domingo, 29 de octubre de 2023

1.254. Living in the City

Pues continúo siendo un londinense de pro, aquí instalado en la casa de mi hijo Lucas en el barrio de Hackney Wick, en un entorno de casas de ladrillo de tres o cuatro plantas, con numerosos jardines intercalados, por los que pululan los zorros como Pedro por su casa, unos animales preciosos, no muy sociables, pero tampoco peligrosos como los coyotes de San Francisco. El día 2 de mi viaje, me levanté, desayuné con los demás, que se iban pronto a trabajar, y eché a caminar siguiendo la traza del autobús 26, todo a lo largo de la Hackney Road hasta desembocar en la Shoreditch High Avenue, que gira ligeramente hacia el sur en dirección al London Bridge. Ya saben que uno de mis entretenimientos favoritos es caminar a la deriva por una ciudad grande, explorando el territorio y observando a la gente, los escaparates, los autobuses, los buzones de correos o los semáforos. Esto es algo muy variado y entretenido si la ciudad es grande y Londres es una de las ciudades más grandes de este mundo occidental en el que hemos tenido la buena suerte de nacer.

Hace años lo sintetizaba el gran Stevie Wonder en este tema de su época más brillante: Living for the city. Es acojonante que hayan pasado ya 50 años desde este tema fastuoso, que a mí me encantaba en su tiempo. Wonder tenía entonces 23 añitos y estaba en la vanguardia más exquisita de la música rock. Yo le vi actuar años después en Madrid, en donde estrenó su tema I just called to say I love you, que ya pronosticaba una deriva hacia mundos más comerciales. Después vino lo de si bebes no conduscas y el tipo no tardó mucho en retirarse. Ahora con 73 años, imagino que sigue viviendo de los derechos de autor de sus muchas canciones compuestas en aquellos años dorados. El vídeo es largo y, puesto que no tiene imágenes, les aconsejo que se la dejen de fondo: reproduce muy bien el bullicio de barrios como los que les voy a describir después.

Bien, siguiendo mi camino, rebasé la zona de Spitalfields, y me fijé en una galería de techos abovedados con numerosos bares y terrazas, bastante concurrida a esas horas. Se llama el Leadenhall y entre los bares localicé uno francés en donde me senté a tomarme un café-crème con un croissant digno de las panaderías de París. Unas imágenes del Leadenhall Market.



Continué hacia el sur y, ya cerca del río, me encontré el gigantesco obelisco que conmemora el gran incendio de Londres del que les hablé el otro día. Es altísimo y, como todos en esta ciudad, está encajonado entre los edificios, no tiene un espacio circundante o una perspectiva que lo dignifique, como los que existen en Paris. Parece que se puede visitar por dentro, donde tiene una escalera que remata en un mirador pero, cuando yo pasé estaba cerrado y un cartel en la puerta remitía a la página de Internet para ver los horarios. La estación de Metro de la zona, se llama significativamente Monumento. Seguí adelante y crucé el London Bridge, en donde me hice un selphie, que pueden ver debajo de la foto del Monumento.


Ya al otro lado del río, bajé unas escaleritas y estuve un buen rato callejeando por esta zona londinense plagada de pubs, galerías de arte y centros culturales. Desemboqué luego junto a la estación de tren London Bridge, a cuyo costado se erige el rascacielos del Shard. Me habían hablado de subir hasta la balconada superior desde la que se ve una panorámica impresionante de la ciudad. Pero, llegado a la puerta, me disuadieron dos circunstancias. Tendría que hacer una cola de hora y media, según me especificaron los vigilantes de la puerta. Y la cosa costaba 32 libras, o sea unos 40 euros. Decidí pasar de momento del tema. Me gusta mucho subir a sitios altos para ver desde arriba el trazado de las ciudades y comprobar que los planos parcelarios son verdad. Pero turistadas, las justas, porque no me gusta ni que me estafen ni las aglomeraciones de turismo tóxico o pedorro.

Continué pues mi camino y arribé al Borough Market, un enorme mercado de alimentación, permanente y no callejero, también cubierto y que empezaba a tener una animación muy grande porque los londinenses empiezan a comer a las 12.30pm. Me tiré un rato viendo los puestos en los que se vendía de todo, intercalados con lugares de comida para llevar y bares para tomarte una pinta. Me empezaba a entrar hambre con tanta vista de comidas, así que paré en un puesto donde me pedí una especie de tosta con tomate, mozarella y rúcula que me despachó un hindú y que estaba muy buena. Localicé entonces un bar en el que se servía Estrella Galicia con el clásico grifo de cerámica de Sargadelos. Allí, una chica rubia muy joven y amable me atendió enseguida y me puso una pinta.




El bar estaba casi vacío, porque los currantes de las oficinas del entorno comen apenas un sándwich y han de seguir trabajando luego, por lo que lo suelen acompañar con agua o zumos. Eso me permitió pegar la hebra con la chica que estaba bastante desocupada. Le conté que esa cerveza se fabrica en mi home-town, que yo visité la fábrica de niño con el colegio y que, sin duda, es para mí la mejor cerveza del mundo. Ella me dijo que la Estrella Galicia le parecía demasiado amarga, que prefiere la Peroni. Se llamaba Chloe y era australiana. Había venido a Londres a estudiar en una escuela de negocios y trabajaba para poder vivir en esta ciudad tan cara. Le pregunté si añoraba volver a su tierra. Me contestó que absolutamente. Que Londres es una maravilla para una temporada, pero que tiene un clima de mierda, que lo que más echaba de menos de su tierra era el calor y las enormes playas solitarias.

A estas alturas ya se habrán dado cuenta de que mi conocimiento del inglés, gracias a Ed, es ya bastante bueno y me permite entenderme por la calle con casi todo el mundo. En estos primeros días me vine arriba en este aspecto, pero luego algunos pequeños incidentes y malentendidos me pusieron otra vez en mi lugar. Seguí caminando por este agradable barrio al sur del Támesis y llegué al Shakespeare Globe, un teatro que se ha reconstruido exactamente para reproducir las condiciones de los teatros en los que Shakespeare representaba sus obras. Por cierto, si no la han leído, les recomiendo la novela Hamnet (Maggie O’Farrell, 2020), un libro maravilloso en el que se describe ese ambiente. Además del auditorio al aire libre, tiene un museo y una biblioteca que se pueden recorrer por un precio moderado, pero me encontré que el lugar estaba también petao de turistas pedorros, a pesar de ser un martes por la mañana. Esto del turismo masivo es como una pandemia.

De todas maneras me pude informar de que por las tardes hay representaciones, que hay entradas de pie para estar en el foso a precios entre 5 y 10 libras y de que no suele haber problemas para sacarlas un rato antes en días entre semana. Y me enteré también de que una de las obras que se estaban representando hasta final de octubre era Macbeth. Desde allí caminé hasta el cercano muelle del Támesis y decidí coger el barco turístico que se llama el Uber Boat. Es algo que quería hacer también. Lo cogí en dirección Este, hacia la desembocadura del río, ida y vuelta, un trayecto que se lleva en total algo más de una hora. La penúltima parada es en Greenwich, por donde pasa el meridiano, un nombre que no se pronuncia como ustedes se creen, sino algo así como grinich. Algunas fotos del trayecto fluvial.




Nada más subirme en el barco, un inglés a mi lado, que también viajaba solo, me dijo algo que no entendí de primeras, señalando a mi espalda. Primero creí que era alguna especie de timo, pero el tipo insistía y entonces entendí que me decía algo de un pájaro, señalaba el cielo y repetía right now, ahora mismo. Me dio un vuelco el corazón cuando intuí lo que me estaba intentando explicar, me quité rápidamente mi abrigo de skater y comprobé lo que me temía: en el exterior de la capucha había una cagada gigantesca, tipo cigüeño, todavía fresca y deslizándose. Al ver la cara de desolación que puse, mi amigo me dijo: no se disguste, hombre, eso dicen que trae buena suerte. Mientras sacaba un kleenex para intentar remediar el desaguisado, le contesté que yo no quería tener más suerte, que me bastaba con mantener la que voy manteniendo hasta ahora, respuesta que le suscitó una gran carcajada. Yo no puedo decir lo mismo –cerró la conversación.

