sábado, 22 de julio de 2017

653. A punto de echar a volar

Sí señor, aquí me tienen a punto de echar a volar, cual golondrina en alero. Me había reservado este sábado para prepararme la maleta y esas cosas, pero resulta que me ha sobrado más de la mitad del día. Les cuento. En realidad llevo más de una semana concentrado en tareas preparatorias de esta nueva aventura en la que (no sé si han caído en la cuenta) actuaré como único representante de esta vieja Europa que tanto quiero. En efecto, las restantes ciudades que van a participar en el sarao son: Portland, Boston, Los Ángeles, Ciudad de México, Buenos Aires, Santiago de Chile, Curitiba, Río de Janeiro, Johannesburgo, Tshawne (Sudáfrica), Yakarta y Nanjing (China). Y Madrid. Se nos ha distribuido un cuadernito con los perfiles fotos y biografías de los 21 participantes, incluyendo los de la propia organización C40 y los cinco de Portland que actúan como anfitriones. Como siempre, mayoría de mujeres. En este caso no abrumadora: doce señoras y nueve caballeros.

Les decía que llevo una semana dedicado a preparar el viaje, por las mañanas rematando tareas en el curre, preparando mis presentaciones y repasando textos para el workshop. Y por las tardes haciendo reservas de hoteles, visados y transportes para la segunda parte de mi viaje, la de mis vacaciones. Pero resulta que esta semana mi vida ha dado un pequeño cambio, porque mi hijo Kike, que estaba a punto de completar dos años viviendo conmigo, ha iniciado su propio vuelo particular y se ha marchado a un piso con dos colegas, algo de lo que me avisó apenas un mes antes. Hace dos años yo estaba como un cura, con toda la casa para mí, pero he de reconocer que en estos momentos lo estoy echando de menos al jodido. Hemos estado muy a gusto en este tiempo y ahora estoy sintiendo la ausencia, que se suma a otras ausencias, morriñas y melancolías de las que no se comentan en este blog, donde parece que yo siempre estoy contento y optimista. Bueno, como homenaje al bueno de Kike, voy a poner un video que creo que expresa mejor que ningún otro la sustancia de eso que llamamos la ausencia. Al micrófono, la canaria Rosana Arbelo, la chica de Lanzarote.


Bueno, después de estas efusiones les diré que viajo ilusionado a USA, un territorio por el que tengo una indudable debilidad. Mucha gente odia a los americanos, como mucha gente odia a los ricos o a los poderosos. Pero, para mí, los yanquis son un pueblo depositario en estos momentos de lo mejor y lo peor de la Humanidad. Esa dualidad se expresó de manera dramática con la elección de Trump, que ganó por un margen muy estrecho, incluso con menor número de votos globales que su contrincante (¿quién se acuerda ya de Hillary?), aupado a la presidencia por una serie de sectores de edad, nivel educativo y territorios muy claramente diferenciados de los que no le votaron.

El otro día les hablaba de la iniciativa de Bloomberg al frente de un montón de ciudades y estados americanos que han prometido formalmente seguir cumpliendo las directrices del Acuerdo del Clima de París. Bueno, pues AQUÍ tienen la declaración (es muy cortita y no tengo tiempo de traducírsela, tal vez pueden hacerlo ustedes) y, sobre todo, la impresionante lista de alcaldes que la han firmado. No es extraño encontrar a las tres ciudades que participarán en el workshop al que yo viajo, junto con Nueva York, Washington, Chicago, Philadelphia, Seattle o San Diego. Pero emociona encontrar también lugares como Houston, Kansas City, Nueva Orleans o Salt Lake City. Debajo está la relación de estados firmantes, y otras dos listas impactantes: la de universidades y la de grandes empresas americanas. Estos son los Estados Unidos que yo adoro. El cambio climático es un asunto muy serio y occidente ha tomado conciencia de su gravedad. La tesis de Al Gore de que este fenómeno está ya en el origen de las grandes migraciones, se va extendiendo.

