jueves, 23 de julio de 2015

406. En la cola del Bolshoi

El título alude a una historia a la que ya he hecho referencia, tal vez en más de una ocasión, no lo sé a ciencia cierta, ya saben que tengo la memoria al pil pil (excepto esos grumos que se me representan con claridad). Octubre de 1917. Los aristócratas de San Petersburgo hacen cola bajo la nieve para entrar en la Ópera y asistir a la representación del Bolshoi. A su lado empiezan a pasar milicianos armados a la carrera. Se dirigen al Palacio de Invierno, la residencia tradicional de los zares, que hace tiempo que viven en otro lugar. Allí está ahora instalado el primer ministro Kerensky, el hombre que ha encabezado la primera revolución, la de febrero, en la que el zar fue derrocado. Kerensky, se verá arrasado por la revuelta que él mismo inició, como ha sucedido históricamente con muchos aprendices de brujo, devorados por su propio invento (y como le pasará posiblemente a Artur Mas).

A lo que vamos. Los desarrapados revolucionarios pasan raudos. Tienen prisa por llegar a su cita con la Historia. Y los aristócratas los miran pasar sin inmutarse. Tal vez algunos de ellos intuyen que aquello puede afectar a su pequeño mundo de lujo y abundancia, que creen bien protegido. Pero no hacen nada. Sólo esperan para ver el ballet. Llevan buenos gabanes y gorros de astracán para el otoño helado de San Petersburgo y se sienten seguros. La toma del Palacio de Invierno por los bolcheviques marcará un punto de inflexión en la historia de Rusia y en la de toda la Humanidad. El relato de esta escena se encuentra en el libro Diez días que estremecieron al mundo, escrito por el periodista norteamericano John Reed, al que pilló la Revolución de Octubre en primera fila. El mismo Reed que, de vuelta a su país, fundó con otros el Partido Comunista de Estados Unidos. Tuvo que salir por piernas y volver a Rusia, donde murió de tifus a los 32 años. Está enterrado en el Kremlin. En 1981, se filmó una película sobre su figura: Reds (Rojos), escrita, dirigida, producida e interpretada por Warren Beatty.

En fin, enlazando con mi post anterior, aquí estamos todos en la cola del Bolshoi. Se intuyen grandes perturbaciones en el mundo. Pero nosotros seguimos a lo nuestro. Recogiendo la basura, pagando la hipoteca, preparando las vacaciones en la playa. Como si no fuera a pasar nada. Mi post inmediatamente precedente ha desatado una serie de comentarios. Dice la gente que no me reconocen. Que yo soy un optimista inveterado y ese texto es profundamente pesimista y agorero. Que les preocupa el hecho de verme tan desanimado. Es posible que tengan razón. Supongo que estoy en un momento bajo, resultado de varios factores. Primero, el bajón tras mi aventura alemana, en donde me lo he pasado tan bien. Segundo el hecho de regresar a mis trabajos municipales y ver que el cambio que con tanta ilusión esperábamos, se queda por ahora en agua de borrajas, o en parto de los montes. Y para colmo, el calor extremo, que no hay quien lo aguante.

No obstante, ese post del que hablamos tiene varias lecturas. Por un lado, mi acreditada falta de acierto como pronosticador se somete una vez más a la prueba del algodón. Como sé que siempre me equivoco, pues a ver si esta vez mantengo la tendencia, no pasa nada, somos felices y comemos perdices. Inshallah. En segundo lugar, es bueno que estemos avisados. Hay muchos riesgos en el aire. Yo confío en que haya alguien por ahí que se ponga las pilas y evite esa pronosticada debacle del mundo occidental. Pero no se equivoquen: ahora mismo hay una falta generalizada de liderazgo (excepto por el lado del Papa Curro). Obama es un verdadero mandiles y no lo veo yo ni siquiera mandando unos cuantos portaaviones a restaurar el orden, suponiendo que fuera necesario. En tercer lugar, si alguna de estas amenazas se concreta, siempre podré proclamar eso de No me digan que no les avisé. Y, si estar alerta nos ayuda a protegernos mejor, pues bienvenido sea.

Digamos también que, aunque nos entristezca que se vaya a la mierda este mundo creado después de 1945 en el que tan felices hemos sido, pues tendremos que admitir que no era un mundo más justo que el de la Rusia de los zares y que lo que nos pase lo tendremos bien merecido. Como les conté en el Post #340de los 7500 millones de habitantes actuales de la Tierra, 2000 carecen de alojamiento estable. En esa cifra no están incluidos okupas, personas que se construyen ilegalmente su casa, ni gentes que se guarecen en infraviviendas hechas con materiales sólidos. Estamos hablando de terrícolas que viven en cuevas, campamentos, chabolas hechas con cartones sobre suelo de tierra, asentamientos provisionales de refugiados o, directamente, en la calle, a la intemperie. 2000 millones. Por no hablar de los 900 millones que pasan hambre. Eso no es sostenible. Los que habitamos este paraíso que solemos llamar Occidente, somos una minoría de privilegiados, cobijados bajo un techo de cristal que no resistirá las pedradas el día que lleguen.

Pero no se preocupen. Yo soy el primero que vive en la cola del Bolshoi, y seguiré contando mis reflexiones y mis afanes para entretenimiento de mis seguidores, compañeros de castillo encantado. Este malestar que les he trasladado en el anterior post y medio, no me impide seguir con mi vida como si nada. Así que ya no les acongojo más. Mis disculpas. Paso a hablarles otra vez de las minucias de mi devenir cotidiano, que tanto les interesan. Para la primera quincena de agosto tengo preparado un viaje a Polonia, similar al de Rumanía del año pasado: senderismo, naturaleza, algunas ciudades (Varsovia, Cracovia), algunas visitas destacadas (Auschwitz, minas de sal de Wieliczka). No viajo solo esta vez, así que no me llevaré el ordenador y les daré vacaciones de blog. El descanso nos vendrá bien a todos. Yo creo que es este ínterin entre Alemania y Polonia lo que se me está haciendo cuesta arriba, tal vez por el calor y la calma chicha laboral.

