miércoles, 19 de noviembre de 2014

311. TD#13. Desandando el camino como Pulgarcito

Era Pulgarcito el que echaba miguitas de pan para acordarse del camino de vuelta, ¿no? Esta mañana me he despertado pronto en mi hotel de Lille y me he puesto tranquilamente a escribir el post #11. Estaba acabando cuando ha llamado Lucas. Quería quedar conmigo a las 10.30, aprovechando un hueco entre clases (por cierto, había recuperado su ropa de la lavandería). Llamé a la recepción a ver si me dejaban quedarme en la habitación hasta la una. Me dijeron que la hora límite de dejar el cuarto eran las 11.30. Tenía que darme prisa. Acabé el post a la carrera, lo subí al blog, me duché, hice las maletas y me planté en la recepción. El tipo se sorprendió al verme: no había querido meterme tanta prisa. Le aclaré que tenía un rendez-vous a las 10.30 y que tenía que hacer antes el check in. Pagué, le dejé el maletón en custodia y salí. Todavía me dio tiempo de comprar un cruasán en la panadería, comérmelo con un café-créme en la hamburguesería de enfrente y llegar al Metro de Rihour antes que mi hijo.

Lucas me traía el jersey que le dejé ayer en una bolsa de plástico y llevaba el otro abrigo que tiene, más fino y que cala con la lluvia. Hemos ido a las Galerías Lafayette y hemos recorrido toda la planta de caballeros, sin encontrar un abrigo de su gusto. En un mes vuelve a Madrid por Navidad y espera encontrar uno como el robado. Después hemos ido a la Apple Store, a comprar un cargador de Ipad para mí. El que tenía lo dejé olvidado en el hotel de Ámsterdam (ya ven que yo también soy un despistado). He acompañado a Lucas a comerse un bocata gigante. Yo no quería comer aun y me he pedido un eau petillant, o sea un agua con gas. Nos hemos dado un abrazo y se ha ido corriendo a sus clases. He vuelto al hotel, he recuperado mi maleta y me he encaminado a la estación de Lille-Flandres.

Ayer me informaron en la estación que, para ir a Rotterdam, tenía que cambiar de tren en Anvers. Recordé entonces que, durante mi epopeya del viernes, la francesa cabreada que luego nos dejó tirados hablaba todo el rato del tren de Anvers. Decía que los trenes que llegaban a Lille eran los que venían de Anvers y el último ya había pasado, así que íbamos de culo. Pensé que Anvers sería alguna estación importante en la Bélgica profunda, del tipo Venta de Baños, donde se cruzaban todas las rutas. Hoy he llegado a la estación, he preguntado en que vía salía el tren de Anvers y me lo ha indicado una señorita, que ha especificado que no es directo, que tengo que cambiar en Courtrai. He subido al tren con cierta prevención. No me hace ninguna gracia atravesar otra vez la tierra de los bolos y no estaré tranquilo hasta verme en Holanda. En los carteles indican que el tren a Courtrai hace una sola parada intermedia en Mouscron.

A los diez minutos de salir, el tren para en Moeskroen/Mouscron. Lo ponen en flamenco y en francés. Me he acordado de las carreras al taxi, del borracho y de la señora que tiene el número de la centralita de taxis, sólo que en Francia en vez de en Bégica. Nada más arrancar el tren de nuevo, un señor mayor, de mofletes colorados y gorro de lana azul oscuro que va plácidamente dormido frente a mí, se despierta sobresaltado, se pone de pie y empieza a gritar: ¡¡Qué pasa!! ¿Es que no para en Mouscron? Le decimos que ha parado un buen rato. Su respuesta ha sido el equivalente en francés de Me cago en la puta. Se ha vuelto a sentar y a los cinco minutos estaba dormido otra vez. Los bolos no descansan nunca de su bolez, como ven.

Llegando a la estación final, lo he despertado, para que no se le pase el tren de vuelta a Mouscron. He bajado al andén y he mirado los carteles de la estación. Aquí ya no hay letreros en francés y estamos en Kortrijk. Donde conocí al negro Emmanuel. Hombre, Courtrai puede sonar parecido, pero no estaba seguro de que fuera el mismo lugar. Por cierto, en esta estación perdida en el tiempo y el espacio, no hay carteles anunciadores de adónde va cada tren. Hay un único convoy por allí preparado, además del que me ha traído hasta allí, pero no pone en ningún lado adónde va. Una especie de interventora grandota con chaleco reflectante fuma junto a una portezuela del tren, charlando con un señor bajito. Me acerco y muy educadamente le pregunto en francés si este es el tren para Anvers. Me lanza una mirada bovina desde arriba perdonándome la vida y se limita a cabecear una vez, como asintiendo, y a señalarme la puerta con la mano en la que sostiene el pitillo.

