viernes, 12 de mayo de 2017

633. Relojes y calcetines

Hace mucho que no cedo mi tribuna a otras plumas y hoy toca. En este mundo que, en apenas diez o quince años, ha dado un tremendo impulso no se sabe a dónde, las nuevas formas de comunicación condicionan el producto y permiten un tipo de literatura instantánea que inmediatamente llega al lector. Lo malo es que la gente se ha desacostumbrado de leer textos un poco largos y los autores cada vez se acercan más a la maldita cifra de 140 caracteres que ponía como límite el twitter, hasta hace poco. Esto de los límites es como poner puertas al campo. Mis amigos de La Pizzateca ha lanzado un concurso de microrrelatos con una extensión máxima de 250 palabras. En fin, yo con 250 palabras no tengo ni para empezar. 

Mi amigo Mariano me atribuye la invención de un género literario nuevo con este blog y le agradezco su apoyo de seguidor pertinaz, pero realmente todo el mundo está haciendo lo mismo. Mucha gente escribe un diario y sube un texto a la nube cada noche. La diferencia y mi posible originalidad está en el tamaño: nadie escribe (como yo) dos folios. Porque nadie lo leería. Lo que no deja de sorprenderme es que me siga una serie de lectores, que abran uno de mis textos y no se cansen a mitad del primer párrafo. Porque hoy en día la literatura se ha convertido en algo similar al café: uno conecta la maquinita de cápsulas, elige expresso, decaf o elongé, da a un botón y le sale su dosis literaria lista para ser consumida. Tengo en mi mailing algunos supuestos seguidores que me consta que no me leen (entre ellos mis hijos). Por el contrario, en el mejor de los casos le echan un vistazo en diagonal para ver cómo es de grande el post y lo dejan para otro momento.

Pero esto de la literatura en pequeñas dosis es algo ya bastante antiguo y uno de sus maestros, auténtico adelantado a su tiempo fue el gran Julio Cortazar. La de juego que le hubiera sacado este hombre a las redes sociales con su talento para enhebrar unas cuantas frases y crear una perla de reluciente belleza literaria. Tenía tantos textos pequeños que, de vez en cuando, publicaba una antología como, por ejemplo, Historias de Cronopios y de Famas (1962) de la que está extraído el texto que les pongo a continuación. La utilización de lo más cotidiano para escribir algo inquietante es una línea que ahonda sus raíces en Kafka y otros genios. Vean cómo la sigue Cortázar, en estas instrucciones para dar cuerda al reloj, con prólogo y todo.

Preámbulo a las instrucciones para dar cuerda al reloj

Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia de comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

Instrucciones para dar cuerda al reloj

Allá al fondo está la muerte, pero no tenga miedo. Sujete el reloj con una mano, tome con dos dedos la llave de la cuerda, remóntela suavemente. Ahora se abre otro plazo, los árboles despliegan sus hojas, las barcas corren regatas, el tiempo como un abanico se va llenando de sí mismo y de él brotan el aire, las brisas de la tierra, la sombra de una mujer, el perfume del pan.

¿Qué más quiere, qué más quiere? Átelo pronto a su muñeca, déjelo latir en libertad, imítelo anhelante. El miedo herrumbra las áncoras, cada cosa que pudo alcanzarse y fue olvidada va corroyendo las venas del reloj, gangrenando la fría sangre de sus rubíes. Y allá en el fondo está la muerte si no corremos y llegamos antes y comprendemos que ya no importa.

Este texto maravilloso está considerado como uno de los más originales del autor y puede encontrarse (y descargarse) en cualquier página literaria que se precie. Si se lo he transcrito es para poner en contexto el siguiente, este sí, actual y debido a la espléndida pluma de mi amigo el cubano Ronaldo Menéndez. Un texto este que no es tan sencillo de conseguir, porque sólo lo ha circulado entre los amigos a través de Facebook. Cómo me gustaría a mí escribir con esa facilidad. Me da la impresión de que este tipo de textos, con los que nos obsequia con mucha frecuencia, más que escribirlos, se le caen de la pluma al ordenador. Aquí no se habla de relojes, sino de calcetines desparejados. Y, por no tener, no tiene ni título. Disfruten de su lectura. Y cómprense La Casa y la Isla, coño, que ya no sé cómo decirselo.

