viernes, 30 de noviembre de 2012

47. Corredor I. Mi relación con el deporte hasta los 35

Algunos lectores me dicen que el título de este Blog es engañoso, que cualquiera puede entrar pensando que voy a hablar de zapatillas, estiramientos, velocidades medias o alimentación eficiente, los temas que obsesionan al corredor popular, y llevarse un chasco al ver que les doy gato por liebre hablando de Rajoy y otras menudencias. Eso me recuerda que tengo pendiente explicar un poco los dos primeros rasgos de mi perfil de blogger: escritor novel y corredor veterano. Vamos con lo segundo.

El título está elegido con todo cuidado. Alude a mi intención de escribir una serie de reflexiones apresuradas y no demasiado meditadas sobre lo que va sucediendo a mi alrededor. Yo cuento mi primera impresión, a bote pronto, corriendo el riesgo de equivocarme y meter la pata. Si eso sucede, lo reconozco y punto (ya lo avisé en la entrada nº 1). Esto hace que escriba muchas entradas, que prime la cantidad sobre la calidad. Pero quizá de ahí se derivan los valores del Blog, si es que tiene alguno: agilidad, inmediatez, cercanía.

Otros escriben cosas mucho más meditadas y fundamentadas que las mías, lo que conlleva una exigencia de calidad que yo no tengo, y una producción forzosamente más escasa. Sus textos se pueden seguir leyendo mucho tiempo después, porque son profundos y transcendentes. Los míos son de usar y tirar, hay que leerlos en el momento, porque un mes después ya suenan a viejo. África, mi agregada cultural, me apunta que el título del Blog es en cierta forma un oxímoron (como un silencio estruendoso), porque una verdadera reflexión requiere tiempo, paciencia y sosiego, y es imposible hacerla a la carrera.

De todas formas, el título del Blog juega con el doble sentido, porque es cierto que soy corredor, tengo a mis espaldas diez maratones, todos terminados, y una larga colección de carreras de formato más corto (entre 10 y 20 kilómetros) en las que todavía sigo participando a pesar de los achaques de la edad. Corrí maratones entre 1986 y 2002 y voy a dividir mi relato en tres entradas: el antes, el durante y el después. Porque el maratón es algo más que una distancia mítica. El maratón es una forma de vida. 

Mi relación con la carrera de fondo y el deporte en general, es bastante tardía. Cuando yo era un adolescente, allá por los sesenta, el deporte y la forma física no eran algo que obsesionara a la gente, como ahora. En el bachillerato, la Gimnasia era una asignatura de las llamadas “marías”, junto con la Religión y la Formación del Espíritu Nacional. En mi colegio, que era laico, la religión la daba un cura, la FEN la daba un falangista herido de guerra y la gimnasia un señor gordo y medio adormilado, provisto de un pito de árbitro con el que intentaba acompasar los saltos y piruetas obligatorios, que todos afrontábamos con desgana indisimulada.

Cierto es que los fines de semana, incluso en pleno invierno coruñés, a veces dedicábamos un día a jugar al fútbol en la playa de Santa Cristina, donde se organizaban varios partidos para gentes de todas las edades. Para ello debíamos tomar un autobús de línea que cubría los cinco kilómetros hasta la playa. Allí nos desvestíamos, dejábamos la ropa a cubierto por si se ponía a llover y jugábamos una hora descalzos, con un balón bastante duro. Al acabar, sudorosos, exhaustos y con el dedo gordo del pie derecho medio destrozado de chutar a puerta, nos bañábamos en el agua helada y echábamos unas carreras extra para entrar en calor.

Al regreso de la playa, nos bajábamos del autobús en la primera parada de la ciudad. Allí estaba y continúa estando la vieja fábrica de cervezas La Estrella de Galicia (sólo que ahora la ciudad ha crecido mucho, más allá de la factoría). En el bar de la fábrica, nos obsequiábamos con un bock de extraordinaria cerveza de presión, acompañado por unas pocas patatas fritas o aceitunas. Y nos fumábamos el primer pitillo del día. Porque todos los quinceañeros de entonces fumábamos ya, para emular a los mayores y hacernos visibles para las chicas, nuestro primer objetivo en esos años de urgencias hormonales.

En esa época, uno tenía que empezar pronto a fumar, si no quería que le tachasen de tipo “un poco rarito”. Además, uno iba al cine y lo primero que le ponían era el anuncio de Marlboro, en el que un cowboy veterano contempla las grandes llanuras de Arizona por las que trotan hermosos caballos a cámara lenta, a la luz de una puesta de sol fastuosa. Para tener una mínima posibilidad de ligar, uno tenía que emular a Gary Cooper en Solo ante el Peligro. Yo empecé fumando celtas cortos, que vendían sueltos en los kioscos, al precio de cuatro por una peseta. Aquellos celtas en los que, de vez en cuando, aparecían las míticas estacas, que hacían casi imposible aspirar el humo. Aún recuerdo la conmoción que nos produjo el momento en que pasaron a venderlos a tres por peseta.

Lo de no fumar era sólo uno de los síntomas de que un chaval era “un poco rarito” (entonces la homosexualidad era algo que ni siquiera se imaginaba). Otros signos de rareza eran, por supuesto, no beber y no jugar al fútbol en la playa. Vean lo que dice la letra de una de las canciones más repetidas en las fiestas: “El niño que tiene Asunción, ni fuma ni bebe ni juega al balón (bis). Asunción, Asunción: ese niño va a ser mari….nero (bis)”. La conclusión del segundo bis ya la conocen todos. Otros signos de rareza eran estudiar inglés (todos elegíamos el francés en esos años) y optar por la rama de Letras, que se consideraba propia de señoritas. Uno solo de estos síntomas no bastaba para que te catalogaran de raro, pero en cuanto se juntaban dos… ¡Malo, malo!

Cuando vine a Madrid y entré en la Escuela de Arquitectura me encontré en un contexto en el que el deporte no molaba. En aquellos años, finales de los sesenta, lo que más puntuaba a la hora de que las chicas se fijaran en uno, era ser antifranquista, muy rojo y muy contestatario. El deporte era cosa de pijos y de fachas. Un amigo mío, que empezó el mismo año, llegó allí como gimnasta en posesión de varios trofeos júnior, descubrió que eso ya no molaba, dejó bruscamente de hacer ejercicio y engordó visiblemente. Además se dejó la barba, adoptando una imagen de arquitecto de peso que todavía ostenta cuarenta años más tarde (además de la imagen, es ciertamente un arquitecto de peso, en el buen sentido de la expresión).

En esto había también una excepción: el equipo de rugby, santo y seña de la Escuela, que jugaba en primera división. Yo fui durante años supporter de ese equipo, aprendí las reglas, descifré la terminología francesa (pilier, talonier, avant, melée) de ese deporte tan anglosajón, y me convertí en un asiduo que no se perdía un partido, animaba hasta quedarme ronco, insultaba al árbitro y me iba luego con los del equipo a ponerme ciego de cerveza y salchichas bratwurst. Nunca pensé en practicar ese deporte, para el que no tengo condiciones; yo siempre fui muy delgado y con una cierta fragilidad general, excepto en los tobillos.

Por lo demás, continué fumando, en torno a una cajetilla diaria (ya me había pasado al Ducados), hasta los 23 años. Un día me sentí atufado y hastiado. De pronto intuí que el tabaco me estaba envenenando, a pesar de que en los setenta seguía siendo obligado fumar. Y lo dejé a lo bruto, sin seguir ningún programa. De un día para otro, dejé radicalmente de comprar tabaco e inicié una penosa fase de mendigar pitillos. Después de un tiempo, la gente me adjudicó una merecida fama de roña y empezaron a poner mala cara cuando les pedía, sobre todo ante la justificación que les daba: “Me he quitado de comprar, tío”. La vergüenza que pasaba me hizo disminuir la dosis gradualmente, hasta dejarlo del todo.

Conseguí estar más de tres años sin probarlo. Luego, a lo tonto como suele suceder, empecé a fumar otra vez, esta vez tabaco rubio. Pero aquí ya lo tenía totalmente controlado: fumaba por temporadas, nunca en gran cantidad, lo dejaba cuando quería (por ejemplo, cada vez que me constipaba) y en esa tesitura anduve coqueteando con el tema hasta los 35, la edad en que descubrí el maratón. Pero eso queda para una próxima entrada.

miércoles, 28 de noviembre de 2012

46. Permítanme un poquito de endogamia

Quiero decir que, con su permiso, voy a hacer una entrada del Blog hablando del Blog. El otoño se nos está yendo casi sin enterarnos y, dos meses después de abrir esta tribuna, creo que puede ser un buen momento para hacer un pequeño balance de su funcionamiento. Mi impresión es, en general, positiva. Lo que yo pretendía era mantener la pluma en uso y bien engrasada, y lo he conseguido. No tengo muchos más objetivos. Escribir correctamente mis entradas. Ser variado y no enclaustrarme en un solo sector temático. Divertir a la gente durante tres minutos y hacer que piensen un poco sobre el tema que les propongo cada día.

En total, llevo más de dos mil visitas, que no está mal, y me veo con ganas de seguir adelante. Siento que la situación general sea tan deprimente y tenga que seguir hablando de Merkel y Rajoy. A mí me gustaría hablar más de literatura y de cine y de rock’n roll, como era mi propósito inicial, pero es lo que hay. Las entradas más visitadas han sido, por este orden: Yayoflauta en el interrail, Aquí está pasando algo muy raro, Gangnam Style y el loro de Boiro y Pedos de Draghi.