De vuelta al embarcadero, rebasé el Shakespeare Globe y me dirigí a la Tate Modern, comprobando por primera vez otra característica típicamente londinense: aquí los museos son gratis. Un gusto. El edificio del museo es una maravilla, está formado por dos edificaciones, una de ellas construida sobre una antigua factoría industrial, unidas ambas por pasadizos en altura. Pueden encontrar fotos en Internet, mejores que las que yo pude hacer con el día ya anocheciendo y todo el tiempo con una lluvia persistente. No soy yo muy de museos, pero este lo quería visitar preferentemente. Las colecciones permanentes tienen un montón de arte actual de los cinco continentes y resulta abrumador, aunque yo este tipo de arte contemporáneo no lo acabo de entender completamente.

Yo me quedé en Picasso y los cubistas. De lo de después, apenas Rotcho y Pollock (este sólo después de ver la película sobre él, con una interpretación sobresaliente de Ed Harris). Pero el lugar es muy agradable, no está demasiado lleno de turistas y me pasé allí mis buenas dos horas. Después regresé sobre mis pasos a través de la zona de tabernas y pubs, muy concurridos a pesar de la lluvia, subí la escalera al puente y caminé hasta la parada del 26 en Camomille Street, para volver a casa. Cuando les conté a mis anfitriones todo lo que había hecho en mi primer día completo en Londres, me dijeron: Si ya lo has visto todo, ¿qué vas a hacer los demás días? Acompañé luego a Lucas hasta un Lidl en donde tenía que hacer compras, atravesando por primera vez el barrio de Hackney Wicks que me pareció precioso. Nos cenamos unas salchichas bratwurst recién compradas, con puré de patatas y nos fuimos a dormir. Y eso fue todo en mi segundo día de aventuras.

El miércoles, desayuné en casa, volví a coger el 26 hasta Camomille street y repetí de café en el bar francés de Leadenhall Market, esta vez con un pain-au-chocolat. Caminé entonces sin cruzar el río, hasta llegar al castillo conocido como la Torre de Londres. Era ya un poco tarde y las colas de nuevo monstruosas, así que me limité a recorrerlo por fuera. Es lo que más quería ver, porque he visto ya muchos palacios reales y el que más me ha gustado sigue siendo el de Madrid. Crucé luego a ver el famoso puente, que tal vez sí visite por dentro alguno de estos días. Y volví sobre mis pasos. Pero antes vean algunas imágenes del lugar.





Me acerqué entonces a un lugar que se conoce como el Garden at 120. Es un edificio de 15 plantas, en pleno centro de la zona de rascacielos de la City, a cuyo techo se puede subir gratis. Hice una cola de apenas 10 minutos y subí a ver el panorama. Les pongo algunas de las vistas que tomé, incluyendo una en la que asoma un edificio hermano de la torre Agbar de Barcelona y un detalle de alguien trabajando en una de las oficinas en un ambiente bastante Blade Runner.  




Continué mi ruta hacia el Oeste en paralelo al río y llegué a la catedral: la Saint Paul Cathedral. También la recorrí por fuera, ya saben que no me gusta tener que pagar por ver iglesias, pero además no tenía tiempo porque debía de coger un Metro para mi cita del mediodía. Pero antes tomé un par de fotos de la catedral y otra de un pequeño memorial en honor a los caídos en la Segunda Guerra Mundial que pertenecían al cuerpo de pilotos de combate, cuyos nombres están grabados en el pedestal y son muchísimos. En la escultura, uno de ellos parece señalar a sus compañeros: por ahí, por ahí viene el enemigo.



Enfrente mismo de la catedral cogí el Metro, la línea Circle, y me desplacé hacia el Oeste, casi fuera de Londres, al barrio de Ealing Broadway. Allí había reservado para comer en el restaurante Rayuela. Recuerden una historia que les conté. En julio fui con mis amigos Críspulo y Henry Guitar al Festival de Blues de Béjar. Para acudir a las actuaciones habíamos comprado sendos abonos, que al llegar se materializaban en una pulsera de plástico que nos permitía entrar y salir cuantas veces quisiéramos de la plaza de toros donde tenían lugar los conciertos. Y durante los días del festival, nos tocó ver a algunos músicos particularmente cansinos o que no nos interesaban especialmente (yo iba casi exclusivamente a ver a Vanessa Collier y a Tommy Castro). Cuando eso sucedía, nos salíamos a beber y comer raciones al bar que estaba al lado, llamado El Nido de Susi, que tenía cosas muy ricas, buena atención y una terraza estupenda.

Tanto entrar y salir, hicimos amistad con la Susi del nombre. En algún momento yo le pregunté cómo era que llevaba ese negocio tan grande ella sola, con dos o tres camareros a sus órdenes. Me contó que había montado el negocio con su hermano; que luego el hermano se había ido a Londres a ayudar a un amigo al que no le iba muy bien con el bar que había montado, que luego el amigo se desanimó y se volvió, pero su hermano ya se quedó. Yo le conté que probablemente viniera a Londres en octubre (por aquel entonces mi hijo no había encontrado trabajo aquí y seguía viviendo en Lille, pero yo confiaba ciegamente en que lo conseguiría). Entonces me dijo que no dejara de visitar a su hermano, que el restaurante se llama Rayuela y su hermano Pedro Cubino; son primos del ciclista ya retirado Lale Cubino, tal vez el bejarano más ilustre. Le prometí hacerlo. El último día, ya como a las cuatro de la mañana, me dijo que tenía las piernas muy cargadas después de una jornada agotadora. Y entonces le enseñé a hacer diversos estiramientos, para sorpresa de mis amigos, y me dijo que, efectivamente, la aliviaban bastante.

Así que yo busqué el Rayuela, que está en una zona de la periferia, muy próxima ya al aeropuerto de Heathrow, y que tiene un centro peatonal bastante agradable, donde está el restaurante. Me recibió un chaval bastante joven y la conversación fue como sigue. Good morning, I have a reservation for one person, OK you can sit down where you want. ¿Hablas español. Sí, claro. Y te llamas Pedro Cubino… No, Pedro es mi socio, que está allí al fondo en la cocina. Vale, yo me voy a sentar aquí y voy a comer, pero haz el favor de decirle a tu socio que lo quiero saludar y le traigo recuerdos de su hermana Susana. El tipo ahuecó la mano para gritar hacia el fondo: ¡¡Pedro, que aquí la policía pregunta por ti!! El hombre miró con curiosidad, pero al ver mi aspecto y mi sonrisa se tranquilizó.

El restaurante tiene una fachada estrecha y es alargado, con dos filas de mesas a los lados y la cocina abierta al fondo y separada por un mostrador donde los cocineros van poniendo los platos. Es un espacio coqueto y decorado con mucho gusto hasta el último detalle, un poco en la línea de los restaurantes nuevos, como La Llorería de mi amigo José. Tenían un menú del día de 22 libras en el que escogí unos pimientos de Padrón y un plato de calderillo, que es una especialidad bejarana. Yo lo acompañé con un doble de cerveza Alhambra de presión y una copa de rioja de la casa, lo que me subió notablemente la cuenta. Ofrecen exclusivamente cocina española, aunque sus clientes son cien por cien ingleses, pero que adoran nuestra gastronomía que conocen de veranear en nuestras playas.

Pedro es un cincuentón, pero yo no lo identifiqué porque Susi no me dijo si era su hermano mayor o el más pequeño. Cuando cerró el local a las tres, hicimos una larga sobremesa y me contó su vida. Efectivamente, había venido a Londres a ayudar a un amigo, pero inmediatamente se había enamorado de la ciudad, donde llevaba ya once años. Primero tenía un coffee shop, que se mantiene al lado y que se llama Reineta. Como les iba muy bien y estaban haciendo ya un capitalito, decidieron invertirlo todo en el restaurante, que lleva abierto año y medio. Y, si un día se ven otra vez fuertes, repetirían la jugada abriendo una coctelería. Me dijo también que vive solo, que Londres es muy caro, pero que él ya no tiene edad para compartir piso y que su casa está entre el restaurante y el aeropuerto. Y que no se plantea otra alternativa que la de seguir en Londres, donde está muy a gusto.

