jueves, 7 de noviembre de 2013

195. Una mañana complicada

Hablo de la mañana del pasado martes. No se lo he contado, pero estoy a punto de iniciar un viaje similar al del año pasado por estas fechas. Entonces tenía a mi hijo Kike en Rotterdam y llegué hasta allí tras un periplo en el Interrail Sénior, por París, Nantes y Bruselas visitando amigos. Kike ya no está en Rotterdam. Ahora es el mayor, Lucas, el que está en Nancy (Francia). Esta vez usaré el avión e iré primero a Nancy, para hacer un viaje inverso del anterior.

De allí pasaré a Bruselas a visitar a António Trinidad. Seguiré por Ámsterdam, para visitar a mi amiga R. y conocer a Japi Toon Thelonius. Por último, pasaré unos días en París en casa del gran Philippe. El día 18 nos reuniremos a comer con el resto del equipo del proyecto LASDO de Sri Lanka. Hace años que no les veo, pero he escrito a mi amiga Chantal Pigeon, le he dicho que tenía ganas de verles y me ha contestado que reunirá al resto del grupo ese día. El 20 tengo el vuelo de regreso. En realidad he encajado el viaje entre la fecha de hoy (tengo entradas para ver Los hijos de Kennedy en el Teatro Alcazar), y el 21 en que debo recibir en Cibeles a una delegación del Ayuntamiento de Bangkok y acompañarles luego en una visita a Madrid Río.

Ya les iré dando cuenta puntualmente de mis andanzas. Mi hijo Lucas está trabajando para un laboratorio de la Universidad de Nancy, donde tiene contrato hasta Navidad, pero, para una posible prórroga hasta junio, le han pedido determinados papeles que estoy intentando conseguirle. Por ejemplo, el título internacional de Químico. Hace días, acudí a la secretaría de su Facultad. Me dijeron que conseguir ese título, era tarea ardua y dilatada (de hecho, ya he ido cinco veces a dicha secretaría, y no he conseguido ni siquiera entregar la solicitud).

Pero no quería hablarles de esto, sino de lo siguiente. Sobre el convencimiento de que era prácticamente imposible hacerse con ese título antes de 3 meses, pregunté si no había algo similar que pudiera conseguirse antes. Habíalo. Se trata de lo que llaman la Certificación Supletoria. ¿Y en dónde se puede conseguir? Respuesta: en el Vicerrectorado. Hace, pues, unos quince días, presenté la instancia correspondiente y este martes era mi turno de ir a recogerla. No me gustan los trámites burocráticos, pero me levanté, me duché y me propuse aguantar estoicamente lo que viniera, sin mosquearme ni ponerme nervioso. Debía acudir primero a mi trabajo a fichar, revisar el correo y hacer algunas tareas más. Después marcaría el código que tenemos para este tipo de salidas y me iría en coche a la Universidad.

Cuando estaba a punto de salir de casa, me dio el apretón (no conozco otra manera más delicada de decirlo). Así que di media vuelta y me instalé en lo que mi amigo Groucho llama el excusado (ya ven qué finos nos estamos volviendo en este foro). No era yo consciente de que, cuando uno se baja los pantalones y pone el culo en contacto con la fría superficie de la taza, de alguna manera está entrando en una especie de unión íntima con la Tierra, en una comunión telúrica con las capas más profundas de la corteza terrestre. Por abreviar: estaba yo en plena operación evacuatoria, en medio de un silencio sepulcral, y tenía incluso el papel preparado, cuando, literalmente, todo el escenario, conmigo incluido, se tambaleó y pareció bajar bruscamente unos centímetros, con un ruido seco.

Era un terremoto, por supuesto. Ya he sufrido otros similares y sé cómo son. Aún así, mi corazón empezó a latir aceleradamente. Miré mi reloj: las 7.35. Por la tarde, algunos vecinos del bloque, me dijeron que ellos no habían notado nada. Normal, a ninguno le había pillado en posición sedente y en contacto directo con las fuerzas sísmicas profundas. Aun aturdido, me levanté como un autómata, olvidando que había abierto la ventana de aluminio que ventila el excusado, en previsión de los efluvios fétidos propios de la actividad. Me di en la frente con la esquina de la ventana y me hice un siete superficial, que empezó a sangrar al instante. Me lo curé como pude, sumido en un vago presagio: empezamos bien el día.

