viernes, 21 de abril de 2017

627. Sobre Dostoievsky y Galtung

Esto sigue a toda leche y un escaparate como este en el que la actualidad manda, impide rescatar propósitos antiguos incumplidos, como mi prometida segunda parte sobre la bomba de Hiroshima, o unas cuantas entradas más sobre Birmania. Aquí lo que no se cuenta al momento ya se queda para siempre en el tintero. Anteayer por la tarde/noche acudí al club Billar de Letras a una sesión fuera de programa, organizada en torno a la nueva edición de Las Noches Blancas de Dostoievsky, con una traducción directa del ruso (las ediciones antiguas se solían traducir del francés), que ha merecido el premio anual del gremio de traductores, y unas ilustraciones preciosas a cargo de un dibujante ruso afincado en Madrid. Con la presencia de ambos y los profundos análisis de mi amigo Ronaldo Menéndez se organizó una velada de más de tres horas, bien surtida de caldos de la Rioja, sándwiches de Rodilla y buena cerveza.

Lo cierto es que Las Noches Blancas no está entre mis preferencias dentro de la literatura de Dostoievsky, tal vez por haberla leído en el momento equivocado. Cuando yo era joven, me estrené con Crimen y Castigo y terminé alucinado tras tragarme semejante tocho. Su temática sobre la culpabilidad, el misticismo, la disección del alma rusa, la redención a través del sufrimiento, me indujo una lectura adictiva que me dejó con ganas de leer más cosas de este señor tan atormentado. De alguna forma que no recuerdo, cayó en mis manos Las Noches Blancas y fue una decepción. Tal vez deba releerla, ahora que soy veterano, porque el punto de vista lector evoluciona con la edad.

A los veinte, era yo bastante hippy y me resultó un tanto ñoña la historia del atormentado joven que conoce a una chica y se enamora perdidamente. Pero la chica lleva dos años esperando a un novio que nunca acaba de volver. Hablan y hablan durante cuatro noches a orillas del Neva. Y al final, después de prometerse amor eterno, aparece el novio y la chica se va con él y le ofrece al protagonista de la novela venir a verles cuando quiera, porque siempre serán amigos. Díganme, queridos lectores. A quién de ustedes no le ha sucedido esta historia. Quién no se ha enamorado perdidamente de una chica maravillosa con novio pedorro. El final es siempre el mismo: la chica se queda con el pedorro y ofrece amistad eterna, aunque los tres implicados saben perfectamente que no habrá más contactos. Al que le pasa esto, se le conoce ahora con un calificativo específico: pagafantas. El protagonista de Las Noches Blancas es el primer pagafantas de la literatura. Incluso hay un estándar de jazz sobre el asunto, titulado Just Friends (Klenner & Lewis, 1931). Escuchen la mejor versión de todas: la de Chet Baker.


Volviendo a nuestra sesión de Billar de Letras, una de las participantes contó una anécdota deliciosa. Esa tarde había acudido a comprar la nueva edición de Las Noches Blancas a la Casa del Libro de Gran Vía, para que se la firmaran traductora e ilustrador. Se acercó a una vendedora sentada frente a un ordenador y preguntó por el libro. Le pidieron el nombre del autor, para buscarlo. Dostoievsky –dijo. La chica tecleó el nombre, consultó la pantalla y, mirándola por encima de las gafas, (para confirmar) preguntó: –¿Fiodor? Mi compañera venía indignada. ¿Cómo es posible que una dependienta de librería haga semejante pregunta? –proclamaba, aún muy alterada–. ¿Es que hay otro Dostoievsky? ¡Es como si pides un libro de Cervantes y te preguntan “Miguel, ¿verdad?”

He de decir que yo también llegué indignado a la sesión, pero por otro motivo. Resulta que esa tarde se acababa de inaugurar el primer Foro Mundial sobre las Violencias Urbanas y la Educación para la Convivencia y la Paz. Ha sido este un acontecimiento de primer nivel, al que han acudido más de 200 alcaldes, entre ellos las de París y Roma y un montón de expertos de un tema que preocupa y mucho a los países y sus gobernantes. Mi indignación venía del hecho de que a media tarde, ninguno de los periódicos digitales de ámbito nacional hacía la menor mención del acontecimiento, a pesar de que el acto de presentación había sido presidido por el Rey en persona. ¿Por qué? Pues porque toda la atención mediática se dirigía a la detención de Ignacio González. Menuda mierda de información. Para mí, en este caso, la noticia es que todavía siguiera en libertad. La naturaleza corrupta de este sujeto es de dominio público desde hace mucho tiempo. Les recuerdo que este fue el candidato de Esperanza Aguirre a presidir Bankia, pero Rajoy impuso su autoridad y forzó el nombramiento de Rato, otro que tal baila.

Mi indignación de la tarde del miércoles, era el preludio de la que todavía me corroe las entrañas. Porque El País no ha llegado a dar ni una escueta nota del Foro Mundial. El Mundo cumplió con una breve reseña. Y lo cierto es que la mejor información sobre el evento ha sido la ofrecida por La Vanguardia y su grupo, que ya por la mañana publicaba una noticia a la altura de la importancia de la cita, que pueden leer AQUÍ. Tras consultar el programa, me inscribí y me escapé ayer a media mañana para asistir a la mesa redonda sobre el tema Gobernanza para la Paz. Mi interés partía de la presencia en esta mesa del sociólogo y matemático noruego Johan Galtung, el gran pope de la mediación en conflictos armados. Este señor, que tiene 86 años, fue el fundador del Instituto Internacional de Investigación sobre la Paz, nada menos que en 1959.