Respecto a esto, he observado que el título de la entrada es un elemento crucial. Por ejemplo, Las ventajas de vivir en el centro no suscitó demasiado interés, cuando para mí no desmerece de las cuatro citadas. Si la hubiera titulado Tres culos brillando en la noche, todo el mundo habría entrado a leerla. En esto, como en todo, se aprende practicando y yo he aprendido que los títulos hay que trabajárselos.

Tengo bastantes seguidores en los Estados Unidos (mi sobrina Eva en Seattle, Gonzalo López en San Diego, Javier Luna en algún lugar de Arizona, Laura Santín y quizá Nancy Bruning en NY). También tengo identificados a los que me siguen desde Francia (Tangi Saout en Nantes, Philippe Billot en París), Holanda (mi hijo Kike y sus amigos), Bélgica (António Trinidad), México (Diego Moreno) y Colombia (Patricia Pardo). Mis saludos para todos. Sin embargo, no tengo ni idea de quiénes son los que me siguen con asiduidad desde Alemania. Según la página de estadísticas, es el país donde tengo más visitantes, después de los USA (y de España, por supuesto). Al principio hubo también unos rusos, pero ya han dejado de entrar.

A mis seguidores de Alemania les pido que me hagan algún comentario, para saber a qué atenerme, aunque supongo que serán españoles emigrados. El interés de estos seguidores se acrecienta cuanto más me meto con la señora Merkel y sus políticas de ajuste que nos están ahogando. No hace falta que diga que no tengo nada contra el pueblo alemán. Incluso tengo parientes alemanes, a los que quiero mucho. Además de mi amigo Jurgen, el propietario de La Pelu, adonde voy más o menos una vez al mes a que me corte el pelo mientras sostenemos profundos debates filosóficos y sociopolíticos. 

La entrada nº 42, escrita a partir del dato de la deuda de Berlín, ha generado una auténtica avalancha de visitas desde Alemania. Y provocó incluso un comentario bastante borde y ofensivo, que respondí adecuadamente, para que no queden dudas sobre mis sentimientos hacia el pueblo  alemán. Las buenas gentes de las diferentes naciones nos entendemos a las mil maravillas. Son los políticos los que envenenan a veces esa buena relación, fomentando sentimientos xenófobos, basados en la exaltación de las diferencias culturales o religiosas. Que no cuenten conmigo para ese tipo de fanatismos excluyentes, estúpidos y peligrosos.

Volviendo al Blog, muy pocos se aventuran a publicar comentarios, aunque muchos me los hacen llegar privadamente, por correo electrónico o en directo. Algunas críticas: hay un exceso de ego en algunas entradas en las que me tiro un poco el rollo. Lo acepto, aunque mi intención no ha sido nunca aprovechar este foro para sacar pecho y, en general, procuro no tomarme demasiado en serio a mí mismo. Pero es cierto que presumo y lo voy a seguir haciendo. Sobre todo de dos cosas de las que estoy orgulloso: tener amigos en muchos lugares del mundo, y no arredrarme ante las dificultades que me salen al camino.

El más crítico: como siempre, Lisardo, el que más me aprecia. Hay amores que matan. Dice mi querido ordenanza digitalizado que con este formato no voy a pasar nunca de cuarenta o cincuenta visitantes. Que si quiero dar el salto tengo que abrir una cuenta de Twitter. Que en cuanto la abriera pasaría a mil o dos mil visitas. El problema es que no sé si quiero que haya dos mil personas leyendo lo que escribo. Tengo que pensarlo. Tendría algunas ventajas, podría darle una mayor difusión a datos como el de la deuda de Berlín, que todo el mundo debería conocer. Y hasta podría salir en la portada del Huffington Post, mi sueño secreto (aunque me temo que no soy lo bastante cool).

Mi equipo de colaboradores más estrechos son los que más me hacen la pelota. Por ejemplo, África, mi agregada cultural, dice que lo que más le gusta de mi Blog es que siempre explico las palabras o conceptos poco frecuentes, y además lo recalco: “¿no saben lo que es el XX? pues se lo aclaro”. Eso me sitúa, según ella, en la posición antagónica del pedante, que es el que nunca explica ese tipo de cosas. Como el Gran Pope del Urbanismo, que gustaba de acabar las discusiones con frases como: “Dejémoslo estar, no vayamos a entrar en los terrenos de la mayéutica”. Ninguno de sus extasiados seguidores sabíamos lo que era la mayéutica, pero nadie se atrevía a preguntarlo para no quedar de inculto. 

Sagrario Pérez, mi asesora económica, dice que le gusta la candidez con la que cuento cosas como “subí a lavarme las manos y luego me sequé con una toalla”, como si este tipo de minucias le pudiera interesar a alguien. Eso le da al blog una cercanía que acaba por atraer muchas visitas. La gente entra a ver qué más chorradas le cuento. Javier Villegas, experto en temas históricos y sociopolíticos se maravilla de que sea capaz de escribir tanto. A mí, en cambio, me maravilla lo que sabe él de Historia y de Política. Si yo tuviera toda esa información en la cabeza, tendría para escribir diez o doce entradas diarias.

Vienen tiempos duros y hay que mantener el ánimo alto. Yo creo que saldremos de la crisis, aunque nos vamos a dejar muchos pelos en la gatera. Ya saben además que NO ES UNA CRISIS, ES UNA ESTAFA. Todavía no tengo una explicación elaborada sobre el dato de la deuda de Berlín, tal vez alguno de los que entran en mi Blog desde Alemania me podría aportar su opinión al respecto. En la antesala del invierno, termino con la frase del primer visitante que se aventuró a escribirme un comentario y publicarlo: seguiremos aguantando, seguiremos corriendo.

martes, 27 de noviembre de 2012

45. Para políticos los de antes

Y usted que lo diga, ¿verdad señora? ¡Qué tiempos aquellos, en que uno ponía la televisión en blanco y negro y por allí desfilaban personajes de la talla de Kennedy, Kruschev, De Gaulle o Adenauer! Y Juan XXIII, el Papa bueno, el mejor pontífice del siglo veinte, que eliminó el lujo y el boato de la institución y hasta guardó el papamóvil en un garaje. Ya se encargaron sus sucesores de volverlo a poner en uso.

Uno veía a Kennedy y captaba enseguida una sensación de autoridad, de criterio, de poderío. Era el rey del mundo, el tipo que tenía en su despacho el botón rojo que podía hacernos saltar en pedazos en un segundo. Recuerdo sus imágenes cuando la crisis de los misiles en Cuba. Con qué decisión afrontó la situación, qué coraje encerraba el órdago que planteó, que astucia la suya para no dejarse engañar. ¿Tienen ustedes la misma impresión con Obama? Pues yo, no, y mira que me cae bien. Pero me parece que no tiene el poder necesario para enfrentar a los grandes lobbies financieros que, al final, dictan su política.

Kruschev era un tipo de pueblo, un poco basto, pero le tocó suceder a Stalin y encontró la forma de marcar distancia frente a su predecesor, que era lisa y llanamente un asesino. Para ello sólo tuvo que aplicar el sentido común de los pueblerinos. Tenemos que agadecerle que, en la crisis de los misiles, supiera estar a la altura y retroceder a tiempo. Con ello evitó que nos fuéramos todos al carajo. A lo mejor el cuerpo le pedía liarse a guantazos con su enemigo yanqui, pero su vieja sabiduría rural le aconsejó templar gaitas. Era además un tipo campechano, que no se cortaba un pelo en ningún escenario. Pueden buscar en Internet su famosa escena en la ONU, cuando mostró su rechazo a una resolución de ese organismo quitándose un zapato y reforzando sus abucheos con una serie de zapatazos en el pupitre. Y con una sonrisa de oreja a oreja.

Qué decir de De Gaulle y Adenauer. Hace falta una talla descomunal, una visión de futuro, una generosidad extrema para dar el paso que dieron estos dos señores. Nada menos que crear Europa. Después de seis años de la guerra más terrible jamás conocida, estos dos señores dijeron: se acabó, no habrá más guerras en esta tierra, vamos a dejar de pegarnos como idiotas, vamos a darnos un abrazo y crear una unión duradera que nadie pueda romper. Ese es el origen de la Unión Europea, una asociación inicialmente económica, pero con el proyecto de convertirse en política. Llamaron como comparsas a los italianos y a los tres del llamado Benelux, y situaron la capital en Bruselas, para que no estuviera ni en Francia ni en Alemania.

¿Imaginan ustedes a alguno de los actuales presidentes con capacidad para algo de esa envergadura? Yo no. Aquellos eran auténticos estadistas, personas con criterio y capacidad de decisión, gentes de una altura moral excepcional, con una cabeza serena y bien amueblada. Y podríamos citar también a Willy Brandt, a Ho Chi Minh y tantos otros. Y más adelante a Mandela y a Gorbachov. No incluyo aquí a Mao, asesino de la talla de Stalin, cuyas atrocidades durante la Revolución Cultural han pasado ya a la historia (si quieren saber de qué les hablo, les recomiendo la lectura del libro Cisnes Salvajes, de Jung Chang, 1991, Editorial Circe).

Ahora los políticos son de vuelo corto. Más bien de vuelo gallináceo. Obama, Merkel, Hollande, Cameron. Ninguno de ellos pasará a la historia. En ese foro tan mediocre, nuestro Rajoy, el rey del “Haremosh lo que hay que hacer, pero no les explico qué, porque tengo prisa para llegar al partido de la tele”, no desentona demasiado, a pesar de escenas como la que recientemente le han grabado dirigiéndose al estupefacto Cameron con una frase digna de Groucho Marx: “It’s very difficult todo esto”.

