miércoles, 13 de marzo de 2013

101. La historia de “My way”

Superada la centena, vuelvo hoy a otra de las líneas esbozadas en entradas anteriores, la de las historias trágicas que afectaron a personajes conocidos del mundo del rock y la canción popular. Mis posts #49 y 61 aludían a la mala suerte de los negros que trataron de entrar en las listas de éxitos de los blancos. Aquí veremos que también algunos blancos tienen mala suerte y otros, incluso, se la buscan. El hilo que enhebra esta historia es la canción My Way (A mi manera), como saben, uno de los mayores éxitos de Frank Sinatra. 

Después de que en estas páginas se haya hablado sin demasiada saña de personajes como Esperanza Aguirre, Urdangarín, Ratzinger o la Duquesa de Alba, no les sorprenderá que diga que Frank Sinatra siempre me cayó fenomenal. Me parece un actor notable (vean, por ejemplo, El hombre del brazo de oro), un cantante dotado de una voz extraordinaria, y un personaje mediático de primer orden. Ya sé que era amigo de gangsters y él mismo un poco gangster también. Pero yo prefiero un gangster prototípico que algunos de los personajes que pululan por nuestro panorama político actual. A este respecto, les recomiendo otra película extraordinaria: Una historia del Bronx, el primer y casi único largometraje dirigido por el actor Robert de Niro. La integridad que transmite el personaje del gangster interpretado por Chazz Palminteri está fuera de toda duda. Escuchen la canción y seguimos.


Bien. Ahora les pregunto: ¿Conocen la historia de esta canción? ¿Saben quién es su autor? ¡¡Hala!! ¡¡Venga, hombre!! No se tiren el rollo. Confiesen que no tienen ni puta idea. Yo tampoco sabía nada al respecto hasta que presencié una actuación del dúo Toubib. Forman este grupo musical amateur dos personas: Raúl de la Torre y una pianista que lo acompaña. Los dos se ganan la vida como médicos (eso es lo que significa, precisamente, la palabra toubib en árabe), pero algunas noches se citan en cualquiera de los viejos cafés del centro de Madrid para cantar canciones en francés, de Brassens, Brel, Boris Vian y otros. Precisamente este viernes, 15 de marzo, pueden ir a verlos al Café La Fídula, en la calle Huertas. Por Raúl de la Torre supe la historia que aquí les cuento.

Para ello hay que remontarse a Claude François, un cantante francés de los años sesenta que llegó a tener un éxito doméstico notable con unas cancioncillas pegadizas y desenfadadas, que volvían locas a las quinceañeras de la época. Tenía una melenita rubia muy cuidada y, cada vez que la movía, sus fans lanzaban agudos chillidos histéricos, a la manera de las inglesas con los Beatles. A partir de 1962, su carrera fue meteórica, inició una relación sentimental con la también exitosa cantante France Gall, la pareja copaba las portadas del Salut les Copains en competencia con Silvie Vartan, Johnny Holliday y Françoise Hardy y la vida les sonreía.

Las cosas empezaron a torcerse en 1967. France Gall se hartó del tipo de la melenita rubia y lo dejó. A nuestro hombre le entró la pena y se encerró durante unos días a componer una canción muy triste, diferente de todo su trabajo anterior. Esta canción se llamaba Comme d’habitude (Como de costumbre), y hablaba de un hombre que repite sus rutinas de cada día, pero las siente vacías y sin contenido, después de que su pareja le ha informado de que se larga. A ver si les suena.


Enternecedor, ¿verdad? La cosa es que esta canción no tuvo apenas éxito en Francia, porque la gente identificaba al tipo de la melenita con otra clase de temas más alegres. Para tristes ya tenían a Charles Aznavour. Pero llegó a los oídos de un artista americano en decadencia, cuya inspiración flaqueaba, pero que siempre fue un águila para los negocios: el gran Paul Anka. Este hombre vio en la melodía algo que nadie más supo captar y le compró a Claude François los derechos para el mercado anglosajón por cuatro duros. Los tristes es lo que tienen: negocio que hacen, negocio que les sale mal. El espabilado de Paul Anka, que no sabía francés, decidió escribir una letra adecuada a la melodía y se le ocurrió ese motivo del hombre al final de su vida que mira atrás viendo sus éxitos y sus fracasos, asumiendo sus errores y proclamando que todo eso lo hizo “a su manera”. 

