viernes, 12 de febrero de 2016

474. El asunto Asunta I

El triste caso del asesinato de la niña Asunta Basterra Porto y el juicio que declaró culpables a sus padres adoptivos dos años más tarde, es un asunto cuyas claves no consigo entender. No se han llegado a saber los motivos que podría tener esta pareja divorciada de la alta sociedad santiaguesa, para matar a su hija de forma planificada y chapucera. No se entiende que después de dos años terribles de cárcel preventiva (al padre le han dado más de una paliza los demás presos), ninguno de los dos se derrumbe y confiese. Ambos se mantuvieron silenciosos en el juicio, vestidos de negro, herméticos e inamovibles en su posición.

Curiosamente ha tenido que ser un periódico inglés el que elabore el mejor reportaje sobre el caso. Lo que da idea de la diferencia de calidad entre la prensa británica y la española. El londinense The Guardian tiene entre sus prácticas habituales, enviar a un corresponsal al lugar de los hechos de los casos más extraños, para que pase por allí unos días, fisgonee y escriba su reportaje, sin límites de tamaño. Es una sección que se llama The long read. El pasado 2 de febrero, el periodista Giles Tremlett, publicó en ese formato un excelente reportaje sobre el caso Asunta. Pueden comprobarlo, leerlo en inglés o, al menos ver las fotos AQUÍ. Pero me parece tan bueno que lo he traducido para ustedes. Ya les adelanto que es muy largo y he tenido que dividirlo en dos posts. Ahí va.


Por qué unos padres mataron a su hija adoptiva I (Giles Tremlett 2.02.2016)

Un día de finales de junio de 2001, Rosario Porto, una abogada menuda de pelo negro, de Santiago de Compostela, al norte de España, se acomodó nerviosa en un vuelo a China junto a su marido Alfonso Basterra, un tipo tranquilo del País Vasco, que trabajaba como periodista independiente. La pareja, ambos de 30 años de edad, estaban en camino de adoptar una niña. Porto tragó dos pastillas de Orfidal -un medicamento usado comúnmente contra la ansiedad, que ya había usado antes- pero seguía demasiado agitada y excitada para dormir.

La pareja había tenido problemas para convencer a las autoridades locales españolas de que serían unos buenos padres y que su hija estaría rodeada por una familia amplia y cariñosa. El padre de Porto era un abogado que había sido cónsul honorario de Francia en Santiago, y su madre era una profesora universitaria de historia del arte. Habían cedido a su hija un piso que ocupaba toda una planta en un edificio de cuatro alturas, en lo que algunos llaman "zona VIP" de Santiago, el barrio de la clase media alta de la ciudad. El piso estaba decorado en los tonos audaces -azules, verdes y amarillos- que a Porto le gustaban, y lleno de arte, curiosidades y coloridas alfombras de todas las regiones del mundo. El dormitorio de la niña se revestiría de papeles pintados con nubes y soles.

En ese momento, la adopción en China era inusual. Nadie en Santiago, una ciudad sólidamente burguesa de 93.000 habitantes, lo había hecho antes, y sólo unos pocos niños chinos se han adoptado en toda la región de Galicia, una zona principalmente rural de 2,7 millones de personas. Pero los padres españoles que querían adoptar, empezaban a constituir una amplia red. Con una tasa de natalidad baja y unas leyes de adopción estrictas, había relativamente pocos niños españoles que necesitasen hogares, mientras que la adopción en el extranjero era más rápida y fácil -al menos para parejas que puedan asumir costes de 10.000€ o más. En 2004, España se situaría en el segundo lugar del mundo en adopciones extranjeras -sólo por detrás de Estados Unidos. Al año siguiente, las adopciones de niños chinos alcanzaron los 2.750, el 95% de ellos niñas (la política de hijo único supone una prima añadida para los niños).

