sábado, 12 de agosto de 2017

660. El cambio climático y otras amenazas

Hacemos hoy un inciso en el relato de mis peripecias por la Costa Oeste, para puntualizar algunas cosas sobre este trascendental asunto. La gente de a pie tiende a creerse todo lo que le llega por los media y formarse una opinión sin contrastarla demasiado, para luego hacer ostentación de ella y descalificar a los discrepantes. Les pongo un ejemplo. Mi amiga S. que es bastante bruta, opina lo siguiente: –El cambio climático, osá, es que es un hecho que no admite matices, tío. Lo que pasa es que luego están los que lo niegan, como el señor Trump. ¿Por qué? Porque son tontos, o porque están conectados con la industria del petróleo ¿sabloquetequierocir? En fin, frente a semejante nivel de análisis de la situación, poco se puede argumentar. Además, la susodicha pone una cara de asco al hacer su proclama, que te quita las ganas de explicárselo. Ya saben que a mí me gusta entrar a los temas sin prejuicios, informarme bien y, además, en este caso he contrastado la información con mi hijo Lucas, que es químico, está trabajando en investigación de primera línea en la Universidad de Lille (Francia) y ha pasado estos días por mi casa como parte de sus vacaciones. Así que les desgranaré mis apreciaciones en forma de cuestionario.

1.- ¿Está cambiando el clima? Respuesta: Rotundamente sí. Sin dudarlo. Y, lo que es más importante: NADIE LO NIEGA. Ni el señor Trump, ni el taxista que llevó a mis compañeras de workshop a la última cena del sarao. Es un hecho que cada vez hace más calor, que en los veranos nos cocemos, que los inviernos vienen siendo cada vez más suaves. No hace falta leerlo en la prensa, todos lo estamos notando. En este blog se han comentado varias historietas que apoyan esta evidencia como la de la estación de esquí de La Pinilla, que hubo de reconvertirse en estación de veraneo por falta de nieve, mientras que algunas antes poco usadas por inaccesibles, como Boi-Tahüll, ahora son las más rentables. En Madrid antes nevaba con regularidad cada invierno; ahora es muy infrecuente. El Manzanares era un río que se desbordaba a menudo por el deshielo, cosa que ya no pasa. También se ha contado aquí que, entre mis equipaciones de corredor, la que corresponde al clima más riguroso hace años que no la uso. Y otras muchas cuestiones anecdóticas de las que ahora no me acuerdo. Las series históricas de temperaturas medias apoyan la evidencia: la Tierra se está calentando.

Conviene dejar este primer punto muy claro, porque estamos en un mundo en que, a fuerza de repetir mil veces una falsedad (como lo blanco es negro), la gente acaba por creérsela. Es lo que se ha dado en denominar con el desafortunado vocablo de posverdad, un concepto que haría las delicias de Goebbels. Yo creo que el copyright de la posverdad habría que dárselo a los catalonios, esa tribu que ha surgido en Cataluña al amparo de una posverdad de libro: nosotros no somos españoles. Igual sucede con los transexuales. Se construyen una historia sobre la idea yo no soy un hombre o yo no soy una mujer. Bien, pues en este mundo confuso y atribulado, no hay duda de que la temperatura del planeta está subiendo y que el clima está cambiando.

2.- ¿Por qué está cambiando el clima? Aquí es donde surge la controversia. Podemos afirmar que el 90% de la comunidad científica está convencida de que este calentamiento global tiene que ver con la actividad humana. Y, en primer lugar, con la emisión de CO2 a la atmósfera por la industria, los aviones, los automóviles o las calderas de carbón. Sin embargo, no hay una evidencia científica que relacione el calentamiento global con la emisión de CO2 y esto es lo que proclaman los negacionistas: que sin una evidencia científica contrastada, todo esto puede ser un bluff diseñado para alarmarnos y forzarnos a conductas más sostenibles, dictadas por los intereses del lobby económico del medio ambiente. Yo, particularmente, creo que la mayoría de la comunidad científica está en lo cierto, pero de ninguna manera se me ocurriría decir que los negacionistas son tontos o son unos simples pringados del negocio del petróleo.

¿Y cuáles son las causas alternativas que estos negacionistas esgrimen para pensar que el hombre y sus industrias no tienen nada que ver en el desaguisado? Pues en primer lugar el hecho innegable de que en la atmósfera siempre ha habido CO2, un gas que se recicla, que las plantas y los árboles necesitan para su fotosíntesis y que forma parte de nuestro entorno tanto como el oxígeno que respiramos. De hecho, respirar CO2 no es directamente malo para la salud. Por otro lado, la emisión de CO2 a la atmósfera no proviene sólo de las industrias y los coches. Un porcentaje notable procede de los pedos de las vacas y demás rumiantes (y de los humanos, desde luego). Hasta los científicos de la corriente mayoritaria admiten que en torno a un 25% del CO2 que llega a la atmósfera es de procedencia pedorra.

