martes, 1 de agosto de 2017

655. Cozor, Paterson y una vieja fábrica de cerveza

Escribo ya desde Seattle y continúo mi relato. El lunes 24 me levanté temprano y bajé a desayunar al lobby del Hyatt Hotel de Portland (Oregón). Tenía por delante un día de asueto y adaptación al horario antes de empezar nuestro workshop. Según había acordado con Clare, la noche del 23 me la debía pagar de mi bolsillo, porque C40 sólo paga el alojamiento necesario para los días de trabajo. Al llegar al hotel el día anterior me pidieron la VISA y me cargaron el importe de una noche. Clare, que llevaba unos días por allí, me recomendó visitar un par de barrios: Hawthorne y Nob Hill.

He de explicar que el centro de Portland está dividido en cuatro sectores, por el río Willamette, que recorre la ciudad en dirección norte-sur y la calle Burnley que es un eje este oeste. El hotel Hyatt está en el cuadrante suroeste, muy cerca del río. Así que cogí mi mochila y eche a andar hacia el norte por la orilla del río, hasta el pie del puente Hawthorne, el primero con el que me topaba. Una escalera me llevó al tablero del puente por el que crucé al otro lado. Como pueden ver en las fotos de abajo, se trata de un viejo puente de hierro, con una sección central que puede elevarse mediante un mecanismo hidráulico, para dejar pasar a los barcos más grandes.



























En esta otra imagen pueden ver el entrecruzado metálico que forma el piso sobre el que circulan los coches, lo que produce abajo un ruido característico. Este tipo de suelos se colocaban en los tableros de los primeros puentes de hierro para aligerar peso, y yo tengo un recuerdo preciso de cómo te machacaban los pies en el Maratón de Nueva York, donde hube de cruzar al menos dos puentes con este suelo. Sobre el hierro ponían una especie de alfombra roja bastante fina, que no mitigaba nada la pisada, sin contar con que, a la altura en que yo pasé, ya estaba medio deshilachada. Escuché decir que un músico de vanguardia se dedicó a grabar los ruidos que generaban los coches bajo el puente de Brooklin y compuso una especie de sinfonía con ellos.

El puente de Hawthorne da paso al bulevar del mismo nombre, espina dorsal del barrio también homónimo, en el sector suroriental de la ciudad. Caminando por este eje, me vino a la memoria la siguiente historia (ya saben que tengo una memoria a grumos). Cuando yo era apenas un adolescente, mi hermano mayor Antonio, con la carrera de medicina recién terminada en Madrid, se marchó a Londres, en donde estuvo cinco años y revalidó su título, además de adquirir una experiencia impagable. En ese tiempo sin móviles ni redes sociales, mi hermano se comunicaba con mi padre por el correo ordinario. A mi casa llegaban con periodicidad fija unas largas cartas escritas a mano en las que Antonio relataba todas las vicisitudes y avances de su aprendizaje en Londres. Mi padre estudiaba estas cartas con veneración, se las repasaba una y otra vez y nos las daba a leer a los demás.

Y, en esas cartas, el relato tenía un protagonista de características demiúrgicas, capaz de hazañas prodigiosas: el doctor Cózor, el médico que había acogido a mi hermano como pupilo, para transmitirle toda su sabiduría. En mi casa familiar, el doctor Cózor fue siempre una figura venerable, una especie de semidiós, cuyo nombre se pronunciaba con reverencia y al que imaginábamos poco menos que como a una especie de premio Nobel. Varias décadas después y cuando mi padre ya había fallecido, mi hermano me confesó un día de pasada que el verdadero apellido de su antiguo jefe era Cawthorne, pero que él le había abreviado el nombre, ajustándose al sonido real de su pronunciación, para que nuestro padre no se liara intentando decirlo correctamente. Por eso mi hermano lo llamaba Cózor en sus cartas (así, con acento y todo).

Según esa misma regla, al puente y barrio de nuestra historia habría que llamarlo Józor. El caso es que el primer tramo del barrio me resultó muy desangelado, sin nada a los lados salvo almacenes y pequeños talleres. Después, la cosa iba mejorando, surgían edificios de vivienda, panaderías y tiendas diversas, bares y pequeños equipamientos de barrio. Era muy temprano y la calle no tenía todavía demasiada vida, pero se podía adivinar el ambiente de barrio de clase media baja americana y entendí por qué le había gustado a Clare (que por cierto, es londinense, paisana pues del doctor Cózor). Creo que lo mejor es que les ponga algunas imágenes de edificios de la zona.







He de decir ya que otra de las cosas que me llamaron la atención de Portland es la ausencia de banderas de los USA. Alguna sí hay, por supuesto, pero no es la sobredosis que yo he visto en visitas anteriores a otras ciudades americanas, incluida Nueva York, en donde las barras y estrellas te atacan por todos lados. Tal vez tenga relación con eso el cartel que ostentaban prácticamente todas las tiendas del barrio de Hawthorne y que les pongo aquí abajo.

























