viernes, 30 de junio de 2023

1.232. Pasado el solsticio

Pasado el solsticio con su pequeña ola de calor, aperitivo de lo que viene (hoy se ha moderado un poquito la calorina), pues aquí me tienen rematando la primera mitad del año, en la que no me puedo quejar de lo vivido en estos seis meses. Ha sido un tiempo bien interesante y entretenido. En el campo profesional, he tenido una colaboración fructífera con mi amigo Alain Sinou, de la Université Paris 8, que empezó con una visita suya en Navidad, en compañía de una señora llamada Victoire, octogenaria, medio sorda y muy divertida. Después, acudí a Paris en donde di dos clases en su máster. Luego vino él con sus alumnos y tuvimos tres días de actividades muy intensas, incluyendo un encuentro con la Directora General de Vivienda del Ayuntamiento. Por último, en una segunda visita mía a París nos hicimos un viaje estupendo para visitar Normandía, con un tercer colega, que se llama Lluis, también octogenario, medio sordo y divertidísimo, cerrando la simetría de nuestra relación.

Sin salir del terreno profesional, tuve un encuentro con la investigadora urbana sueca Jenny Stenberg, recibí a una delegación de la ciudad holandesa de Almere y a otra de una empresa pública coreana que construye autovías y también a la surrealista partida de Brazzaville que finalmente resultó ser un completo bluff. Por lo demás, he seguido a tope con el yoga, el inglés, la guitarra de blues y el club Billar de Letras en el que tuve una crisis intermedia, aunque finalmente he decidido continuar después del verano. En cuanto al running, llevo ahora una temporada un poco más desentendida del tema, aunque espero retomarlo. En cuanto al blues, he asistido a diversos conciertos relacionados con el grupo de amigos vallecanos, he visto dos veces a Ghalia Volt (en Madrid y Baeza) y una a Samantha Fish (en el Bataclan de París), incluyendo saludo y firma de discos de mi diva favorita.

De viajes tampoco ha ido mal la cosa. Empezando por uno primero a París para mis clases, además de la visita al Louvre de Lens y celebración de mi 72 cumpleaños en Lille con mis hijos. Un segundo a Baeza ya reseñado. Un tercero a Cáceres para asistir al Womad, con mi amigo Henry Guitar. Y un cuarto a Paris, Normandía, Lille, Ámsterdam y Utrecht, como los anteriores, debidamente reseñado en el blog. En otro orden de cosas del ámbito personal, he cambiado de coche para hacerme con un Toyota Corolla nuevo para los próximos cuatro años y he renovado mi ordenador, porque el viejo se me había llenado de hormigas. Estaba pensando también en cambiarme de móvil, pero un amigo me ha dicho que pruebe a limpiarlo de mierda (vídeos, fotos a millares, etc.) y lo cierto es que, desde que me he puesto a ello va cada vez mejor. Sólo tendría que cambiarle la funda, que está que da asco.

Pero sin duda, la mejor noticia de este semestre ha sido la llegada a casa de mi nuevo y querido colega, el gato Tarik Marcelino Martínez, un animal ciertamente singular. Es un gato muy bien plantado, que está muy a gusto en el mundo, que no tiene miedos ni traumas. Es cariñoso, confiado, súper curioso, juguetón, solidario, todo el tiempo pendiente de lo que hago para acompañarme y apoyarme. Es hospitalario, sociable y acogedor, le encanta que venga gente a mi casa. Además ya he comprobado que no me va a impedir viajar. Para escapadas hasta de cinco días (como la de Cáceres) se puede quedar solo, siempre que se le deje bien aviado. Y para viajes más largos puedo llevarlo a casa de África, en donde se dedica a provocar peleas con Ulises y Mina, de momento sin consecuencias demasiado cruentas.

Como no podía ser de otra manera, ha habido también malas noticias. Al bluff de Brazzaville hay que sumarle mi empeño en votar a Recupera Madrid y la debacle de la izquierda en las elecciones locales y autonómicas. La llegada de Vox a los Ayuntamientos y Comunidades es catastrófica y aún estamos a tiempo de parar su acceso al Estado, pero de esto ya hablaremos en otro post. El Depresivo de La Coruña ha vuelto a morir a la orilla, como cada año, a falta de un gol que lo hubiera llevado de vuelta a la Segunda División, un clásico que se repite año tras año. Pero sin duda, lo peor de todo ha sido el empeoramiento del estado de salud de dos amigos muy queridos y seguidores del blog, del que ya les hablé el último día. A este respecto, me van a permitir que me cite a mí mismo, algo que ya saben que me gusta. A primeros de 2009, yo gané el premio de novela corta Encina de Plata con un relato llamado La Human Race. Hace catorce años ya de ese evento, pero les voy a entresacar parte del parlamento que hace uno de los personajes, octogenario, medio sordo y divertido, aunque el parlamento corresponde a un momento de bajón, después de marearse en medio de un sarao, del que se lo han tenido que llevar a rastras a su casa. Cito textualmente:

…por mucho que te esfuerces, la vida es sólo un camino a la vejez y la soledad. Los creyentes de las distintas religiones piensan que hay algo después, pero los agnósticos no tenemos ni siquiera ese consuelo. Lo que pasa es que, mientras no ves acercarse a la muerte, te crees que a ti no te va a pillar nunca. Cuando uno es joven se siente inmortal, se cree que el tiempo es infinito. Luego el tiempo se va acelerando y entonces empieza a haber bajas. Y más bajas. Y más bajas. Al principio lejanas, luego cada vez más cerca, hasta que te rodean y te acorralan y al final te quedas solo e indefenso.

Tenía yo 58 años cuando escribí esto (quién los pillara), pero ya anticipaba lo que iba a venir un día, y ese día ya ha llegado. Así que ánimo y adelante, mientras el cuerpo y la cabeza aguanten. El pasado domingo me pasé el día acompañando en su casa a uno de estos dos dolientes, que en general estaba bastante adormilado, lo que me permitió disponer de largos ratos para escribir mi post anterior. A partir de ahí continuaré con el relato de mis andanzas, casi una parte obligada de todos mis textos. El lunes 26 cumplí con mi sesión de yoga, comí en el Ricla y me recogí en casa, porque el calor apretaba ya duro. El martes tuve mi hora de inglés y a mediodía, bajo el sol inmisericorde, caminé hasta el restaurante La Llorería, que regenta mi amigo José y que no me canso de recomendarles.

Había quedado allí con mi última jefa del curre y mi compañera M. a las que quería enseñar el lugar y dar ánimos en estos tiempos difíciles en los que el urbanismo madrileño ha caído en manos del ínclito Borja Carburante, el hombre fuerte del Topillo, del que me cuentan que llegó al edificio APOT y se presentó a los jefes afirmando que de urbanismo no sabe nada, toda una declaración de intenciones. Mis amigas estaban muy preocupadas por el futuro, a pesar de que hicieron por pasar un buen rato conmigo y disfrutar de los manjares. José les aclaró que el nombre no se debe a que lloras de lo bueno que está todo, como decía una leyenda bastante extendida, sino a que es un lugar en donde puedes ir a llorar tus penas y sentirte confortado.

Pero la preocupación de mis amigas estaba justificada: a mi jefa la cesaron 24 horas después. Es algo muy injusto, el equipo del que yo formaba parte se ha dejado la vida por sacar adelante el Bosque Metropolitano y los demás proyectos estratégicos. Y ahora los van a disolver. Qué será del Bosque y demás iniciativas. Qué será de Madrid. Tal vez tengamos que volver a La Llorería, a ahogar nuestras penas en tequila reposado. El caso es que volví caminando bajo la solanera y descansé el resto de la tarde. Porque al día siguiente tenía un evento de bastante compromiso: la audición para los familiares de los alumnos que cerraría el curso de guitarra dirigido por el gran Henry. Estaba tan preocupado que hasta me tomé un té de ginseng rojo coreano en ayunas, como hago cada vez que tengo que hablar en público. Quedamos una hora antes, a las 18.30, para un último ensayo, preparar la sala, etc.

Vino bastante gente y la verdad es que la cosa quedó bien. Yo participé en la primera parte, con Henry y Carlos en las otras guitarras y el joven Borja a la batería. Tocamos tres blues de distintos ritmos en los que, después de desarrollar el tema base, cada uno disponíamos de doce compases para improvisar solos. Yo soy el peor de todos, pero hice lo que pude y la cosa salió bien, porque en medio de un grupo los errores no se notan tanto, sobre todo si sigues tocando y disimulas. A continuación, Henry tocó unas bossa novas de Jobim con Raúl y también Borja con una batería amortiguada. Y terminó la cosa con la parte electrificada, en la que yo todavía no puedo entrar, pero espero conseguirlo a partir de septiembre. Henry sacó su vieja Telecaster, Borja le dio réplica con su Yamaha y Carlos se puso a la batería. Entre otros temas, tocaron uno de Nirvana que salió fenomenal.

Como parte del público, asistió también mi amigo Críspulo, el batería, que no me había visto nunca en esas lides y me dijo luego que le había impresionado. Después, los asistentes se fueron a esperarnos a la terraza del bar Los Cuñaos. Nosotros ayudamos a recoger y guardar las sillas, los amplis y los instrumentos y luego nos sumamos. Cayeron allí dobles de cervezas y tapas en buena cantidad, y eso que yo no quería beber mucho, porque había venido en coche al estar cerrada la Linea 1 de Metro hasta noviembre. Acabamos la juerga pasada la medianoche y yo conduje de vuelta muy despacio, para no tener ningún mal encuentro con los del antidoping. Y dormí como un auténtico cura.

