domingo, 1 de septiembre de 2019

867. Sapiens y el helicobácter

Bueno, como me imaginaba, mi anterior post ha caído como una bomba. O sea que tú –me dicen–, que eras el campeón de la solidaridad, el progreso, la modernidad, el feminismo, la cultura, la vanguardia y el buen rollo, no sólo no te vas de ese Ayuntamiento regido por feos, corruptos y fascistas, sino que te muestras proclive a colaborar con ellos y hasta sugieres que te vas poco menos que a autocensurar para evitarte problemas con tus nuevos jefes, poniendo en riesgo la coherencia ideológica del blog y patatín y patatán. Ya me esperaba yo reacciones de este tipo. ¡Ah!, la mejor de todas: ahora entiendo tu fobia al pacífico y civilizado movimiento independentista catalán –dice un simpatizante del prusés, que sigue mi blog no sé para qué.

En fin, yo creo que no hay que exagerar. Sólo me he dado una pequeña prórroga, por ayudar a salvar el trabajo que hemos hecho en estos últimos tres años y medio. Un programa a medio/largo plazo que, por tanto, aún no había supuesto ninguna mejora concreta y visible para los barrios del sureste donde habíamos centralizado nuestro esfuerzo y por eso sólo llegó a la gente más inquieta e informada de esos barrios. El proverbial señor de la garrota y la silla de enea tomando el fresco a la puerta de su casa, no se había enterado de nada y por eso pasó de votar. Para que ese trabajo no sea en balde, hay que llevarlo a término y que fructifique. El equipo del que formo parte está empeñado en ese esfuerzo y me han pedido que aguante un poquito más. Y yo no puedo ser inmune al cariño y el respeto que me muestran.

Pero además, uno tiene derecho a tener sus contradicciones ¿o no? ¿Acaso ustedes no las tienen? En realidad, aquí sucede una cosa. Este blog es una propuesta literaria en la que yo me he erigido en protagonista de mis textos, convirtiéndome en el personaje literario de mi propio blog. Pero en paralelo hay un Emilio real, que tiene notables diferencias con el que aparece en el blog. En este foro yo me muestro seguro de todo lo que digo, optimista, resolutivo, desprejuiciado, impúdico y hasta moderadamente faltón. En el mundo real soy más dubitativo, reflexivo, cuidadoso y formal. Son dos caras de mi personalidad. La clásica disociación freudiana. Mi personaje del blog es una especie de alter ego, en el que se materializa lo que yo querría ser o lo que imagino que podría llegar a ser. Pero ese personaje sólo existe en mi imaginación. El otro es lo que soy en la realidad. Por supuesto, hay interferencias entre uno y otro, en los dos sentidos; en mis textos reflejo muchas cosas de mi personalidad real y en la realidad a veces actúo exactamente como se esperaría de mi personaje bloguero. Pero somos dos entes distintos. Y aquí viene a cuento el extraordinario libro Sapiens del que les hablo a continuación.

Me estoy refiriendo a uno de los libros más vendidos de los últimos años Sapiens, de Yuval Noah Harari (2013). Este señor es judío, antropólogo, profesor de historia medieval de la Universidad de Jerusalén y ahora autor de una serie de libros que se están vendiendo por millones por todo el mundo. Les cuento cómo he llegado hasta él. Hace meses, mi amigo Mariano me habló de este libro y hasta lo cité en el blog, pero lo cierto es que no lo había leído. Este verano, aprovechando el lapsus por las vacaciones del club Billar de Letras, he leído varios libros por mi cuenta, como La ciudad infinita, ya comentado, o Abecedario de pólvora, de la pluma de Yordán Radíchkov, escritor contemporáneo búlgaro muy valorado, que me ha gustado mucho, aunque es de temática rural, por lo que no encaja en un blog urbano como este. La cosa es que hace una semana me surgió la necesidad de hacerle un regalo a un amigo por su cumpleaños y le compré el Sapiens. Y he aquí que lo tuve en mi casa unos días, se me ocurrió ojearlo ligeramente y me enganché. Finalmente acudí a la fiesta de cumpleaños de mi amigo con las manos vacías y le dije que le había comprado un libro pero que no se lo iba a dar hasta que me lo terminase.

Sapiens es fascinante. Es que ahí está toda la historia del ser humano hasta el día de hoy. Si no lo conocen, se lo recomiendo encarecidamente. Lo que quiero decir, querido lector, es que, yo que usted, ahora mismo interrumpía la lectura de este post y bajaba a la librería de la esquina para hacerme con un ejemplar. Según Harari, la historia del Homo Sapiens, está jalonada por tres revoluciones fundamentales: la revolución cognitiva (hace unos 70.000 años), la revolución agrícola (hace 12.000 años) y la revolución científica (hace 500 años), de la que, como un fenómeno subordinado, nace la revolución industrial (hace 200). Al final anticipa la nueva revolución que estamos viviendo ahora, la digital, a la que dedicará su siguiente libro Homo Deus, que no he leído, pero que debe de ser también muy bueno.