La clase política es una verdadera calamidad. No sé cómo va la cosa en el extranjero, pero aquí la mayoría decide dedicarse a la política en torno a los veinte años. Empiezan en las juventudes de los distintos partidos y van medrando desde allí. Eso quiere decir que nunca han hecho un trabajo distinto. Y que se pliegan a lo que les diga el partido, porque en esa tarea de medrar, el que mea fuera del tiesto no tiene mucho futuro. 

Rajoy, que es registrador de la propiedad, representa a un tipo de político de otra época, en claro riesgo de extinción, mientras que Zapatero ya se ajustaba al nuevo modelo. Sobre la clase política española se anuncia un libro del economista Cesar Molinas que se llama ¿Qué hacer con España? El primer capítulo se publicó en El País hace poco y provocó una conmoción considerable entre los políticos. Aquí les pongo el link.

En el entorno de medianía imperante, ya he dicho que a mí el que me da más pinta de estadista es el bueno de Monti, un tipo al que le han ofrecido un contrato basura para que presida Italia sin derecho a paro ni indemnización. Y en este proceso de degradación paulatina de la clase política ha habido hitos difíciles de superar, como Berlusconi, o incluso el propio Sarkozy.

Yo creo que esa falta general de estatura política de nuestros gobernantes está en el origen de la decepcionante respuesta frente a los usureros universales y el desmantelamiento del estado de bienestar que estamos sufriendo. Nadie tiene agallas de enfrentarse a los poderes económicos. No sé ustedes, pero yo no me imagino a un De Gaulle o un Adenauer aguantando esta extorsión. La sensación general es la de que con estos políticos hemos caído en una trampa y no sabemos cómo salir de ella. No me extraña que los catalanes quieran la independencia. A mí también me están entrando unas ganas locas de independizarme de toda esta porquería.

lunes, 26 de noviembre de 2012

44. ¡La que se ha pegado Artur Menos!

Es la noticia del día y me alegra por tres motivos. El primero es a nivel personal: no tengo el gusto de conocer al señor Menos pero, ya sólo por las fotos, me cae mal. Qué le voy a hacer, es que yo soy así. En cuanto veo su imagen, me viene a la mente la palabra “botarate”. Además es idéntico a Lord Farquad, el príncipe malo de la saga de dibujos animados Shreck. 

Mirando “botarate” en el diccionario de la RAE, sólo dice: “hombre alborotado y de poco juicio”. No sé por qué, pero yo tiendo a visualizar a un botarate como alguien pequeñito y vociferante, que se pone de puntillas para regañar a todo el mundo, con un discurso cabreado y de poco fundamento. Una especie de gallito de pelea. En cuanto a lo de Lord Farquad, lo mejor es que vean la película Shreck 1. En las imágenes que he encontrado en Internet no se aprecia tanto el parecido. No obstante, aquí les dejo una cargándose con saña al pobre Gingerbread Man.


La segunda razón es mi aversión visceral a los nacionalismos, acreditada en entradas anteriores y sobre la que ya continuaré insistiendo cualquier día. Pero hoy quiero centrarme en la tercera razón de mi alegría, que les explico a continuación. Los resultados de ayer en Cataluña revelan lo aislados que están ahora mismo los políticos de la mente de sus ciudadanos. Ese aislamiento, unido como en este caso a una alta dosis de arrogancia, puede llevar a resultados inesperados, porque la gente de a pie no es tonta.

Los catalanes dieron ayer muestra de su proverbial seny. Ahora está claro que en la manifestación de Barcelona del 11 de septiembre no todo el mundo era independentista. Ezquerra Republicana ha obtenido medio millón de votos y el nuevo grupo CUP, también independentista, algo más de cien mil. Suponiendo que todos esos votantes hubieran estado en la manifestación, ¿de dónde salió el resto (casi un millón)? Pues está claro: eran indignados que protestaban contra la situación general, los recortes, las privatizaciones, los desahucios, los EREs y todo lo demás. Una situación de la que, seguramente, culpan también a Artur Menos, líder de un partido de derechas que lleva dos años recortando en sanidad y educación, sin cerrar una sola de las más de cien embajadas que tiene repartidas por el mundo.

El problema es que este caballerete se creyó que ese millón y medio de gentes había salido a la calle a reclamar la independencia y optó por ponerse al frente de la ola, como un surfista experto. Y los catalanes pueden ser muchas cosas (hasta nacionalistas), pero hace años que han demostrado ser muy listos. Su problema es el mismo que el nuestro (y el de los alemanes y los demás pueblos): que tienen unos políticos que no están a la altura de sus votantes. Me vienen a la memoria algunos casos anteriores de políticos o dirigentes que perdieron órdagos similares, y no se dieron cuenta de que estaban sobreestimando sus expectativas, hasta que la realidad les propinó una sonora bofetada.

En enero de este mismo año, el señor Álvarez Cascos, a la sazón presidente de Asturias, se agarró un sonoro cabreo al comprobar que sus ex compañeros del PP no apoyaban los nuevos presupuestos regionales, elaborados por su equipo. Decidió entonces convocar unas elecciones anticipadas, convencido de que aumentaría su mayoría y podría gobernar en solitario. Resultado: dejó de tener mayoría y perdió la presidencia.

En mayo del año 2000, Lorenzo Sanz, también a la sazón, presidente del Real Madrid, se sintió cabalgando sobre una ola de éxito insuperable, después de ganar en poco tiempo las Copas de Europa séptima y octava (la sexta se había conseguido cuando él era un mozalbete). Así que, decidido a aprovechar su inercia triunfal, adelantó dos años las elecciones. Resultado, perdió la contienda con el aspirante, un tal Florentino Pérez.

El tercer caso que les cuento, menos conocido, es para mí el más gracioso y se desarrolla también en Barcelona. A finales del 2008, Esquerra Republicana condiciona su apoyo a los Presupuestos del año siguiente a que se promueva un Plan de Reforma de la Diagonal. Estamos en los años del alcalde socialista Jordi Hereu, apoyado por Izquierda Unida y Esquerra, en lo que se dio en llamar el tripartito. El Plan de la Diagonal afectaba a un punto neurálgico de la ciudad y alguien apuntó que no se podía hacer sin una consulta ciudadana previa.

El equipo municipal de gobierno vio una ocasión perfecta para diferenciarse de Madrid y dijo: escolti nen, aquí vamos a hacer un proceso de participación ciudadana de verdad, como los que hacen los holandeses o los daneses, que axó no es España, nen, axó es Cataluña y este es un país civilizado donde los grandes proyectos no se hacen per cullons, como en la Meseta. Aquí preguntamos a la gente. Era la época, en que se convocaban referendums por todos los rincones de Cataluña para preguntar si querían la independensieeee.

A comienzos de 2009 se pone en marcha el proceso de participación ciudadana, en torno al flamante proyecto de la Diagonal, que consistía en meter el tráfico en subterráneo, hacer unos aparcamientos de residentes junto a los túneles y recuperar la superficie para hacer un gran bulevar. Hasta el mismísimo Álvarez del Manzano hubiera suscrito este proyecto, que suponía tener la ciudad levantada en obras durante varios años. El Ayuntamiento se embarca en ese gran proceso de consulta, que imita al organizado en París para reformar Les Halles.

Se depura el censo de la zona funcional afectada por la reforma, se efectúan buzoneos masivos de propaganda, se organizan reuniones de comunidades de vecinos, se recopilan propuestas por portales, se negocian proposiciones globales por manzanas y se termina en una propuesta única consensuada. En ese largo y difícil proceso de consulta se gastan 3,5 millones de euros. En mayo de 2010 la cosa está ya madura y se convoca la consulta. 

Resultado: del censo elaborado acuden a votar menos de un 12% de los ciudadanos convocados. Entre los que se molestan en ir a votar, más de un 80% se pronuncian en el sentido de que, por favor, no se haga nada, que la Diagonal está bien como está, y que ni la toquen, que funciona muy bien. Otra vez el seny catalán. Resultado derivado: al promotor de la consulta, el Alcalde Jordi Hereu, no le queda más remedio que ofrecer un cabeza de turco que responda del fiasco, en la persona de su segundo, Carles Martí, un desconocido cuyo único pecado debió de ser apoyar el proyecto de su jefe con demasiado entusiasmo. Desde luego, el Alcalde no dimitió ni reconoció error alguno. 

Artur Menos estaba en su nube. Creía que iba a ganar y no estimó oportuno escuchar voces más expertas como la de Durán i Lleida. Pero los catalanes han adivinado su juego de farol, su huida hacia delante echando el señuelo de la independencia para que la gente se olvidara de la situación económica agravada por los recortes que él ha ordenado. Y ahora no puede hacer responsables del fiasco a los españoles, a quienes, durante la campaña, ha atribuido la culpa hasta de las lluvias torrenciales en la zona. A lo mejor cesa a su jefe de campaña, si no encuentra otro pringao dispuesto a comerse el marrón. Este tipo de personajes no suelen reconocer que se han equivocado. Son como los entrenadores que culpan al empedrado, al árbitro o las condiciones climatológicas.

domingo, 25 de noviembre de 2012

43. Un ERE en el Portal de Belén

La verdad es que iba yo a hablar de la guerra relámpago en Gaza, de lo que le cuesta al mundo occidental el empeño de mantener por narices el estado de Israel en el medio de una zona de dominio musulmán, con lo bien que podríamos vivir todos sin gastarnos el dinero en sostener un estado fantasma creado artificialmente en el peor lugar posible. Ya les contaré otro día mi versión de cómo se creó el estado de Israel, algo que no todo el mundo conoce.

