lunes, 5 de junio de 2017

639. La mala suerte

La mala suerte ha golpeado a alguien muy próximo a mí y hoy tengo el humor torcido. Es increíble cómo puede cambiar la vida de una persona en un segundo, por un descuido o una conjunción de fatalidades. Hoy tengo el ánimo bajo y ya les anuncio que en este post no les aguarda la habitual sonrisa (o carcajada) que siempre se esconde en algún rincón de mis textos. Están a tiempo de dejar de leer y pasarse a las loas al Real Madrid, cuya victoria más sonada ha dado una alegría enorme a tantos, entre los que me incluyo por motivos que ya explicaré en otro texto. La suerte influyó también en este partido que pasará a la historia. Yo siempre he sostenido que la suerte hay que currársela. Lo sigo pensando. Si no te lo trabajas, tienes garantizado que todo te saldrá mal. Pero la suerte, además de currársela, hay que tenerla. Y un segundo de mala suerte, te lleva al infierno en un momento. Te caes con todo el equipo. Lo más terrorífico puede aparecer en medio de tus rutinas más cotidianas, en el lugar en que te sientas más seguro.

En el mundo anglosajón hay un dicho muy significativo: the harder they come, the harder they fall. Algo así como: cuando más duro vengan, más fuerte se la pegarán. O cuanto más arriba lleguen, más dura será la caída. Y de eso precisamente va a tratar este post: de caídas desde lo alto. Caídas fatales, fruto de la mala suerte. Les repito, están a tiempo de dejar de leer. Luego no digan. El primer caso de caída desde lo alto es un suceso terrorífico, ocurrido en Madrid hace menos de un mes. Una pareja de jóvenes (17 años) se precipitó por el hueco de un ascensor desde un noveno piso. La noticia me dejó helado y leí algunas informaciones, sobre las que he elaborado un relato, por supuesto, imaginario. Entiendo que debe de haber una investigación abierta, que no es mi intención interferir y de la que quizá salga algún responsable penal. Flaco consuelo para los padres y amigos de las víctimas. Te puede atropellar un coche, te puede dar un síncope, te pueden pasar miles de putadas. Pero esto no. Esto es demasiado.

La historia nos habla de dos chicos formales, guapos, hijos de familias conservadoras y pudientes. Gente con contactos. Ambos chicos son brillantes en sus estudios, y están destinados a estudiar carreras tipo Empresariales, Económicas, o ICADE. Acabarán sus carreras por la vía rápida y empezarán una vida profesional de éxito. Creyentes, del colegio de los Jesuitas, tal vez del ámbito del Opus. Gente de bien, que no se desviaba del camino que entendían correcto. No me los imagino con tatuajes ni piercings. Ni bebiendo más de la cuenta. Acababan de terminar sus exámenes del bachiller, que habrían superado de calle. Y tenían una tarde para una pequeña celebración, antes de la prueba de acceso a la Universidad. Así que la chica decidió hacer una fiesta tranquila, en su casa del ático de un lujoso edificio recién rehabilitado, en el barrio más exclusivo de Madrid.

Eran como las cuatro de la tarde, y estaban en los preparativos de la fiesta con varios amigos, cuando la pareja decidió bajar un momento a la calle. Por muy castos y creyentes que fueran, tenían 17 años y se querían. Y, a esa edad, la hormona tira mucho, incluso a los más beatos. En mis tiempos la excusa típica era ir a por tabaco. –Me he quedado sin tabaco, ¿me acompañas? Dudo que estos chicos fumasen. No sé cuál fue la excusa. El caso es que salieron al descansillo y llamaron al ascensor. De la reforma reciente, el edificio había salido con un ascensor remozado. Para darle un toque moderno, le habían puesto una pared entera de espejo. Y, según fuentes fiables, parece que esa pared estaba sujeta solamente con silicona. A estas afirmaciones hay que añadirles el adverbio presuntamente, mientras la cosa esté bajo investigación judicial. Pero yo estoy construyendo un relato y no me cuesta imaginar que, una vez en el ascensor, los chicos, al verse solos, se dieran un abrazo y recostaran el peso de ambos contra la pared mal sujeta. Un segundo después caían por el hueco por donde circulan los contrapesos. Horrible.

El suceso, me dejó muy mal cuerpo y me recordó otro que me contaron hace más de treinta años, que afectó a un conocido mío. No tiene nada que ver, pero también hay una caída al vacío desde mucha altura y una implicación constructiva. Hablemos del señor X. El señor X es un tipo grandote, tirando a gordo, aunque es flexible y mantiene una cierta agilidad. Tiene un buen trabajo, una esposa que le quiere y dos niños pequeños. Hoy, la pareja los ha dejado con la canguro y se han ido al cine. Luego han picado algo por ahí con unas cervezas (X, que es un tragón, ha repetido de pinchos y de cerveza) y vuelven a casa muy contentos, incluso él un poco achispado. Viven en un piso alto de un edificio lujoso. No el último, pero casi. Al llegar al portal encuentran a su joven vecina de rellano, cuyo piso está pared con pared con el suyo. La chica es simpática pero un poco desastre. Tiene la mala costumbre de dejarse las llaves dentro de casa y esta noche le ha pasado de nuevo. Por enésima vez.