Ayer jueves estaba como nuevo, cero resaca. Tuve mi clase de inglés y a mediodía una sesión un poco abreviada de yoga y Ricla, porque quería estar a las 16.00 en casa, para conectarme a un Webinar de C40 sobre el nuevo plan urbanístico de París. He de decirles que, cuando me jubilé, avisé a los responsables de las redes C40 y Metrópolis de que ya cesaba como activo, por lo que no podría seguir siendo el representante de Madrid en dichas redes de ciudades. Y pedí seguir conectado. Mi amiga Lia Brum, de Metrópolis, me dijo que sin problemas. Desde entonces, recibo con regularidad sus publicaciones y asisto a algunos de sus workshops. Pero en C40 di con Julia López Ventura, la delegada de la red para la región europea, que me dijo que no se podía estar en C40 como jubilado. Es obvio que yo no pretendía seguir siendo invitado a congresos y similares, sino sólo seguir en contacto, pero esta señora no lo entendió.

Durante el primero de mis dos viajes a Párís de este año, quedé un día a comer con mi amiga Hélène Chartier y le comenté esta incidencia. Resulta que Hélène es ahora la directora de urbanismo de la red y está por encima de Julia. Y fue ella la que me reconectó para que siga estando al día de lo que se cuece en la red y en el mundo. Este es el primer Webinar al que asisto y, al estar en el grupo, me envían después la grabación de toda la sesión, que yo puedo a mi vez reenviar a mis contactos en Madrid, como Sonia de Gregorio, Elisa Pozo y otros. Y es muy triste comparar lo que están preparando en el Ayuntamiento de Paris con la política de movilidad de Madrid, en donde Borja Carburante sigue aumentando las facilidades al automóvil. Creo que algún día les obsequiaré con un texto centrado en este tema de la movilidad urbana, para poner los puntos sobre las íes.

Como ven, yo sigo manteniendo el ritmo. Para este verano, tengo preparadas algunas escapadas que ya les iré anunciando. Por ejemplo, el fin de semana del 15 me voy a Béjar, con Críspulo y Henry Guitar, para asistir al Festival de Blues del lugar. Hemos alquilado una casita rural a 750 metros del escenario y nos vamos a divertir. En el programa, el elegante bluesman californiano Tommy Castro, a quien vimos el año pasado en Cazorla y que viene como cabeza de cartel. Además el grupo Ten Years After, un histórico encabezado por el gran guitarrista Alvin Lee, que sin duda supera los 70 años y que supongo que conserva los derechos del nombre y tal vez toque rodeado de gente más joven. Más la Vargas Blues Band y otros. El festival es los días 14 y 15, pero nos vamos el 13 con la intención de acercarnos a visitar algunos pueblos más de la zona, como Hervás o La Alberca.

El siguiente fin de semana me voy a La Coruña para un sarao familiar que ya les contaré y al que probablemente vengan mis hijos. Pero antes de estos viajes, tengo algún plan más inmediato. Por ejemplo, el jueves que viene voy a ver a The Interrupters a la sala La Riviera. Interrupters son un grupo de Los Ángeles, de la factoría de Tim Armstrong, el líder de Rancid, grupo del punk histórico que acaba de sacar un disco después de seis años. Forman Interrupters los tres hermanos Bivona, guitarra, bajo y batería, arropando a Aymee la cantante. Hacen una mezcla de post-punk y ska bastante explosiva. Hace años les hablé de ellos en el blog, pero hace mucho que no los traigo. Tal vez la canción que más me gusta de ellos es Take back the power, con la que voy a cerrar este post sin más imágenes.

Lo cierto es que los coreanos no me han mandado ninguna foto de nuestros encuentros, voy a intentar reclamárselas. Y creo que de nuestra audición en Palomeras alguno de los familiares grabó un vídeo completo, pero tampoco me he hecho con él. Así que de momento, se quedan con los Interrupters. La letra es muy motivadora y viene bien para los tiempos electorales que nos esperan, en los que no vendría mal recuperar el poder, como exhorta la canción. Por cierto, le comenté a mi hijo Kike por teléfono que iba a ver a los Interrupters el día 6 y me contestó que él también, el día 4 en París, evento para el que tiene las entradas compradas desde hace mucho. Con él no hay forma de quedar de padre moderno. Les dejo ya con el tema. Pantalla grande y volumen a tope, por favor. Y, lo dicho, sean buenos como mi gato.

domingo, 25 de junio de 2023

1.231. El mundo sigue girando

Soy consciente de que en estos últimos tiempos he disminuido bastante el ritmo de publicaciones, pero no puedo avivar el tema mucho más porque estoy ocupadísimo, como les cuento. Sólo con hacer una mera enumeración de mis actividades, ya relleno un texto del tamaño crítico de mis posts y apenas me queda espacio para alguna de esas viejas reflexiones a la carrera que a veces sobrevolaban mis textos. La vida del mundo y sus habitantes sigue a su ritmo esperado y lo acojonante es cómo nos vamos haciendo cada día más viejos y nos vamos acercando a esa línea que nos iguala a todos. Como ya he escrito, yo, cada vez que me levanto por la mañana y compruebo que no me duele nada y que puedo prepararme mi café triple y mi zumo de naranja salteado con arándanos, doy gracias encarecidamente a mi suerte al ver que no he avanzado más hacia esa línea inevitable y estoy más o menos como el día anterior.

Pero yo, ahora mismo, tengo a dos amigos muy queridos y fieles seguidores de este blog, que han dado sendos acelerones en esta carrera y están ya cerca de la meta. Es muy duro ver consumirse a un amigo, pero estos dos simplemente se han adelantado en una deriva en la que detrás vamos todos los demás; yo no conozco a nadie que no se vaya a morir un día. Y nuestro deber es hacerles compañía en ese trance tan tedioso para ellos y tan doloroso para los que les rodeamos. Y a vivir mientras podamos. Este post es, pues, un homenaje sentido a estos dos colegas, cuyos nombres no digo para respetar su privacidad. Pero, mientras tanto, nos llegan algunas imágenes que ilustran lo que les digo. Por ejemplo, hace unos días tocó en Bilbao la inigualable Chrissie Hinde, la vocalista y líder de los Pretenders, una mujer de la que todos estábamos enamorados en su día. Vean qué aspecto tiene ahora.

Chrissie es, como yo, de la quinta del 51 y está por tanto a punto de cumplir los 72, porque ella es de septiembre. Y se mantiene en plena forma, como se puede observar, si bien los estragos físicos de la vejez se pueden constatar a primera vista. Yo he visto a los Pretenders al menos tres veces, que recuerde, en el Bernabeu, como teloneros de U2, en la sala Aqualung, ahora mismo a punto de ser demolida para posibilitar un pelotazo de la era Almeida en la Ermita del Santo, y una tercera en La Riviera, con un sonido infame que apenas lograba elevarse por encima del murmullo del personal, que nunca he entendido por qué van a los conciertos para seguir contando a voces sus penurias mentales, en vez de dedicarse a escuchar la música. Otro que muestra los estragos de la edad, es el gran Keith Richards, el alma de los Stones, aquí ven una imagen de sus manos, que siguen tocando primorosamente su histórica Telecaster. 

En fin, la vida es un proceso de deterioro progresivo, que, según unos, se inicia muy pronto y es imparable. Por ejemplo, mi hijo Kike dice que la cosa empieza en torno a los 25 años; que él, antes de esa edad, podía rematar de chilena y darse la costalada contra el suelo sin mayores quebrantos y, desde que cumplió los 25, ya no se atreve a hacerlo porque le da miedo. Y luego están los extremistas más revirados hacia el pesimismo existencial, que dicen que el proceso empieza en el momento mismo del nacimiento, que la verdadera vida es la que se vive en el seno uterino, flotando en ese líquido maravilloso que nos arropa y nos da de comer, y que por eso los recién nacidos lloran muy fuerte, para expresar su protesta por la pérdida del paraíso. Yo que, como saben, soy un optimista inveterado, sostengo que cada edad tiene su punto y que, una vez superada la adolescencia (tiempo en que te empieza a crecer la clavícula y no sabes qué te está pasando) cada período de la vida tiene sus cosas interesantes y hay que saber disfrutarlas.

En este momento, yo estoy disfrutando de esta nueva juventud de solitario urbano que me ha tocado y en la que me lo estoy pasando bastante aceptablemente. Dicho todo esto, les haré mi habitual crónica de estos días transcurridos desde mi anterior post, que escribí en la tarde del domingo 18 de junio. Lo cierto es que el lunes 19 no tenía nada anotado en mi agenda, porque era luna nueva y ya saben que en mi línea de Ashtanga Yoga, los días de luna nueva o llena no se hace ejercicio de ningún tipo. Y lo cierto es que fue una jornada en la que llegué a sentir una especie de vacío existencial: y ahora qué coño hago yo, aquí con mi gato mientras el calor se va adueñando de estos días, los más largos del año. Pero sobreviví viendo alguna serie de Netflix y haciendo sudokus difíciles, ocupaciones típicas del jubilado proverbial que no soy.

El martes 20 ya me incorporé a mi rutina hiperactiva con todos los honores. A las 10.30 tenía una cita para terminar de hacer la Declaración de la Renta en una gestoría en la calle Cartagena, ya cerca de la Avenida de los Toreros. Me fui andando atravesando el Retiro que estaba precioso y luego por la calle Alcalá hasta Manuel Becerra. Llegué con tiempo de sobra, que aproveché para acercarme a la tienda Kiwoko a comprarle unos juegos a Tarik, que en pocos días destroza los que le voy sacando. El tipo que me ayudó con la renta, es muy bueno, me cobró 80€ que doy por bien pagados porque este es un tema que me genera mucha angustia y necesito apoyarme en alguien que me dé seguridad. Volví caminando y apenas pude descansar un ratito, porque luego tenía una cita para comer con tres amigas que se mantienen activas en sus diferentes puestos del Ayuntamiento.

Nos habíamos citado en La Tavernetta Siciliana, un lugar delicioso de la calle Orellana, donde nos obsequiamos con unas pastas fabulosas, después de compartir una caponata, que es una especie de pisto de las regiones sureñas de Italia. Tuvimos margen de comentar la actualidad municipal, a punto de empezar la segunda legislatura de Almeida, que manda carallo que haya sacado mayoría absoluta siendo el alcalde más petardo de la historia de la ciudad, lo que viene a indicar el nivel del personal e infunde verdadero miedo de cara a estas inminentes elecciones generales de nuestros penares. A este respecto les diré que, aunque me considero yolandista irredento, como ya proclamé en el blog, al menos tres amigos que no se conocen de nada entre ellos me han dicho que esta vez el voto útil es a Pedro Sánchez, por poco que nos guste, si queremos evitarnos el bochorno de tener que sufrir a Abascal-tu-culo-huele-mal, nada menos que de vicepresidente del país.

