lunes, 9 de enero de 2017

598. Ensaladilla rusa

AAAAAYYYY QUÉ DISGUSTO MÁS GRANDE QUE TENGO. AAAYYY QUÉ PENITA Y QUÉ DOLOR, QUE ME SE HAN IDO LOS RUSOOOOS. AAAAAAYYYYYY VIRGENCITA DE LA CANDELARIAAAA. AAAAYYYYY NIÑO JESÚS DE PRAGAAAA. AAAYYY AAAAYYYY AAAAYYYY QUE YA NO ME ENTRA NINGÚN RUSOOOO AL BLOG. NI UNO NI UNO NI UNO. ¿Y QUÉ VOY A HACER YO SIN RUSOOOOS? AAAAAYYYYY SAN ANTONIO BENDITO, SAN LORENZO Y SAN CAYETANOOOOO.  Y AHORA QUIÉN M’ATACA A MÍÍÍÍÍÍ…

Bueno, pues ya lo saben. Siguiendo el sabio consejo de un colega, blogger experto, me relajé y pasé de los rusos que se dedicaban a hackear mi blog con saña, a base de captar y redireccionar mis posts de tres en tres. El truco era soltarles cuerda para que ellos solos se ahorcasen y parece que ha dado resultado. Al principio siguieron entrando cada día, siempre en número de 21 o múltiplo exacto. Siete veces por post. Pero, poco a poco, la cosa ha empezado a bajar y ahora llevo más de una semana sin ninguna visita desde Rusia. Mi colega me explicó que los internautas de esa tierra hacen eso de manera sistemática y sin una finalidad definida. Por eso no me extraña que se hayan inmiscuido en la campaña electoral estadounidense, aunque las quejas de Obama recuerdan un poco a los equipos de fútbol que culpan al árbitro de sus derrotas. Volviendo a mi blog, ya no me entran más rusos, cierto, pero no creo que esta calma chicha sea definitiva y les cuento una anécdota al respecto.

Hace uno o dos años. Mi hermano mayor y mi cuñada se van a una excursión a los llamados Países Bálticos con un grupo de jubilados veteranos. La idea es volar a Tallin, la capital de Estonia y, desde allí, ir bajando en autobús hasta finalizar en Vilnius, capital lituana, donde se tomará el vuelo de vuelta. El conductor del bus es un estonio muy amable que habla español con fluidez y que les acompaña durante todos los trayectos, del primer aeropuerto al último. En Lituania han de pararse en un puesto de control de la policía y mi cuñada observa que el chófer baja la ventanilla y habla relajadamente con el guardia del puesto en una lengua no identificada. Intrigada, le pregunta ya en marcha en qué idioma se han entendido. Respuesta: –Señora, por favor, los pueblos de esta región nos entendemos en la lengua común de todos nosotros: el ruso. Sorprendida, mi cuñada pregunta de nuevo: –¿Pero los rusos no se habían ido de aquí hace veinte años? Respuesta enfática –Milady, los rusos nunca se van del todo de un lugar que ha sido suyo.
Terrorífico ¿verdad? Eso explica el miedo y la paranoia que se extiende últimamente, no sólo por los Países Bálticos, sino por Ucrania, Polonia, Rumanía, Bulgaria, Hungría o la República Checa. Los eslovacos no están muy preocupados, en su día ejercieron el derecho a decidir y ahora son una arcadia inmaculada, un enclave rural en el centro de la civilizada Europa. ¿Quién podría atacar su paraíso? Tampoco hay una inquietud muy extendida en Finlandia, aunque los más preocupones ya se han construido bunkers bajo sus chalets, con sauna incorporada, por supuesto. Finlandia conmemora este año su primer centenario como país independiente, puesto que hasta 1917 estuvieron bajo el dominio ruso. Lo de los bunkers no es un chiste, ya saben que estuve en septiembre en un congreso de Urbanismo Subterráneo y tengo información puntual de todo lo que va surgiendo en este tema (en Londres acaban de dar la licencia para un hotel enteramente subterráneo, en el centro de la City, con fotos de paisajes en las ventanas. Será un gran éxito: para los turistas que sólo van a su hotel a dormir, la localización céntrica es un valor imbatible).

Eso explica también que los rusos, todos sin excepción, adoren en este momento a Putin, el hombre que les vende el sueño de volver a ser una gran potencia en el concierto de las naciones. Putin, ex agente del KGB (desarrolló gran parte de su trabajo en Dresde, en la antigua RDA), es un gobernante que no tiene grandes dudas. Adapta las normas a su conveniencia: si la Constitución que heredó de Yeltsin sólo le permitía ocupar su puesto cuatro años, se busca a un pringado como hombre de paja, y vuelve después. Ahora ya no se habla de fecha de caducidad, ha debido de cambiar la norma para seguir indefinidamente. Por lo demás, es un tipo autoritario, machista, homófobo declarado y que no bromea para nada. Que nadie se equivoque con él, porque lo cruje. No es de extrañar que haga buenas migas con personajes similares, como Erdogan, Duterte el filipino y otros. Y, por supuesto, con Trump.

Yo sí me creo que los rusos han hackeado las páginas Web electorales en USA, porque lo hacen con todo, aunque dudo del efecto que esto haya podido tener en los resultados. Quién haya votado a Trump, no lo ha hecho porque se lo digan los rusos. Estamos ya a pocos días de la toma de posesión del nuevo presidente, y muy pronto veremos hasta dónde llega su peligrosidad. Con motivo de este acontecimiento, he investigado en Internet, buscando datos sobre la figura de Ronald Reagan, cuya llegada a la presidencia provocó dudas similares, y he encontrado algunas cosas sorprendentes, pero esto se queda para un post específico. A muchos de los votantes de Trump, generalmente conservadores y tradicionales, les tiene ahora un poco mosca tanto mamoneo y tantas afinidades con Putin, al que el nuevo presidente le da un jabón un poco exagerado. Esto sucede, por ejemplo, entre los medios hispanohablantes de Miami, nido de gusanos anticastristas. Los hispanos de Florida tienen unos diarios en lengua española muy buenos, como El Nuevo Herald, que hace poco expresaba su inquietud en ESTE recomendable análisis.

En medios más progresistas, como la ciudad de Nueva York, esa inquietud impregna la vida de muchos de sus residentes, especialmente los que proceden de la inmigración. El País tiene hace menos de un año a una corresponsal en la Gran Manzana, que se llama Valeria Luiselli. Es una mexicana que ha conseguido un puesto como profesora en alguna universidad y se ha trasladado allí con su marido y una hija. Sus análisis políticos no siempre me convencen, pero me gusta mucho su pluma cuando cuenta sus sentimientos o informa de las pequeñas cosas cotidianas de la vida en Manhattan. Creo que es mejor escritora que periodista. En noviembre, se fue una semana de vacaciones a su tierra y, al volver, ya tras la victoria de Trump, escribió una crónica que es una pequeña joya. Allí expresaba de forma muy sutil cuál es el ambiente de la ciudad en este momento. Por si no la leyeron, pueden consultarla AQUÍ.

Por lo demás, esta mañana me he reincorporado al trabajo, ya saben que sólo para tres semanas y media. ¿Qué vendrá después? Sorpresa, sorpresa…

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