No es un problema grave. Ambos pisos comparten una terraza de apenas dos metros de ancho, corrida a todo lo largo de la fachada. Los tramos de terraza de los distintos pisos están separados por unos tabiquillos de borde superior en diagonal, como de 1,60 de alto junto al muro del edificio y perdiendo altura hasta 1.10 metros en el punto de unión con la baranda de la terraza. Como en las ocasiones anteriores, X se ofrece a saltar el tabiquillo, entrar en la casa de la vecina y abrirle la puerta desde dentro. Suben los tres en el ascensor, la chica todo el rato disculpándose por la molestia que les causa, dónde tendré yo la cabeza, Y X subrayando que no es molestia ninguna. En el fondo está encantado de poder ayudar a esta vecina tan despistada, pero tan agradable, que casi podría ser su hija.

La chica se queda en el descansillo, esperando que le abran, y X y su señora entran en casa, donde les abrazan sus hijos, que aun están despiertos. Todos salen a la terraza y la señora X parece tener un presentimiento. Con gesto preocupado dice: –Déjalo, es más fácil que pasemos a la niña, y hace ademán de cogerla y levantarla para pasarla al otro lado. Pero X no quiere que le estropeen su papel de desfacedor de entuertos y se adelanta. Tiene un pequeño taburete junto a la divisoria, que ha usado en las ocasiones anteriores. Ya hemos dicho que está gordo pero con buen tono muscular. Y la cosa es sencilla: basta sujetarse con la mano izquierda en la parte alta del murete, subir el pie derecho desde el taburete hasta la parte más baja, impulsarse hacia arriba y pasar, dando un pequeño saltito, con el cuerpo inclinado hacia el muro del edificio por seguridad, sin dejar de sujetarse con la mano izquierda. 

Así lo hace. Pero, cuando impulsa su voluminosa humanidad hacia arriba, el ladrillo de remate del murete se despega del resto de la construcción. El impulso lleva a X al vacío, adonde cae con el ladrillo fuertemente asido en su mano, delante de toda su familia. Horrible también. ¿Puede aquí haber alguna responsabilidad del arquitecto o del constructor? Lo dudo. Los ladrillos con los que se construyen este tipo de muretes son simples rasillas y no están preparados para trabajar a tracción. Es difícil achacar este suceso a otra causa que a una conjunción de fatalidades. Es como si estuviera escrito en alguna parte. Ciertas religiones impulsan a sus fieles a creer que todo está escrito con antelación. Pues, si así fuera, menudo cabrón el autor de semejante guión. Por eso yo prefiero creer en la fatalidad. En la mala suerte.

La tercera historia le sucedió al músico Eric Clapton en 1991. Clapton tenía un hijo de 4 años que se llamaba Conor, con una chica con la que mantenía una relación intermitente. Y estaba intentando salvar la relación y componer una especie de familia. Con esa intención alquiló un lujoso apartamento de muchas habitaciones en Nueva York, para pasar los tres juntos unas semanas de vacaciones, con sitio en el piso para una niñera que les ayudara. El día antes del suceso, Clapton había llevado al niño al zoo. Ese día se levantaron, Clapton fue a comprar unos bollos y su madre estaba duchándose, cuando Conor se puso a jugar al escondite con la niñera. Uno de sus escondrijos favoritos era en los ventanales, detrás de las cortinas.

Pero ese día no había cristal. Un operario estaba cambiando los cristales desde un andamio exterior. Acababa de retirar el cristal viejo y estaba a punto de reponerlo. Y el apartamento estaba en un rascacielos. Concretamente, en el piso 53. Años más tarde, Clapton le compuso a su hijo muerto una canción que, según cuenta, le ayudó a superar el duelo. Se la voy a dejar como un digno final de este post tan infrecuentemente triste. Su letra es estremecedora: ¿me reconocerás, si nos encontramos en el paraíso? ¿Me darás la mano? ¿Será todo como siempre?
Mis disculpas por el tono de este escrito. No volverá a ocurrir. Que tengan una buena semana. Procuren ser buenos. Y sean positivos. Si nunca les ha pasado algo así, pues celebren su buena suerte. En caso contrario, el ser humano encuentra la forma de aprender a convivir con una tragedia de ese calibre. Es difícil pero no imposible. Algunos lectores me alabaron en su día por mi sangre fría y mi forma de responder cuando me rompí el brazo. ¡Por Dios! Eso fue una minucia. Un percance ridículo. Eso no es nada comparado con una desgracia verdadera. Les dejo con la canción de marras.


4 comentarios:

  1. El 5.06.17, Anónimo escribió:
    Es un artículo más triste que "Crimen y castigo", chico, menos mal que has avisado para darnos tiempo a preparar el pañuelo. ¡Qué pena que no tengamos un reloj para atrasar el Tiempo, el de verdad, solo tres segundos y volver atrás estas historias de fatalidad y desdicha!

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    1. Mi respuesta el 13.06.17:
      Bueno, querida. Estaba triste ese día y tú sabes por qué. Las malas rachas son un feo asunto y sólo puedes esperar a que se pasen. Sería estupendo que nos dejaran volver atrás el tiempo como tú sugieres. Besos.

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  2. El 5.06.17, Anónimo escribió:
    Emilio, eso no se hace, he leído el texto con el corazón en un puño y al final la canción me ha hecho llorar. La había oído veinte mil veces, pero no sabía ni la letra ni lo que lleva detrás. Ahora ya no la podré escuchar más sin emocionarme. Bueno, hala, que te den.

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    1. Mi respuesta el 13.06.17:
      Cuando la escuches más veces se te pasará. es el mecanismo del duelo. No obstante, mis disculpas.

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