Quedémonos por ahora con que hay alto el fuego, forzado por USA y Egipto. Y con que, durante la difícil negociación de ese alto el fuego, ambos bandos se han dedicado a encarnizar sus ataques matando a cuantos más enemigos mejor, para forzar un acuerdo más favorable. Y, por último, con las reacciones de los dos contendientes después del cese de las hostilidades. Israel: ¡Qué demasiao, tíos, les hemos dado en toda la cresta, 162 cabrones menos! Hamás: De puta madre, tíos, hemos ganado, les hemos hecho doblar la rodilla, cierto que tenemos 162 mártires más, pero no pasa nada, tenemos valientes de sobra para que se sigan inmolando hasta donde haga falta: lo importante es que les hemos hecho retroceder, y además hemos logrado matar a seis de esos hijos de puta, o sea que muy bien, tíos, ahora a celebrarlo. 
 
Reacciones asimilables a las de dos matones que se acabasen de zurrar en un callejón, hasta que la gente los consigue separar. La diferencia es que en vez de exhibir sus moratones, éstos cuentan a sus muertos, un simple guarismo, una cifra que desdeña la tragedia de 162+6 familias destrozadas. ¡Ojo! Esta interpretación no significa que yo me proclame equidistante. En esta pelea hay un verdugo abusón y una víctima apabullada en su propia tierra, y yo no puedo ser equidistante en ese pleito. Pero las celebraciones de Hamás son, cuando menos, antiestéticas.

Estamos ante un ejemplo de algo que es una constante de estos tiempos: la manía de negar la evidencia, de decir que lo blanco es negro, que una derrota es una victoria, que la que está cayendo son cuatro gotas y ya se ven los brotes verdes, que el millón de gentes indignadas que llenaron el otro día las calles de Madrid eran treinta y cinco mil, que en el Madrid Arena se vendieron nueve mil entradas, o que la culpa de la crisis económica en Cataluña la tenemos los españoles. No entiendo como a los portavoces encargados de comunicar ese tipo de mensajes manifiestamente falsos no se les cae la cara a pedacitos delante del micrófono.

Sin embargo, en plena lluvia de bombas sobre la franja de Gaza, nos llega la noticia de que el Papa Benedicto Nosecuántos va a emitir un comunicado en relación con esa castigada zona de la tierra. Algunos crédulos irredentos (entre los que no me cuento, que en este tema ya estoy curado de espanto) esperaban una intervención decisiva, un pronunciamiento pidiendo un esfuerzo extra por la paz en nombre de un Dios en el que ni judíos ni musulmanes confían demasiado.

Pues nada de eso. Resulta que el amigo Benedicto tiene a bien comunicarnos que ha llegado a dos conclusiones en relación con el nacimiento de Cristo: que la Virgen María era virgen y continuó siéndolo después del parto, y que en el  portal de Belén no había ni mula ni buey. Como ven, dos hechos trascendentales para comprender el momento sociopolítico en que nos encontramos; no sé cómo hemos podido vivir en una ignorancia tan grande, cómo es que la crisis no ha estallado mucho antes.

Esa doble conclusión, fruto de la clarividencia papal de Benedicto Nosecuantos, aparece en un libro que acaba de publicarse con visos de best seller, y cuyas ganancias suponemos que irán al bolsillo particular de este preclaro hombre de bien, faro de la conciencia analítica posthegeliana y guía moral de las gentes mejor nacidas del universo mundo.

Tan importante suceso se ha convertido ya en trending topic y algunos de los articulistas más populares se han pronunciado al respecto. Boris Izaguirre dice que el secreto del asunto está en que el Papa es alemán, como la señora Merkel, y se ha tomado en serio la política de recortes que impone su paisana. Maruja Torres, siempre incisiva, dice que la mula y el buey han huido aterrorizados por los gritos de María en el esfuerzo sobrehumano de parir sin perder la virginidad. El mejor artículo, en mi opinión, es el que escribe Juan Arias desde Brasil, cuyo link les pongo a continuación.

Ya ven que Jesús no nació en Belén, sino en Nazareth, así que todo era una leyenda, no sólo el buey y la mula, sino los reyes Magos (yo ya sabía que eran los padres, no se crean que no me entero de nada), los angelotes y hasta el pesebre. Después del artículo de Juan Arias poco queda por decir, acerca de este auténtico ERE que ha puesto en marcha el Papa. Pero a mí me preocupan otros aspectos, que les cuento.

Mi amigo J. fabrica cada año un belén de unos dos metros cuadrados con el que compite en el Concurso Anual de Belenes de Guadalajara, certamen que ha ganado varias veces. Mi amigo está en estos momentos dedicado a la recogida de setas, pero muy pronto llegará el frío y se acabará la temporada del níscalo. Entonces, como cada año, empezará a recopilar el material para el belén, el  musgo natural para el escenario, el papel de plata para el riachuelo, los cantos lavados para las cascadas, las ramitas de acebo para las guirnaldas del portal. 

Y digo yo: ¿qué va a hacer este año el Jurado? ¿Eliminará las propuestas que mantengan al buey y a la mula? No olvidemos que el Papa es infalible, no se equivoca jamás, y su palabra se convierte en dogma irrefutable, so riesgo de herejía. Yo creo que el Vaticano debería emitir urgentemente un reglamento de aplicación de esta buena nueva benedicta, para que los concursantes al certamen de Guadalajara sepan a qué atenerse.

El marido de mi compañera C. pone todos los años un puesto de venta de belenes en la plaza Mayor de Madrid. Durante un mes da salida al minucioso trabajo de elaboración al que dedica el resto del año. ¿Qué hará ahora? ¿Agarrar los bueyes y mulas fabricados y meterlos en una bolsa con destino al punto limpio? Además de todo eso, habrá que revisar las letras de los villancicos, volver a grabar el anuncio de “las muñecas de Famosa se dirigen al portal”, retirar los animales del Belén de El Corte Inglés. ¿Y qué hará doña Botella con el nacimiento de la Puerta de Alcalá? 

A mí me han quitado, de un plumazo papal, todo un ramillete de señas de identidad de la infancia. Porque yo, de pequeñito, cantaba muy entonado eso de “el buey le dijo a la mula, apártate compañera, que yo quiero ver al Niño, y me estorban tus orejas”, o esa otra de “María canta una nana, José acaricia a Jesús, la mula mueve la cola, y el buey no dice ni mu”. Otra cosa no sé, pero este Papa es realmente inoportuno. ¿Tenía que sacar su libro ahora, en vísperas de Navidad? ¿A qué tanta prisa? ¿No se podía esperar hasta la cuesta de enero? ¿Será que las arcas vaticanas están tan exhaustas que no tienen ni para la paga extra del buey y la mula? Como de costumbre, el malo es el mayordomo.
  

viernes, 23 de noviembre de 2012

42. Aquí está pasando algo muy raro

Siento ser pesado, pero no se me va de la cabeza el dato de la deuda de Berlín. Para quien no lo recuerde, la ciudad de Berlín tiene (hoy, ahora, mientras ustedes están leyendo esta entrada) una deuda de sesenta mil millones de euros. El dato es de todo fiar, me lo dieron los técnicos del Ayuntamiento de esa ciudad con los que estuve reunido hace algo más de una semana.

Y siguen las cosas raras. Busquen ustedes en Internet información sobre la deuda de Berlín. Ni rastro. Es prácticamente imposible encontrar ese dato. Lo único que aparece es un reciente informe de auditoria elaborado por la consultora Ernst & Young, que concluye que más de la mitad de las grandes ciudades alemanas no van a poder pagar nunca sus deudas pendientes, porque es imposible.

Sin embargo, busquen ustedes algo sobre la deuda de Madrid. Por todas partes hay datos siempre envueltos en un tono como de cierto escándalo: ¡qué barbaridad! ¡cómo es posible que la ciudad deba siete mil millones! Por cierto, las informaciones más recientes hablan ya de una deuda inferior a los seis mil, lo que concuerda con los datos que yo manejaba. Los recortes están dando ya sus frutos.

Es todo muy raro. Resulta que la señora Merkel va vendiendo más o menos el siguiente mensaje. Nosotros, el sufrido pueblo alemán ya hicimos nuestro ajuste hace unos cinco o seis años. Fue difícil y doloroso, pero ahora estamos al día. Sin embargo, ustedes los del sur han seguido despilfarrando y viviendo por encima de sus posibilidades y no lo podemos consentir. Eso mismo dicen los holandeses y los finlandeses. Tal vez sea cierto que el estado alemán ya no tiene deudas, o las tiene bajo control. Pero, ¿qué pasa con los lander? ¿qué pasa con las ciudades?

¿Cómo es que a esta señora no se le cae la cara de vergüenza, cuando su ciudad más conocida tiene unas deudas de ese calibre, que no va a poder pagar nunca? ¿Acaso estamos los griegos, los españoles y los demás pagando ese desequilibrio monstruoso? ¿Por qué no le exige la señora Merkel a sus ayuntamientos y regiones que se ajusten el cinturón, como nos lo está exigiendo a nosotros?

No sé que pensar de todo esto. Me gustaría que alguno de mis lectores me indicara en dónde puedo encontrar un artículo o un informe que me explique esta barbaridad. Mi asesor histórico y sociopolítico Javier Villegas, me aporta algunas ideas que quiero poner aquí por si alguien las comenta o las rebate. Dice, en primer lugar, que lo que estamos pagando entre todos es el coste de la reunificación de Alemania. La llamada Alemania del Este estaba deprimidísima y el Gobierno Federal ha debido hacer un gran esfuerzo financiero para igualarla con el territorio occidental. Eso llevó a un cierto ajuste en unos años determinados, que el pueblo alemán soportó con su estoicismo y organización proverbiales.