Llegué al trabajo sin novedad. Aguanté el coñazo de dar explicaciones de mi herida y escuchar veinte veces la misma recomendación: no te lo toques. O sea, que me lo estaba tocando todo el rato. Es que estaba nervioso y con ganas de escaparme a por la Certificación Supletoria, para volver cuanto antes a rematar el trabajo que, como siempre que uno se va de vacaciones, se acumula en los últimos días. Al final pude salir. Llegué rápido a la Universidad, aparqué en un lugar prohibido junto al Vicerrectorado (pensé que sería un  trámite rápido, recoger el papel y ya) y llegué ante la ventanilla con gesto esperanzado. El tipo del otro lado (gafas de pasta, gesto reflexivo), examinó mi resguardo, cabeceó y dijo: “traerá usted la fotocopia del DNI”.

Busqué en mi carpeta y saqué una copia del DNI de mi hijo, llevo varias por si acaso. “No, el de su hijo no, el suyo, es usted el que retira el documento ¿no?”. No la tenía.  El tipo remachó: “Lo dice aquí bien clarito, en el resguardo que trae”. Era cierto. ¿Podían hacerme una fotocopia allí mismo? –pregunté. No. Lo decía también muy clarito en varios carteles de la pared: no se hacen fotocopias para el público en todo el edificio. El lugar más cercano es la boca de Metro, pero suele haber mucha cola, usted verá –concluyó el tipo con aire escéptico. Un minuto después, estaba en la cola, efectivamente larga y lenta, con mayoría de chicas que fotocopiaban tomos enteros de libros y apuntes. Saqué mi Smartphone y me enteré de los datos del terremoto: intensidad 3,5 en la escala de Richter, epicentro junto a Alcorcón, daños inexistentes.

Media hora después, regresé ante el hombre de las gafas de pasta. Recogió  mis papeles y me entregó un certificado muy vistoso, en color e impreso en papel consistente (¿sería de barba?). Le pregunté si con ese documento resultaría sencillo que contratasen a mi hijo. Me miró por encima de las gafas, perdonándome la vida, y procedió a ilustrar mi ignorancia: “Este papel, así tal cual, no sirve para nada. Tiene que legalizarlo en el Ministerio de Cultura, Paseo de Recoletos-28”. Ya que estaba en ello, decidí seguir en mi empeño aunque perdiera la mañana entera. Corrí al coche (no me habían multado) y salí cagando leches por la Avenida Complutense. En un semáforo consulté el Google Maps. La oficina estaba frente al Jardín Botánico, al lado de mi casa. Aparqué en mi garaje y corrí por el Paseo de Recoletos sorteando montones de basura.

Pasé un arco de seguridad, y entré a una sala pequeña, llena de gente. Un expendedor automático me dio el número 450. Me senté a enredar con el telefonillo, revisar el blog, leer el periódico, etc. En un rincón, una señora mayor hablaba en voz muy alta (tal vez estaba algo sorda), explicándole a su compañera más joven las sutilezas de la crianza y educación de los niños y lo inadecuados que son los hombres para eso. Los demás nos mirábamos perplejos: no teníamos necesidad de escuchar esa perorata que nos impedía concentrarnos en nuestras reflexiones respectivas. Pero poco podíamos hacer. Así que nos enteramos de que al niño hay que ponerlo a que haga los deberes y quedarse por allí, porque si no, en cuanto te das la vuelta, se pone a jugar a la Nintendo. Y, claro, si el que se tiene que quedar por allí se pone a ver el partido de la tele y no se entera, pues naranjas de la China. Me ahorraré los detalles sobre cómo hay que ponerlo a que haga caca y revisar la consistencia del zurullo en busca de rastros de dolencias infantiles.

