viernes, 29 de septiembre de 2017

674. Mientras tanto, en la Tierra...

De esta forma empezaban algunos capítulos en las novelas de la mejor tradición en el mundo de la ciencia-ficción. A dos días de que el cohete espacial del independentismo irredento alcance el séptimo cielo que ha prometido a sus crédulos seguidores, en vísperas por tanto del fin del mundo, echo un vistazo a mi página de gestión del blog y caigo en la cuenta de que, desde que terminé de contar mi propio viaje espacial por la costa oeste norteamericana, he publicado cinco post, cuatro de ellos centrados en el prusés. Lamentable. Hora va siendo de que retome el relato de mis propias peripecias. Porque, fuera de Cataluña, aquí en la Tierra firme, la vida sigue con normalidad y yo continúo con mis actividades de secretario del Foering Office.

Ya les he dicho que últimamente se me pasan volando las horas en el trabajo, una sensación recobrada bastante reconfortante después de años de ostracismo. Estoy muy ocupado en tareas que no les voy a detallar aquí, porque no me parece prudente ni oportuno. Pero esa ocupación cotidiana no me impide continuar atendiendo delegaciones extranjeras que vienen a visitar Madrid Río, o a compartir sus experiencias con nosotros, o a que se les cuente la historia y la actualidad del urbanismo madrileño. Lo que pasa es que en los últimos años esta tarea llegó a ser la principal en mi desempeño municipal y ahora ha vuelto al segundo plano que nunca debería haber abandonado. Pero estas visitas siguen siendo un vivero de anécdotas divertidas que sí pueden contarse en el blog.

El día 12 de este mes, por ejemplo, me cité en Casa Mingo con un grupo numeroso de alemanes jubilados comandados por mi amigo de Leipzig Michael Schölz-Hansen, el hombre que me invitó hace dos años a dar tres charlas en sendas universidades del este de Alemania. Michael, catedrático de Historia del Arte, es también un enamorado de España y viene por aquí con frecuencia, pero no nos habíamos visto desde entonces, porque sus anteriores visitas me pillaron en Japón y en Birmania. Ese día venían de ver diferentes iglesias y acababan de visitar la Ermita de San Antonio de la Florida con los frescos de Goya. De ahí lo de ir a Casa Mingo, que está al lado. Nos lo pasamos muy bien, bebimos sidra en abundancia y luego nos fuimos a recorrer Madrid Río en horario de tarde. Fue un paseo lento y no muy largo, a pesar de la buena disposición inicial de los jubilados, porque ya saben que los juanetes no perdonan.

Este lunes, día 25 de septiembre, tenía una cita con unos coreanos (del sur, desde luego), de los que les quiero hablar más en detalle. Hace unos meses, mi concejal recibió una carta de un tal señor Chung, que se identificaba como ingeniero de la empresa estatal KDI y anunciaba su intención de venir a Madrid, en compañía de dos colegas, para estudiar y visitar todo lo relacionado con los proyectos M-30 y Madrid Río. Ahora mismo todo el Ayuntamiento sabe que soy la persona idónea para atender estas visitas, así que la carta llegó a mis manos y me puse en contacto con Chung para definir la jornada. Tras cambiar dos veces de fecha, cerraron el viaje para el pasado fin de semana y la cita conmigo para el lunes. Habían contratado a una intérprete que se llama Mía, está casada con un español y vive en Alicante. Con ella concreté por teléfono los últimos detalles. Aproveché para hacerle saber que me encantaría que me trajeran un paquete de té de ginseng rojo coreano, que es muy difícil de encontrar aquí.