Pero, entonces, cómo es que su capital tiene una deuda diez veces mayor que la de Madrid, que ya es monstruosa y difícil de devolver. Según Javier, los deudores de España que reclaman la devolución de su dinero son los bancos alemanes. Y lo mismo les pasa con Grecia. Y la señora Merkel apoya a sus banqueros, igual que Rajoy a los nuestros. Por otro lado, ese extraordinario apoyo que ha tenido la Alemania del Este para ponerse al nivel del Oeste, no se le ha brindado a otros países exsoviéticos, como Bulgaria o Rumanía, cuyos ciudadanos se preguntan todavía de qué les ha servido integrarse en la Unión Europea, si su situación económica y sociopolítica sigue siendo la misma de antes.

Ya les digo que no tengo aún una respuesta elaborada, que sigo investigando y reflexionando sobre la deuda de Berlín, y que lo traigo hoy al Blog para ver si alguien me lo explica, o me facilita el enlace con algún libro o artículo que me aclare algo.

Les cuento también otro detalle. Los días martes y miércoles de esta semana los he dedicado en buena parte a una actividad extraescolar, consistente en dar una clase de dos horas sobre el proyecto Madrid Río a un curso Athens organizado por la Escuela de Caminos, seguida de una visita en bicicleta por el parque. Los cursos Athens concentran un programa lectivo de una semana para estudiantes de distintas carreras y procedencias, que no se conocen de nada y que se pasan aquí unos días cojonudos, pagados por la Unión Europea.

Es la tercera vez que doy esta clase y, en las anteriores, los estudiantes me habían seguido con mucho interés y se habían maravillado con el proyecto. Este año, sin embargo, había un elemento renuente. En el turno de preguntas, me dijo que le parecía una locura que una ciudad como Madrid se metiera en un proyecto de este tipo y que cómo se iba a pagar la deuda de la ciudad. Es, obviamente, una opinión razonable y respetable, pero a mí me sonó a que el chaval venía ya con la idea previa, seguramente jaleado por cosas que había oído antes.

Le contesté lo que digo siempre: que la deuda de Madrid no se debe toda a este proyecto, que desde luego es muy caro y tal vez no era lo que la ciudad más necesitaba, pero que, siempre en mi opinión, este proyecto no se puede meter en el mismo saco que el aeropuerto de Castellón, la Ciudad de la Cultura de Santiago y otros proyectos faraónicos, absurdos e interrumpidos. Que está terminado, que lo usan los ciudadanos y que el dinero público está bien invertido cuando se emplea en obtener espacio libre en zonas céntricas de las ciudades.

Como siguió poniendo caras de escepticismo y haciendo gestos, le saqué el dato de la deuda de Berlín y le formulé las preguntas que estoy haciendo en esta entrada. Palideció y no volvió a decir nada más. Está claro que desconocía el dato. Al final de la visita en bicicleta hicimos una despedida en la que todos se presentaron y dijeron de dónde venían. Resulta que el chaval era el único alemán.

¿Casualidad? Puede. Pero yo más bien lo interpreto de otra forma. En los últimos años desde todos los medios germanos y sus corifeos holandeses y nórdicos están vendiendo una imagen distorsionada de nuestro país. Esa imagen, desde luego con alguna base real pero no hasta el punto que se dice, forma parte de la campaña para inculcarnos una mala conciencia colectiva que nos haga soportar como corderitos el desmantelamiento del estado de bienestar que disfrutábamos (y que estaba muy lejos aún del que disfrutan esos países que tanto nos critican). Y todo para rebañar dinero para los usureros internacionales que se siguen forrando a costa de nuestra crisis.

No se dejen engañar y, sobre todo, déjense de complejos y malas conciencias. No somos más chorizos que los demás. Continuará.

martes, 20 de noviembre de 2012

41. Diálogo escuchado en el Metro

Dice Lisardo que eso de tirarse el moco es una expresión que ya no se usa, que es de la edad de la piedra. Tiene razón. Ahora ya no se habla así. Precisamente por eso me gusta usarla, como un homenaje a los años en que yo tenía la edad adecuada para decir cosas como ésa. Ahora la gente joven utiliza un lenguaje minimalista y sintético, de frases sincopadas y escasa complejidad. Aquí les dejo un ejemplo, que esta noche no tengo ganas de escribir mucho.

Metro de Madrid. Línea 1. Subo en Atocha y me siento al lado de un tipo enjuto, de flequillo de punta, piercings en la boca, camiseta sin mangas mostrando sus brazos llenos de tatuajes, vaqueros rotos, chamarra de cuero viejo al brazo, olor a sudor acre de sobaco sucio de días. Parece abatido. En una parada entra un socio suyo de parecida calaña y se sitúa de pié, delante de nosotros. La conversación entre ellos discurre entre susurros y miradas rápidas de reojo para comprobar si yo les estoy escuchando. 

            –Passa, tú. Vaya careto mortis llevas.
–Stoy más jodío que la hostia, chaval.
–Qué pasa.
–Han trincao al Juanmi, tío, qué palo.
–No sabía. ¿Cómo ha sido?
–Llevándose unas latas de los chinos, tron. Iba todo de buti, hasta que salió de detrás un menda en plan kungfú y empezó a darle golpes de kárate. Le aguantó el careto contra el suelo con una rodilla, hasta que llegaron los maderos.
–Bueno, no passa na. Lo han pillao mazo veces. Tres días al talego y luego bola.
–Esta vez no, chaval.
–¿Y eso?
            –Llevaba bardeo.
            –¡Joder! Entonces, chungo-chungo.
            –Chungo-chungo, tío, lo lleva crudo.
            –¡Qué gilipollas! ¿Pero cómo es tan subnormal, el tío?
            –Y yo qué sé, tron. Será que no tenía pa papear. Es la puta crisis.
            –Si tan mal iba, podía haberlo dicho y le habíamos ayudao loj’colegas.
–Claro, tron. Yo no tengo pa darle un chin. Pero me lo había llevao a mi keli. Mi vieja le hace rápido un caldito.
            –Ahora sí se lo van a dar el caldito.

Estación de Tribunal. Se bajan los dos. Yo sigo a Bilbao

40. El virus del nacionalismo III

Este verano estuve en un congreso en New York organizado por una asociación norteamericana de grandes parques urbanos. El lema del congreso era Greater and Greener y en este link: http://vimeo.com/47587432 tienen su vídeo promocional de tres minutos, que es muy simpático y complementa la geografía humana de la ciudad que aparecía en el extraordinario vídeo de Joey Ramone que les mostré al final de la Entrada nº 16 de este Blog.

Si empiezo por aquí, no es para tirarme el moco, sino porque fue en un descanso de ese congreso cuando un colega americano, Dave Finn, de Palo Alto, California, al enterarse de que yo era español, se apresuró a hacerme una pregunta sobre un aspecto de España que le resultaba inexplicable, a ver si yo se lo aclaraba. Pensé que me iba a preguntar por las corridas de toros, la paella, los chiringuitos de la playa o el extraño caso de la desaparición del bigote de Aznar.

Pues no. Resulta que en California empiezan a ser aficionados al fútbol (el soccer, lo llaman ellos), y a mi colega le había tocado ver la reciente final de la Copa del Rey española. Así que había presenciado atónito la pitada unánime al himno nacional, protagonizada por vascos y catalanes, con la que se preludió ese partido. Es algo que a un norteamericano le resulta imposible de entender. 

Le hablé de las sensibilidades regionales, de que los vascos y catalanes son diferentes, que muchos no se sienten españoles y tienen proyectos independentistas. No conseguí que lo entendiera. "No hay nadie –me dijo–, más distinto que un tejano frente a uno de Pensilvania, por ejemplo, pero, ante determinados símbolos, como el himno, o la bandera, el sentimiento es unánime. Si un solo tipo se pusiera a silbar, los demás lo sacarían a bofetadas". La verdad es que en España se ha vuelto cotidiano algo que resulta bastante difícil de explicar a un extranjero, y con lo que estamos haciendo un soberano ridículo internacional.

En anteriores entradas me centré en la utilización del idioma como seña identitaria diferenciadora y no como sistema de entenderse. El idioma local se rescata en muchos casos de la nada y se gasta mucho dinero en imponerlo mediante el proceso de inmersión lingüística, una política claramente fascista que debería ser objeto de repulsa social, como la violencia de género o el racismo. Pero el idioma no es la única seña de identidad que se utiliza. En España tenemos la suerte de que no hay diferencias de religión, que eso sí que es peligroso, como quedó demostrado en Yugoslavia y en Sri Lanka, dos casos que conozco bien y de los que les hablaré otro día (el tema da para mucho).

Aparte de la religión, están la historia y la cultura. Y si no existen, se inventan. Que yo sepa, ni Cataluña ni Euskadi han sido nunca estados, pero no quiero entrar en razonamientos de este tipo, para no ponerme a la altura de los suyos (¿Qué decir del rh de los vascos?). Es evidente que cada pueblo es distinto, como los tejanos y los de Pensilvania, pero eso no implica que no podamos seguir juntos, empujando todos a una en la misma dirección, y no a la contra.