En las locales, ya saben que yo voté a Recupera Madrid, con otros 6.000 incautos y ya he tenido que sufrir diversos regaños, e incluso lecciones de izquierdismo de tipos que iban en pañales cuando yo me andaba peleando con los grises en la universidad. Seguí a mi corazón y no me importa reconocer que me equivoqué. Quede esto como una sincera autocrítica. Como yo no soy el Papa, puedo equivocarme y, como tampoco soy Pablo Iglesias ni Irene Montero, puedo hacer autocrítica y reconocer mi error. No quisiera recaer de nuevo en el error y, aunque no me hace mucha ilusión votar a Sánchez, pues como que me ha entrado la duda. Ya hablaremos de esto. Mis tres contertulias del martes afrontan con verdadera desgana este tiempo que viene en el que no pueden todavía jubilarse como yo. Como suele suceder, los equipos técnicos no se constituirán hasta septiembre.

Pero, después de la comida, apenas pude descansar, porque a las 19.30 tenía la sesión de cierre de Billar de Letras hasta septiembre, en torno a un libro delicioso, Alberte y Jakob, escrito en los años 20 del siglo pasado por una señora noruega llamada Cora Sandel. Es un texto de una delicadeza extrema en el que se cuentan las penas de una adolescente que no es muy agraciada y a la que le gustaría estudiar una carrera universitaria, pero sus padres han decidido que su dinero es para que estudie su único hermano, que es un zote reconocido. Así se funcionaba entonces: las chicas estudiaban el bachiller y, por brillantes que fueran, les tocaba empezar a mostrarse por el paseo, arriba y abajo, para pescar un marido. Mi madre, sin ir más lejos fue un ejemplo de eso: su único hermano estudió para ingeniero de Caminos, mientras a ella se le vetaba la vía universitaria y se la condenaba a buscar marido. Menos mal que dio con mi padre, que le dio una vida bastante plena para los parámetros de esa época.

El miércoles madrugué y salí a correr al Retiro. Por pitos o por flautas, llevaba como un mes sin bajar a correr, desde antes de mi viaje a Cáceres por el Womad. Y me encontré un poco fuera de forma, pero bastante bien. Luego, me preparé una comida, me eché una siesta y me fui a Palomeras, por última vez en Metro, porque la Línea 1 la cierran hasta finales de octubre. Sólo me queda una clase de guitarra, la que haremos el miércoles que viene, en forma de audición para los familiares de los alumnos más jóvenes. Hicimos el último ensayo y comprobamos que estamos listos para la audición. El jueves tuve mi habitual clase de inglés, hice algunas gestiones pendientes y me fui al yoga, una sesión agotadora por el calor y las agujetas por la carrera del día anterior. Comí en el Ricla unas albóndigas excepcionales, me acerqué a La Mexicana a reponer café para mi cafetera y aproveché para subir a la FNAC y comprarme los libros para el Billar de Letras de otoño.

Y volví caminando a casa, donde pasé la tarde descansando, porque me encontraba bastante matado de la carrera, el yoga y lo demás. Y además debía recuperar fuerzas para el viernes, que venía fino. Una vez libre de la Declaración de Hacienda y con dos meses de descanso de clases de guitarra y de Billar de Letras, espero tener más tiempo para correr y para escribir más seguido en el blog. Pero anteayer viernes, madrugué y me calcé en ayunas un té de ginseng rojo coreano, que es para mí como las espinacas de Popeye y que no dejo de tomarme cada vez que tengo un sarao profesional que implique hablar a un grupo y mantener una actividad continuada. Desayuné y caminé hasta el Puente de Toledo, donde estaba citado con la delegación coreana: la Expressway Korean Corporation, encabezada por su CEO el señor Jingyu Ham, con los tres que habían venido una semana antes y otros dos muy jovencitos que no decían nada, hasta el punto de que llegué a pensar que eran hijos de Ham.

Les dejó allí un minibús de la empresa Spainbus, conducido por una chica que se llamaba Mónica y a la que le pedí una tarjeta, por si tenemos que tirar de ella en algún sarao futuro. Los coreanos venían con una intérprete-guía, diferente de mi amiga Mía Li, que atendía por Kim y era muy graciosa. Dimos un paseo de apenas una hora, porque el jefe no era mucho de andar. Ya me había advertido mi amigo el señor Chung de que este señor era muy diferente a él, aunque eran amigos y tenían una buena relación. El señor Ham es bastante autoritario y los tres que yo conocía de la semana anterior y con los que había hecho muchas risas, estaban ahora bastante envarados y atentos a ver qué demandaba el sumo pontífice. Por ejemplo, Ham llevaba una botellita de agua y, cuando había que subir alguna escalera ayudándose de una barandilla, únicamente hacía un gesto con la botella hacia un lado y enseguida había alguien que se la cogía, para que tuviera las dos manos útiles. Ese gesto lo hacía sin mirar al costado, como Laudrup cuando centraba.

Después de una hora de andar, nos sentamos en una terraza a tomar unas tónicas y cafés y allí yo les seguí hablando del proyecto Madrid Río, atendiendo a las cuestiones que me planteaban los tres técnicos más mayores. El jefe se mostraba displicente, como un marqués, y miraba en torno, como si no le interesara nuestra charla. Y los dos semiadolescentes estaban como medio empanados. Llamamos a Mónica a que nos viniera a recoger y nos llevara a la sede de Madrid Calle 30. Allí nos recibieron cordialmente y pasamos a una sala donde yo les mostré mi presentación del proyecto. A continuación visitamos el Centro de Control de Túneles y nos internamos en las profundidades para visitar los sistemas de ventilación y filtrado de aire del túnel conocido como el By-pass sur. Este doble túnel, de 3,5 kms, discurre a 60 metros de profundidad y fue realmente la parte más interesante de la mañana. No había estado en ese lugar desde una visita durante las obras gallardónicas de la tuneladora.

Allí, a las profundidades de la tierra, vino a recogernos Mónica con su minibús para llevarnos a la superficie, después de cerca de 4 kilómetros de circular por la vía de emergencia que discurre por debajo de los carriles útiles del by-pass. Terminamos en la puerta del restaurante Oviedo, un asturiano que está cerca del paseo de la Chopera, en donde comimos los coreanos, la interprete, la conductora del bus y yo. El técnico de Calle 30 que había dirigido la visita se excusó diciendo que tenía que ir a recoger a sus niños al cole. Entré al quite diciendo que yo me quedaba, que no tenía que recoger a mis niños porque ambos pasan de los treinta, chiste que fue debidamente traducido por Kim y celebrado por los tres más majos con grandes carcajadas, entre la sonrisa torcida del jefe y la indiferencia estulta de los dos chavales.

Lo mejor de todo fue la entrega de regalos que hicimos en Calle 30 con los típicos posados y fotos de las que no tengo imagen todavía, espero que me las manden. A mí me tocó una nueva remesa de té de ginseng rojo coreano, aunque una semana antes me habían traído otra. Esta nueva no es en forma de solubles, como las que yo me he tomado siempre, sino en ampollas de extracto, que he de averiguar cómo se toman, que esto del té de ginseng rojo es una bomba y hay que administrarlo con cautela. Al final de la comida, Kim me regaló un par de dulces coreanos, también a base de ginseng rojo, un detalle personal suyo, que agradecí debidamente. Y me despedí de todos. Ellos tenían todavía unas tres horas del contrato del bus y decidieron que se iban a Toledo, para ver al menos la panorámica desde el Parador.

Volví a casa en Metro porque estaba cansado, pero mi jornada de viernes no terminaba todavía. A las siete tenía teatro en el Español. El sueño de la razón, de Buero Vallejo. Por distintas circunstancias, me sobraba una entrada así que, tras ofrecérsela en vano a un par de chicas de esas que me gustan pero no me hacen ni caso, se la brindé a Miguel, mi nuevo amigo al que me presentó Gonzalo López, el hombre de San Diego. Me había dicho que sí con entusiasmo, pero luego resultó que el hombre estaba medio malo y se pasó la obra entre cabezadas y ratos mirando al suelo sujetándose la cabeza con los codos sobre las rodillas. Me explicó que le han quitado la próstata hace unos días y que estaba tomándose unos antibióticos que le hacen polvo el estómago. Le regañé: podía habérmelo dicho y yo hubiera vendido la entrada. Pero se disculpó diciendo que le daba rabia no corresponder a mi amabilidad. El caso es que, aunque la obra era en parte una castaña (en mi opinión, no en la de otros del grupo), a mi pobre amigo le dio una especie de bajón hipoglucémico y se encontraba fatal.

Le pregunté qué quería hacer y me dijo que necesitaba tomarse una sopa o algo caliente. Así que le llevé a un asiático del entorno en donde se tomó una sopa de wantún que le sentó maravillosamente. Yo le acompañé con una cerveza japonesa Asahi, porque tenía la comida asturiana de los coreanos en las amígdalas. Dimos luego una pequeña vuelta y lo acompañé hasta el Metro Banco, de vuelta a su casa. En fin, esta historia cierra un poco el círculo del post, hemos empezado hablando de las calamidades que sufrimos los mayores y rematamos con otra versión de lo mismo. Así que, lo dicho, a celebrar la vida los que estemos de momento con buena salud y a tratar de hacer cuantas más cosas mejor. 

