lunes, 14 de marzo de 2016

483. Sobre los adelantos de la traumatología

Aquí sigo de baja médica, procurando aprovechar esta especie de ensayo de la vida de jubilado que me espera dentro de poco. La verdad es que, si no tuviera molestias en el brazo y contracturas diversas en torno al hombro y el costado, estaría como un cura. Hay que ver lo que ha avanzado la traumatología en los últimos años. Cuando yo era joven, una fractura de húmero se trataba alineando los dos trozos, por así decirlo, a huevo. Manteniéndolos presionados en su sitio, se procedía a rodear el brazo con una escayola desde el hombro a la muñeca y listo. En general, eso te lo hacían (con suerte) con anestesia local, de modo que solías ver las estrellas. La escayola pesaba como un demonio y te hacía diversas rozaduras en los extremos, aunque también es cierto que servía para presumir por el barrio, que las chicas te firmaran, etcétera.
  
El brazo se mantenía así 40 días, durante los que dormías fatal, tenías dolores tremendos, por no hablar de picores en zonas donde era imposible rascarse. Pasado ese plazo, uno acudía al hospital, en donde la escayola se rompía a martillazos (en tiempos más recientes había unas sierras radiales que te juraban que sólo cortaban la escayola, pero hacían un ruidito que alimentaba toda clase de sospechas). Entonces te descubrían lo que un día había sido tu brazo, ahora reducido a una especie de braga lastimosa. Eso iniciaba un largo proceso de rehabilitación para recuperar la musculatura y recobrar la simetría propia de un ser humano que no sea tenista profesional.

Nada de eso hacen ahora. Ya les expliqué cómo me operaron el 22 de febrero para ponerme un clavo de titanio de 25 cm. sujeto en sus extremos por dos tornillos asegurados al hueso. Salí de quirófano con un vendaje fuerte bien apretado. Tres días después, antes de darme el alta, me cortaron ese vendaje con unas tijeras y me dejaron el brazo al aire, con un par de apósitos sobre las dos heridas de la operación y un cabestrillo con instrucciones de no quitármelo ni para dormir (me dieron otro especial para ducharme con él). A continuación tuve un par de consultas en clínicas de ASEPEYO. En la segunda, me quitaron ya la mitad de los puntos. Y llegamos así a la consulta del día 8 de los corrientes, en la que hube de regresar al hospital, y de la que no les he contado nada todavía.

Me desplacé al hospital en taxi, me registré y me mandaron a radiología donde me sacaron diversas tomas. Y pasé a la consulta de traumatología. El doctor Gárate y un compañero examinaron las radiografías y me dijeron que todo estaba perfecto. Me quitaron el resto de los puntos que tenía y me pusieron nuevos apósitos “para no manchar la camisa con posibles supuraciones”. Pero me dijeron que, a partir de la siguiente ducha ya no necesitaría desinfectar las heridas ni ponerme nuevos apósitos. El brazo al aire. En cuanto al cabestrillo, me lo podía ir quitando. Si me daba miedo, podía hacerlo de forma progresiva, empezando por quitármelo dentro de casa. Para salir a la calle y para dormir, podía mantenerlo de momento, o irlo eliminando también. Y me emplazaron a volver al hospital el día 22 de marzo.

Se produjo en ese momento una circunstancia curiosa. El colega de Gárate dijo: –El 22 yo no estoy. Gárate miró un calendario y contestó –Ah, yo tampoco. Lógico: el 22 de marzo es Semana Santa. Rápidamente, Gárate añadió: –No importa, tiene que ser el 22, le atenderá el doctor Carrasco (o Castaño, o Cascorro, algo empezado en ce), que está de guardia. Entonces caí en la cuenta. El 22, segunda consulta en el hospital, es justo un mes después de la operación. Y el día 8, primera consulta en el hospital, se cumplían justo los quince días de la misma. Es un protocolo, como todo ahora en la medicina. Me explicaron varias cosas. El proceso de consolidación del hueso alrededor de la rotura, dura tres meses. Durante este tiempo, el organismo desarrolla una actividad, llamada osteogénesis, que finaliza con la formación del callo de fractura. Lo que no sé es por qué unos profesionales capaces de poner un nombre tan bonito, sugerente y cargado de resonancias helenas, como osteogénesis, pueden luego designar al resultado con esa denominación tan horrorosa. Cuando yo era joven, uno oía hablar de un callo de fractura y enseguida pensaba en una mujer muy fea. Con perdón.