Hablamos largo y tendido y antes de despedirme, le pedí que nos hiciéramos unas fotos para que se las mandara a su hermana él, puesto que yo no me quedé con su número de móvil. Como imagino que la chica hará amigos durante todo el año y tal vez no me recuerde, le pedí que le especificara que se trataba del tipo que le enseñó a hacer estiramientos. Nos hicimos las fotos, me dio un taco de tarjetas del restaurante para que las reparta por ahí, nos dimos un abrazo y me volví al Metro. Abajo les pongo las fotos y una de la tarjeta, por si vienen a Londres y quieren comer comida española de calidad. Les diré también que tomé el Metro hasta el centro de la ciudad, que en Liverpool Street subí a coger el 26 y que llegué a casa ya anocheciendo. Mi tercer día de viaje lo terminé invitando a cenar a Lucas y a su chica en un restaurante tailandés de comida muy picante, en el cual, contra mi costumbre, tuve que pedir que me pusieran en un túper la mitad de mi curry, porque estaba muy lleno del calderillo del mediodía. Sean felices.



jueves, 26 de octubre de 2023

1.253. Londoner de pleno derecho

Sí, ya lo soy, porque esta ciudad enamora como ninguna, entiendo que mucha gente se radique aquí y ya no se quiera ir, salvando los inconvenientes de la carestía de la vivienda y el transporte también bastante caro; lo demás es más o menos como en cualquier otra ciudad grande y, además, los sueldos son también muy altos. Con la tontuna del Brexit (al que los londoners votaron masivamente en contra, como los escoceses y las jóvenes generaciones), aquí hay una oferta de trabajo muy atractiva y permanente: con las dificultades que se ponen a la inmigración, incluso hay vacantes difíciles de cubrir. Pero vayamos al principio de mi viaje, porque muchos de mis lectores más sedentarios se preguntan por qué me meto yo en semejantes líos pudiendo estar en casa con mi querido Tarik Marcelino, a cubierto de tormentas, inundaciones, bombardeos y otras calamidades que asedian a los ciudadanos de a pie y específicamente a los viajeros, más el coñazo de los cruces de frontera, con sus colas y controles de documentación y seguridad.

Como les conté, el jueves 12 tuve una jornada bastante intensa, a pesar de la suspensión de la clase de inglés, en la que estuve escribiéndoles el post anterior, lo que compatibilicé con bajar a ponerme la doble vacuna, comer, asistir a un webinar del grupo C40 sobre propuestas de vivienda asequible (que es una cuestión candente en todo el mundo), ir a mi clase de yoga y ya de anochecida acudir al aeropuerto a recoger a una amiga que llegaba de Budapest, todo ello en medio de un diluvio nunca visto en la ciudad, que generaba inundaciones peligrosas en los accesos a las autopistas y charcos gigantes en la calzada que obligaban a ir muy despacio para no tener algún problema gordo. Pero llegué a casa finalmente, para encontrarme que me dolían un montón los dos pinchazos en los brazos y, nada más acostarme, me sobrevino una especie de tiritona aguda, que Tarik captó enseguida y por la que me preguntó extrañado con su lenguaje explícito de maullidos. Era la reacción a la vacuna, que me obligó a tomarme un ibuprofeno y abrigarme bien.

El viernes me levanté mejor, aunque algo cansado y hube de ocuparme de algunos asuntos de intendencia que no tienen mayor interés para ser reseñados aquí, lo que me dejó, digamos, preparado en boxes para mi viaje, únicamente pendiente de llevar a Tarik a casa de África y hacer mi equipaje. El sábado, me levanté, me tomé un café bebido y caminé hasta la academia de yoga para mi última clase hasta la vuelta. Luego me pasé por La Casa de las Torrijas para mi habitual desayuno post-yoga y volví a casa. Me cociné un par de lomos de salmón al microondas con arroz basmati y salsa de soja, descansé un rato y luego me dispuse a llevar al gato a su alojamiento temporal. Algo que no dejé de hacer sin un marcado sentimiento de culpabilidad. Con lo majo que es este animalito, es una faena imperdonable que yo lo coja en alto y lo introduzca en el transportín para llevarlo a sabe Dios dónde. Me sentí claramente culpable y sin posibilidad de autorredimirme.

El bueno de Tarik no hizo ningún gesto o maullido de protesta, es un gato confiado y cree que no le puede llegar ningún mal de mi parte. Cogí un taxi en la Castellana, tras asegurarme de que el taxista no era alérgico a los gatos. No sólo no lo era, sino que era un gatero inveterado, que tenía dos gatas en casa a las que adoraba. A pesar de ser sábado por la tarde, había un atasco considerable en el centro de Madrid, resultado de la inexistente política de movilidad del equipo del señor Almeida y su hombre fuerte Borja Carburante. Yo iba hablando todo el rato con el taxista, hasta que de pronto caí en la cuenta de que Tarik llevaba todo el trayecto sin decir esta boca es mía. Lo busqué y ¡¡estaba dormido!! Un indicativo de lo confiado y bueno que es este gato. En casa de África le abrimos y enseguida empezó a hacer sus inspecciones cartográficas por toda la casa, sin que los gatos anfitriones se alteraran demasiado. Mina se situó rápida sobre una silla para controlarlo desde arriba, bufando bajito cuando se acercaba, mientras que Ulises lo acogió con naturalidad.

Caminé de vuelta hasta el Metro de Bilbao, con la sensación clara en mi cabeza de que el viaje había comenzado ya. En casa, me encontré muy solo y empecé a echar de menos a Tarik Marcelino, de forma casi física, dolorosa. La casa me parecía enorme, fría y desangelada, sin mi colega de los últimos meses. Me sentía tan raro que decidí bajar a cenar al restaurante asiático Jinode, en la calle Atocha, apenas a 100 metros de mi casa. Es un lugar donde elaboran un sushi sensacional, regentado por una pareja de chinos muy amables conmigo, sobre todo la chica, que me colma de besos y abrazos cada vez que voy, lo que me hace dudar de si el compañero es su marido como pensé al principio o tal vez es su hermano. 

En el ambiente impersonal de un restaurante lleno de turistas, me pareció confirmar que el viaje había empezado ya, mientras me comía un surtido de sushis con un plato de edamame de acompañamiento y un par de cervezas de presión. Los chinos me desearon buen viaje y subí a casa a dormir mi soledad. África me contó al día siguiente por teléfono que Tarik se había pasado toda la noche llorando a voz en grito, que claramente me echaba de menos y que no les había dejado dormir. Puedo entenderlo, yo dormí regular y no lloré a gritos porque me educaron para que no hiciera eso. Parece que, pasada la primera noche, Tarik se ha integrado ya plenamente en su nueva familia provisional.

El domingo desayuné normalmente y me puse a hacer el equipaje, que ya tenía medio preparado por mi sistema habitual que consiste en ir poniendo sobre una cama durante días todo lo que habré de llevarme. Para el último día queda probar a ver si cabe en la maleta, pesarla para saber si rebasa o no los límites y ya está. A eso de la una ya lo tenía todo terminado cuando me escribió mi amigo Henry Guitar para confirmarme un plan que habíamos esbozado en la última clase: acercarnos a Vallecas Villa en Metro, aparecer por sorpresa en el bar en el que suele estar Críspulo a esas horas y tomarnos el vermú con él. Nos encontramos en la estación Vallecas Villa y subimos al bar, donde Críspulo se puso contentísimo. Hicimos la ronda por los diferentes bares en los que todo el mundo le conoce y lo saludan con mucho cariño. Y dejamos constancia gráfica de nuestro encuentro.

Por la tarde estuve por casa dormitando y leyendo, porque quería acostarme temprano. Mi vuelo a Londres salía al día siguiente lunes a las 9.10 de la T4. Eso suponía que tenía que estar en el aeropuerto hora y media antes, a las 7.45. Como de costumbre había decidido ir hasta allí en Metro, lo que supone una hora de desplazamiento (en un taxi tardaría lo mismo, por la hora punta). Es decir, tenía que salir de casa a las 6.45. Y a mí me gusta disponer de hora y cuarto para desayunar sin prisas mientras leo las noticias, afeitarme, ducharme y vestirme. Además de chequear los últimos detalles. Tenía, pues, que ponerme el despertador a las 5.30 y procurar acostarme la noche antes lo más pronto que pudiera. Cumplí mi programa a rajatabla y estaba en el aeropuerto a las 7.45, con puntualidad británica.

Y pueden creerme si les digo que llegué a la puerta de embarque menos de diez minutos antes de que la azafata de turno diera comienzo a dicho embarque. No me sobró nada. Es que hay que pasar primero la seguridad, para lo que se forma una cola muy larga que da varias vueltas sobre sí misma como una serpiente y donde hay que colocar todo en bandejas, quitarse el cinturón, sacar el ordenador a una bandeja aparte, etcétera. Luego hay que coger un trenecito gratuito que te lleva a las puertas S, donde hay que repetir la cola de serpiente para mostrar tu pasaporte en los lectores automáticos que lo chequean, lectores que a mí no me funcionaron, por lo que hube de dirigirme a un policía en su garita, un tipo que, ya si eso, te hace una serie de preguntas (por qué vas a Inglaterra, dónde te vas a alojar, que fecha tiene tu vuelo de vuelta). Estos son los fastidios inherentes a volar en un mundo en estado de alerta que, por ejemplo, mi amigo Alfred odia íntimamente y a veces le disuaden de viajar más.