Viene el calor, acabamos de sobrepasar el solsticio y estamos en los días más largos. Para estas olas de calor es muy bueno dedicarse a la lectura. Yo he parado un rato de escribir para ponerme a cocinar para los que estamos aquí cuidando al doliente. Ahora terminaré el post, me echaré una siestecita por aquí y me pondré seguramente a leer. Mientras va cayendo la tarde madrileña al ritmo habitual. Tengo un par de imágenes para cerrar este texto animándoles a la lectura. La primera  está relacionada con el Ulises, la obra maestra de James Joyce, que yo me he leído ya dos veces y sin embargo conozco a bastante gente que ha sido incapaz de terminársela por una sola vez. Como mi amiga África, que dice que es una castaña pilonga. La primera de las imágenes que les traigo, muestra a Marilyn Monroe leyéndolo y da fe de que se lo estaba ya terminando.                                       

La otra imagen, muestra una práctica común de los libreros de Bagdad, a día de hoy. El caso es que, cada noche, estos libreros sacan a la calle sus libros y los dejan allí a la intemperie, para que estén más ventilados y no críen moho. Parten de una doble convicción: los lectores no roban y los ladrones no leen. Curioso, ¿verdad? Pues eso, que sean buenos, como mi gato, y soporten el calor con estoicismo. No queda otra.



domingo, 18 de junio de 2023

1.230. El aterrizaje del ánade real

Les dije que a la vuelta de París había aterrizado en mi realidad de abuelo hiperactivo con la misma velocidad que los ánades cuando caen sobre una superficie de agua y siguen hacia delante a toda velocidad. Para que entiendan a qué me refiero, les pido que vean un breve vídeo en el que se observa al principio lo que yo les digo. Después se puede ver llegar a un par de gaviotas que empiezan a joder a los pacíficos patos. También a mí me han aparecido algunas de estas gaviotas cansinas. Pero vamos por partes. Primero vean el vídeo. Para eso han de pinchar AQUÍ.

Empecemos por el viaje de vuelta, un ejemplo de que, a veces, una cosa que está yendo fenomenal, de pronto empieza a ir mal y no hay forma de enderezarla. Las cosas empezaron a fallar en el tren de vuelta de Ámsterdam, un tren de la compañía belga de ferrocarriles que ya en otras ocasiones les he mostrado que no son un ejemplo de eficiencia. El recorrido tenía dos trayectos, uno Ámsterdam-Bruselas y otro Bruselas-París. Tenía 45 minutos para hacer el cambio de tren. Pero nuestro convoy estuvo parado en la estación de Amberes más de una hora. Así que perdimos el transfer. Ya en la estación de Bruselas, un grupo de frustrados viajeros nos arremolinamos con nuestros equipajes en torno a un interventor o jefe de estación con su uniforme azul oscuro impecable.

El mayor problema lo tenían los que regresaban a Londres, con el llamado Eurostar. A esos los separaron hacia la estación, mientras que a los que íbamos a París nos dirigieron a un andén en donde estaba por llegar otro tren. Éramos pocos, pero nos encomendaron a que negociáramos individualmente con el jefe del tren, que llegó enseguida. Era un francés atildado, de barba entrecana bien recortada y aire general de savoir-faire. Cuando me llegó el turno, le dije a mi modo torrencial que yo necesitaba llegar a París esa tarde, que no quería pagar ni un euro extra, puesto que no había sido culpa mía perder el tren y que a cambio declaraba que no me importaba lo más mínimo viajar de pie o sentarme en el suelo con tal de que me llevaran a París. Me escuchó con paciencia y, con un gesto inequívocamente afirmativo, me contestó que estaba muy bien que no me importase ir de pie, porque así era como iba a viajar: el tren tenía todos sus asientos ocupados y sólo me podía ofrecer viajar en el bar con todos mis compañeros de viaje de Ámsterdam, como pudiéramos acomodarnos.

De Bruselas a Paris es un viaje corto, en el que hicimos por colocarnos, con la ventaja de que podíamos pedirle una cerveza a la señora del bar. Llegué a casa de Kike a media tarde y, como les conté, esa noche invité a cenar a mis anfitriones en el restaurante Le Petit Marché, en el Marais, a modo de despedida y agradecimiento por su hospitalidad. El tema de la pérdida de la conexión en Bruselas era ya un signo de que no estaba precisamente en una buena racha, pero no esperaba que la cosa fuera tan grave. El martes 6 de junio me despedí de Kike y su chica y bajé con tiempo a coger el RER al aeropuerto Charles De Gaulle. El RER está últimamente bastante mal, con interrupciones continuas por obras y huelgas puntuales. Kike me contó que, cuando él tiene que salir en viaje de trabajo, su empresa le paga un taxi al aeropuerto, porque no se quieren arriesgar a que pierda un vuelo por los problemas en el RER.

Mi amigo Alain me contó que los sindicatos franceses son muy potentes, que tienen mucho dinero lo que les permite disponer de unas cajas de resistencia poderosas para las huelgas estas interminables que están organizando contra Macron por el tema de la edad de jubilación. Y me pronosticó que en cuanto llegue el verano la cosa se parará, porque los trabajadores querrán cogerse sus vacaciones, y volverá a arreciar en el otoño (recuerden los proverbiales otoños calientes de antes). También me viene a la memoria la frase demoledora de mi amigo Philippe Billot: Francia es un país en vías de subdesarrollo. Bien, todo va mal en Francia, especialmente en sus servicios públicos y yo perdí bastante tiempo en el RER, pero llegué a tiempo al aeropuerto. Había hecho el check-in on line el día anterior, contaba con mi tarjeta de embarque y me dirigí a la zona en la que te hacen la revisión de seguridad. Pero para acceder a ella, había que pasar por un lugar en el que una señora con el uniforme de Air France te daba o no paso, un poco aleatoriamente: tú sí, tú no. Y me tocó que no.

La cosa no es aleatoria del todo, la señora le echa un ojo a tu equipaje y decide si tienes pinta de ir o no demasiado cargado. Yo llevaba lo mismo que había traído desde Madrid, con el añadido de un par de regalos para África, tres o cuatro libros que le había prestado a Kike y me traía de vuelta, un libro sobre Le Havre que me había regalado Lluis y alguna cosa más. Me pasaron a un lugar de medida y pesaje. La maleta cumplía las dimensiones y peso requerido, pero al añadir mi maletín con el ordenador y los libros, el peso se pasaba en tres kilos. ¿Solución? Tenía que facturar la maleta. Lo cual me suponía salirme de allí y acudir al mostrador de facturación, donde había la cola previsible. Pensé que el tema se solucionaría pagando un recargo, como suele hacer Ryan Air, pero la cosa me salió gratis. Yo tenía derecho a facturar mi maleta y el maletín que me quedaba ya cumplía los estándares de peso y tamaño.

Volví donde la señora de ojo de águila, que esta vez me dirigió hacia los muelles de la seguridad. Aquí todo fue bien, llegué a la puerta de embarque y, como aun tenía un poco de tiempo, me acerqué a un Paul a tomarme un gran bocata con una cerveza Heineken de 50cc. Y volví a la puerta de embarque, donde ya se montaban las colas de los impacientes por entrar los primeros. Diez minutos antes de la hora prevista para empezar el embarque, el tipo al mando del tema cogió el micro y anunció una información importante para los pasajeros del vuelo a Madrid. La información era que el vuelo se acababa de anular por una huelga inesperada de los controladores aéreos. ¿Saben por qué? Sí, han acertado: por la ley de Macron que retrasa la jubilación a los 64. Protestas, viajeros indignados, gritos. El tipo mantuvo la calma y dijo que los vuelos de esa tarde a Madrid estaban todos llenos. Que los pasajeros que tuvieran domicilio en París se fueran por favor a sus casas, donde en unas horas les mandarían un e-mail con instrucciones al respecto. Los otros, que esperaran.

Yo le informé que mi domicilio está en Madrid y, por tanto, me quedaba por allí. Un mexicano con aires de experto en estas lides y cierto punto de liderazgo, proclamó que a partir de ahora nos pondrían diversos anzuelos para ver si nos íbamos, y así ahorrarse el hotel de cuanta más gente mejor. Por el contrario, el empleado de Air France, una vez que se fueron los parisinos, nos guio a una cinta de esas por las que suelen salir los equipajes, para recuperar lo facturado. Mi maleta salió enseguida y el tipo me mandó a la ventanilla 1, que estaba en el piso de arriba. Al llegar, resultó que el número de vuelos anulados en aquel momento era como de quince y había una cola única para los pasajeros de todos ellos. Me puse a la cola y, un rato después, detrás de mí había una hilera como de un kilómetro de viajeros chasqueados y cabreados. Había cinco puestos de atención, pero la cola apenas avanzaba.

Media hora después, me sonó el móvil. Mensaje de Air France. La compañía me ofrecía un billete para el vuelo del día siguiente a la una. Si me parecía bien, podía sacar allí mismo la tarjeta de embarque en papel, o pedirla on line. Inmediatamente me salí de la cola y fui a por esa tarjeta de embarque. La alternativa era estar toda la tarde allí haciendo cola, para que luego me llevaran a un hotel impersonal, de esos que hay al lado de los aeropuertos para estas contingencias. Otra persona, quizá se hubiera quedado: no, no, que se jodan y que me paguen una noche de hotel. Pero yo no soy de esa clase. Avisé a Kike que me volvía, cogí el RER, que esta vez fue como la seda, y a media tarde estaba de nuevo en la casa de mi hijo. Ellos habían quedado para cenar fuera con unos amigos y la chica me propuso anular la cita para quedarse conmigo. Me negué en redondo. Pero es que me da rabia dejarte solo. Me puso la respuesta a huevo: yo estoy solo todo el año, querida.

Descansé un rato, me cambié de camisa y salí a pasear por París. Me acerqué a la zona más ancha del Canal de Saint Martin, llena de terrazas de bares y restaurantes a los dos lados. Encontré una terraza italiana y me senté a tomar un Aperol Spritz, mi coctel favorito. Como el sitio me gustó, ya me quedé allí y me pedí un risotto con pollo y setas que estaba bastante aceptable. Ya anocheciendo, terminé la vuelta completa al canal y regresé a casa. Mis anfitriones llegaron tarde procurando no despertarme. Y el miércoles repetí la historia, como en el día de la marmota. En previsión del tema del exceso de peso, repartí mis cosas en tres equipajes, utilizando la mochila que tenía y que había usado en mis escapadas a Normandía, a Lille y a Ámsterdam. Facturé la maleta y me quedé con el maletín y la mochila como equipaje de cabina. El vuelo se retrasó una hora y yo ya estaba de los nervios, pero al final salimos. Por cierto, en el pasaje no descubrí a ninguno de mis compañeros del día anterior.

