domingo, 26 de febrero de 2023

1.209. Rocking and cooking

Bien, esto sigue a toda marcha. El jueves, como les anuncié, después de ir al yoga, recalar en el Ricla (me tenían preparadas unas verdinas con codorniz escabechada para chuparse los dedos), acercarme al aeropuerto a recoger a una amiga, tomarme algo con ella y dejarla en su casa, caminé hasta el Metro Lavapiés para acercarme a la Plaza de España. Muy cerca de allí, en la sala Tempo, estaba anunciado a las 20.30 el concierto de Ghalia Volt. Mis amigos Dani y Jóse Peinado estaban ya dentro con la chica y su familia al completo. Bueno, menos el perro, que lo habían dejado en el hotel. Aprovechando que era pronto, me colé directamente al sótano, donde Ghalia estaba haciendo la prueba de sonido. Allí me enteré de que no habían vendido apenas entradas, una pena, porque de haberlo sabido le hubiera hecho yo una mayor difusión entre mis contactos. Me temo que Jóse no se entera mucho, Ghalia es un valor en alza en USA donde vive, lo que pasa es que ha querido hacer realidad un viejo sueño: llevarse a sus padres y a su hermano a recorrer España en una furgoneta.

El concierto de Madrid era el primero de la gira y también su primera actuación en España. Y nos reunimos allí a verla poco más de 20 personas. Al principio, la chica estaba lógicamente rayada y yo la entiendo muy bien porque eso es exactamente lo que me pasó a mí cuando dí mi primera conferencia en el Ateneo de Madrid: que de todos los contactos que convoqué sólo vinieron mi sobrina Eva y el padre de Corro (todavía me cabreo cuando me acuerdo) y acabé hablando más o menos para unas veinte personas. Ghalia Volt empezó un poco apagada, pero enseguida se animó y lo hizo con una de sus composiciones, que venía al pelo para la ocasión. It aint bad. Es esta una canción que anima a estar contento, a no dejar de pelear y a vivir el presente, una filosofía que encaja perfectamente con la mía. Y donde aprovecha para poner verdes a los que se están todo el día quejando. Su estribillo: It aint good, it aint bad, but if it aint bad, it’s pretty good. Es decir: Esto no es bueno, esto no es malo, pero si esto no es malo, entonces es bastante bueno. Con su curioso acento, la tradujo al español, convirtiendo el último verso en “entonces es de puta madre”. Escuchen la canción.

Pues así fue el concierto: de puta madre. Esta mujer es portentosa, ya saben que ella toca todos los instrumentos y tiene un amplificador de bajos que multiplica por diez el sonido que ella pulsa con el pulgar en las cuerdas más graves, y otro de agudos que hace sonar las cuerdas finas que toca con los demás dedos, porque no usa púa. Por cierto, ella tiene otra versión, acompañada por un grupo, con bajo, batería y teclista, con la que acaba de terminar una gira europea, que se cerró en su Bruselas natal. Entonces agarró a toda la familia, perro incluido, alquilaron una furgoneta (que conduce básicamente ella) y se vinieron a España a recuperar sus ancestros, tocar por un montón de sitios en Andalucía y visitar a sus abuelos maternos en Barbate.

Aparte de todo, Ghalia es muy simpática y hablaba por los codos entre canción y canción, con su extraño acento medio andaluz, medio sureño de los USA. Y, por cierto, contó una cosa que yo no sabía: que esto de la One Woman Band viene de la pandemia, cuando tuvo que despedir a todos sus músicos y sobrevivir tocando ella todos los instrumentos. Su explicación: necesitaba, por ejemplo un batería, pero no le podía pagar y no conozco a ningún batería que toque gratis; con una excepción: mis piernas. Desde entonces simultanea sus dos versiones en sus giras, aunque, lógicamente prefiere tocar con su grupo. Con Jóse y Dani, nos tomamos tres rondas de cervezas a palo seco, porque el Tempo no tiene ni unas tristes pipas, pero va en la línea del apéro de la gente joven en Francia. También grabamos algún fragmento, como este. Es el final del viejo tema You gotta move, que hasta los Stones versionearon.

Por cierto, le pregunté a Jóse si este año iba a traer también a Samantha Fish y me dijo que imposible, que estaba prácticamente firmada para venir al Bilbao BBK Live, pero que al final lo había cancelado. Y que el caché lo había subido casi al doble respecto al año pasado. Esto es algo que yo ya me temía, Sam es buenísima, su carrera está en plena expansión y cada vez va a ser más caro verla. El año pasado yo la vi tocar en Cazorla, Jerez de la Frontera y Bruselas. Y, por ejemplo, la entrada del concierto de Bruselas me costó 26€. Este año, antes de irse de gira por Australia donde está ahora, he consultado cuánto valían las entradas de sus conciertos en USA y andan ya por los 50$. Yo he descubierto a esta chica cuando nadie la conocía y gracias a eso he podido verla tres veces y una cuarta que tengo en la recámara: París 31 de mayo, sala Bataclan.

Pero volviendo a Ghalia, los escasos asistentes la ovacionamos como se merece. Luego, a medida que iba desfilando la gente hacia la salida, Jóse, Dani y yo nos quedamos por allí con la familia, para ayudarles a subir a la puerta todo su aparataje, incluyendo sus pesados bafles de bajos y agudos. El padre fue a por la furgoneta y les ayudamos a cargar. Pero antes, estuve con ella en un patético meets and greets. Patético, porque fui el único que se puso en la inexistente cola para que me firmara el vinilo de su último disco. También quise hacerme un selfie con ella, para mi colección de FOTOS, con las mayúsculas que creó Paco Couto. Abajo tienen el resultado del selfie, otro con mi amigo Dani y otro más en mi casa con el disco firmado por la diva.










Una noche redonda. Cogí el Metro de vuelta a Lavapiés y caminé por la ciudad helada hasta mi casa. El viernes estuve toda la mañana tirado en casa, dedicado al noble arte del Samanthing, que el alcohol hay que descansarlo, como decía Lola Flores. Por la tarde vino a casa una chiquita para un asunto de negocios de los que no se cuentan en el blog y la recibí con un té Earl Grey, preparado con mi De Longhi Magnífica, que también hace tés, y unos pastelitos que bajé a comprar a la pastelería Motteau, la mejor del barrio. Y todavía me tocó bajar a tomar un vino por el barrio en una celebración de cumpleaños, o sea que el día tampoco estuvo mal. Ya saben: no estuvo bien, no estuvo mal, pero si no estuvo mal, estuvo de puta madre.

El sábado fue un día bastante interesante para mantener el buen ánimo. Amanecí y me obsequié con un expreso y medio litro de agua, como hago cuando voy a salir a correr. Pero esta vez no iba al Retiro, como suelo hacer los sábados, sino a la academia de yoga, a recuperar la clase perdida del lunes, que me pilló volviendo de París y además era luna nueva. La clase era a las 10.30 con el dueño de la academia, con quien estuve hablando de la posibilidad de hacer una visita a Madrid Río con todos los grupos de yoga. Quedamos en dejarlo para después de Semana Santa, que haga más calorcito. Terminé a las 12 y entonces caminé rodeando el Mercado de San Miguel y cruzando la Plaza Mayor, para llegar a La Casa de las Torrijas. Allí me obsequié con una torrija de leche, un dedalito de vino dulce y luego un café con leche. Caminé de vuelta a casa y me dispuse a hacer la comida.

Mi idea era estrenar mi paquete de ras el hanut, comprado en el mercadillo callejero de los domingos de Lille, para prepararme un plato marroquí. Pero tenía que sacar media pechuga de pollo del congelador y dejarla que se descongelara adecuadamente. Eso me hizo comer bastante tarde; ya iba retrasado después de haberme desayunado una torrija de tamaño natural a las 12. Pero me salió un plato buenísimo: Pollo al Ras el Hanut. La receta es bastante sencilla y llegué a ella de forma un tanto intuitiva, porque esto de cocinar es cuestión de practicar y uno va mejorando poco a poco sus prestaciones. Para empezar, el pollo, debidamente descongelado, hay que cortarlo en daditos y ponerlo en un tazón con sal y pimienta negra abundantes, dándole vueltas con una cuchara para que pille el salpimentado.

Luego, en una cocotte como la mía o en una cacerola cualquiera, se echan dos cebollas pequeñas o una grande, picadas bastante finas y también uno o dos ajos, con bastante aceite de oliva, a que se vaya haciendo a fuego muy lento. Cuando la cebolla esté ya prácticamente desecha, pero sin dorarse demasiado, se le echa un buen chorro de tomate Orlando, un par de cucharadas medianas de ras el hanut y se le dan vueltas enérgicamente durante diez o quince minutos a un fuego un poco más alto. Como toque personal, les diré que yo no dejé que la cebolla y el ajo se hicieran una pasta, porque no me importa luego encontrarme trocitos de cebolla en medio del guiso. Y también que le suplementé las especies con un poco de comino, para darle un toque aún más moro (el ras el hanut ya lleva comino, junto con muchas otras especias).

En paralelo a esta elaboración, en una sartén se pone aceite a fuego muy alto y cuando ya está caliente, se echan los daditos de pollo y se fríen dándoles vueltas para que se sellen por todos los lados y se queden medio crudos por dentro. Entonces se echan en la cazuela, se le añade nata, o leche de coco o agua o una mezcla de las tres, y se deja cocer unos veinte minutos. Yo no tenía leche de coco, así que le eché mitad nata y mitad agua. El guiso hay que dejarlo que se reduzca, corregir de sal y luego apagarlo y taparlo a que repose unos cinco o diez minutos. Lo normal es acompañarlo con un arroz blanco y servirlo con el arroz separado en los platos. Pero yo tenía unos champiñones en láminas que se me iban a estropear, así que sustituí el arroz por los champis, pasados por la sartén. El resultado lo pueden ver en esta imagen.  