Pero el vuelo cumplió el horario previsto, llegamos en punto y no hubo turbulencias. Viajé al lado de una señora asiática con la que pegué la hebra y me contó que trabajaba para la iglesia en Madrid, donde era la secretaria personal del obispo; que viajaba para visitar a unos parientes, que su trabajo era todo en inglés, pero que se manejaba más o menos en español porque era filipina, como yo me había imaginado. Le pregunté si eran católicos y con un repelús de orgullo me dijo que no, que eran episcopalianos carismáticos (sic). Le ayudé con las maletas y nos despedimos con cariño. Estaba en el aeropuerto de Heathrow y muy pronto comprobé lo que me habían anunciado: el sistema de transporte público de Londres es excelente, la coordinación entre trenes, Metros y autobuses es perfecta y las indicaciones de todas las estaciones son claras y precisas, por lo que no se sufre ninguna incertidumbre.

Lo que garantiza ese buen funcionamiento es la existencia de un organismo centralizado de control y gestión, de ámbito metropolitano, que unifica y coordina todos los sistemas a su cargo. Para pagar, hay en todos lados unos lectores, que te abren los tornos o portezuelas presentando tu tarjeta Visa. Y cada noche te hacen la liquidación de lo que has gastado en el día y te lo cobran en la Web del banco, con un máximo diario de unos 12 euros, a partir del cual todo el transporte es gratis. El organismo que coordina todo esto es la TfL, Transports for London. En Madrid hay algo parecido, el Consorcio Regional de Transportes, un vestigio de lo que fue la COPLACO, organismo franquista de coordinación metropolitana que fue eliminado a la llegada de la democracia, perdiéndose para siempre la posibilidad de coordinar otros temas como el planeamiento, el medio ambiente o la recogida y almacenaje de residuos.

En Heathrow, yo cogí un tren hasta la estación de Paddington, que se paga aparte, como sucede con todos los accesos a aeropuertos. En Paddington cogí el Metro hasta Liverpool Street y allí salí a la calle a buscar la parada del autobús 26. Los autobuses de Londres son puntuales y cómodos, de dos pisos y color rojo y el conductor controla el pasaje con unas cámaras, lo que le permite esperar hasta que se ha bajado el último viajero. Los que se quieren bajar, incluso del segundo piso, no se levantan hasta que el autobús está parado. Este es otro signo típicamente londinense: la tranquilidad, la flema, la educación, el orden en todos los aspectos de la vida. El 26 me llevó a la zona de Hackney Wick, donde vive mi hijo Lucas. Sólo después de bajarme del bus recurrí al Google Maps para llegar al portal. Mi hijo vive en un primer piso y estaba teletrabajando con la ventana abierta. En un momento dado, escuchó en la calle un loro mecánico que decía en español: Ha llegado; su destino está a la izquierda. Y supo que yo estaba allí.

En la casa viven dos parejas, cuatro jóvenes que trabajan mucho y a los que yo no quiero dar demasiado la lata. Coloqué mis cosas por allí, descansé un poco y en cuanto pude, salí a caminar por la ciudad. Siguiendo más o menos la traza del autobús 26, me fui acercando al London Bridge, en el Támesis, prácticamente al lado de la City. Pero antes de llegar, me topé con el Spitalfields Market, uno de los mercados callejeros londinenses que quería visitar, todos cubiertos con techos acristalados sobre cerchas metálicas para resguardarse de la omnipresente lluvia. Estaban poniendo ya las decoraciones de Navidad y el lugar estaba bastante animado. Localicé un bar donde tenían cerveza de presión de diversas marcas, cada una con su grifo y me tomé media pinta con unos anacardos, aperitivo que me permitió ya pulsar lo caro que es en esta ciudad este tipo de placeres. Un par de imágenes del lugar


Continué luego hacia el London Bridge, en medio de la animación callejera correspondiente a la hora de salida de los trabajos. Era ya noche cerrada y yo tuve una sensación nítida: esta es la primera gran ciudad del mundo, la más antigua, tal vez en competencia con París. Las demás metrópolis las han copiado a ellas y en algunos casos las superan, como Nueva York. Pero aquí es donde empezó todo. Y aquí es donde sigue estando el dinero, este es también el mayor y más antiguo paraíso fiscal. Entre Londres y Paris hay una diferencia urbanística básica. En París, el tejido urbano está estructurado en torno a unas grandes avenidas con bulevares y edificios o monumentos en sus ejes, que actúan como hitos visuales. Estas vías fueron abiertas por el barón Haussman para darle a la ciudad la grandeza de sus perspectivas pero también, según los historiadores, para facilitar el movimiento de los pelotones de policía a caballo, necesaria para reprimir a sus habitantes, siempre revolucionarios, comuneros y protestones.

En Londres en cambio, tuvieron un gran incendio en 1666 (fecha bien diabólica) que destruyó la ciudad entera. La cosa empezó en una panadería y parecía que no sería tan grave, hasta el punto que el Alcalde estuvo por allí y decidió irse a dormir. Estuvo a punto de que se le achicharraran los cataplines y descubrir anticipadamente los huevos fritos con salchicha, pero en cualquier caso pasó a la historia como supremo idiota. Pues bien, en ese momento se podría haber convertido Londres en una ciudad moderna estructurada a la manera barroca sobre grandes avenidas (como hicieron, por ejemplo en Rotterdam tras el bombardeo nazi). Pero se consultó a la población superviviente y mayoritariamente pidieron que se reconstruyera la ciudad exactamente con el mismo trazado medieval. Eso explica por qué el plano de Londres es orgánico, arriñonado, con las calles principales en curva. Y todo ello festoneado por los aleatorios meandros del Támesis. Desde el London Bridge tomé unas cuantas vistas nocturnas.


En la de arriba se ve al fondo el puente de la Torre de Londres. En la otra, el rascacielos conocido como el Shard, la astilla, bastante característico también de esta ciudad magnífica. Se hacía tarde y yo estaba cansado del vuelo y la caminata, así que caminé hasta la ruta del 26 y cogí el bus a casa, donde Lucas me esperaba con unas lentejas fastuosas. Y hasta aquí el relato de los prolegómenos y el primer día efectivo de mi viaje, que ya estoy alcanzando el tamaño crítico de mis posts y he de parar. Escribo esto en la mañana de mi cuarto día, en que he decidido quedarme en casa porque está lloviendo, Lucas y su otro colega andan por aquí. Yo tengo planes para la tarde/noche, que ya les iré contando puntualmente. Les dejo de cierre una imagen más, desde la orilla sur del río, que sintetiza un poco lo que es esta ciudad en donde pasado presente y futuro se compaginan de forma bastante armonizada. Sean felices. 

jueves, 19 de octubre de 2023

1.252. ¡Terviseks!

Pues aquí me tienen en medio del cargado programa que les detallé al final del post anterior. Por suerte, he encontrado un hueco para escribirles un post, gracias a que mi amigo y profesor de inglés Ed ha tenido que cancelar la clase de hoy por una cita médica. Así que estoy refugiado en mi casa con el bueno de Tarik, dado que hoy está lloviendo si Dios tiene qué, expresión que solía usar mi padre y que se la brindo al Ateo Piadoso para que la incluya en su diccionario de dimes y diretes que tantas entradas debe ya de tener. Mis actividades de esta semana son el preludio de mi salida para Londres el lunes que viene, viaje del que ya voy teniendo un programa más o menos esbozado, a pesar de que los pronósticos anuncian que estará casi todo el tiempo lloviendo si Dios tiene qué.

Para iniciar el relato de los días transcurridos desde mi post anterior, empezaré por reseñar la visita inesperada de mi amigo Alfred, seguidor ilustre del blog, que me llamó el viernes pasado cerca del mediodía, para decirme que andaba por abajo, en el entorno del Reina Sofía. No teniendo yo otros compromisos en ese momento, acordamos aprovechar la hora para ir a comer en las Bodegas Rosell, donde nos apretamos sendas raciones de bacalao al horno, después de unos entrantes no menos contundentes y todo ello acompañado con buena cerveza de presión. Tras tan grata colación y sobremesa, lo que correspondía era la reglamentaria siesta, asunto que solucionamos subiendo a mi casa, en donde Tarik Marcelino hizo buenas migas con el visitante, como pueden ver en la imagen de más abajo, al pie del selfie que nos hicimos en la terraza.