El problema con el retraso de un día es que el miércoles había quedado en recoger mi coche nuevo por la mañana y a comer con una amiga a mediodía. Tuve que anular ambas citas. Mi vuelo llegó con retraso y encima tuve que esperar una hora a que saliera mi maleta facturada por la cinta correspondiente. Así que, me cogí el Metro-tren-Metro (ya saben que soy alérgico a los taxistas) y llegué a casa con el tiempo justo de ducharme, cambiarme y salir cagando leches a Palomeras, en donde tenía clase con Henry Guitar. Como les he dicho, estamos preparando una audición para las familias de los alumnos, con tres guitarras y batería. Yo me había perdido dos clases, pero me incorporé con energía y Henry se quedó muy contento. Y por la noche llevé a mi amiga, la de la comida fallida, a cenar a las Bodegas Rosell. Volví a casa reventado.

El jueves 8 tenía programa completo, así que no pude acercarme a recoger a Tarik. Tuve inglés por la mañana, yoga a mediodía, comida en el Ricla y, a renglón seguido, la inauguración de la exposición de dibujos de mi amigo Mauro Gil-Fournier, arquitecto y humanista, autor del libro Las casas que me habitan, en el que le hice una corrección ortográfico-sintáctica y cuyas ilustraciones, con otros dibujos posteriores, constituyen el grueso de la exposición. El artista habló un buen rato explicando y presentando la exposición y luego sacaron unas cervezas y unos sándwiches. Pasé una velada muy agradable. Y, por cierto, esta exposición está junto al Palacio del Duque de Liria, en Argüelles, a donde fui y volví a pie. Ya van comprendiendo por qué les digo que he aterrizado en mi realidad a la manera de los ánades reales.

El viernes 9 fue otro día bien completito. Por la mañana cogí el Metro para ir a casa de África a recoger a Tarik. Más de una semana después de eso, ya les puedo confirmar que el gato se ha adaptado a las rutinas de mi casa como si nada, después de 17 días de exilio. Un exilio en el que yo creía que Ulises y Mina le habían marginado y zurrado a conciencia y resulta que fue al revés: era él quien se iba a por los otros a montar pendencias, de las que salía a veces escaldado, de hecho lo recogí con un buen arañazo en el morrito. Lo llevé de vuelta en un taxi (no es cosa de que el pobre animal pague mi alergia a los taxistas). No pude hacerme comida, así que bajé al Matilda, que siempre te saca de un apuro. A primera hora de la tarde cogí mi coche viejo y me dirigí al concesionario de Doctor Esquerdo a cambiarlo por el nuevo. El tema me llevó una hora más o menos. Con mi flamante Toyota Corolla volví al garaje y lo dejé allí aparcado. Entonces caminé hasta la calle Cervantes.

Allí, en la pensión Cervantes, me esperaba mi amigo Gonzalo López, residente en San Diego (California). Es un trotamundos incansable, pero desde la pandemia no había vuelto por Madrid. Y se iba ya de vuelta al día siguiente. Subí un momento a saludar a su mujer Judy, que no se venía con nosotros, ocupada como estaba con la confección de las maletas. Ellos habían estado primero en París y luego nos habíamos cruzado. Con un tercer amigo, que se llama Miguel, nos dirigimos primero a La Venencia, a tomarnos unos manzanillas. Luego nos acercamos a la Plaza de Santa Ana, que estaba petada de gente (el Friday night) y con un barullo considerable, por lo que buscamos una alternativa más tranquila en la Plaza de Matute. Allí la seguimos con unos verdejos de Rueda bien fríos y algunas cosas de picar. No acabamos cantando el Asturias patria querida de milagro. Aquí pueden ver una foto mía con mi querido Gonzalo y otra de los tres.


El aterrizaje del ánade seguía a todo trapo. Sin dejar de deslizarme por el agua, el sábado 10, conjuré la resaca con un triple café y me dirigí a la academia de yoga, para una sesión de recuperación de la clase perdida el lunes. Luego me fui a casa a ver el último partido del año del Dépor femenino, en el que el equipo se quedó a falta de un gol para subir a Primera, un destino que parecen llevar predeterminado todos los equipos del Dépor. Y dediqué la tarde a escribir mi post sobre la conexión holandesa, que terminé ya de noche. El domingo por la mañana cociné un pollo al ras el hanout y con ese guiso me monté en mi brand new car y me dirigí al norte de la ciudad. Allí me pasé el resto del día haciéndole compañía a un amigo que está bastante malito, por lo que los colegas hemos organizado un turno para que no esté nunca solo ni le falte de comer mientras transcurre el duro trance.

Por cierto, esa tarde seguí por redes el partido del Dépor de chicos, que también se quedó sin ascenso, en este caso a Segunda, después de que le sucedieran todas las desgracias que se pueda uno imaginar. Así que seguirá un año más penando en Tercera. Nuestros rivales ya se cachondean y nos han rebautizado como el Depresivo de La Coruña. Este asunto habría que englobarlo ya en la parte de las gaviotas cansinas que me andan picoteando una vez que he logrado estabilizar el aterrizaje. En este apartado reluce con brillo especial la mierda de tener que hacer la Declaración de Hacienda. Como todos los años, se me ha quedado para el final (esta vez por el viaje) y entre juramentos y maldiciones sigo proclamando que no entiendo por qué hemos de hacer cada año logaritmos neperianos para esta gilipollez. ¿No podrían descontarnos lo que corresponda a lo largo del año?

Ya sé que no y también sé por qué. Esto es muy complicado por la misma razón que las licencias de edificación. Porque en medio de ese barullo, surgen listillos y poderosos que sacan ventaja. Y hasta gente que vive de eso. Yo este año he encontrado por fin  alguien que me la hará por 70 euros. Por lo demás, mi segunda semana ha sido ya algo más tranquila, aunque he tenido yoga, inglés y guitarra. Hasta el viernes, que abajo les cuento. La verdad es que lo de Hacienda y algunos otros temas que no cuento en el blog, me inducen un estrés suplementario que me tiene bastante harto. Menos mal que el gato me ayuda a tranquilizarme. Incluso hace conmigo las cucharitas, como pueden comprobar en la foto de abajo. Digo yo: ¿no podría enseñarle a Tarik a hacer la Declaración de la Renta? Es muy listo y podría. Llegará un día en que esto lo haga un robot y tan panchos. Desde luego, como tengan que esperar a que aprenda yo a hacerla, van dados.

Anteayer viernes, bajé caminando hasta la puerta del Matadero, donde estaba citado con mi amiga la traductora del coreano Mia Li. La acompañaban tres ingenieros de la Korean Expressway Corporation, una empresa pública de construcción de autopistas que tiene en proyecto una especialmente contestada por la población (según me contaron), por lo que han decidido venir a Madrid a ver cómo fue eso de la Calle 30 y Madrid Río. Estos tres son en realidad una avanzadilla con los que hice un ensayo de la visita al parque. Desde aquí se van a Paris a visitar otras obras y proyectos. Y el viernes que viene, volverán a Madrid, esta vez con el CEO de la empresa, señor Jingyu Ham, y otros cuatro o cinco. Alquilarán un minibús que los llevará a Pirámides, donde yo les esperaré a las 9.00. Y haremos el paseo al revés.

En Legazpi, el minibús nos recogerá a todos y nos llevará a la sede de Madrid Calle 30. Allí yo dispondré de media hora para mostrarles una presentación general sobre el proyecto. Luego, alguien de la empresa les explicará un enfoque más técnico e ingenieril. Y, por último, visitaremos todos el Centro de Control de Túneles y diversas instalaciones de la infraestructura. Para terminar la jornada, nos vamos todos a comer. El señor Ham es amigo del señor Chung, que nos visitó en 2017 y se quedó encantado conmigo. A través de Mia Li me ha localizado de nuevo y hemos vuelto a intercambiar mensajes, en los que le he dicho que tal vez me vaya a verle a Seúl. Pero no adelantemos. Con los del viernes pasado estuvimos dos horas recorriendo el parque. Y al final, me hicieron entrega de mi regalo: un fastuoso paquete de té de ginseng rojo coreano. Le había dicho a Mía que si me traían uno y me contestó que ya contaban con ello, que se acordaba de que en 2017 les había pedido lo mismo.

Volví a casa en Metro, descansé un poco y luego eché a andar en dirección al teatro La Abadía en donde tenía una sesión con mi peña de teatreros. La obra no me entusiasmó, aunque en el grupo hubo división de opiniones. Pero lo importante fue la caña de después. Y que no dudé en volver a casa también andando. Ese día me había tomado a primera hora uno de estos tés coreanos y ya saben que me convierto en supermán. Cuando llegué a casa, mi contador de pasos marcaba más de 25.000. Hasta Tarik se dio cuenta de lo cascado que volvía. Ayer sábado volví a acompañar a mi amigo en malos pasos. Y esta mañana he tenido otra vez yoga de recuperación y torrija con vinito dulce al salir. Después he completado la información que necesito para la Declaración de Hacienda, que espero dejar lista este martes. Y me he puesto a escribir para ustedes. Mientras estoy ocupado con esta hiperactividad, la vida sigue y, por ejemplo, suceden cosas como que se muera Berlusconi. El rey del bunga-bunga. Les dejo de despedida una imagen idealizada del entierro que hubiera deseado este caballero lamentable. Sean buenos como mi gato. 



sábado, 10 de junio de 2023

1.229. La conexión holandesa

Es miércoles 7 de junio y les estoy empezando a escribir desde un avión de Air France que me lleva a Madrid, en donde debería estar desde ayer, pero ya habrá tiempo de contarles lo que me ha llevado a estar volando 24 horas después de lo previsto. Nos habíamos quedado en que me instalé en el hotel Avenue de Ámsterdam el viernes 2 de junio, bien pasada la medianoche. El sábado, me levanté y fui a buscar un pequeño café donde me gusta desayunar cuando vengo a este hotel. Tras mi café y mi croissant, subí un instante a la habitación para lavarme los dientes y demás rutinas posteriores al desayuno y salí de nuevo, ahora en dirección a la Centraal Station. Allí cogí el primer tren a Utrecht. Esta ciudad está a unos 25 minutos de Ámsterdam y hay trenes cada 15 minutos.

