lunes, 12 de noviembre de 2018

785. En la carretera del fin del mundo

Escribo ahora en el avión que me lleva de vuelta desde la Isla de Pascua a Santiago de Chile, cuatro horas de vuelo que haremos también en clase Business, o sea, como señores. Tumbado en la posición que les mostré hace dos posts, empezaré por aclararles que en la Isla el WiFi va como el culo. Tenía mi texto anterior escrito en el avión de ida, pero me ha costado Dios y ayuda cargar las fotos con las que les he ilustrado el texto, una especie de tarea de Penélope, en la que la conexión se iba continuamente, los trabajos incompletos se perdían y había que empezar otra vez desde cero. 

Les cuento ahora que, desde la preciosa isla de Chiloé, condujimos la furgoneta que habíamos alquilado en el aeropuerto de Temuco, cruzamos de vuelta al continente en el ferry de Ancud y nos dirigimos al aeropuerto de Puerto Montt para devolverla allí y tomar un vuelo a Punta Arenas, ya casi en el círculo polar antártico, el lugar más al sur en donde he estado en mi vida. Ya les dije que Puerto Montt es una ciudad costera muy fea, impersonal, de antiguos madereros y mineros, un lugar portuario, de cielos grises, vientos destemplados y escaso patrimonio arquitectónico, con la excepción de la iglesia y otros vestigios de la presencia alemana por estas tierras. Los alemanes se instalaron en toda esta zona cuando se marcharon los españoles. Y se dice que, tras la caída del régimen nazi, muchos jerifaltes del siniestro régimen se las arreglaron para escapar y encontrar por estas tierras el refugio y la solidaridad de muchos antiguos primos lejanos.

De esta herencia alemana tóxica vienen rollos como el de la Colonia Dignidad, de siniestro recuerdo. Pero esto es algo que sucedió lejos de Puerto Montt, una tierra bronca que está, sin embargo, indisolublemente unida a la matanza de los campesinos que habían ocupado unas fincas agrícolas con intención de quedarse y explotarlas, un suceso que cantó Victor Jara. El régimen democrático del presidente Eduardo Frei padre, derecha democristiana, envió a los carabineros a que vigilaran la escena. Ambas partes estaban negociando, todo iba bien  aparentemente, hasta que se desató la locura. Resultado: diez campesinos muertos a tiros, numerosos heridos y detenidos y las fincas desalojadas. Y el régimen definitivamente manchado y bajo sospecha. Un anticipo de lo que pasaría años más tarde, con Salvador Allende y el golpe de Pinochet. Historia repetida y paralelismo indudable con el episodio de Casas Viejas y la atribución a Azaña de la orden: tiros a la barriga. Sin duda una escena precursora de las actuales fake news. Es impensable que Azaña pudiera dar semejante orden. En Chile tampoco se supo nunca desde donde se dio la orden de desalojar. Hablaré de algunas de estas historias en mis textos dedicados a Santiago.

Pero estábamos en que volamos a Punta Arenas, la puerta de la Tierra de Fuego y el casquete polar. El vuelo se retrasó y llegamos allí casi de anochecida. Un incordio, puesto que en el aeropuerto debíamos coger dos coches para desplazarnos en la noche a Puerto Natales, 200 kilómetros más al norte, en donde teníamos hotel reservado. En esta zona, los vientos son huracanados todo el año, acompañados a veces con lluvia y con temperaturas muy bajas. Tomamos esta carretera del fin del mundo en mitad de la noche, batidos por peligrosos vientos laterales y castigados por aguaceros a rachas. La carretera es de dos carriles, uno por sentido, bien asfaltada, pero mal pintada, sin bien el anochecer es extremadamente suave y gradual, lo que permite una buena visión hasta bien entrada la  noche. Cuando la oscuridad se adueñó del panorama, le dejé el volante a un colega que ve mejor que yo por las noches. Encontramos el hotel a la una de la madrugada y pudimos descansar en buenas condiciones.

El motivo de venir a estas latitudes ignotas es doble. Por un lado, visitar el Parque Nacional de las Torres del Paine, a unos 150 kms de Puerto Natales. Por otro, contemplar de cerca algún glaciar. Estuvimos por allí dos días completos (tres noches de hotel). Y he de decir que la primera impresión del asunto fue un poco descorazonadora. El macizo de las Torres del Paine es una formación geológica espectacular, que parece surgir de la tierra y alrededor de la cual se organiza un extenso parque natural, con la promesa de que las Torres se ven desde todas partes, en diferentes perspectivas. El parque es precioso y pululan por allí los guanacos como el que ven abajo, un pariente de las llamas realmente muy vistoso y bastante confiado, de forma que es sencillo acercarse a fotografiarlo. Pero a nosotros nos sucedió que llegamos con un viento espantoso, un frío terrible y un montón de nubarrones impidiendo la visión de las Torres. Digamos que se veía un cielo encapotado y, según nuestras indicaciones geográficas, allí arriba estaban las Torres, que debían de ser una maravilla.


