lunes, 14 de diciembre de 2015

456. Echemos al señor Rajoy

Me dan una pereza de la hostia las elecciones generales. ¿Pero cuántas elecciones hemos tenido que soportar en los últimos tiempos? Esto es insufrible. Lo único que podría generarme un poco de interés es la posibilidad de que se vaya el señor Rajoy. Y dicen las encuestas que marcha destacado. ¡Qué hartura! Cuatro años más con este tío-malaje de presidente. Qué tristeza, qué aburrimiento y qué desánimo se va a extender por todo el país. Yo la verdad es que no sé a quién votar; todos los candidatos me dan un poco de mala espina. Quiero decir, los que tienen posibilidad de sacar escaños. Curiosamente, ahora mismo los que mejor me caen son Herzog y Garzón, pero creo que votarles es tirar el voto. Es una pena que UPyD no se haya desecho mucho antes de la señora Díez. Ahora es demasiado tarde para ellos. En cuanto a la Izquierda Hundida, pues tres cuartos de lo mismo; no se merecen un candidato tan majo como Garzón.

Me tragué el debate a tres que organizó El País entre los jóvenes talentos emergentes, ese al que no quiso asistir Rajoy. Y no saqué nada en claro. Me desanimó que no hubiera una sola referencia a los sirios, pero no voy a insistir más en ese asunto. Intuí en los tres participantes una especie de autosatisfacción, un estar encantados de haberse conocido y hasta de haber sido paridos, que no me entusiasma demasiado. Pero al menos son gente joven. Es que el tío de la barba es un viejo desde siempre. Es que uno se lo imagina de niño ya con esa barba y esas gafas. A mí, lo único que me motiva en estos momentos, es que pierda este señor. Creo que cualquiera de los otros lo haría mejor, aunque reconozco que ninguno tiene el liderazgo ni la talla de estadista que yo querría para el presidente de mi país. Pero, a lo mejor, nos pueden dar una sorpresa. Porque el señor Rajoy ya sabemos lo que da de sí.

En este estado de ánimo, lo que a mí me gustaría es que se pudieran meter en la urna votos negativos. Yo estaría encantado de que mi voto descontara un dígito al PP. Lo único que tengo claro es que Rajoy no me gusta. Los otros tampoco es que me vuelvan loco, pero como que me disgustan menos. Esto del voto negativo es una idea muy brillante (a la par que imposible), pero no es mía y he de reconocerlo: se la leí a Javier Marías antes de alguna elección anterior. Lo que pasa es que en estos momentos expresa perfectamente lo que siento. ¿Y por qué le tengo tanta manía al barbado caballero que ostenta la presidencia desde hace cuatro años? Pues las razones son múltiples. En primer lugar, este señor ganó con un programa electoral que en seguida se aplicó a incumplir minuciosamente, punto a punto. Como él mismo ha reconocido, su tarea ha consistido en hacer lo que había que hacer, no lo que había prometido en su campaña.

¿Realmente había que hacer lo que ha hecho este señor? En el terreno económico, tal vez no quedaba otra. Los poderes económicos, cada vez más multinacionales, se han comido a los poderes políticos, cada vez más fragmentados por nacionalistas y otros gilipollas. El problema es que, a quien elegimos los ciudadanos, es a los políticos. Y no para que luego se pongan a las órdenes del poder económico, sino precisamente para lo contrario: para que negocien con él y obtengan beneficios para los ciudadanos que les hemos votado. Al final, hemos llegado a tener un país con una legislación laboral que privilegia los contratos basura y, aun así, el paro no ha disminuido significativamente. Tenemos más o menos los mismos parados, sólo que los que trabajan están en peores condiciones. Pero vale. Vamos a creernos que la política económica española no tiene ningún margen para variar un rumbo que se le marca desde fuera. Y que Rajoy ha hecho lo mismo, en ese terreno, que le hubieran permitido hacer a cualquier otro en su lugar.

