jueves, 19 de julio de 2018

755. No hay mal que por bien no venga

Una fatalidad. Una auténtica desgracia virtual. Eso es lo que me ha pasado a mí con el blog y vamos a analizarlo separadamente en función de sus distintos matices.

1.- El contexto. Como habrán advertido algunos de ustedes, queridos lectores (especialmente los noctámbulos como el gran Alfred), estos días había vuelto a instaurar el toque de queda en el blog, por aplicación del artículo 155 de mi constitución bloguera, o de mis cojones, si lo prefieren. Quiero decir que, antes de acostarme a dormir, seleccionaba todos mis posts en grupos sucesivos de cien y los cambiaba al modo borrador, para pasar la noche en cuarentena. Y, en cuanto me despertaba, deshacía mi tarea, como Penélope su tela. ¿Por qué hacía eso? Pues porque, cuando estaba en San Francisco, los jodidos italianos que entran en mi página de 60 en 60, recuperaron el acoso y pasaron a atacarme en horas diurnas de la Costa Oeste. En cuanto regresé, los ataques continuaron a su hora habitual: entre las 2 y las 6 de la mañana. Por eso recuperé el toque de queda. ¿Es una pesadez hacer eso? Sí, pero no más que lavarse los dientes. ¿Es seguro? Pues eso creía yo. Y aquí la fatalidad.

2.- Los hechos. En la noche del 17 al 18, colgué mi último post, titulado “Tautologías, etc.”. Lo terminé muy tarde y quise dejar un margen extra para que mis seguidores más ávidos y trasnochadores pudieran disfrutarlo sin apuros. Estaba muy cansado (ésta está siendo una semana bastante agotadora). Pero terminé de cenar, apagué el ordenador y dejé mis maniobras blogueras para después. Tengo un Ipad, desde el que puedo hacer esas operaciones, ya metido en la cama. Me estaba quedando inexorablemente frito, cuando me acordé de que no había hecho mis maniobras reglamentarias de cada noche. Y me puse a ello a pesar de estar medio groggy (grave error). La cosa consiste en seleccionar cien posts, darle a la tecla correcta y esperar a que la máquina haga la operación, algo que a veces se lleva casi un minuto. Y hacer eso ocho veces. Me dormí varias veces durante esas esperas y regresé de mis cabezadas con sobresaltos. Pero creí haberlo hecho todo bien y apagué la luz. Cuando me desperté el día 18 por la mañana, deshice los cambios y revisé el blog. Se me habían borrado 100 textos, los comprendidos entre el post #555 y el post #654.

3.- Mi reacción. Pues que quieren que les diga. Al principio, desolación. Estaba claro que los había borrado yo. Justo al lado de la pestaña Cambiar a borrador, hay otra que muestra claramente el funesto símbolo de la papelera. La operación en cuestión es sencilla y segura, siempre que no se haga bajo los efectos del alcohol, o en situación de amodorramiento extremo, como era mi caso. Parece claro que, en uno de mis respingos para no dormirme, se me fue el dedo a la tecla equivocada. La culpa era mía, pero ¿debía venirme abajo y llevarme un disgusto? Ese día me levanté con el tiempo justo para constituirme a las 8.45 en la puerta de la Escuela de Turismo y Comercio de la Complutense, donde debía dar una clase de un máster de 9.00 a 11.00. Después cogí un taxi para llegar a tiempo a mi oficina donde tenía a las 12 una reunión clave para el futuro de Reinventing Cities. Les digo todo esto para que entiendan que no tenía tiempo para tirarme al suelo a llorar, suponiendo que esa hubiera sido mi idea. Pero aquí entra en juego el cuarto factor del asunto.

4.- La resiliencia. Es este un palabro que está muy de moda y viene bien saber qué significa. En urbanismo llamamos resiliencia a la capacidad de una ciudad, un barrio o un sector social, de recuperarse frente a una catástrofe: el terremoto de Japón, el 11-S en Nueva York, el 11-M en Madrid o los atentados de París en 2016. Aplicado a una persona es más o menos lo mismo. Al señor Rajoy, le atacó un bigardo en su tierra, le dio un crochet a traición y el tipo ni se inmutó. Eso es resiliencia. En este blog, aparte de divertirnos un rato, a veces aparecen recomendaciones o sugerencias relacionadas con la conducta, valorando qué es más o menos correcto o pertinente. Bien, pues he de decirles que, si lamento esta fatalidad que me ha sucedido, es más por ustedes que por mí. Porque sé que algunos de mis seguidores a veces rebuscan en los posts antiguos y los repasan, o los rastrean por etiquetas. Y, ahora, uno de cada ocho de esos textos se ha ido por el sumidero virtual.