La herida de la frente me volvía a sangrar (quizá me la había rascado), cuando por fin llamaron al 450. Me levanté y me dirigí a la puerta. Las señoras de la caquita del nene se sobresaltaron entonces: “¡Anda! Si nos han saltado”. Se asomaron conmigo a la puerta de la sala donde estaban los funcionarios y preguntaron por qué no habían llamado al 448. El primero de la derecha dijo que lo habían llamado dos veces y habían esperado un buen rato antes de llamar al siguiente. Las señoras dijeron que nadie lo había oído. Entonces, los demás esperandos intervinimos como un solo hombre: todos habíamos oído con nitidez cómo llamaban al 448, dos veces. En mi caso era mentira, pero me pareció oportuno sumarme a esa pequeña venganza colectiva por el coñazo que acabábamos de aguantar. Ante ese apoyo, el tipo dijo que pasara yo.

Al fondo me esperaba una rubia escuálida, de gesto maternal y cara de fumadora empedernida. Le entregué la Certificación Supletoria, la revisó, le puso un sello grande y cuadrado en la parte de atrás, añadió la fecha a mano y se la entró al Jefe de Sección, un tipo sudoroso que tecleaba vertiginosamente en su teclado, encerrado en una especie de pecera. Volvió al poco con el documento firmado y me lo dio. Me miró con cariño y, sorprendentemente, dijo: “¿Ya sabe que le falta la postilla?” Me toqué mecánicamente la frente y esbocé una disculpa: mi madre siempre me regañaba por tocarme las heridas, pero no podía evitarlo. Entonces le dio un ataque de risa incontrolable. Se tapaba la boca, me miraba de hito en hito, se ponía colorada. Todos sus compañeros la miraban intrigados.
 
Cuando por fin pudo hablar, me confesó que en veinte años de trabajo no había oído nada tan gracioso. No me estaba hablando de la postilla, sino de la Apostilla, un último trámite que debía de hacer en el Ministerio de Justicia. Con su mismo tono maternal, me explicó cómo llegar: “Verá, sale usted por la puerta por la que ha entrado, camina unos cincuenta metros a su izquierda; verá un kiosco de prensa, allí dobla a la izquierda: ya está en la calle Huertas (se llama así)”. Les ahorro el resto. Podría haberla cortado y decirle que el plano de Madrid es como el alfabeto para mí, y que además era mi barrio. Pero no quise ser borde con una chica tan amable, feliz de tener una anécdota nueva que contar a sus amigas por la tarde.

El resto no tiene mayor interés. Caminé entre basuras hasta la plaza de Jacinto Benavente, donde volví a repetir las rutinas anteriores, sin inconvenientes mencionables. El tipo del mostrador preguntó dónde estaba mi hijo. Tecleó brevemente, puso más sellos y en un minuto me entregó la Apostilla en francés. La Apostille. No es coña. Me ha salido una historia un poco larga, pero permítanme todavía una pregunta: en el mundo del Smartphone, la Tablet y el postureo del ciberespacio, ¿no les suenan un poco a rancio conceptos como Certificación Supletoria, Vicerrectorado, Apostilla, firma del Jefe de Sección, sellos manuales? Ahí lo dejo. Seguiré desde Nancy. Pórtense bien. Hagan sus deberes y entren al blog, que ya sé que, en cuanto me doy la vuelta, se ponen a jugar a la Nintendo.

4 comentarios:

  1. La cuestión del papeleo en este país es un valle de lágrimas por eso le entiendo a usted y sus periplos cirquenses. Y lo digo porque me encuentro en nuestra querida Coruña intentando arreglar unos "papeles" para considerar la "dependencia" de mi madre y es una auténtica coña pampera. Te entregan uno, lo cubres, lo entregas al día siguiente e...inmediatamente te dan otros tres para que los cubras y los entregues en otro sitio que, a su vez una vez entregados, te sorprenden con otros dos a los que les esperan cuatro y así sucesivamente. A este paso la "dependencia" de mi madre va a ser total de los "papeles" que tanto gustan al funcionario medio en época de celo.
    Un abrazo y no desespere.

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    1. Tenga usted paciencia. La forma de ganarle la partida a los burócratas es ser más pesado que ellos. Un abrazo.

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  2. Ah!!! y cuídese la herida. Hágaselo ver...

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