lunes, 26 de octubre de 2015

440. Nuevas hazañas bélicas

Como a muchos lectores les encanta que cuente mis batallitas cotidianas, pues aquí les resumo algunas de las historietas más llamativas de la semana pasada. Arrecian las visitas de delegaciones extranjeras, con las que hemos establecido un protocolo, sobre la base del interés que la nueva corporación municipal tiene en mejorar las relaciones con otras ciudades, especialmente europeas. Hay una persona que centraliza la organización de estos encuentros y, según lo que más interese a los visitantes, elige a los oradores que les atenderán. A mí me suele tocar contarles un poco el contexto general y la historia más reciente del urbanismo capitalino. Ya saben que soy un generalista que sabe un poquito de todo sin profundizar en casi nada. Cuando se requiere un relato más específico de un tema concreto, se recurre al especialista de turno para una exposición más en profundidad.

Es decir, que la mayoría de las visitas me tocan a mí y a todas les suelto aproximadamente el mismo rollo, con una presentación estándar que ya tengo elaborada y adaptada a las directrices del nuevo equipo de gobierno. Digamos que tengo la comida precocinada y, ante cada demanda concreta, me basta con aderezarla mínimamente antes de ponerla un poquito al microondas y listo: en un periquete tengo unas imágenes de refrito para calzárselas al incauto visitante. La semana pasada hubo una excepción a esta rutina y se me requirió a título de especialista, lo que me supuso tener que confeccionar una presentación específica y hacer un esfuerzo extra para estar a la altura. Les cuento. El Ayuntamiento de Copenhague tiene en estudio la posibilidad de acometer un proyecto parecido a Madrid Río. En este caso, se trata de una carretera radial, es decir, de entrada y salida de la ciudad. Copenhague ha crecido, el inicio de esa carretera se ha quedado dentro del núcleo urbano y se están planteando la posibilidad de soterrar un tramo de 4,5 kilómetros para recuperar la superficie como un eje verde estructurante entre los dos lados de la ciudad, ahora separados por la vía.

La delegación estaba formada por arquitectos y técnicos del Ayuntamiento y otros de una consultora privada que está haciendo los estudios previos (y que supongo que pagaba el viaje de todos).Tenían un programa muy apretado. Llegaban en avión el martes a las 11 de la noche y, después de dos días intensos, se volvían el jueves también por la noche. En esas 48 horas se entrevistaban con uno de los arquitectos autores del diseño de Madrid Río para que les contara en detalle el proyecto, con los rectores de la empresa mixta Madrid Calle 30 para lo relacionado con la obra de soterramiento y con la empresa Dragados (del grupo del SS), para conocer todo lo relacionado con el funcionamiento de las tuneladoras. Además de todo eso, querían una información precisa sobre la estructura financiera de la operación y los aspectos participativos. Y esa era la parte que a mí me tocaba. Normalmente, yo dispongo de una hora para exponer todo lo del río como conferenciante único. Esta vez tenía dos horas sólo para la parte financiera y de participación, puesto que el resto se lo contaban los demás.

Quedamos en el Colegio de Arquitectos y tuvimos allí la sesión de 9 a 11. A continuación, les contaron el diseño del parque hasta las 12. Y de allí salimos caminando, calle Hortaleza adelante. Éramos 15 personas: 13 daneses, el que les organizaba la visita y yo. Cruzamos la Gran Vía, seguimos por Montera y doblamos hacia la calle Jardines. Allí, en un negocio de alquiler de bicicletas, nos tenían preparadas 15. He de confesarles que nunca había circulado por Madrid en bicicleta por enmedio del tráfico. Me he movido muchas veces por carriles bici, parques y aceras, y circulé cien metros por la calzada el día en que Werner y yo nos montamos en dos bicicletas del BiciMad. Pero así, por medio del tráfico matutino de la ciudad, nunca. Salimos en formación por la calle Montera, que es peatonal, circulando con cuidado por entre las putas y los numerosos viandantes. Caímos hasta la Puerta del Sol y doblamos por el carril bici que va hacia la calle Mayor. Yo iba cerrando la marcha, porque no soy demasiado ducho y no quería estorbarles. A mitad de la calle Mayor se acaba el carril exclusivo y uno se mezcla ya con el tráfico, en esa calle bastante escaso.

En Bailén doblamos a la derecha y allí empieza lo bueno. En vez de meternos por el subterráneo de la Plaza de Oriente, salimos hacia arriba, para que los daneses vieran el Palacio Real, e hicieran algunas fotos de turista. Tras esa parada, recuperamos los carriles principales de Bailén, en dirección a la Cuesta de San Vicente. En ese punto, se me puso en rojo un semáforo y me quedé cortado del grupo, al que vi doblar a la izquierda y empezar a bajar la cuesta, entre coches y autobuses. Una eternidad después, se puso verde y yo salí detrás de un bus que también doblaba a la izquierda. Por suerte no se me cruzó nadie que quisiera subir a Plaza de España. Decidí quedarme en el carril bus, e inicié la bajada entre un autobús y otro. El de detrás me seguía con un cuidado exquisito. El problema era que, en ese tramo, el bus de delante tenía dos paradas. En la primera, eché pie a tierra y me asomé ligeramente al carril siguiente: bajaban los coches a toda hostia, con un tráfico numeroso.