Había estado una vez en Utrecht, en una visita que quedó reseñada en el blog y tenía el recuerdo de un centro urbano medieval muy bonito, con calles empedradas y serpenteantes, mucho frío, ventisca y poca gente por la calle, hasta el punto de que tuve que refugiarme en un lugar vegetariano en el que ofrecían una sopa de verduras bien caliente a los ateridos visitantes. Nada que ver con el Utrecht que he visto ahora: en pleno verano, con un sol permanente, mucha gente en camiseta, sobre todo jóvenes y un ambiente bullanguero superior incluso al de Ámsterdam, con músicas a todo volumen saliendo de los bares y toda la gente muy contenta. Saliendo de la estación por la puerta principal, uno se da de bruces con un centro comercial gigantesco, que se llama el Hoog Catharijne. Y las señales que indican el camino hacia el centro histórico, marcan precisamente ese enorme edificio.

Es algo así como lo que sucede en los aeropuertos: que para llegar a tu puerta de embarque, a veces te hacen atravesar toda la zona del duty free, para ver si picas y te compras algo. Así que atravesé el gran espacio, entre los escaparates de las marcas más prestigiosas, bajé una planta por unas escaleras mecánicas y accedí al otro lado. Allí está la plaza Vredenburg, que alberga un mercadillo callejero muy interesante, centrado en productos de la tierra, como flores, quesos, embutidos con una pinta estupenda, frutas y hortalizas de la tierra, miel y vinos artesanales. Le eché un ojo a un puesto de quesos, pero decidí comprar algo allí a la vuelta, para no estar todo el día con el queso a vueltas. Y me interné por las callejas intrincadas de la zona medieval que empieza justo en ese mercadillo.

                                                        *     *     *     *

He puesto estos asteriscos porque eso fue lo que me dio tiempo a escribir en el avión. Después aterricé directamente sobre mi vorágine madrileña habitual, igual que esos grandes ánades que toman tierra en una superficie plana y echan a correr inmediatamente hacia adelante para no desequilibrarse. Hasta hoy, sábado 10 de junio por la tarde no he podido encontrar un momento para dedicarlo a escribir y terminar de una vez el post sobre mi breve paso por Holanda, un país que aprendí a llamar así en la escuela y ya a estas alturas de mi vida no voy a cambiar mi forma de designarlo. El nombre oficial actual es Nederland, una designación que abarca a todos los pueblos unidos en ese estado, que no son sólo los holandeses, sino también los frisones y otros. Con el nombre Holanda, parece que los demás pueblos se sentían minusvalorados. Es el mismo caso que Myanmar, que abarca las numerosas etnias que lo habitan, no sólo los birmanos que son los que controlan el poder. Pero Nederland, significa países bajos y ahora resulta que en francés ya no se debe decir Hollande, sino Les Pays-Bas y, en español, Los Países Bajos.

Pero, como ya he declarado en algún post anterior, yo voy a seguir llamándoles Holanda, porque llamar a Holanda Los Países Bajos me resulta tan ridículo como llamar a los calzoncillos la ropa interior. Con perdón. Y ya para seguir en este nivel general, les recuerdo aquella definición del país que dio un escolar español, oportunamente glosada en el libro Antología del Disparate: Holanda es un país en el que, de cada cuatro habitantes, uno es vaca. Se ve ciertamente bastante ganado vacuno desde la ventanilla del tren, pero es hora ya de que regresemos al punto en el que me quedé en el vuelo de vuelta de París. Empecé a callejear por el centro de Utrecht sin un destino predeterminado, al albur de donde me llevaran mis pasos. Y vean algunas imágenes de esta preciosa ciudad.





Recordaba haber subido a la torre del Dom, que corresponde a la antigua catedral medieval y desde la cual se ve una vista panorámica magnífica de toda la ciudad. Pero la busqué y me la encontré rodeada de andamios forrados con tableros de contrachapado, decorados con fotos de la propia torre. Pregunté por allí y me enteré de que la torre lleva años en obras y le quedan todavía unos cuantos años más hasta que terminen de repararla. Pero se podía entrar a verla en visitas guiadas. Me sumé a una que estaba a punto de empezar y llegamos a subir hasta el penúltimo nivel, porque el último es en el que está ahora centrada la obra de rehabilitación. El guía era muy joven y muy simpático y contó cosas curiosas.

Por ejemplo, en la segunda planta vivió durante cerca de un siglo el guardián de la torre, con toda su familia, que se encargaba de tocar las enormes campanas. Y, como le pagaban poco por su trabajo, puso un bar allí mismo, al que debían subir los parroquianos si querían tomarse un chato. Un precursor de los actuales usos complementarios de la vivienda en los planes generales. Ahora hay una campanera oficial que sube a tocar cuando ha de hacerse un toque especial y las campanas son gigantescas, la mayor pesa 18 toneladas. Por lo demás, parece que la torre estuvo unida a la primera iglesia, pero la parte central se la llevó un huracán y la nueva iglesia calvinista, que era más austera que la católica decidió reconstruir sólo la parte trasera y dejar una plaza entre ella y la torre. Vean algunas fotos de esta catedral.



Entre unas cosas y otras, los jóvenes bulliciosos y coloridos que llenaban las terrazas de los bares empezaban ya a comer, horario europeo, así que fue verlos y entrarme algo de hambre. Entre todos los bares que observé, me llamó la atención la Taberna Lebowsky, un homenaje a una de mis películas favoritas. Estaba bastante lleno, pero vi una mesa de madera que se quedaba libre y le pregunté a la oronda y risueña camarera si me podía sentar allí a pesar de ser uno solo. Me dijo que por supuesto, que la mesa estaba preparada para mí. Me pasó la carta y me pedí una pinta de Heineken y un plato variado vegano que resultó estar bastante apetitoso. Vean el anuncio del bar y la birra que me pedí.


Por cierto, tenían también una cerveza artesanal, de nombre Lebowsky, pero vi que tenía nada menos que siete grados y preferí decantarme por la Heineken, que tiene 4,5. La que era de alta gradación era la camarera, una mujer grande, neumática, ágil, que controlaba la terraza sin apuros con una alegría y una coña permanente. Hablé con ella en varias ocasiones, le dije que venía de España y que me sorprendía la intensidad de la actividad callejera que había en una ciudad que yo recordaba como solitaria en medio de una especie de nevisca. Muerta de risa, me preguntó si no sabía el porqué de ese bullicio. La miré sin entender y entonces me dijo que ese día se celebraba en Utrecht el Pride, el gran acontecimiento mundial del colectivo LGTB que se celebra de forma rotatoria cada año en una ciudad.

La verdad es que no tenía ni idea. Siguiendo con la coña, la chica añadió con un gesto bastante sugerente: ꟷEntonces tú no has venido por el Pride. No, estaba claro que no pertenezco a ese mundo. Tras pagar con mi VISA, le dije a la chica si me permitía que nos hiciéramos un selfi. Con su mirada más coqueta me preguntó por qué. Pues ꟷle dijeꟷ porque eres una mujer que destila felicidad y yo adoro a las personas felices. Entonces me dijo que, si la razón era esa, estaría encantada de hacerse un selfi conmigo. Abajo tienen el resultado.

Bueno, pues, si era el Pride, había que sumarse al cachondeo. Y entonces descubrí que la tradicional caravana con los travestis, Drag Queens, etc, bajo el chunda-chunda de la música disco a todo altavoz, se celebraría esta vez en grandes barcas a lo largo del canal principal de la ciudad. Recordé entonces una historia que estaba por ahí almacenada en mi memoria. En Utrecht se decidió y desarrolló un magno proyecto urbano que supuso la recuperación del histórico Catharijnesingel, el gran canal que durante la Edad Media constituía el principal eje de transportes y suministros a la ciudad. En el frenesí del automóvil de los años 70, ese canal fue secado para situar encima una autopista de nada menos que doce carriles. El proyecto de recuperación del canal es, en cierta forma, la contrapropuesta del Madrid Río.

Para empezar, la ciudad organizó un referéndum para ver qué quería la gente que se hiciera, una consulta en la que se especificaba el coste de la obra pública necesaria. Y la ciudadanía votó mayoritariamente por recuperar el canal. O sea, exactamente igual que Gallardón. Vale, estarán ustedes conmigo en que, si nuestro alcalde faraónico llega a preguntar a la gente, seguro que no se había hecho nada a día de hoy. Las obras del canal empezaron en el año 2000 y se terminaron el 2020. Otras diferencias: el canal esta conseguido a partir de una derivación de un río real y caudaloso, no como el Manzanares. Eso quiere decir que es navegable para pequeñas lanchas, que tiene peces y que se puede incluso practicar la natación. Y la circulación de los doce carriles se ha mandado a otro lado, no se ha metido en túnel, lo que abarata los costes.

Este tema de la comparativa entre proyectos, creo que se merece un texto específico más amplio. El caso es que estuve un rato recorriendo el canal recuperado, que incluye numerosos puentes peatonales sobre el cauce, desde los que hice algunos vídeos de la caravana del Pride. Aquí los tienen.



Siguiendo la línea del Catharijnesingel, resultó que el canal se acaba por meter debajo del Hoog Catharijne, el enorme centro comercial a la entrada de la ciudad. No tengo datos, pero parece claro que el gran mall se construyo a la par que la recuperación del canal. Y esta es una operación inmobiliaria muy lucrativa que seguramente habrá servido para pagar buena parte de la obra pública acometida. Otra diferencia con la obra de Madrid en la que Gallardón se empeñó en que no se construyera un solo metro cuadrado lucrativo. Ya hablaremos de todo esto. Entré en el centro comercial y descubrí que hay zonas en las que el suelo es de cristal y por debajo se ve pasar los barcos y las aguas del canal.