Terminé de comer como a las cinco de la tarde, hora a la que empezaba el partido Deportivo de La Coruña – Badajoz, que lo daban en gallego en la Web de la TeleGaita. Me conecté, derivé la imagen al televisor con mi conexión HDMI y me dispuse a sufrir como de costumbre. Pero no sufrí nada: el Dépor ganó 5-0 con dos goles de Lucas Pérez y dominando el partido de principio a fin. La verdad es que ya era hora de que mi equipo diera un puñetazo encima de la mesa y presentara su candidatura al puesto de líder, que da derecho al ascenso directo. De momento va de segundo a un punto del líder, pero esto es una maravilla si tenemos en cuenta que hace unas cuantas jornadas estaba a diez puntos del primero.

En cuanto acabó el partido, me bajé al Metro para acercarme al Hospital Gregorio Marañón, a visitar a mi amigo Mariano que lleva allí unos días ingresado por un tema respiratorio. Lo encontré de muy buen ánimo y esperanzado de que le den ya el alta este lunes o martes. Querido Mari, como tú eres de los seguidores más fieles de este foro, aprovecho para mandarte un saludo con mis mejores deseos. Esta mañana me he levantado y he salido al Retiro, a una temperatura de 2 grados, para hacer la carrera que no hice ayer. He estado el resto de la mañana tranquilo, haciendo cosas diversas, me he comido el resto del pollo al ras el hanut, esta vez con el correspondiente arroz blanco, me he echado una siesta fastuosa y me he puesto a escribir para ustedes.

Ya ven que esto es un no parar. Mañana ya me toca otra vez yoga. El martes he de ir al edificio APOT para entrevistarme con Isabel Calzas, Directora General de Vivienda y Rehabilitación, a la que he liado para que les dé una clase a los chicos del máster de Alain, que ya vienen la semana siguiente y necesitamos concretar los últimos detalles. El miércoles tendré mi clase de guitarra y el jueves, después del yoga y el Ricla, cogeré mi coche y me bajaré a Baeza (Jaen) donde he reservado un par de noches en un hotel del centro para ver otra vez a Ghalia Volt, que toca en el Café Teatro Central a las diez de la noche del viernes. Me voy el jueves para tener todo el día para ver los monumentos de esta interesantísima ciudad barroca. Y el sábado, vuelta a coger el coche para llegar a comer a Madrid

En realidad, desde que me he jubilado, he recuperado mi conexión con el blues y el rock, tanto tocando como yendo a conciertos. Era algo que había perdido en mis años de padre de familia y provecto funcionario municipal. Y, desde luego, hasta la llegada de Sam, Ghalia y otros artistas que han revitalizado la escena y los directos, la música estaba en una especie de impasse, que había llevado a la ruina al mercado del CD y hacía que personas como yo no tuviéramos otros ídolos que los de los buenos tiempos, todos muertos o septuagenarios. Esa sigue siendo la situación ahora, aunque animada por las nuevas figuras del blues. Por ejemplo, el gran Van Morrison, cuyo nuevo disco se publicará el 10 de marzo, ha adelantado otra nueva canción que les pido que oigan. A este señor parece que le ha dado por el sonido Nueva Orleans. 

Y, sin salirnos de este mundo, les contaré un asunto que tiene llenos de expectación a los viejos rockeros. Los Rolling Stones están en Los Ángeles grabando su próximo disco, el primero con canciones originales desde hace seis años. Y dicen los rumores que por allí se ha pasado Paul McCartney para grabar algunas pistas con su bajo. Eso ha generado la posibilidad de que también convoquen a Ringo Star para la batería. ¿Se lo imaginan? El viejo sueño: unir a los Beatles y a los Stones. Es algo que parece lógico. Los Stones han perdido a su bajo y a su batería, el primero por abandono y el segundo por fallecimiento. Y de los Beatles sobreviven precisamente su bajo y su batería. Estaremos al tanto.

Pero les he hablado sólo de lo que me espera la próxima semana, que es relativamente tranquila. Porque el finde del 5 de marzo aterriza en Madrid Alain Sinou y el lunes llegan sus alumnos, a los que tengo que atender hasta el viernes, como ya se irá contando. Después me viene una semana de relativa calma, antes de que venga la delegación de Brazzaville, que parecen bastante seguros de que esta vez les darán el visado correspondiente, lo que me asegura otra semana de locura antes de la llegada de la primavera. Pero esa semana intermedia de relativa tranquilidad está marcada por el advenimiento de mi nuevo socio Tarik Marcelino Martínez, que dice mi amiga Tato que me lo traerá en torno al día 15. De momento conténtense con ver otro vídeo y comprobar qué mimoso es y cómo se lleva con un perrito y con su ama hasta ahora, a la que cuida de no morder demasiado fuerte, como haría si quisiera. Estoy deseando verlo en mi casa.

No me canso de decirles que mi vida es un blog y que el relato de mis aventuras me impide comentar temas de la actualidad, pero todo llegará. De momento, las buenas vibraciones de estos días se han completado hoy con la noticia de la liberación de mi paisana Ana Baneira, detenida en Irán desde antes de Navidad por el régimen de los ayatollahs. Durante estos meses me he mordido la lengua para no decir casi nada en el blog, convencido de que las gestiones para liberarla se estaban haciendo con la discreción necesaria. Ahora sólo falta que suelten al aventurero de Guadalajara que quería ver los partidos de España en Qatar y al que también encarcelaron los ayatollahs. Nada mejor para terminar que la imagen de esta mi paisana veinteañera y activista, fotografiada en nuestra tierra. Sean buenos.

PD. Y cuando ya estaba a punto de darle al botón “Publicar”, me entero de que ha perdido el Barcelona. Todo son buenas noticias en este fin de semana gélido. 




jueves, 23 de febrero de 2023

1.208. De rentrée

Pues aquí me tienen de vuelta, pero con el sinvivir de costumbre. Lo cierto es que mi viaje a París ha salido redondo y me lo he pasado muy bien. Les recuerdo brevemente cómo surgió el tema, para que vean que a mí se me van encadenando unas cosas con otras de manera natural y con un cierto punto de inevitabilidad, como si el famoso club de dioses que juegan a los dados con nuestro destino lo tuviera todo ya perfectamente planeado. Mi amigo Alain me visitó al final de las Navidades y ya concertamos mi colaboración en su máster que empezaba a finales de enero. Y saben que él reserva para las clases de colaboradores externos los viernes. Cuando hablamos, el viernes 10 de febrero no se podía porque yo no tenía tiempo de preparar mínimamente mi charla y el viaje. Debía escoger entre el 17 y el 24 de febrero, porque el siguiente, 3 de marzo ya se montaba con su proyectado viaje a Madrid con todos los alumnos.

Pero este viernes 24 de febrero a mí no me convenía porque tengo el concierto de Ghalia Volt. Así que tenía que ser el 17 y así lo acordamos. Inmediatamente, en mi cabeza la fecha del 17 de febrero estableció una tensión con el 19, día de mi cumpleaños, generando un dipolo muy interesante, que me abría la posibilidad de celebrarlo con mis hijos. Y, para rellenar el día intermedio, se me ocurrió ir a visitar el Louvre de Lens. Se lo propuse a mis hijos y les pareció bien. Y le pedí a Alain que me gestionara los billetes de avión para el sábado 11, con vuelta el lunes 20, para estar una semana en París y encontrarme con algunos amigos más. Cuando ya tenía todo planificado, averigüé que mis hijos venían a Madrid desde el jueves 9 hasta el domingo 12, con lo que habría un solape entre nosotros, pero no pasaba nada.

Ya les he hecho un relato somero de mi semana parisina, incluyendo mi peripecia del viernes en la que finalmente hube de dar, no una, sino dos clases en francés que me llevaron toda la mañana. El sábado 18, mi hijo Kike y yo madrugamos discretamente para coger el tren para el norte. Nos dirigíamos a Lens, ciudad que está un poco al sur de Lille, pero en un sistema ferroviario tan centralista como el francés, resulta que cualquier ruta a Lens exigía hacer transbordo en Lille. Tomamos pues un TGV que nos llevó a Lille en una hora y allí nos reunimos con Lucas y nos tomamos unos cafés con croissants en la misma estación, mientras esperábamos el tren a Lens que, para que me entiendan, se debería llamar un TBV, es decir, un tren de baja velocidad. A ese ínterin corresponden estas fotos.

¿Cuál era mi interés en ver el Louvre de Lens? Pues se lo cuento en un periquete. Lens y los municipios vecinos componen una región históricamente dedicada a la minería del carbón. Algo así como algunas zonas asturianas y leonesas. Y saben ustedes que las minas de carbón se cerraron de mala manera en los años 80. El 21 de diciembre de 1990, se clausuró el último pozo francés. En esos años, la mayoría de los mineros eran marroquíes (ni siquiera argelinos ni tunecinos, antiguos miembros de la nación francesa que eran una especie de élite entre los inmigrantes norteafricanos). La mayor parte de estos mineros no quisieron volver a su país y tampoco tenían la cualificación necesaria para otro tipo de trabajos. El resultado fue la creación de una zona depauperada, la más pobre de Francia, con un paro endémico que aún pervive.