Pero venir a un sitio tan lejano para imaginar unas montañas detrás de unos nubarrones es algo un poco absurdo y descorazonador. Después, otros viajeros nos han contado que les sucedió lo mismo. Que allí cada día se suceden nubes negras y claros esplendorosos. Que el hecho de que te encuentres el macizo emboscado por nubarrones incrementa el placer posterior de descubrirlo. La cosa es que en un momento dado las nubes se van retirando como en una escenografía predeterminada y allí emerge majestuoso el macizo de las Torres del Paine, verdaderamente espectacular. Entonces uno empieza a considerar que ha merecido la pena venir hasta aquí. Aunque estábamos helados de frío y aturdidos por el viento.


Yo no he visto en mi vida vientos como estos. Es que te llegan rachas preñadas de arena y de agua, que te golpean la cara dolorosamente (al final del día uno tiene el cutis suavecito, como si se hubiera hecho un peeling). Es que hay momentos en que uno tiene que tirarse al suelo hecho un  ovillo, para que no te tire. Es que, por ejemplo, estando en un bar acristalado vimos llegar una especie de tornado que venía de un lago cercano varios metros más abajo y de pronto cayó sobre los cristales un torrente de agua del lago que percutió sobre la construcción más de un minuto y todos pensamos que la derribaba. Pero la visión fantasmagórica e intermitente de la espectacular mole de las Torres merece la pena de todas las calamidades atmosféricas que la acompañan. Y la chica del hotel nos dijo que el viento que había hecho esos días era prácticamente nada comparado con el de otros períodos. Que llega a tirar los autobuses y los arrastra por el suelo de lateral. Aquí tienen las fotos que tomé de este macizo icónico, la de los primeros momentos en que empieza a emerger de las nubes y la que se puede ver con el tiempo totalmente despejado.



Y  todavía nos quedaba el glaciar. Teníamos el plan de tomar un barco para acercarnos al glaciar Valmaseda, pero no lo habíamos reservado y no encontramos plaza. Pero había una alternativa: el Grey. El glaciar Grey origina el lago Grey, que luego desagua en el río Grey, a cuyo lado está el hotel Grey. No son muy imaginativos con los nombres por esta zona. El primer día estuvimos a orillas del lago, vimos los témpanos desprendidos del glaciar flotando a la deriva y vimos al fondo la desembocadura del glaciar en el lago. Había un catamarán con plazas disponibles para el día siguiente. Reservamos nada más llegar y luego nos dimos una vuelta por allí, por un camino de senderismo que rodea una parte del lago. En algún momento se nos cruzó por la mente que ya lo habíamos visto todo y que habíamos hecho el turista reservando para ver desde un barco otra vez lo que ya habíamos visto por nuestra cuenta. Estábamos equivocados. La visión de cerca del glaciar desde un barco que surca el lago, es uno de los momentos culminantes de este viaje. Al menos para mí, que nunca había visto nada semejante (mis compañeros ya conocían el Pedrito Moreno y otros glaciares australes).

Y eso que el embarque subraya la sensación de haber hecho el turista. Guiris a saco, música discotequera, gente muy contenta como si fuera la hostia lo que están haciendo y el barco picoteando aquí y allá sin acercarse al glaciar. Todo el mundo trae bocatas y agua y con la entrada tienes derecho a un pisco sour por cabeza. Aunque parece que está al lado, desde el embarcadero hasta la lengua del glaciar hay 14 kilómetros. A ratos llueve a rachas sesgadas, hace también frío pero, a medida que te vas acercando, descubres que lo que se ve desde el embarcadero es sólo una de las tres lenguas del glaciar que desembocan en el lago, separadas por dos islas volcánicas que en su día estuvieron cubiertas por un glaciar único, pero que su retirada las ha hecho brotar del desierto blanco. El barco se detiene y coquetea con las tres fachadas heladas, permitiendo ver las grietas azuladas entre los sectores a punto de desprenderse. Como unas imágenes valen más que mil palabras, les voy a dejar de propina  una secuencia de la escena, tal como yo la fui contemplando. Mi avión empieza ya a olfatear la costa de Chile, como los caballos cuando intuyen la proximidad de la cuadra. El siguiente ya desde Madrid. Sean felices.










No hay comentarios:

Publicar un comentario