sábado, 16 de noviembre de 2013

200. Días tranquilos en Bruselas

Escribo ya desde Ámsterdam por la tarde del día 16 de noviembre. He estado todo el día andando por esta ciudad maravillosa y ahora he vuelto al hotel a descansar un rato, porque a las 8 voy al teatro, como les contaré. Antes debo hablarles de mis actividades en Bruselas. Los días 13, 14 y 15 empezaron igual: desde la modorra del amanecer escuché vagamente trajinar a mis anfitriones por la casa, despertado por el gato Gustavo, al que gustaba salir del cuarto para acompañarles en el desayuno. Cuando se iban, el gato volvía a mi cama y a mí solía quedarme una última cabezada de propina, mientras la luz del sol se iba abriendo camino sobre las márgenes ateridas de la Avenida Winston Churchil.

Me vestía, me lavaba ligeramente, me preparaba un café con unas galletitas y escribía un nuevo post, antes de salir a mis actividades callejeras. Ya ven que llevo un cierto retraso temporal, debido a que, los días que estuve con mi hijo, intenté aprovechar al máximo el tiempo con él; no me parecía oportuno decirle: mira, te dejo un par de horas solo, que voy a ponerme a escribir un post. Las cosas tienen su orden natural y sus prioridades. Invertir ese orden puede llevar a caer en la estupidez suprema: dejar de vivir, por tener que contarlo, algo así como vender el coche para comprar gasolina.

El día 13 salí, pues, a caminar a la ventura. El día anterior me había sorprendido lo rápido que se me habían olvidado las rutinas del carnet-dix y todo eso, y tenía interés en ver si era capaz de moverme por Bruselas sin guía ni apoyos de ningún tipo, sólo guiándome de mi memoria y mi instinto. Eché a andar por la Avenida Churchil y seguí por su continuación. Hacía un día frío, pero muy despejado, un regalo después de la lluvia continua de Nancy. El camino que llevaba es una vía que rodea en círculo los barrios centrales de la ciudad, dominándolos desde la altura de una cumbrera. En algún punto debía doblar a mi derecha y empezar a bajar hacia la zona centro. Lo hice en una plaza amplia y acerté.

Reconocí los cafés que António me había enseñado el año pasado, en donde los emigrantes portugueses toman sus bicas y se fuman sus SG-filtro, antes de llegar al Parvis de Saint Gilles, la plaza en la que está la iglesia del mismo nombre. Frente a ella, arranca un mercadillo diario, extendido en un tramo de otra vía orbital, paralela a Churchil pero en una cota mucho más baja. Seguí bajando y llegué hasta la Porte de Hal, el único de los siete torreones de la antigua muralla medieval que sobrevive, que marca la entrada al centro histórico. En realidad es una reconstrucción ejecutada en el siglo XIX, con el gusto un poco repolludo de la época y una cierta idealización de la Edad Media típica de ese tiempo.

Desde allí, la Rue Haute, la calle alta, te lleva hasta el mismo centro. Al final de esa calle, decidí seguir un poco al aliguí, y al momento estaba perdido. Tenía la referencia visual de algunas torres de los edificios que conforman la Grande Place, y pasé varias veces por ella antes de volver a encontrar un punto seguro. El gran espacio de la plaza estaba como de costumbre lleno de excursiones multitudinarias, guiadas por tipos paraguas en alto. Tenía ya un poco de hambre, pero quería localizarme primero y, además, en estas zonas turísticas se come mal y te clavan. Por fin, encontré La Chappelle, final de la Rue Haute y, ya centrado, busqué un lugar para tomar un tentempié.

Enfrente mismo de La Chappelle había un café llamado Le Chalet, que anunciaba un potage du jour a buen precio. Estaba lleno de jubilados del barrio, de ambos sexos, que se conocían todos entre sí. Cada vez que entraba uno nuevo, saludaba a todos los presentes, menos a mí, lógicamente. Un tipo todavía mayor que los otros llegó con cara de cabreo y todos los parroquianos coincidieron en que tenía mal aspecto. No sé –les explicó– yo creo que es este sol que hace hoy, no estoy acostumbrado. El potage du jour era una crema de verduras que estaba bastante buena. A la hora de pagar, le pedí al dueño que me cambiara un billete de 10€ en monedas para poder comprar finalmente el carnet-dix.

