martes, 15 de agosto de 2017

661. De workshopper a viajero solitario

Aquí me tienen refugiado en mi casa en pleno ferragosto, leyendo tranquilo con el aire acondicionado a intensidad baja, a la espera del siguiente alivio térmico, como el que disfrutamos la semana pasada. He de decir que ayer acudí a la oficina porque tenía determinadas responsabilidades que me impidieron tomarme el puente. Vuelvo a estar más implicado en el trabajo, tema del que se hablará cuando corresponda. Porque ahora debo seguir el relato de mi reciente aventura americana.

El día 28 de julio nos volvimos a ver esporádicamente todos los compañeros del workshop, a punto de esparcirnos otra vez por el mundo. La mayoría regresaban a sus ciudades, Tad el bostoniano se quedaba unos días más en Portland con Radcliffe, lo mismo que Liana Valicelli. Tantri aprovecharía su escala en San Francisco para dormir allí una noche y ver la ciudad. Y yo tenía un vuelo a Vancouver a las 3 de la tarde, que había reservado por Internet desde Madrid. Tenía también tres noches de hotel en dicha ciudad canadiense, otras tres en Seattle y una última en Portland de regreso. Además había sacado un billete para el tren Seattle-Portland, pero no tenía atado el trayecto Vancouver-Seattle, sin que hubiera para ello ninguna razón especial, simplemente era un cabo suelto a resolver sobre la marcha.

Desayuné con Thabang y con Antonio Carlos Velloso y me quedé un rato zascandileando por el lobby, por donde iban desfilando sucesivamente mis compañeros acarreando maletas, para los últimos abrazos y besos. Luego reservé un taxi, subí a hacer las maletas, bajé de nuevo para hacer el check-out y me salí a dar una última vuelta por Portland. Volví a tomar la orilla del río hasta llegar al llamado Steel bridge, el puente de acero, una vieja estructura del ferrocarril en cuyo lateral han habilitado un amplio andén peatonal y ciclista, que cierra el circuito con el Hawthorne bridge. Hacía un día espléndido y abajo tienen un par de imágenes del Steel bridge y una del downtown de Portland desde el otro lado del río Willamette, por cuya orilla izquierda regresé hacia el sur. 





















Crucé de vuelta por el Hawthorne bridge y, ya en la orilla derecha, me senté en la terraza del River Café y me obsequié con un bol de ensalada de quinoa, con la correspondiente pinta de IPA beer. El río Willamette es un afluente del Columbia, uno de los grandes ríos americanos que vierten sus aguas al Pacífico. Portland está construida en el punto donde ambos ríos se juntan y por eso el Willamette es tan ancho en esta zona. El Columbia define el borde norte de Portland y también el límite del estado de Oregon. La orilla norte del Columbia ya es Washington, y el núcleo urbano gemelo de Portland se llama Vancouver (Washington). Parece que los pioneros eran un poco repetitivos aquí con los nombres, porque la ciudad adonde estaba a punto de volar se llama también Vancouver y es la capital de la Columbia británica, uno de los estados que se unieron para formar el Canadá.

El taxi de la compañía Black and White Cabs me esperaba en la puerta del Hyatt y me llevó al aeropuerto en un periquete, hasta el punto de que le felicité al taxista por su forma de conducir, rápida, precisa y educada. El aeropuerto de Portland es bastante pequeño, así que en unos minutos estaba en la puerta de embarque con la seguridad pasada y mi maleta facturada. Para encontrarme que el avión a Vancouver tenía un retraso de al menos una hora. Me senté por allí, saqué mi ordenador y empecé a escribir un post que luego terminaría en el hotel. Pasada la hora prometida allí seguíamos sin noticias. Una chica a mi lado se estaba poniendo nerviosa, así que fui a preguntar al mostrador. Me dijeron que el avión ya estaba en tierra. Trasladé la información a mi compañera, que insistía: –Yo no veo ningún avión. Mirando por el ventanal, al fin lo vimos venir por la pista. Era un avión muy pequeño, parecía de juguete. Un bimotor con dos hélices, como los viejos Focker que hacían el trayecto Madrid-La Coruña. Tan pequeño era que no se podía utilizar el finger de acceso, pensado para aparatos mayores, como pueden ver en las fotos.