Los asturianos también son distintos y, por lo menos, tan peculiares como los vascos. Pero ellos han solucionado el tema con una frase genial: España es Asturias y, lo demás, tierra conquistada a los moros. Tal vez los vascos podrían decir algo así. Al fin y al cabo, son el último vestigio intacto de las tribus que poblaban la península, antes de la llegada de los romanos, y luego de los moros. A mí no me extrañaría que algún día se encontraran restos con inscripciones en euskera en Cádiz o en Alicante. ¿Qué impide entonces decir: España es Euskadi y, lo demás tierra esquilmada por los romanos y luego rescatada? Pues lo impide Sabino Arana y sus teorías, y casi mil muertos por medio. Aunque, como dijimos el primer día, Sabino Arana es la expresión de un sentimiento que ya existía antes que él.

El virus ataca a los pueblos y les impide razonar. Por ejemplo: ¿saben ustedes que el IRA entregó las armas en un proceso verificado internacionalmente, a cambio de un nivel de autonomía dentro del Reino Unido, muy inferior al que ya tienen el País Vasco o Cataluña? Pero da igual. Los nacionalistas tienen que seguir siempre adelante con su raca-raca, por el mismo motivo que los inmobiliarios tienen que seguir construyendo siempre, hasta que se estrellan. Está en su naturaleza.

Una vez descartadas las armas en Euskadi, vascos y catalanes marchan parejos hacia el abismo de la independencia y se miran en algunos modelos extranjeros. Los checos y los eslovacos se separaron mediante un referéndum amistoso. Y lo primero que hicieron ambos países fue prohibir eventuales referéndums posteriores de reunificación. Porque lo que vale en un sentido no se tolera luego en el otro. El Estado nacionalista ya es para siempre.

El Quebec ha organizado dos de estos referéndums para separarse del Canadá. En el primero perdieron claramente, pero en el segundo se acercaron bastante al 50%. Eso llevó a sus promotores a proclamar de forma entusiasta que a la tercera iría la vencida, lo que motivó un pronunciamiento muy interesante del Tribunal Supremo del Canadá.  En la llamada Clarity Act, ese tribunal establece que el Quebec sólo podrá separarse mediante un acuerdo negociado, aceptado por el Gobierno canadiense y respaldado por una mayoría cualificada, cuyo porcentaje no se determina, pero se deja claro que no vale con un 51% pelado.

Es decir, primero negociación y acuerdo del gobierno central, y después referéndum. En esa Clarity Act se han inspirado los escoceses. Su líder ha negociado ya con Cameron y este ha dicho: “vale, haced un referéndum”, seguro de que no lo van a ganar. Ibarreche intentó algo parecido, pero no obtuvo respaldo de las Cortes, y no hizo consulta alguna. Y el amigo Artur Menos pretende ahora saltarse la primera parte del proceso en el que también se inspira, y pasar directamente al referéndum. Porque tiene prisa, no vaya a ser que los catalanes se den cuenta de su superchería (está huyendo hacia adelante para ocultar su mala gestión de la crisis económica). Yo me alegraría que no llegara a buen puerto. Pero, mira, ya puestos, si se quieren ir, que se vayan. El problema va a ser para los residentes no catalanes.

Termino con un dato a este respecto. En la civilizada Letonia, un estado de la Unión Europea, conviven ahora los letones con una amplia colonia rusa implantada en la época soviética. Incluso en su capital, Riga, viven más rusos que letones. Bueno, pues desde que Letonia conquistó su independencia, se ha impuesto un examen de ciudadanía obligatorio, que incluye un conocimiento fluido del idioma letón. Quién no pase ese examen, no recibe el carnet de identidad y, por tanto, no puede salir del país, ni matricularse en la Universidad, ni trabajar fuera de la economía sumergida. Muchos rusos ya nacidos allí se han negado a hacer el examen y sobreviven excluidos de las ventajas que tienen los letones. Pagan ahora por los excesos de los años de dominio ruso. 

Me parece que entienden lo que quiero decir.
 

domingo, 18 de noviembre de 2012

39. Gangnam Style y el loro de Boiro

Si una cosa he comprobado en mi reciente viaje es que no tenemos nada que envidiar a ningún país de nuestro entorno, en aspectos fundamentales. Leo hoy en Cinco Días que España tiene dos grandes hándicaps para salir de esta crisis. Uno la elevada tasa de paro. Cierto. La otra, la mala imagen exterior que tenemos. Muy bien, pues esa mala imagen es un invento de los usureros que nos están esquilmando, después de arruinar a Grecia y otros países de la Unión Europea, en donde aterrizaron tras hacer lo mismo con Lehman Brothers y otras grandes empresas norteamericanas.

Mi impresión es que no somos muy diferentes de los demás países del mundo occidental. París está entera levantada en obras, Rotterdam está construyendo una estación de ferrocarril faraónica cuyas obras ya estaban empezadas hace casi cuatro años la última vez que estuve allí. Ya han visto el dato de la deuda de Berlín (ver entrada nº 36). Así que déjense de complejos. No somos peores que nadie, el sistema es el mismo en todo el mundo occidental, inversiones monstruosas en obra pública, deudas que no se pagan y todo lo demás. Cierto que tenemos una tasa de paro históricamente más alta que otros, que la construcción tiene un peso excesivo en la economía y que hasta ahora no había otras alternativas de inversión para el ciudadano que reúne cuatro duros. Pero las burbujas existen en todas partes como ya les he dicho en anteriores entradas. Y se pincharán. Si no, al tiempo.

Hoy quiero desmontarles otro mito y otro complejo patrio. Ese de que somos unos horteras, que estamos todo el rato bailando HEY MACARENA (AAAAAOM), mientras que en los países de Centroeuropa se pasan el día escuchando a Chopin y leyendo a Goethe, mientras toman el té levantando el dedo meñique en jardines llenos de flores. Cierto que aquí teníamos a Georgie Dann que cada año ganaba el premio de la canción del verano con temas como El Casatchock, El Bimbó, La Barbacoa, Máma qué será lo que tiene el negro y otras de similar corte. Pero hace tiempo que este hombre se retiró. De hecho tiene hasta unos hijos mayores que también viven de la música. Tienen un grupo llamado Café París, que hace un pop blandito mucho más digno que los temas con que nos castigaba su señor padre.

Sin embargo, aquí les traigo algunos ejemplos de lo que gusta en la civilizada Europa. En 2010, la canción del verano en Bélgica, Holanda y buena parte de Alemania, fue esta que tienen en el siguiente link. Se llama “Dos cervezas, por favor”, así en español, y se la traigo por un doble motivo, por revelar el grado de horterismo de la civilizada Europa, y por su contribución a la mala imagen de España, de la que antes les hablaba. Pocos en España han oído esta mierda. Ya se encargaron los belgas de focalizar su venta hacia el norte. https://www.youtube.com/watch?v=Y5NOw2l-zVo

Increíble, ¿verdad? Bueno, pues la de este año es todavía peor. Les hablo del boom musical de este verano: la coreana Gangnam Style, que les pongo a continuación. No se había visto una cosa igual desde nuestra Macarena. Gangnam es el barrio pijo de Seúl, y el cantante local PSY (es un tío, no una empresa de trabajo temporal) ha querido reírse del pijerío de los adinerados habitantes del lugar que, entre otras cosas, se deben de pasar el día montando a caballo. Hay que reconocer que el vídeo que aquí les traigo, está bien producido y es impactante, pero la música es malísima, la letra debe de ser como se la imaginan, el bailecito es horroroso, y yo no veo justificado el éxito de esta horterada. La canción se publicó a mediados de julio y ya es el vídeo musical más visto de todos los tiempos. Juzguen ustedes por sí mismos.

Bueno, pues el tal PSY se está haciendo de oro, a base de ir por el mundo grabando versiones acompañado de famosos. En la red están sus bailecitos en compañía de Madonna, Britney Spears, y hasta de Ban-Ki-Moon, secretario general de la OTAN. Uno de los vídeos más vistos es el que grabó en el patio del penal filipino de Cebú, en compañía de más de mil presos vestidos de rojo, lo que le permitió batir un record Guiness. De todas las versiones que se han hecho, me quedo con la que han perpetrado dos chavales de Vimianzo (La Coruña), vestidos de Doña Rogelia y en escenarios de su pueblo. Se llama Gañán Style y aquí la tienen.

Como ven, en el mundo globalizado, los fenómenos mediáticos llegan a todas partes, incluso a los rincones más recónditos de mi querida Galicia, y esto me recuerda la historia del loro de Boiro, que supongo tampoco conocen y que les cuento a continuación. La cosa sucedió el pasado mes de marzo y tuvo bastante repercusión a nivel local, aunque apenas se conoció fuera de Galicia. Resulta que una familia de Boiro tenía un loro de diez años, llamado Yako, que cantaba y bailaba todo tipo de temas para deleite de visitantes y amigos de la familia. Estaba al tanto de los últimos éxitos a nivel mundial, aunque también conocía los temas tradicionales, como la Rianxeira, que bailaba con especial donaire.
 
Lo solían sacar a la calle colgando la jaula en un clavo junto a la puerta del garaje, para que tomara el sol, algo que le gustaba mucho, porque no hay que olvidar que se trata de Galicia y no de Andalucía, en donde se hubiera achicharrado. El animal saludaba a los viandantes y se enrrollaba mucho con los que le silbaban alguna canción de moda. Hasta que un día, cuando fueron a meterlo para dentro, no estaba. Unos ladrones lo habían robado con jaula y todo. Lo buscaron por todo el pueblo, pero no apareció.

