miércoles, 8 de julio de 2015

402. TR#9. Ich bin ein Berliner

Palabras con las que terminaba el famoso discurso del presidente Kennedy el 26 de junio de 1963 ante miles de berlineses y en presencia de su carismático alcalde Willy Brandt. Todos los hombres libres, donde quiera que vivan, son hoy ciudadanos de Berlín. Por tanto, como hombre libre que soy, me enorgullece decir estas palabras: Ich bin ein Berliner. 50 años más tarde, yo me adhiero a esa frase. Yo también soy un berlinés. Por eso reservé dos días al final de este viaje ya finalizado, para recorrer otra vez las calles rebosantes de gente de esta gran urbe, una de mis favoritas, junto con New York y Ámsterdam. El primero se quedó en apenas una noche, como he contado, pero el viernes 3 de julio dispuse del día entero para vagabundear por ahí. No pensaba repetir el Museo Judío, ni el Pergamon y los demás de la Isla, pero hay un itinerario, digamos turístico, que siempre me gusta repetir. Desde este Madrid a 40 grados, rememoro ahora con nostalgia indisimulable mi recorrido por la ciudad soñada. Las fotos que tomé lo cuentan todo y creo que me voy a limitar a reproducirlas, con mínimos comentarios.

Tras el buffet by the face, me lavé los dientes, me calcé mi sombrero de paja de Vita Cola y salí Oranienburgerstrasse adelante. Se anunciaba un calor de 34 grados, lo que, con la humedad de Berlín es una temperatura seria. Recobré la orilla del Spree y eché a andar.



Pasé ante los kioscos desde los que se amenizaba al personal la noche anterior. Por ejemplo el Ampelmann Café. Supongo que saben la historia del Ampelmann, pero, por si alguno la desconoce, la resumo. En el momento de la reunificación, los muñequitos de los semáforos eran ligeramente diferentes en Berlín Este y Berlín Oeste. Los del Este llevaban sombrero. Las nuevas autoridades decidieron homogeneizarlos todos según el patron occidental (el que se suele ver en todas partes). Pero los berlineses se rebelaron en masa y las autoridades tuvieron que recular. El caballero tocado con sombrero, llamado Ampelmann, se convirtió en una seña de identidad del nuevo Berlín, símbolo de la libertad de pensamiento de los berlineses, que ahora se vende en llaveros, carteras, toallas y toda clase de objetos de regalo. Y que, por supuesto, sigue en los semáforos de la zona Este de Berlín, lo mismo que en Leipzig y las demás ciudades que he visitado en este viaje. Abajo el reclamo del Ampelmann Café.


Aquí la estación de S-bahn de Hackescher Markt. Un ejemplo de integración del transporte público. Bajo la línea elevada, los restaurantes que por la noche extienden sus terrazas en la plaza vecina.




Llegando a la Alexander Platz, la Marienkirche, Iglesia de Santa María, ante la torre de TV.


En el centro de la plaza, la gente se refresca observada por un Neptuno un tanto marujo.


Para mi sorpresa, el centro de la plaza, hacia la Karl Liebknechtstrasse, está destripado y despanzurrado por una obra típicamente gallardónica: la extensión de la línea del Metro. Y eso que saben por este blog que la deuda de la ciudad de Berlín asciende a 63.000 millones de euros, más de diez veces la de Madrid. Aquí uno de los carteles que anuncian la obra, con la foto de la máquina tuneladora y todo. 

























Y para que la cosa sea ecológica, aquí la valla que la rodea. Tiene cojones, la cosa.























Frente a la plaza, el fastuoso Ayuntamiento de Berlín, el Rotes Rathaus. Precioso edificio construido en el siglo XIX, de estilo renacentista, fue dañado por bombardeos aliados. Los soviéticos lo repararon y reconstruyeron minuciosamente, de acuerdo a los planos originales, y se convirtió en el Ayuntamiento del Berlín Este. Por cierto, todo este recorrido desde la Oranienburgerstrasse se desarrolla en el antiguo Berlín Este.

