El día de autos me reuní con Mía en el lobby del hotel en donde se hospedaban los visitantes, que venían con su paquete de té para mí. Desde allí cogimos un taxi de gran cabida para trasladarnos a la sede de Madrid Calle 30. En compañía de mi amigo Samuel Romero, consejero delegado de la empresa, mantuvimos con ellos un encuentro de casi dos horas en el que les contamos todas las particularidades de los proyectos que les interesaban y respondimos a sus dudas. Después, en otro taxi, nos desplazamos hasta la Junta de Distrito de Arganzuela. Allí nos esperaban los jefes del equipo de mantenimiento del parque, con dos de los cochecitos eléctricos que utilizan para su trabajo. Subidos en los juguetes, recorrimos el parque hasta el Puente de Toledo, algo que hizo las delicias de los visitantes. La delegación la componían el señor Chung Woo-hyun, el señor Song In-ho y la señorita Sa Ji-won, ya saben, supongo, cómo es la estructura de los nombres coreanos, que ponen en primer lugar el apellido (una sílaba) y luego un nombre compuesto (dos sílabas, la segunda con minúscula y unidas por un guión).

Completaba el grupo la pequeña Mía, una coreana menuda a la que restaban tres meses de embarazo para parir a su primer hijo español y una intérprete excelente, que apenas tomaba notas aunque debiera traducir largas parrafadas. Como ya se ha comentado en el blog, los coreanos suelen ser gente muy amable y educada, al estilo de los japoneses, pero con un punto informal y un poco gamberro que les hace ser menos envarados que los nipones y mucho más divertidos. Estos respondían al estereotipo. Eran además gente brillante, que planteaba dudas de altura. Me explicaron que tenían mucho interés en conocer los pros y los contras de nuestra operación para estudiar la posibilidad de hacer algo parecido en su tierra. Los tres hablaban un inglés bastante aseado, pero habían recurrido a la intérprete para mayor comodidad. En cuanto a la señorita Sa, he de decir que se manejaba con ellos en un plano de igualdad total, opinaba de todo y hablaba con mucha seguridad. Eso no impedía que fuera guapísima. Qué quieren que les diga, estaba como un yogur griego con frutas del bosque, y disculpen la comparación gastronómica. Así que no pude evitar pedirle que se hiciera una foto conmigo. Juzguen por ustedes mismos.



En el Puente de Toledo, los del mantenimiento se fueron con sus cochecitos y yo me quedé con los coreanos, con la idea de acompañarles hasta un taxi y largarme a casa en el Metro. Entonces me dijeron que si quería comer con ellos. Dije que vale, pero que yo me pagaba mi comida, porque ellos estaban pagando los taxis y demás gastos. Me contestaron que ni de coña. Que su agencia les pagaba todos los gastos, para lo que debían guardar todos los tickets, y que yo era su invitado. Entonces –repuse–, cuando yo vaya a Corea a visitarles, me tocará a mí invitarles a todo. Escucharon a la intérprete y negaron vivamente con la cabeza:  –No, no, en Corea también pagamos nosotros. ¿Y cómo es eso? –Pues porque los coreanos somos así (grandes risas).

Les pregunté dónde pensaban comer. No tenían ni idea. Donde yo les llevara. Así que les sugerí Casa Mingo, en donde ya me van a considerar cliente premium. Nada más sentarnos, el señor Song levantó una mano y gritó ¡Tinto de verano! Llevaba apenas dos días en España y ya se lo había aprendido. Los demás bebimos sidra de grifo bien fresquita, elaboración propia. Les encantó todo lo que comimos: pollo asado, tortilla española, croquetas de Cabrales y chorizos a la sidra. No acabamos cantando Asturias, patria querida, porque no se la sabían. Caminamos hasta el centro comercial de Príncipe Pío y rematamos con un café en el Starbucks, que insistí en pagar. Allí les dejé, porque tenía cita con el dentista. Nos despedimos con grandes abrazos, quedamos en contacto y prometí llamarles si un día se me ocurre aparecer por Corea.