Se organizó una campaña en el pueblo, editaron unos carteles con los que empapelaron todos los muros, lo buscaron por los demás pueblos de la comarca, el asunto trascendió y, durante unos días, fue el primer tema de conversación en toda Galicia. Vinieron las radios y las televisiones, y el Alcalde, entrevistado por una emisora local, declarou que había que ser  muy mal nacido para cometer la fechoría de robar un animal tan simpático y tan familiar; que no pararía hasta detener a esos cabrones, algo que antes o después sucedería, porque un loro no es fácil de ocultar, y que, como se los pusieran delante, les arreaba semejante galoucazo que los mandaba pallá pal Cabo da Cruz ¡¡Arre carallo!!

Atemorizados quizá por la presión mediática, los ladrones se decidieron a devolver el loro cuatro días más tarde. Lo dejaron de madrugada con su jaula en una caja a las puertas del bar Fornos. Cuando el propietario del local empezó a sacar las sillas para disponer la terraza, lo encontró y avisó a los dueños, que viven cerca. Lo que pasa es que el pobre loro estaba muy triste, se arrimaba todo el tiempo a un costado de la jaula, no quería comer y no respondía a los silbidos de la gente. Todavía estaba acojonado después del mal trago pasado. No sabían qué hacer con él y llegaron a temer que se muriera de pena. 

Hasta que la hija adolescente de la familia encontró la solución al problema. Trajo un tocadiscos y le puso el disco de Ay, si eu chi pego, otra canción de inexplicable éxito universal. En cuanto le pusieron esa canción, el loro empezó a bailar, primero tímidamente, y muy pronto dando los saltos y medias vueltas que sabe. Todo el pueblo pudo ver el prodigio.

No tengo ninguna duda de que el loro Yako ha aprendido ya a bailar el Gagnam Style.

viernes, 16 de noviembre de 2012

38. ¡¡Y a mí que me gusta Mario Monti!!

Debo de estar definitivamente echado a perder. No sé. Quizá es que en este país nos han puesto el listón tan bajo los líderes de los grandes partidos, que, por comparación, observo las imágenes de Mario Monti, Presidente de Italia no elegido en las urnas sino impuesto por los banqueros, y me maravilla el talante culto, sereno, digno, decoroso, respetable de este caballero siempre bien vestido, que nunca se pone nervioso. Estoy seguro de que la bruja Merkel (ya la voy a llamar así siempre, hasta que alguien me explique lo de la monstruosa deuda de la ciudad de Berlín) le tiene mucho más respeto que a Rajoy. Los italianos parecen no estar demasiado descontentos con este señor, cuya imagen les pongo aquí abajo, quizá porque aún no se les ha olvidado el trago que les hizo pasar su esperpéntico antecesor, ése sí, elegido en las urnas.


Estoy convencido de que, cuando el señor Monti acude a recibir instrucciones de la bruja, la escucha educadamente pero, si le ordenan algo que no conviene a su país, es capaz de responder con suavidad pero con firmeza: “preferiría no hacerlo”, y quedarse frente a la bruja repitiendo la frase del inolvidable Bartleby de Herman Melville cuantas veces sean necesarias,  hasta hacerla cambiar de parecer. Veo en la mirada de Monti una autoridad moral, una nobleza, que me trae a la memoria la imagen de los antiguos patricios romanos, un gesto de persona preparada, que sabe lo que quiere y que es capaz de defenderlo con argumentos y explicárselo a sus ciudadanos. Y para colmo tiene una Ministra de Trabajo a la que le da la llorera cuando tiene que dar cuenta de las duras medidas de ajuste de su gobierno.

¿No echan de menos algo así por estos pagos? Vamos por partes. Rajoy. La imagen que tengo de mi medio paisano (paisanos enteros son sólo los coruñeses) ha cambiado radicalmente. Pero no ha sido un cambio gradual, sino que tiene una fecha concreta: el momento en que resultó agraciado por el dedo divino de Aznar. Hasta entonces debo confesar que tenía incluso una cierta debilidad por el amigo Rajoy. Me parecía un exponente de la cara más civilizada del PP, desde luego mucho mejor que los otros dos componentes de la terna sobre la que decidió Aznar (Rato y Mayor Oreja, por si no lo recuerdan). Rajoy era hasta entonces un ministro discreto y eficiente, y un parlamentario excelente que preparaba a fondo sus intervenciones en el Congreso, que leía sus discursos con voz potente y segura, y gesto de convicción.

A partir de que lo nombraran sucesor, su gesto se agrió y hasta se le puso la voz más aguda (busquen vídeos y verán que no les miento). Desde entonces su gimnasia gestual delata a un hombre cabreado y nervioso, sin paciencia para explicar a los ciudadanos por qué hace lo que hace, como el dependiente de una tienda al que no le gusta su trabajo y te atiende secamente, con prisas y sin darte ninguna facilidad. Eso lleva a muchos a pensar que no sabe por dónde se anda, o que lo que podría explicarnos es tan impresentable que mejor se lo calla. 

Creo, por ahora, que esas dos interpretaciones son incorrectas. Yo aún le doy un mínimo de crédito y lo que pienso es que tiene unos asesores de imagen nefastos. Porque la imagen de este señor lo que transmite es algo así como “no tengo nada más que decir, coño, déjenme en paz que llego tarde al palco del Bernabeu”. Los humoristas de El Mundo Today, que son extraordinarios, hicieron hace poco el siguiente sketch radiofónico. Voz de locutor de telediario: el Consejo de Ministros, en aplicación de la política de recortes que nos imponen desde Europa, ha acordado hoy reducir las comparecencias de su presidente a cinco segundos. Voz de un imitador perfecto de Rajoy: Buenash tardesh a todos. La situación del país ya saben la que es. Muchas gracias por haber venido a esta rueda de prensa. El tradicional humor hispano, como siempre, poniendo el dedo en la llaga. ¡Ah! Su Web: www.elmundotoday.com

Yo creía que ese gesto impaciente, crispado y de continuo cabreo se debía a sus dos derrotas frente a Zapatero pero, después de ganar a la tercera, no se le ha quitado. No ha recuperado el talante sereno de sus antiguas comparecencias en el Congreso y su voz sigue aguda y colérica, como si estuviera todo el rato denunciando algo gravísmo, como si estuviera aún en la oposición y no en el Gobierno, como una persona ofendida que no controla su indignación 

¿Qué decir de Rubalcaba? Pues que su cara es la imagen del pasado. Que parece el hombre de Cromañón. Que, mientras no se quite de en medio, su partido va a seguir bajando en intención de voto y valoración ciudadana. Porque ya nadie se cree su discurso. La actuación del PSOE en la comisión que se ha reunido con el Gobierno para buscar una solución al tema de los desahucios ha sido bochornosa. Cualquiera puede ver que han puesto unas condiciones imposibles de aceptar (y que ellos no aplicaron cuando gobernaban), para que el PP quede de malo y se coma solo el marrón. Con Zapatero no hubieran actuado así. Zapatero era un hombre siempre en busca de consensos, al que desbordó una crisis que no supo prever.

En estos momentos, el PSOE debería seguir el consejo de Bart Simpson: ¡multiplícate por cero! O, lo que es lo mismo, refundarse como un partido que defienda un modelo socialdemócrata, en el que la gente de esa corriente pueda sentirse representada. Y, por favor, con caras nuevas. En cuanto a Izquierda Unida, casi no vale la pena perder espacio hablando de ellos. Es un partido que tenía la posición ideal para ser crítico de verdad y convertirse en una referencia ética. Pero, en cambio, ha aceptado callarse a cambio de las migajas del pastel que se comían los dos grandes. Tenía gente valiosa, como Inés Sabanés, que se han tenido que largar de esa jaula de grillos, para no deprimirse. Ahora se han dado cuenta del ridículo que hacían con el apellido Unida y se llaman Izquierda Plural, creo.

Y nos queda UPyD. Me temo que ese partido va a pescar muchos votos en el río revuelto de la mediocridad reinante. Yo podría ser uno de sus votantes potenciales: me identifico con las opciones de centro y, en su día, se me podía casi considerar un simpatizante de la UCD, y luego del CDS. A más ganar, soy antinacionalista convicto y confeso. Y además está el encanto de las alternativas nuevas, que siempre se perciben como un soplo de aire fresco. Mi problema con  ellos es que, en cuanto veo la imagen de Rosa Díez, me asaltan unos dolores de tripa incontrolables. Es verla y darme el retortijón. Mientras no quiten de su cabecera la imagen de esa señora, no contarán con mi voto. Comprendo que es una cuestión visceral y no razonada, pero es que yo soy así de raro. Yo me fío mucho de la intuición y de las connotaciones que se desprenden de la imagen de los políticos. A lo mejor por eso me gusta Mario Monti.

Me apunta Javier Villegas, mi asesor para asuntos históricos y sociopolíticos, que fueron las ciudades italianas de finales del siglo XIII, las que tuvieron la idea novedosa de contratar a un condottiero, es decir, un jefe político y militar, para que las dirigiera y se hiciera cargo de su defensa. El contrato era temporal, para que gobernase como un poder neutral. El problema fue que algunos de estos capitani del pópolo se negaban luego a irse y acababan por convertirse en dictadores sanguinarios, de los que no se podían librar, salvo que los mataran. 

El concepto moderno de El Estado, surge precisamente en ese momento: Lo Stato, palabra que significa “lo que está ahí”. Las ciudades italianas del medievo empezaron a designar con ese vocablo la forma política de gobernar su territorio a base de una estructura de poder, superpuesta artificialmente sobre la vida cotidiana de sus ciudadanos. Estructura que estaba encabezada por un capitano del pópolo con contrato temporal bien pagado. Ese Estado incipiente es el que años más tarde se articulará a partir de la estructura teórica creada por Maquiavelo.

