martes, 18 de julio de 2017

652. Una larga aventura de conferenciante

Bueno, descanso un rato de las tareas de preparación de mi inminente viaje a Portland (Oregon, que no Valderrivas) y me siento a cumplir con el blog, aunque entiendo que muchos de mis seguidores habituales estarán por ahí en alguna lejana playa o montaña disfrutando de un merecido descanso. En Madrid se nota el éxodo, yo creo que la gente vuelve a irse de vacaciones con el mismo furor que en los tiempos anteriores a la crisis, hasta el punto de que, desde mediados de la semana pasada, estoy acudiendo a mi trabajo en coche, porque estos días hay sitios para aparcar en un parque cercano a mi oficina, donde durante el resto del año es misión imposible encontrar un hueco.

Como les contaba en el post anterior, mi próximo workshop supone un salto adelante en mi carrera de conferenciante o participante en mesas redondas y formatos similares. Una cosa es salir a un estrado y soltar un rollo (en el idioma que sea), que te has podido preparar y ensayar y apoyándote con imágenes que entretienen a un auditorio pasivo, que se limita a escuchar. Como mucho, al final te hacen unas cuantas preguntas, que contestas como puedes, o incluso, como me sucedió en San Petersburgo, a veces te espera la prensa o la TV y te graban unas declaraciones en directo. Esto tiene un nivel de dificultad que nunca me ha supuesto grandes problemas. Lo de Portland es diferente. Lo de Portland es un encierro de tres días con un grupo de técnicos de diferentes países, cada uno con un acento diferente y con los que tengo que mantener una comunicación continua, que no se interrumpe ni para las comidas y cenas, que serán colectivas.

He participado en talleres de este tipo, por ejemplo en Amberes, pero se trataba de sesiones de una hora o dos, en las que a ratos no me enteraba de lo que se estaba diciendo, pero no pasaba nada, porque captaba el sentido general y eso me permitía intervenir de vez en cuando. Y luego me podía ir a descansar al hotel o a dar una vuelta. Esta vez mi grado de riesgo y compromiso es más alto y veremos qué tal me sale. En realidad, esto de hablar en público es una tarea que se aprende a base de practicar y repetir, siempre que, por supuesto, te interese mejorar y te esfuerces en lograrlo. En este blog he contado ya mis historias de corredor (Post #47, Post #80 y Post #90) y mi trayectoria de escritor (Post #117 y Post #118). Bueno será hacer memoria de mi andadura de conferenciante.

En realidad yo siempre tuve una cierta vena de showman, que desarrollé en el Colegio Mayor en el que viví cinco años y, más adelante, en las ocasiones que se me presentaban, pero siempre en tono festivo o jocoso, interpretando canciones a la guitarra, haciendo imitaciones o monólogos, con bastante soltura y frecuente cosecha de aplausos. No hace mucho recuperé esa vena en la comida que le dimos a mi amigo X con motivo de su jubilación. Ese sustrato me ha dado bastantes tablas a la hora de hablar en público, aunque se trate de temas más serios. Tengo un currículum con un anexo en el que minuciosamente voy anotando todas mis actividades de difusión del urbanismo de Madrid y, según mis notas, mis primeras conferencias son de 1997, hace ya veinte años.

Empecé dando charlas sobre el Plan General en cuya elaboración participé entre el 92 y el 97 y luego fui ampliando los temas de mis intervenciones, a partir de un hecho incontestable: a todos mis compañeros del Ayuntamiento este tipo de actividades les parece un coñazo y una cosa incómoda y fastidiosa y a mí, por el contrario, me encanta. Así que, cada vez que había que atender a alguien de fuera, la tarea acababa cayendo sobre mí. Especialmente con los extranjeros. En la antigua Gerencia de Urbanismo de la calle Paraguay, los conserjes y ordenanzas, cada vez que veían aparecer a alguien al que no entendían, o con pinta de extranjero (por ejemplo, un negro o un chino) me llamaban corriendo. Los grupos más numerosos normalmente avisaban y se les preparaba una sala con proyector, etc. Naturalmente, yo pedía que estos grupos vinieran con un intérprete y les hablaba en español.

Como buen autodidacta, me preparaba mis charlas de forma un tanto heterodoxa, basándome en mis recuerdos y mi práctica como urbanista, porque nunca he sido un estudioso del tema. Aquí tengo que citar una ocasión en la que sucedió algo decisivo. He rastreado la fecha en mi currículum y parece que fue el 1 de junio de 2005. Ese día debía de dar una charla a un curso de postgrado de la Escuela de Ingeniería del Territorio, de Cagliari. En esos tiempos eran muy frecuentes los intercambios con la Escuela de Arquitectura de Madrid. Normalmente había un profesor de aquí que contactaba con nosotros, pero luego no venía con los chicos. O a lo mejor sí venía, pero se limitaba a acompañarlos hasta el salón de actos y luego se iba y aprovechaba la ocasión para ir a ver a alguno de mis compañeros con más pedigrí de arquitecto.

Ese día, los italianos venían con Julio Pozueta, catedrático ahora a punto de jubilarse y uno de los urbanistas a los que más respeto, dentro del mundillo endogámico de la Escuela, en el que nunca me he movido muy a gusto. Julio me presentó y pensé que, como todos sus colegas, se marcharía de la sala. Con terror observé que se sentaba en la primera fila. Le pregunte: –Julio, pero ¿te vas a quedar? Abrió los brazos y dijo: –Claro. –Es que me da mucha vergüenza, porque lo que yo suelo contar no tiene ningún rigor académico; son sólo mis reflexiones personales basadas en mi práctica profesional de años. Un poco sorprendido, me contestó: –Si quieres, me voy. Obviamente, le dije que se quedara. Hice mi presentación un poco incómodo al principio, pero a los cinco minutos me había olvidado de su presencia. Y al final, para mi sorpresa, me felicitó. Me dijo que mi discurso había estado muy bien, que era muy personal pero, precisamente por eso, muy interesante para unos alumnos de postgrado.

