miércoles, 23 de diciembre de 2015

458. ¿Y ahora qué hacemos?

Hay que ver la que hemos liado con las elecciones. La situación no cabe calificarla más que de ingobernabilidad absoluta. Algo como lo que viene sucediendo en Italia hace años. Pero aquí no veo yo mucha talla en los políticos que dirigen los diferentes partidos que han pillado cacho. Y, cuando digo talla, incluyo en ese concepto la capacidad de negociar, es decir, de ceder en determinados aspectos, a cambio de que el oponente ceda a su vez en algunos de los suyos. Escuchando las declaraciones de todos, uno saca la impresión de que cada grupo se está esforzando en resaltar sus líneas rojas, los aspectos en que no está dispuesto a ceder un milímetro. Y casi se puede intuir que los diferentes actores se enteran primero de qué es lo que más irrita al otro, para proponerlo enseguida como línea roja. Como decíamos en mis años de campeón del pinball: vamos bien por lotería.

Rememoremos un poco. Hace cuatro años de las anteriores elecciones generales y sin embargo, ¡cuánto ha cambiado todo! Hace cuatro años, estábamos inmersos en una crisis económica cruel, con el barco gobernado por un timonel incapaz, el señor Zapatero, que no conseguía enderezar el rumbo. Desde la oposición pepera se lanzaba un mensaje explícito: la culpa de lo que está pasando la tiene Zapatero, que es un bobo solemne. Todos sabíamos que  la culpa de la crisis no la tenía Zapatero, pero ese era un relato que calaba en las capas más ignorantes. En paralelo, a los menos analfabetos se nos lanzaba un mensaje subliminal: ojo, que pintan bastos; la cosa es seria y la situación no es como para dejarla en manos de idealistas y rogelios; ahora hay que dejar hacer a la derecha, que tiene los contactos precisos y sabe a quién hay que llamar en momentos de crisis severa. Nosotros controlamos el país desde los tiempos de Franco; de vez en cuando dejamos que gobierne una izquierda moderada para descansar un poco y guardar las formas pero, cuando vienen mal dadas, es mejor que confiéis en nosotros, que sabemos cómo actuar.

La gente estaba asustada y recogió el guante. El señor Rajoy ganó con un programa que incluía una austeridad modesta, una bajada de impuestos y una modernización del país, que la gente adoptó como suya. Pero, una vez ganadas las elecciones, este caballero se aplicó a sí mismo el viejo refrán machista: prometer hasta meter y, una vez metido, olvidar lo prometido. Con el gobierno en la mano, inició una deriva que acabó en poco tiempo con los derechos más básicos de los trabajadores, azuzado por organismos como el Banco Mundial o el FMI, que le instaban a seguir recortando y recortando. Mariano Manostijeras. Y, no contento con eso, se aplicó a meternos de clavo algunas de las contrarreformas más casposas y arcaicas, como la recuperación de la religión como asignatura troncal, o el retroceso de decenios en la regulación del aborto. Era éste último un tema que nadie le había pedido, excepto los del Opus, y con la boca pequeña. Pero había que contentar las ganas de lucirse de Gallardón, la inutilidad de Wert y las sandeces de otros portentos, como Ana Mato.

Al principio, pensamos que el señor Rajoy no decía nada, bien porque no tenía nada que contar, bien porque las explicaciones que podría darnos sin decir grandes mentiras, serían tan impresentables que se le caería la barba de vergüenza. Luego llegamos a la conclusión de que al tipo lo que le pasa es que no le gusta hablar, que lo que le pone es ver fútbol y ciclismo, y que es mitad vago y mitad escéptico, características que se plasman en algunas de sus frases más celebradas (capturadas sin saberlo él), como: y mañana el coñazo del desfile, o la que le soltó al estupefacto Cameron: is very dificult todo esto. En esa situación, llegamos a estas pasadas elecciones, que en un país normal habrían culminado en una sonora patada en el culo a presidente tan soso y antipático. ¿Y qué ha pasado al final? Pues, si atendemos a las declaraciones de los diferentes líderes, ha pasado lo de siempre: todos dicen que han ganado. Sin embargo, yo creo todo lo contrario: todos han perdido. Veamos uno por uno.