La adopción de un bebé extranjero produce satisfacción y, para algunos, el prestigio moral de rescatar a un niño necesitado. En el ambiente progresista y cultivado al que se trasladó la familia Basterra-Porto, no podían esperar más que elogios. Porto, que heredó el cargo de su padre como cónsul honorario, incluso apareció en la televisión local para compartir su experiencia y conocimientos acerca de la adopción.

Los informes de los psicólogos pintaron una imagen positiva de la pareja. Porto era "agradable y relajada, emocionalmente expresiva, cooperativa, adaptable y solícita", dijeron. "Soy una mujer apasionada" les dijo ella, describiendo a su marido como "paciente, fácil de llevar, comprensivo y con sentido del humor, un carácter fuerte que toma sus propias decisiones." La familia de Porto, me dijo uno de sus amigos, eran "pura aristocracia".

En China, les esperaba un bebé de nueve meses, de tamaño inferior al normal, de la provincia de Hunan, llamada Asunta Fong Yang. Fue, recuerda Basterra, "un viaje increíble". Dos semanas más tarde, después de bandearse entre la maraña de la burocracia china y hacer los pagos requeridos, trajeron a la pequeña a su casa de Santiago. Sus nuevos documentos de identidad españoles mostraban que ahora era Asunta Fong Yang Basterra Porto.

La niña creció y comenzó a ganar peso, aunque seguía siendo delgada y sufrió las dolencias típicas de la infancia: fiebres, gastroenteritis y otras enfermedades que asustan a los padres, pero pasan rápidamente. En los círculos en los que Porto -"Charo" para los amigos y familiares- se movía, los amigos médicos estaban siempre a mano. No había necesidad de ir al centro de salud pública, donde a Asunta le habían asignado un pediatra. Fueron, en cambio, hasta el hospital de la ciudad, donde un facultativo amigo supervisaría su cuidado futuro. Incluso podrían obtener medicamentos sin receta, de los amigos farmacéuticos. Eran privilegios de clase, pero así era cómo funcionaban las cosas en Santiago –una ciudad encantadora y tranquila, que alberga la capital de la región autónoma de Galicia. "Al igual que otras ciudades de provincia, Santiago puede ser muy complaciente", me dijo el escritor gallego Miguel Anxo Murado. La pareja estaba dispuesta a utilizar todos sus contactos. Simplemente estaban haciendo lo mejor para Asunta.

Con el tiempo se hizo evidente que Asunta era especial. Cuando llegó a la escuela secundaria la consideraron tan brillante que le saltaron un año académico. Sus padres la estimulaban pero también se preocupaban por estas habilidades. "Bien manejado, es una buena cosa", decía Porto a sus amigos después de leer sobre los niños superdotados. "Pero puede ser un problema." Empezaron las clases particulares de inglés, francés y chino, además del alemán en la escuela. Asunta ya hablaba español y gallego, el idioma similar al portugués de este rincón verde y húmedo de la España atlántica. También había clases particulares de ballet, violín y piano -a menudo exigidos por la propia Asunta.

"Ella nos contó una vez cómo eran sus sábados, nos recordó su antigua maestra de ballet, una mujer llamada Gail Brevitt. "Se levantaba a las 7 am, estudiaba chino de 8 a 10, llegaba al ballet a las 10.15 y bailaba hasta las 12.30 horas, y luego hacía francés hasta la hora del almuerzo”. Y además estaban el violín y el piano. Orgullosos, los padres de Asunta seguían su progreso cuidadosamente. La chica era tímida con los extraños, pero exuberante en casa -bromista, arengando a sus padres con discursos políticos simulados o dando vueltas y vueltas con sus trajes de ballet. Hubo conciertos y salidas al teatro, mientras su madre se involucraba en el Ateneo, un Club cultural liberal que organizaba charlas, debates y conciertos.