Por lo demás, USA ya no tiene otro liderazgo que el militar en un mundo interconectado. La ONU y sus organizaciones son un reflejo de ese multiliderazgo y prueba de ello son los diferentes índices que se publican bajo su amparo. Abajo les pongo el link al mapa interactivo, recién actualizado, sobre los países más pacíficos y seguros del mundo. El ranking, que evalúa a 163 países, sitúa a la cabeza a Islandia y en segundo lugar a Nueva Zelanda, algo que no es muy sorprendente, puesto que ambos países se llevan turnando en los dos primeros puestos desde que se empezó a elaborar el ranking. Pero lo que me sorprende y me alegra muchísimo es el ascenso al tercer puesto de nuestros queridos vecinos de Portugal. Por lo demás, España está en el puesto 23, por detrás de Japón (10) y la mayoría de los países nórdicos, y por delante de Francia o Inglaterra, no digamos ya USA y Rusia, que están bastante atrás. Tampoco se sorprenderán de conocer al colista: la desdichada Siria, seguida de Afganistán e Irak. AQUÍ el enlace.

En fin, anteayer jueves, empecé a pensar en mi maleta. Y, como es lógico, lo primero que busqué fue la propia maleta. No estaba. Llamé a mi hijo y me confirmó que se la había llevado él. La había usado para la mudanza. Así que quedamos en mi casa, aprovechamos para cargar el coche con más cosas de las que se está llevando y fuimos a su nueva casa. Está bastante bien, en un barrio muy agradable (Menéndez Pelayo). Subimos los trastos, bajamos la maleta al coche (ya la tenía guardada en la parte de arriba de su armario) y luego nos fuimos a cenar unos chopitos a una de las terrazas de ese barrio tan castizo. Mi nueva condición de solateras domiciliario abre una nueva época sobre la que habré de tomar unas cuantas decisiones, que ya se irán contando en el blog (suponiendo que se merezcan un texto).

Ayer viernes tuve un largo día de despedida en el trabajo, que ya saben que, cuando uno se toma unos días de descanso, todo el mundo le apremia para que deje terminadas sus tareas. Por la tarde estaba tan cansado que hice un par de recados y me tumbé a leer. Esta mañana me puse a la tarea de hacer la maleta. Y lo primero que constaté es que no tenía bastantes calzoncillos. Cogí el Metro y me subí al Corte Inglés, que en una cita con tantas damas no puede uno ir hecho un marrano, reciclando calzoncillos. El día estaba precioso y decidí regresar andando. Mis pasos me llevaron al Palacio Gaviria, donde hasta hace poco hacíamos el workshop de conversación inglesa de los miércoles (empezamos en el Martínez Bar, luego nos trasladamos al Gaviria y hace un tiempo que lo hacemos en un aula junto al mercado de Antón Martín).

En el Palacio Gaviria se anunciaba una exposición del dibujante holandés Escher y me metí a verla, aunque ya no es la primera exposición de este señor que veo. Estuve casi una hora allí. Apretaba el calor a la salida, pero continué mi camino hasta casa. Como suelo hacer, coloqué sobre una cama todas las cosas que tengo que llevarme (en la tierra a la que viajo hace unos 15 grados menos de temperatura) y luego bajé a comer al restaurante Matilda, muy cerca de mi casa. Una siesta y el último de los trabajos: meter las cosas en la maleta. Aun me sobraba media tarde. Así que me he puesto a escribir. Mi vuelo es a las 6.00 de la mañana. Me dicen en la agencia que debo estar tres horas antes, porque desde la llegada de Trump están un poco tontos con los viajes a USA y hay un control de seguridad extra. Confío en que no me hagan un tacto rectal para ver si llevo drogas o propaganda yihadista. A ver si voy a tener que visitar al proctólogo nada más llegar a destino. Sean felices y pórtense bien.   

No hay comentarios:

Publicar un comentario