El PP ha perdido claramente. Ha pasado de gobernar con más de 180 escaños, a rebasar apenas los 120. Ha perdido un tercio de escaños y tres millones y medio de votos. Su debacle es clara. ¿Y el PSOE? Pues su caída ha sido menor. Sólo ha perdido 20 escaños y cerca de millón y medio de votos. Pero, teniendo en cuenta lo mal que lo ha hecho el gobierno en estos cuatro años, yo creo que tendrían que haber arrasado. A mí me parece que el suyo es un resultado muy malo. Aun así, visto desde otro ángulo, tiene cojones que haya todavía más de 7 millones de gentes que voten al PP y más de 5 que voten al PSOE. ¿Qué tienen que hacer estos dos para que los votantes les den de una vez la espalda? Yo creo que somos un país de sufridores y gente bien mandada. Si no, no me lo explico.

Podemos ha fracasado también, por mucho que haya irrumpido con fuerza en un lugar donde no estaba. Pero hubo momentos preelectorales en que parecía que iba a rebasar al PSOE, y eso se ha quedado en nada. No sé si le ha penalizado su apoyo al llamado derecho a decidir, que está tan mal visto fuera de Cataluña y el País Vasco, feudos en los que ha ganado claramente. Desde un punto de vista teórico, supongo que su solución al embrollo catalán es la mejor: que de una vez se haga un referendum como el escocés y que pase lo que tenga que pasar. Sin embargo, como ya he dicho otras veces, creo que con los nacionalistas nunca hay un límite, que no se les puede ofrecer nada que calme sus ansias, porque lo que quieren es la secesión. Y que aceptan cualquier cosa que sume, venga de donde venga. Así que, como se descuide el amigo Iglesias, este asunto se lo puede llevar por delante.

Que Ciudadanos ha perdido, no requiere mayores comentarios: es evidente. Hasta sus dirigentes lo reconocen. También se ha ido a la mierda Izquierda Unida (recuerden cuando Carrillo sacaba veinte diputados). Y no digamos UPyD, que ha seguido el consejo de Bart Simpson multiplícate por cero. En el acto de cierre de campaña, sacaron a pasear el espantajo de la señora Díez y así les fue. No han aprendido que a esta señora es mejor que no la enseñen. Entonces, ¿quién ha ganado? Pues yo tengo una respuesta clara: ha ganado el llamado Partido Animalista Contra el Maltrato Animal, el PACMA. Este es un partido de larga trayectoria, cuya primera A tiene un significado más reciente: históricamente, esa primera A no quería decir Animalista, sino Antitaurino. Pero un día se convencieron de que son mejores los mensajes positivos que los negativos.

El PACMA ha pasado de 100.000 votos en toda España a más de 200.000. Y ha sacado más de un millón de votos para el Senado, que no le han alcanzado para tener un solo senador. En el Congreso superan a UPyD, Vox, Unió y otros que se las prometían felices y también se han dado el batacazo. Después de este éxito, creo que me voy a volver militante de este partido. Al fin y al cabo, tengo una relación muy buena con los animales. No vean cómo me quieren. Aquí algunas imágenes, todas de la semana pasada.











 
















Lo único que me echa para atrás es la recomendación de hacerse vegano. Por ese lado, no cuentan conmigo. No estoy dispuesto a renunciar al jamón de Jabugo. Hoy, sin ir más lejos, me he zampado un plato de rabo de toro como para llorar del gusto. Así que no creo que pueda sumarme a este partido tan futurista y en alza. Por lo demás, los resultados no permiten ninguna de las combinaciones que yo soñaba: que en la izquierda, o hasta en la derecha, hubiera la posibilidad de pactar un gobierno que no tuviera que tirar de los nacionalistas y someterse a su chantaje. Ni, por un lado, PP y Ciudadanos, ni por el otro PSOE, Podemos y IU, tienen diputados suficientes. Todos han sacado unos resultados tan mierderos que no les sirven para nada. No sé si habrá alguien en alguna parte que saque una inesperada talla de estadista y sea capaz de ponerle el cascabel al gato. Si no, me temo que vamos a otras elecciones y con el mismo resultado. El cuento de nunca acabar.

De todas formas, que pasen ustedes unas felices fiestas. Dentro de lo que cabe. 

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