Como ven, tuvimos que bajar a la pista desde el final del finger por una escalerita, para subir al aparato. Este tipo de aviones, que también he utilizado entre las islas Canarias, entre las islas griegas, entre Riga, Tallin y Vilnius y también en Birmania, entre Yangón y Heho, son los más seguros que hay, una vez superada la aprensión de subirse en un artefacto que se parece bastante a una libélula y que mete un ruido endiablado. En este caso se trataba de un bombardier de la Air Canada. En apenas una hora estábamos en Vancouver. Allí una frontera más, entrega del formulario relleno en vuelo, cola frente a la policía de aduanas y otro taxi a la puerta, para llevarme al Executive Vintage Park Hotel de Vancouver. Esta vez me tocó el típico taxista hermético, magro, nariz importante y gorra de visera, que no decía ni buenas y tenía un aire al actor Harry Dean Stanton. Sólo le faltaba un palillo entre los dientes.

El hotel era un tres estrellas con pretensiones, algo necesitado de un repaso de mantenimiento, y con algunos detalles kitch sorprendentes, como una bañera en medio de la habitación. A falta de entretenimientos más reales, uno podía imaginar a Marilyn envuelta en un baño de espuma. Lo había pillado en una oferta de booking.com y la verdad es que no era caro. La habitación estaba en la octava planta y tenía un amplio ventanal a la bahía de Vancouver. Coloqué mis cosas mínimamente, descansé un rato corto y salí a caminar. Tenía un post a medio escribir, pero salir a la ciudad era prioritario. En el aeropuerto había decidido no cambiar dinero, porque el único banco tenía una cola mediana. El downtown de Vancouver tiene la misma estructura de cuadrícula amplia del centro de cualquier ciudad americana. Tomé la calle Howe hacia el norte y empecé a captar el ambiente.

Vancouver es como una ciudad americana más. Pero, si en Portland no se ven muchas banderas con las barras y las estrellas, aquí la bandera de la hoja de arce está por todas partes. Los rascacielos son muy altos en el centro y las aceras amplias, con un punto neoyorkino. A medida que me movía hacia el norte, la calle estaba cada vez más concurrida. Me llamó la atención la cantidad de gentes de rasgos asiáticos, pero plenamente integrados. A la puerta de las discotecas las colas eran mixtas y las chicas asiáticas llevaban las mismas faldas discretas, las mismas rebecas que las blancas. Luego supe que estos asiáticos son ya de segunda generación, canadienses en toda regla. Provienen sobre todo de la zona de Hong Kong y están perfectamente adaptados, hasta el punto de que hay muchas familias cruzadas. A la ciudad se la llama humorísticamente Hongcouver. AQUÍ pueden leer una información al respecto en un digital canadiense en español.

Las calles en dirección norte acaban todas contra la Waterfront Station, la antigua estación del ferrocarril, ahora de uso exclusivo para cercanías. Tras ella el puerto y, al otro lado del golfo, la zona norte de la ciudad a la que se cruza en ferry. A la puerta de la estación doblé a la derecha para dirigirme al Gastown, el antiguo barrio portuario y comercial donde está ahora toda la marcha. Tomé la calle Water y me interné en el barrio. En una esquina, me di de bruces con el reloj de vapor del Gastown. No sabía de su existencia, parece que es uno de los pocos que quedan en el mundo, y la verdad es que es algo muy curioso. Aquí tienen un video para que vean como da las horas.