Muy cerca del Rotes Rathaus, destacan las estilizadas torres de la Nikolaikirche. La iglesia y los restos del antiguo caserío medieval, sobreviven en el interior de una supermanzana cerrada.



Por huecos de esa supermanzana, se accede a un Berlín medieval, pueblerino y de pequeña escala.


























En ese microcosmos se encuentran cosas como este teatrillo, de anuncio bien sugerente.


Pero regreso a la parte sur de la plaza. En las panorámicas arriba, del Rathaus y de la Nikolaikirche, pueden ver que el espacio central está ocupado por las obras del Metro. Con preocupación, rebusco en el jardincillo, en busca de un hito de este recorrido, pensando que tal vez ha sucumbido a las obras gallardónicas. Pero no. Allí, en un olvidado parquecito, fuera de las rutas de los tour-operators, sobreviven las estatuas de Marx y Engels, reflexionando para siempre sobre la lucha de clases.


Tal  vez, no se hacen idea de la escala de esta hermosa muestra del arte realista soviético. Así que he buscado a una chica italiana para que me haga una foto en el lugar, para dar la escala. Además, así estoy a cubierto para cuando lleguen los soviets, con el concejal Zapata a la cabeza.


Para desengrasar, sigo por la Karl Liebknechtstrasse, hasta llegar a la magnífica Catedral.

























Ya la conozco y cuesta 5 euros la visita, pero merece la pena. Aquí el interior del Domo.



Desde la galería que rodea el Domo, a la que se puede subir, se contemplan vistas de Berlín, como esta.

























Frente a la Catedral se situaba el Berliner Stadtschloss, el Palacio Real de los Hohenzollern. Este enorme palacio fue seriamente dañado en la Guerra Mundial y, en este caso, el gobierno socialista de la RDA decidió terminar de demolerlo en 1950. Ahora, la señora Merkel y compañía se han embarcado en su reconstrucción. Como en Alemania no hay monarquía, han decidido convertirlo en el Museo Alexander Humboldt, en estos momentos, el mayor proyecto cultural de toda Alemania. Como se trata de un proyecto muy caro, han decidido que la gente ayude con sus aportaciones. Pero hay mucho personal que pasa del tema y hay que respetarlos. Así que se ha optado por construir delante del futuro palacio redivivo, un elemento rupturista, en donde puedes entrar, te explican por qué debes dar tu donativo y te muestran cómo será el museo. Abajo la maqueta del proyecto conjunto.


El elemento construido, se llama la Humboldt Box y es ya una nueva atracción turística, inaugurada hace cuatro años. Los berlineses la miran con cierta desconfianza y la han bautizado como La Hucha. La visita es gratis y, como imaginan, yo no dejé ni un euro.


Continuando adelante, la calle cambia de nombre y se convierte en la mítica Unter den Linden, Bajo los Tilos, equivalente berlinés de Times Square o la Puerta del Sol. Abajo el arranque de la zona más arbolada, con la estatua ecuestre de Federico el Grande y las grúas de la obra de Metro, que sigue por este eje. Con el calor reinante, los tilos en flor emiten un aroma embriagador y tranquilizante.


La Avenida Unter den Linden termina de manera natural en la Puerta de Brandenburgo, que da acceso al Tiergarten, el parque más bonito de Berlín. Pero precisamente por la Puerta pasaba el muro de Berlín y supongo que saben que los soviéticos demolieron la mayor parte del caserío de este lado, por cuestión de seguridad, para ver mejor a los que intentaban huir. Cuando la reunificación, hubo que reconstruir esa zona y se elaboraron ordenanzas rígidas para la plaza frente a la Puerta. Una de las entidades que compró terrenos en dicha plaza fue el banco alemán DZ Bank, que decidió radicar allí su sede. El problema es que encargó el proyecto del edificio al arquitecto Frank Ghery, el autor del Guggenheim de Bilbao y es sabido que este señor no es muy amigo de las ordenanzas y de las formas ortodoxas. No obstante, esta es su fachada.
























El vigilante que ven en la puerta te deja pasar al hall a hacer fotos, pero no más adentro. Ya sabe que todos los que le piden entrar son arquitectos. Porque el señor Ghery se vengó de la ordenanza de fachadas, construyendo el interior que ven abajo.