Por si necesitan traducción: En nuestra América toda la gente es igual. El amor gana. La vida de los negros importa (slogan del movimiento de protesta frente a los asesinatos de negros por la policía). Los inmigrantes y refugiados son bienvenidos. Los discapacitados son respetados. Las mujeres están al cargo de sus cuerpos. Las personas y el planeta son más valorados que el beneficio. LA DIVERSIDAD ES CELEBRADA. Un resumen preciso de los valores que me gustan del pueblo americano. O, al menos, de la mitad que no apoya al estrambótico señor Trump. Por lo demás, al llegar al final del bulevar, casi en los límites de la ciudad, me di cuenta de que había infravalorado la distancia a recorrer y que la ciudad era más grande de lo que esperaba. Decidí entonces tomar un autobús para regresar al centro y eso me generó la segunda de las historias que les quiero contar en este post.

El autobús 14 se detuvo solícito delante de mi persona y abrió sus puertas para que subiera. El precio del billete era, según había visto, 2,50$. Saqué un billete de 10 y se lo di al amable conductor. Me explicó que la máquina no daba cambios por encima de 5, tal como rezaba un cartel a su lado. Entonces hice amago de darme la vuelta para intentar cambiar en alguna tienda y esperar al siguiente bus. Pero el hombre me dijo que no. Que pasara. Que no importaba. Que no iba a perder el autobús por falta de suelto. Le di las gracias perplejo y entonces le dije que podía darle un dólar, que era lo que llevaba, aparte los billetes de 10. Me lo aceptó, lo pasó por la máquina y me dio el ticket por valor de 2,50, recalcando: es usted bienvenido a mi autobús. En fin, ya sé que tengo canas y cara de buena persona, pero ¿imaginan a un conductor de bus madrileño haciendo eso? Llegué a la conclusión de que me había aceptado el billete de un dólar sólo porque entendió que me hacía ilusión darle al menos algo. Espíritu americano, en cualquier caso.

Esta anécdota minúscula me trajo a la memoria la película Paterson, de la que creo que no les he hablado. Paterson (Jim Jarmusch, 2016), cuenta la historia cotidiana de un tipo que se llama Paterson y es conductor de autobús municipal de Paterson (New Jersey), lo que propicia que muchos viajeros le hagan bromas por el hecho de llamarse igual que la ciudad para la que trabaja. En sus ratos libres, Paterson escribe poesía, porque es un enamorado de los textos de diversos poetas que vivieron en su ciudad, como Allen Ginsberg. Creo que es la película del año pasado que más me ha gustado, junto con El otro lado de la esperanza, de Kaurismaki. Ambas se las recomiendo encarecidamente porque, en el fondo, hablan de lo mismo sobre lo que estoy escribiendo este texto.

El 14 me dejó en el downtown, subí a descansar unos minutos al hotel y enseguida salí a completar mi visita a la ciudad, porque a las seis de la tarde tenía una primera cita con el grupo de mi workshop. Esta vez hice las cosas al revés: tomé un tranvía de la línea verde a la misma puerta del hotel y me fui al extremo noroeste de la ciudad, para luego ir regresando a pie a través de Nob Hill y otros barrios. Me empezaba a dar hambre y busqué algún lugar donde comer algo de camino. Y la casualidad (y un cierto olfato, por qué negarlo) me llevaron a asomar la cabeza en el Bridgeport BrewPub. Estaba sonando Neil Young y había un ambientillo muy acogedor. Me pedí una pinta de una cerveza negra de presión y, para acompañarla, un plato de pasta al pesto. El plato era tan grande que hube de repetir de cerveza. Luego me enteré de que se trata de la cervecería artesanal más antigua de Oregon. Lo ponía en la carta. Abajo pueden ver el aspecto del local y lo feliz que estaba yo con mi cerveza. Desanduve mi camino, encontré el hotel y tuve tiempo de echarme una siesta hasta los saraos de la tarde/noche.





2 comentarios:

  1. Dos cosas. Me encanta la veleta con zanahoria. Señala el camino que debemos seguir. Otra: pareces más melancólico que feliz en la foto que pones. Tal vez era la segunda cerveza y ya empezaba a hacerte efecto.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Bueno, no he puesto lo que es cada foto. De arriba a abajo tenemos un viejo café, una tienda de muebles vintage, un cine, un teatro y un mercado de productos ecológicos, que por eso tiene la zanahoria como veleta.
      La segunda cuestión, pues qué quiere que le diga, es que eso de hacerme selfies cuando estoy sólo en un lugar no lo tengo muy practicado, y me cuesta poner sonrisa "profidén". Pero le juro que estaba feliz.

      Eliminar