Lens es pobre, es cutre, presenta un ambiente bastante desolado y puede ser la ciudad más fea del país. Dice Alain que es la Ciudad Real francesa (obviamente no conoce Albacete). Así que, con ánimo de recuperar la zona, el estado francés decidió promover y financiar la creación de un museo en donde se exhibiera parte de la colección que atesora el Louvre y que no tiene espacio para mostrar. Se convocó un concurso internacional de propuestas y resultó ganadora la presentada por una pareja de prestigiosos arquitectos japoneses, Ryue Nishizawa y Kazuyo Sejima, que habían recibido el premio Pritzker en 2010. La idea era repetir el efecto regenerador de actuaciones como el Guggenheim de Bilbao. El nuevo museo se inauguró a finales de 2012 y quiero que vean una foto de los arquitectos, de hace unos 20 años (ahora están más viejos).

Kazuyo Sejima se da un aire a mi amiga África, por el peinado y las gafas, aunque es de justicia decir que África es mucho más guapa. Pero volvamos al museo. ¿Cuál es el resultado de esta iniciativa? Pues, desde un punto de vista arquitectónico el edificio es súper interesante, al menos para un arquitecto como yo, tal vez no tanto para el público en general. El edificio se inserta en un paisaje llano en el que surge como un volumen simple, minimalista, sin ningún tipo de adorno o detalle retórico. Frente a la típica sala de exposiciones en donde te van llevando por un circuito que va haciendo eses, aquí las obras de arte están expuestas en un espacio enorme, y no en las paredes, sino en vitrinas por el medio. El espacio se llama La Galería del Tiempo y cuenta una especie de historia del arte mundial, desde los tiempos mesopotámicos. Los visitantes se van moviendo aleatoriamente por entre las obras, avanzando en el sentido de la historia. Es un concepto muy japonés. Un par de fotos en el exterior del museo. 


En otros espacios igualmente simples y minimalistas se sitúan la galería para exposiciones temporales, la cafetería y la tienda del museo. Pero lo que arquitectónicamente es un éxito, un hito que vienen a visitar de todas partes, desde el punto de vista urbanístico no lo es tanto. Diez años después de su inauguración, la regeneración de Lens brilla por su ausencia. Para empezar, este es un edificio aislado, una actuación puntual, frente al Guggenheim de Bilbao, que se inserta en el proyecto Ría 2000, que se promovió desde el estado español, con financiación estatal, autonómica y de la propia fundación y que se extendía por todas las márgenes de la ría, reconvertidas desde su uso industrial original. También en Bilbao había más dinero y la ciudad ha sabido reconvertirse a un sector de usos terciarios.

En Lens, el museo está totalmente aislado de la ciudad, se ha de coger un bus en la estación de tren, que te lleva hasta la puerta. Y en Lens no hay prácticamente nada más que ver. Resultado, la gente viaja desde París a ver el portento arquitectónico, lo visitan en un rato y se vuelven a París en el día. No hay, en consecuencia, buenos hoteles ni nada que hacer en la ciudad. Nosotros tres, que somos buenos andarines y con otro tipo de curiosidades, decidimos ir a pie al museo. De camino dimos con el único restaurante potable, que vive de los propios visitantes y nos comimos algo rico en un ambiente caldeado, porque afuera corría un gris que cortaba la piel. Luego vimos el museo y regresamos andando para dar una vuelta por la ciudad. Y como era ciertamente fea, desangelada y sin ningún interés, nos cogimos el tren a Lille.

Allí dejamos nuestras mochilas en la casa de Lucas y nos fuimos a la calle, llena de gente, coches, escaparates y bullicio urbano, a hacer honor a la noche del sábado. Noche que empezamos como se hace en Francia: con el apéro, que se pronuncia acentuado en la o. Es como si dijéramos el aperitivo, pero consiste en calzarse medio litro de cerveza, sin nada de picar, para conversar, ponerse contentos e ir entrando en materia para la noche. Cumplimos con la tradición en un antro de cervezas artesanales que Lucas controlaba y que estaba abarrotado. De allí ya salimos contentos a cenar en el restaurante japonés Kisoro, donde nos pusimos bien de edamame, makys y sushis diversos.

De camino a casa compramos una tarta de frambuesas para que yo soplara las velas en cuanto sonaran las 12 de la noche. Pero no conseguimos velas, así que Kike se inventó unas con unos palillos y algodón en las puntas impregnado de aceite de cocinar. A riesgo de originar un incendio, cantamos entre los tres el apio verde, pero con la particularidad de que cada uno había regulado su voz con lo que podemos llamar una afinación abierta, con resultado global de completa cacofonía. Les pongo el vídeo que me grabó Kike, no tanto por el sonido, que es lamentable, como por el bailecito final que es para verlo. Una celebración en toda regla.

El domingo amanecimos sin mayores circunstancias relatables, nos duchamos, nos vestimos y salimos a ver un mercado callejero donde Lucas suele comprarse toda la fruta, verdura, etcétera. El lugar es como encontrarse en medio de una plaza en Tánger o en Fez, todos los comerciantes y buena parte de los visitantes son moros y los sonidos, colores y olores son específicos de las plazas del Norte de África. Por consejo de Kike, me compré un sobrecito de Ras el Hanout rojo, la especie perfecta para darle un toque marroquí a mis guisos. Recogimos luego a Clarice, la chica de Kike, que venía en tren específicamente para mi comida de cumpleaños y me traía mi primer regalo por el momento (luego me compraron una cosa más entre los tres). Ya todos reunidos, nos fuimos al restaurante Le Chat qui fume, donde habíamos reservado para tomarnos sendas carbonades, el guiso típico de carne guisada que constituye la seña de identidad de la gastronomía lilloise. Algunas imágenes más.


Después de esta comida fabulosa, seguimos enredando un buen rato por las calles y los cafés de Lille, una ciudad que tiene una animación continua y más en fin de semana. Luego, Lucas nos acompañó a los demás a la estación en donde cogimos el tren de vuelta a París. Yo estaba bastante cansado después de tantas emociones y acontecimientos y, con el traqueteo del tren, entré en una especie de medio coma, que mi hijo aprovechó para fotografiarme a traición, con el resultado que ven abajo.

El viaje se terminaba. Una noche más en París y el lunes cogí el RER B para llegar al aeropuerto de Orly. Allí me compré un par de bocatas, sabedor que los de Hay-Birria no te dan ni los buenos días, y me los tomé en vuelo con una Alhambra especial que me vendieron los azafatos por 3.95€. Ese día me perdí el yoga, aunque de todas formas no había por ser luna nueva. Pero el martes ya se iniciaba mi sinvivir habitual. Nada más llegar, mi compañera M. me escribió para decirme que tenía una entrada para un encuentro con Carlos Moreno en la Fundación Telefónica al que no iba a poder ir. Me pasó su entrada y el martes 21 me constituí en la Fundación para escuchar a este señor, que es el teórico de la llamada Ciudad de 15 minutos.

Carlos Moreno es colombiano, pero lleva como 50 años en París, por lo que tiene hasta acento francés. No es arquitecto, sino que viene del campo de la matemática y la computación. Y se dedicó durante un tiempo a vender sistemas de información altamente tecnificados para usos de defensa, que luego fueron desechados. Se le ocurrió entonces aplicarlos a la ciudad y la planificación territorial. La pandemia le hizo ver que la ciudadanía es capaz de soportar y adaptarse a lo que haga falta, con lo que era posible cambiar determinados hábitos para huir de la dependencia del automóvil que nos está ahogando en contaminación. Hizo llegar sus reflexiones a la alcaldesa de París, la señora Hidalgo y pronto formaron un tándem. Vean aquí una foto durante la charla.

De ahí surge la idea de la mezcla de usos, de modo que uno pueda ir en 15 minutos (o en 30) desde su vivienda a la compra, la escuela, el trabajo o el bar del barrio. El resto de desplazamientos más largos que haya que hacer se resuelven por un potente sistema de transporte público. Durante años se ha llamado a esto la ciudad policéntrica, donde los barrios tengan su propio núcleo de centralidad, como un objetivo del nuevo urbanismo. Este hombre, aparte de su discurso, es muy cariñoso y con un contenido humano muy alto. En el acto me encontré a un montón de amigos y conocidos, algunos a los que no veía hace mucho. Entre ellos mi amiga Marga Chiclana, con la que comí hace poco en La Llorería. Ella conoce a Carlos Moreno porque firmó con él y Hélène Chartier un manifiesto por una ciudad más sostenible climática, económica y socialmente, durante el período más duro de encierro por la pandemia. Así que me lo presentó y nos hicimos una foto con él durante la posterior firma de libros.

Desde el facherío se ha difundido la idea de que esta es una propuesta comunista que pretende encerrarnos en nuestros barrios, de forma que haya que pedir una autorización de la policía para pasar al barrio de al lado, teoría que no merece la pena ni comentar: también dicen que se quiere implantar el aborto obligatorio y, en su día, que se nos iba a obligar a divorciarnos. No perdamos el tiempo con esto. El facherío sigue con su raca-raca y ahora van a presentar al pobre Tamames, a quien acaban de sacar del congelador y que a sus 89 años parece poco preparado para dar un discurso contundente. Lo imagino con la voz temblorosa como la de Biden, equivocándose todo el rato y balbuceando inconsistencias. Y cuidado no le vaya a dar un perreque.

