jueves, 4 de abril de 2019

823. La ciudad y los viejos

Uno tiene que asumir la edad que tiene y a este respecto me llegan varios inputs en los últimos tiempos. En su último concierto en Madrid, Joaquín Sabina empezó proclamando ante el público esta lúcida introducción: Buenas noches, Madrid. Creo que saben ustedes que llevo parte de esta gira interminable recorriendo pasillos de sórdidos hospitales. Cuando les cuenten que envejecer es una cosa fantástica, por la experiencia y la sabiduría… mienten como bellacos. Envejecer es una puta mierda. Sabina lleva un tiempo acosado por diferentes achaques y problemas de salud que le han obligado a suspender conciertos y parar su marcha. De dolor, achaques y vejez trata también la última película de Almodóvar, Dolor y Gloria, que he visto el pasado fin de semana. He de confesar que no había vuelto a ver cine de este señor desde la excelente Volver (2006), porque soy alguien que se deja influir por las opiniones de los demás y todo el mundo me decía que no merecía la pena ir a ver las películas (4) que Almodóvar ha escrito y dirigido en este tiempo. Las anteriores a Volver creo que las vi todas en los cines donde las iban estrenando. Y tal vez debería revisar esas cuatro que no he visto.

Dolor y Gloria es una película muy buena. Alguien me dice que Almodóvar lo ha pasado regular en los penúltimos tiempos y que este film viene a demostrar que está saliendo del agujero anímico en el que supuestamente estaba. El guión es magnífico, la ambientación, decorados, vestuario, etc. tan exquisitos y cuidados como en todo su cine, la interpretación de Banderas es extraordinaria y los personajes secundarios están muy bien dibujados, especialmente los femeninos, como de costumbre. La película recupera la línea del mejor Almodóvar, el director patrio más reconocido y agasajado en el extranjero. Es además, su película más autobiográfica; no es difícil reconocerle a él en el atribulado protagonista, un director de cine, asediado por diversos dolores y sobre todo por lo que García Márquez llamaba el desgano, esa suma de desánimo, tristeza y abulia que nos invade de pronto, a menudo a partir de situaciones de soledad no deseada. Algo muy urbano; en el medio rural no suele ser tan acusado.

Este personaje, al que interpreta Banderas, tiene todo el tiempo del mundo para recrearse en su desdicha, para comerse el tarro y recordar los tiempos irrepetibles de la infancia y la adolescencia, así como sus años de gloria, cuando era un director de éxito. Y los recuerdos que ceban su nostalgia están recreados y filmados con un cariño y una autenticidad prodigiosas. He de decir que hace muchos años traté a Pedro personalmente, igual que a su hermano Agustín, con quien he coincidido en algunos saraos. Eran otros tiempos, éramos jóvenes, salíamos todas las noches, Pedro y yo compartíamos un amigo (el gran Mariano, uno de mis lectores más fieles) y en algunas ocasiones estuvimos tomando cañas juntos. La imagen que conservo de esos escasos encuentros es la de un tipo próximo, sensible, divertido y muy educado. La vida y la fama lo han ido aislando y ahora imagino que ya no sale tanto a la calle y está encerrado en su mundo como el protagonista de Dolor y Gloria. Y aquí viene la pregunta: ¿están las calles de nuestras ciudades preparadas para acoger a los viejos?

En las tardes de los tres últimos martes he asistido en el Ateneo a un pequeño ciclo del que les informo. Lo ha organizado mi amiga Ester Higueras, Directora del Máster de Planeamiento Urbano con el que suelo colaborar cada año. El motivo o la excusa del ciclo es el hecho de que hay cuatro catedráticos de Urbanismo de la Escuela de Arquitectura que se han jubilado en apenas año y medio. Ester pensó en organizarles un pequeño homenaje, convocándoles a hablar sobre el tema La Ciudad y los Mayores. Cada acto se componía de una pequeña charla del homenajeado, seguida de una mesa redonda con tres de sus colegas o discípulos más jóvenes. Los tres que han tenido lugar hasta ahora han resultado interesantes y entrañables y al cuarto no voy a ir porque no tengo mucha afinidad con el sujeto, de quien no diré siquiera su nombre. He de puntualizar que los cuatro recién jubilados entraron en la Escuela a primeros de los 80 y, dado que yo terminé la carrera en el 78, no tuve el privilegio de recibir las enseñanzas de los tres que admiro. En realidad, yo me empecé a relacionar con el urbanismo tras acabar la carrera.