Luego pensarán que les tengo manía a los belgas, pero las cosas han sido así. Hemos empezado a pasar por estaciones cuyos nombres me sonaban vagamente, hasta que de pronto, por la megafonía han anunciado que entrábamos en la estación de Gante. Estábamos repitiendo la ruta de la noche maldita. ¿Adónde me estaban llevando estos bolos? En Gante sube y baja mucha gente. Sólo queda un chaval, como de 20 años. Con cierta ansiedad, le pregunto en francés si este es el tren que va a Anvers. No entiende nada. Entonces le digo: do you speak English? Dice que sí y le repito la pregunta: ¿es este el tren que va a Anvers? Sin rastro de ironía me contesta: no, señor, este es el tren que va a Antwerpe. En ese momento lo he comprendido todo. Anvers y Antwerpe son la misma ciudad: Amberes, dicho en cristiano.

Es cierto lo que me habían dicho: los flamencos se niegan a entender el francés y los valones hacen lo mismo con el flamenco. Todos son igual de bolos. Esto explica también la reacción de la giganta interventora en el andén de Kortrijk, o Courtrai. Y, digámoslo ya: sí señor, les tengo mucha manía a los belgas. Estos gilipollas son los responsables de la desaparición de la Gran Holanda, la que derrotó a Napoleón en Waterloo, codo con codo con ingleses y alemanes. Poco después, se les metió en la cabeza que Bélgica no era Holanda y que Ámsterdam les robaba (¿a que les suena?). Y ejercieron el derecho a decidir, jaleados por Inglaterra, Alemania y la renacida Francia, todos felices de debilitar a un competidor. Y el Gran Duque de Luxemburgo, aprovechó el arreón para independizarse también, creando las bases para que su reino enano se convirtiera en un futuro paraíso fiscal. Flamencos y valones cayeron en esa gilipollez porque compartían una seña de identidad: la religión católica, frente a los calvinistas de Holanda. Y total para qué: pues para dividirse enseguida en dos comunidades irreconciliables y empezar a pelear entre ellos, a mostrarse el culo y a negarse a compartir nada con el otro.

Hala, ya está dicho. En la monumental estación de Antwerpe ya me siento a salvo, total está pegada a Holanda. Se habrán dado cuenta de que hoy he desandado mi camino del viernes, como Pulgarcito. Que sólo hay una línea entre Ámsterdam y Lille, la que pasa por Rotterdam, Antwerpe, Gante, Kortrijk y Mouscron. Eso hace todavía más ininteligible lo que sucedió en la noche del viernes, a partir del suicidio de un tipo en alguna remota estación de la red belga. Ni el maquinista alemán en huelga más malintencionado, maquiavélico y sofisticado hubiera podido imaginar un plan como ese de ir avanzando de a poquitos por la única ruta existente, para al final dejarnos tirados a diez minutos de tren de nuestro destino.



Como ven en esta imagen, la estación de Antwerpe tiene un punto Blade Runner, los trenes entran por tres alturas diferentes y hacer un cambio de tren es a veces largo y penoso, sobre todo arrastrando una maleta pesada. No obstante, alcanzo mi andén con quince minutos de adelanto. No he comido y por allí lo único que hay es una maquinita que vende chocolatinas. Puedo subir al nivel donde están los bares y chiringuitos, pero me arriesgo a perder el tren y yo quiero volver a Holanda cuanto antes. Así que me saco de la máquina un Mars y me lo como tranquilamente. Luego veo un carrito con el rótulo Café Einstein y pienso que puede ser un buen augurio. Pero le pregunto al negro que lo regenta si tienen decaf-coffee y me responde I’m affraid not.

Poco después estoy subido en el tren de Rotterdam, a punto de terminarme El sueño de la aldea Ding. No sé si me creerán pero, en todos mis recorridos por tierras belgas, no me ha pedido el billete un solo revisor. Aquí aparece uno enseguida, amable y animoso como buen holandés. Me dice que, cuando vuelva a España, tengo que llevar el Global Pass a una oficina de ADIF, y que están obligados a reembolsarme un 20% de su coste. Si lo sabré yo –añade alborozado. De momento, mi cuenta se mantiene en 516€.


