martes, 17 de enero de 2017

601. Sobre el tiempo y las revoluciones

Bien, una de las cosas que más me molestan últimamente es que nos pretendan vender esta última revolución tecnológica, ligada al ordenador, los teléfonos móviles, la interconexión planetaria, la circulación de la información en tiempo real y la posibilidad de hacer negocios con Australia en lo que se tarda en hacer un click, como algo comparable, o incluso superior, a la gran revolución industrial de finales del XIX y principios del XX. ¡Por favor! ¿A quién le cabe en la cabeza comparar lo que supuso la electricidad, el ferrocarril, el teléfono, la radio, la televisión, el automóvil, la aviación comercial, la lavadora y la nevera (por hacer una enumeración somera), con la mierda de estar todo el día enganchado a una pantalla para ver si ha pasado algo nuevo? ¿Son de alguna utilidad el 90% de los datos que circulan por la red?

Les pongo un par de ejemplos de la tontuna imperante, presenciados por mí en los últimos tiempos. Una pareja cena en un restaurante en la mesa de al lado y hablan de la última exposición de Renoir en el Thyssen. Ambos tienen sus móviles sobre la mesa y atienden todo el rato a la entrada de Tweets, Whatsapps o lo que sea. A pesar de la intermitencia forzada, hablan de algunas obras del pintor. La chica recuerda con arrobo Después del almuerzo, cuadro del que afirma que ya le maravilló cuando lo vio en el Metropolitan de New York. El tipo consulta su móvil, así como al descuido, y rebate el dato: el cuadro no está en el Metropolitan; está en el Städel de Frankfurt. Y digo yo: ¿aporta algo a la conversación el hecho de disponer de toda la enciclopedia a un click, para comprobar un dato tan irrelevante?

Otro caso. Dos señoras mayores con pinta de poco cultas conversan sentadas en el Metro sobre la ola de frío. Una de ellas enfatiza: –Mi marido ha salido esta mañana a las ocho y doce y ha vuelto diciendo que hacía dos grados. Les hago la misma pregunta. Esa exactitud de los datos ¿sirve para algo? ¿Supone algún avance para la Humanidad? Hace unos años, esta señora habría dicho: –Mi marido salió por la mañana y regresó aterido. De acuerdo, tenemos datos más precisos. Supongamos que eso es bueno. Pero ¿es algo comparable con la construcción de una red de Metro? ¿Con lo que supuso el ferrocarril frente a la diligencia? ¿Con la generalización del automóvil a precio asequible? ¿Con la lavadora?

Los inventos, antiguos o actuales, afectan a la conducta de las personas. Por ejemplo, el automóvil es un elemento decisivo para cualquier urbanita que se precie. Y la forma de conducir de alguien revela muchas más cosas sobre su personalidad, que muchos tests psicoanalíticos. Saben que me precio de observar las conductas humanas y sacar conclusiones, manía que no dejo de practicar por estar al volante. Antes, te sucedía que, circulando en manada por una calle de varios carriles, de pronto te veías detrás de un conductor extra-lento. Tratabas de adelantarlo por un lado o por otro, maldiciendo en hebreo, y de forma automática pensabas: este, o es una mujer, o es un abuelo. Y lo malo es que, al adelantarlo, una ojeada te confirmaba casi siempre el pronóstico. Ya sé que es una observación machista, yo me limito a consignar una comprobación empírica de repetición y espero que resulte menos ofensiva por provenir de alguien que forma parte del otro colectivo señalado, el de los abuelos.

Bien, pues, en los últimos tiempos, el colectivo de los extra-lentos se ha enriquecido con dos nuevas tipologías, por cierto, ambas exclusivamente masculinas. UNO, el tipo que va consultando su móvil, porque ha recibido una señal entrante y no puede esperar a pararse para retweetear o rebotar el whatsapp. DOS, el gordo que se va comiendo una palmera de chocolate y se le ha caído un trozo o las migas sobre la barriga por lo que ha de bajar la velocidad para solucionar el percance. Para que yo consigne una observación como conducta tipo, he de haberla observado al menos dos veces. De momento, no he visto a ninguna mujer atendiendo al móvil (salvo escuchando algo con el aparato en la oreja), ni comiendo cosas al volante. Todo se andará, porque algunas tienen tendencia a imitar las conductas masculinas. 

Esos dos nuevos tipos de conductores extra-lentos son hijos de nuestro tiempo (el gordo tal vez es un tipo que sólo ejercita una musculatura: la de los pulgares en el teclado del móvil). Porque ya se ha proclamado en este foro que el móvil es, a día de hoy, el auténtico opio del pueblo. La sobreinformación que padecemos, incide también en la forma en que ejercitamos otros músculos: los mentales. Por ejemplo: yo antes me sabía de memoria unos diez o quince números de teléfono, de familiares y amigos. Ahora ya no sé ninguno. Casi ni siquiera el mío. Les juro que, a veces, me lo piden y tengo que comprobarlo en el aparato, porque no estoy seguro. Por supuesto, ya no sé hacer una raíz cuadrada y pronto me olvidaré de dividir.

Pero es que además de todo esto, el aparatito de los cojones está logrando que la gente no sea capaz de disfrutar de un paisaje, sin ponerse como locos a hacer fotos para colgar en el Facebook. O de asistir a un concierto de rock, sin captar compulsivamente imágenes y pequeños vídeos para mandar enseguida a todo el mundo. O de ver un debate en la tele sin controlar de reojo cuantos me gusta cosecha cada uno de los participantes. Al final esta idiotez colectiva nos impide disfrutar del tiempo. Nos impide perder el tiempo. Estamos perdiendo el supremo placer de tocarnos las pelotas a dos manos. De no hacer nada, el mejor caldo de cultivo para la reflexión o la filosofía. Ahora estamos todo el día ocupados en pequeñas tareas estériles e improductivas. El chiste de hoy de Forges abunda en lo mismo.


