miércoles, 1 de abril de 2015

362. La lucha contra el chabolismo en Madrid I

En el reciente acto sobre el futuro de Madrid, del que ya les he contado los aspectos más superficiales o pintorescos, uno de los popes del urbanismo que participaban en el debate, tuvo el acierto de decir una cosa que pocos reconocen y que con el tiempo se va perdiendo en el olvido: la extraordinaria y exitosa campaña de erradicación del chabolismo en Madrid, puesta en marcha en los años iniciales de la democracia, con el gobierno de UCD en el Estado y en un momento pujante de la estructura asociativa de los barrios de la capital, fue el elemento decisivo en la construcción de la ciudad, tal como la conocemos ahora. Todo el Madrid moderno parte de esa iniciativa. En realidad, si no fuera por esta actuación compleja e imaginativa, Madrid mostraría hoy un perfil de su periferia similar al de Lima, Bogotá o Río de Janeiro.

Cuando yo participé en el programa LASDO de cooperación con la ciudad de Colombo en Sri Lanka, se me requirió para dar una conferencia al respecto en el Launching Seminar (Seminario de Presentación) del proyecto. Era éste un tema que interesaba mucho a los locales, por tratarse de una ciudad de un millón de habitantes, la mitad de ellos desplazados de la guerra civil instalados de forma provisional en alojamientos irregulares. A mí me gusta informarme de los temas al milímetro, así que acudí a visitar a varios de los gestores clave en la lucha contra el chabolismo en Madrid y les apliqué un tercer grado riguroso. La mayoría no me conocían de nada y les abordé por teléfono (buscado en la guía por su nombre), para pedirles cita. Todos me atendieron con amabilidad y extensión. Valoraron mi vehemencia e, incluso, creo que a algunos les satisfizo especialmente encontrar a alguien tan interesado en su anterior trabajo, que ya se empezaba a perder en el olvido de acuerdo con la manía patria de enterrar el pasado, como si nunca hubiera existido. 

Supongo que ya imaginan lo pesado y maniático que puedo ser en estas lides. Yo quiero saber todos los detalles, visualizar las escenas casi cinematográficamente, hacerme una idea del ambiente en todos sus matices, antes de decidir que ya conozco el tema a fondo. Sólo entonces me siento capacitado para hablar de ello en público. Eso nos llevaba a preguntas del tipo: “Entonces, cuando el chabolista ya había firmado el acuerdo de realojo, qué era lo que pasaba/Pues que se le desalojaba de la chabola/Pero eso ¿cómo era? es decir: tú te ponías delante de la chabola y qué”. Mis interlocutores demostraron una paciencia admirable. Tengan en cuenta que a mí se me estaba pidiendo una conferencia en inglés, idioma que no dominaba como ahora. De hecho fue la primera vez que hablé en inglés en público. La conferencia tuvo lugar en un centro de congresos de la ciudad de Colombo, el 11 de diciembre de 2001 y se tituló: Shantytowns remodelling experiences in Spain. Se imaginan el éxito.

Les cuento esto, no sólo para tirarme el rollo (que también), sino para que entiendan cómo es que sé tantas cosas de un asunto en el que nunca trabajé y que ya estaba casi completado cuando yo entré en la plantilla del Ayuntamiento. Imaginarán también que el tipo de historias y anécdotas colaterales que me contaron, no encontraron lugar en mi conferencia, más técnica que literaria. Tal vez sea en el blog donde lo pueda explicar finalmente. Les diré por último que, a partir de esa primera conferencia he seguido manteniendo algunos contactos e incorporando documentos, como fotografías y artículos, de forma que éste es ahora un tema más de mis nuevas conferencias. También les advierto que el asunto da para mucho y que, al menos, me llevará dos o tres posts, aunque espero que no sea una serie tan larga como la de Ceaucescu. Vamos a ello.

Al acabar la Guerra Civil, Madrid era una ciudad exhausta y arrasada, en la que malvivían 1,2 millones de habitantes. En los cuarenta y primeros cincuenta la población se mantuvo estable. Eran los años de la llamada autarquía. En un contexto internacional de Guerra Mundial, España se mantenía, al menos formalmente, como país neutral. El gobierno de Franco esperaba el final de la contienda y, mientras tanto, su política era la de la autarquía: el país debía ser capaz de sostenerse a partir de sus propios recursos y eso llevaba a fomentar los usos rurales, la agricultura, la ganadería, la minería. La gente permanecía en los pueblos y en las aldeas, trabajaba donde podía y a nadie se le pasaba por la cabeza emigrar, algo posiblemente medio prohibido.

Pero las cosas cambian a partir de la paz mundial. España deja de ser un país cerrado al mundo, a pesar de seguir bajo el yugo de una dictadura afín a los perdedores de la guerra. Los Estados Unidos rompen el bloqueo, valorando nuestra capacidad como país aliado contra el comunismo, lo que le lleva a apoyar nuestro ingreso en la ONU, la OCDE, el FMI y demás foros internacionales. Hay dos fechas clave en esta apertura de España al mundo. En 1957, Carrero Blanco logra meter en el gobierno a una serie de tecnócratas vinculados al Opus Dei, como Navarro Rubio, Ullastres y sobre todo López Rodó, desplazando a los elementos nacionalistas, retrógrados y pronazis que lo integraban anteriormente. Este cambio no es casual: a pesar de la ayuda norteamericana (algunos de ustedes recordarán la leche en polvo y las latas de queso yanqui que se repartían en los colegios), España es en esos momentos el segundo país más pobre de Europa, sólo por delante de Portugal, y su economía cada vez se hunde más. La gente malvive penosamente con sus cartillas de racionamiento, donde se apunta el arroz y el aceite a que tiene derecho cada familia. Es urgente invertir la tendencia.

