domingo, 30 de julio de 2017

654. Desde Vancouver

Escribo aquí en mi habitación de la octava planta del hotel Executive Vintage Park, hasta donde me ha llevado la mano del destino, como creo haberles contado en los últimos posts. Me he refugiado en mi cuarto de hotel por puro cansancio, después de unos cuantos días intensos de trabajo y de estrechar lazos en Portland y luego estos días que me he tomado de vacaciones, en los que intento aprovechar al máximo el tiempo, ya que me he aventurado a viajar tan lejos. El workshop para el que vine ha sido interesante, divertido y agotador, sobre todo por el esfuerzo por entenderme en inglés con la mayor parte de los participantes, si bien había una buena parte de hispanohablantes, con los que de vez en cuando descansábamos usando nuestra lengua común. Este grupo incluía a Tad, el representante de Boston, que ha vivido dos años en Madrid y que planea, cuando se jubile, pasar largas temporadas en mi ciudad, alternando con tiempos en la suya.

Como me confesó Clare Haley, la directora del workshop, el objetivo de estos encuentros es crear lazos de amistad entre personas de distintas ciudades, que refuercen la relación profesional entre ellas y se conviertan en vínculos permanentes que faciliten compartir experiencias en este mundo interconectado que hemos creado los humanos. Si ese era el objetivo, se ha cumplido con creces. Sólo por conocer a Thabang, el representante de Johannesburgo, o a Tantri, la chica de Yakarta, me merece la pena haber hecho este viaje. Tal vez tendría que añadir a Shannon, de LA, a Valeria, de Santiago de Chile, a Erica, de México DF, a Antonio Carlos Velloso de Río de Janeiro.

En realidad todos formábamos un grupo muy homogéneo, positivo y divertido. Todos menos la representante china, una señora mayor de aire hierático, que sólo habla chino mandarín y a la que el gobierno de su ciudad hizo acompañar con una intérprete y ayudante para todo, de actitudes permanentemente serviles. Hay que decir que C40 sólo invita a una persona por ciudad, así que la china suplementaria calculo que la habrán debido de financiar los del partido. Estas dos señoras se saltaban la mayor parte de los lunchs y saraos diversos con que nos amenizaban el programa. La señora de Nanjing sólo bebía un extraño té hecho con unos hierbajos que traía, y que la ayudante se ocupaba de recebar de vez en cuando. Todo ello establecía un muro cultural a su alrededor que la aislaba del resto. Y, encima, el resto nos lo hemos pasado de puta madre, como diría Zidane.

Hasta ahora no había encontrado un solo hueco para escribir en el blog, pero he ido tomando nota y me propongo hacerles un relato detallado, aunque con retraso. Si me paso semanas contándoles verdaderas minucias, esta vez que estoy teniendo unas vivencias mucho más interesantes no voy a dejar que caigan en el olvido. Así que empezaremos por el primer día: domingo 23 de julio de los corrientes. Como les dije, mi vuelo era a las 6 de la mañana y en la agencia me habían dicho que estuviera en el aeropuerto tres horas antes, porque, desde que estaba Trump, los controles para entrar en Estados Unidos se habían duplicado. Así lo hice (para ello casi no dormí el sábado), pero resultó una precaución absurda: el vuelo hacía una escala en Ámsterdam y, lógicamente, los controles los hacían allí.

A las 3 de la mañana había ya varios pasajeros esperando, por allí tirados por el suelo y los bancos, pero no había nadie detrás del mostrador. En información, una señora medio dormida me confirmó que hasta las 4 no venía nadie de KLM. Tenía una hora y le pregunté a la señora si había por allí algún banco abierto para comprar unos dólares, un tema del que no me había podido ocupar. Me dijo que había uno en la zona de llegadas de la T1 (estábamos en la T2). Tenía tiempo de ir, hacer la gestión y volver. En la sucursal había un chaval muy proactivo, que me consiguió vender en un momento dos de sus productos. Yo iba a sacar 300$, pero me dijo que si compraba 600, al volver me descambiaban lo que me hubiera sobrado al mismo tipo de cambio. Era la oferta del mes. También me vendió una tarjeta Global Exchange, una Master Card monedero, al precio de 9,90€. Yo sólo tengo una VISA y ya me ha pasado que no me funcione en algunos países del extranjero, especialmente en USA, lo que te lleva a situaciones bastante incómodas. Así que me fui de allí con 300$ en billetes y otros 300 cargados en la tarjeta.

