lunes, 22 de octubre de 2012

18. Con Tangi en Saint Nazaire

El jueves me levanté pronto y salí a desayunar a un bar al lado del hotel. Pregunté al camarero si conocía algún cibercafé y me dijo que, si traía mi ordenador, lo podía enchufar en la oficina de su bar. Volví al hotel a por el ordenador, saludé a la patrona y le conté mis andanzas. Me dijo que no hacía falta que me fuera al bar, que el hotel tenía WiFi y ella me daba la clave. Así que era el anti-bling-bling, pero sin exagerar. Me disculpé con el del bar y subí a la habitación.

El Internet era excelente, lo mismo que la calefacción y el agua caliente. El hotel es antiguo pero ha renovado completamente las instalaciones, ha puesto doble cristal en las ventanas y suelo de madera clara. La señora lo hace todo, controla el hotel, hace las cuentas y limpia ella misma las habitaciones. El marido es del tipo zángano y está casi siempre sentado, quejándose de la lluvia. Supongo que entre los bretones funciona el matriarcado, como entre los vascos.

Acabé de escribir mis Lecciones de francés justo antes de mi cita de las 12.30. Tangi Saout es un joven arquitecto muy animoso, que de vez en cuando trae a Madrid grupos de técnicos o gestores interesados en el urbanismo de nuestra ciudad. Al frente de Cultures Urbaines, Tangi organiza los viajes y les acompaña como guía especializado. En su última visita, me tocó llevarles a Madrid Río, y les previne de que debían protegerse del sol, porque los árboles del parque no tiene aun la suficiente copa para dar una sombra efectiva.

Yo llevaba mi sombrero del Decathlon y bromeé todo el rato con Tangí, a cuenta de mi necesidad de cubrirme “el cartón”. Le dije que siempre me había dado mucha rabia lo de quedarme chauve (calvo), hasta que mi compañera en el proyecto de Sri Lanka, Chantal Pigeon, me descubrió que en francés hay otra palabra que describe con mayor exactitud la situación de mi cabeza: degarni (chauve se reserva para los calvos tipo bola de billar). No se imaginaba, le dije, la ilusión que me hacía ser todavía un degarní y no un chauve.

Al final de la visita, me acercaron a Atocha con el bus, y al despedirme, con los nervios de los aplausos y todo eso, me dejé el sombrero en el asiento. Era un sombrero que no valía nada y lo di por perdido. Pero en agosto, al volver de mis vacaciones norteamericanas, me encontré en el despacho un sobre grande que había desatado la curiosidad de mis vecinas de despacho por la textura blanda de su contenido. Tangí me enviaba mi sombrero con una nota muy cariñosa, que conservo, en la que afirmaba que él nunca dejaría de devolver un sombrero, instrumento imprescindible de trabajo para un hombre degarni. 
  
Este jueves, empezamos nuestra excursión viajando en su coche a Saint Nazaire, un lugar muy interesante, a unos 60 kms de Nantes. Hasta comienzos del XIX, Saint Nazaire era una aldea de pescadores con apenas 500 habitantes, pero en ese momento se decide construir allí el puerto y el astillero de Nantes, para que los grandes barcos no tengan que remontar el estuario del Loira, como hacían hasta entonces. El Atlántico es poderoso y, cuando sube la marea, se puede ver perfectamente como el agua remonta el estuario dominando el movimiento natural de río. En Nantes, 50 kms adentro, yo he visto el agua del río yendo hacia atrás y hacia adelante. Ese cachondeo hace que se produzcan depósitos y bajos muy peligrosos para la navegación, porque varían todo el rato de posición. En el XIX se construyeron en Saint Nazaire unos enormes astilleros que hasta hace poco han seguido fabricando barcos tipo Queen Mary. Los barcos terminados se llevaban a la dársena de botadura a través de una exclusa gigante. 

Bueno, pues en 1940, cuando los alemanes ocupan el norte de Francia, deciden construir allí una de las cinco bases de submarinos que distribuyeron por las costas francesas. La base, que todavía se conserva, estaba formada por catorce hangares paralelos cubiertos por un techo de hormigón armado de 8 metros de espesor, a prueba de bombas. Ese monstruo de 300 por 130 metros se edificó precisamente encima de la esclusa de la dársena, un lugar que convenía a los alemanes porque tenía una entrada resguardada desde el mar y enlazaba directamente con una línea de ferrocarril por la que llegaban los repuestos.

Entonces llegaron los bombardeos de la aviación británica. Dice Tangi que ni una sola bomba cayó sobre la base de submarinos, de lo que da fe su techo inmaculado. Pero el pueblo de Saint Nazaire resultó totalmente destruido. No quedó un solo edificio en pie. Sus ruinas fueron la última zona liberada de Francia. Los alemanes defendieron la base hasta el final. 

A la hora de la reconstrucción se decidió organizar el nuevo callejero al revés de cómo estaba antes. Históricamente, la ciudad había tenido una directriz perpendicular al mar, de forma que el caserío se abría al puerto. Con la nueva conformación, el pueblo daba la espalda a la base submarina, de la que quedaba separado por un ancho espacio libre, y se abría al mar por otros lugares. Hasta hace unos diez años, la base permaneció abandonada, como un lugar lúgubre, sucio y poco seguro. Ahora, un planeamiento parcialmente ejecutado se ha planteado integrarla y recuperarla para usos como exposiciones, conciertos de rock, etc. La visita a la base es sobrecogedora. La huella de la guerra está todavía presente en esta zona. Aquí algunas imágenes




De todo esto hemos hablado en una creperíe del puerto, en donde hemos comido primero sendas galletes de trigo negro con jamón, queso y huevo, y luego crepes de trigo blanco con aderezos dulces. Todo ello regado con sidra que se toma en tazas y se elabora cada dos años con unas pequeñas manzanas muy ácidas. Luego hemos visitado un par de barrios de construcción reciente, en donde he visto la calidad de la arquitectura social en esta zona. Y hemos regresado a Nantes a tiempo de recoger a los hijos de Tangi, la pequeña Ailïg, chez la nunu, y los dos mayores, de 9 y 6 años, en su colegio. Los hemos llevado a casa, los hemos dejado con su madre Carole, y hemos salido a dar una vuelta hasta la hora de la cena.

Tangi es una buena persona. Su mujer y él trabajan todo el día para sacar adelante la familia y tienen unos niños encantadores. Tangi ha querido esta tarde incorporarme como uno más a su vida familiar, y me he encontrado muy a gusto con ellos. Los niños han cenado primero, y se han ido agotados (los dos mayores) a dormir. Ellos trabajan también mucho, en un colegio de concepto educativo moderno, donde no tienen deberes para casa, pero desarrollan una actividad lectiva agotadora. Luego hemos cenado los mayores, con un vino elegido por Tangi especialmente para honrar a su invitado.

Bien entrada la noche me he despedido de ellos y he bajado la escalera (su ascensor está averiado desde hace una semana, por eso sonaba tan sofocado Tangi la noche antes). La casa de mi amigo está en plena ÎIe de Nantes, una antigua isla llena de industrias que se están reconvirtiendo en usos educativos, comerciales, recreativos y residenciales, aunque hay también viviendas de los 60 y 70. He buscado la orilla de la isla al ramal derecho del Loira y he caminado hasta el nuevo Palacio de Justicia diseñado por Jean Nouvel. Desde allí, una pasarela peatonal de madera me ha llevado frente al Hotel de la Bourse.

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