En el momento en que cumplió 12 años en septiembre de 2012, se podría haber esperado que Asunta estuviera harta de ser un "proyecto de niña”; una persona que estaba claramente siendo preparada para ser un prodigio. Una vez, cuando su madre estaba repasando la lista de sus actividades después de la escuela delante de unos conocidos, la chica soltó bruscamente: "¡Esa es una cosa que estoy haciendo porque te gusta a ti!" Pero Asunta parecía feliz. Tenía talento, era disciplinada y disfrutaba de lo que hacía. También era reservada, y sólo compartía sus escasas preocupaciones con Carmen González, asistenta de la familia, así como con su madrina y niñera esporádica, María Isabel Veliz, una mujer de edad avanzada, pero activa. Ya era 5 pulgadas más alta que Porto, casi una mujer. "Para mí, ellos parecían una familia idílica," decía González.

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Pero la familia había comenzado a mostrar algunas grietas. En 2009, Porto pasó dos noches en un hospital psiquiátrico privado, diciendo que se sentía apática, culpable y con ideas suicidas. Su mente era un torbellino de alta velocidad, dijo, y sentía una tremenda competencia con su propia madre. "(Porto] se irrita mucho con su hija, que es una molestia para ella," escribió un psiquiatra en sus notas. Después de dos días, sin embargo, Porto pidió el alta voluntaria y sólo regresó para la primera de las revisiones periódicas que le programaron.

Dos años más tarde, en 2011, Porto había recuperado el equilibrio y empezó a pensar en enviar a su hija a una escuela en Inglaterra durante un año. Esto le permitiría pulir su inglés y ayudaría a reforzar a Asunta a la altura de su brillantez natural. Porto había hecho algo similar: pasó por una escuela en Oxford de adolescente y, ya estudiante de 22 años, viajó a Francia en un intercambio Erasmus. Pero sólo duró unos pocos meses en Francia. "Allí nadie sabía quién era yo. En cambio en Santiago, al ser mi padre profesor de la facultad, me trataban con más consideración", explicaría más tarde. Su autoestima era frágil y fue durante su tiempo en Francia cuando inició un ciclo de recaídas ocasionales en la ansiedad o la depresión aguda. Porto comenzó a trabajar en el bufete de abogados de su padre después de graduarse y más tarde publicó un currículum on line en el que afirmaba haber completado su año Erasmus y estudiado en la London School of Law, una institución que no existe.

En septiembre de 2013, Asunta, 12 años, volvía a la escuela tras un largo verano que había incluido varias semanas felices con la querida asistenta y confidente en su pueblo de origen, y otras con su madrina en un complejo playero cercano, nadando en el mar y acudiendo a todas las fiestas locales. "Ella se divertía mucho", dijo Veliz. Sus padres no estaban lejos, en Santiago, o en su propio apartamento en la playa, pero sólo pasaron una de las seis semanas de verano con Asunta. Basterra y Porto se estaban recuperando de 18 meses de desgaste emocional. Un período negro que había comenzado con la muerte de la madre de Porto y, siete meses más tarde, la de su padre. Ambos habían muerto en sus camas. Asunta había pasado mucho tiempo con sus abuelos, sobre todo paseando por el parque de la Alameda con su abuelo, que solía acompañarla a casa tras la clase de ballet. Su abuela materna había sido la fuerza impulsora de la familia. Ella tenía "una personalidad como una cortadora de césped", dice un conocido. Porto la llamaba "encantadoramente horrible".

Ambas pérdidas sacaron a la luz los puntos débiles del matrimonio. A principios de 2013, Porto y Basterra se habían divorciado de repente, para sorpresa de sus amigos. De hecho, Porto había perdido el entusiasmo por un hombre al que ahora veía como excesivamente puritano, antisocial, apático e impredecible. Ella confió a un amigo que se había cansado de su bajo rendimiento como amo de casa. Porto encontró un amante, un hombre de negocios seguro de sí mismo, enérgico y exitoso llamado Manuel García. Cuando Basterra descubrió el asunto, cotilleando en los correos electrónicos de su esposa, su matrimonio se desmoronó. Optó por apartarse, se fue a casa de unos parientes en el País Vasco, pero volvió tres semanas más tarde y alquiló un pequeño apartamento a la vuelta de la esquina. Su único objetivo, dijo, era estar cerca de Asunta para verla crecer feliz.