¿Qué relación tiene todo esto con lo que les estaba contando sobre mí mismo? Pues muy sencillo. Dice este señor que esa revolución cognitiva convierte al Sapiens, hasta entonces uno más de los homínidos que pululaban por la Tierra (neanderthal, erectus, australopithecus, floresiensis y otros), en otra cosa diferente, en una especie dominante, que conseguirá acabar con las demás, generando una estirpe de cazadores/recolectores, que dominarán el mundo hasta que pasen a asentarse en territorios estables tras la revolución agrícola. El Homo Sapiens surge en la parte oriental de África mucho antes de esa revolución cognitiva. Y durante miles de años convive con otras especies de homínidos y animales. ¿Y en qué consiste esa revolución cognitiva tan decisiva? Pues según Harari en la capacidad de imaginar cosas que no existen, en la facultad de fabular, de engañar, de visualizar previamente cosas que luego puede fabricar o encontrar. En una palabra: en la posibilidad de hacer ficción y de compartir colectivamente esa ficción, es decir, que haya un grupo que se crea esa ficción y la haga suya. Lo que yo hago en mi blog 70.000 años más tarde.

En ese punto de inflexión comienza la posibilidad de inventar, empezando por armas o utensilios, como la aguja de tejer. También la facultad de domar el fuego y cocinar. Y la capacidad de elaborar leyendas, mitos y religiones. Es el gran salto de la humanidad. Y el Sapiens se va extendiendo por todo el mundo, coloniza Eurasia, llega a Australia a través de Indonesia, y a América a través de Alaska. Y, cada vez que llega a un territorio, causa la extinción de un montón de especies autóctonas, empezando por los animales más grandes, como los mamuts, o sea, que lo que está sucediendo ahora no es una excepción histórica, sino un paso adelante en la evolución del mayor depredador que ha habitado sobre la faz de la Tierra. El libro cuenta muchísimas cosas de interés. Por ejemplo, que el perro fue el único animal que el Homo Sapiens domesticó en su fase de cazador/recolector. Luego, tras la revolución agrícola le siguieron gallinas, vacas, ovejas, cabras, asnos y caballos.

Para Harari, la revolución agrícola fue una estafa, el hombre vivía mucho mejor como cazador y recolector y, cuando decidió asentarse en territorios fijos, pasó a ser un tipo que tenía que currar todo el día, ocuparse de la seguridad, defender sus cultivos y arreglárselas con las tormentas y pedriscos. El cazador/recolector, ante una tormenta, se iba un poco más allá y pasaba de problemas. Desde esos períodos ancestrales, el libro se adentra en la historia de la Humanidad hasta nuestros días, desmenuzando con total precisión las religiones, los imperios, las guerras, el capitalismo, el comunismo y todas las demás tendencias de la mente humana. Todos estos conceptos son para Harari invenciones del Sapiens, que los demás humanos aceptan e interiorizan. Es decir, no son entes reales sino imaginados, son constructos que idea algún sapiens o un grupo de ellos, y que un colectivo mayor admite, asume y defiende.

También las sociedades anónimas, las modas, el comercio, el periodismo y la política son sistemas imaginados por el hombre. Y todo ello es consecuencia de ese momento mágico en que el Homo Sapiens descubrió que podía hacer ficción y que esa facultad le permitía dominar a los demás, diezmar a las otras especies y convertirse en el rey de la Tierra. En ese punto arrancan la historia, la ciencia, la cultura, la política, la literatura, el teatro y hasta los blogs como el mío. Es el momento mágico que mostró también la película 2001, una odisea en el espacio, ese en el que un mono utiliza un leño como arma, a cámara lenta, al son del Así hablo Zarathustra de Richard Strauss. Otra cosa que se basa en una ficción es la banca, porque todos sabemos que no existe la cantidad de dinero real que respalde los ahorros de todos los cuentacorrientistas, pero confiamos en que si un día necesitamos un poquito de lo ahorrado, nos lo dan. La banca se basa en la confianza en una ficción admitida colectivamente.

Finalmente, según este libro fascinante, en el fondo, todo es ficción. Y aquí enlazo con el segundo tema del título. Recordarán que en las anteriores gastroscopias a las que me había sometido, me habían diagnosticado gastritis crónica por helicobácter, pero me habían dicho que no había que hacer nada, porque ese okupa de nuestros estómagos es inocuo. Y yo me había acostumbrado a convivir con este cómodo y apacible huésped. En la última, hace un par de meses, el doctor me explicó que la moda ha cambiado. Que ahora se entiende que al helicobácter hay que erradicarlo, porque puede tener derivaciones cancerígenas. El facultativo que me practicó la gastro me tomó una muestra para analizarla en laboratorio, de forma que supiéramos qué familia de helicobácter era la que me colonizaba (si se trataba de un helicobácter sapiens, erectus o australopithecus) para poderla atacar con el antibiótico adecuado.