Me dieron sus tarjetas del KDI, Korean Development Institute. En la esquina superior derecha, figura el anagrama de esta empresa estatal y debajo reza: Korea’s leading think tank. O sea, el primer think tank de Corea. Al día siguiente consulté un ranking mundial de think tanks, un Global Index que elabora anualmente la Universidad de Pennsylvania. Y descubrí con sorpresa que el KDI es el sexto de la lista mundial (excluyendo USA). ¡Joder! Es que Amnistía Internacional figura en octavo lugar. Transparencia Internacional es el noveno. Los dos españoles mejor situados, el CIDOB de Barcelona y el Instituto Elcano de Madrid están en los puestos 28 y 46. Y el KDI es el sexto. Por supuesto, es el líder de la lista asiática. Si tienen curiosidad, pueden consultar el documento AQUÍ. Pues con una avanzadilla de tres ingenieros de esa institución de primer nivel mundial estuve yo bebiendo sidra, haciendo risas y compartiendo fotos.

Pero aun me queda otra historia por contar. En una de estas, apareció por Madrid un arquitecto colombiano que ha trabajado durante años para el Ayuntamiento de Medellín y que viene a hacer un doctorado (una maestría, como dicen ellos). La transformación urbanística que ha sufrido Medellín es una actuación modélica que ha recibido numerosos reconocimientos internacionales. Hace diez años, Medellín estaba entre las diez ciudades más peligrosas del mundo. Mediante la construcción del Metrocable, un teleférico que une las dos partes de la ciudad, separadas por una gran hendidura natural, se han integrado los dos mundos antagónicos que antes formaban la ciudad. Cada estación del Metrocable en la mitad más depauperada de la ciudad, se ha transformado en un polo de regeneración urbana, convirtiendo a Medellín en una urbe segura y reequilibrada, un modelo de calidad de vida y un polo de atracción de turismo. Nuestro hombre formó parte del equipo de arquitectos municipales que trabajaron en el proyecto. Y está deseando contarlo, como me pasa a mí con Madrid Río.

Así que, ni corto ni perezoso, le escribió una carta a la señora Carmena ofreciendo ir a mostrarle una presentación que tiene preparada para explicar el proyecto. Ya saben en manos de quién acabó la carta. El hombre se llama Mauricio Faciolince. Le llamé por teléfono, le dije que estaríamos encantados de que viniera a contarnos la historia de Medellín y el Metrocable y hablamos largo rato. Es un tipo estupendo, basta una conversación telefónica para deducirlo. Pero su apellido no es precisamente muy corriente y durante toda la conversación estuve mordiéndome la lengua por no hacerle la pregunta que finalmente le hice: –¿Me permites una cuestión de tipo personal?  –Por supuesto.  –¿Tú tienes algo que ver con Héctor Abad? Pude notar su estupefacción a través de la línea. Tras una breve pausa, me contestó: –Sí, señor. Es primo hermano mío y además estamos muy unidos. Lo último que esperaba es que lo conocieras.

Si llevan tiempo siguiendo mi blog, tal vez recuerden que ya reseñé que entre mis escritores favoritos hay dos jóvenes colombianos: Juan Gabriel Vasquez, de Bogotá, y Héctor Abad Faciolince, de Medellín. El segundo de ellos es autor de al menos dos libros que leí con fascinación. El olvido que seremos, el más conocido, es una narración estremecedora centrada en la figura de su padre, médico, ensayista y luchador infatigable por los derechos humanos, que fue asesinado por paramilitares en pleno centro de Medellín, cuando Héctor era apenas un niño. Si no lo conocen, les recomiendo encarecidamente su lectura. El otro libro que he leído de este señor se llama Angosta y es una historia con un componente urbanístico innegable (Angosta es, obviamente, el Medellín anterior a la construcción del Metrocable).

El mundo es un pañuelo. Y todos los temas de los que se habla en este blog están interrelacionados. La literatura, el urbanismo, el cine, la reflexión sobre la actualidad y, por supuesto, el rock’n roll y la cerveza, son en realidad la misma materia. Los temas de mis textos vienen a mi encuentro, yo me limito a escribirlos. Mi vida es un blog, como ya les dije hace unos días. Que lo pasen bien. Y tengan cuidado, que viene el fin del mundo.

2 comentarios:

  1. Me ha encantado este artículo y no es por el hartazgo del "prusés".

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