He admitido lo anterior como hipótesis de trabajo, no porque lo crea. Pero lo admito. Cierto que, desde que Rajoy llegó al gobierno, no nos hemos hundido más y no hemos llegado a situaciones extremas como la de Grecia. Bien por Rajoy, entonces. Además, uno sale a la calle o va a unos grandes almacenes y la fiebre consumista navideña ha vuelto a los niveles de paroxismo de antes de la crisis. Será que no estamos tan mal. Muy bien. Ahora díganme: ¿no creen que uno de los hándicaps que tenemos para salir de la puta crisis es la corrupción galopante que pudre a los grandes partidos? Lo vimos en el caso de las tarjetas black, con las que todos los consejeros de Caja Madrid puestos por partidos y sindicatos se afanaban en pagar hasta sus cafés y sus paquetes de kleenex. ¿Es casualidad que esa entidad entrara en quiebra y se comiera los ahorros de los honrados ciudadanos? ¿Y qué ha hecho Rajoy para erradicar la corrupción de la política?

Nada. ¿Por qué? Pues porque está hundido en ella hasta las cejas. Recuerden los papeles de Bárcenas, esos que publicó El Mundo, publicación que probablemente le costó el despido al deleznable Pedrojota. Allí aparecía en negro sobre amarillo: señor Rajoy, once años cobrando los sobres malva de la vergüenza. Y recuerden los sms enviados a Bárcenas: aguanta, Luis, tú no desfallezcas. Como para esperar que este señor haga algo contra la corrupción. Pero, bueno, en esta especie de ramalazo benévolo que me estoy permitiendo con este impresentable, hasta podría comprender esta actitud: en los tiempos de las vacas gordas, todos se estaban forrando a dos manos, era lo habitual, lo hacían todos sus amigos, así se financiaba el partido y es humano que este señor no quiera ir ahora de honrado y tirar de la manta, sobre todo, sabiendo que él sería uno de los primeros señalados.

Pero hay otras cosas que no se le pueden perdonar. Veamos. ¿Cómo es que su gobierno ha impulsado la Ley del Aborto de Gallardón, hasta que se ha dado cuenta de que podría volverse en su contra? ¿Qué se ahorraba económicamente con eso? ¿Qué poderes económicos externos le obligaban a patrocinar una iniciativa tan retrógrada? ¿Y qué nos ahorrábamos con las medidas educativas del señor Wert? ¿Realmente estaba obligado el gobierno a recuperar la religión como asignatura esencial porque, si no, acabaríamos como Grecia? ¿Y cuánto ahorro le ha supuesto al país reducir las becas o subir el IVA cultural hasta acogotar a sectores como el cine o el teatro? Estas historias son imperdonables. Hacemos el ridículo internacionalmente con ellas. Como con la ley que propicia los desahucios, una norma (por cierto aprobada en tiempos de Zapatero) que no tiene parangón en ningún otro país del primer mundo. O expulsando al juez Garzón, el que investigaba a los corruptos.

Y lo peor de todo es la política de comunicación. Que el señor Rajoy no explique nada de lo que proyecta o maquina. Que se comunique a través de una pantalla de plasma, algo a lo que no ha llegado ni el líder de Corea del Norte. Es una muestra de desprecio al ciudadano intolerable. No sé cómo no se le cae la barba de vergüenza. En realidad, este caballero no dice nada, porque nada tiene que decir. Por eso se queda quieto ante cualquier situación problemática. Cuando se espera que diga algo, el tío se va a ver un partido de fútbol. Eso sí, en cuanto hay una iniciativa un poco impresentable, se apresura a adherirse a ella con entusiasmo y la defiende con pasión. Desde el cambio constitucional perpetrado por el señor Zapatero hace cuatro años, hasta la no menos criticable traición a los emigrantes sirios de hace unos cuantos domingos. Su forma de actuar, ha sido perfectamente radiografiada en el artículo que pueden leer AQUÍ.

Ese es el señor Rajoy. Y dicen las encuestas que va a volver a ganar. Para haber actuado desde la presidencia del gobierno como lo ha hecho este señor, y encima presentarse otra vez, hay que tener muchos huevos. Supongo que eso es lo que ha querido reflejar el caricaturista que ha ideado la imagen que les dejo de cierre. Piénsenlo antes de votar a este señor. Cualquier otro de los candidatos es mejor, en mi opinión. Y además, hay un motivo adicional: si este señor sigue gobernando otros cuatro años, podemos dar por perdida a Cataluña. Hasta a mí me entrarían ganas de independizarme. Mañana me voy a mi tierra por un par de días. El miércoles he de estar en una notaría de Noya para firmar unos papeles. Ya les cuento a la vuelta.





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