En fin. ¡Qué delicia tener unos asesores tan cultos! Gracias a Javier Villegas, he averiguado que Mario Monti, contratado para hacerse cargo de la presidencia del Gobierno Italiano, es la versión moderna de los antiguos condottieri. Lo lleva en la cara. Y ahora entiendo por qué me gusta tanto.

jueves, 15 de noviembre de 2012

37. Las ventajas de vivir en el centro

Día después de la huelga. La típica manipulación de cifras en relación con el número de asistentes a la manifestación multitudinaria. Un millón largo para los convocantes. Treinta y cinco mil para el Gobierno. Lo han leído bien: 35.000. Estuve en la manifestación y puedo asegurarles que la cifra real se debió de aproximar bastante al millón. Y digo yo: ¿se puede ser un país serio con un Gobierno capaz de ver un millón de personas en la calle y decir que eran 35.000? Por qué no se pide el cese del portavoz o pringao que lo anunció. O la rescisión del contrato de la empresa que, pagada con dinero de todos nosotros, le dio el dato falseado.

Comprendo que la comparación es inoportuna y pido disculpas, pero en este país sólo se piden responsabilidades cuando hay muertos por medio. Si no hay muertos, sale un portavoz, dice que lo blanco es negro y se queda tan ancho. ¿Para cuándo la posibilidad de empapelar a un político por hacer una declaración manifiestamente falsa? Es más, es que en esta tierra de nuestras desdichas, los políticos ya tienen el hábito de responder a cualquier suceso con una declaración negando la evidencia, como un acto reflejo, como una respuesta automática.

Eso es lo que le pasó al vicealcalde Villanueva en la primera rueda de prensa después de la tragedia del Madrid Arena. ¿Qué pasó después? Pues que la presión social y el hecho irrebatible de que muchos votantes del PP tenían hijos e hijas en la fiesta de Halloween, obligaron al Ayuntamiento a rectificar el mensaje, lo que desembocó en que doña Botella le tuviera que “hacer un calvo” a su vicealcalde y portavoz, y pido perdón por hacer bromas en un asunto tan trágico: es mi estilo, no lo puedo evitar.

Volvía yo de la manifestación tan contento por el lado izquierdo de la Castellana, circulando ordenadamente en medio de la masa de indignados veteranos rumbo a la Estación de Atocha, cuando empezamos a observar un clima de tensión contenida en la otra calzada. La gente se erguía nerviosa mirando atrás, se oían ruidos de disparos y botellas rotas hacia el norte, en la zona de Neptuno. Nos separaba de la zona caliente un estrecho bulevar, pero los de nuestro lado continuamos caminando ordenadamente.

Estas cosas son normales en las ciudades grandes. En el espacio urbano de pronto se trazan líneas invisibles y sólo con cruzarlas se encuentra uno en un ambiente totalmente distinto. La primera vez que fui a New York, la calle Canal era una de esas líneas. Cruzabas a la acera sur y de pronto te encontrabas en el puerto de Shanghay, rodeado de chinos que te empujaban sin dejar de hablar altísimo como suelen. Ahora el barrio chino se ha extendido a todos lados y las dos aceras de Canal street son el centro de la actividad comercial de la colonia asiática.

Mi problema ayer era que, al final de la Castellana, tenía que cruzar al otro lado y retroceder hasta la esquina de Almadén, junto al Caixaforum, para subir a mi casa. Me pillaron las carreras y las avalanchas y tuve que subir la cuesta a toda velocidad, en medio de un grupo de jóvenes aterrorizados, algunos de los cuales se refugiaron conmigo en el portal, para esperar allí a que pasara la tormenta. Arriba, me asomé a la terraza y vi algunas carreras más en medio de un olor nauseabundo a plástico quemado.

Ya supe en ese momento que me pasaría la primera parte de la noche con el helicóptero en la nuca. Es una de las ventajas de vivir en Atocha. En Twitter hay un hashtag (ya ven que Lisardo me tiene al día de la nueva terminología), al que los vecinos podemos subir nuestras quejas, cuando ya no podemos más: @putohelicoptero.com. Pero no es esta la única delicia del barrio. Para empezar, la mayor parte de los días es imposible sacar el coche del parking por los motivos más diversos. Todas las procesiones religiosas pasan por la zona de Atocha. Allí se estacionan los tanques el día del Desfile de las Fuerzas Armadas, antes llamado de La Victoria. Más las colas del Cristo de Medinaceli los primeros viernes de mes. Y, por supuesto, todas las manifestaciones.

Digo yo que podrían diversificar los recorridos, para que se repartiese un poco el coñazo. Pues, no. Todas por delante de mi casa. Y cuando hay palos en Neptuno, los antisistema corren hacia mi zona, perseguidos por los antidisturbios (observen que los dos son “anti”). Resultado: esta mañana he salido rumbo al trabajo y me he encontrado los contenedores de basura reciclable calcinados y reducidos a ceniza. Por eso olía tan mal anoche. Los contenedores que han quemado los vándalos son los de la esquina de mi calle, los que yo usaba para tirar el vidrio, el papel y el plástico. Tanto esfuerzo de separar la basura en origen para esto. 
         
El tramo Atocha – Antón Martín debe de ser el lugar del mundo donde más manifestaciones se celebran. Cuando no son los contrarios a la privatización de la enseñanza, son los que celebran el día de la mujer, el Año Nuevo chino o el final del Ramadán, los antisistema que claman contra los banqueros ladrones, los cuidadores de minusválidos o los que condenan la violencia contra los animales. No es broma, éstos últimos la emprendieron con el pollero de la esquina, y el pobre hombre tuvo que echar el cierre metálico. Al día siguiente, amaneció con dicho cierre cruzado de pintadas insultantes. Asesino, le decían.

Además de las manifestaciones, resulta que en la calle Fúcar está el CAD del distrito Centro. ¿No saben lo que es un CAD? Se lo aclaro: centro de atención a drogodependientes. Es un lugar bastante deprimente, en donde tienen un gran salón con colchonetas, sofás y televisores. Allí acuden los yonquis más hechos polvo, porque se les ofrece un lugar en el que pueden descansar sin que nadie les mire mal, ni se queje de lo mal que huelen. También es uno de los dos únicos lugares de Madrid en que se expende metadona. El problema es que es un centro de día, es decir, que por la noche los echan. Este grupo compone la población estable de las calles de mi barrio por las noches. No molestan demasiado, extienden sus colchones en las plazas, se cubren con cartones, rebuscan en las basuras a la caza de restos de comida y esperan a que llegue el nuevo día y vuelvan a abrir el CAD.

Los que sí molestan y mucho, son los que componen la población flotante: los del maldito botellón. La sala Kapital, antes Titanic y mucho antes cine San Carlos de sesión continua, es una macrodiscoteca a donde acuden los quinceañeros más macarras de los barrios del sur. Los viernes y sábados por la tarde la estación de metro de Atocha vomita auténticas hordas de tipos con pendientes y flequillos de punta con la testosterona a flor de piel, y jovencitas supermaquilladas haciendo equilibrios inverosímiles sobre tacones superlativos.

Todos ellos gritan mucho, por el exceso de ingesta alcohólica y la excitación presexual. Y una gran parte se queda fuera de la discoteca y se desparrama a lo largo de la calle Alameda. El callejón de San Blas, al que dan mis ventanas, es una trasera multiusos en cuesta, a la que unos van a hacer botellón, otros a mear de forma torrencial (el rastro queda en el granito de las aceras durante meses), otros  a tirar botellas y otros a pelearse después de haberse retado. A veces los yonquis de la población estable se retiran allí para chutarse discretamente una dosis adicional y sufren los gritos e insultos de esta población flotante de descerebrados juveniles.

Es curiosa la forma en que se distribuyen en la calle, usando como mesas los capós de los automóviles y apoyándose en la pared. Con lo que costó a nuestra generación conseguir la educación mixta, paso decisivo para la integración de la mujer, resulta que ahora estos chavales se ponen separados por sexos. Como los vascos en las bodas. Hace unas noches volvía yo del cine y observé este fenómeno en el primer tramo de la calle Alameda. Una panda de tres parejas se había instalado allí con sus botellas de ginebra y coca cola, sus vasos de plástico y sus paquetes de panchitos y kikos. Junto a un SEAT Toledo estaban los chicos presumiendo, galleando, vociferando, diciendo muchos tacos, soltando sonoros eructos. Cinco metros más allá, las tres chicas se disponían en torno a un Volkswagen Golf, con sus minifaldas y sus tacones, dando sus grititos habituales superpuestos en un chillido horrísono continuo.

Luego, en mitad de la noche, me desperté en medio de un griterío todavía mucho más agudo. Primero pensé que estaban por matar a unos gorrinos. Luego me acordé de las chicas del botellón y creí que las estaban agrediendo o algo así. Me asomé a la ventana y descubrí un espectáculo insólito. Las tres chicas estaban acuclilladas en corro en el centro de la calzada en cuesta y tenían al aire sus blancos culos, que resaltaban sobre la negra calzada como adornos de nata en una tarta de chocolate. Estaban meando y era precisamente la excitación de la transgresión que cometían lo que las hacía chillar de esa histérica forma.

Saqué mi voz más atronadora y grité, a mi vez: ¡¡OS ESTAMOS VIENDO!! Entonces el chillido colectivo subió casi una octava para alcanzar un sobreagudo portentoso, orgásmico, extraordinario, que rasgó la textura de la noche como un cuchillo afilado de sonido. Les juro que temí por la integridad de los cristales de mi ventana. Y eso que son Climalit.