viernes, 19 de diciembre de 2014

322. Más sobre el tiempo que fluye

El tiempo es una materia física que siempre ha apasionado al ser humano, por su carácter intangible, inestable y perecedero. El llamado presente es sólo un instante, como la línea de una ola de mar que avanza, dividiendo el pasado del futuro, el antes del después. El momento en que he empezado a escribir este párrafo ya forma parte del pasado. Porque el tiempo corre inexorable y sigue siempre adelante. Desde la antigüedad más remota, el hombre ha estado obsesionado por medir el tiempo, fraccionarlo en períodos, organizarlo en secuencias, como una forma de controlarlo o domesticarlo. Pero, por mucho que lo midamos, el tiempo fluye sin control y no hay modo de detenerlo.

Medir el tiempo. Medir es sólo una convención, que se da por admitida o se impone desde el poder. Medir es comparar con una unidad previamente establecida, en este caso el segundo. Pero el tiempo es imposible de dominar y se escurre, como agua de una fuente que se quiera parar con las manos. Los relojes son un intento vano de organizar el transcurrir del tiempo y especialmente los relojes callejeros que tanto proliferan en las ciudades centroeuropeas (se dice que Praga es la ciudad del mundo con más relojes en la vía pública). Uno va por la calle y puede comprobar todo el rato si son las 11.37, o ya hemos pasado a las 11.38, algo ciertamente tranquilizador a nivel colectivo: el tiempo transcurre, la gente camina sosegada, nadie se tropieza, los semáforos funcionan, la policía vigila.

En el lenguaje corriente hay numerosas expresiones relacionadas con el paso del tiempo: perder el tiempo, aprovechar el tiempo, tener tiempo para algo, adelantarse a su tiempo, ahorrar tiempo, ganar tiempo. Todas estas expresiones hacen referencia a la magnitud tiempo, como si fuera algo que pudiera aprovecharse, almacenarse, dejarse para después. Pero el tiempo no se puede guardar, conservar, atesorar para luego. En ese sentido, es como la energía eléctrica: cuando hace mucho viento, los molinos de energía eólica han de pararse, porque es imposible almacenar el exceso de energía producida, para usarlo más tarde.

También hay una obsesión recurrente por los viajes en el tiempo. Julio Verne contó la historia de dos personajes hibernados que se despiertan varios siglos después y terminan por volverse locos. Orwell con su excelente novela La máquina del tiempo, plantea el mismo asunto, la posibilidad de viajar en el tiempo y aparecer en alguna era pasada, o (lo más inquietante) futura. La divertida serie de películas Regreso al futuro desarrollaba la misma idea, planteando una variante: la posibilidad de que el regreso al pasado permitiese cambiar el transcurrir de los hechos, eliminando variantes que se sabía que iban a ser nefastas. Esa misma vía se continúa en la serie Terminator, al menos en las primeras entregas. 

Es curioso que, en castellano, la palabra tiempo se use indistintamente para designar esa magnitud física de la que les vengo hablando, y también el llamado tiempo atmosférico o climatológico, que, aparte fluir de forma parecida a la del otro tiempo, poco más tiene con él en común. Los angloparlantes se sorprenden mucho de esta coincidencia, ellos diferencian claramente entre time y weather. Sin embargo hay numerosas interferencias entre ambos conceptos, designados con la misma palabra. Les recuerdo en primer lugar la curiosa película El día de la marmota, que aquí se llamó Atrapado en el tiempo. Un extraordinario Bill Murray se ve metido en un bucle de tiempo que le obliga a repetir indefinidamente el mismo día, generando un sinfín de situaciones desternillantes. Pues este personaje era, precisamente un weather man, un hombre del tiempo de la tele.

Otra interrelación entre ambas acepciones de la palabra tiempo, la encontramos en la figura de los serenos, que muchos de ustedes no habrán llegado a conocer. En La Coruña conocí a los serenos locales y, cuando me vine a Madrid, tuve ocasión de convivir algunos años con esta entrañable institución. En Madrid, el sereno era un señor asturiano, de edad, frecuentemente renqueante, de andares cachazudos y cómplices, vestido con un guardapolvos azul marino, con una pica en una mano y, en la otra, un gran manojo de llaves insertado en un gran círculo de acero. Cuando llegabas a casa por la noche, el sereno te acompañaba un buen rato, sobre todo cuando estabas un poco bebido, te preguntaba por tu familia, te daba sabios consejos filosóficos y te abría el portal, todo a cambio de la voluntad.