Para ir terminando, les diré que ya he reanudado mis dos tareas interrumpidas por el viaje: el running y la guitarra. Ayer salí al Retiro e hice mi rutina de 6,5 kms a buen ritmo, sólo con unas ligeras agujetas hoy. Y por la noche fui a mi clase de guitarra. La vida sigue para mí y hoy he tenido inglés y luego me he puesto a escribir para ustedes. A las 13.30 me voy al yoga, pasaré luego por el Ricla a comer, iré al aeropuerto a recoger a una amiga que viene de fuera y por la noche voy al concierto de Ghalia Volt. Esta chica, creo que ya les he contado que es de padre belga y madre de Motril, y con abuelos de Barbate. Últimamente vive en Nueva Orleans, pero ha venido a sus tierras belgas y desde allí viaja en una furgoneta, no sólo con sus instrumentos y amplificadores, sino también con su familia al completo, compuesta por sus padres, su hermano y el perro de la casa familiar. Andan ya por Madrid, adonde esta tarde llegarán mi amigo Dani, de Jerez de la Frontera, y su colega Jóse Peinado, organizador de la gira de Ghalia. Como ven, el ritmo no-para-no-para. Ya que hemos hablado de arquitectos japoneses y restaurantes de sushi, quiero cerrar hablándoles del ikigai, la filosofía que se practica, por ejemplo en la isla de Okinawa, donde todos los abuelos sobrepasan los cien años sin ningún problema.

El ikigai consiste en dedicar tu vida a cuatro clases de ocupaciones. UNO, hacer lo que te guste. DOS, hacer tareas en las que consideres que eres bueno y puedes acercarte a la excelencia. TRES, hacer trabajos que te permitan ganar el suficiente dinero para vivir tranquilo, sin obsesionarte con ser más rico. Y CUATRO, hacer cosas de las que seas consciente que suponen una ayuda para los demás, o para la colectividad. Quizá yo siempre he aplicado a mis tareas algo parecido: yo siempre buscaba trabajos en los que ser útil a los demás, aprender y divertirme y constaté que los tres objetivos funcionaban en sinergia, que no podían ir en solitario. Y encima he podido vivir del invento. Por eso estoy contento, a mis años, sin desdeñar la importancia del factor suerte, que es crucial. Dicho esto les exhorto de nuevo: sean buenos y aprovechen que la suerte nos ha llevado a desempeñarnos en esa mínima parte del mundo donde la vida merece la pena de ser vivida.

viernes, 17 de febrero de 2023

1.207. Cuánto sufrimos, Martín

Bueno, el título de este post reproduce exactamente el nombre de una nueva peña del Deportivo de La Coruña, de quién si no, que se acaba de crear en la ciudad y yo creo que es un nombre muy adecuado, porque esto de ser del Dépor es realmente un sufrimiento, como les vengo contando. Pueden comprobar que no les miento pinchando AQUÍ. La propia página del club informa de la inscripción de la Peña Cuánto Sufrimos, Martín, que tiene su sede en un bar de la Avenida do Peruleiro, que tampoco es mal nombre. Esto de ponerle nombres a las personas, cosas u organismos es un arte, conocido como la Onomástica, que a veces se encuentra con casos de gente predestinada a una determinada condición o peripecia, por cuenta del nombre que ostentan. Les pondré varios ejemplos.

La Voz de Galicia informaba estos días de que un edificio del centro de Pontevedra, condenado a desaparecer, no puede acometer las obras previstas de demolición porque hay un último vecino que se resiste a abandonarlo. Este resistente a la piqueta, se llama, con toda propiedad, Armando Guerra. Por si piensan que les estoy gastando una broma, AQUÍ tienen la información. Pero hay más casos. Por ejemplo, no sé si se han fijado que el espabilao que inventó la más famosa de las criptomonedas y que, una vez acreditado que se trata de la típica estafa piramidal, ingresó en prisión, se llama Sam Bankman-Fried, es decir, Samuel Banquero-Frito. Lo que pasa es que le prescribieron prisión con fianza y parece que alguien la pagó porque el tipo reapareció tan pancho en la SuperBowl de este año. En este caso les pongo una foto del sujeto llegando al tribunal neoyorkino donde el otro día se celebró la vista para decidir si se le revoca la libertad bajo fianza.

Hay innumerables ejemplos similares, pero no les quiero aburrir con ellos. Sí que les digo que un ejemplo perfecto del buen arte de la onomástica es el que mi amiga Tato ha demostrado al bautizar a mi futuro gato Tarik Marcelino, que ya definitivamente se va a quedar con ese nombre. Así que aquí tienen una nueva imagen de mi colega para los próximos tiempos: el flamante Tarik Marcelino Martínez, echándose una siesta al calorcito del radiador, que está haciendo un invierno muy frío.

Hay también novedades en el tema de la delegación de Brazzaville. Finalmente han dado nuevas señales de vida, consistentes en tropecientas disculpas y una carta de la embajada de España en Kinshasa, en donde los citan para el día 1 de marzo y les prometen por escrito que en diez días tendrán el visado. Dadas las particularidades de los conceptos formalidad y puntualidad en el medio africano, estamos pensando en programar su viaje para la semana a partir del 20 de marzo, pero aun no hay nada seguro. De ser así la llegada de Tarik Marcelino Martínez podría adelantarse. Les iré contando. Y, por cierto, ya que hablamos de la formalidad de los africanos, les cuento que nuestro proyectado viaje a Uganda parece que se desvanece para siempre. Dice mi amigo Alfredo, del grupo de viajeros veteranos recalcitrantes, que su contacto en dicho país, con el que había un preacuerdo conveniente, se ha descolgado ahora con una contrapropuesta mucho más cara y menos interesante, ante lo cual se ha decidido mandarlo a la mierda y empezar a explorar otros destinos, tal vez recuperar la idea de Namibia que alguna vez se contempló.

Por lo demás, he de reanudar el relato de mis aventuras parisinas. El martes pasado, en cuanto publiqué mi post anterior, salí caminando hasta la Rotonde de La Villette, también llamada la Rotonde de Ledoux, en honor al arquitecto del siglo XVIII que la construyó. Es un edificio perfectamente redondo con un patio circular en el centro, construido para las oficinas de control de entrada y pago de impuestos de los productos del campo al entrar al interior de la muralla que rodeaba París por entonces. Era, pues, un propileo, en sentido monumental, y también una alcabala, desde un punto de vista más funcional. Las alcabalas eran un típico organismo de esos tiempos en todas las ciudades, que permitía también que los ciudadanos salieran afuera a comprar productos en los mercados extramuros, no gravados por esos impuestos. Por ejemplo, en La Coruña existía uno similar, que dio nombre durante mucho tiempo a la Rúa dos Alcabaleiros que, durante el franquismo y en un contexto de persecución del idioma gallego, fue reconvertida en la calle Caballeros y así la conocí yo durante mis años jóvenes. La llegada de la democracia mantuvo el error, al rebautizarla como Rúa Cabaleiros, demostrando en este caso un uso bastante impropio y mediocre del arte de la onomástica.

En el caso de la Rotonde de París, el estallido inmediato de la Revolución, dejó a este edificio sin función, porque la República suprimió los impuestos que se cobraban a los comerciantes. Albergó luego múltiples usos, hasta que quedó abandonado en los primeros 2000, convirtiéndose en el centro de consumo y venta de crack, que en París controlan los senegaleses. En 2009 se estableció allí un restaurante para sanear la zona que, no obstante, continúa con vigilancia policial día y noche para que no vuelvan a joderla los senegaleses. Naturalmente, yo no tenía ni idea de todo esto, me lo contó sur-place el bueno de Alain Sinou, con quien había quedado en el lugar. Como era el momento del dejeuner con el horario francés, entramos en el restaurante y despachamos allí la comida. Abajo tienen un par de fotos que tomé del exterior e interior del lugar.



Allí, a ambos lados de un menú del día bastante bueno, Alain me contó sus planes para el viernes, de los que no tenía ni idea. Resulta que Alain controla no sólo el máster de cuarto curso, con el grupo de alumnos que pronto vendrá a Madrid, sino también el del quinto curso. Y me dijo que, ya que estoy por París, contaba con que diera una clase a un máster y otra al otro. Este señor, realmente tiene un chollo conmigo. Dudo mucho que encuentre otro a quien proponerle una clase extra de viernes y se lo diga por primera vez el martes de esa semana. Bien, la cosa, tal como la acordamos finalmente sería como sigue. El viernes a las 9.00 yo empezaría una clase de dos horas y media al máster de quinto curso. Se trataría más bien de una especie de conversación con los chicos en la que les contara cómo fue que estudié arquitectura, qué hice durante la carrera, en qué trabajos estuve antes de entrar en el Ayuntamiento y qué sucesión de competencias he ostentado a los largo de mis casi 40 de servicio como funcionario del Ayuntamiento de Madrid.

Tras un descanso de media hora, a las 12.00 empezaría la clase para el cuarto curso sobre las diferencias entre la planificación tradicional y la estratégica, que estaba preparando desde hace días y para la que cuento con una presentación en power-point. Final a las 15.00. Muy bien. Le dije que OK y pasamos a otros temas de los nuestros. Después de comer, iniciamos otro de los paseos por la ciudad que tanto gustan a mi amigo. Recorrimos entero el parque de La Villette, que es muy grande, cruzamos al otro lado del Peripherique que es como la M-30 de París a ver una nueva promoción de vivienda social, nos montamos en un pequeño ferry gratuito para llegar a una zona de oficinas ya más o menos por donde Cristo perdió el mechero y regresamos andando por diversos caminos, entrando a ver más de un equipamiento social, como el afamado 104, donde los chicos de los barrios de la emigración practican breakdance, hip-hop, circo, malabarismo y artes marciales, huyendo de la droga y otros entornos conflictivos.

