jueves, 20 de noviembre de 2014

313. TD#15. El paraíso de los fenicios del siglo XXI

Hoy, miércoles 19 de noviembre, es el día de Rotterdam en mi viaje. Y mi post tendrá poca letra y mucha imagen. Estuve en esta ciudad por primera vez hace cinco años y medio. Me sorprendió el volumen de su proyecto gallardónico de construir una nueva estación central del ferrocarril, entonces en obras. Hace justo dos años volví por estas fechas, con motivo de que mi hijo Kike estaba por aquí de Erasmus (ver post #26). En ese tiempo, la obra de la estación no se había terminado todavía. Y había un nuevo proyecto espectacular en marcha: el Market Hall, con la firma del equipo MVRDV, los holandeses autores del llamado Edificio Ventana en Sanchinarro, Madrid. La obra estaba por entonces en la fase de excavación de sótanos, pero los paneles con el plano de imagen final que rodeaban el espacio de obra eran impresionantes.

Hoy están terminadas las dos obras, ambas muy recientemente. La Estación Central ya se ha comentado aquí con foto de la inauguración incluida. Mi amiga Hella de Ámsterdam me dijo que la estación estaba bien, pero lo del Market Hall era algo extraordinario, sobrenatural. Se le ponían los ojos en blanco al recordarlo, en el corredor del edificio en obras donde ambos charlábamos al conjuro de sendas copas de vino blanco. Así que este es uno de los motivos (no el único) por los que he incluido Rotterdam, como penúltimo hito de mi viaje. Hoy me he despertado tarde (ayer apagué la luz a las 2) y he estado vagueando en la cama hasta la hora límite. En este hotel se desayuna hasta las 10.30. Casi en el último minuto, he bajado a comerme un poco de tomate y pepino con sal, una loncha de jamón de york, y un café con un croissant. El comedor estaba vacío, en esta ciudad no se trasnocha entre semana.

Ya saben que los de Ámsterdam y los de Rotterdam están picados entre ellos. Los de Rotterdam dicen que Ámsterdam es un cachondeo permanente, que allí nadie pega ni chapa, que están todo el día de juerga y que viven del cuento, de vender aire. En cambio ellos sí que saben lo que es trabajar duro y gracias a ellos, a su industria y a su puerto se sostiene Holanda. Los de Ámsterdam, en cambio, opinan que los de Rotterdam son unos trabajicas, que no saben hacer otra cosa que venga de trabajar y venga de trabajar, que no saben divertirse y que ellos, en cambio, ponen la imaginación y la creatividad que mantienen a Holanda en primera línea. Yo creo que ambas ciudades son interesantes, Ámsterdam más, desde luego.

Esta mañana me he dado una larga vuelta por el puerto de Rotterdam, que es inmenso. No en vano hasta hace poco era el mayor del mundo, ahora lo supera Shanghai. Hacía bastante frío, pero me gusta el ambiente de grúas, containers y gaviotas, el olor a madera y a brea de las grandes instalaciones portuarias. He tomado un café en un bar de marineros, de vuelta al hotel. Necesitaba fijar mi posición para buscar después el Market, porque no tengo mapa de Rotterdam. Desde el hotel he vuelto a coger la Oude Binnenweg y la Lijnbaan a la izquierda. A la altura del Burgher King he doblado a la derecha esta vez, para atravesar el Beurs, un centro comercial en un largo paso subterráneo que va a dar a la gran explanada del Blaack, donde cada sábado se organiza un macro mercadillo en el que mi hijo solía hacer la compra. Allí, a un lado, está esta octava maravilla del mundo. Aquí tienen unas imágenes del exterior del edificio.






Como ven, se trata de un inmueble en forma de arco o túnel, formado por más de doscientas viviendas y apartamentos. El espacio se cierra por los lados con dos grandes paños de cristal. Y abajo se sitúa el que probablemente sea el mercado más  grande del mundo. Como diez veces el de San Miguel. El paraíso de estos nuevos fenicios del Siglo XXI que son los holandeses. Entré y estuve haciendo fotos hasta que la cámara se me quedó sin batería. Luego, hice algunas compras, para llevarle algún regalo a António en Bruselas y también a mi gente de Madrid. El proyecto está financiado en su mayor parte por el Ayuntamiento, que quiere repoblar esta zona del centro fuertemente terciarizada. Aquí una selección de imágenes interiores.











El espacio del mercado estaba lleno, libre del frío del exterior. Todo Rotterdam estaba por allí. En los bajos de la parte edificada se sitúan los bares y restaurantes. Y debajo hay hasta cuatro plantas de parking. Salí de allí, en fin, cargado con diversas bolsas con mis compras y se me ocurrió comprarme una mochila para llevar todo más cómodamente. Encontré una por 10€. Con ella y mi maletín regresé por la Oude Binnenweg, hacia la zona de mi hotel. Encontré un coqueto restaurante con mesas de madera y música a buen volumen. Tenían WiFi y allí estuve haciendo tiempo hasta la hora de irme a la estación. Me comí una ensalada Cesar monumental, con una pinta de cerveza Kornuit, y repetí de pinta mientras contestaba correos y comentarios del blog.

A la hora prevista, pagué, salí haciendo eses, crucé al hotel a por mi maletón y me fui a la Central Station. El tren a Bruselas salía a las cinco de la tarde y tardó exactamente dos horas. Hora y media a Antwerpe y media hora más a la Gare du Midi. El mismo que cogí días atrás sólo hasta a Antwerpe, por consejo del único holandés borde. Si hubiera seguido hasta Bruselas, seguro que había encontrado la forma de llegar a Lille. Pero ese día se conjuraron una serie de circunstancias, para que al final terminase en un taxi de madrugada, con un negro y un borracho. Estaba escrito que tenía que suceder así.

En la Gare du Midi, cogí el tranvía 3 de costumbre, hasta la Avenida de Winston Churchil. António y su familia me esperaban con la cena lista. 

2 comentarios:

  1. Estos arquitectos son muy aficionados a los agujeros. Tendrían que ser suizos. Por aquí dicen que son los que han hecho el Bin Laden en Sanchinarro. Lo hicieron con idea de que pudieran pasar los aviones por en medio.

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  2. A este le han puesto cristales, para evitar tentaciones

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