El primer encuentro fue con José Fariña Toxo, de quien ya imaginan que es paisano, en concreto de Santiago de Compostela. Fariña es un histórico, que tiene un discurso urbanístico muy sólido y que mantiene un blog de urbanismo buenísimo. Con su característico acento, nos habló de cómo ha de ser el espacio público en las ciudades, arre carallo. Para que las plazas y las calles sean gratas a los mayores han de ser seguras, con buen piso, con visibilidad, con recorridos asequibles y con mobiliario adaptado, porque el viejo es inseguro, frágil, trastabillante y de visión defectuosa; no podemos ponerle obstáculos. Los bancos han de ser cómodos, no de diseño, como esos de granito en los que te asas en verano y te hielas en invierno. Esos bancos te producen cistitis, hombre. Y la ciudad es para caminarla, coño, ni bicicletas ni patinetes ni nada, la ciudad hay que diseñarla para el paseante. ¿Que dicen que quieren hacer deporte? Pues que vayan al gimnasio, que para eso está. Y ahora encima van con motor, los ciclistas y los patinadores. ¿Qué carallo de deporte es ese?

El acto de Fariña fue el más entrañable de todos. Entre el público había numerosos alumnos de diferentes edades que le dedicaron toda clase de alabanzas hasta casi hacerle llorar. Para él era también una ocasión muy emotiva, puesto que regresaba al Ateneo, más de 40 años después de dar allí su primera conferencia en Madrid, sobre las diferentes tipologías edificatorias del medio rural gallego, invitado por el gran poeta Celso Emilio Ferreiro. Salimos todos de allí bastante conmovidos. Una semana después repetimos la jugada, esta vez con Ramón López de Lucio, de quien tengo pendiente contar la historia de la Guía de Urbanismo de la Ciudad de Madrid, ese enorme tocho con el que cargo en todos mis viajes para regalárselo a mis sucesivos anfitriones (los últimos que he llevado fueron para Shannon Ryan en LA, Diego Moreno en Tijuana y Alain Sinou en París). Ramón es un cascarrabias con quien he tenido largas discusiones a cuenta de Madrid Río, que terminaban siempre con un abrazo y unas cañas si se terciaba.

Ramón empezó diciendo que la soledad urbana no deseada es el origen de todas las tribulaciones para la gente mayor. Y él propone dos soluciones. La primera, el llamado co-living, o co-housing, tan en boga últimamente. Consiste en montar conjuntos habitacionales a medias entre las residencias de ancianos y los hoteles. Es decir reunir un conjunto de pequeños apartamentos con servicios comunes: atención médica, lavandería, bar, centro de reuniones, etc. Allí se pueden reunir mayores que sean amigos, o que no lo sean tanto, para compartir una vida en comunidad. Para ello pueden montar una cooperativa que gestione su construcción y su funcionamiento posterior. Y, normalmente, uno tiene que vender su casa, a menudo más grande, para financiar su participación. Tengo ya que decir que esta es una fórmula que a mí no me atrae nada; qué coñazo ver todos los días a la misma gente, repitiendo los mismos chistes, porque se les ha olvidado que ya los contaron ayer. Además, lo de meterse a gestionar sin saber es como un dolor y, si te involucras en algo así en edades en torno a los 65 a 70 que es cuando la gente se jubila, te vas a pasar cinco o seis años sufriendo hasta tener listo tu co-housing para luego disfrutarlo unos pocos años y a lo mejor constatar que no te mola. Quita, quita.

Otra fórmula del co-housing es en alquiler. Hay empresas que se dedican a construir este tipo de complejos y luego alquilárselos a gente que se financia alquilando a su vez su viejo piso. El resultado es el mismo, o sea, que tampoco me mola, con el agravante de que, con los precios que tiene en este momento el mercado inmobiliario, lo normal es que no puedas optar a una cosa así en tu barrio. Lo cual duplica el coñazo: no sólo tienes que aguantar que tus colegas te cuenten los mismos chistes cada día, sino que encima te ves desterrado a la sierra y no puedes salir a tomarte un vermú en el bar de la esquina o al cine. Pero les decía que Ramón nos habló de dos alternativas. La otra, que me gusta más, consiste en involucrarse en las actividades del barrio. Según Ramón, que es un broncas, lo mejor es meterse en actividades de tipo reivindicativo; la lucha  vecinal pone mucho. Y si encima ganas alguna batalla, entonces el subidón es de aúpa. Él ha participado en las luchas de Chamberí contra el campo de golf de prácticas que puso Esperanza Aguirre sobre el gran depósito del Canal, calificado como zona verde. Han logrado que se anule la licencia y se cierre. Ahora están diseñando el nuevo parque de forma colaborativa entre los vecinos que han llevado la lucha, con ayuda de jóvenes arquitectos del barrio que, según Ramón, tienen más peligro que la propia Esperanza.