Llegué a casa reventado, con el contador de pasos por encima de los 20.000. Alain suele dejarme agotado. Y encima tuve que subir los seis pisos de la casa de Kike. Mis anfitriones me prepararon un curry de verduras fabuloso, que me sentó fenomenal después de la paliza. El miércoles, mi actividad más destacada fue la cita para comer con Hélène Chartier, mi buena amiga de la red C40, que en su día dirigía el programa Reinventing Cities desde New York y luego pasó a desempeñar esa función desde Paris, a la vista de que el señor Trump decidió no renovarle el visado de trabajo, por su odio a Bloomberg que es uno de los principales impulsores de la red C40. Hélène vive ahora en Paris y ha ascendido a responsable de todo el urbanismo en el C40. Eso la obliga a viajar mucho a Londres y a Nairobi, principales sedes del grupo, junto a New York, donde todavía sigue medio vetada.

Quedamos en la plaza de Clichy, en un restaurante bastante bonito que se llama Weible. El problema fue que a Hélène le produjo mucha curiosidad el hecho de que viniera a la universidad a dar dos clases y quiso que le contara el tema. Ya saben que, cuando yo empiezo a hablar, no paro y me olvido de todo lo demás. Una hora después, yo tenía mi comida prácticamente intacta y seguía hablando, mientras mi amiga había terminado y tenía que marcharse para una reunión. Le dije que se fuera sin problema, nos hicimos el selfie que ven abajo, me invitó a la comida, y se marchó en su bicicleta. Ante eso, llamé al camarero, le pedí que me calentara un poco la comida y encargué una segunda cerveza. Tranquilamente, estiré la sobremesa y decidí luego subir a dar una vuelta a Montmartre, para bajar la comida mientras el sol empezaba a caer. Y desde allí seguí a casa de Kike.

Por la noche invité a mis anfitriones a cenar en el restaurante coreano Chez Chen, una velada estupenda. Fuimos y volvimos andando y, con todo y eso, por la noche el contador de pasos marcaba menos de 12.000, lo que da idea de lo que pude andar el martes con Alain. El jueves por la mañana, Clarice se fue de viaje hasta el domingo y Kike se quedó teletrabajando. Yo estuve todo el día concentrado preparando mis clases del día siguiente. De la primera, elaboré unas notas que me sirvieran para seguir un guión un poco estructurado. En la segunda ya me bastaba con las imágenes de la presentación. Durante el día tuve clases de inglés y yoga on line, que me sirvieron para descansar un poco de la preparación. Por la noche Kike cocinó una quiche y nos acostamos. No les extrañará saber que dormí más bien regular.

Hoy he dado mis dos clases y he de decirles que he salido fenomenal. Tanto Alain como los alumnos de los dos cursos han seguido con atención mis largos parlamentos en francés y han terminado muy contentos. Me he levantado a las 7.30, me he tomado un té de ginseng rojo coreano y un doble expreso de la De Longhi Magnífica de mi hijo, he salido de casa a las 8.20, he cogido el Metro en Chapelle y he cambiado en Place de Clichy para tomar allí la línea 13 hasta el final. La primera clase ha sido para mí una especie de terapia, cuyo contenido ya les contaré en un post específico, porque la cosa es bastante bloguera. Alain tenía un par de bocadillos para el break, que nos hemos comido a las 11.30 con abundante agua del grifo. Tras cambiar de aula, he iniciado mi clase segunda, bastante más dura y abstracta que la primera, pero he mantenido la atención de todos hasta las 15.00, lo que en viernes tiene su mérito.

Alain y yo hemos caminado luego desde la universidad hasta el centro urbano de Saint Denis donde nos hemos sentado a una terraza a tomarnos unas cervezas Leffe pressión. Entre otros temas hemos hablado de los detalles de la próxima visita a Madrid del máster de cuarto curso y del programa que les tenemos preparado. Luego hemos seguido al Metro para volver a nuestras casas respectivas. Arriba y después de subir seis pisos, he caído redondo sobre mi sofá cama. Tras una siesta profunda, el té de ginseng rojo coreano ha mostrado su eficacia y me he puesto a escribir este post. Kike tenía hoy trabajo presencial, luego iba al gym y salía a cenar con unos amigos. Y, a medio escribir, de pronto me ha entrado un hambre canina y con una sensación precisa: necesitaba una pizza.

Tal vez no me crean pero, desde la época en que corría maratones, hay momentos en los que el cuerpo me indica exactamente lo que necesito comer: unas veces es carne roja, otras una ensalada verde, otras como en este caso hidratos de carbono, y otras chocolate o algún tipo de dulce. Le he preguntado a Kike por Whatsapp y me ha indicado una pizzería a 15 minutos andando. Mientras esperaba que abriera, he seguido escribiendo. Luego, me he acercado al lugar y me he comido una pizza de champiñones con salsa de trufa que me ha sabido a gloria. Ya de vuelta, no tenía sueño todavía, así que  he decidido terminar el post.

Les cuento para cerrar que Samantha Fish empezó ayer su gira por Australia, en la que tiene ocho fechas muy apretadas, incluyendo una doble en Melbourne, donde la primera agotó las entradas enseguida. Después vendrá por Europa, pero resulta que por nuestro continente viene con Jess Dayton, una versión que me gusta menos. Y el concierto del 31 de mayo en el Bataclan lo han pasado también a esta fórmula. Yo hubiera preferido ver con mis hijos su show clásico con lo mejor de su repertorio, pero es lo que hay y seguro que lo pasaremos muy bien. Como un adelanto, mañana nos vamos a reunir los tres para ver el Louvre de Lens y luego caemos a Lille, adonde vendrá Clarice el domingo para celebrar juntos mi cumple. Sean buenos y que pasen un buen fin de semana.  

martes, 14 de febrero de 2023

1.206. Siempre nos quedará París

Supongo que les suena la frase, pero por si acaso, aquí tienen el fragmento inolvidable del final de la película Casablanca, cuando Rick convence a su amada Ilsa de que se suba al avión con su marido. Efectivamente: siempre nos quedará París.

Pues aquí me tienen en París, instalado en la casa de mi hijo Kike y su chica, a la que yo suelo llamar Clarice, en honor a Clarice Lispector, apodo que me consta que no le disgusta. En noviembre pasado estuve aquí los tres días de rigor para no incurrir en el refrán al uso (el huésped y la pesca a los tres días apestan) y además, estaba sólo mi hijo. Esta vez voy a estar más de una semana y con los dos, por lo que he de extremar mi cuidado de no molestar más de lo necesario. Por otro lado, el programa que traigo y que ya les detallé en el post anterior, me va a ayudar en ese sentido, porque estaré bastante tiempo fuera de casa. No obstante, tendré por ejemplo dos sesiones de yoga on line de hora y media y otras dos de inglés, en una casa que cuenta sólo con dos espacios. Procuraré ser discreto para que me inviten a venir más veces.

Pero la llegada hasta París no fue sencilla, como les contaré más abajo. Mis últimos días en Madrid no tuvieron demasiada historia. El martes día 7, tuve la clase regular de inglés y a continuación rematé mi post anterior en el que les anunciaba que ya tengo un gato apalabrado. En relación con este tema, he de precisarles que el gato me lo está guardando mi amiga portuguesa Tato, que es una de las personas más originales que conozco. Le he dicho que hasta el 12 de marzo no puedo recibirlo, que luego tal vez vaya yo a Portugal a recogerlo, o bien ella me lo trae si tiene que venir por Madrid. Y le he preguntado si el gato tiene nombre. Respuesta: se llama Tarik Marcelino. Tal cual. Por supuesto, yo le puedo poner otro nombre y esa era mi idea inicial.

Pero el jueves llegaron mis hijos a casa y se lo comenté a Kike. Inmediatamente me dijo que, en su opinión, el nombre de Tarik Marcelino es brutal y no se lo debo cambiar. Estoy considerando qué hacer, porque ya saben que mi hijo tiene mucho predicamento conmigo. Me temo que se va a quedar con el brutal apelativo. Porque además, va a ser mi nuevo compañero para todo y he de aceptarlo con todas sus características, incluido el nombre, que los gatos son muy sensibles y si lo llamo de otra manera puede que me coja menos cariño. Por lo demás, el miércoles acudí a comer a La Llorería, restaurante de mi amigo José, donde por cierto cada vez se come mejor, están afinando las recetas de una manera increíble. Fui allí a comer con mis amigas Marga y Brezo, responsables del proyecto Campus for Living Cities que es, entre los diferentes ganadores de Reinventing Cities Madrid, el que va más adelantado, hasta el punto que las obras pueden arrancar a comienzos del verano, en el llamado Campus Sur de la Politécnica, en Vallecas. Con el Covid hacía tiempo que no nos veíamos y pasamos un rato estupendo. Ellas se fueron encantadas con La Llorería y quisieron hacerse unos selfies delante del restaurante.


Hay que precisar que entre los tres nos habíamos pimplado botella y media de vino blanco, lo cual ayuda también a la euforia comensal y afectiva. Apenas pude echarme una breve siesta en casa y ya salí para Palomeras, por primera vez sin mascarilla en el Metro, qué alivio, para mi sesión con Henry Guitar, que esta semana me voy a saltar lo mismo que mis dos turnos de running por el Retiro. El jueves llegaban mis hijos a Madrid. Lucas aterrizaba a mediodía pero no lo pude recoger porque tenía yoga. En el Ricla me obsequiaron con unas judías pintas con costilla, guiso exquisito de color chocolate, a modo de despedida hasta dentro de quince días. Y por la noche llegaron Kike y Clarice a los que sí pude recoger en el aeropuerto. Del viernes no hay mucho que contar, estuve preparando mi equipaje y un poco mi conferencia, comimos en casa algo que preparó Kike y luego nos estuvimos probando los abrigos de skater, yo me puse el heredado de Kike que me han arreglado y él se calzó el mío nuevo. Ambos de cordura, si bien cordura de la otra no nos sobra, como pueden ver en estos selfies de rappers que nos hicimos.