Así que durante tres meses no podré desarrollar actividades de riesgo, como correr o nadar. Y he de tener cuidado de no caerme. Cada día que pasa sin que me dé un golpe, es un triunfo en el proceso de creación del callo ese de los cojones. Por lo demás, la consulta del próximo día 22 tendrá por objeto, entre otras cosas, ponerme en contacto con un recuperador, para ver cómo he de hacer la rehabilitación de mis músculos y tendones. Pero ya me han explicado una serie de ejercicios para ir haciendo hasta entonces, con la idea de que, cuanto más lleve avanzado, mejor recuperación tendré. En el caso ideal, no sucedido con nadie, de que el 22 estuviera perfectamente, ya no necesitaría recuperador. Lo que supongo es que tendré que seguir haciendo ejercicios y estiramientos hasta el verano, si no más.

Como se habrán imaginado, en cuanto llegué a casa después de esa consulta, me quité el cabestrillo y lo guardé en un cajón. El problema es que, en los días anteriores a ese momento, ya no tenía apenas molestias y, a partir de la supresión del cabestrillo, brotaron como hongos una serie de contracturas, dolores, tumefacciones e inconvenientes varios, agravados además por la práctica de los ejercicios que me han prescrito. En esa tesitura estoy ahora. Ya saben que no me gusta quejarme en el blog, pero digamos que me tira la sisa de la hostia. Especialmente por las mañanas. Mi amigo Juanmi el Guitarrero, vicioso del kickboxing y otras actividades violentas, dice que él se ha roto tantos huesos que, a partir del número 30, dejó de contarlos. Y que, durante todos los procesos de recuperación, se levantaba baldado por las mañanas, hasta que el cuerpo iba distribuyendo el tres-en-uno, o lo que sea que calma los dolores matutinos.

Por lo demás, no tengo ni idea de cuándo me darán el alta. Mientras, procuro seguir con mi vida normal y tengo menos tiempo para dedicar al blog del que esperaba, porque no paro quieto. Así que, por ahora, esta será la última información sobre mi evolución post-quirúrgica. Que tengo muchas otras cosas de las que hablarles. Por ejemplo, sobre mi cambio de coche (eso sí que no se lo esperaban). Creo haberles contado que había adquirido mi Toyota Auris con un sistema similar al leasing, aunque no es un leasing. Bueno, no se preocupen, que ya se lo explicaré todo con pelos y señales. Hemos de hablar también de la novela Cirkus Columbia, que examinamos en el último Club de Lectura y que da para un post exclusivo también. Y, por supuesto, hablaremos de la felonía suprema que está perpetrando la Unión Europea con los refugiados sirios.

Esta vez no me digan que no me adelanté a anunciarlo. Mi Post #453, “Todos somos Petra Laszlo”, está fechado nada menos que el pasado 2 de diciembre. Allí adelantaba yo por dónde iban a ir los tiros. Y recuerdo que muchos lectores me llamaron por teléfono, sorprendidos por el tono cáustico del texto, tan infrecuente en un foro generalmente humorístico y optimista. Más de uno me sugirió que estaba un poco paranoico con este asunto, que me estaba adelantando, que al final Europa sería hospitalaria como siempre y que no íbamos a dejar tirada a la pobre gente que huye de la terrible guerra siria. Ahora, como socio de ACNUR, tengo datos detallados. Así que ya les anuncio tres próximos posts: uno sobre el cambio de coche, otro sobre Cirkus Columbia y otro sobre la indignidad colegiada de los países de esta vieja Europa de nuestros pesares. Una Europa en la que, al mismo tiempo, Londres se está planteando gastarse un dineral en la construcción de un sistema de túneles urbanos, que dejaría en juego de niños el proyecto M-30. Este es el mundo que tenemos. Hala, que lo pasen bien.

     

2 comentarios:

  1. ¡No me lo puedo creer! ¿De verdad has prescindido del maravilloso Toyota Auris, del que contabas tantas maravillas?
    En cuanto a lo de los refugiados, tienes toda la razón y hay ya muchas voces en contra de ese acuerdo tan perverso.
    Un abrazo.

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    1. Lo del coche ya se explicará. Paciencia. De todas formas aun no puedo conducir. Respecto a lo segundo, un grito unánime: ¡¡UNIÓN EUROPEA, INSENSIBLE Y FARISEA!!
      Abrazos.

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