viernes, 7 de noviembre de 2014

300. TD#2. Kamasutra y otros portentos

El día empieza tras una noche marinera, del tipo de las que con precisión certera describe la vieja copla flamenca: me dan las claras del día/lo mismo que me acosté/dando vueltas en la cama/y mirando a la pared. La inquietud por las huelgas, la posibilidad de tener que cambiar la programación entera, de tener que llamar al hotel de Hamburgo a intentar anular o cambiar la reserva, añadido a un cierto malestar gástrico, extrañar la cama y, por qué no decirlo, la jodida vejez, que hace que uno duerma cada vez peor. Cuando he oído a mis anfitriones trajinar a partir de las 6, me he levantado a decirles lo que había decidido tras desechar cientos de otras alternativas en medio de mi insomnio: me vestiría, haría la maleta y, con mis cosas, me plantaría en la Gare du Midi a intentar irme como fuera.

Teresa me cuenta lo que acaba de oír por la radio: los trenes funcionarán todos, y los tranvías uno de cada dos: por otro lado, yo había leído anoche que la huelga en Alemania es de los maquinistas de tren y no empieza hasta las dos de la tarde. Así que con un poco de suerte es posible que se me arregle todo. Me vuelvo a la cama a descansar un poco y, con las buenas noticias, me quedo profundamente dormido. Así funciona la mente humana. Cuando me despierto, se me ha hecho más tarde de lo debido. Según mis datos, hay un tren Bruselas-Colonia a las 10.25, que me permitiría transbordar al Colonia-Hamburgo de las 13.10, antes del principio de la huelga. Para cogerlo, tengo el tiempo justo, siempre que no desayune ni me duche. La otra alternativa es tomármelo con calma, llegar a la Gare du Midi cuando cuadre y dejar fluir la situación. De esta forma, tengo bastantes números de quedarme en Bruselas.

Así que elijo la primera. Corro para guardar mis cosas y dejar la cama hecha y el cuarto recogido, bajo la mirada de desaprobación del gato Gustavo, un animal tan sensible que no ha venido en toda la noche a mi cama, hasta la última fase en la que me había tranquilizado. Con hambre y hecho un marrano, me planto en la parada del tram 3, donde ya hay bastante gente con cierta cara de cabreo. El tranvía no tarda mucho y llego a las taquillas a las 10.05. No hay casi cola y enseguida enfrento a un joven tranquilo y amable que sólo me da buenas noticias: el tren es gratis con mi Global Pass, y tengo tiempo de sobra para subirme al de Colonia, porque el andén está allí al lado. Me imprime la lista de trenes que salen desde Colonia, para que luego elija el que más me convenga, en función de la huelga.

El mundo es un lugar ancho y benévolo. Subo al tren y tomo posesión de dos asientos, uno para mí y otro en donde pongo la maleta, el maletín y la chamarra. Un instante antes de salir, aparece una señora belga bastante enfadada, que me dice torrencialmente en francés que se quiere sentar allí y que las maletas tienen un lugar específico para ellas y no se puede ocupar un asiento de esa forma. Es delgada, seria, unos cincuenta, aspecto estricto. Tiene toda la razón, le pido disculpas y le digo que, cuando yo he subido, el vagón estaba vacío. Llevo la maleta a donde me dice y nos sentamos. El tren para un instante en Bruselas Norte (los edificios monstruosos de cristal y acero, del Parlamento Europeo) y luego pasa de largo por Leuven. Al ver que me disculpaba, la señora ha suavizado el gesto y vamos hablando en francés de manera distendida. Ella hojea un Marie Claire y yo llevo mi cuaderno de notas y el libro que he empezado a leer para la próxima sesión del Club de Lectura, en la que se espera que participe a través de Skype. El paisaje muestra un verde intenso bajo un cielo encapotado, pueblos perdidos, casas de ladrillo oscuro, tejados de pizarra, cultivos pequeños, algún caballo percherón muy peludo, y también grandes campas llenas de automóviles a estrenar, naves de almacenaje, ríos caudalosos y carreteras tortuosas, la gran planicie belga roturada y organizada para cobijar el hormiguero humano.

En la estación de Lieja, el tren para bajo una cúpula fastuosa, una especie de paraboloide abierto por los lados, que cubre los andenes permitiendo la visión de la montaña por un lado y la ciudad por el otro. Me muestro maravillado y mi compañera me dice que es una obra muy valorada, de un arquitecto de fama, cuyo nombre tiene en la punta de la lengua, pero no lo consigue recordar. Le propongo varios, pero no es ninguno. Dice que es un nombre largo. No será japonés –le digo. No, no, no es japonés, pero su nombre suena así como kamasutra, o algo parecido
                –¡Calatrava!
                –¡¡Sííí!! ¡Ese es!
Le digo que Calatrava es técnicamente muy bueno, pero que tiene fama de ser un arquitecto-espectáculo, que con frecuencia crea él mismo el problema para luego solucionarlo y mostrar al mundo lo brillante que puede ser. Y que siempre duplica los presupuestos iniciales. Tras esta edificante conversación, me he ido al bar del tren y me he comido un café con un cruasán y un café con un cruasán. He repetido porque estaba muy bueno y tenía un hambre de la leche.

