martes, 5 de marzo de 2013

97. Los famosos y el derecho a la privacidad

Viene este texto a cuento de lo que me sucedió la otra noche. Resulta que había acudido a la Gran Vía a ver la representación del espectáculo “Bits” del grupo catalán Tricicle. Sigo desde hace años a este grupo, porque me río las tripas con sus sketchs, y no me canso nunca de verlos. Así que no les puedo aportar aquí una crítica desapasionada, porque sé que no soy imparcial. Los había visto por última vez en una supuesta gira de despedida y los volví a encontrar en plena forma, con el pelo blanco los dos que lo conservan, pero con la misma flexibilidad corporal y gestual de toda la vida y con algunos gags sencillamente geniales.

Al terminar su espectáculo, hicieron los acostumbrados mutis, entradas y reverencias para recibir el aplauso del público y, cuando entendieron que ya les habían aplaudido suficiente, como hacen siempre, corrieron por el pasillo central hasta el vestíbulo del teatro, para que quién quisiera les saludase personalmente antes de salir a la calle. Así que, tras ponerme la bufanda y el abrigo, inicié la salida por el pasillo lateral más próximo a mi localidad, porque el central parecía un poco más atestado de gente. Entonces observé que en medio de ese pasillo central se formaba un tumulto considerable, gravitando en torno a alguien a quien yo no veía, que parecía estar en el centro del mogollón.

La gente de mi pasillo iba avanzando, así que en un momento dado llegué a la altura del gran alboroto y pude ver el motivo que lo producía: en medio del motín estaban Iker Casillas y Sara Carbonero, completamente rodeados por una turba que no les dejaba salir, que los rodeaban amenazantes, peleándose a codazos entre ellos para situarse a su lado y agarrarles por el cuello con la mano derecha, mientras estiraban la izquierda hacia delante para hacerse fotos a su lado con los móviles. Los dos pobres aguantaban el coñazo como podían. Como eran más altos que los energúmenos que los cercaban, sus rostros con una sonrisa incómoda sobresalían por encima, lo que los hacía más visibles y era causa de que más y más gente se abalanzara sobre el grupo, en algunos casos saltando en diagonal sobre las butacas vacías.

Bueno, lo del rostro incómodo, lo digo por Casillas. Su pareja mostraba la misma mueca que ostenta en todas las situaciones, en línea con los cánones actuales de belleza, que a mí me resultan totalmente insípidos e inexpresivos. Ya sé que todos ustedes están ahora mismo pensando que me reconcome la envidia y todo eso. Vale, admito que la chica es muy mona y que algo debe de tener, cuando un tipo tan natural como Iker está con ella. Desde luego que no tengo nada contra Sara Carbonero, pero sí contra esos nuevos cánones de belleza que han tenido su expresión más depurada en la reciente ceremonia de entrega de los Oscar.

Así que lo voy a decir bien claro: NO ME GUSTAN ESAS MUJERES HIPERDELGADAS, TIPO ESPARRAGO TRIGUERO, SIN CULO NI FORMA ALGUNA Y ENFUNDADAS EN UNOS VESTIDOS ABSURDOS Y RIDÍCULOS. Ya está dicho. Sobre la ceremonia citada, en cualquier diario digital pueden ustedes encontrar la colección de fotos de las mujeres mejor vestidas de la gala y también la de las peor vestidas. Bueno, pues yo las veo a todas horrorosas y ya está.

Disculpen el inciso, no era de esto de lo que les quería hablar en este post, sino del acoso que sufre la gente del famoseo. El hecho que les he contado sucede en el interior de un teatro y lo protagonizan gentes que han pagado 35 euros por la entrada. Cierto que el público que acude a espectáculos de humor no es tan culto como el que frecuenta la ópera, los conciertos de música clásica y otros tipos de teatro más serios. No creo que, si Casillas fuera visto en uno de esos lugares, se armara semejante tremolina. Entiendo también que la gente se acerque de forma respetuosa a los famosos a pedirles un autógrafo. Pero es que ahora lo que mola es eso de agarrar a la estrella por el cuello y estirar el brazo con el maldito móvil. La gente que la otra noche rodeó a Iker y su compañera, demostraron un nivel cultural y cívico muy inferior al de las pobres abuelas de la cola del besapié con las que me metía el otro día.