Tarik es fotogénico y lo sabe, como muy bien ha observado mi amiga África, a la que le tocará quedarse con él durante mi estancia en Londres bajo la lluvia. Por lo demás, la visita de Alfred fue el preludio de un finde bastante tranquilo. El domingo acudí a una sesión mañanera de yoga, que esta vez no continué con el habitual desayuno en La Casa de las Torrijas, sino que lo sustituí por un café y una tostada con tomate en el Four, un café muy agradable que está en la Plaza del Biombo, un recóndito lugar del centro a cubierto de la avalancha de turistas, en donde casi siempre hay sitio y se puede uno obsequiar con diversas delicatesen, sacar el ordenador portátil y quedarse por allí todo el tiempo que se quiera, atendido por una panda de chavales jóvenes, alternativos y tranquilos de diferentes nacionalidades. Un lugar delicioso que les recomiendo visitar.

El motivo del cambio de bar radicaba en que luego quería pasarme por la Biblioteca municipal Iván de Vargas, en la calle Sacramento, para ver la exposición de acuarelas de mi amiga Sonia de Gregorio. La reforma de la antigua Casa de Iván de Vargas está hecha con mucho mimo y buen gusto, organizando las diferentes plantas en torno al llamado Patio de los Magnolios, un espacio central angosto en el que dos magnolios posiblemente centenarios pugnan por subir a recibir la luz solar adoptando una forma poco habitual en esta especie arbórea. Las acuarelas de Sonia son catorce, todas de pequeño formato, sobre paisajes recordados de sus viajes a Italia, que dibuja con un enfoque subjetivo que en ocasiones le lleva a una forma de abstracción. La expo se distribuye en las propias ventanas que dan al patio y realmente creo que merece la pena visitarla. Aquí tienen el cartel de la muestra.

Con el ánimo confortado tras una mañana plena de experiencias exquisitas, regresé a casa para comer y dar una cabezada. Porque después me tocaba bajar a sumarme a la manifestación de protesta contra los bombardeos israelíes sobre Gaza. No es que me sintiera totalmente concernido por esta muestra unidireccional de repulsa de la guerra que se está montando, teniendo en cuenta que el tema en España se ha politizado, de forma que la izquierda apoya a los palestinos, mientras que la derecha y la ultraderecha apoyan a los israelíes. Yo hubiera preferido manifestarme por la paz, el alto el fuego inmediato y la creación de dos estados que puedan convivir, aunque desconfíen entre ellos. Pero me llamaron diversos amigos para que me sumara y, dado que la marcha empezaba a unos cien metros del portal de mi casa, no encontré excusas para escabullirme. Vean el cartel de la mani. 

Lo cierto es que había muchísima gente, más de la que yo esperaba. Pero era un personal de únicamente cuatro perfiles, como muy bien diagnosticó mi querida África, que en estas cuestiones es afilada como un bisturí: la manifestación se componía de A perro flautas, B viejos comunistas, C viejos a secas y D musulmanes a cascoporro. Es exactamente lo que había. Los musulmanes, vestidos a su manera habitual, es decir, los hombres con cómodos chándales y las señoras con pañuelo a la cabeza, formaban el subgrupo más numeroso. Yo me encontré a mis amigos pero luego me perdí de ellos, lo que aproveché como excusa para retirarme rápido, que tenía yo que dedicar tiempo a prepararme mi conferencia del martes. Pero me gustó encontrarme con mis amigos de dos generaciones, con los que me hice algún selfie para dejar testimonio de que, al menos durante un rato, estuve por allí apoyando. 

El lunes me pasé casi toda la mañana en la ETSAM, adonde acudí en coche para escuchar la lectura de tesis de mi amiga Eva Gil, que desarrolló una brillante presentación sobre la historia de los dispositivos electrónicos y su aplicación al diseño arquitectónico y urbanístico. Es curioso el concepto de shrinking, encogimiento, que estos artilugios han sufrido, desde los primeros computadores que requerían una gran habitación para ellos (como los que salen en el film 2001, una odisea del espacio) hasta los actuales I-phones. Como yo no soy ni siquiera doctor arquitecto, no le pude hacer algunos comentarios, pero se los he mandado luego por escrito, por si le sirven de algo, en caso de que su tesis se convierta en un libro. Por ejemplo, que, para ese proceso de shrinking fue clave la aparición de los minúsculos micro-chips y que estos artilugios pudieron fabricarse a partir del descubrimiento de los semiconductores.

Cuando yo empecé a estudiar la carrera en 1968, los semiconductores ya se habían descubierto y empezaban a mostrar el potencial de sus aplicaciones. Pero en la Escuela de Telecomunicaciones, el viejo catedrático de Tecnología se negaba a reconocer ese fenómeno emergente. Por el contrario, decía que eso era imposible y que los semiconductores eran arte de brujería (sic). Como las cátedras en este país son vitalicias, al tipo no lo podían echar, había que espera a que se jubilara. Mientras tanto, el claustro decidió que otro profesor explicara a los alumnos los semiconductores durante el primer trimestre del curso, mientras el viejo cátedro esclerótico les machacaba durante el resto del curso con sus enseñanzas antediluvianas. Estas cosas resultan difíciles de creer ahora.

El mundo ha cambiado un montón, en estas décadas frenéticas que hemos tenido la suerte de vivir en paz. Ahora, el último refugiado saharaui, gazatí o ucraniano, dispone de un móvil de última generación, aunque no tenga para comer, lo que le permite estar conectado con el mundo. Para mí esto es un adelanto, aunque también es cierto que con ese dispositivo te tienen localizado y te pueden enviar un pepinazo en forma de misil que te acierte de lleno en el cocoroto. Esto lleva a la gente de mente más paranoide a pensar que están permanentemente vigilados, algo que les inquieta. No es mi caso, ya ven que yo lo canto todo, tal vez porque no tengo nada que ocultar, e incluso me siento más protegido por el hecho de que mi historial clínico o académico esté por ahí en la nube, lo que puede facilitar que me ayuden si tengo necesidad de ello.

Más me jode el hecho que denuncia el filósofo coreano/alemán Byung Chul Han, en su libro Infocracia, cuya lectura les recomiendo encarecidamente: que al facilitarnos un terminal a cada ser humano, nos han convertido en consumidores compulsivos de información, recibida en tiempo real. Ya no podemos vivir sin el móvil, como demuestra el triste final del chico cordobés que se quedó sin batería y no supo cómo valerse para volver a casa. ¿Será creyente su familia? En tal caso, ¿cómo explicarán que Dios haya tomado esa decisión cruel sobre un chaval que era modélico? Los musulmanes dicen que Alá es siempre justo y que lo que pasa es que a veces no entendemos sus designios. En fin, sin comentarios.

El martes, después de mi clase de inglés, me maqueé adecuadamente en modo conferenciante y acudí a la Torre Norte del Real Madrid. Allí, en el piso 33 (la torre tiene 57) está situado el restaurante Elkar, en cuyo vestíbulo estaba preparada la gran pantalla a la que yo debía conectar mi ordenador para recibir al grupo de promotores inmobiliarios, arquitectos y gestores urbanos de Estonia, que mi amigo Werner está pastoreando por Madrid durante toda esta semana. Cuando llegué, había ya un par de estonios gigantescos y con la nariz colorada. Al parecer, la noche anterior se habían pillado un pedo monumental y por la mañana no había habido forma de despertarlos para que se sumaran a las visitas del día, de modo que venían directamente al restaurante, en donde lo primero que hicieron fue pedir una botella de vino tinto para los dos, de la que empezaron a dar cuenta, mientras yo instalaba mi ordenador, lo conectaba a la pantalla y probaba mi presentación.

Llegó por fin el grueso de la delegación estonia, con Werner cerrando el grupo. Di un paso al frente y me presenté como el speaker, a lo que respondieron sonriendo y diciéndome nice to meet you, pero sin darme la mano, debe de ser lo habitual en esas gélidas tierras. Los estonios son primos hermanos de los finlandeses pero, no sé si por los años de dominación rusa y antes alemana, son gente bastante fría. Es lo opuesto al temperamento latino. Todos son unos armarios de buen tamaño, con aires de luchadores de lucha libre, ojos invariablemente grises que parecen reflejar las estepas de su tierra, y beben como cosacos. Por cierto, el grupo sería de unos veinte, entre los cuales había unas cinco mujeres, todas de edades medianas. Les conté mi presentación, sobre los nuevos barrios que van a surgir en la operación Nuevo Norte y también les expliqué someramente el proyecto Bosque Metropolitano.

