domingo, 20 de agosto de 2017

663. Zombies, negras minúsculas y maras salvadoreñas

Sigo con el relato de mi viaje a los USA, pero, como aperitivo, les pongo un link a un artículo que creo que deben leer con atención. En mi opinión, es la aproximación más certera al tema del yihadismo que he encontrado en estos días convulsos. Se trata de una entrevista con un experto en el tema: el profesor holandés de Sociología de la Universidad de Oviedo Hans Peter van den Broek. Lo ha publicado el diario digital La Opinión, uno de los medios coruñeses que sigo. Lo tienen AQUÍ.

El día 30 de julio, amanecí pronto en mi fastuosa habitación de la octava planta del Executive Vintage Park Hotel de Vancouver. Estuve leyendo un rato, haciendo tiempo para ver si llegaba Liana. Pero, en un momento dado, me venció el hambre, así que le puse un whatsapp a mi compañera para advertirle de que bajaba a desayunar y que luego la acompañaría a donde ella quisiera para tomar algo juntos. Y me bajé a visitar a mis amigos chinos de la cafetería, que me recibieron con la misma amabilidad del primer día. Luego subí al cuarto a seguir la espera.

Liana llegó en torno a las 10, su vuelo se había retrasado. Fui a buscarla al lobby de su hotel y cruzamos planes. Ella quería callejear por la ciudad, ver edificios y hacer fotos sin un propósito concreto. Me ofrecí a hacer de cicerone, visitando de nuevo algunas cosas que ya había visto, si bien le dije que el parque Stanley no lo quería repetir. Y salimos en dirección noreste, subiendo por Howe, Granville y otras calles de las que terminaban contra la Waterfront Station. Ese día averigüé más cosas sobre Liana Valicelli. Esta señora, de la que ya dije que su intervención en el workshop fue una de las más brillantes, es arquitecta y nació en Italia. Pero durante su niñez y adolescencia su familia italiana emigró dos veces: primero a Buenos Aires y luego a Curitiba. Es una viajera veterana que conoce medio mundo y habla correctamente español, italiano e inglés, además de portugués, y probablemente se defiende en algunos idiomas más.

Supe también que es una andarina incansable, capaz de agotar a cualquiera. Y que le encanta, como a mí, hacer muchas fotos de los edificios interesantes que le van saliendo al camino. Cuando mis hijos eran pequeños, cada vez que volvía de viaje, me insistían en que les enseñara las fotos. Y Kike, el pequeño, dejó al respecto una de sus frases para la posteridad: Papá hace muchas fotos de casas, que están muy bien, pero a mí me gustan más las de señores. En fin, estuvimos un rato callejeando entre los rascacielos del downtown, fuimos al Gastown, le enseñé el reloj de vapor y continuamos hasta Chinatown que, según los mapas, estaba un poco más allá. Ninguna de las dos noches anteriores me había yo aventurado a buscar el Chinatown, porque saliendo del Gastown se acababa la animación. Pero esta vez era mediodía y seguimos. 

De camino, encontramos la solución al misterio de la ausencia de homeless en la ciudad. No es que no haya, es que están todos concentrados en una zona, un auténtico gueto. De camino a Chinatown lo descubrimos. No sé si se concentraban allí porque alguna institución daba una sopa o similar. Lo que sé es que aquello era una especie de distrito zombie, por donde medio se arrastraba gente muy hecha polvo, desechos humanos con harapos colgando de sus cuerpos devastados. O sea que, en Portland, los homeless están integrados en la ciudad, les tratan bien, les da comida la gente de paso. En Vancouver, en cambio, están totalmente marginados, abandonados a su suerte, recluidos en una zona llena de mugre. Más allá, encontramos Chinatown, un lugar desangelado y sin gente, al menos a esa hora calurosa. Aquí una imagen de la entrada del barrio.














Visitamos un pequeño y coqueto jardín, el parque del doctor Sun Yat Sen y enredamos por allí un rato. Era el momento de comer, y decidimos regresar al Gastown, donde están todos los restaurantes. Pero Liana quiso atravesar por medio de la zona zombie (a la ida habíamos cambiado de acera). Y su vena de reportera la impulsó a hacer algunas fotos al descuido. Hasta que una yonky en los huesos, surgiendo de la cochambre, se le encaró con gesto crispado, le puso la cara a milímetros y, tensando sus tendones como alambres, le dijo entre dientes: No pictures. Tuve que meterme en medio y decirle que tranquila, que ya no íbamos a hacer más fotos. En los homeless de Portland predomina el color marrón claro, por el polvo de los caminos y sus pelambres rubias. Entre los de Vancouver domina el negro. Es como si se estuvieran pudriendo.