Alguien me ha contado que no hace mucho le tocó cenar en un restaurante cerca de la mesa del ínclito Paquirrín y que al pobre casi no le dejaron comer, todo el rato con los putos móviles. Me viene a la memoria el cuento Las Ménades, del maestro Julio Cortázar (1956). El narrador asiste a un concierto en el que parece ser el único a quien no entusiasma la batuta que lo dirige, a cargo de un joven director al que llaman precisamente El Maestro. Al final, las ovaciones desembocan en un tumulto similar al de Casillas del otro día, del que sale la gente relamiéndose y con rastros de sangre en las comisuras: se lo acaban de comer al Maestro.

Sin llegar a esos extremos, ¿debemos esperar que los personajes populares soporten ese acoso con buena cara? ¿Respeta la prensa del corazón a los que demuestran que no quieren entrar en esa dinámica? Tengo mis dudas al respecto. En 1964, Françoise Gilot, ex novia del pintor Pablo Picasso, publicó un libro sobre su vida en común con el genio, en el que contaba numerosas intimidades de la pareja. El pintor intentó evitar judicialmente esa publicación, pero los tribunales franceses dictaminaron que la figura de Picasso era tan extraordinaria que cualquier detalle sobre ella constituía un asunto de interés público. Una sentencia histórica, que sentó un precedente que tal vez esté en el origen de estos excesos de ahora. Mi opinión es que, por muy famosos que sean estos tipos, tienen derecho a cenar o ver al Tricicle sin que les den el coñazo.

En las revistas del corazón se ha criticado el hecho de que Felipe y Leticia, cuando van al cine, esperan a que esté la luz apagada y entran entonces protegidos por los escoltas hasta su asiento. Me parece una forma muy práctica de evitar a los del móvil. El único problema que le veo es que, como te toque delante el Príncipe, ya no ves ni castaña. El truco propicia además encuentros inesperados, como sabe muy bien la Duquesa de Alba, gran forofa del cine, que también utiliza esa estratagema. ¡Ah! ¿Qué no saben de qué les estoy hablando? Pues aquí les cuento la historia, para que luego no digan.

Resulta que la Duquesa de Alba, Doña Cayetana Fitz-James y Stuart es una gran aficionada al cine que no se pierde un estreno y usa el sistema descrito para pasar desapercibida en tales ocasiones. Resulta también que cierto día, en los cines antiguamente llamados Alphaville, ahora Golem, se apagaron las luces, momento que aprovechó la susodicha para entrar, guiada por sus escoltas en la oscuridad hasta la butaca que tenía reservada. A su lado, estaba sentado un anónimo hombre maduro, llamado Alfonso Díez, que da la casualidad que, desde muchos años antes, era un asiduo admirador de la Duquesa, fascinado por su figura, coleccionista de todas las informaciones sobre ella y que nunca había soñado tenerla tan cerca.

El hombre se identificó como fiel seguidor y admirador rendido de la señora y, antes de que la película empezase, le hizo saber el honor que suponía para él asistir a una sesión de cine al lado de la persona por la que sentía tan gran devoción. Al acabar la proyección, la Duquesa le deslizó una tarjetita personal y le dijo: “Caballero, puede usted llamarme por teléfono si lo desea”. Este es el origen de una historia de amor a contracorriente, que ha superado todos los obstáculos derivados de la desconfianza del entorno de la señora, incluyendo a sus hijos y nietos.

El público del corazón, ese mismo que acosa con el móvil a Casillas y señora, ha hecho toda clase de bromas chuscas respecto a la Duquesa y su nuevo consorte y las ha colgado en la red, aprovechándose del anonimato cobarde que el Twitter y otros foros similares proporcionan. Descerebrados con encefalograma plano que forman el público de programas como Sálvame diario. Que no cuenten conmigo para sumarme a ese coro grosero. Yo nunca me reiré de una historia de amor.  
           