Salí al mercadillo de la plaza y compré dos potentes secciones de queso holandés para regalar a mis anfitriones parisinos y a los anfitriones madrileños de mi gato Tarik. Volví en dirección a la Centraal Station. En la plaza intermedia, frente al mall, estaba todo el cachondeo del Pride. Había travestis y chicas con disfraces preciosos. En mi tierra, a los travestis se les llama travelos. Encontré a uno de estos travelos que simulaba una mariposa con unas alas que tenían un trabajo fino detrás. Ya puestos al tema, le pedí hacerme un selfi con él/ella y, con un vozarrón de barítono, me dijo que claro que sí, guapo. Abajo el resultado.

Cogí el tren de vuelta y llegué a Ámsterdam ya anocheciendo. Estaba cansado y me tumbé un rato en el hotel, justo para pillar el final del partido del Depor femenino. Con bastante mala fortuna, porque, cuando me conecté estaban empatados a cero y en el ratito final le metieron dos goles. Por cierto, hoy han jugado la vuelta de la final del Play-Off de ascenso y han ganado uno-cero, así que se quedan en segunda división. Una vez descansado, salí de nuevo a buscar un sitio para cenar una ensalada. No piensen que me estoy volviendo vegetariano, es que me dejé mis pastillas contra el colesterol en casa de Kike, así que tuve que comer sano esos días. Eso sí, sin perdonar la cerveza. Acudí al restaurante Grashoppers, a la entrada del barrio rojo y me atendió una chica indonesia muy amable.

Por cierto, cuando me falló mi primer plan de venir por estas tierras con una amiga con la que me iba a encontrar, llamé a mi soul sister indonesia Tantri, pero me contó que estaba de viaje esa semana, así que no podríamos vernos. Después de cenar, me di una vuelta por el barrio rojo y me fui a dormir. El domingo, lo dediqué a callejear por Ámsterdam, recuperando mi recorrido favorito. Caminé desde el hotel al Damm, tomé la Kalverstraat, donde se concentran las tiendas de las marcas principales, seguí por el mercadillo de flores que bordea uno de los canales y luego crucé la Koningsplein para tomar la Leidsestraat hasta la Leidseplein. Más abajo les pongo algunas fotos de las que tomé.

En la Leidseplein está expuesto un tanque ruso destrozado por la artillería ucraniana. Visité el Paradiso y el Melkweg, los dos templos de la música en directo. Samantha Fish tocó allí hace no mucho, estuve sondeando si me sacaba una entrada y me dijeron que tenía que hacerme socio del club. Y ya saben que no me gusta hacerme socio de nada y menos en un lugar tan lejano. Siguiendo hacia la izquierda, encontré la pequeña placita frente al Hard Rock Café, en donde hay un ajedrez callejero. Las piezas siguen intactas y había un par de chavales jugando una partida. En Madrid, en tiempos de Tierno Galván, se intentó poner uno de estos juegos de ajedrez en la Plaza de Santa Ana, pero la gente se robaba las piezas. Cuando ya no quedaba ninguna, el armario para guardarlas por la noche empezó a ser usado de dormitorio por un par de vagabundos. También encontré una plaza con esculturas de lagartos bastante curiosas. Seguí por el canal bordeado por palacetes muy bonitos, en dirección a la explanada de los museos. Vean las fotos prometidas.




Intenté entrar en el Rijksmuseum a ver la exposición de Vermeer, pero era imposible. Las entradas llevaban agotadas semanas. Regresé hacia la zona de los canales y encontré una terracita para tomarme un Aperol Spritz. A la hora de comer, volví a la Leidseplein a comerme una ensalada Cesar en el De Waard, que es un restaurancito que conozco de otros viajes. Por la tarde me di un paseo por la zona de la casa de Anna Frank y finalmente me fui al hotel a descansar y escribir el post anterior para ustedes. Pensaba ver después el partido del Depor de chicos, pero, como les dije, no se podía ver, así que rematé mi post y bajé a comerme otra ensalada en el Grashoppers. Y el lunes cogí el tren de vuelta a París. Esa noche invité a mis anfitriones a cenar en un lugar coqueto del Marais que eligieron ellos. El martes hice el equipaje, cogí el RER al aeropuerto pero, después de numerosas vicisitudes que no me apetece contárselas hoy, hube de coger el tren de vuelta porque el vuelo se había suspendido. Todo esto ya se lo cuento en el próximo post. Sean buenos.

domingo, 4 de junio de 2023

1.228. La aventura continúa

Escribo hoy domingo por la tarde desde mi cuarto en el hotel Avenue de Ámsterdam, donde he llegado reventado de caminar por la ciudad toda la mañana y donde he de hacer tiempo hasta el partido del Dépor que pienso ver a las siete y que puede definir su encaje el año que viene, en esa lotería que son los play-off de ascenso a Segunda División. Mi viaje va fenomenal, toco madera, precaución clave en estas vicisitudes en las que cualquier giro del destino puede dar al traste con la felicidad del viajero solitario urbano, que es lo que yo soy. Así que reanudo el recuento de mi peripecia. El miércoles, terminé, repasé y publiqué mi post anterior a media mañana, y salí a dar una vuelta por París. Visité por ejemplo el nuevo hotel que han construido en los laterales de la Garé de l’Est, aprovechando el desnivel. Está donde vivía mi hijo antes, en la rue d’Alsace, una calle que va muy elevada en relación con el pincel de vías de la estación.

Aprovechando el lateral de las vías, la compañía SNFC, propietaria del suelo, ha cedido los terrenos para la construcción de un hotel en concesión, con la condición de que sobre el techo construyan y cedan un pequeño parque público al que se accede desde la calle por un par de pasarelas. Vi cómo se hacían las obras, estando de visita en la casa antigua de Kike y ahora lo he encontrado terminado. Para hacer un jardín de verdad sobre un edificio hay que dotarlo de un techo capaz de soportar metro y medio de tierra, espesor mínimo para que crezcan los árboles, como quedó demostrado en el Madrid Río. El parquecito es coqueto, con gente comiendo sus sándwiches de mediodía, viajeros haciendo tiempo, negros discutiendo acaloradamente y vagabundos descansando de su miseria. Tiene dos puertas de acceso que se cierran por las noches como las de todos los parques de París. Vean un par de fotos que tomé del lugar.


Continué  mi camino hacia la zona del Canal de St. Martin, caí por detrás a Republique y mis pasos me llevaron inevitablemente al Bataclan. Ese día estaba abierto, había un negro de la seguridad en la puerta y pude hablar un rato con él. Mi historia con las entradas de Samantha Fish la conocen ustedes. A finales de 2021 yo saqué seis entradas para un concierto que se anunciaba para febrero siguiente, después de consultar a mis hijos, que me dijeron que vendrían conmigo encantados acompañados de sus parejas y en un momento en el que yo creía que Sam no iba a tocar nunca en España. El concierto se suspendió por el Covid hasta octubre pasado y luego se volvió a aplazar hasta ahora. Entre medias, resulta que Samantha incrustó en su programa una mini-gira europea el verano pasado, que incluía nada menos que cinco fechas en España, lo que me permitió verla en Cazorla y Jerez de la Frontera.

En otoño, mosqueado porque el concierto de París ya no aparecía en su página Web, me saqué una entrada sola para mí en Bruselas y esa cita me sirvió de base para montarme un viaje fastuoso por las Europas, cuyas aventuras se contaron puntualmente en el blog. Tras el segundo aplazamiento, Sam empezó a anunciar el concierto de París como parte de la gira con su nuevo grupo, en el que comparte cartel con Jess Dayton, fórmula que me gusta menos que la anterior. Pero cuando supe esto último, ya no tenía margen de devolver mis entradas. En los últimos días, Kike intentó vender las cinco entradas que me sobraban, a través de una página Web que controla, pero era imposible, porque el concierto no había colgado el cartel de sold out, aún quedaban entradas sin vender y así no es posible.

Todo esto se lo conté en francés al segurata negro de la puerta, con la debida dosis de fabulación. Le dije que yo había sacado las entradas hace año y medio y que durante ese tiempo a mí me había cambiado la vida mucho. Me miró reflexivamente con sus ojos de besugo y me contestó: ꟷA mí también. Me pasó con una chica de la taquilla, que me dijo que efectivamente quedaban entradas por vender. Que cuando estuviera todo vendido, podría ponerme al lado de dicha taquilla para ver si venía alguien sin entrada y colocarle las mías. En caso contrario, no había nada que hacer. Era más o menos lo que me esperaba. Así que caminé de vuelta. Tras atravesar Republique, decidí desviarme por la rue Albert Thomas, para pasar ante el viejo Hotel du Nord, donde solía alojarme en los años del trabajo para Sri Lanka. Con horror constaté que está cerrado, con la fachada llena de pintadas y la parra que adornaba la entrada sobreviviendo apenas sin nadie que la cuide. Aquí la foto que le tomé.

La vida pasa y no espera por nadie. Volví a casa, comí algo muy rico que había preparado mi hijo, descansé un rato y procedí a vestirme de roquero para el concierto. Para ello, me toqué con el pañuelo correspondiente y recuperé la camiseta de mi exclusivo diseño, que estrené en el concierto de Bruselas aunque entonces no conseguí que Samantha reparara en ella. Es esa en la que me proclamo su segundo mejor fan español (y el más viejo). El programa de la tarde incluía a un telonero del que no había oído nunca hablar, un tal Andreas Kramer, que tocaba a las 18.30 y el negro me aconsejó estar en la puerta un poco antes, por si podía vender alguna escoba, como se suele decir. Mis anfitriones dieron el visto bueno a mi imagen y salí de nuevo a París, de la guisa que ven abajo.