El resultado del análisis de la muestra que me tomaron, se lo mandaron directamente al primer médico. Delante de mí abrió el sobre en la consulta. Resultado: negativo en helicobácter. Cojonudo: he vivido diez años con un helicobácter imaginario. Le pregunté al doctor: –Eso cómo se come. Respuesta: –Muy sencillo, tiene usted gastritis crónica, pero no causada por un helicobácter. –¡¡Pero qué me está diciendo!! si yo tengo unas digestiones estupendas, si como todo lo que quiero y nada me sienta mal, si cada vez que tengo un poco de acidez y busco un almax, he de tirar la caja porque esta caducada y bajar a la farmacia a por otra nueva. Atención a la respuesta del galeno: –Es que lo suyo es una gastritis crónica inactiva. Como ven, desde hace 70.000 años, la capacidad del humano para fabular es infinita. La comunidad médica se inventa un constructo, como la gastritis crónica inactiva, y todo el mundo se la cree. Mi problema es que no me lo trago, pero yo es que soy gallego, como Rajoy, y ya saben que los gallegos somos desconfiados.

En realidad, esta explicación del doctor ha solucionado todas mis dudas. Ahora tengo claro que soy un optimista inveterado porque sufro depresión crónica inactiva. Y que soy un buen orador a pesar de padecer una tartamudez crónica inactiva. Y que corro por el Retiro cual gacela a fuerza de afrontar mi paraplejia crónica inactiva. Y probablemente sea también un homosexual latente inactivo, un comunista oculto inactivo, un fascista recóndito inactivo, y hasta, si me apuran, un otorrinolaringólogo secreto igualmente inactivo. Y luego quieren algunos de ustedes que me crea mi propio personaje bloguero y abandone mi trabajo con grandes aspavientos ofendidos. En realidad, el único de mis seguidores que me ha calado completamente es el amigo Alfred, que hace tiempo me ha catalogado como un impostor.

Digamos más bien que soy una especie de camaleón, que muda de color según convenga. Y que, por mi forma de ser, desarrollo una empatía inevitable con la gente que me rodea, sea cual sea su ideología, sexo, edad, condición, tendencia política o gusto musical. Y que en cada guerra entiendo y disculpo a la gente que está al otro lado de la trinchera teórica en la que he de desempeñarme. Es la famosa Simpathy for the Devil. Los Stones le dedicaron a este sentimiento una de las mejores canciones de toda la historia del rock. Ahora alguien ha elaborado con ella un vídeo en el que se puede seguir la impactante letra. Es también un homenaje a los primeros grafitteros, los de brocha gorda. Se lo dejo de propina. Un detalle: ¿a que no se dan cuenta de cuándo entra el mítico coro que hace uuuh uuuh, hasta que ya lleva un rato sonando? La calma chicha agostí se ha terminado para mí. Mi jefa y Kordineitor han vuelto de sus respectivas vacaciones con ánimos renovados. Mi vida vuelve a ser un sinvivir, cuyo programa de festejos les iré detallando en sucesivas entregas, que no sé si podré publicar cada tres días como hasta ahora. Sean felices. Total, todo está en nuestra imaginación.


8 comentarios:

  1. Cuidado con los "lapsus" querido amigo, Así habló Zarathustra es de Richard Strauss y no Wagner.
    Feliz comienzo de septiembre en domingo escuchando a Bill Evans life in the Village Vanguard.
    Abrazo fuerte.

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  2. Esos supuestos lectores que le critican, según lo que dice en el primer párrafo, son también imaginarios, supongo, porque aquí en los comentarios del blog no aparece nada de eso. ¿Se trata también de un constructo de los suyos para despistarnos aun más?

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    1. No, hombre, hay mucha gente que me sigue y qu son alérgicos a entrar con comentarios, o no saben hacerlo o su ordenador no les deja. Y me hacen llegar sus opiniones por mail o por teléfono.

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  3. Y reconoce que censuras los comentarios que no te agradan; eres dueño de tu blog y también de tus filtros. Muy chulas tus recomendaciones literarias y musicales.

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    1. Falso, falso, lo primero. Puedo eliminar comentarios, si quiero, pero sólo lo he hecho en contadas ocasiones con algún maleducado con pretensiones de convertirse en troll y otros que me recomiendan que ingrese en la Iglesia de Jesucristo Redentor, como solución a mis pecados diversos. Mis filtros son bastante laxos.
      Un abrazo, amiga falsamente desconocida.

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