Regresé por la Rue Haute hasta la mitad y tomé un ascensor público que te sube a la zona de los museos. Allí visité la iglesia de Nôtre Dame du Sablón, que el año pasado estaba en obras y que es un bonito ejemplo del gotique flamboyant del que ya les he hablado. Tras un rato de caminar por la zona, bajé a la Gare Central, compré mi carnet-dix, y cogí el tranvía para volver a casa, en donde había quedado con António. Había dos actividades posibles para esa tarde-noche, y mi amigo me dijo que eligiera yo a cuál íbamos. Me resultó verdaderamente difícil, porque las dos eran muy atractivas. La que acabé por desechar: el Club Políglota. Ciertos días, en un café del centro se organiza este club. Pagando una entrada de 1 euro, más la consumición, uno puede sumarse a cualquiera de las mesas en que se habla inglés, francés o cualquier otro idioma. Al parecer, el público es mezclado, hay gente de todas las edades y es muy divertido.

Sentí no conocer el Club Políglota, pero me incliné por la segunda alternativa: una tertulia literaria de españoles. El año pasado había acompañado a António a otra, pero me dijo que la de este día era más seria. Cada vez elegían un libro, se comprometían todos a leerlo y en la sesión siguiente, se discutía sobre él a fondo. ¿Saben cuál era el libro que iban a desmenuzar esa tarde? Seguro que lo han acertado: Demasiada felicidad, de Alice Munro. La cita era en el bar Etxeberri, en donde ofrecen tortilla y tapas de chorizo y salchichón español de verdad. Al final, quedamos allí directamente y lo encontré con cierta dificultad, porque no tiene ni letrero.

Durante más de dos horas, fuimos pasando revista a cada uno de los excelentes cuentos de esta señora, justamente premiada con el Nobel. Algunos tertulianos decían que su narrativa era fría, pero quedamos en que los adjetivos más apropiados para describirla serían "contenida, sobria, precisa". Hube de presentarme al principio y todos celebraron mi relato, cuando les conté que tengo un blog y que había leído ese libro por recomendación de un comentarista del blog a quien no conozco. Recaímos en el tema de la mezcla de lo real y lo imaginario. Esa mezcla alcanza un punto mágico en un relato de Munro del que ya les he hablado.

Una anciana viuda que vive sola y tiene un cáncer avanzado, abre la puerta de su casa a un criminal que la somete a una serie de amenazas, coacciones y manipulaciones. El tipo le cuenta con pelos y señales cómo acaba de matar a toda su familia, para impresionarla y dejarle claro que no bromea. La abuela, para ganarse su confianza, se inventa una historia falsa, en la que ella habría matado también a una persona en el pasado, la amante de su marido que amenazaba con interponerse en su vida y arruinarla. Por otro lado, sabemos que ella vivió esa historia al revés: conquistó a su jefe y le hizo separarse de su mujer. Es como si se estuviera matando a sí misma. Con ese truco se gana al criminal y le convence de que huya con el coche de su marido fallecido, antes de que la policía lo localice en su casa. Al salir, la abuela le dice muy seria: "vale, yo no cuento lo tuyo, si tú no cuentas lo mío".

Genial. Si no han leído ese libro, no sé a qué esperan. Al final de la tertulia, cada uno sugerimos un nuevo libro, para que se analizara en la próxima sesión. Entre los propuestos se elegirá uno, que todos han de leer. No les sorprenderá que mi propuesta fuera Limonov, de Emmanuel Carriere, otro texto muy recomendable. No lo conocían aunque sí una de las anteriores obras de este escritor: El Adversario, en el que novela la historia real de un tipo que vivió años diciendo a su familia que trabajaba en un Banco, algo que era falso. Cuando la realidad le va cercando y se encuentra acorralado, acaba matando a la familia entera. El juego entre ficción y realidad a veces resulta peligroso.

No tengo Internet en la habitación de mi hotel de Ámsterdam. He bajado a la recepción, donde hay un ordenador con WiFi para los clientes y, sólo entonces, me he dado cuenta de que estoy en el post 200. Lo siento, pero no tenía nada preparado. Ya lo celebraremos.

2 comentarios:

  1. En Madrid hay algunos clubs políglotas. Los jueves en la Beer Station, una cervecería de la plaza de Santo Domingo, hay grupos de inglés y alemán, con cerveza y buenas hamburguesas.

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    1. Conozco la Beer Station, he estado allí en algún cumpleaños y tomando jarras, pero no sabía que hubiera un club políglota. Gracias por la infomación.

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