Al lado, la Embajada USA. Hace poco que allí se ha aprobado el matrimonio gay y todavía cuelga de la fachada la bandera arco iris.



Y llegamos a la Puerta de Brandenburgo.






















Pero descarto el Tiergarten y camino hacia la izquierda en busca del sobrecogedor monumento al Holocausto diseñado por Peter Eisenman. Caminar por entre estos bloques desnudos te encoge el alma y te recuerda que hay que mantener viva la memoria de este episodio, vergüenza de la raza humana, para que no vuelva a repetirse. Lo que se siente allí adentro no se puede expresar en fotos. Yo hice muchas y he seleccionado dos.





Por la Hannah-Arendstrasse se sale a buscar la Ebertstrasse en dirección a otro lugar icónico: la Potsdamer Platz con sus rascacielos cuya construcción financió en parte la reconstrucción de la zona del muro.



Aquí una pequeña exposición con restos del muro.



La huella del muro se refleja en el pavimento actual de Berlín con distintas texturas.






















El recorrido turístico puede seguir por la Leipzigerstrasse hasta alcanzar la Friedrichstrase. Tomándola hacia la derecha, se llega al Checkpoint Charlie, con el pequeño Museo del Muro, muy interesante, donde pueden verse los sistemas que ideaban los del Este para cruzar camuflados en maleteros y otras estratagemas. Más al sur, el Museo Judío y al fondo el Kreuzberg, el Malasaña berlinés. Pero yo estaba cansado y el sol era terrorífico a 34 grados con humedad de Berlín. Así que  opté por tomarme una weissbier en una de las terrazas interiores de la Potsdamer Platz y tomar luego la Friedrichstrasse hacia la izquierda, hasta la Oranienburgerstrasse. En el hotel, me eché una siesta, escribí un nuevo post y descansé lo suficiente para salir otra vez a repetir mi recorrido de la noche anterior. Les dejo unas cuantas fotos más. En la kermesse del Hamlet, hoy tocaba slowfox.



Danzantes de todo sexo, edad y condición.



El ambiente a la orilla del río.



Y los restaurantes de la Hackescher Platz.



Queda decir, que esa noche cayó un salmón a la plancha con medio litro de weissbier. Que dormí como un cura. Que al día siguiente hice la maleta por última vez con pena. Que desayuné otra vez by the face. Que fui en taxi al Tegel Flughafen. Que en el vuelo le di carrete a una profesora del Colegio Alemán de Madrid bastante vistosa. Que los 40 grados de mi ciudad no me resultaron excesivos, tras los calores berlineses. Y que llegué a casa y allí, en un rincón de mi mesita de noche, estaba el pen-drive perdido. Lo había colocado en ese lugar precisamente para que no se me olvidase cogerlo. Este era el estrambote que les reservaba. Ya ven que el asunto de mis jaimitadas de abuelo es más serio de lo que yo me creía. Sean felices. 

4 comentarios:

  1. Muy buenas las fotos y la información. Conozco Berlín, pero muchas de las cosas que cuentas no las sabía. Pregunto. La pareja que danza el slowfox en el centro de la imagen (el tipo de la camiseta rosa y la rubia), ¿estás seguro de que no eran Varoufakis y la señora Merkel? Me parece que se dan un aire. Y esos dos llevan bailando el slowfox, o lo que sea, unos cuantos meses.
    Un abrazo, amigo. Bienvenido a la rutina de todos los días.

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    1. Tu comentario tiene más gracia que todo mi texto. Ciertamente, el danzante masculino se da un aire a Varoufakis. Pero la chica no. La chica muestra una flexibilidad y una coordinación que la señora Merkel perdió hace años. Ahora se mueve toda ella en bloque, en plan bodoque y con la cabeza enterrada en los hombros.

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  2. Su imagen con el sombrero de paja ante la estatua de los venerables próceres del marxismo es el reflejo de un paso adelante en el arte: del realismo social soviético al surrealismo post-dadaista. Enhorabuena.

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    1. Gracias, aprecio su sentido del humor, pero tampoco hay que pasarse.

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