Aguantaron estoicamente mi hora de charla e hicieron algunas preguntas sobre cómo se iba a solucionar el suministro de agua en ambas operaciones, algo muy típico de estos grupos que vienen de lejos con la idea, no del todo equivocada, de que aquí estamos en pleno desierto. Lo que nos llevó directamente al restaurante, en donde nos sentaron a Werner y a mí en los extremos. Empezaron con el vino e inmediatamente rompieron a hablar en estonio muy animadamente, sin consideración alguna con los dos anfitriones que no sabemos una palabra de ese idioma. Creo que unos latinos nunca hubieran hecho eso. A ratos miraba a hurtadillas a Werner, que todo el rato estaba consultando su teléfono móvil sin hablar con nadie. Pero yo no me doy por vencido en estas situaciones, así que forcé a mis vecinos más próximos a contestarme algunas preguntas en inglés y acabé confraternizando con alguno, especialmente con un arquitecto que se llama Allan Tull, con el que intercambié tarjetas.

Supe así que Estonia tiene en total millón y medio de habitantes y que tiene cuatro ciudades principales. Tallin, la mayor, donde se concentra el 40% de la población, es la capital administrativa, yo la he visitado y he cogido desde ella el ferry a Helsinky, al otro lado de la embocadura del golfo de Finlandia, en cuyo extremo interior oriental se sitúa San Petersburgo, conformando un triángulo mágico de ciudades maravillosas. Luego están Tartu, el mayor centro universitario del país, Parnu, en la costa sur, que es el lugar de veraneo y playa y por último Narva, al norte de la frontera con Rusia, donde se concentran las tropas de la OTAN que protegen el país de su vecino más feroz y poderoso. El resto del país es una estepa bastante improductiva, por un clima que impide la agricultura o la ganadería extensivas. Es en cambio un país puntero en tecnologías de la información.

Cuando nos sirvieron los primeros vinos, les propuse un brindis y les pregunté cómo se decía ¿prosit?. Con cierto sonrojo, Allan me dijo que no, que eso era ruso. Yo creo que es más bien alemán (los rusos dicen nash darovia), pero no quise contradecirle y le pedí disculpas. Me contó entonces que en Estonia se brinda diciendo ¡Terviseks! Me explicaron también que el significado de esa exclamación es algo así como ¡al diablo!. O a la mierda. O a tomar por culo. Me interesé también por saber si yo podría viajar a Tallin y pasar de allí a San Petersburgo. Me dijeron que necesitaría un visado, desde luego , y que la situación varía de mes en mes. Normalmente, no es muy difícil cruzar a Rusia, lo que es a menudo muy complicado es volver de allí, así que el capricho te puede salir caro. Todos me señalaron a un ingeniero, del que me dijeron que trabaja al otro lado y entra y sale sin dificultad porque la especialización que él ofrece se considera muy valiosa y procuran no molestarle.

Al final hablé también un rato, mientras esperaban su autobús, con Virve, la rubia teñida de amplias carnes que parecía comandar el grupo. En un momento dado empezó a hablar en español. Ante mi sorpresa, me dijo que ella vive hace muchos años en Denia, donde regenta una agencia que organiza viajes a sus compatriotas por nuestro país. Le dije que seguramente sentiría nostalgia de volver a su tierra. Me contestó que para nada. Y añadió: yo soy más cálida. Efectivamente, aquí el clima es más benigno, le dije. No me refería al clima, cerró la conversación. Yo ya sabía a qué se estaba refiriendo, sólo quería asegurarme. Tomaron ellos el autobús para continuar el tour por la ciudad, y yo bajé al Metro para volver a casa, donde luego tenía sesión de Billar de Letras, que esta vez no fue especialmente interesante.

Ayer miércoles por la mañana, cogí el coche para ir a recoger los análisis que me había hecho. Estas cosas siempre las abordo con cierta inquietud, a la espera de que un día mi suerte se quiebre, pero no fue esta vez: los resultados son excelentes, estoy como un león y la suerte me ha dado una tregua o prórroga de un año más. Ya en casa, bajé a un chino de mi barrio a pedir que me cambiaran la batería del móvil, para evitar lo que me pasó en mi último viaje a París, que debía salir por la mañana con el cargador, porque a mediodía ya se me había agotado la carga. Mientras me lo reparaban me acerqué a tomarme un manzanilla en La Venencia y tras recoger el móvil me fui al Ricla, en donde me habían anunciado que la madre había cocinado calamares en su tinta con arroz, a lo que me apunté con entusiasmo. Terminé este día venturoso con mi clase  de guitarra en Palomeras, la última antes de mi viaje. Y dejé en la academia la guitarra eléctrica, por si Henry la quiere utilizar en estos días.

Esta mañana, al fallarme la clase de inglés, me he puesto a escribir para ustedes, tarea que he interrumpido dos veces. La primera, para bajar a ponerme la vacuna contra el Covid y la gripe, para lo que he tenido que recurrir al paraguas si no quería calarme al recorrer los cien metros que me separan del Centro de Salud. En el portal de al lado, tres mujeres con bata blanca se resguardaban del diluvio mientras fumaban con fruición, como hace una buena parte del personal médico, que luego te recomiendan encarecidamente dejar el tabaco. La segunda interrupción ha sido para tomarme un par de tostadas con tomate y jamón, que luego tengo yoga de nuevo y he de acudir con el estómago no muy lleno. Antes de eso, a las 17.00 me conectaré on line con un seminario de la red C40 sobre vivienda asequible y ciudades inclusivas. Mi amiga Costanza me sigue pasando los enlaces a estos encuentros a pesar de estar jubilado.

Como ven, estoy entretenido con múltiples tareas, además de todo lo que implica la preparación de mi periplo londinense, que ya les iré contando. Con esta ocupación a tiempo completo, intento olvidarme de lo mal que está el mundo y de los problemas internacionales que nos abruman: Gaza, Ucrania, la posibilidad de que vuelva Trump. Desde nuestra atalaya aparentemente segura a pesar del diluvio, observamos todo ello con mucha desconfianza. La misma que muestra el presidente chino Xi Jinping, a quien no le interesa nada que el mundo vaya mal, porque necesita vendernos sus productos. Abajo les dejo de propina una foto de este señor, bastante explícita. Yo sigo teniendo mi móvil Huawei, que con la batería nueva va como un tiro, y aquí en mi refugio en el centro de Madrid, le digo a la situación: ¡Terviseks! Sean buenos.  

jueves, 12 de octubre de 2023

1.251. Los círculos de la congoja

Normalmente este es un foro alegre, ligero, optimista, pero es que: ¡vaya situación la del mundo a todos los niveles! No sé si estoy bajo de moral por haber perdido en un mes a dos amigos muy queridos y próximos (además de otros menos cercanos), pero lo cierto es que llevamos un año de mierda y no lo quiero decir muy alto, que todavía nos quedan dos meses y medio, no vaya a ser el demonio que en este tiempo remanente las cosas todavía empeoren. Uno mira a su alrededor y cada noticia, cada señal, cada efluvio del aire nos trae negros presagios. Es casi mejor no mirar, salvo para adentro, donde puedes hacerte el loco y seguir viviendo como si no pasara nada. No me extraña que los problemas mentales de la gente se disparen exponencialmente, igual que los suicidios y los internamientos psiquiátricos, es que realmente resulta muy difícil mantener la mente incólume. El horror se extiende por estos círculos de la congoja, que nos tienen literalmente acongojados. Veámoslos en detalle.

En primer lugar, lo que podríamos considerar el círculo más exterior: el tema del clima. ¿Es posible que quede alguien sobre la Tierra que niegue el cambio climático? Es algo evidente. En Madrid hemos pasado dos veranos tórridos como no se recuerdan, quizá peor el del año pasado. Pero es que hoy, a mediados de octubre, yo sigo moviéndome por la ciudad en sandalias y camisa de manga corta. No sé para qué tengo chaquetas y abrigos. Esto no se había visto nunca y en España estamos en la primera línea de la desertización. Yo lo percibí el año pasado cuando viajé en coche a Jerez y el tipo del hotel me llamaba por teléfono cada rato, porque no se creía que por fin llegaría a mi destino. El norte del país es a medio plazo el resto que quedará a salvo, pero se lo cargará el turismo masivo que va a recibir. Yo lo tengo muy claro: la Tierra se está defendiendo del intruso tóxico y letal que es el ser humano. Nosotros somos el virus y el cambio climático la forma en que la Tierra se defiende. Con sequías, incendios, inundaciones y terremotos. Vean las imágenes de estas cuatro calamidades.