Pero hay otro elemento fundamental en su tesis: el carácter cíclico de los calentamientos y enfriamientos de la Tierra. A este respecto, he de referirme a dos hechos históricos poco conocidos: el llamado Óptimo Climático Medieval y la posterior Pequeña Edad del Hielo. Creo que el mejor texto al respecto, aunque esté mal que lo diga, es un post de mi blog de hace más de tres años, cuya lectura no tengo más remedio que recomendarles encarecidamente: el Post #270. El carácter cíclico y pendular del clima terrestre es también un hecho innegable.

Así que tal vez haya que atribuir el calentamiento que sufrimos a una combinación de todos estos factores: clima pendular, pedos y actividad industrial desmesurada. ¿En qué porcentaje? Esa es la cuestión central de la controversia. He de añadir que, aunque no considero tontos a la minoría científica que sostiene las tesis negacionistas, sí que tengo que decir que este tipo de teorías prenden en personas de mentalidad conspiranoica, predispuestas a tragarse las interpretaciones más peregrinas. Los que sostienen que esto del cambio climático es un bluff suelen ser los mismos que están convencidos de que el rey Juan Carlos era el impulsor del 23-F, de que las imágenes del hombre en la luna fueron filmadas en un estudio de Hollywood, o de que los americanos se derribaron ellos mismos las Torres Gemelas para provocar la guerra de Afganistán y vender su armamento. Digo esto con todo el respeto a algunas personas muy queridas que llegaron a creerse tales historias y se ponían muy nerviosas cuando tratabas de convencerlas de lo contrario.

3.- ¿Está creciendo la emisión de CO2? Sí, las series históricas de datos elaboradas sobre mediciones reales son muy claras a este respecto. La cuestión es si esto es malo para la Humanidad o no. Para los que creen que este hecho está detrás del aumento constante de la temperatura de la Tierra, no hay duda de que es malo. Pero luego está la minoría y esto nos lleva a la pregunta siguiente.

4.- ¿Este aumento es malo para el hombre? Pues también sí, independientemente de que esté más o menos relacionado con el calentamiento global. Porque el aumento de CO2 tiene un segundo efecto mucho más pernicioso del que apenas se habla: la acidificación de los océanos. Resulta que las plantas y árboles no son los únicos organismos que reciclan el CO2. Resulta que los océanos captan una gran cantidad de CO2 y tienen miríadas de microorganismos que lo procesan y lo digieren. Vamos, que si no fuera por los océanos, nuestro mundo ya se habría ido al garete por atufe de CO2. Y si las emisiones aumentan desmesuradamente, el océano no da abasto, la lluvia de CO2 que recibe no se recicla en su totalidad y eso puede hacer que disminuya su pH de forma muy peligrosa para la mayoría de las especies marinas. Según los investigadores, el pH de los océanos en la era preindustrial era de 8,18, el actual es de 8,10 y, si no frenamos las emisiones de CO2, en 2050 será de 7,95. Vamos que, o hacemos algo, o nos quedamos sin percebes, mejillones ni gambas. Es una cuestión de proporciones y de equilibrio global. Mi hijo me pone el ejemplo de un café: si tú lo sigues cargando por encima de lo normal, hay un momento en que se convierte en incomible y asqueroso.

5.- ¿Qué hacer ante el cambio climático? Dos cosas: una, intentar mitigarlo o retrasarlo y otra, adaptarnos a la nueva temperatura del planeta.  De estas dos líneas se nutre la actividad de la red C40 y por tanto mi workshop de estos días. Para lo primero, hay que disminuir la emisión de CO2, si damos por hecho que es el factor principal. Reconvertir nuestra industria hacia fuentes limpias, no derivadas de la combustión de petróleo y otros combustibles fósiles. También reconvertirnos a una dieta más vegetariana, para reducir las explotaciones ganaderas extensivas y disminuir los pedos de los pobres animales. Hombre, un chuletón es algo muy apetitoso, pero tampoco hace falta comerse uno todos los días. En cuanto a la adaptación, pues debemos conseguir que nuestras ciudades sean resistentes al calor, que nuestras plazas y espacios públicos tengan mucha presencia verde y zonas sombreadas. El urbanismo tiene muchas y variadas soluciones para este tipo de fenómenos.