La vida sigue, como les digo. Durante ni periplo alemán no he hecho ningún tipo de deporte, pero, al volver he recuperado mis dos días de natación a la semana. Lo que pasa es que el Polideportivo Luis Aragonés está cerrado hasta el 1 de septiembre y me he tenido que buscar otro. Ahora voy al Municipal de Barajas, que es cojonudo. Tiene las paredes acristaladas, de forma que ves los jardines mientras nadas. Me preocupa lo que hará en estos dos meses mi colega el Cangrejo Taciturno. En qué ocupará ahora su tiempo, con este calor y sin poder ir a la piscina en la que se pasaba todas las tardes. El único del faunario que se ha trasladado también a Barajas es el que dimos en llamar El Efebo Griego, el tipo que se estira largamente en la ducha, de cara al personal. Incluso me saludó, reconociéndome, la primera vez que nos vimos en Barajas. De todas formas, en agosto cierra también esta piscina. Mi plan es empezar a correr el 15 de agosto (espero que el calor haya bajado) y hacer este año la temporada como Dios manda. Y en septiembre volver a nadar un día por semana.

Por lo demás, ese tiempo de finales de agosto será como siempre el momento de los grandes proyectos para el año lectivo que comienza, la hora de las buenas intenciones. Que no siempre se cumplen. Yo tengo unas cuantas ideas en cartera. Por un lado, he de revisarme la vista. Así como por llevar la contraria, resulta que sigo viendo bien de cerca sin gafas. Pero de lejos no es lo mismo. Aun leo bien los subtítulos en el cine, pero empiezo a no distinguir los letreros de las carreteras, sobre todo de noche, hasta que estoy casi encima. Otro proyecto: organizarme una clase de inglés. Con alguien que mejore mi conversación. A ser posible una mujer y a ser posible guapa. Me han dicho que mi pronunciación es muy buena, y eso debe ser un acicate para mejorar vocabulario y recursos orales. Y por último, dar unas clases de natación, para ampliar estilos. No creo que sean demasiadas cosas.

Cambiando de tema, con la inexorabilidad de un reloj callejero bien engrasado, la unidad de Recursos Humanos del Ayuntamiento, ha puesto en marcha conmigo su poderosa maquinaria. El otro día recibí una carta en mi casa, en la que me recuerdan que estoy a seis meses de cumplir 65. Con tal motivo, me conminan a presentar en registro a la mayor brevedad (sic) un par de documentos: una fe de vida, en donde se acredite mi fecha de nacimiento, y un informe de vida laboral. Ya los he pedido (ahora se hace por Internet). Comparando ambos documentos, los avispados funcionarios de Recursos Humanos harán una comprobación, cuyo resultado ya conozco. Si yo tuviera ahora mismo 36 años cotizados, me podría ir ya sin perder casi pensión. No es el caso, tengo sólo 33. Eso me obliga a quedarme hasta el 19 de junio, como ya se ha comentado en el blog.

La petición de reengancharme la tengo que presentar entre el 19 de diciembre y el 19 de enero. Creo que lo haré, y respondo así al último comentario del bueno de Alfred. Está claro que eso es lo que más me conviene, porque luego puedo irme cuando más me convenga o me apetezca. Supongo que me lo firmarán (si no, todavía le puedo partir la cara a algún desagradecido). Pero no descarto marcharme al comienzo del próximo verano. Es un tema que, por ahora (si mantengo mi buena salud) sólo depende de una cosa: que se termine esta calma chicha exasperante y que me involucre en tareas que, de alguna forma, me generen un mínimo de ilusión. Yo le pido al trabajo tres cosas, que normalmente van juntas y se realimentan entre sí: sentirme útil, aprender y divertirme. Si no me asignan una tarea que tenga esos tres componentes, pues, en cuanto pueda, salgo de naja.

Por lo demás, hoy hace cuatro años que murió Amy Winehouse, una figura única, cuya música no se parece a la de ningún otro artista. Ayer fui al cine a ver el documental sobre su vida titulado Amy y recién estrenado. Ya les cuento. De momento les dejo aquí una de sus canciones más conocidas, con un vídeo un tanto fúnebre, para seguir con el tono dominante.





2 comentarios:

  1. Vaya por Dios, 2.000 millones de personas sin casa y los arquitectos aquí papando moscas sin un mísero proyecto que llevarnos a la boca. El mundo está realmente mal organizado y lo sorprendente es que esas revoluciones y trastornos cósmicos que anuncias no hayan brotado todavía.

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    1. Los arquitectos, como profesión, se han suicidado un poco, resultado de una enseñanza nefasta en la que te inculcan que tienes que ser una especie de genio. Luego salen un par de genios y una masa que no ha hecho ningún aprendizaje de cómo valerse en la vida en otros sectores, algo que sí saben hacer los ingenieros de caminos o los geógrafos, que tienen una enseñanza mejor.
      Eso les ha dejado un poco desvalidos ante la crisis económica brutal que ha arrasado el sector de la construcción. Además de una serie de rutinas perversas, como la de que no les paguen los proyectos. Mis compañeros que intentan mantenerse ejerciendo su profesión, tienen invariablemente una serie de clientes que les deben dinero, muchos de ellos con procesos judiciales por medio. Hablando el otro día con unos colegas llegamos a coincidir en un concepto: menos mal que ninguno de nuestros hijos ha elegido esa carrera.

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