Por la tarde/noche fui al teatro con mi amigo X y los demás colegas del grupo farandulero. De la mayoría de las obras que vemos apenas digo nada en el blog, lo que quiere decir que me han gustado pero sin exagerar. Sólo hago referencia de las que me maravillan, como la de la semana pasada, o las que me parecen un bodrio. Esta era del segundo grupo: Amistad, de Juan Mayorga. Lo siento, pero no me gustó nada, me aburrí casi desde el primer minuto y no remontó para mí en ningún momento. Mi querida África faltó a la cita y luego me aclaró que Juan Mayorga le desagrada en general. En el caso de esta obra estoy de acuerdo al cien por cien. De todas formas yo acudo al teatro para encontrarme con X y los demás, y especialmente para las cañas del post-teatro.

Y llegamos al sábado, primero de los diez días que va a durar este viaje. Mi vuelo era a las 11.35, así que me llevó Kike al aeropuerto en mi coche, con tiempo para luego cambiarse e ir a la boda a la que habían venido. Poco antes de abrir el embarque, se nos comunicó que había una hora de retraso por problemas en el aeropuerto de Orly. Como la cosa me olía a chamusquina, aproveché para comerme un bocata de jamón con una caña y afrontar lo que viniera con el estómago un poquito lleno. No les voy a detallar los sucesivos aplazamientos, incluyendo subir al avión, desalojarlo otra vez (con todo el equipaje de mano), volver a subir de nuevo. Sólo les cuento que el origen del problema era una huelga sorpresa de los controladores aéreos franceses, que obligó a cerrar Orly durante más de tres horas. Después de innumerables y sucesivas incidencias, despegamos de verdad a las 18.40.

Más de siete horas de retraso, la mayoría sufridas dentro del avión en tierra y con el personal cargando mala uva y protestando cada vez con mayor indignación. Les confieso que nunca en mi vida me había pasado algo ni siquiera parecido. Para mí fue un ejercicio de paciencia, procuré no perder la sonrisa y divertir al personal con chascarrillos diversos. Pero tiene cojones que todo esto se genere porque el señor Macron quiera subir la edad de jubilación de 62 a 64 años, cuando yo he estado hasta los 70 y sigo trabajando en lo que puedo y me va saliendo. Lo que sí les diré es que Iberia es una compañía que ha perdido definitivamente el señorío de antaño y está ahora al nivel de Ryan Air y similares. En realidad, Iberia hace honor a la pronunciación de su nombre en inglés: Hay-Birria. En todo ese tiempo no nos dieron más que agua y un paquete de cuatro galletitas sosas de Gullón por persona. Y eso que tenían comida para la clase business y para quien quisiera pagar por ello.

Después de todas las calamidades, el piloto aceleró e hizo el trayecto en hora y media, lo que suscitó varias ovaciones del exhausto pasaje. En París cogí el RER, cambié al Metro hasta Gare du Nord y logré acceder a la casa de Kike sin problemas. Dejé mi equipaje y bajé enseguida a buscar una brasserie, porque tenía mucha hambre. A esas horas sólo quedaban abiertas las que hay enfrente de la propia estación, en donde me comí una hamburguesa con patatas y ensalada. En cualquier otra ciudad francesa distinta de Paris, me habría quedado sin cenar y habría completado una forma de ayuno que dicen que es muy buena para el cuerpo. Sin embargo, yo me comí mi hamburguesa con una pinta de Leffe Blonde pression, que tampoco es nada malo para la salud. De vuelta de la brasserie, subí los seis pisos hasta mi casa de acogida y dormí como un verdadero cura.

El domingo, me tomé un expreso en casa, aprovechando que mi hijo tiene también una De Longhi Magnífica recién estrenada. Luego bajé a una boulangeríe abierta en domingo en la que hube de esperar una cola de clientes para tomarme un café-créme con un croissant. Di un pequeño paseo y subí a esperar a mi hijo Lucas, que volaba desde Madrid y tuvo más suerte que yo con el espacio aéreo. Parafraseando una película de Almodóvar, podría yo decir entre suspiros: ꟷ¡Ay! Qué mal se ha portado conmigo el mundo de la aviación. Lucas subió sus cosas y nos bajamos a comer a un indio vegetariano que contralaba él y donde nos pusimos de verduretas hasta arriba. Luego dimos un largo paseo hasta la zona de La Villette y volvimos a recoger su equipaje para coger el tren de Lille. Arriba, en casa de Kike nos hicimos algún selfie también para mandárselo al titular de la vivienda.

Ayer lunes empecé mi programa previsto, tuve mi clase on line de yoga sin mayores problemas y salí a cenar con mi amigo Alexandre Pillado. Por la noche le comenté a Kike que mi amigo y paisano tiene exactamente 33 años y este fue su comentario: ꟷQué grande mi padre, se hace nuevos amigos de 33 años, eso no lo consigo casi ni yo. La verdad es que quedamos a las 18.30 para que me enseñara algunas operaciones urbanas en el entorno del restaurante, donde cenamos bien e hicimos una larga sobremesa, hasta que me dejó en la estación de Metro de su tocayo Alexandre Dumas como a las 22.30. No paramos de hablar de urbanismo y de la vida en general; cuando hay una conexión mental fuerte, la diferencia de edad no tiene ninguna incidencia. Nosotros teníamos esa conexión on line, pero la renovamos en persona.

Esta mañana he tenido problemas con el WiFi para mi clase de inglés, no sé a qué se deben, pero he de recuperar la hora perdida. Y a las 12.30 he quedado con Alain Sinou para una larga sesión de caminar por París, comer como cosacos y beber como irlandeses. Pero antes de ir a mi cita, quiero darles algunas informaciones de actualidad en relación con el mundo del rock y mis artistas favoritos. Para empezar, hace unas noches se concedieron los premios Grammy de este año, de los que ya les he comentado que es una vergüenza que Samantha Fish no tenga aún ninguno. Este año, para más inri, le han dado el premio al mejor documental musical del año al grabado durante el Festival de Jazz de Nueva Orleans, en donde Sam tuvo un papel relevante, hasta el punto que usan su imagen en el cartel promocional. En el anuncio del premio usaron esta imagen que ven abajo. Podemos decir que, a falta de un Grammy a su música y su maestría con la guitarra, le han dado uno al culo.

Siguiendo con el tema, les diré que este domingo se celebró la SuperBowl, en cuyo intermedio reapareció Rihanna en una actuación muy comentada, pero no quiero hablarles de eso, sino del equipo que se proclamó finalmente campeón: los KC Chiefs, el equipo de Kansas City y por tanto el equipo del que es fan declarada Samantha Fish. Abajo les pongo unas cuantas imágenes al respecto, una en el propio estadio de los Chiefs, otra con su gato vestidos ambos con los colores del equipo y por último la que ha usado la propia Sam para felicitar a su equipo, tocada con la gorra reglamentaria.

 

En cuanto a Ghalia Volt, les diré que estos días estaba cerrando una gira por Europa con su grupo, que ha concluido en su Bruselas natal con un concierto fastuoso, del que les pongo un tema que ya se ha subido a Youtube. Dentro de unos días empezará su siguiente tour, exclusivamente por España y en su versión One Woman Band, es decir, tocando ella sola todos los instrumentos. Por si no lo saben, esta mujer es hija de un belga y una señora de Motril, y tiene abuelos de Barbate. Por eso le tiene un especial cariño a nuestro país que es también el de sus ancestros maternos. Ya les he contado que tengo mi entrada reservada para verla en Madrid el día 23. De momento vean el vídeo citado.

Por último les anuncio que el gran Van Morrison, el maestro del rock al que muchos adoramos a pesar de ser un borde y encima antivacunas, sigue su producción infinita. A sus 77 años de edad, su discográfica acaba de anunciar la inminente publicación, el 10 de marzo, de un nuevo álbum de este señor, del que, a título de muestra, ha adelantado ya este sensacional tema Worried Man Blues, el blues del hombre preocupado. Es una tonadilla clásica del rítmo típico de Nueva Orleans, que les dejo de propina. Ni siquiera me da tiempo a repasar este post para ver si tiene erratas. Si pillan alguna, les pido disculpas. Sean buenos y disfruten del gran gruñón del rock.

martes, 7 de febrero de 2023

1.205. Una bendición papal

Mi vida es un blog, como ya he repetido muchas veces. Un blog que no da tregua. Apenas me da tiempo a contar lo que me va pasando, sin mucho margen para comentar otros asuntos. El miércoles 1 de febrero publiqué mi último post tempranito, acudí luego al mercado a reponer provisiones, comí algo que ya no recuerdo y me di mi cabezadita habitual. Me estaba ya preparando para ir a la clase de guitarra cuando me llamó Werner desde Asturias. Había noticias del grupo de Brazzaville. Y las noticias no eran buenas. Les recuerdo que el tema estaba en el siguiente punto: les habíamos mandado la enésima carta de invitación con la lista ampliada a doce nombres de los señores que querían venir a Madrid. Con esa lista, ellos tenían que negociar el visado para que les dejaran salir del país. Y ese visado debían sellárselo en la embajada de España. Un problema no menor: en Brazzaville no hay embajada de España.