Porto se había sentado con Asunta y le había dado la típica charla de los padres divorciados, llena de garantías de que los dos la adoraban, pero mamá y papá ya no se querían. "Entonces, ¿quién va a cocinar?" quiso saber Asunta. Era una pregunta pertinente. Su padre, cuyo trabajo free lance era muy errático, había sido el cocinero y amo de casa principal. Basterra iba a  bombardear a su ex mujer con correos electrónicos en los que le recordaba todas las tareas del hogar que ahora caerían sobre ella, sabiendo que su incapacidad para organizarse a sí misma la haría caer en la ansiedad. "Dudo que ella sepa hacer un huevo pasado por agua", dice un amigo. Sin el dinero de Porto, Basterra había aterrizado en el mundo real. Que su esposa se hubiera buscado un amante casado, al que Basterra consideraba vulgar, no hizo sino aumentar su resentimiento.

Nadie sabe cómo Asunta, al borde de la adolescencia, reaccionó a todo esto. Las certezas perfectas de su mundo se estaban desmoronando y su confianza en sus padres debe haber flaqueado. En junio de 2013, Porto tuvo una crisis nerviosa que le provocó síntomas físicos agudos, incluyendo mareos y la paralización de un lado de la cara. Basterra se precipitó a la cama de hospital de su ex esposa y, una semana más tarde, la ayudó a instalarse de nuevo en casa. En cierto modo, era un retorno a su antigua vida. Comían en casa e incluso pensaron que podrían volver a vivir juntos.

Mientras tanto, Asunta continuaba con sus numerosas actividades extraescolares. Cuando ella puso sus libros de estudio en forma de abanico sobre la colorida alfombra de su habitación en la tarde del sábado 21 de Septiembre de 2013 -tras almorzar con su madre en el piso de su padre, jugar una partida de cartas y ver un episodio de los Simpson- parecía que la familia había superado sus traumas recientes y que la vida de Asunta volvía de nuevo  a la rutina.

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Alfredo Balsa es bien conocido por la policía de los alrededores de Santiago de Compostela. Es un visitante asiduo de los clubes de alterne –así se llaman los burdeles legales que muestran sus letreros de neón en las afueras de cada ciudad española-, que además tenía el hábito de conducir bebido en el entorno de la parroquia de Teo, una aldea junto a Santiago. En septiembre de 2013 lo habían pillado tantas veces que había perdido su permiso de conducir. Pero el club de alterne más cercano -el Satay- estaba a una milla de distancia, por caminos de tierra en buen estado. Las posibilidades de ser sorprendido conduciendo eran casi inexistentes.

En las primeras horas del 22 de septiembre, él y un amigo salieron de un bar en el pueblo de Feros, subieron al Volkswagen Golf blanco de Balsa, y se dirigieron al Satay por una ancha pista forestal. Era una noche muy brillante, pero los robles y los pinos producían unas intensas sombras  negras, y Balsa vislumbró algo extraño entre ellas. Parecía un espantapájaros. Detuvo el coche, dio marcha atrás, enfocó las largas al lugar y, descubrió una forma humana tendida en una bancada de suave pendiente a sólo dos metros de la pista.

Se bajaron del coche y se acercaron con cautela. Una chica yacía sobre la capa de agujas de pino caídas, vestida con un pantalón de chándal gris manchado de barro, con un brazo medio metido en el top y una camiseta blanca levantada por encima de su estómago. Estaba descalza. El brazo izquierdo de la chica estaba doblado sobre su hombro, una gran mancha húmeda se extendía alrededor de la entrepierna, y había una pequeña cantidad de mucosidad con sangre bajo la nariz. Era un descubrimiento sorprendente, algo muy raro en esta zona tranquila del campo, porque la chica era asiática. Los hombres le tomaron el pulso, pero no había ninguno.