Y aquí tienen una imagen del día en que se inauguró la nueva estación Rotterdam Central. Por fin se han terminado las obras y el resultado es espectacular. Con mi maleta a rastras, he salido por la Kruisplein adelante, hasta buscar la Westersingel. El hotel Emma, en el que estuve alojado hace dos años, hace casi esquina con esta calle. Me he registrado, he descansado un poco y luego he escrito y subido mi post #TD12, con lo que, al escribir hoy dos, he recuperado el ritmo de los primeros días. A las 21.00 he salido a cenar (sólo llevaba al cuerpo un café, un cruasán y un Mars). No he caído en que esto no es Ámsterdam, que aquí la gente trabaja y en la noche del lunes no hay ni Dios por la calle ni un solo restaurante abierto. En la Oude Binnenweg estaba todo cerrado. He doblado a la izquierda por la Lijnbaan, llena de tiendas y grandes almacenes. Todo cerrado, menos el Macdonalds y el Burgher King. Me estaba muriendo de hambre y he estado a un tris de entrar en alguno de estos lugares, pero he pensado: ¿cómo cuento en el blog que vine hasta Rotterdam para acabar en un Macdonalds?

Así que he seguido buscando y he encontrado la recompensa: en la Staduisplein, la plaza del Ayuntamiento, hay un grupo de restaurantes de aire hawaiano, con antorchas de fuego real, lámparas rojas, tumbonas y mantas para los clientes de las terrazas. En el primero había un estrado con un grupo de rock en directo. Me he decantado por el segundo, que se llama Get Back, y he acertado. Me he comido una especie de sirloin más pequeño que el de Ámsterdam, acompañado con un salteado de verduritas al wok con salsa al pesto, que se me caían las lágrimas del gusto. Y un bol de patatas fritas con ketchup. He comido en la parte de adentro, que estaba más calentita, porque en esta ciudad hay una humedad y un relente que se te mete en los huesos y produce una sensación de frío como el de Hamburgo. El empedrado de las calles está completamente mojado, excepto bajo los aleros. En el Get Back la cocina se cierra a las diez. Así que he llegado por los pelos. Luego, a recogerme al hotel, que no está el tiempo para más alegrías.


5 comentarios:

  1. Pues si no se ha dado cuenta de que Anvers era Amberes y Antwerpe, me parece que usted es también un poco bolo. ¿Se le habrá pegado de tanto pasar por las tierras de Flandes?

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    1. A usted, como es un listo, seguramente no le pasaría algo así. Sólo le digo que es muy fácil decirlo a toro parado y leyendo lo que yo he dicho por escrito. Por si no lo sabe, en frances la pronunciación de la uve es totalmente distinta a la de la be, y suena casi como una efe. La erre, la pronuncian casi como si ewtuvieran haciendo gárgaras, y la ese del final se la comen. Como resultado de todo eso, Anvers suena algo así como Anfeggg. Si usted identifica ahí Antwerpe o Amberes, le felicito. De todas formas, gracias por su comentario, tío ganso.

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    2. Quiero decir "a toro pasado" y "estuvieron". Estoy en un bar de Rotterdam haciendo tiempo para el tren de Bruselas y me estoy terminando la segunda pinta de cerveza Kornuit. Con el Ipad no sé cómo corregir las erratas. En cuanto a kornuit, si le quita usted la i, se queda en kornut i apaleat, suponiendo que se diga así en catalán. Disculpe el disbarre, es cosa de la cerveza.

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  2. ¡Vaya con el listo! Yo conozco a unos pollos que, desde el sur de Francia, tomaron un tren a Geneve pensando que iban a Génova; mira que les parecía raro el camino, el "italiano", les sonaba "muy francés".. ¡Como que fueron a parar a Ginebra! En fin, no te metas tanto con los belgas, ya ves qué gran talento el de Hercules Poirot.

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    1. Ya le he dado respuesta. De todas formas, nada comparable a la señora Sabine Moreau, que quería ir a la Gare du Midi de Bruselas y acabó en Zagreb. Espero que yo si consiga llegar a la Gare du Midi. Ya no bebo más. Y que conste que no estoy borracho, sólo estoy un poquito alegre. ¿Borracho yo? Tururú. Qué tiempos los de los Brincos.

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