Cuando esta amiga me comentó que últimamente yo llevaba los calcetines desparejados, tuve que fingir que lo hacía por pura y ridícula pretensión estética, vamos, por marcar tendencia en el ‘mundo de la moda’. Pero le oculté la verdad: en el cajón de mi ropa interior los calcetines desparejados son muchedumbre. Y no es que baje la guardia, sino que, simplemente, mis calcetines se dan a la fuga. O sea, se pegan el piro, pie en polvorosa, las de villadiego, huir, huir… No le confesé a mi amiga mi certeza de que los calcetines en general y los míos en particular no solo tienen vida propia, sino un propósito en la vida: fugarse. Y eso todo el mundo lo sabe en su fuero interno. Por eso atamos los pares de calcetines como a bueyes con yunta, o como a esos presidiarios esposados de dos en dos para evitar percances en su traslado. ¡Tememos que se escapen! Y hacemos cualquier cosa por impedirlo: los convertimos en bolas siendo más bien larguiruchos, los atamos con palillos individuales en los tendederos a pesar de su apariencia pasiva, los hundimos apretujados en el fondo rígido de los zapatos cuando echamos la siesta. A nadie se le ocurre, por ejemplo, meter un calzoncillo dentro de un pantalón mientras duerme, porque es sabido que un calzoncillo no irá a ninguna parte sin su dueño. Pero los calcetines se fugan al menor descuido. ¿No lo habéis visto? Uno se encuentra un calcetín solitario, cual mascota abandonada, fingiendo estar perdido en medio de un patio interior, pero en realidad el sujeto-calcetín está en plena fuga. Porque son maestros del escapismo: ¡hasta se lanzan desde un último piso para quedar colgando, intruso aspirante a suicida, en nuestro tendedero! Con la esperanza de que uno lo meta en la bolsa de basura, y hala, como esos presos que se fugan de las cárceles en vehículos sanitarios. A mí no me engañan, por eso soy de los pocos que remolca a ese calcetín escaleras arriba, y voy preguntando de piso en piso por su dueño, y eso, desde luego, crea suspicacias en el vecindario: ‘ya está otra vez el cubano rarito ese, se nota que en su país no hay calcetines’. Pero yo sé cuál es mi misión y no me amilano. No obstante la gran fuga, la suprema y secreta aspiración de un calcetín, es escapar a través de la lavadora. ¡En plena colada! Si queréis a vuestros calcetines en casa y en parejas, es simple: lavadlos a mano. Pero si los metes en la lavadora regresarán desvinculados y taciturnos, eso sí, sin delatar a su compañero en fuga. Esto es lo que no le he dicho a mi amiga ni a nadie, pero ha llegado el momento de revelarlo porque no aguanto más: estoy convencido de que las lavadoras son túneles misteriosos, conductos de ventilación metafísica en la cárcel cotidiana de los calcetines. Por eso se escapan todo el tiempo a través de las lavadoras. Y cuando lo hacen, van a habitar un universo paralelo: un mundo secreto de calcetines emancipados. ¡Desparejados, pero libres y felices! Pero sé que un día esos calcetines de un mundo feliz, paladines y guerreros de la libertad, intentarán conquistar nuestro mundo de pies descalzos y malos pasos, total, también estamos presos, de dos en dos, de oficina en oficina, de gobierno en gobierno…

En fin, ya que estamos en clave cubana, pues nada mejor que El cuarto de Tula. Que, como saben, pilló candela. Buen fin de semana.



5 comentarios:

  1. El 12.05.17, Anónimo escribió:
    Mucho mejor Ronaldo que Cortázar, a dónde va a parar; Ronaldo habla de asuntos reales y desvela uno de los enigmas más peliagudos de la historia. A mí Cortázar siempre me ha parecido un tostón, no aguanté Rayuela, ni el atasco de la autopista sur, ni al tío que se saca conejos del gaznate, ni al que se estrangula para quitarse el jerséy. Chorradas sin sustancia. Ya no insistiré más en intentar leerlo, proclamo sin complejos que Cortázar es un muermo. Pero R.M. me hará mirar con aprensión los vaivenes de mi inocente lavadora. Voy, rauda y obediente, a comprarme La Casa y la Isla.