Recordé un cuento de Alice Munro que se titula Pozos profundos. Una familia con tres hijos. Uno de ellos sufre un accidente del que se queda lisiado de una pierna. Cuando cumple 17 se larga y no vuelven a saber de él. Han pasado los años, el padre ha muerto y los otros dos hijos han formado familias. Un día, una de las hijas cree reconocer al ausente por su cojera, en las imágenes por TV de un gran incendio en Toronto, donde se puede ver a algunos homeless colaborando con los bomberos. La madre viaja a la ciudad, lo busca y lo encuentra. Pero no consigue convencerle de que vuelva a la vida normal. Está a gusto en medio de la mugre y sólo quiere que lo dejen en paz, que se quiten de en medio y no le tapen el sol, como Diógenes. Munro sabe mucho de la condición humana.

Teníamos hambre a pesar del mal trago y le sugerí a Liana un restaurante donde había entrado a preguntar la primera noche (y me habían dicho que 50 minutos de espera): la Old Spaguetti Factory. Nos instalamos en la terraza exterior y comimos muy bien. Al final, le pedimos al camarero que nos hiciera una foto, para enviarla al grupo de Whatsapp y que pudieran comprobar que cumplíamos el objetivo de C40 de tejer lazos de amistad entre nosotros. Aquí tienen la imagen.














Le propuse a Liana retirarnos a nuestros hoteles respectivos a descansar un poco y evitar las horas de más sol, para volver después a la carga. La verdad es que llevábamos toda la mañana caminando y yo estaba un poco cansado. Ella imagino que no tanto, pero le pareció buena idea. Regresamos caminando y nos citamos a las cuatro y media. Llegué a mi hotel, subí a la octava planta, atravesé el guirigay de negras portando carritos con montones de sábanas retiradas, entré en mi habitación y cerré con llave. Estaba empapado de sudor y agotado. Me quité toda la ropa y me acosté desnudo sobre la cama recién hecha. En ese momento sonaron golpes perentorios en la puerta. Alguien quería entrar y hacía sonar sus llaves como si fuera a abrir.

Alcancé a decir one minut, busqué un pijama, me lo puse a la carrera y abrí. Ante mí estaba la negra más diminuta del grupo, en la que ya me había fijado al entrar, con su uniforme seguramente hecho a medida y sus pelos rizados espeluznados, como la maqueta de una Angela Davies despeinada. Sostenía en alto con dos deditos una toalla tan minúscula como ella. Perdone –me dijo– es que acabo de hacerle la habitación y me faltaba traerle esta toalla. Le di las gracias, cogí la toalla y estuve a un tris de decirle –Esta es la que suele usarse para el culo ¿no es cierto? Pero me corté a tiempo. Hubiera sido una grosería y un abuso de posición intolerable. Mi mente traviesa a veces me juega estas malas pasadas y tengo que controlarla.

Por la tarde dejé que Liana fijara el programa. Ella se había informado de otras visitas de interés y me propuso ir primero a la isla Granville, para lo que teníamos que tomar un ferry cuyo muelle estaba cerca de nuestros hoteles. Sobre la isla pasa una autopista elevada, pero no le sirve de acceso. El ferry resultó ser un barquichuelo, porque la isla estaba enfrente. Se trata de una antigua zona de almacenes e industrias que se ha recuperado para usos comerciales y culturales y es ahora un centro alternativo. El uso que tira del lugar es un mercado en donde la gente de los alrededores viene a vender sus productos naturales y el resultado de sus cultivos ecológicos. El mercado tenía un aire elitista similar al del madrileño de San Miguel, que en Vancouver hasta los alternativos son elegantes. Al amparo del mercado han surgido una serie de tiendas de ropa, joyerías y similares, además de galerías de arte, pequeñas salas de conciertos y equipamientos diversos. El problema es que era domingo y la mayor parte de ellos estaban cerrados. Pero sólo por ver el mercado merecía la pena cruzar a la isla. Aquí algunas imágenes.





Tomamos el miniferry de vuelta y decidimos caminar por la orilla de la English Bay, hasta enlazar con el Pacific Bulevar que yo debería tomar al día siguiente para ir a la estación. A lo largo de este camino hay enormes rascacielos de apartamentos de veraneo, con aspecto de estar en su mayor parte vacíos. Yo creo que aquí debió de haber una burbuja inmobiliaria importante, aunque es posible que la temporada alta del turismo sea más en invierno por la cercanía de las estaciones de esquí. Los rascacielos más antiguos eran bastante feos, pero entre los nuevos había edificios muy bonitos. Más imágenes.