Los serenos surgen en el siglo XVIII y se reglamentan en el XIX. Su función era vigilar el orden por las noches, evitar hurtos o asaltos, avisar de incendios y ayudar en lo que pudieran. Los pueblos solían tener al menos un sereno y la tradición marcaba que debían dar avisos a horas fijas y en puntos preestablecidos, para informar del estado de ambos tiempos: el físico y el atmosférico. En el lugar elegido, el sereno se paraba, daba un golpe con su pica y proclamaba: “las cuatro y media, lloviendo”. El durmiente al que le pillara cerca de la esquina en cuestión, se despertaba ligeramente y, tranquilizado por la información recibida, se volvía a dormir enseguida. Otras veces era “las tres y nevando”. Y cuando el cielo estaba despejado y el viento en calma, la proclama era “las cinco y media y sereno”, de donde les viene el nombre.

De todas formas, cuando el tiempo era de difícil descripción tenían una muletilla más, que a mí es la que más me gusta: “las siete y media, tiempo vario”. Creo que en estos momentos de incertidumbre, no hay mejor definición que esta: estamos en un momento de tiempo vario. Todo es inestable, todo está en precario, no sabemos por donde va a salir la situación. El tiempo fluye, como siempre ha sucedido, pero la situación general del mundo fluye también y de forma asombrosa a veces. USA se acerca a Cuba con la mediación del Papa Curro, el mejor papa desde Juan XXIII. El rublo se hunde, las FARC proclaman el alto el fuego incondicional en Colombia y, en Marte, ya han visto que algún engendro legendario se tira pedos con fruición. Todo es incierto, nada es previsible y eso nos remite a las teorías de Heráclito.

Por si no lo recuerdan, Heráclito de Éfeso, conocido por el mote de El Oscuro, fue el filósofo griego que enunció la teoría del cambio continuo: “todo fluye, nada permanece”. Decía Heráclito, que uno puede tirar una piedra desde un puente, sobre el curso del río. Pero no repetirlo: si tira otra piedra cinco minutos más tarde, ésta caerá sobre un agua diferente, porque el agua primera ya ha pasado y ha seguido su curso río abajo. Su oponente más conocido era Parménides de Elea, quien sostenía que todo eso eran zarandajas: el río era uno, era siempre el mismo y no había que darle más vueltas. Haciendo una simplificación, lógicamente empobrecedora, podemos decir que Heráclito era un pensador progresista y revolucionario, mientras que Parménides era el típico conservador retrógrado. En este momento, Heráclito tal vez fuera de Podemos y Parménides del PP.

Todo esto es de sobra conocido para cualquiera que haya estudiado los rudimentos de la filosofía griega. Menos del dominio público es el hecho cierto de que Heráclito de Éfeso padecía hidropesía y solía combatir esa enfermedad con un remedio bárbaro, muy en boga en la época: se enterraba en estiércol de vaca, dejando fuera sólo la cabeza, y se pasaba así muchas horas, a veces un día entero. Algunos estudiosos, como Julio Cortázar, sostienen que la hidropesía era una mera excusa, que el objeto de la cura era más bien psicosomático. Es decir: uno se entierra en mierda hasta el cuello, se pasa así, digamos, doce horas y luego se ducha. El resultado debe de ser extraordinario: no es posible que el mundo se vea igual, después de someterse a semejante terapia. A Heráclito de Éfeso los vecinos lo apodaron El Oscuro, no por el más que probable efecto sobre su piel de sus curas periódicas, sino porque nadie entendía lo que decía. Sus razonamientos eran herméticos para sus contemporáneos, que no conseguían descifrar lo que les quería decir. Heráclito El Oscuro fue un adelantado a su tiempo.
A lo mejor es esto lo que nos está sucediendo, a nivel colectivo. Como sociedad nos hemos enterrado en mierda hasta el cuello. Llevamos así ya mucho tiempo y todos deseamos que, de una vez, llegue la ansiada ducha reparadora. Que llegará, no lo duden. Empuñen la manguera los de la coleta, u otros cualesquiera. Nunca ha sucedido que, después de llover, no escampe; a todos los cerdos les llega su sanmartín y, antes o después, nos liberaremos de la mierda. El tiempo, además de todas las peculiaridades y variantes que hemos comentado tiene una virtud innegable: al final pone a todo el mundo en el lugar que se merece.


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