En 1959 tienen lugar dos hechos significativos. En diciembre de ese año se produce la histórica visita del presidente Eisenhower, al que recibimos con banderitas todo a lo largo de la carretera del aeropuerto hasta Madrid. Franco tiene por fin la ansiada foto del apretón de manos con el máximo mandatario mundial y eso certifica el final del aislamiento. Pero hay algo más importante, que ha sucedido antes. El 21 de julio de 1959, el gobierno ha aprobado el Plan Nacional de Estabilización Económica, programa ideado por los tecnócratas antes citados, en cuyo diseño han colaborado jóvenes economistas de gran proyección, como Enrique Fuentes Quintana. Este Plan certifica a su vez el final de la autarquía y el inicio del despegue económico de los sesenta. Se deja de fomentar el empleo rural, se crean los polos de desarrollo industrial, comienza el auge de la construcción y el turismo y el país inicia el proceso de crecimiento que lo llevará a las puertas de la Unión Europea a finales de los ochenta.

Espoleada por esas medidas, la población rural emigra masivamente a las ciudades. Madrid se llena de extremeños, andaluces, gallegos y castellanos, atraídos por el empleo en la industria y en la construcción. Los levantinos y murcianos se orientan más hacia Barcelona. Madrid pasa en apenas diez años de 1,2 millones a dos, dos y medio, tres, tres doscientos. Ahí se para y empieza a bajar. Pero en los años de esa avalancha de inmigración interior, la gente viaja desde sus pueblos y se instala como puede. Desde el primer momento se diferencian los que se montan chamizos con cartones, de los que se construyen unas casitas de ladrillo con cubierta de tejas, a la manera de las del pueblo, junto a otras ya existentes. Utilizan para ello fincas que ocupan ilegalmente y otras de dueño desconocido, tras el caos de la guerra. Aparecen intermediarios que se hacen con algunas de estas fincas periurbanas, las dividen en lotes y las venden o alquilan en esta especie de mercado estraperlista de la vivienda.

El régimen saca pecho del aumento exponencial de las cifras de población y celebra el nacimiento del habitante dos millones, el dos y medio y el tres millones, con reportajes en el NODO en los que se ve a la feliz madre en la clínica con su bebé en brazos. Franco quiere que Madrid sea una ciudad muy grande y por eso ha dado la orden de que absorba a Carabanchel, Vallecas y una docena de municipios más. Pero el bebé tres millones y medio nunca llegará, porque la cosa se para en 3,2 en torno a 1970. En los aspectos de detalle, la policía franquista se ve desbordada por una avalancha que generalmente se construye su chamizo por las noches, en la que es difícil deslindar los que se han radicado de forma más o menos legal de los ocupantes ilegales que, a menudo, esgrimen también papeles. La gente es hábil para conseguir enganches a la red de luz y lugares de donde obtener agua corriente. Si los grises desalojan a alguien a petición de un propietario cabreado, al día siguiente se instala un poco más allá. Se empiezan a pedir órdenes judiciales para esos desalojos y todo ello desemboca en una cierta tolerancia. Es imposible poner puertas al campo, y nunca mejor dicho.

Por otro lado, la gente que habita esas chabolas se asocia y forma poderosas agrupaciones con la ayuda de los sindicatos aun ilegales y diversas instituciones benéficas, como Cruz Roja o Cáritas. El movimiento asociativo cobra una gran potencia en los umbrales de la democracia. Cuando muere Franco, existen ya unas cifras de población chabolista, en la que se tiene en cuenta la división de siempre. Los inmigrantes que se han instalado con sus familias, que se han construido una casita con buenos materiales, que están fuertemente integrados en asociaciones vecinales, que trabajan en empleos legales y llevan a sus hijos al colegio, totalizan una población de 40.000 familias. Una cantidad acojonante, que da la dimensión real del problema. Además hay un sector de población flotante, no cuantificada pero minoritaria, compuesta por el lumpen, los delincuentes, los borrachos y gente de mal vivir, a los que ni les admiten en las propias asociaciones. A estos outsiders se les bautiza con un mote peyorativo muy preciso: son la demanda no estructurada. Ya tenemos el escenario. Año 1975. El gran programa está a punto de ponerse en marcha. Continuará. Para ir abriendo boca les dejo unas cuantas imágenes.




















*Las fotos reproducidas son propiedad del Ayuntamiento de Madrid 


2 comentarios:

  1. ¿Todas estas imágenes son de los alrededores de Madrid? Realmente parece increíble.

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  2. Rigurosamente auténticas. Arriba una panoràmica de la zona de Palomeras, ahora ocupada por el llamado Madrid Sur. Luego una vista de borde de una de estas hileras de chabolas bien construidas. Otra màs del llamado Cerro Milano, en Vallecas Villa, donde se ve cómo llega la urbanización de las promociones privadas al pie mismo de las chabolas. Por último, una vista de los chamizos más cutres, con tejados de fibrocemento cancerígeno ahora prohibido (la famosa Uralita). La foto corresponde al asentamiento del Camino Alto de San Isidro, en Carabanchel.

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