A las seis y cuarto, había ya en la puerta del Bataclan una cola de unas cincuenta personas, todas cortadas por el mismo patrón: abuelos, barbudos y canosos con aires de moteros veteranos, coletas largas, gafas de sol, cazadoras de cuero, pitillito encendido y aire de determinación invencible, presencia femenina muy minoritaria y, desde luego, nadie menor de 40 años; ese es el público del blues, los jóvenes se inclinan más por el rap y el hip hop. La de la taquilla me dijo que seguían quedando entradas, así que desistí de vender las mías, entré a un bar de roqueros allí mismo y me pedí una pinta de birra Moretti para irme preparando. Mientras me la tomaba, la cola desapareció, engullida por el local. Pagué la cerveza y entré al Bataclan. Todos los de la cola estaban apretados delante del escenario, en donde habían copado los mejores lugares. El tal Kramer es un alemanote gordo que toca la guitarra con mucho sentimiento y canta con energía los temas que él mismo compone. Toca en formato power trío y es uno de tantos trotamundos del blues que apenas se gana la vida con ello. Vean el clip que le grabé.

El gordo tocó algo más de 30 minutos y no dio propinas, como corresponde a un buen telonero. Por el contrario, se despidió dando encarecidamente las gracias a Samantha por incluirlo en su show, era un gran honor para él preceder a una estrella tan importante. Por entonces ya me había buscado yo un colega, tal vez el único joven de la sala, que se me acercó y me dijo en francés que le encantaba mi camiseta y su mensaje. Ya saben que me gusta asociarme con gente en los conciertos para poder ir a por cervezas y no perder el sitio ante el escenario. Resultó ser español, estudiante de algo relacionado con el big data, que vive a una hora de París y está intentando tocar blues a la guitarra, como yo. Hablamos de nuestros ídolos comunes, como Sam, Larkin Poe o el gordo Kingfish. Y de afinaciones abiertas y distintas configuraciones del blues. Y, mientras Sam y sus músicos preparaban los instrumentos, me fui al fondo a por dos birras y regresé con ellas junto a mi amigo diciendo por favor, por favor, para que me dejaran pasar hasta las filas de delante.

Samantha estuvo muy bien, como de costumbre. Creo que fue por octubre pasado cuando empezó a tocar con esta banda, dejando de lado a su teclista Matt Wade y su batería Sarah Tomeck. Yo vi en streaming su primer concierto en el Whisky-A-Go-Go de Hollywood y, francamente, no me gustó. Mi amigo Dani, del Puerto de Santa María, coincide conmigo en la opinión desfavorable. Pero, con el tiempo, el grupo se ha ido empastando y limando disfunciones y ahora suena muy bien. Además, Jess Dayton ha perdido algo de protagonismo, ya no canta la mitad de las canciones como el día del debut. El repertorio, basado en el disco que han sacado ambos, es más canalla, como menos fino que lo anterior de Sam, pero va siendo eficaz y esta semana el disco ha figurado en el número 1 de la lista de blues de Billboard.

Sam dice que es ella la que ha buscado a Jess, que lo escuchó una vez en el Knuckleheads Saloon de Kansas City, cuando ella tenía apenas 15 años y servía pizzas en el lugar para poder entrar a escuchar a sus ídolos. Que a la salida del concierto estuvieron improvisando juntos un rato. Y que ahora, al ver que pertenece a su misma discográfica, lo llamó y le propuso componer y grabar juntos. Samantha es muy cabezota, a fuerza de trabajo y esfuerzo está sacando adelante esta versión suya quizá menos comercial, y lo que no cabe duda es que está haciendo lo que quiere, como siempre. Le grabé algunos clips, pero no son muy vistosos, así que mejor vean la grabación de este tema colgada en Youtube. Es una balada de su cosecha en la que ella explota su capacidad vocal y su sensibilidad. Viendo esto se explica que Sam haya ganado algún año el premio a la mejor vocalista de soul. Disfrútenla.  

Sam y su grupo tocaron casi dos horas, alternando ritmos bastante frenéticos con baladas como la que han oído. Pablo había ido hasta el bar a medio concierto para agenciarse otras dos birras y antes de que acabara se tuvo que marchar, porque perdía el enlace para irse a su casa. Tras los aplausos esperé, porque había finalmente meets and greets. En torno al mostrador donde estaba expuesto el merchandising se formó un revuelo importante (los cincuenta de la cola de fuera querían coger buen puesto para saludar a su diva), así que los del Bataclan procedieron a organizar una cola en la que tuve la suerte de que me pusieran el primero, esos golpes de suerte que en este viaje no están menudeando tanto como en el anterior, donde fueron de escándalo.

Desde mi posición, la vi venir con Jess, altísima y muy elegante con su vestido negro que descubría la espalda. Pille un par de sus discos antiguos para completar mi colección de vinilos y se aprestó a firmármelos. Pude hablar un poco con ella, hasta que los del lugar me metieron prisa para dejar margen a los demás de la cola. Le mostré mi FOTO con ella, le hablé de mi amigo Dani, el primer fan suyo en España y también le recordé que la había encontrado en Bruselas in the middle of the street. Estuvo muy simpática y le hizo mucha gracia mi camiseta, hasta el punto de que su dedicatoria del primer disco fue: para mi segundo fan de España. Después me preguntó mi nombre (es la tercera vez que se lo digo, pero se le olvida, como es natural) y el otro disco ya me lo dedicó con el nombre. Vean abajo las dos dedicatorias. Por cierto, cualquier grafólogo deduciría de esa firma un montón de datos acerca de la personalidad arrolladora de Sam.

Feliz como una perdiz con el tesoro de mis dos discos firmados, caminé por la noche parisina los 35 minutos que me separaban de la casa de mi hijo y anfitrión. El jueves fue un día de transición. Kike tenía trabajo presencial hasta tarde, su chica estaba también ocupada y yo tuve dos citas on line, una con Ed para mi clase de inglés y otra para la sesión de yoga. Después del yoga bajé a comerme un par de samosas en los puestos de comida india, me tomé una cerveza en una terraza y subí de nuevo a esperar que llegaran mis anfitriones. Kike traía los materiales para cocinar una quiche vegetariana, que me venía como anillo al dedo tras mis excesos del día anterior con el concierto. Y el viernes tenía todo el día libre hasta mi tren que salía para Ámsterdam ya de anochecida. Así que, como soy tan cabezota como Samantha, decidí acercarme de nuevo al museo Louis Vuitton, para verlo esta vez por dentro.

Por si ustedes no lo saben, el tipo al frente de la Fundación Louis Vuitton es Bernard Arnault el mayor multimillonario del mundo, según la última Lista Forbes, puesto del que ha desbancado a Elon Musk, que lo ocupaba el año pasado. Pero no le basta con eso, porque está picado con su competidor en el mundo del lujo François Pinault, que no es tan rico como él, pero está casado con Salma Hayek y tiene una colección de arte fastuosa, para exhibir la cual ha creado dos museos, uno en Venecia y otro en París, al lado del Louvre, en el edificio de la antigua Bolsa, reformado para ello según el proyecto del arquitecto japonés Tadao Ando. Arnault no podía consentir todo eso, así que quiso hacer un museo aun mas grande y espectacular, para lo que nadie como Frank Ghery. El edificio, del que ya les mostré imágenes exteriores, es ciertamente espectacular. Tomé el Metro hasta el Bois de Boulogne y me pasé allí la mañana del viernes. Vean algunas fotos de esta segunda visita.




Esto es arquitectura espectáculo y me han contado que, desde el punto de vista estrictamente museístico, es bastante desastroso, con un desperdicio de espacio considerable y problemas de iluminación. Pero atrae a miles de turistas, que era de lo que se trataba. Por cierto, la exposición temporal que hay ahora mismo explica la relación Basquiat-Warhol. Es bastante exhaustiva de la numerosa obra que ambos crearon a dos manos. Abajo les muestro algunas imágenes de esta expo. He de decir que a mí el arte de Basquiat no me entusiasma, si bien me parece interesante su persona. Con Warhol es al revés, y se lo dice alguien que adora a David Bowie, Lou Reed y otras figuras de ese momento. Una expo de Wharhol en un edificio de Ghery es sin duda una expresión del arte de consumo masivo de nuestros días.




Después de picar algo por allí y darme una vuelta por el Bois de Boulogne, volví a casa. Mi tren era a las 20.30 y Kike me tenía preparado un bocata y una cerveza bien fría para el camino. Le propuse tomármelo en casa antes de bajar a la estación, pero me dijo que no, que lo suyo era comerse el bocata en el tren. Subido en el vagón, me encontré en medio de un montón de chavales jóvenes que seguramente estaban estudiando en París y volvían a sus casas para el fin de semana. Y, nada más arrancar el tren, todos sacaron sus bocatas y sus tuppers y se pusieron a zampar en medio de un bullicio de risas y chanzas. Está claro que mi hijo maneja el cotarro como nadie. Tuvimos una avería en la estación de Bruselas que nos retrasó más de media hora, mira que son bolos los belgas con estas cosas. Escribí al hotel avisando que llegaba tarde, aviso que me agradecieron. Llegados a la Centraal Station de Ámsterdam, me orienté hacia este hotel que conozco bien sin ayuda del Maps. Y dormí como un cura.

Tenía dos días por estas tierras y decidí irme a pasar el sábado a Utrecht. Mis dos jornadas en Utrecht y Ámsterdam se merecen espacio, así que las voy a dejar para un nuevo post que espero escribir ya desde mi casa de Madrid. No se lo pierdan, que es jugoso. Hoy no estaba seguro de acabar este post a tiempo, pero al final no he podido ver el partido del Depor, que ha terminado con victoria de 1-0 ante el Castellón, porque el canal internacional de la TeleGaita no da los partidos en directo. Así que he seguido escribiendo, mirando el resultado de vez en cuando para ver cómo iban. Entre medias, mi amigo Alfred me ha enviado un vídeo tomado a la entrada del Estadio de Riazor esta misma tarde. Se lo dejo de propina. Aquí se demuestra cuánto se merece esta afición que el Dépor vuelva por sus fueros. Sean buenos una vez más.