Este martes escuchamos a Julio Pozueta, ingeniero de Caminos navarro que es una referencia para los que entendemos el urbanismo de una determinada manera. Desde el punto de vista académico fue la mejor de las tres sesiones, por la altura de los contertulios: Patxi Lamikiz, mi jefa y el Decano del COAM mi amigo José María Ezquiaga. Todos estuvieron muy bien y pusieron el acento en la importancia de los datos, la formación de grandes bases de datos alfanuméricos y su estudio por sistemas digitales, para poder saber lo que está pasando en la ciudad. Julio Pozueta, a pesar de estar jubilado, sigue con sus alumnos estudiando los flujos urbanos e investigando cómo controlarlos. Y mi jefa reivindicó los trabajos que hemos estado haciendo en estos últimos tres años de acuerdo con las directrices de Pozueta, como la Estrategia de Regeneración Urbana de la periferia, el Plan MadRe, el Reinventing Cities y otros. Ya saben que estas cosas son las que voy contando yo por lugares como Chicago o París, que por todas partes suscitan mucha atención por su carácter innovador.

En definitiva, la conclusión de este ciclo inacabado es que la población mundial vive cada vez más en ciudades y está cada vez más envejecida. No anoté los datos de Julio, pero los porcentajes de mayores en nuestras ciudades se están disparando y la cosa se va a acentuar todavía más cuando se jubile la generación nacida en los años 60, el famoso baby-boom. En consecuencia, es necesario diseñar una ciudad inclusiva, no sólo para los viejos, sino también para las mujeres, los niños, los discapacitados, las embarazadas, la gente que circula con bolsas de la compra o que empuja carritos de niños. Y para eso, como dijo Fariña, hay que eliminar la supremacía del coche privado y ganar metros para el peatón. Lo que se hizo en los 70 para dar todo el espacio al automóvil es una auténtica canallada, que congestiona nuestras ciudades y nos hace respirar mierda. En aquellos años, mi padre, que siempre fue un visionario, pronosticaba que pronto veríamos la prohibición de caminar por la calle: –Esto va a terminar en la desaparición del peatón por decreto, enfatizaba.

Un ciclo muy interesante este de La Ciudad y los Mayores, que yo he rebautizado como La Ciudad y los Viejos, porque nada me obliga a ser políticamente correcto. Y no se quejen que, por un momento, pensé titular este post La Ciudad y los Carcamales. La verdad es que a ciertas edades uno empieza ya a estar pa echarlo al arroz, como dicen en Andalucia. Vean si no al pobre Mick Jagger que ha tenido que suspender la gira de los Stones para que le cambien una válvula cardiaca. Desde aquí le mando mis mejores deseos y espero verlo pronto de concierto. Hace tiempo que los Stones hacen sus giras con una unidad geriátrica de apoyo. Pueden ver aquí una caricatura que ya traje al blog hace unos cuantos años, en un post llamado Ancianos dinamiteros.











Los Stones viven todos con parejas mucho más jóvenes y tienen niños pequeños. Tal vez aquí radique el secreto de su energía y longevidad. En este sentido, mi ídolo absoluto es mi vecino Fefe, un colega mayor que yo, que tiene su estudio aquí por Atocha. Hace como un año me lo encontré paseando por la plaza del Reina Sofía con dos niños muy pequeños de la mano. Me explicó que el de la derecha era su nieto, de dos años y medio y el otro era su hijo, de cerca de dos años. La penúltima vez que lo vi iba en una silla de ruedas, con una pierna en alto y empujado por la guapa y sonriente rubia que lo acompañaba el primer día. Le pregunté qué le había pasado y le quitó importancia: –Nada, que me he caído con la moto; un tobillo cascado y poco más. Después lo he vuelto a ver por la plaza caminando normalmente y con un pitillo en la mano. Yo quiero ser así cuando sea mayor. Sean buenos.  

4 comentarios:

  1. José Fariña Toxo es grande. Su idea de ciudad me gusta muchísimo. Que carallo!!!! Pero yo voy a tirar por la línea Ramón: actividades de tipo reivindicativo. Quiero ser un carcamal glorioso y punk.

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    1. ¡¡Sí señor!! me apunto. Carcamales forever. Podríamos montar una especie de comandos Femen, pero en masculino, e interrumpir los actos de los políticos enseñando los cataplines con esmero.
      Un abrazo, amigo.

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  2. Me gusta lo que sugiere al principio del último párrafo: el secreto de la longevidad está en una pareja que te siga el rollo y niños pequeños que vienen a demostrar que hay sexo todavía. El sexo es vida. Uno no lo deja por ser viejo, sino que envejece por dejarlo. Lo difícil es encontrar esa pareja.

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    1. El sexo es clave para no envejecer, no lo dude. Tan importante como alimentarse bien, trabajar la mente y el cuerpo y dormir suficientes horas, que es la parte que a mí más me falla.
      Yo me despierto cada día con la mente de un jovencito, ilusión que me dura hasta que me veo en el espejo.

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