9 comentarios:

  1. Di que sí, Emilio, bien bonito lo dijo Luis Cernuda, corremos tras una ambición o una nube "sin saber que ambiciones o nubes, no valen lo que un amor que se entrega".

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    1. Como ya habrás podido observar, me gusta llevar la contraria. La unanimidad en la rechifla en torno a esta pareja, me resulta un tanto fácil. Al fin y al cabo esta señora ha hecho siempre lo que le ha venido en gana, como le gustaría a muchos envidiosos.

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  2. No era un público de ménades, sino un público de catetos, aunque pagaran a 35 € la entrada. Y unos groseros, en vez de agradecer a los artistas su cercanía, les vuelven la espalda para ponerse a adorar al nuevo sol. Don Jacinto Benavente, tras un estreno que pasó sin pena ni gloria en Argentina, debido a que coincidió con la temporada hípica (estos gauchos son aficionadísimos), regresaba a España algo alicaído; un periodista de "Clarín" (ese diario tan crucificado hoy por doña Fernández) le preguntó: "Don Jacinto, ¿cuándo volverá por Argentina?" Y el Premio Nóbel respondió raudo como una centella: "Cuando sea caballo". Espero que Tricicle no se plantee pasarse al fútbol.

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    1. Deliciosa anécdota. No la conocía. En cuanto al Tricicle, uno de los mejores gags de su último espectáculo es una imitación de Mourinho dirigiendo un partido, sencillamente brutal.

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  3. En casi todos los textos me sorprende usted con una palabra que nunca he oído. Aquí es "tremolina". Me resulta muy expresiva.

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    1. Gracias por su comentario. Lo cierto es que la escribí sin pensar. Ahora que usted lo dice, he consultado el Diccionario de la RAE. He aquí la segunda acepción de la palabreja: "Bulla, confusión de voces y personas que gritan y enredan o riñen". La definición se ajusta bastante a la escena que yo presencié.

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    2. ¡Qué falta de afición al schotis! ¿Acaso no ha oído usted nunca eso de "Y vas a ver lo que es canela fina y armar la tremolina cuando vengas a Madrid"? Una palabra bien castiza.

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  4. Ja, ja, ja. ¿Es posible que te guste la Duquesa de Alba más que Sara Carbonero? Yo que tú me lo haría mirar. Puede ser un síntoma de decadencia casi definitivo. Saludos de un seguidor atónito.

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    1. ¡¡¡Touché!!! Tiene usted toda la razón, querido lector anónimo y atónito. Estamos de acuerdo: Sara Carbonero está como un queso de Burgos (comentario con el que para nada pretendo molestar, sino al contrario, a mi admirado Iker, extraordinario portero y persona de probada sencillez). La Duquesa de Alba es una octogenaria, que siempre ha hecho lo que le ha dado la gana, que no es nada tonta y que ha tenido la mala fortuna de caer en manos de los cirujanos plásticos, que le han desgraciado el rostro (lo mismo que le ha pasado a Nicole Kidman, Meg Ryan, Robert Redford y tantos otros). Pero no por eso deja de tener el mismo derecho a enamorarse que cualquiera.
      Eso nos lleva al otro tema: me dicen que las actrices que participaron en la gala de los Oscar llevaban dos meses de dieta y 48 horas sin comer, excepto líquidos, para poder embutirse en esos trajes absurdos con que debieron desfilar por la alfombra roja. Por no hablar de los tacones sobre los que debían mantenerse en equilibrio. No me diga, querido lector anónimo-atónito, que esto es algo normal. Por este camino llegaremos a someter a las mujeres a una dictadura estética simétrica de la del burkha. Con la diferencia de que, dentro de su cárcel ambulante, las musulmanas llevan las carnes sueltas. Ojo, hablo sólo de estética, no me saquen ahora a colación que las mujeres son mucho más libres en el mundo occidental, algo que yo nunca he dudado.

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