El vuelo a Ámsterdam fue como un suspiro y logré estar en la puerta de embarque para Portland con tiempo suficiente, a pesar de los innumerables controles a que me sometieron (dos veces me pasaron unos papelitos por el cuello y el cinturón, en busca de restos de drogas y sustancias peligrosas, y otras tantas me cachearon minuciosamente). Del vuelo no hay mucho que contar. Es algo muy parecido a viajar en el tiempo como en Regreso al Futuro y otras historias similares. Uno sale a las 8.30 de Ámsterdam y, unas doce horas después llega a Portland y son las 11.30 de la mañana. Llevaba un somnífero que me tomé estratégicamente, pero no es suficiente. Para pasar el trago, la compañía se dedica a forrarte a comidas a todas horas. Mi amigo Philippe dice que hay que comerse todo lo que te saquen en los aviones, porque ya lo has pagado. Pero yo me salté la última de las ofertas gastronómicas de la Delta Airlines, porque estaba a punto de reventar.

El paso de las aduanas yanquis no fue mucho más tedioso de como yo lo recordaba de otras veces y un rato después estaba subido en un taxi camino del Downtown de Portland. Subido en un taxi y completamente parado en un atasco monstruoso. El taxista era una especie de animal de pezuña con aire de acabarse de caer de las Montañas Nevadas (dudo que supiera hacer una multiplicación) y no parecía que le importara una mierda el atasco, mientras el taxímetro seguía marcando. Yo estaba deseando llegar, con todo el cansancio del viaje a mis espaldas, y allí estábamos inmóviles. Le pregunté qué pasaba y me dijo que era siempre igual los sábados. Dudo mucho que haya atasco de vuelta los fines de semana, y menos a las 12 de la mañana (sin contar que no era sábado, sino domingo). Luego resultó que había un accidente en la autopista, por fortuna, porque luego la cosa ya fue más fluida. Al llegar se hizo el loco con las vueltas y se las tuve que reclamar. Me dio una tarjeta suya amarillenta, por si le necesitaba otro día, tarjeta que tiré a la papelera nada más entrar en el Hyatt Downtown Hotel.

En el lobby me encontré con Clare que ya estaba por allí preparando el workshop en compañía de un chica tan joven y guapa como ella, a la que me presentó como Caterina, italiana de Milán. Les dije que, si me querían llamar para cenar juntos, lo hicieran, pero ya imaginé que eso no sucedería. Dejé mis cosas arriba y pregunté en recepción por algún lugar en donde se pudiera tomar una cerveza. Saliendo a la derecha, uno alcanzaba el Riverside Drive, el paseo que recorre el borde del Downtown a la orilla del ancho río Willamette. Allí hay varias docenas de baretos con terraza, superagradables. Me pedí una pinta de cerveza rubia y me la tomé mirando al río y a la gente que pasaba corriendo, en bici, patinando, paseando al perro o simplemente caminando. Decidí tomarme un plato de salmón con verduritas, para acompañar la segunda cerveza; tenía un poco de hambre después de saltarme la última comida del avión.

Enseguida volví al hotel y me eché una siesta de dos horas, de las de meterse en la cama y olvidarse del mundo. Me desperté sin saber ni en donde estaba. Tras una ducha, salí a darme una vuelta por el Downtown. El centro de Portland es muy agradable, los edificios no son muy altos y se distribuyen por una cuadrícula regular, como en todas las ciudades americanas. Ya ese día me llamaron la atención dos cosas: la sucesión de siete u ocho puentes muy elevados, que cruzan al otro lado del río, donde la ciudad continúa, y la auténtica horda de homeless, vagabundos que se distribuyen por todas las esquinas del centro y de los que ya se hablará en textos sucesivos. No había visto esa cantidad de desheredados del capitalismo en ninguna otra parte. Estaba muy cansado, pero decidí continuar mi caminata hasta que se hizo de noche, para ayudar a cortar de una vez por todas el jet lag. Regresé cerca de las 10 de la noche y me acosté sin cenar; ya había comido lo suficiente en ese día interminable, con el que inauguré mi viaje maravilloso. Continuará.


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