La embajada que se ocupa de los asuntos de los españoles en el Congo-Brazzaville, es la de Kinshasa, en el otro Congo, al otro lado del río. Desesperados por la lentitud de los trámites, los dos principales impulsores del viaje decidieron cruzar el río Congo en alguna de las precarias barcas que unen sus dos orillas y pasar una rigurosa aduana entre dos países que desconfían uno del otro, lo que les permitió llegar a la embajada. Luego dejaron de atender nuestras llamadas, comportamiento típico africano, aunque también explicable por el alto costo de las llamadas a España desde un país extranjero. Y, según nos contaron finalmente cuando regresaron a Brazzaville, estaban a-puntito-a-puntito de que les dieran los doce visados. Les faltaba un último trámite rutinario, la firma de algún capitoste de la embajada. ¿Y qué fue lo que pasó? Pues que llegó el Papa.

Llegó el Papa Francisco a Kinshasa, como habrán podido ustedes saber por las noticias, y todo el Congo ex-belga se paralizó para recibirle. Se cerraron los edificios administrativos, el comercio y, por supuesto, las embajadas, entre ellas la española. El Congo es un país en guerra civil desde hace décadas y no se podían permitir que el Papa sufriera el menor incidente. Así que todo el mundo dejó sus trabajos, afanes y ocupaciones, para ir a vitorear al jefe de la iglesia católica, cuya piel y vestiduras blancas inmaculadas destacaban poderosamente entre la multitud negra, tono bakelita (el famoso negro teléfono) y sus coloridas vestimentas étnicas. Así pues la visita de la ONG Eveil d’Afrique se pospone sin fecha y veremos cuándo se puede reprogramar. No es una mala noticia para mí: con tanta incertidumbre estábamos organizando el programa de los africanos con cierta improvisación y bastante estrés y mejor será que lo hagamos con más tiempo. Así que, por mi parte, recupero esta tonadilla apócrifa que solíamos entonar en los tiempos gloriosos con el Coronel Groucho.

A la vuelta de mi clase de guitarra, me puse a mandar correos y whatsapps a todos los implicados, para que el jueves por la mañana anularan las reservas de sala y autobús y dejaran de agobiarse con las presentaciones en francés y todo lo demás, hasta que tengamos la nueva fecha. No se lo había contado, pero yo había contactado con mi amigo César Hernández, que controla el mundo de los activistas climáticos de Madrid (él mismo pertenece al colectivo Arriba Las Ramas, que cada fin de semana organiza y coordina a grupos vecinales que quieren plantar árboles), para que se reunieran con los africanos una tarde, de cara a establecer redes de contactos con ellos y explicarles sus prácticas habituales. Le escribí también para informarle del aplazamiento y el motivo que lo había causado. Su respuesta: Qué alivio, iba muy retrasado con la organización del acto, casi nadie me había contestado, el retraso me viene muy bien, para mí esto ha sido una bendición papal. Pues ya tenía el título para este post.

También con cierto alivio me acosté yo el miércoles tras la intervención oportuna de la divinidad. Pero ya saben que mi sinvivir no da tregua y el jueves hube de madrugar para estar a las diez en punto en la cafetería de la universidad Antonio de Nebrija, en el edificio rehabilitado para ese uso en un antiguo complejo militar detrás del cuartel del Conde Duque. La escuela de arquitectura de esta universidad privada se ha trasladado allí después del verano y debía reunirme en el bar con la investigadora urbanística sueca Jenny Stenberg y mi amiga Alexandra Delgado, que da clases en la citada escuela. Había una cuarta persona citada pero no apareció, al parecer había confundido la fecha. El bar era un lugar bastante ruidoso, así que le pedimos a Alexandra que buscara un aula. Y estuvimos allí buena parte de la mañana.

Jenny es una mujer no mucho más joven que yo, muy agradable, catedrática de urbanismo de la facultad de Goteborg recién jubilada de la enseñanza, pero que continúa con una amplia y nutrida tarea de activista urbana. Con unos colegas pretende montar un sistema de participación ciudadana digital desde la sociedad civil para colaborar con las administraciones. De su bolsillo se había pagado una semana en Barcelona y otra en Madrid para estudiar bien sus sistemas municipales de participación ciudadana y aplicar lo aprendido en Goteborg. Aunque justo es decir que se trata de una señora que adora nuestro país, que tiene numerosos contactos por aquí y que maneja un castellano bastante apañado, lo que facilitó nuestra tarea.

Yo le di mis opiniones al respecto. Para mí, la participación por medios digitales no puede sustituir nunca a la presencial. Sí puede complementarla. Para temas sencillos puede resultar más ágil, pero es más manipulable y deja fuera a mucha gente por la famosa brecha digital. Le puse diversos ejemplos de procesos desarrollados en Madrid, a partir del sistema https://decide.madrid.es/ creado por Carmena y funcionando al tran tran con el nuevo equipo del señor Almeida. Le conté que el primer proceso puesto en marcha fue el de la Plaza de España y que ahí el equipo pecó de novato. Se preguntó a la ciudadanía primero qué preguntas debían hacerse para empezar a hacer la participación. Votaron cuatro gatos, que tuvieron que elegir entre una serie de preguntas que se les planteaban. Algo bastante kafkiano, como ven. Luego se hizo una segunda encuesta en la que los ciudadanos debían responder a estas preguntas.

En esta segunda consulta ya entraron unos pocos más. Con sus respuestas se elaboró un documento de condiciones para un concurso de anteproyectos, al que se presentaron una docena de propuestas. Estos anteproyectos fueron examinados por un jurado profesional del COAM, que eligió dos finalistas. Y sobre estos dos volvió a votar la ciudadanía. En realidad, los esforzados ciudadanos votaban entre dos renders, planos de imagen hechos por ordenador, que salen siempre muy verdes y llenos de árboles, porque, si el papel lo aguanta todo, el render ya ni les cuento. Tampoco estos ciudadanos tenían una formación arquitectónica o urbanística que les permitiera tener un criterio bien formado para estudiarse el resto de la documentación presentada.

El caso es que la competición final fue ganada por el equipo de mi amigo Fernando Porras, a quien mi querida África bautizó hace años muy acertadamente como Don Porras, y así lo vamos a llamar en adelante en el blog. Don Porras había contratado a un equipo de delineantes digitales que le hicieron unos renders de lo más vistoso, pero tenía poco más avanzado el tema. Tuvo entonces que ponerse a redactar el proyecto de ejecución, algo que requiere mucho trabajo y tiempo. Y luego, con ese proyecto, hay que licitar, procedimiento obligatorio establecido por la Ley de Contratos de las Administraciones Públicas, para evitar que los concejales y otros especímenes similares, le contraten la obra a su hermano o al cuñao de su prima hermana. La Ley establece un proceso prolijo y desesperante que no les voy a detallar aquí.

¿Por qué les estoy contando todo esto? Pues porque eso explica el hecho cierto de que, cuando se celebraron las siguientes elecciones locales, en la Plaza de España, proyecto estrella del equipo Carmena, únicamente se habían llegado a colocar las vallas perimetrales de la obra. Se lo puedo jurar. Menos mal que El Topillo decidió seguir adelante con la obra, a él le da igual de dónde venga el proyecto: con tal de meter la taladradora en el suelo, tira para adelante. Gracias a eso, ahora tenemos una plaza reformada, en la que yo encuentro más aspectos positivos que negativos, aunque no se parezca al render sobre el que se votó. En resumen, que a la señora Jenny Stenberg este proceso se lo puse como un ejemplo de cómo no se debe organizar la participación. No quiero cansarles con más detalles de nuestra entrevista. A la salida, le pedimos a una alumna del centro que nos hiciera unas fotos y aquí tiene una.

Supongo que no tienen ninguna duda sobre cuál es la sueca y cuál la española entre mis dos compañeras. También les destaco que yo iba perfectamente maqueado con mi abrigo de skater fabricado en cordura y mi mochila para ir después al yoga. Jenny pidió ver algún ejemplo de resultado de procesos de participación y estábamos cerca de la Plaza de España. Alexandra se despidió y yo acompañé a nuestra invitada a recorrer la Plaza de España, los jardines del Templo de Debod y los diseñados por Sabatini junto al Palacio Real. Estos tres espacios públicos están ahora interconectados gracias al proyecto. La acompañé finalmente al Metro, no sin antes decirle que me encantaría encontrarme con ella en Goteborg, ciudad que he visitado dos veces, en ambas ocasiones cruzando en tren el puente internacional que la une a Copenhague.

Y me fui caminando por el centro en dirección a la escuela de yoga. Tomé Bailén hasta Mayor y atajé por Sacramento. Pasando ante la Basílica Pontificia de San Miguel, descubrí que estaba abierta, algo bastante infrecuente. Y decidí entrar a verla (nunca la había visitado), porque tenía tiempo y además, este post está centrado en temáticas vaticanas. Había una misa en curso a la que me sumé, incluso simulando que me santiguaba cuando tocaba. Asistían a la ceremonia exactamente diecisiete personas, contándome a mí. Todos bastante mayores, si bien detecté un par de varones jóvenes con aires de meapilas. He leído luego que la iglesia pertenece a la Nunciatura, cuya sede está enfrente, y que esta institución encargó a mediados del siglo pasado su custodia y mantenimiento al Opus Dei. Lo cierto es que es una iglesia barroca preciosa, con planta de cruz latina, fachada convexa y con una conservación perfecta.