Anochecía despacio sobre el animado barrio, lleno de actividad urbana al comienzo del Friday night. Empecé a buscar un restaurante, pero todos tenían largas colas en la calle. Empezaba a desesperar cuando, de pronto, en una calle lateral divisé un lugar donde no había cola y del que brotaban alegres sones de rock and roll. Había dos tipos de negro en la puerta. Les pregunté si podía pasar y me dijeron que por supuesto, que adentro puede que hubiera sitio y puede que no, en cuyo caso me tocaría esperar un poco. Pero que tuviera paciencia: había mucho turnover. Me interne en el lugar, que era muy amplio y se llamaba el Blarney Stone, Irish Tavern. En un estrado estaba tocando un grupo en directo, que hacía versiones. Entre ellos y la entrada había una barra de madera, que formaba un cuadrilátero en cuyo interior había dos camareros. El resto estaba lleno de mesas de madera todas ocupadas y también había gente de pie siguiendo la actuación.

Encontré una silla libre en una esquina de la barra, medio de lado respecto a los músicos. Le pedí a uno de los camareros una pinta de IPA beer y la carta para ir eligiendo tranquilamente un plato. Se tomó su tiempo para servir la pinta según los cánones. Después le pedí un plato de salmón con verduritas e inmediatamente me puso un mantelito individual en la misma barra y unos cubiertos envueltos en una servilleta negra de papel. El grupo atacaba ahora el Basket Case de Green Day, y aquí les pongo, para ambientarles, el vídeo oficial de este temazo, en el que los músicos fingían ser pacientes de una especie de frenopático. Por cierto que, años después de esta grabación, el cantante del grupo tuvo que ser internado de verdad en un psiquiátrico, pero creo que ahora está bastante bien.


No les extrañará saber que, con semejante música, además muy bien versioneada, me pusiera muy contento, hiciera coros y lanzara algún que otro hurra al final. A mi derecha, en ángulo, me observaba divertido un tipo de aspecto campesino. Era grandote, fuerte, rubiales y se estaba calzando una cerveza como la mía. Le acompañaba una mujer también de buen volumen, que bebía coca cola. Me preguntaron de dónde era y se lo dije. Ellos eran del interior y les extrañó que hubiera por allí un tipo solo, con un bigote blanco, venido desde tan lejos y disfrutando de la cerveza y de la música. Les conté que había venido a un workshop en Portland, porque trabajaba para la administración en Madrid. El tipo me dijo que él también trabajaba para el Estado. Era guardabosques.

Lo que le resultaba más sorprendente es que me gustara la música de su tierra. Me preguntó qué grupos eran mis preferidos, y le dije en primer lugar Creedence Clearwater Revival. No salía de su asombro. Le hablé también de Dylan, de Springsteen, de Neil Young. No eran otras sus preferencias, aunque me citó unos cuantos músicos de country y ahí no le pude seguir. Me contó que era de Iowa y estaba en viaje de novios. Se acababan de casar y me enseñó el anillo. Estaban viajando en tren y habían llegado ese mismo día desde Seattle. Era la primera vez que salían de los Estados Unidos. Les dije que en unos días yo debía irme a Seattle, pero que aun no sabía por qué medio. Ellos me recomendaban el tren. Los asientos eran muy cómodos y el recorrido muy bonito. Su plan era coronar su luna de miel viajando en avión a Minneapolis, para volver desde allí a su casa. Hum –comenté– la tierra de Prince. –¡Por Dios! Querrá usted decir la tierra de Bob Dylan... Tenía toda la razón. Se llamaba Mike y su mujer Emily, así que no tuvimos más remedio que hacernos un selfie en el lugar, una imagen para la posteridad. Les dejo con él. El rock es una cultura universal, pero aquí en Norteamérica es donde nació. Sean buenos. 



2 comentarios:

  1. Un poco tosco Mike para amante de Lady Chatterley...

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    1. Pero si a Lady Chatterley lo que le gustaba precisamente es que fueran un poco brutos, el encanto del obrero musculoso y sin remilgos...
      Déjale a Mike, que está disfrutando de ese primer año maravilloso que márcan los cánones. Después ya nada es igual.

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