viernes, 19 de octubre de 2012

16. Últimos días en París

Mis últimos días en París fueron igual de bonitos que los anteriores. París es una ciudad en la que me siento como en mi casa. Es cierto que los parisienses son un poco bordes, siempre tienen prisa y están estresados, pero me encantan las largas caminatas por los lugares míticos, las amplias avenidas sombreadas por los árboles multicolores del otoño, las floristerías, las terrazas de los cafés llenas de gente fumando y tomando cerveza, los monumentos siempre dispuestos en los ejes de perspectiva.
 
El martes  hizo buen tiempo y pude disfrutar de la tarde para callejear por el Marais. Iba a visitar a mi sobrina Elena a segunda hora y pensé en llevarles algún regalo a sus preciosas hijas. Busqué en Internet tiendas de regalos imaginativos y encontré una llamada Pylones, que está en la rue Sta. Croix de la Bretonniere, en el centro de la zona más gay del Marais, llena de tiendas con grandes anuncios murales de tipos pasados de gimnasio, y con la fauna previsible.

Comprados mis regalos, dejé correr mis pasos aleatoriamente y entonces salió a mi encuentro la terraza soleada del Café des Filosophes. Allí me senté un largo rato a comerme una salade des utopistes, que estaba bien buena. Tras pasar la velada con mi familia, caminé de vuelta a casa de Philippe con la noche ya cerrada. Me entristeció encontrar cerrado el Clown Bar, un lugar lleno de recuerdos para mí, junto al Cirque d’Hiver Buglione. Cené unos tagliatelli en una pizzería en la que los cocineros estaban oyendo por la radio el España-Francia de futbol.

La casa de Philippe está en la zona del final de la rue St. Denís, un lugar invadido por la prostitución, que por el día se intercala entre las actividades comerciales de una zona llena de tiendas de moda, y por la noche es dueña y señora del espacio urbano. Dice mi amigo que las putas saben siempre cómo entrar a su portal y que más de una vez las han encontrado haciendo servicios exprés en los descansillos de la escalera. Cuando la presión arrecia, cambian el código numérico con el que se accede a la finca, pero pronto lo descifran.

La rue Saint Denis termina en la puerta del mismo nombre, una de las puertas de la ciudad medieval. Al otro lado, como en muchas calles de las ciudades francesas, comienza la rue du faubourg de Saint Denis. El faubourg, que suele traducirse por arrabal, era la zona en que se establecían los mercados extramuros, en donde vendían sus productos los comerciantes que no querían pagar las tasas exigidas para hacerlo dentro de la ciudad. En la rue du Faubourg de Saint Denis, donde no hay putas, se conserva la antigua función. Toda ella está llena de pequeños mercados, galerías y tiendas donde adquieren sus productos los inmigrantes de las diferentes comunidades. Es el lugar que yo busqué la primera noche para comerme un durum kebab.

Dice Philippe que la zona está empezando a renovar su población, mediante la progresiva instalación de una nueva clase social: los bobos. Bobos es una abreviatura de bourgeois bohemes, es decir, la gente que mola, los pijos alternativos. Parece que resulta muy cool venirse a vivir a esta zona, en que los pisos son baratos. Detrás de las viviendas vienen las tiendas, las boutiques, las galerías de arte y los bares enrollados. Algo parecido a lo que pasa en La Ballesta, en Madrid. En este momento hay una mezcla heterogénea de gente y todas las comunidades luchan por apropiarse del espacio urbano. Le he mostrado a Philippe la terraza en la que me tomé la otra noche una Leffe Blonde de presión y, como era de esperar, es un bar de bobos.

El miércoles por la mañana fuimos Philippe y yo a la Pinacotheque Française a ver una exposición sobre la influencia japonesa en Van Gogh. Es una muestra pequeña (40 cuadros) pero muy interesante y didáctica. Sorprende conocer la pasión por el arte japonés de este pintor único que, en su locura, llegó a creerse que Japón estaba en el Midi francés. Philippe y yo no somos grandes aficionados al arte y los museos, pero compartimos algunas pasiones: Van Gogh, Modigliani, Edward Hopper. El lunes se inaugura en París la exposición itinerante de Hopper que yo he visto en Madrid. Philippe tiene una entrada reservada para el mismo lunes.

Luego hemos comido cerca de Les Halles, una curiosa sopa de lentejas con foie gras y un plato de carne, y mi amigo ha insistido en acompañarme a la Gare de Montparnasse a coger mi tren a Nantes. Philippe me ha arropado estos días como a un hermano. Hacía tres años que no lo veía y me ha alegrado encontrarlo como siempre. Eso sí, con más tiempo libre que en visitas anteriores. Philippe es una de las principales razones de que me guste tanto París. Lo que sé de esta ciudad me lo ha enseñado él en un 90%. El otro 10 lo he averiguado por mí mismo.

Voy a acabar hablando un poco de mi otra ciudad favorita Nueva York. Les traigo aquí el link a un video que retrata perfectamente lo que es esa ciudad fantástica. Hace más de diez años que se murió Joey, el cantante del grupo Ramones. Desde entonces, su hermano pequeño y su madre han estado recopilando maquetas y pequeñas grabaciones no publicadas, con intención de elaborar un disco póstumo digno, alejado de las bazofias que suelen sacar los carroñeros cuando se muere alguien famoso. Por fin tienen el disco listo, que se publicará en noviembre.

La canción más espectacular se llama precisamente New York City y, tras escucharla, el director publicitario Greg Jardin ha hecho un vídeo sensacional, en el que se intercalan vertiginosamente imágenes de 116 personas, algunas famosas en el mundillo del rock, sobre unos fondos también vertiginosos. El vídeo acaba de salir, como un aperitivo del disco. Aquí abajo les pongo el link. Si no tienen un ordenador muy potente les recomiendo que se lo descarguen primero. Luego suban el volumen y disfruten. No hay mejor imagen de lo que es Nueva York hoy en día. Mañana empezaré con mis aventuras en Nantes.
http://vimeo.com/channels/staffpicks/50268931

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