Tras la misa se dispusieron a cerrar la Basílica y yo caminé hasta la cercana academia de yoga. Tras la habitual colación en el Ricla con mis amigos (garbanzos con pie de cerdo y setas) bajé a casa para un descanso breve, porque a las siete quería estar en el COAM para la presentación del libro España Fea, escrito por un periodista de El País especializado en viajes, que ha reunido diversos ejemplos de malos resultados de la praxis urbanística en España. Estaba interesado en asistir a esta presentación, porque en ella ejercía de moderador mi amigo Jesús Sanvicente y en el coloquio participaban además Enrique Bardají, que fuera Gerente de Urbanismo en los mejores años de Tierno Galván, el arriba citado Don Porras, Amparo Berlinches experta en conservación de patrimonio y una arquitecta catalana que se definió como activista urbana y que asegura que, nada más acabar la carrera, hizo una especie de juramento hipocrático comprometiéndose a no hacer ningún proyecto de obra nueva, sólo rehabilitaciones, ya ven qué personaje.

El acto estuvo bien, al final me compré el libro porque tengo curiosidad por leerlo, pero no me puse en la cola para que me lo firmara el autor. Me pareció un tipo de esos que va escarbando por ahí a ver si encuentra mierda, que ha encontrado obviamente mucha y que, desde el punto de vista editorial, ha acertado poniéndole al libro un título resultón y un subtítulo bastante tramposo y exagerado, como verán abajo. El personal que acudió al acto no era el típico de arquitectos, sino más bien de esa gente ceniza que está encantada de que descubramos que somos un país de impresentables y chapuzas y refocilarse en ese sentimiento negativo, al que ya saben que no me adhiero para nada. Nos iría mejor como colectivo si nos quitáramos de encima ciertos complejos. Vean la portada que les digo y seguimos.

Respecto a esto, está claro que la parte nueva de todas las ciudades y pueblos de nuestra geografía es muy desacertada y fea (con una excepción que luego les digo), pero es más o menos lo que sucede en muchos otros países. En cuanto el negocio inmobiliario encuentra un nicho del que extraer valor, prima el negocio sobre cualquier otra característica. Pero hay desastres urbanísticos donde no se vive tan mal y no es muy correcto mezclar el mal urbanismo con lo feo o bonito, que es un concepto estético y subjetivo. En general, el autor me pareció un tipo encantado de haberse conocido a sí mismo, muy ufano con los casos que había descubierto él solo y nadie más y en resumen, un personaje cercano a lo que en la novela negra se conoce como el huelebraguetas: el buscador de mierda profesional.  

Yo que me he movido por el mundo, más bien sostengo que es una gilipollez que nos creamos la leyenda negra que nos han colgado desde fuera de forma interesada. Yo tengo claro que los franceses trabajan menos que nosotros, que los alemanes no son tan perfectos y ordenados como se dice, que los belgas son unos bolos, los holandeses unos prepotentes, los británicos un poco insoportables y encima todos aguantan climas mucho peores que el nuestro. Aquí hacemos barrabasadas y no nos quitamos de encima el estigma de la corrupción, pero somos un país cojonudo, al que no hacen el suficiente honor sus políticos (ni sus periodistas). Se habló de cambiar la legislación, idea que alguien puntualizó: lo que hay que hacer es cumplirla. 

La Ley del Suelo de 1956 era fabulosa, lo mismo que su reforma de 1975. El problema es que nadie la cumplía y el ejemplo del que antes les hablaba como excepción es Vitoria. Allí, en pleno franquismo, hubo un alcalde del régimen que ordenó que, si la Ley era esa, se cumpliera a rajatabla. Hoy Vitoria es una ciudad cuya parte nueva es tan agradable para vivir como la antigua. Y además se ha creado una cultura urbanística que les ha permitido desarrollar un anillo verde que es hoy una referencia mundial. Se metieron también con la administración en general, tildada de madre de todos los desmanes, y tuvo que ser Bardají quien saliera a decir que hay que diferenciar a nuestros excelentes funcionarios de los políticos que les ponen por encima. Podría yo hablar mucho al respecto.

Con mi libro bajo el brazo caminé hasta la taberna de Ángel Sierra en Chueca para tomarme un vermú y quitarme el mal sabor de boca. Y dormí como un Papa tras un día tan largo y lleno de cosas. El viernes estuve toda la mañana haciendo gestiones con el ordenador, tanto en relación con la cancelación de la visita de Brazzaville como con la programación de las semanas próximas. A medio día me acerqué al edificio APOT, donde había quedado con mi compañera M. para comer en torno a unas cervezas y comentar con ella diversos aspectos que necesitaba contrastar de cara a prepararme mi clase del día 17 con Alain. Aproveché para felicitarla por el éxito de las jornadas de difusión del Bosque Metropolitano, que resultaron redondas. Y volví con el coche, directo a una breve siesta.

Porque a las siete de la tarde estaba citado con mi grupo de forofos de la farándula para ver la adaptación del clásico de Óscar Wilde La importancia de llamarse Ernesto. Es una función extraordinaria, que les recomiendo sin dudarlo. La obra, que tiene más de 100 años, es maravillosa (Oscar Wilde era un genio) y la adaptación es fabulosa, transmutada en una especie de musical americano, con unos actores que cantan y tocan diferentes instrumentos y con una escenografía y un ritmo escénico soberbios. Abajo una foto del elenco. Para colmo, nos juntamos luego algunos de los contertulios y nos tomamos unas raciones con unos dobles de cerveza en la Cervecería Santa Ana, con presencia especial de mi amigo X, el Ateo Piadoso y otros ilustres amigos y seguidores de mi blog.

El sábado tuve una clase de inglés de dos horas, de diez a doce, para recuperar las dos clases perdidas en la semana. Por la tarde vi entero un reciente concierto de Samantha Fish que acababan de colgar en Youtube y luego seguí el partido del Dépor en el que finalmente ganó por un penalti en los últimos minutos. El domingo salí a correr por el Retiro e hice una buena marca en mis 6,5 kms. El resto de la mañana estuve tranquilo, en casa y por la tarde tuve que coger el coche para acercarme a Coslada para un asunto de los que no se cuentan en el blog. Ayer lunes me acerqué por la mañana al APOT a intentar concretar una nueva fecha para el grupo de Brazzaville, fecha que les hemos enviado ya por Whatsapp. De allí me fui al yoga, comí algo en el Ricla y me volví a casa a escribir este post. Pero a las 9 hube de dejar de escribir, porque había quedado para salir a tomar algo con Werner, que anda por aquí porque ya tenía sus billetes y no los ha podido devolver.

Y queda resumir rápidamente el sinvivir prospectivo, mi programa para los días venideros. Hoy será mi último día de tranquilidad, para ir pensando en la preparación de mi charla y también en mi equipaje. Mañana miércoles he quedado a comer en La Llorería con dos amigas vinculadas a uno de los proyectos de Reinventing Cities que se están desarrollando y a las que hace casi dos años que no veo. Por la noche tengo clase de guitarra. El jueves tengo clase de inglés y yoga. A lo largo del día vienen mis hijos, Kike con su novia y Lucas solo. Vienen para asistir a una boda que será el sábado. El viernes estaremos todos juntos y por la noche tengo teatro de nuevo: Amistad, dirigida por Juan Mayorga esta vez en el Matadero. El sábado salgo en avión a París. Voy a casa de Kike que tiene que darme la llave.

El domingo, Lucas vuela a Paris por la mañana, así que comeré con él en alguna brasserie, antes de que coja el tren a Lille por la tarde. Y por la noche llega su hermano con su chica. El lunes he quedado a cenar con un paisano que se llama Alexandre Pillado, coruñés nacionalista que estudió en Paris e hizo una especie de tesis sobre el modelo Reinventing, para lo que sostuvimos varias charlas on line y desde entonces estamos conectados. El martes posiblemente me encuentre con Alain a comer y dar una de sus vueltas largas por la ciudad, mientras concretamos los términos de mi clase. El miércoles me he citado con Hélène Chartier, la directora de Reinventing Cities, con la que tengo muy buena sintonía. Imagino que comeremos juntos.

El jueves tal vez esté en casa centrado en prepararme mi clase. He de añadir que pienso cumplir con mis clases de inglés y yoga en versión on line, de forma que sólo me pierdo el running y la guitarra. El viernes estaré todo el día centrado en la clase, la posterior comida y el previsible gin-tonic. El sábado, mis anfitriones y yo cogeremos un tren a Lens, para ver la extensión del Louvre, un edificio construido según el proyecto del estudio japonés SANAA, ganadores del Pritzker hace unos diez años, un lugar que tengo muchas ganas de visitar. Nos reuniremos allí con Lucas, que bajará desde Lille, para ver el museo y comer por allí. Por la tarde cogeremos todos el tren a Lille, donde al día siguiente, domingo, celebraremos mi 72 cumpleaños. El domingo por la tarde me vuelvo con Kike y su chica a París y el lunes cojo el vuelo de vuelta a Madrid. Un plan fabuloso, como ven.



Después tengo el concierto de Ghalia Volt el día 23, cuyo cartel de anuncio de gira tienen aquí arriba. Esta gira la organiza Jose Peinado, mi amigo y organizador de festivales de Jerez de la Frontera y estoy implicado en el tema, porque la chica viene en una furgoneta desde Bélgica con todos sus amplis y aparatos diversos y he de ser yo quien le facilite el permiso para entrar en Madrid Central y descargarlo todo en la sala. Y aún me queda la posible llegada de los de Brazzaville del 25 hasta el 5 de marzo y a continuación la visita de Alain con los alumnos de su máster. Hasta el día 12 de marzo no tendré un poco de tranquilidad. Y he de decirles que ya tengo un gatito apalabrado, pero he pedido que me lo retengan hasta el día 12, porque quiero estar en casa para darle la bienvenida, que nos conozcamos mutuamente y que aprenda a vivir conmigo. De momento sólo tengo un vídeo que les dejo de despedida. Ya que hemos hablado del Papa, en vez del tradicional Que sean buenos, me despediré diciendo Podéis ir en paz