Mi amigo Ronaldo Menéndez ha colgado en su perfil de Facebook una reflexión deliciosa sobre Proust y el tiempo perdido, que viene como anillo al dedo y que les transcribo abajo. Una pequeña joya literaria. Por cierto, de nuevo les insisto encarecidamente: lean su novela La Casa y la Isla. No les decepcionará.

Quisiera comenzar diciendo que Marcel Proust sigue tan vivo como siempre en manos de sus lectores. Pero eso es mentira. ¿Quién está dispuesto a perder su tiempo leyendo las más de 3000 páginas de En busca del tiempo perdido? Recuerdo que cuando empecé Por el camino de Swan, a mis 22 años de tiempo perdido, una amiga que hacía su doctorado en la Universidad Complutense de Madrid, me dijo: ¿Por qué te torturas?

Y es que leer a Proust hoy, como ayer, es una profunda y dilatada experiencia de ocio. Sólo que hoy nadie está para el ocio, lamentablemente. Y lo lamento no llevado por pruritos eruditos (que hasta rima), sino porque me parece una evidente pérdida de índole existencial que en nuestro tiempo germine esta incapacidad de leer a Marcel Proust. ¿Por qué? Muy sencillo: la obra de Proust se titula coincidentemente En busca del tiempo perdido, y tanto su escritura como el acto de leerla, implican una apacible exploración de un tiempo que no es el de los relojes. Hacer escala silenciosa de muchas horas en la nada de la ausencia de trama. Como su propio autor dice, es “volver a vivir”, a través de los recuerdos. Recuperar nuestra vida y salvarla por el camino de la memoria sensorial y lo infraordinario, en términos de Perec.

Es sintomático entonces que en los tiempos que corren no haya tiempo para leer a Proust. Pues vivimos en un tiempo práctico, donde el acto inefable de mirar hacia el techo, o quedarse suspendido contemplando el humo de un cigarrillo haciendo volutas metafísicas por toda la habitación, ha sido degradado a la condición de pérdida de tiempo. Definitivamente, hoy Newton no hubiera tenido tiempo para tumbarse a observar, por casualidad, esa manzana.

El tiempo subjetivo y emocional que nos enseña Proust a lo largo de sus siete novelas, cada vez sucumbe más al tiempo implacable de los relojes donde nuestros movimientos siempre tienen un fin preciso. Cuando estuve en la tumba de Proust hace unos años, agarré con mucha imaginación un ramo de flores del muerto del costado, y se lo coloqué al maestro del tiempo recobrado. Luego estuve una hora mirando el camino por donde no pasaba nadie.

En fin. Estarán de acuerdo en que, en estos tiempos, nadie se pone a leer En busca del tiempo perdido y es una pena. Yo, como ya soy una persona de otra época, he emprendido un empeño similar. Me estoy leyendo la Historia de la Revolución Rusa, tres tomos, escrita por León Trotsky. Resulta que, como se cuenta en El hombre que amaba a los perros, Trotsky fue desterrado a Kazajstán por Stalin. Allí, a veinte bajo cero, se encontró sin nada que hacer. No había móviles ni Ipads en ese tiempo. Así que, hiperactivo como era, decidió emplear su tiempo en reseñar la historia de la Revolución, cuyo desarrollo en detalle conservaba aún en su memoria. Y se puso a ello con su certera y ácida pluma. Cuando yo estaba acabando de leer el libro de Padura, le comenté esto a un compañero de viejas fatigas trostkistas, ahora en el Ayuntamiento como yo, quien exclamó: –¡Pero si yo tengo el libro traducido al español! Mañana te lo traigo.

Son tres tomos de lomos descoloridos, olor indescriptible y letra minúscula, de los que editaba clandestinamente El Ruedo Ibérico desde París. Los tuve un tiempo en la estantería del salón de mi casa, sin decidirme a empezar su lectura. Pero ahora mi colega amenaza con jubilarse, así que me he puesto manos a la obra. La prosa de Trotsky es apasionada, turbulenta, adictiva. Los tres tomos desmenuzan el año 1917 en San Petersburgo (a la que Trotsky llama Piter en ocasiones). El hecho de que las revueltas se desarrollen en los parajes que yo recorrí hace unos meses (la Nevski Prospekt, el Gostini Dvor, el teatro Mariinsky o la fortaleza de San Pedro y San Pablo, donde Trotsky estuvo preso), hacen mi lectura más emotiva.

Por otro lado, entiendo perfectamente la necesidad compulsiva de escribir, de un hombre al que, en pleno desarrollo de una actividad agotadora que le impedía casi dormir, Stalin le hace la putada de mandarlo a un terrible exilio en las tierras heladas de Kazajstán, en donde no tiene nada que hacer. Yo también sufrí un corte vital de ese tipo (salvando las distancias y la proporción), cuando fui obligado a interrumpir mi trabajo municipal incansable, y cambiarlo por largas horas diarias de cumplir un horario absurdo. El mío fue un exilio interior y, como Trotsky, yo también hube de ponerme a escribir para no volverme loco, revolución vital que está en el origen de la fundación de este blog que tanto les entretiene. Cuídense. Y aprovechen su tiempo. Pero no lo desperdicien frente a aparatejos de pantalla brillante. Mejor disfrútenlo mirando a las musarañas. O cazando gamusinos. O leyendo mi blog, una forma más de perder gozosamente el tiempo.

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