Tras Lieja el cielo se despeja y el horizonte se amplía, aparecen cultivos extensivos, vacas y ovejas. Y bosques amarilleando. El primer pueblo de Alemania es Aachen. Dice mi nueva amiga que, en su día, se llamó Aix-en-Chapelle, pero que los alemanes se quedaron con él y le cambiaron el nombre. Es la última parada antes de Colonia. Mi amiga la llama Cologne y su nombre correcto es Köln. Aquí me despido de mi compañera, que sigue hacia Frackfurt. Le digo que me llamo Emil, como Emil Zola. Ella, Virginie. Nos damos la mano y nos deseamos buen viaje. En la estación me dicen que no hay ningún problema con el tren a Hamburgo de la 1.10. Tengo tiempo de dar una vuelta y descubro que la famosa catedral de Colonia está pegada a la estación. Le hago una visita. El espacio interior es altísimo. Me da apuro caminar con mi maleta de ruedas sobre los mosaicos del deambulatorio, pero nadie me dice nada.

Otra vez en los andenes, por megafonía anuncian que, debido a la huelga, el tren de Hamburgo saldrá con un retraso de… 10 minutos. Hay que ver qué considerados son estos alemanes. En el segundo tren, los vagones van casi vacíos, así que puedo tener la maleta conmigo. El asiento es confortable y hasta me echo alguna cabezadita. Se suceden rápidamente ciudades de nombres conocidos: Düsseldorf, Duisburg, Essen, Bochum, Dortmund, Munster. Esta es una zona muy poblada e industrializada en torno al eje del Rihn, cuyo curso majestuoso hemos cruzado al salir de Colonia. El cielo se ha despejado y el sol cae en el crepúsculo interminable de los atardeceres del norte, mientras el tren atraviesa enormes zonas de pastos, divididas por líneas de chopos. Se ven formaciones de molinos de energía eólica, que en Galicia llaman viraventos. Aparecen bandadas de grajillas, punteando el cielo claro, como salpicaduras de tinta en un mantel azul añil. Por delante, nuevas nubes de evolución anticipan la cercanía del mar.

Hemos cruzado Bremen y es noche cerrada cuando entramos en la gran aglomeración de Hamburgo, con su puerto iluminado por miles de luces blancas y rojas, y sus ríos de coches por las autopistas, a la hora de la vuelta del trabajo. Estoy cansado y he decidido coger un taxi para que me lleve al hotel. Tengo la dirección escrita en un papel. El taxista, que ya ha cargado mi maleta, lee la nota, se rasca el cogote y piensa. Luego me dice: la Brennerstrasse está aquí mismo, es esa calle de ahí enfrente. Baja otra vez la maleta y le pido disculpas: es la primera vez que vengo a Hamburgo. Echo a andar por la calle que me ha dicho. Estoy en un barrio de putas. Pero no de las guapísimas, sino de las que dan más pena que cualquier otra cosa. Al llegar al primer cruce, encuentro un indicador con nombres de las calles: ninguna es la Brennerstrasse. Aparte de cagarme en la madre del taxista, no puedo hacer otra cosa que preguntar, pero el personal que pulula por allí, está formado por indios, moros, alcohólicos, algún negro. Los dos primeros  a los que pregunto no tienen ni puta idea.

El portero de un Sex-Club-Vídeo-Shop me echa una mano finalmente. La Brennerstarsse es paralela a la que llevo. Debo seguir adelante hasta la Hansa Platz y allí corregir. Y para el número 72, aun me queda un rato. Por no exagerar, diré que he caminado media hora, arrastrando la maleta, primero entre putas y chaperos y luego por tramos desolados sin gente, con aceras estropeadas. El hotel, al fin, es bueno. Me han dado una de las cuatro habitaciones del ático (sexta planta) y tengo hasta terraza. Estoy en lo más profundo del barrio de Sankt George. En cuanto me he instalado, he bajado a cenar. La recepcionista me ha dicho que no hay restaurante en el hotel, pero que tengo muchos en la Langue Reihe, el eje principal de actividad de Sankt George. Para alcanzarla tengo que coger un camino perpendicular al que he traído.

Lo he encontrado enseguida y es una calle llena de tiendas y con mucha animación. Me he obsequiado con una ensalada de rúcula y parmigiano y unos espaguetis con atún fresco del Báltico. Como se pueden imaginar, el restaurante se llama Casa di Roma. Después aún he debido subir a mi cuarto a escribir un post sobre un mundo que se desmorona. Es dura la vida del turista bloguero. De propina les dejo una foto tomada desde el andén de la estación de Colonia. Un hermoso álamo otoñal pone la nota de color sobre el gris de la catedral. Gute nacht.

    

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