martes, 12 de diciembre de 2017

690. Cerrando el año...o así

Ya de vuelta de mi excursión senderista, un placer profundamente disfrutado a base de caminar por paisajes nevados con un frío notable en medio de hayedos y pinares por los entornos de Estella, Sangüesa y la sierra de Urbasa. Con esto del cambio climático, los árboles se vuelven un poco locos, el otoño ha venido retrasado y las hayas están todavía perdiendo las hojas, que forman en el suelo un manto dorado rojizo, que suaviza la pisada y hace más denso el silencio del bosque. En los paisajes destaca también la masa ocre de los robles, entre el verde de los pinos y las encinas. La hoja del roble se pone amarilla, se seca, pero no se cae, sino que se queda en su lugar para ayudar a abrigar al árbol en el duro invierno y para proteger a los nuevos brotes que saldrán en primavera. Sólo cuando surgen los brotes, estás viejas hojas solidarias se desprenden, lo que suele tener lugar en el mes de marzo. Por eso se le llama hoja marcescente, que en cada una de estas excursiones se viene uno con una nueva palabra aprendida.

He de decirles, que mi móvil sigue bastante enfadado conmigo. En el viaje de ida, no empezó a hablarme hasta Logroño. En ese momento yo ya me había cagado en su padre veinte veces (vinimos todo el viaje peleando). Me tuve que parar dos veces en el arcén para mirar la ruta porque el cabrón no me decía nada. Cerca de Logroño le grité que lo iba a tirar al río Ega en cuanto llegáramos. Sólo entonces se dignó empezar a hablar. Un compañero me explicó que suele pasar lo mismo con los móviles viejos. Que al principio, la relación con ellos es maravillosa, pero luego las cosas se van agriando y ya no es lo mismo. En el viaje de vuelta no me dijo una sola palabra. Bien es cierto que el camino no ofrecía dudas, pero nos venía pisando los talones la insigne ciclogénesis Ana, y se alternaban los bancos de niebla, los diluvios y los atascos de vuelta del puente. Un camino duro, en el que mi móvil podía haberse apiadado de mi esfuerzo. Pues nada de nada.

Entre las zonas que recorrimos, algunos lugares míticos, como la Foz de Arbayún, la reina de las foces navarras. Hay que hacerse una buena subida hasta alcanzar La Canaleta. Una obra hidráulica para el transporte del agua que se construyó hace cerca de cien años y que, según un cartel de información costó la friolera de 375.000 pesetas, que en esa época era una barbaridad. Siguiendo la canaleta, se alcanza la pared de la foz, un muro vertical impresionante, sobre el que se puede continuar por un sendero mínimo tallado a pico en el mismo borde del abismo. En algunos tramos hay una cuerdita clavada en la pared, para que se agarren los inseguros. Aunque los que tengan vértigo es mejor que no atraviesen este pasaje. Abajo una foto del lugar. 


Otro lugar impactante es el mirador también cortado a pico que domina toda la sierra de Urbasa. Es el llamado Balcón de Pilatos (que no de Pilates, como le llamó alguna compañera). La vista desde allí es impactante, se divisan los buitres a media altura por debajo del balcón. Luego hay una bajada por el borde de la cortada hasta alcanzar las suaves pendientes que conducen al pueblo de Bakedano. Allí se completa el recorrido subiendo al nacimiento del río Urederra (aguas bonitas, en euskera). Por lo demás, el pueblo de Estella donde estuvimos alojados tiene tres iglesias medievales importantes, como punto notable del Camino de Santiago: San Pedro, San Miguel y la Capilla del Santo Sepulcro. Todas ellas con portadas muy interesantes. Visitamos también el monasterio cisterciense de Iranzu, reconstruido con bastante exquisitez, a cuyo alrededor hicimos una tercera ruta, casi toda nevada. Aquí la foto.


Por lo demás, he de decir que casi todo el rato tuvimos tiempo nublado, con lluvias intermitentes, más o menos intensas. Nada de eso nos disuadió de cumplir el programa previsto, somos senderistas, viajamos bien preparados para todas las inclemencias potenciales y no hay excusas para quedarse en casa. Yo llevaba mi ordenador Lenovo por si me daba por escribir algo para ustedes, pero no se dio. Y ya saben que los artistas, como Cartarescu y como yo, necesitamos que nos baje del cielo la inspiración, para poder escribir nuestras paridas. Uno está tan tranquilo dándose un paseo y, de pronto, viene una especie de pálpito y ¡zaca! ya está el texto formado en tu cabeza. Entonces tienes que correr a escribirlo. Algo así como cuando Puigdemont iba a convocar las elecciones y, de pronto, le vino un barrunto y no las convocó. Un auténtico artista.
   
Ya les he dicho que los verdaderos genios suelen ser gente sencilla y humilde que no se tira el rollo. Hoy quiero hablarles de uno de los más grandes. El señor Edward Kennedy. ¿Cómo? ¿El político? No, no. ¿Cómo que el político? Es que no les he dicho el segundo apellido. Son ustedes unos ansiosos y no me han dado tiempo. Estoy hablando del señor Edward Kennedy Ellington. Era tan bueno que sus propios colegas lo bautizaron como Duke, El Duque. Tal vez ustedes identifiquen su figura con el director de una Big Band formada por muchos músicos, o con sus éxitos discográficos por ejemplo acompañando a Ella Fitzgerald. Pero el Duke era por encima de todo un pianista poderoso, con una capacidad de improvisación única. En 1962, cuando ya tenía una carrera consolidada, había cumplido 63 y no tenía nada que demostrar, este señor decidió encerrarse en un estudio de grabación, con otros dos monstruos.

Les hablo de Mingus, uno de los bajistas mejores de todos los tiempos, y el gran batería Max Roach. Todo el mundo le dijo que aquello era una locura, que Mingus tenía un tremendo mal genio (el propio Ellington lo definía como el clásico negro cabreado) y que Roach era un tipo introvertido y tímido con tendencia a largarse si le tocaban mucho los cojones, dejando la grabación a la mitad. Le pronosticaron que acabarían como el rosario de la aurora. Pero el Duke se salió con la suya. Reunió a sus compañeros y se encerró con ellos 24 horas. Porque había que hacerlo todo en un día; era impensable que se pudieran reunir más tiempo con la cantidad de compromisos que tenían los tres. El disco fue bautizado como Money Jungle, contiene once cortes y es una verdadera maravilla. Como ejemplo, les traigo aquí uno de los temas que se grabaron en esa sesión memorable. Empieza Mingus, pero lo paran enseguida protestando: espera un poco, hombre, que no estamos preparados. Entonces empieza de nuevo. Súbanle el volumen.



En fin, se va acabando el año y nos acercamos al tiempo de las reflexiones. Ha sido un año fructífero, con viajes a Birmania, norte de los USA y un par de escapadas a Italia. Ya sé que les tengo un poco abandonados en estas últimas semanas, pero es que tengo otra vez bastante trabajo y, cuando me voy de viaje, llevo el ordenador por si acaso, pero no me visita el Espíritu Santo. Y así no hay manera. En unos días me tomaré vacaciones y tal vez tenga un mayor margen para escribir en el blog. Mientras tanto, échenle paciencia. No hay mal que cien años dure. Y dentro de nada empezará otra vez el coñazo de los catalanes, que siempre es un filón aprovechable. Disfruten de la música.

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