En cuanto a mí, pues creo que sería incluso indecente que me entristeciera por una cosa como esta. El mundo del blog es un espacio virtual, digital, que yo cultivo con cuidado extremo. Pero afuera está el mundo real. Un mundo en el que yo no tengo queja. Tengo 67 años, no me duele nada, no me han diagnosticado ningún cáncer ni nada parecido, estoy trabajando y pasándomelo de puta madre y encima me hago unos viajes cojonudos. Y mis hijos están estupendamente. Pues a vivir, joder. En el peor de los casos, esos textos se perderán, como lágrimas en la lluvia, y ustedes habrán tenido el privilegio de disfrutar de una muestra del llamado arte efímero, como las Fallas, que se construyen para ser devoradas por el fuego. Pero vayamos a lo práctico.

5.- Qué se puede hacer. Una cosa es que no me venga abajo y otra es que me quede quieto. El mismo día de la avería, envié preguntas a una serie de foros de Internet. Hasta hoy no había tenido respuesta. Yo creo que los textos borrados han de estar en alguna parte de la famosa nube y podrían recuperarse. Si yo fuera un corrupto investigado por la Unidad de Delitos Informáticos de la Guardia Civil, estoy seguro de que los encontrarían. Y es lo que me gustaría hacer: dar un click y recuperar los 100 de una vez. Pero tengo una solución en la recámara: reconstruirlos uno a uno. Tengo los títulos y fechas de los cien, los textos archivados en Word y las fotos guardadas. No es difícil recuperar los vídeos de Youtube. Lo que pasa es que esta es una tarea que hay que hacer a pedal, perfecta para un jubilado (de esos que se dedican a digitalizar sus viejas películas VHS y sus fotos en papel, una a una). Entenderán ustedes que este no es mi caso. Ahora mismo yo no tengo tiempo de acometer semejante tarea.

6.- Qué parte de mis memorias se ha perdido. Pues desde el 16 de septiembre de 2016, cuando estaba recién llegado a San Petersburgo, hasta el 30 de julio de 2017, cuando escribía desde Vancouver. Incluye pues el testimonio de mis viajes a San Petersburgo, Marsella, Japón, Birmania y la Toscana, aparte de alguna excursión senderista. Algunos textos especialmente queridos, como Hace 50 años, o muy visitados, como Fidel. Lo dicho: una fatalidad.

7. Las últimas novedades. Anoche, a última hora, encontré una aplicación de Blogger para móviles, que tengo descargada en mi teléfono. No la había usado mucho, pero tiene un archivo propio de posts guardados. Busqué allí y ¡Aleluya!: había catorce de los posts perdidos. Los salvé y los recuperé. Así que ya sólo me faltan 86. Algo es algo. Y esta mañana me han llegado por fin unas cuantas respuestas de Matrix, los oráculos informáticos que habitan el lado oscuro del espacio virtual. Me ofrecían unas primeras soluciones. Pero las he probado y todas son bastante ineficaces. Me dicen que, si tengo los textos y las fotos guardadas, lo más sencillo y seguro es que los reconstruya uno a uno. Es un proceso arduo, pero se trata de empezar por el primero, seguir por el segundo y así sucesivamente. Un proceso pasito-a-pasito-suave-suavesito como el del implante de mi diente paleto. No se lo he contado, pero ya tengo mi flamante implante, conclusión del proceso que empecé en marzo de 2017, culminado la semana pasada. El último día volvieron a hacerme mucho daño. Pero esta vez no en el diente, sino en otra parte también muy sensible: la cartera. Ni les cuento lo que me han cobrado.

8.- La conclusión positiva. Aquí viene lo más importante. Porque los de Matrix me han preguntado cómo es que me ha pasado esa cosa tan rara de que se me borren 100 posts de un golpe. Les he contado el motivo y me han explicado lo siguiente. Lo que me pasaba con los italianos, y antes con los rusos, es algo que está sucediendo por todas partes. A cualquiera que tenga un blog le entran correos masivos de países con los que no tiene ninguna relación, la mayoría de presuntos usuarios falsos, en un tipo de actividad que cabe incluir bajo el concepto spam. Nada de eso afecta a los contenidos del blog ni pone en riesgo su seguridad y privacidad porque, por ejemplo, la empresa Google, que gestiona la página blogger.com, que yo utilizo, cuenta con unos escudos de seguridad muy potentes. Así que, lo que yo estaba haciendo, es una auténtica gilipollez. Lo que tengo que hacer es relajarme y gozar. Dejar que los falsos italianos y rusos entren en mi blog cuando les pete. Y no consultar más las estadísticas de visitas al blog que, en esas condiciones, son completamente falsas e inútiles.

