martes, 27 de agosto de 2013

167. Sobre la candidatura olímpica

A poco más de diez días de que se sepa cuál va a ser la sede de los Juegos Olímpicos de 2020, las cábalas se disparan. La candidatura de Madrid la forma un grupo de gente convencida de que vamos a ganar, aunque no se sabe a ciencia cierta cuál es el fundamento de ese convencimiento a prueba de bomba. Sí parece claro que Estambul no se va a comer un colín, no está el mundo árabe para tonterías. Sin embargo, los japoneses ofrecen una candidatura sólida y trabajada, garantizan educación, sentido cívico, organización y seriedad y parecen estar tan convencidos de ganar como nosotros. Así que la cosa, creo yo, está entre Tokio y Madrid.

¿Y cuál es mi opinión al respecto? ¡Hombre! Pues a mí me gustaría que ganáramos nosotros, qué quieren que les diga. Ya sé que entre el estrato de gente en que me toca desenvolverme, y de donde, supongo, proviene la mayoría de mis lectores, existe una corriente en contra de la Olimpiada, basada en la preclara teoría de que, con la que está cayendo, deberíamos de gastarnos el dinero en educación, sanidad e investigación y que, si finalmente nos toca organizar la gran cita, sólo servirá para que se forren unos cuantos Bárcenas, Florentinos, etc. En fin, que si esos son los razonamientos, no merecería la pena ni perder el tiempo de escribir un post para rebatirlos. Para mí, esa línea de pensamiento es simple demagogia.

Desde luego que, si se lo lleva Tokio, no me voy a llevar un disgusto mayor que cuando el Deportivo bajó a Segunda. Además ya saben lo bien que me caen los japoneses. Pero mi sentimiento es a favor de Madrid, y los sentimientos no se explican, se tienen. Eso no quiere decir que no hagamos por informarnos al respecto. Con ese objetivo escribo estas líneas. No espero que nadie cambie de opinión. Lo de los contrarios es también un sentimiento, presumo que menos informado que el mío, pero allá ellos, respeto su opinión, por supuesto.

Cualquiera que se haya preocupado de informarse un poco sobre el COI, el comité encargado de seleccionar a la ciudad organizadora de los juegos, sabrá que se trata del segundo organismo más corrupto y menos democrático de los que se mueven a nivel mundial. Un foro en el que se resuelve todo por mamoneos, tipos que sospechosamente se equivocan al darle al dedo y votan lo contrario de lo que prometieron, delegados africanos y de otros lugares, que viven del cuento y probablemente consiguen además dinero para sus familias, matrículas en Universidades punteras para sus hijos, o pingües beneficios para sus empresas. Todo lo que se imaginen se quedará corto. Sólo les falta votar en papeletas y quemarlas después produciendo humo blanco, para igualarse con los que ostentan el primer lugar del ranking.

Eso es cierto, como también lo es que algunas ciudades que han organizado Olimpiadas en tiempos recientes, han sufrido consecuencias económicas desastrosas. Se dice que Montreal (1976) todavía está pagando las deudas de su Olimpiada. Cuesta creerlo, después de visitar esta ciudad magnífica, con sus centros comerciales subterráneos donde la gente se protege del frío. A mí no me dio una impresión como la que se ve en las recientes fotos de Detroit, pero se dice que fue un fracaso como negocio. Tampoco Atenas (2004) se benefició mucho de su organización, que sólo le sirvió para despilfarrar aun más y agudizar la crisis monstruosa que venía. Pekín es otro ejemplo negativo, con sus construcciones mastodónticas abandonadas.

Pero, en el otro lado, podríamos citar a Barcelona (1992), una ciudad que aprovechó la ocasión para dar el salto definitivo, o Sidney (2000) que demostró que un sarao de este calibre puede montarse bajo los parámetros de la sostenibilidad medioambiental. La propia Londres acaba de organizar unos Juegos prácticamente perfectos. Conviene recordar cuál es la historia de esta fiesta planetaria que se celebra cada cuatro años. En realidad, deberíamos hablar de Juegos Olímpicos “Modernos”. Porque los Juegos Olímpicos a secas, son los que se celebraban en Grecia en la antigüedad. 

La primera referencia escrita sobre unos Juegos Olímpicos corresponde al año 776 antes de Cristo, aunque probablemente se venían celebrando desde algo antes. Y los Juegos sobrevivieron hasta que fueron prohibidos en el 393 después de Cristo, por el emperador romano Teodosio, que los consideró una festividad pagana (un beato dando el coñazo, como siempre). Es decir, que los Juegos Olímpicos sensu stricto, se celebraron ininterrumpidamente cada cuatro años durante casi 12 siglos. Estos Juegos tenían lugar en la ciudad de Olimpia, de la que quedan mínimas ruinas que pueden visitarse, aunque no tienen demasiado interés.

La competición principal era el Pentatlón, compuesto por carrera, saltos, disco, jabalina y lucha. Había también otras modalidades de lucha, carreras de carros como la de Ben Hur y competiciones de todo tipo. En la antigua Grecia, el ideal del hombre libre, base de la democracia, se conseguía potenciando el deporte desde la niñez, junto a la música, la danza, la lectura, la escritura y la aritmética. A los 12 años los niños ingresaban en la palestra, a los 16 en el gimnasio y a los 20 recibían sus armas y ya podían participar en los Juegos. Unos Juegos que tenían lugar en julio y agosto, frente al altar de Zeus, en Olimpia.