6.- ¿Qué relación tiene todo esto con el automóvil y el aire que respiramos en las ciudades? No demasiada. Son fenómenos paralelos. Lo cierto es que la Humanidad vive cada vez más en medios urbanos; dentro de poco el 70% de los humanos viviremos en ciudades. Y, con perdón, estamos respirando mierda. En Madrid, por ejemplo, ya no hay industria y apenas quedan calderas de carbón. Pero los índices de contaminación atmosférica en el centro son altísimos, hasta el punto de que ya ha saltado varias veces el protocolo que obliga a reducir el tráfico. La combustión de los motores de los automóviles echa a la atmósfera una serie de elementos contaminantes (CO2, CO, NO2 y partículas en suspensión) que conviene analizar por separado.

El CO2 no es directamente perjudicial para la salud, como se ha dicho, y no pasa nada por respirarlo. Sus efectos más dañinos son la acidificación del océano y, en su caso, la incidencia en el calentamiento global. Además, la participación de los automóviles en las emisiones globales de CO2 no es demasiado relevante (piensen en los aviones o en las grandes industrias). Por su parte, el CO, el famoso monóxido, tampoco es directamente dañino para la salud. El problema es que el organismo no lo diferencia del oxígeno, lo absorbe con la misma alegría y, si hay demasiado en la atmósfera, eso puede tener consecuencias perniciosas para las personas a medio plazo. El que es malo-malísimo-de-la-muerte, y afecta directamente a nuestra salud, es el NO2. Este es un auténtico veneno. Por fortuna, hay que decir que los automóviles que se vienen fabricando en los últimos años incorporan unos poderosos filtros que se comen literalmente el NO2. Así que, con la simple renovación del parque automovilístico, este problema se va reduciendo.

Y nos queda el componente más cabrón: las partículas en suspensión. Este es un factor que hay que atribuir casi en exclusiva a los motores diesel. Los de gasolina no emiten apenas partículas. Pero el diesel es mucho más denso y tiene una combustión incompleta, por lo que lanza a la atmósfera nanotubos de carbono, es decir, tubitos de tamaño nano, que flotan por ahí y que el personal se mete al cuerpo sin enterarse, al respirar ese aire contaminado. Las partículas en suspensión pueden dejarnos los pulmones como los de un fumador de tres paquetes diarios. Aquí hay que decir que en unos veinte años el diesel va a estar prohibido y que además se irán imponiendo los coches eléctricos e híbridos como el que yo tengo.

Así que, por resumir, hay varios problemas no directamente relacionados. Uno es el calentamiento global. Venga de donde venga hay que intentar combatirlo, retrasarlo y también adaptar nuestra vida y nuestras ciudades a las nuevas condiciones climáticas (en este momento, no se debería autorizar la construcción de plazas sin árboles). Dos, las emisiones de CO2 a la atmósfera habría que reducirlas para evitar la acidificación de los océanos. Y tres, hay que disminuir la presencia del automóvil en las ciudades (no en las carreteras) para mejorar la calidad del aire que respiramos los urbanitas, que por distintas circunstancias somos un porcentaje cada vez mayor de la población del planeta. Las grandes ciudades tienen ya planes de mejora de la calidad del aire y planes de respuesta al cambio climático.

En ese sentido, Madrid está a punto de aprobar un plan conjunto para ambos temas: el denominado Plan A de Mejora de la Calidad del Aire y Cambio Climático. Se aprobó inicialmente en abril, ahora se están analizando las opiniones y sugerencias de la ciudadanía y en septiembre o en octubre se publicará y entrará inmediatamente en vigor. Ese Plan A constituye el marco teórico en el que yo inscribí mi intervención en Portland. Un contexto cuyo carácter novedoso (precisamente por su doble perspectiva) fue muy ponderado por mis compañeros de taller: parece que la mayoría de las ciudades está abordando ambas líneas separadamente. Les pido disculpas por la longitud de este post, pero creo que puede ser bastante instructivo y conviene que todos estemos al día en estos temas.
  

4 comentarios:

  1. Muy interesante. Me atrevería a decir que queremos más. Y sin que preguntéis, creo que todos agradeceríamos la reconversion de las plazas de granito, allí donde estén, en parquecillos de hoja caduca... como toda la vida.

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    1. Gracias amiga. Lo de las plazas "duras" es de paletos y nuevos ricos urbanos. En Nueva York todas las pequeñas plazas del centro (Washington Square, Union Square) están llenas de parterres, bancos de madera, arbolado, ardillas, etc.
      Cuando reurbanizamos la plaza de Santa Bárbara una señora me escribió diciéndome que sentarse en los nuevos bancos de granito le provocaba cistitis. Creo que no hay mejor definición de este desafuero.

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  2. Pues si nos quedamos sin percebes, mejillones y cigalas es una faena, pero es algo que la Humanidad puede integrar, como lo de comer menos carne. Al final acabaremos comiendo pelotillas duras
    de concentrados alimentarios, como los perros.

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    1. No lo ha entendido bien. Si el mar se vuelve un medio en el que la vida sea imposible, dejará de reciclar CO2 y nos atufaremos también los de tierra.

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