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La policía supo enseguida quién era la víctima. Rosario Porto y Alfonso Basterra habían acudido a la comisaría principal de Santiago, un edificio de piedra de color miel en un barrio bien cuidado cerca de la catedral, a las 22:17 para informar que Asunta había desaparecido. En la denuncia quedó escrito que Asunta se había quedado en el apartamento de su madre para hacer sus deberse a las 19.00 mientras Porto iba a la casa de campo de la familia -un pazo amurallado construido por sus padres, con piscina y pista de tenis. La casa estaba también en la parroquia de Teo, a 20 minutos de Santiago y a unos 4 kilómetros de donde se encontró el cuerpo. Cuando Porto regresó a las 21.30, la niña había desaparecido.

Asunta era una niña obediente y disciplinada, no de las que anda por ahí perdiéndose, por lo que su madre había llamado a Basterra, quien había esperado unos minutos por si ella había decidido ir a pie desde el apartamento de uno de sus padres al del otro. Le dijeron al inspector de policía, Javier Vilacoba, que habían llamado a algunos amigos de Asunta, pero nadie sabía de ella desde que Porto se había ido a la casa de campo. Justo antes de salir de la comisaría, Basterra le pidió a Porto que le contase a Vilacoba un extraño incidente ocurrido a principios de verano. A las 2 am de una noche de julio, la habían despertado unos gritos de Asunta. Cuando ella corrió a la habitación de la chica se encontró a un hombre vestido de negro, con guantes de látex, inclinado sobre la niña. El tipo salió corriendo y apartó bruscamente a Porto a la que golpeó en la mejilla. Habían dejado las llaves en la cerradura fuera de la vivienda, por error, pero Porto no sabía por qué había entrado el hombre en el edificio, aunque asumió que tal vez supiera de la existencia de una caja fuerte con miles de euros en efectivo.

Porto había acudido a la policía al momento, pero decidió no denunciar el incidente. No le faltaba nada y los intentos de robo rara vez se resuelven, razonó. "Asunta es una niña temerosa. Y no quiero que se sienta insegura en su propia casa", dijo Porto. Una explicación extraña, más aun por el hecho de que no se lo contó a sus vecinos. Pero algunos notaron la cara magullada de Porto y pensaron que algo espantoso podía haber ocurrido."¡Ayer alguien intentó matarme!" escribió Asunta en un mensaje a un amigo. Dos meses más tarde, al parecer, alguien por fin lo había conseguido. El inspector Vilacoba dio a los padres de Asunta la noticia a las 4,45 am . Él y Basterra habían fumado un cigarrillo juntos fuera del edificio de apartamentos, unas horas antes en el calor de la noche. Basterra le había dicho en murmullos que Asunta debía de estar muerta y que sólo esperaba que no la hubieran violado.

2 comentarios:

  1. Curiosa la referencia a los clubes de alterne. Estamos tan acostumbrados a verlos en las carreteras que creemos que serían igual en los países extranjeros. Si este periodista se siente obligado a describirlos, será porque que en la puritana Inglaterra no existen. O al menos, no en el mismo formato.

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    1. Pues la verdad es que no tengo datos suficientes como para informarte de lo que dices. No tengo ni idea de cómo son los burdeles en el extranjero, pero no tengas duda de que existen. Si averiguo algo, ya lo contaré en el blog. Por lo demás, he intentado conservar las reflexiones del periodista dirigidas a sus lectores ingleses, las medidas en pies, pulgadas y millas y otras cosas por el estilo. Es interesante ver cómo nos observan desde fuera y cómo un británico le habla de nosotros a otros británicos.

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