Ante la certeza de que, si intentaba adelantar al bus por fuera, se me llevarían por delante, opté por quedarme en el carril bus y seguir por esa vía hasta la glorieta de Príncipe Pío. Allí saqué el brazo izquierdo para indicar que no iba al Paseo de la Florida, sino que continuaba por la rotonda, hasta el mástil de la bandera europea, donde me esperaban los compañeros. Reconózcanlo: no está mal para un sexagenario, primerizo en modalidades soft del transporte ciudadano. Después, recorrimos todos los rincones del parque del río, con paradas para las correspondientes explicaciones. En un punto del Parque de la Arganzuela, otro ciclista nos traía el material para el picnic (hay que ver lo que les mola esto a los nórdicos). Nos tocó a cada uno una bolsa con un superbocata de tortilla española y chorizo, una botellita de agua, un zumo de piña y una manzana. Nos comimos todo en un banco al sol del otoño y rematamos con un café en la terraza de la llamada Playa de Madrid. La visita continuó por la tarde, hasta que les dejé a las 5 a la puerta del Centro Cultural Matadero, que iban a visitar a continuación.

Allí nos esperaban los del alquiler de bicis, con un camión para recogerlas y llevárselas otra vez a Jardines. Tras la visita, el plan de los daneses era cenar un cochinillo en Casa Botín. Yo tomé el Metro de Legazpi y, aunque estaba cansado de hablar en inglés desde las nueve de la mañana y con dolor de culo por el sillín, aun tuve ganas de pasar por el Mercado de Antón Martín a comprar algo para mi cena y la de mi hijo. Un día ciertamente singular. Al día siguiente, cumplí con una de mis buenas intenciones de principio de curso: tenía cita con el oculista. Resulta que yo siempre he visto bien, de cerca y de lejos. Cuando la gente me veía leer sin gafas (por ejemplo, al cumplir 50), se extrañaban mucho y me decían: ya, verás, ya verás… dentro de nada se te van a quedar cortos los brazos y empezarás a tener problemas para leer y ver de cerca. Y yo nada: leyendo perfectamente.

Hace un par de años, empecé a ver peor de lejos. O sea, al revés de todo el mundo. Entonces, esos mismos agoreros que me adjudicaban negros pronósticos, cambiaron de discurso: si te pasa eso –me decían– es porque eras miope. Eso me daba mucha rabia y a menudo les decía: miope sería tu padre; yo no he sido nunca miope. La cosa iba en aumento y el jueves fui al oculista. Y, por primera vez, alguien me explicó lo que me pasa. Resulta que tengo un principio de catarata, aun muy incipiente. Y ese principio de catarata me genera una miopía inducida. Por eso funciono como un miope. El problema es leve y se soluciona con unas gafas de lejos. Menos mal –le dije al oculista–, porque mi problema es por las noches: cuando voy conduciendo, no veo las indicaciones hasta que ya estoy muy encima. Respuesta del galeno: con los ojos como los tiene, no debería conducir sin gafas ni de día. Me dio un papelito para ir a una óptica, trámite que aun no he cumplido, por falta de tiempo.

En coherencia con la recomendación del oculista, el viernes salí desde el trabajo en dirección a la Serranía de Cuenca, en concreto a la Hostería de Cañete, en el pueblo del mismo nombre, en donde había quedado con mi grupo de senderistas para la acostumbrada cena pantagruélica que inicia nuestras excursiones. El sábado hicimos 14 kilómetros por la mañana y otros 11 por la tarde. Y el domingo 12 más, con regreso a comer al restaurante de la Hostería, comida que se prolongó hasta las 17.30. Con el cambio de horario, la mitad del recorrido de vuelta a Madrid por la carretera lo hice de noche pero, después de haberme metido en bicicleta por Bailén y la Cuesta de San Vicente, me siento capaz de cualquier cosa. A ver si esta semana me puedo hacer mis nuevas gafas de lejos.

Por lo demás, la Serranía, espectacular en la habitual explosión de amarillos y dorados del otoño. En el grupo hay gente experta en geología y botánica, que te enseñan a diferenciar las sabinas de los enebros y los majuelos. No sé por qué, esta vez, la musiquilla que llevaba todo el rato en la cabeza era la de la película Los Cañones de Navarone, que les voy a poner aquí abajo, y verán cómo les suena. En todo caso, un fondo sonoro muy adecuado para mis hazañas bélicas.


Lo que quizá desconozcan es que también hay una extraordinaria versión ska de esta banda sonora, que por supuesto era la que yo iba tarareando. Fue grabada en el año 1964 por uno de los grupos clave de la ska-music: nada menos que The Skatalites.  Cincuenta años después, los músicos de este grupo mítico siguen tocando el tema en sus actuaciones. Les dejo con un vídeo cojonudo de su actuación de 2003 en Glastonbury. El saxo original se murió y tuvieron que contratar a un jovencito para sustituirlo. Los demás son los miembros originales del grupo, como puede deducirse de su aspecto. Y, por cierto, los Skatalites tocan en Madrid el próximo 10 de diciembre en la Sala Penélope, calle Hilarión Eslava. No me digan que se van a perder la actuación de estos ancianos dinamiteros tan marchosos. Sean felices. 


   

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