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    1. El 12.05.17, Anónimo respondió:
      Pues a mí me han gustado mucho los dos. Y ya no digamos El cuarto de Tula y la preciosa foto del Malecón con la luz dorada del atardecer... Muchos recuerdos. Yo no leí a Cortázar en su día, es una laguna que no sé si algún día remediaré.

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    2. Mi respuesta el 15.05.17:
      A la primera: querida cada uno es libre de tener sus preferencias y sus opiniones y yo no soy quien de defender a Cortázar a estas alturas, pienso que se defiende solo y me consta la admiración por él de Ronaldo. En fin, si al menos este post ha servido para que te compres La Casa y la Isla, pues ya es todo un éxito para mí.
      Al segundo, a quien no conozco, o reconozco, por su texto: tenga usted cuidado con la nostalgia; en cuanto uno se descuida se le cuela por debajo de la puerta. Para empezar con Cortázar, yo le recomendaría sus colecciones de cuentos. Con "Bestiario" como aperitivo y "Final del Juego" de plato fuerte. Al final de este segundo y magistral volumen de relatos, usted estará ya definitivamente enganchado. En caso contrario, déjelo estar. Gracias a los dos

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  2. El 12.05.17, Vegas escribió:
    He tenido que eliminar un buen trozo de mi comentario (me imponen 4.096 caracteres), por lo que sólo voy a señalar la última parte del mismo., como ampliación y confirmación de la teoría de Ronaldo acerca de la propensión de los calcetines a fugarse, permíteme un breve comentario que podría ampliarla: Yo jamás he dudado de la buena fe de los calcetines que han entrado en mi casa de dos en dos, por lo que he venido atribuyendo la desaparición de éstos, siempre de uno en uno, a una rara tendencia hacia una posible volatilización, acaso debido a la reacción química del tejido con el sudor del pinrel, o con algún componente misterioso de la propia suciedad pedestre, hasta el punto de que el hecho de que el paso por la lavadora pareciera viniera a coincidir con un incremento del proceso de desaparición, me hizo llegar a pensar si los detergentes y la temperatura de dicho proceso no funcionarían a modo de catalizadores de la supuesta reacción. Pero ahora que he leído las palabras del escritor Ronaldo Menéndez...
    Pues querido Vegas, luz que sólo ha brillado una vez en casi seis años de blog, siento no saber cómo seguía tu largo comentario, que has debido constreñir a los cuatro mil y pico caracteres. Ya sabes que el post original se fue por un sumidero virtual, con otros 99, que estoy reconstruyendo como puedo. En tu caso, me parecería una falta de respeto a un colega de pluma larga, simular el resto de tu texto.
    Así que, si algún día te da por repasar esta página, eres libre de añadir o tachar lo que te parezca más oportuno. Un abrazo.

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    1. Mi respuesta el 15.05.17:
      Amigo Vegas, le doy la bienvenida a mi blog. Le trato de usted porque no le conozco y es norma para mí en el blog; no es por poner distancia entre ambos. Le cabe a usted el honor de haber descubierto que los comentarios de este blog tienen un límite de tamaño. Yo no lo sabía, y está claro que hasta ahora nadie me había escrito un comentario de más de 4.096 caracteres. Me temo que usted y yo padecemos de graforrea, dicho esto sin ánimo de insultarle. Por lo que a mí respecta, he llegado a un tamaño en torno a los dos folios de Word, que es un pacto entre mi tendencia a la sobredimensión y la voluntad de no asustar a los lectores con mamotretos indigeribles. Un tema, el que usted suscita, totalmente en línea con mis primeras reflexiones antes de los dos textos que cito. No puedo evitar, desde mi exceso, admirar profundamente a los escritores capaces de sintetizar y expresar grandes y complejos temas con economía de medios. El texto de Ronaldo me parece perfecto como está. Se pueden añadir frase "ad eternum" pero a mí me parece que está redondo. Agradezco su aportación, mi blog está a su disposición para escribirme cuando guste. Saludos cordiales.

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