Desde entonces ha dado clases en todas las universidades del mundo, como profesor invitado, y es el padre de la cultura noruega de la mediación, habiendo participado él mismo en la resolución de más de 40 conflictos armados. Entre ellos el de Sri Lanka, del que hablaré más abajo. Este señor está ahora jubilado y vive en un chalé cerca de Alicante, con su esposa japonesa. No es muy difícil sacarle de su retiro, entra a todos los trapos, como Mayor Zaragoza y otros de su quinta. Además, este señor suele aventurarse a hacer pronósticos con bastante acierto. Anticipó así, mucho antes de que se produjera, la caída del mundo soviético. Y, en tiempos de Clinton dijo que la supremacía de los Estados Unidos en el mundo se acabaría en 2025. Al ver que ganaba Bush jr, adelantó su previsión a 2020. Y ahora interpreta la victoria de Trump como el primer signo de que su profecía empieza a cumplirse. Pueden verlo AQUÍ. Por otro lado, ese pronóstico es el mismo que lleva tiempo haciendo mi amigo Diego Moreno, desde su atalaya de Tijuana.

Las teorías de Galtung son muy precisas. Considera que hay tres tipos de violencia. La violencia física (atentados, crímenes comunes y violencia del estado). En segundo lugar, la violencia estructural, que comprende diversos tipos de violencia ejercida desde ciertos estamentos: formas sociopolíticas concretas, represión, marginación, explotación. Y finalmente, la violencia cultural, cuando surge una determinada ideología que ampara y justifica los otros dos tipos de violencia, mediante componentes religiosos, identitarios o de poder. En este apartado hay que incluir la xenofobia, el racismo, el nacionalismo, el sexismo y otras ideologías patógenas. La cultura de la mediación ha de afrontar este tipo de violencias, mediante diálogo, educación y mucho trabajo negociador. Si han leído Patria, como yo les he recomendado, encontrarán un ejemplo de cómo se ejercieron esas tres formas de violencia en el País Vasco.

Otra de las tesis de este señor es la diferencia entre lo que él llama paz positiva y paz negativa. La segunda se alcanza cuando callan las armas, bien por una derrota militar o por un simple alto el fuego. Pero ese estadío es sólo el primer paso, el momento de empezar a trabajar, para conseguir la plena integración de los bandos en conflicto, que es la verdadera paz positiva. En Bosnia, por ejemplo, la guerra se acabó en 1995, hace más de 20 años. Pero no han superado la paz negativa. Bosnia son ahora realmente dos estados, el musulmán con capital en Sarajevo y el serbobosnio con capital en Banja Luka. Se odian a muerte y no se siguen pegando porque entre ambos continúan desplegados los cascos azules. Como ya he contado, sólo se ponen de acuerdo pare enviar un solo cantante al Festival de Eurovision, por riguroso turno entre ambas etnias, y eso porque no les dejan presentar a dos. Y lo mismo sucede en Sri Lanka.

Galtung dirigía el equipo mediador, en los tiempos en que yo trabajaba en ese país en guerra. Les recuerdo cómo acabó la cosa, pero si se les ha olvidado. En Sri Lanka hay bipartidismo. Y los partidarios de negociar con los tamiles era los dirigentes y votantes del partido de la derecha, hartos de que la guerra civil retrajera la inversión empresarial en el país. En cambio, el partido socialista, no quería diálogo alguno; decía que los tamiles eran unos terroristas y unos cabrones. Algo comprensible, dado que su secretaria general era la señora Bandaranaike jr, a cuyo padre y marido los asesinaron los tamiles en sendos atentados. La derecha se hizo con el poder en 2002 y empezaron las conversaciones, auspiciadas por la ONU y dirigidas por Galtung. Pero en 2008, ganaron otra vez los socialistas y se acabó lo que se daba. La guerra se reactivó y los tamiles fueron derrotados en mayo de 2009.

Tenía ganas de escuchar a este señor, así que me acerqué al centro de Convenciones La Nave, creado en Villaverde, en el edificio de la antigua factoría Boetticher. Esperando para entrar a la sala, lo descubrí por allí, sentado cómodamente en un banco corrido. Me acerqué y estuve un rato charlando con él. Le expliqué mi trabajo en Colombo y le dije que conocía sus esfuerzos en pos de la paz en la isla. Su rostro se ensombreció. Ese es un conflicto mal resuelto –me dijo– y los tamiles reaparecerán con nuevos atentados. Puede ser en 5 meses o en 5 años, pero no dude usted de que el conflicto resurgirá. Alguien me hizo unas fotos con el maestro y abajo se las pongo. Luego, en su intervención en la mesa redonda, Galtung hizo hincapié sobre todo en un tema. En el mundo de la información instantánea, la prensa no debería dar tanta cobertura a los hechos violentos. Esa atención exagerada tiene un efecto llamada muy perverso.

Y contó una cosa que yo no sabía. De joven se declaró objetor de conciencia en Noruega y pasó por eso seis años en la cárcel. Y allí conoció a criminales comunes que estaban orgullosos de sus fechorías y de su repercusión mediática. Que coleccionaban todos los recortes de prensa en los que se hablaba de ellos. Por eso insiste en que hay que tener cuidado con las noticias negativas. Que hasta la prensa rosa informa más de los divorcios de los famosos que de sus períodos de alegría familiar. Un crack este Johan Galtung. Un hombre con un punto atormentado, épico, tremendista, sufridor, como un personaje de Dostoievsky. Les dejo con las fotos prometidas. Que pasen un buen finde. 



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