y Richards es muy diferente a la de este abuelo que vemos arriba. Porque siguen en activo. En fin, cada uno es libre de hacer lo que le dé la gana y yo estoy encantado haciendo yoga, corriendo, mejorando mi inglés y dando charletas como estas tres que he impartido estos días de auténtico veranillo después de una temporada bastante desapacible. Por estas tres actividades no me he podido ir antes a La Coruña, con mi hijo Kike. Finalmente será un viaje relámpago, nos iremos mañana domingo y volveremos el miércoles, porque vamos a alojarnos a casa de mi hermano que tenía comprometido con un pintor que entrara a pintar su casa el jueves a primera hora para terminarla en dos días.

Mientras escribía esto se estaba jugando el partido de tenis YoCovid-Alcaraz y me acabo de enterar del resultado. Doble alegría: una porque haya ganado Alcaraz y otra porque haya perdido YoCovid. Este tipo me resulta muy antipático desde el asunto de las vacunas y creo que no le deberían dejar participar en estos torneos, pero ya saben que Madrid es el reino de la libertad-libertad-libertad y ese concepto incluye la libertad de contagiar a los demás. Este sujeto ha logrado escaparse de la jeringuilla que le perseguía, como ven en la imagen de abajo, y ahora encima le dejan participar en algunos torneos.

Con YoCovid me pasa lo mismo que con Guardiola, que me llevo una alegría cada vez que pierde. Lo del otro día con el Madrí fue apoteósico y doble alegría también para mí. El futbol, como la vejez y todas las demás cosas, es un estado de ánimo. Lo de las remontadas del Madrí no se puede explicar, es algo que pocas veces se ha visto. Van perdiendo, parecen muertos y entonces surge una chispa que los enciende y se convierten en otra cosa, jaleados por el estadio Santiago Bernabeu, que es donde sucede el prodigio. Es algo que remite a los espectáculos de la antigua Roma, cuando un gladiador medio devorado por el león cambiaba el signo de la pelea y el público entraba también en combustión, atónito ante el prodigio. No es de extrañar que el entrenador Ancelotti esté tan contento y todo esto le ayude también a mantenerse joven. La foto que les dejo de cierre, seguramente ya la conocen, es la imagen más repetida en los periódicos en esta última semana y para mí es la foto del año. Sean buenos, deséenme buen viaje y gracias por la paciencia en estos días en que me ha sido imposible escribir en el blog .