Durante su celebración, acudían a la ciudad deportistas de todo el mundo civilizado (localizado en torno al Mediterráneo). Las guerras se interrumpían y todos los países respetaban la llamada “tregua olímpica” que no sólo afectaba al propio desarrollo de los Juegos, sino también a los viajes de los que en ellos participaban. Los Juegos eran también ocasión para cerrar tratos comerciales, negocios y hasta tratados de paz. Los vencedores de las distintas modalidades recibían una corona de hojas de olivo y regresaban a su tierra como héroes. Era tradición abrir una puerta nueva en la muralla de la ciudad para que el héroe entrase por ella.

Después de 15 siglos de interrupción, los desvelos de un puñado de entusiastas, encabezados por el barón Pierre de Coubertin, consiguieron recuperar esta tradición. Los primeros Juegos modernos se celebraron en Atenas, en 1896. Es decir, que llevamos poco más de un siglo con esta historia, frente a los 12 de la antigüedad. Los primeros Juegos de esta era fueron maravillosos y sólo se interrumpieron por las dos guerras mundiales. Después, la cosa se tergiversó por la aparición de fenómenos como el profesionalismo, los beneficios financieros, el avance de los medios audiovisuales o la conversión del deporte de élite en espectáculo de masas, en el contexto de la sociedad de la información. Todo ello ha desvirtuado el espíritu Coubertin.

Sin embargo, el carácter rotatorio de la sede aporta un elemento nuevo. Las ciudades sede afrontan una apuesta que a veces sale bien (Barcelona, Sidney, Londres) y a veces mal. Y subsiste el carácter festivo y efímero de un acontecimiento de tres semanas de duración, que concentra una cantidad ingente de esfuerzo, de recursos económicos y creativos, de imágenes inolvidables, de emociones intensas y momentos estelares que permanecen mucho tiempo en la memoria de las gentes. Cómo no estar a favor de un evento como este.

Si los Juegos fueran a celebrarse el año que viene, entendería que no resultaran oportunos. Pero ¿en 2020? ¿Alguien sabe cómo vamos a estar ese año? Lo normal es que hayamos salido ya de la crisis. ¿Podrían soportar los madrileños de 2020 que los Juegos se celebrasen en otra ciudad, porque siete años antes sus hermanos mayores no pusieron todo su empeño en conseguir la candidatura, cegados por una crisis que se entendía como definitiva?

Por favor. Uno ya tiene los cojones negros de cien batallas. Uno ha crecido en un mundo en el que había que fumar si no querías que te tacharan de rarito. Y donde el aceite de oliva era malo y había que usar girasol. Por no hablar del pescado azul. Y ahora hay que tomar aceite de oliva y pescado azul y no fumar. ¿Quién sabe cómo va a ser el mundo en 2020? Si nos dieran la Olimpiada sería una inyección de optimismo y seguro que algo ayudaría en la salida de la crisis. Un  poquito de visión de futuro.

Ya sé que hay muchos chorizos por aquí, que intentarán hacer el negocio de su vida. Pues controlémoslos. A pesar de los Bárcenas, España sobrevive. Les recomiendo que lean el artículo de ayer de Manuel Toharia. A este país lo va sosteniendo lo que se llama la sociedad civil, que va por delante de nuestros dirigentes. Como en los últimos tiempos de Franco. Los que no están a la altura son los políticos, que son una minoría. Ellos son los corruptos y hay que vigilarlos. Así que, ahora, vayamos a por la Olimpiada. Y después, transparencia y trabajo. Aquí el artículo que les digo. Que duerman bien.

4 comentarios:

  1. Tenía yo un colega y amigo que decía que le habían crecido percebes en los cojones de tantas impertinencias como había soportado en guardias de hospital. Era aún más exagerado que tu. Por lo demás estoy de acuerdo contigo y en especial,no puedo evitar mencionarlo, en el tema nacionalista que, por lo que he podido ver, no todos entienden a pesar de tus claras explicaciones históricas y otras en el tema escocés.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Lo del nacionalismo ofende a la inteligencia. Hace años pensaba que me tocaría vivir para ver como se hundía en el descredito de las ideologías más perversas, pero pasan los años y ya he perdido la esperanza. Los que pensamos como tú y yo somos una minoría y no salimos del agujero.
      Lo de los percebes es una buena metáfora, la incorporaré a las mías. Gracias y buen fin de semana.

      Eliminar
  2. Quizá no sepas que la mayoría de las instalaciones deportivas de Barcelona 92 están decrépitas y abandonadas. Y que no fueron tan rentables como nos hicieron creer los catalanes. Y en todo caso, cuando el COI no se ha fiado de Madrid, por algo habrá sido.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Puede que las instalaciones deportivas estén hechas polvo, pero las infraestructuras que se construyeron están perfectamente. La ciudad aprovechó el asunto para abrirse al mar y darse a conocer a nivel mundial. La rentabilidad global para la ciudad fue indudable. Otra cosa es que en Madrid pasara lo mismo. Posiblemente no. De todas formas, nunca lo sabremos. El COI se ha decantado por una propuesta mucho más potente de un país más poderoso y solvente.

      Eliminar