Pero no cambiamos nuestra dinámica. Seguimos produciendo coches y coches, la industria del automóvil está cada día más pujante, se sigue extrayendo petróleo masivamente y la única solución que se aporta son los coches eléctricos, para cuyas baterías hacen falta materiales como el litio, que no son muy abundantes. Además, seguimos yendo al súper y nos encanta que haya tomates todo el año y naranjas y filetes de ternera. El suministro de alimentación a este mundo disparatado exige flujos de transporte por barco y carretera que esparcen la contaminación, por no hablar de los aviones, que todos usamos para movernos de acá para allá. Lo mismo que el hecho de tener coche privado en propiedad, el turismo masivo se ha convertido en un signo de estatus. La gente no viaja a ver los lugares de interés, sino a hacerse selfies delante de los monumentos para informar a sus amigos de que están allí y salir pitando hacia otro lugar sin la pausa necesaria para disfrutarlos. Ese es el fundamento del llamado turismo tóxico, que yo prefiero caracterizar como turismo pedorro. Así que el proceso de calentamiento global no se va a mitigar.

Detengámonos en lo que podríamos considerar un segundo círculo del agobio: la cuestión sociodemográfica. El crecimiento de la población se detendrá algún día, que los estudios prospectivos sitúan en 2064, antes de que se alcancen los 10.000 millones de habitantes. Vale, por ahí, bien. El problema es que ya nadie quiere vivir en el campo. La generalización de los dispositivos individuales de comunicación, el hecho de que cada persona disponga de un móvil y pueda ver cómo se vive en la ciudad, está produciendo un éxodo masivo del campo a las grandes urbes, porque nadie con dos dedos de frente quiere seguir viviendo en el campo. El personal prefiere malvivir en una chabola y vivir semiesclavizado con horarios y sueldos de hambre, antes que quedarse en un pueblo, donde no hay salida vital alguna. Esto nos lleva a un mundo formado por macrociudades donde mucha gente vive en condiciones de miseria, separadas por desiertos y conectadas por autovías y redes de tren de alta velocidad. Lo que constituye otra forma de matar el mundo.


Pero el urbanismo no encuentra solución alguna a este problema, todo el pensamiento urbanista que no se ha vendido al capital está centrado en mejorar las condiciones de vida de las grandes ciudades sin pensar en otras alternativas. Aunque una buena parte de los urbanistas están vendidos al capital inmobiliario, una forma de negocio que explota la gallina de los huevos de oro hasta que no puede más en una sucesión de burbujas que se pinchan y llevan a la ruina a las empresas pequeñas y medias. En España estamos cebando ahora una de esas burbujas. ¿Cómo explicar si no que en la llamada Operación Nuevo Norte, antes conocida como Operación Chamartín, esté prevista la construcción de 1.600.000 metros cuadrados para usos terciarios, es decir, oficinas, hoteles y ocio? ¿Es necesario eso? ¿No está Madrid lleno de edificios de oficinas vacíos? Por no hablar de la generalización del teletrabajo.

Ese es el mundo que nos espera: macrociudades llenas de contenedores vacíos y con la mayoría de la gente malviviendo en cuchitriles por no poder pagarse algo mejor. La industria de la construcción es un negocio en el que, como ya les he explicado, desde que se dibuja en un plano una nueva zona urbanizable hasta que está ya la gente viviendo en los edificios construidos, la propiedad cambia de manos muchas veces, de modo que hay una serie de intermediarios que se forran, mientras que los que construyen las edificaciones, que son los únicos que crean riqueza, a menudo van a la quiebra, tema que a los intermediarios se les da una higa; ellos ya han cerrado su negocio y están ocupados en el siguiente. En suma, un montón de gente trabajando para un sector que no tiene mucha relación con el mundo real, el de las necesidades de la gente. Por lo menos los de la alimentación y la hostelería te dan de comer si les puedes pagar.

Pero hay más círculos que nos atenazan. Como el que podemos llamar la geopolítica internacional. La guerra en Ucrania sigue y ahora hay que añadir la de Israel-Gaza, otro foco de horror insoportable. Respecto a la primera, que dentro de poco va a cumplir dos años, basta con una noticia reciente. Zelensky ha aprovechado una visita a Bruselas en donde debía reunirse con los ministros de Defensa de la OTAN, para entrevistarse con el primer ministro belga. Y ha salido de esta reunión feliz con el compromiso de que Bélgica les venderá aviones de combate y se los empezará a suministrar ¡en 2025! Es decir, que nadie espera que la guerra se acabe a lo largo del año que viene. Mientras tanto, le vamos dando armas con cuentagotas a Zelensky, con las que no consigue avanzar, porque el hueso ruso es muy duro de roer, como ya comprobaron Hitler, Napoleón y otros.

Lo de Gaza es un horror anunciado, que no puede causarnos ninguna sorpresa. Mi amigo Joe, mi hermano mexicano, ha estado varias veces en Gaza, con Médicos sin Fronteras o alguna organización similar y vino contando lo que vio. Más de dos millones de persona hacinadas en un espacio de 40 x 10 kms, con unas condiciones ínfimas, sin expectativas de salir de allí de ninguna manera y al albur de que los judíos les bombardearan a capricho por cualquier mínimo incidente fronterizo. Lo que han montado los de Hamas es una canallada, pero viene a demostrar únicamente el grado de desesperación del pueblo palestino, condenado a vivir como una comunidad de parias en su propia tierra. Lo de que llegaran a un festival de rock por la paz y se pusieran a ametrallar a sus participantes, me duele especialmente, ya saben que mi única patria es el rock. Y la respuesta israelita es también la previsible: como no saben dónde se esconden los de Hamas, bombardean a voleo, sobre los barrios residenciales de la ratonera gazatí.

Pero sigamos hacia dentro en esta exploración de los círculos del desasosiego que nos tiene atenazados. A nivel nacional, las noticias no son demasiado buenas aunque por ahora no nos podemos quejar. Seguimos sin gobierno, algo que no me preocupa como les dije: en Bélgica estuvieron más de 500 días con un gobierno provisional como el actual de Sánchez, sin que pasara nada, y en Italia han mantenido situaciones similares durante años. Para lo que hacen algunos gobiernos no provisionales, mejor estamos con uno provisional. Ahora bien, ustedes saben que yo me identifico más con el lado izquierdo que con el derecho y que me encantaría que en España siguiera un gobierno progresista como el que hemos tenido en los últimos tiempos y que ha superado pandemias, guerras y volcanes sin acentuar las desigualdades sociales como hizo Rajoy cuando le tocó lidiar con la crisis económica de 2008.

Dicho esto, ¿cómo es posible que, para tener un gobierno progresista haya que bajarse los pantalones ante el señor Puigdemont y sus adláteres? Veamos. Dejando a un lado planteamientos utilitarios, desde un punto de vista conceptual, yo estoy en contra de la amnistía. Y recuerden que estuve a favor de los indultos, me parece que unos tipos que llevaban ya dos años en la cárcel estaba bien que salieran. Pero yo les mantendría la inhabilitación para puestos políticos y hasta se la dejaría de por vida, sobre todo si proclaman todo el rato que lo volverán a hacer. ¿Y qué hacer con los policías que sacudieron a los votantes del referéndum a las órdenes del coronel de los Cobos o de los Cojones? ¿Y los que lanzaron chinchetas al paso del Tour de Francia? Por último, esa supuesta amnistía afectaría a gente que no ha sido todavía juzgada, como Puigdemont, emulando a Trump cuando, el último día de su presidencia, indultó a Steve Bannon que todavía no había sido juzgado.

Pero, con todo y con eso, yo les daría la amnistía si tuviera la garantía de que, a partir de dársela, se quedaran callados y dejaran de dar el coñazo. Pero eso es soñar. Para ellos es un primer paso hacia otros que vendrán después. El referéndum y la independencia. No se van a callar. Van a seguir con la murga. Y, como no son idiotas, deben de saber que esa independencia es un imposible, que Europa no va a tolerarlo, porque sabe que después vendrán los bretones, los corsos, los bávaros, los frisones y todos los demás y que el concepto fundacional de la Unión Europea va de unir, no de dividir. Si saben eso, ¿por qué siguen con su murga? Pues porque han encontrado en ello un modo de vida, se ganan la vida así (y tienen unos sueldos de escándalo) así que, mientras puedan, seguirán por la vereda y nos seguirán extorsionando.