Así que SE ACABÓ EL TOQUE DE QUEDA. ¡¡¡¡Yujuuuuuu!!!! Queridos seguidores noctámbulos: desde esta noche van a poder ustedes seguirme de madrugada y (no lo nieguen) utilizar mis textos para ayudarse a conciliar el sueño, una funcionalidad utilitaria adicional que me parece estupenda. Ya ven cómo una aparente fatalidad puede convertirse en una oportunidad de encontrar nuevos motivos de júbilo. Es lo que se llama hacer de la necesidad virtud. Recuerden que Carrero Blanco voló por los aires a primeros de diciembre de 1973. Y, menos de un mes después, cuando le pasaron a Franco el texto del discurso de Navidad, hizo algo que nunca había hecho: añadir una frase de su puño y letra. Esa frase decía textualmente: Dice el refrán popular que no hay mal que por bien no venga. El Generalísimo leyó la frase de marras al referirse al atentado y nadie entendió lo que quería decir. Pues eso mismo digo yo. Así que: ¡Alegría! ¡Entren los italianos cuando gusten! ¡La puerta de mi casa virtual está abierta para mascalzoni y spams pedorros diversos! ¡Al lío, señores! Y, en cuanto a ustedes, pues sigan siendo buenos.

6 comentarios:

  1. Se están poniendo los dentistas que no se van a poder visitar. Hace poco, en una limpieza dental, con la fuerza del chorro, se rompió una pequeña lámina superficial que tapaba una inmensa caries que no había dado señales de existir. El caso es que el diente se veía perfecto desde fuera, pero por detrás y por dentro estaba totalmente hueco. Me hicieron todas las manipulaciones necesarias para conservar esa cáscara natural de diente, que incluian un refuerzo metálico interior para que no se rompiera como cáscara de huevo. Los dentistas unos manitas, no me dolió nada, pero del sablazo todavía estoy sufriendo las secuelas.
    Vistas las cosas, he decidido que si me vuelve a ocurrir algo parecido me voy a algún país del este de donde vienen inmigrantes a los que todavía se les ve algún diente de oro. Seguro que, incluido el viaje, me sale más barato deshacerme del mío y sustituirlo por uno del dorado metal y así, además de ver mundo, cumplo mi ilusión de enseñar un diente de oro al sonreir tal que Willy DeVille.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Querido Paco, ten cuidado con tu diente de oro, no te vaya a pasar como a Pedro Navaja, matón de esquina, cuyo diente de oro iba alumbrando to'a la avenida. Luego no digas que la vida te da sorpresa, sorpresas te da la vida.
      Bueno, que un abrazo.

      Eliminar
  2. Yo sólo puedo decirle una cosa. Está usted alcanzando un grado de virtuosismo literario pasmoso. Sólo así se explica que consiga darle tensión narrativa a una anécdota insignificante y estirarla hasta esos dos folios que dice rellenar cada vez y que yo creo que son más de dos.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Gracias por la parte de elogio. La anécdota es insignificante para usted y también para mí después de un cierto esfuerzo para no caer en el desánimo. Por eso lo he contado aquí, para tal vez ayudar a la gente a entender que cada putada que te pasa (dentro de ciertos límites) es una oportunidad de cambio que se te brinda. En cuanto al tamaño de mis posts tiene razón. Cuando termino el folio segundo se me enciende una lucecita de aviso de que vaya terminando, que casi nunca cumplo del todo.

      Eliminar
  3. Pues sí, querido amigo, hartito me tenía el toque de queda que me impedía acudir puntualmente a la hora que me gusta para disfrutar en silencio y relajado de los post, habiéndoseme acumulado cuatro o cinco de retraso que fue con el que leí la magnífica crónica viajera por California y México. ¡Qué envidia!, pero yo no podría aguantar ese ritmo frenético que mantienes, además de soportar los controles de aeropuertos en USA. Me alegro de que lo disfrutes tanto, pero coño, tómatelo con más calma. Recuerda al insigne Letamendi.
    Y, digo yo, si equivocadamente o no, envías 100 post a la papelera, ¿no puedes meter la mano en ella, sacarlos, estirarlos si se han arrugado y colocarlos en su sitio?. Si no es así, ¿qué clase de papelera es esa?. Un fuerte abrazo. Alfred.

    ResponderEliminar
    Respuestas
    1. Querido Alfred, si me dolía eso del toque de queda era por ti y otros que sé que me leen por la noche. Algunos que tienen la suerte de dormir en compañía usan habitualmente auriculares para no molestar a sus parejas, pero les suele dar la risa a mitad de la lectura, lo que termina por despertar a la parte contraria (problema para el que no tengo solución).
      El ritmo frenético me gusta mientras dure, cuando uno se sube a la ola buena, hay que aprovecharlo. También tengo remansos de calma, lo que pasa es que no los cuento en el blog.
      Lo de estirar los papeles arrugados es precisamente lo que estoy haciendo, figuradamente, gracias por el símil. Esto de la informática es peligroso y conviene tener copia de todo para evitar disgustos.
      Un fuerte abrazo, amigo.

      Eliminar