Y aquí las tradicionales casas flotantes de la otra margen de la English Bay, con banderas del Canadá por todas partes.

Anochecía despacio y subía del mar una brisa templada aliviando el día caluroso. Nos salimos del paseo y subimos por Davies St. Habíamos pasado un día muy agradable, habíamos visto muchas cosas y nos merecíamos una ensalada y un par de copas de vino blanco en un antro coqueto y acogedor. Como todo en este viaje, nos salió al paso el lugar ideal: el Cactus Café Yaletown Club. Luz tenue, música chillout, camareras muy guapas con camisetas y minifaldas negras, público básicamente joven. Allí brindamos por nuestra nueva amistad y allí fue también donde sucedió la última historia que quiero contarles. En un momento dado le dije a Liana: –Algo está pasando a tus espaldas, pero no te vuelvas, yo te lo voy contando.

Habían entrado al lugar tres policías de uniforme azul oscuro, llenos de pistolones, walky-talkies y pertrechos diversos. Uno se quedó a nuestra altura, protegiendo la retaguardia y los otros dos se dirigieron a una mesa a espaldas de Liana. En la mesa había dos tipos idénticos: morenos, de aire latino, fuertes, musculados, rapados y con sus brazos derechos tatuados desde el hombro hasta la muñeca. El que mandaba la patrulla era un gigante de rasgos orientales y se dirigió a los dos comensales con gesto firme, pero educadamente, salvo por el hecho de que ambos estaban sentados y el gigante de pie, y encima con un ayudante a su lado y otro estratégicamente situado a unos metros. Hablaban y hablaban y Liana me preguntó, inquieta, si los de la mesa estaban tranquilos. Parecían estarlo, lo que pasa es que hemos visto muchas películas y cada poco salen informaciones sobre incidentes violentos fatales con la policía en este país.  

La conversación desembocó en petición de documentos. El chino requisó los dos pasaportes y se fue del bar. Su primer ayudante mantuvo la posición y también la conversación con los sentados. Un buen rato después, regresó el jefe, les devolvió los pasaportes, alcancé a escuchar que todo estaba OK. Les pidió disculpas y hasta les dio un apretón de manos. Salieron los tres policías, que se quedaron patrullando arriba y abajo por la calle (les veíamos por el ventanal). Las chicas aprovecharon para traerles la cuenta a los dos latinos tatuados, que pagaron y sólo entonces se levantaron para irse. Le preguntamos a nuestra camarera qué era lo que había pasado y nos explicó lo siguiente.

En la ciudad hay una serie de gangs (así los llamó), representantes de diferentes maras de Centroamérica. Y están en guerra entre ellos. Y la policía tiene un acuerdo con los bares de la zona, por el que pueden venir e interrogar a cualquier comensal solamente por su aspecto. Y pedirles los papeles y tomarse todo el tiempo para comprobar sus identidades desde el coche. La chica añadió que a ellos les venía bien, porque antes de eso habían tenido más de un incidente desagradable. Imagino que a la patrulla la habían llamado los mismos del bar, porque entraron y se dirigieron directamente a los dos tipos, sin ningún titubeo.

Así que eso fue lo que pasó. Digno final para a un día muy largo. Como un caballero, acompañé a Liana a la puerta de su hotel en mitad de la noche y me despedí con dos besos. Ella se quedaba por Vancouver un par de días más y prometimos mantener el contacto a través del grupo. Subí a mi cuarto y aun estuve leyendo un rato. Una idea me rondaba la mente. Al otro día tenía que salir con mis maletas de madrugada, pasar por debajo del puente de la autopista que se eleva para sobrevolar la isla Granville y cruzar un par de zonas dudosas antes de alcanzar el Pacific Bulevar que me llevaría a la estación. ¿Me encontraría a algún miembro de la Mara Salvatrucha que me lo quitara todo, hasta los calzoncillos? La solución en el próximo episodio.

2 comentarios:

  1. Lo de la toalla del culo es buenísimo. Yo creo que si se lo llega a decir, la chica se hubiera tirado por los suelos de la risa. ¿No es usted el que dice que los negros tienen un sentido del humor especial, lo del negro zumbón, etc?

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    1. Bueno, en este caso, la cara de la mujer no traslucía el menor margen para el sentido del humor. Su gesto era de terror: tenía que traer la toallita que completaba el juego y se había encontrado con la habitación ocupada. No sabía si se iba a llevar una bronca, o si no la iba a poder dejar en su sitio, con lo que se llevaría otra bronca diferente.
      Seguramente, estas señoras, como todas las de la limpieza, ganan una miseria. Hubiera sido cruel decirle lo del culo. Fue una idea graciosa automática, pero en ningún momento pensé en decírselo.

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