Después de las elecciones generales, yo dije en el blog que nos encaminábamos a unas nuevas elecciones. No soy adivino, pero a Sánchez se lo están poniendo difícil. La derecha estaría encantada de intentarlo de nuevo, confiada en que esta vez sería la buena. La derecha española es partidaria indiscutible de la democracia, siempre que ganen ellos. Cuando pierden, ponen en marcha el sistema de intoxicación a través del ABC, el inMundo y las televisiones afines para decir que la Moncloa está okupada y que Sánchez lo que quiere es viajar en Falcon. Respecto a este tema de los pactos con catalinos y vascos, es significativo comparar las dos portadas del ABC cuando ese pacto lo hizo Felipe González y cuando, años más tarde, lo hizo Aznar (que hablaba catalán en la intimidad y quería entenderse con el Movimiento Vasco de Liberación Nacional). Véanlas. Huelga todo comentario.

Aún hay más círculos, cada vez más estrechos y más oprimentes. Porque, ¿adónde va esta ciudad? Madrid ha regresado de la pandemia y sus encierros como una ciudad cada vez más antipática, y lo dice un enamorado de una urbe que me acogió cuando hui de La Coruña y de mí mismo, en la cual he construido mi proyecto de vivir mientras el cuerpo aguante. Hay un tráfico infernal, los conductores están cabreados y tocan la bocina todo el rato, la gente está de mala uva y tenemos una auténtica invasión de ese turismo pedorro al que me he referido más arriba. Yo, los sábados y los domingos, no puedo salir de mi casa, y no es que me moleste la presencia de turistas, es que no puedes encontrar sitios en bares, terrazas y plazas. Mientras otras ciudades tratan de limitar el turismo tóxico, aquí es Jauja, no hay el menor obstáculo para que los barrios centrales se vean invadidos por apartamentos turísticos y los residentes de siempre se tengan que ir.

Y todo esto, bajo el mando de un insecto-alcalde, al que acabamos de elegir por mayoría absoluta, que no tiene la menor idea de adonde quiere que evolucione la ciudad. El Área de Urbanismo va a desaparecer, porque las licencias de edificación ya se han privatizado y se dan por diferentes agencias privadas, toda la política de vivienda se ha pasado a un área diferente y apenas queda una competencia: la planificación urbana, un concepto que estos señores ni siquiera saben en qué consiste, por eso han cesado a mi última jefa; al señor Borja Carburante no le interesaba tener una mente pensante y brillante en puestos con poder, necesita plazas libres para distribuirlas entre sus amigos del Opus y la jet-set heredera del franquismo. La barbaridad que han perpetrado en la Puerta del Sol es de las que puede pasar a la antología del disparate patrio, ya hablaré otro día en detalle de esto.

En medio de estos círculos que nos oprimen, el ciudadano, o sea, yo, se queda casi sin aire. ¿Es posible ser optimista? Difícil, pero hay que intentarlo. La vida es una lucha, que unas veces se desarrolla en condiciones mejores y otras veces peores. Yo no puedo quejarme, vivo en una casa bonita, he podido pintarla y acuchillarla, tengo un gato maravilloso, hago yoga, escribo entradas del blog, recorro mis bares favoritos (en día de diario) y trato de mantener la relación con mis amigos y amigas. Tengo dos hijos que se ganan la vida por sí mismos y un pensión aceptable. Sería obsceno que me quejara de mi situación. Pero esos círculos te desaniman, porque encima interactúan unos con otros y al final todo te afecta, ya sea en forma de inflación (todo está carísimo), como en amenazas veladas a temas como la pensión o la paz social.

Esta mañana, he sufrido el desfile del día de la patria, lo que me supone que hoy no puedo sacar el coche del garaje, suponiendo que hubiera querido salir de la ciudad. Y aguantar las chundaratas y fanfarrias que llevan varios días ensayando de forma ruidosa. Más los cazas que han sobrevolado mi terraza varios días, de forma que Tarik ya no se asusta de su paso y los observa con indiferencia. Les pido disculpas, estoy en un cierto bajón, he perdido a dos amigos y no es este mi mejor momento. Pero yo voy a seguir luchando. No como si no pasara nada (todos estos temas ocupan mi mente), sino porque creo que es nuestra obligación. No hay que rendirse nunca. Como un símbolo de esta actitud positiva, les muestro el cartel de la última Feria del Libro de Kiev. Tampoco necesita comentario.   

Yo no me rindo y, como les he contado, el día 23 viajo a Londres a pasar por allí casi un par de semanas. Durante el tiempo de espera, estoy desarrollando una actividad tan frenética como de costumbre, que uno no se puede venir abajo ante la presión de los elementos. Les haré la habitual reseña, esta vez resumida, de mis actividades de estos últimos días y de los que quedan hasta mi vuelo a Heathrow. El sábado 7, tuve una sesión matutina de yoga, luego me comí mi habitual desayuno en La Casa de las Torrijas y caminé hasta el paseo de Rosales. Había quedado allí a comer con mi hijo Kike y su madre, en una de las agradables terrazas del parque. Al acabar, cogí mi coche para llevarlo al aeropuerto a coger su vuelo de vuelta a París. El domingo salí a correr por la mañana y luego estuve descansando en casa, hasta la hora del partido del Deportivo, que perdió como suele últimamente. La deriva del Dépor es penosa pero no la he querido incluir en los círculos del agobio.

El lunes me acerqué a casa de una amiga para ayudarle a montar unos muebles que se había comprado en IKEA pensando que su montaje sería más sencillo. El domingo me había llamado para ver si yo sabía de algún manitas que la sacara del apuro y me ofrecí a ayudarla, a cambio de que me sacara algo de comer a mediodía. Con los muebles montados, tuve tiempo de llegar a mi sesión de yoga de las 19.30. Esa noche no pasé por ningún bar, porque estaba haciendo cura de alcohol, de cara a la analítica que me iba a hacer al día siguiente. Así que cené fruta y un par de yogures en mi casa. El martes tuve mi clase de inglés, antes de coger el coche para presentarme en la Clínica Virgen de América en ayunas y con mi frasquito de orina. Se trata de la analítica anual que los médicos me recomiendan. Después ya tuve margen de cruzar Arturo Soria para desayunar un croissant a la plancha con jamón y queso, acompañado por café y zumo de naranja.

Por la tarde, quedé con mi cuñada Mini para tomar unas cervezas y que me contara cosas sobre Londres, ciudad que yo casi no conozco y de la que ella es experta. Ayer miércoles, bajé a tomar un café de media mañana con mi amiga Cr. que trabaja en Cibeles y a la que no veía desde antes del verano. Luego, acudí a comer al Ricla donde mi tocayo del bar me había avisado de que su madre iba a cocinar un lacón con grelos de reglamento. Por distintos motivos, esta semana no pensaba pasar por el bar, pero mereció la pena. Me senté con un habitual, cuyo nombre ni siquiera recuerdo y nos pusimos hasta arriba, acompañando el banquete con un vino blanco de la tierra gallega. Mi tocayo nos hizo una foto al colega y a mí, antes de empezar a comer y con su hermano detrás de la barra. 

Por la tarde me acerqué a Palomeras con la guitarra eléctrica, donde estuvimos más de una hora ensayando con bajo y batería. Hoy, Día de la Raza, como se llamaba cuando yo era niño, he pasado la jornada en casa, protegido de la algarabía del desfile y dedicado a leer y a escribir para ustedes. Hasta el domingo tendré unos días de descanso más, solo punteados por el yoga (viernes y domingo) y el inglés (sábado). Porque la última semana antes de irme a Londres es de abrigo. Lunes, asistencia a la lectura de tesis de mi amiga Eva Gil en la ETSAM por la mañana y yoga por la tarde. Martes, sesión de inglés por la mañana. A mediodía he de acercarme a la Torre Norte del Real Madrid para impartir una conferencia en inglés a un grupo de arquitectos y promotores de Estonia que trae mi amigo Werner, seguida de comida.

Por la tarde, nueva sesión de Billar de Letras. El miércoles iré a recoger el resultado de mi analítica y tendré nueva sesión de guitarra con Henry y los demás. El jueves, de nuevo inglés, cita en mi centro de salud para que me pongan la quinta vacuna del covid, combinada con gripe, por la tarde asistencia on line a un seminario de C40 sobre la Vivienda Asequible y otra sesión más de yoga. Y ya el viernes podré empezar a organizar mi equipaje y mi viaje a la Gran Bretaña. Aunque los círculos del mal nos ahoguen, hay que seguir en la lucha. Como los aristócratas de San Petersburgo que mantenían la cola para entrar a ver el Bolshoi, mirando impertérritos como pasaban a su lado los revolucionarios que se dirigían a asaltar el Palacio de Invierno. Con lo viejo que soy, con un poco de suerte ya no me pilla el fin del mundo que se anuncia. Sean buenos, en cualquier caso.