En fin, tuvo que venir alguien a decirme que lo que yo hacía tenía un cierto nivel. Y a mí los halagos siempre me sirven de acicate. A partir de ahí me esforcé en leer cosas al respecto, en ampliar datos, en contrastar las fuentes de todo lo que iba incorporando y en mejorar mis imágenes. Lo que ahora le cuento a la gente es diez veces mejor que lo que pudo escuchar mi admirado Julio Pozueta, que seguramente ni se acuerda de esta anécdota. En paralelo fui también reforzando mi dominio de los idiomas. Yo estudié francés en el cole y aprendí un inglés elemental a fuerza de traducir las canciones del rock and roll. Y tengo una facilidad innata para los idiomas, de raíz familiar. En este terreno la mejora fue gradual.

Ya les he dicho que al principio utilizaba intérpretes. Pero cuando me traducían al inglés o al francés, mi conocimiento de esas lenguas me permitía darme cuenta de cuándo el intérprete estaba contando algo diferente de lo que yo había dicho en español, lo que me ponía muy nervioso y me cabreaba mucho (y que no me sucedía con el japonés, el coreano o el ruso). Entonces empecé a lanzarme a hablar en francés y en inglés, pero siempre con el intérprete al lado, a quién recurría para ayudas de vocabulario o expresiones que no me venían a la boca, o incluso para continuar en español cuando me cansaba. El paso siguiente fue recibir delegaciones sin intérprete.

Una vez dado ese paso empecé a acudir al extranjero, a congresos y saraos diversos. Por ejemplo, mis trabajos en Sri Lanka incluyeron tres charlas con público en Colombo. Aunque aquí ya debía manejarme en inglés con los locales y en francés con mis colegas de París. Los idiomas no tienen otro secreto que practicar y practicar. Y si tienes una cierta facilidad y un poco de oído musical, poco a poco vas perdiendo el acento. En los últimos viajes a Sri Lanka ya me dijo Philippe que no me quedaban restos de mi acento del principio. Y, en cuanto al inglés, pues ya se contó en el blog que, hace dos veranos, en mi gira por tres ciudades alemanas, me felicitaron por mi acento con el inglés en dos de las ocasiones. La primera vez pensé que me estaban tomando el pelo. Pero a la vuelta, me apunté al taller de conversación inglesa al que sigo acudiendo todos los miércoles. El acicate de los halagos. 
  
En veinte años de conferenciante, como se pueden imaginar, me ha pasado de todo. Hace años era muy frecuente que tú llegaras con tu presentación y te encontraras con un ordenador no compatible. O un proyector fundido. Entonces tienes que arreglártelas sin imágenes, lo cual es bastante difícil, sobre todo si no te lo has preparado. A veces no funcionaba el micrófono y debía forzar la voz, algo que no me gusta. En alguna ocasión me interrumpió algún oyente borde diciendo que lo que estaba contando era una mierda o no era lo que él esperaba. En estos casos (poco frecuentes), lo que yo hacía era preguntar al público si estaban todos de acuerdo con el tipo, en cuyo caso ofrecía cortar y marcharme. Siempre quisieron seguir y al final era el borde el que se largaba. También he hablado para auditorios prácticamente vacíos lo cual es bastante desalentador.

Y, en una ocasión, en la Junta de Usera contando el Avance del fallido Plan General de Gallardón, a medio speech me quedé sin voz. Cada vez que intentaba reanudar el discurso me daba la tos. Como el de yo tenía un chorro de voz. Ante eso, escribí en un papel: necesitaba un vaso de agua y cinco minutos de pausa en silencio. Transcurridos los cinco minutos, reinicié con cautela y pude remontar la situación. El concejal del distrito, que estaba presente, me dijo al final que le había sorprendido y admirado forma en que había sorteado el percance.

Veremos cómo me va en el workshop de Portland. Supongo que terminaré cada día agotado. Pero intentaré irles contando lo que vaya siendo de interés para el blog. Y recuerden que luego tengo unos días libres para visitar Vancouver y Seattle. Me estoy organizando y programando todo lo relativo al viaje, pero prefiero contárselo según vaya sucediendo. Tengan paciencia y disfruten del veraneo. Chao, chao.

4 comentarios:

  1. El 20.07.17, Anónimo dijo:
    Mucha suerte, valor y al toro. Seguro que sales por la puerta grande. Yo soy incapaz de hablar en público y solo de imaginar eso de quedarme sin voz a la mitad, se me abren las carnes. Quita, quita...

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    1. Mi respuesta del 23.07.17:
      Muchas gracias, hombre. Como decía Juan Belmonte, ze hará lo que ze pueda.

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  2. El 20.07.17, Mariano F. Sanchez dijo:
    Saldrá todo de maravilla. Los Americanos son amables y facilitan todo. No tendrás problemas, son tan amables como los vascos

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    1. Mi respuesta del 23.07.17:
      Gracias a ti también. Aquí haciendo tiempo en el aeropuerto. Los americanos son cojonudos. Y los vascos también.

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