Cuando la tocó por primera vez al piano, se dio cuenta de que aquello tenía un potencial extraordinario y que pedía una voz más intensa y potente que la suya. Entonces llamó a Frank Sinatra, que se apuntó al asunto de forma entusiasta y consiguió un verdadero bombazo en 1969. En cuanto a Claude François, logró rehacerse anímicamente, retomó su carrera, pero ya no volvió a ser un cantante de éxito y se limitó a hacer galas televisivas en las que repetía sus canciones de siempre, para unas seguidoras que se habían hecho mayores y ya no daban chillidos histéricos.

Pero el destino le reservaba todavía una última faena. El 11 de marzo de 1978, nuestro hombre se levantó comme d’habitude en su casa de París. También comme d’habitude, entró en el baño y se dio una larga ducha. Aunque ya no volvía locas a las jovencitas, su melenita rubia seguía siendo el elemento central de su imagen y tenía que cuidarla. Así que tomó el secador de pelo y lo enchufó. Para su desgracia, ese día no se había puesto comme d’habitude las zapatillas. Acababa de cumplir 39 años. Sus fans no lloraron mucho su muerte y esa misma indiferencia que sintieron fue su forma de constatar que el tiempo de la juventud había pasado y nunca regresaría.

Como ven, también algunos blancos tienen mala suerte. Y otros se la buscan, caso de Syd Vicious, un personaje que me repele poderosamente. Un hooligan sin la menor sensibilidad, que apenas sabía leer y que todo lo solucionaba a bofetada limpia. Lo traigo aquí porque es el responsable de haber perpetrado una versión delirante del My Way, que abajo les ofrezco. No merece la pena perder mucho tiempo hablando de este animal de pezuña. Hijo de una yonky que se arrastraba por Ibiza vendiendo su cuerpo para pagarse el vicio, el nene salió como salió. A los 14 años vendía droga a sus compañeros de colegio. Aquí tienen una imagen suya con el único gesto que sabía hacer.
 
A los 17 se convirtió en fan de los Sex Pistols, los supuestos inventores del punk (yo sostengo que se lo copiaron a Los Ramones). Iba a todos sus conciertos, en donde organizaba peleas con navajas, botellas rotas, etc. Al manager del grupo se le ocurrió la brillante idea de contratarlo como bajo, aunque no sabía tocar. El tipo daba saltos aporreando el bajo, cuyo amplificador le desconectaban al principio de los conciertos (no se sabe si era consciente de ello). Los llevaron de gira por USA y aquello acabó como el rosario de la aurora, porque el angelito Vicious provocaba al público de la América profunda con gritos como “vosotros cowboys sois todos maricones”, de modo que los conciertos acababan en peleas multitudinarias. Llegados a San Francisco, el grupo se disolvió para siempre sin llegar a tocar.

Syd Vicious era ya presa del personaje público lamentable que habían creado con él, a fuerza de reírle la gracia que no tenía. Grabó el My Way en París y se fue a Nueva York con su novia Nancy Spungen, otra yonky como él. Se alojaron en el Chelsea Hotel, un establecimiento mítico, que se merece una entrada exclusiva en este Blog (y la tendrá). Tras una noche de desmadre, los empleados los encontraron por la mañana, ella muerta de una puñalada y él inconsciente y diciendo que no se acordaba de nada. Lo acusaron de homicidio y entró en la cárcel, de donde lo sacó su discográfica pagando una elevada fianza. El día en que recuperó la libertad, lo celebró organizando una fiesta al límite con sus amigotes. A la mañana siguiente lo encontraron muerto por sobredosis de heroína. Tenía 21 años. Aquí tienen la versión de My Way a cargo de este angelito de vida realmente ejemplar. Ya sé que es vomitiva, pero les pido que la vean hasta el final, porque tiene sorpresa. Además, después de verla, querrán más a sus hijos, por no haber salido así.


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